_Llega la Reina doña Isabel al campo, y efectos que produjo su
venida._
Mohamet Ben Hazen animaba todavia á sus compañeros con la esperanza
de que el ejército real abandonase el sitio, cuando una tarde oyeron
en el campo cristiano una salva general, y mucha algazara entre la
gente. Los centinelas en las atalayas, avisaron al mismo tiempo que
un ejército cristiano bajaba de las montañas; y subiendo Mohamed con
los demas caudillos á una de las torres mas altas, vió en efecto
una fuerza numerosa y suntuosamente equipada que, con sonido de
trompetas y otros instrumentos militares, venia ya marchando por
el valle adelante con direccion al real. Estando mas cerca aquella
hueste, descubrieron una dama primorosamente ataviada; y en su aire
magestuoso reconocieron luego á la Reina. Venia montada en una mula
con paramentos magníficos, y resplandecientes de oro, que llegaban
hasta el suelo. Acompañaban á la Reina la Infanta doña Isabel, su
hija, que iba á la mano derecha, y el cardenal de España que estaba á
la izquierda, con un séquito lucido de damas y caballeros: despues
venian los pages y escuderos, y últimamente una numerosa guardia de
hidalgos, cubiertos de una armadura espléndida. El veterano Mohamed,
como viese venir la Reina en persona al campo sitiador, perdió de
todo punto el ánimo, y volviéndose tristemente á sus capitanes, dijo:
“Caballeros, la suerte de Baza está ya decidida.”
Los caudillos moros contemplaron un rato, entre pesarosos y
admirados, esta brillante procesion que anunciaba la pérdida de la
ciudad; y algunos de ellos, en un rapto de desesperacion, quisieran
salir para atacar la escolta real. Pero el príncipe Cidi Yahye,
lejos de consentirlo, prohibió que se disparase la artillería, ni se
ofreciese á la Reina el menor insulto; pues aun entre los moros era
respetado el carácter de Isabel, y los mas de los capitanes de Baza
poseian aquella cortesía caballeresca que distingue á los ánimos
heróicos; como que en efecto, eran de los caballeros mas valientes de
su nacion.
Cuando los habitantes de la ciudad supieron que la Reina se acercaba
al campo cristiano, corrieron á apoderarse de todos los puntos
elevados que dominaban la vega; y en breve no quedó azotea, torre ni
mezquita, que no estuviese coronada de turbantes, por el ansia que
tenian todos de ver tan grande espectáculo. Primero vieron salir al
Rey, el cual con mucha pompa, y acompañado del marqués de Cádiz,
del maestre de Santiago, del almirante de Castilla, y de otros
grandes, se adelantó á recibir la Reina: despues venian todos los
demas caballeros del Real, magníficamente arreados, y en seguimiento
de ellos un gran concurso de gentes, que en obsequio de su amada
Reina prodigaban los vivas y aclamaciones. Habiéndose encontrado los
Soberanos, se abrazaron; y reunidas las dos comitivas, entraron con
pompa marcial en el campo. Entretanto los espectadores de la ciudad,
contemplaban maravillados el lujo y esplendor de los vestidos y
caparazones, el brillo de las armas, las ricas sedas y brocados, los
plumages de diversos colores, y las banderas que ondeaban al viento;
al paso que fijaba su atencion una música festiva de cajas, clarines,
chirimías y dulzainas, cuyos armoniosos sonidos parecian elevarse al
cielo[30].
[30] Cura de los Palacios.
Caso fue digno de admiracion (dice el coronista Hernando del Pulgar
que se halló presente) ver la mutacion repentina que causó en los
ánimos de los moros la llegada de la Reina: cesaron las escaramuzas;
los rigores de la guerra se mitigaron; y á la turbulencia de los
espíritus sucedió una dulce calma: desde alli adelante no disparó la
artillería un solo tiro, ni se tomaron armas, como antes, para salir
á las peleas; y aunque de la una y de la otra parte se mantenia una
vigilante guarda, no se dieron mas combates, ni hubo mas muertes ni
violencias.
Con la venida de la Reina, se persuadió el príncipe Cidi Yahye
que los cristianos habian hecho propósito firme de proseguir el
sitio: veia que al fin tendria que capitular la plaza; y aunque
habia prodigado las vidas de sus soldados, mientras le animaba la
esperanza de un resultado feliz, no queria verter sangre en una
causa desesperada, ni exasperar al enemigo con una resistencia
inútil. Habiendo pues, manifestado sus deseos de parlamentar, nombró
el Rey al comendador de Leon, don Gutierre de Cárdenas, para que
conferenciase con el alcaide Mohamed. Juntándose los dos caudillos
en el lugar convenido, con acompañamiento de caballeros de la una y
de la otra parte, y saludándose ambos cortesmente, habló primero el
comendador de Leon, manifestando al alcaide en un discurso enérgico,
cuán vano y peligroso era continuar en su defensa, y recordándole
los males que habia padecido la ciudad de Málaga por su pertinacia.
“De parte de mis Soberanos, dijo el comendador, os ofrezco, si luego
entregais la ciudad, que todos los moradores de ella serán tratados
como subditos, y protegidos en su religion, en su libertad, y en la
posesion de sus bienes. Si vos que tanta fama teneis de capitan
juicioso y experimentado, rehusais admitir este partido, entonces
serán cargo vuestro las muertes, cautiverios y estragos que padecerá
la ciudad de Baza.”
Esto dijo el comendador, y Mohamed volvió á la ciudad para consultar
á sus cólegas. Era evidente que la rendicion de Baza no se podia
escusar; pero la entrega de una plaza tan importante, sin haber
sostenido un asalto, pareció á los caudillos moros que seria mengua
de su reputacion. Asi pues, pidió el príncipe Cidi Yahye licencia
para enviar un mensagero á Guadix, con una carta para el anciano Rey
el Zagal, tratando de la entrega. Concedióse la licencia, juntamente
con un salvo conducto para el enviado, y partió Mohamed Ben Hazen
para desempeñar tan delicado encargo.
[Ilustración]