CAPÍTULO XXII.

_De las disposiciones que tomó la Reina para proveer de bastimentos

al ejército._

En tanto que don Fernando, con la nobleza del reino, se mantenia

constante en su real de Baza, esperando dar nuevos blasones á las

armas de Castilla; la Reina doña Isabel, que realmente era el alma

de esta grande empresa, discurria con sus consejeros en el palacio

de Jaen, los medios de proveer á la subsistencia del ejército y del

Rey. Los suministros de víveres y dinero no cesaban, y eran continuos

los reemplazos que exigia la pérdida de la gente de guerra. Pero

de las obligaciones de Isabel, era esta última la menos difícil de

cumplir; pues era tanto el amor que se le tenia en todo el reino,

que á su llamamiento no quedó grande ni caballero de los que habian

permanecido en sus casas, que no acudiese á servirla, ya en persona,

ó ya enviándole sus gentes. Las casas antiguas de Castilla pusieron

sobre las armas hasta el último vasallo; y los moros de Baza veian

llegar todos los dias nuevas tropas al campo de los sitiadores, y

ondear en él nuevas enseñas con armas y divisas bien conocidas en la

guerra.

La mayor dificultad era el suministro de provisiones; pues no solo

habia que abastecer al ejército, sino tambien á las guarniciones de

los pueblos conquistados. La conduccion de lo que diariamente exigia

el consumo de tan gran número de gentes, era un trabajo inmenso, en

un pais donde apenas habia caminos de rueda, ni menos comunicaciones

por agua. Todo se tenia que llevar á lomo, y por caminos escabrosos,

ó por sendas al través de las montañas, donde no habia seguridad

contra la rapiña y continuos asaltos de los moros. Los mercaderes que

tenian costumbre de abastecer al ejército por contrata, suspendieron

las remesas de mantenimientos en vista de las dificultades y pérdidas

que habia para conducirlos. Para suplir esta falta, alquiló la Reina

catorce mil bestias, mandó comprar todo el trigo y cebada que habia

en Andalucía y en las tierras de los maestrazgos de Santiago y de

Calatrava. La administracion de estos recursos se confió á personas

de probidad; que los unos se hacian cargo del grano que se compraba,

otros cuidaban de su elaboracion en los molinos, y otros de su

conduccion al campo. Para cada doscientas bestias habia un oficial

que dirigia á los conductores de las recuas, á fin de que no hubiese

entorpecimiento en las remesas. Los convoyes estaban en continuo

movimiento, y las acémilas no cesaban de ir y venir, guardadas por

escoltas competentes, para evitar que fuesen interceptados por los

moros; y en estas operaciones no hubo un solo dia de intermision,

porque de ellas dependia la subsistencia del ejército. Cuando

llegaban al campo las provisiones, se vendian á la tropa á un precio

tasado, que ni subia ni bajaba.

Para ocurrir á estas atenciones fue menester un gasto enorme;

pero con los subsidios del clero, y los préstamos de los pueblos

y particulares, se vencieron todas las dificultades. Muchos

comerciantes ricos, caballeros, y aun señoras, anticiparon de

su voluntad cuantiosas sumas sin exigir garantías: tanta era

la confianza que tenian en la palabra de la Reina. Asimismo se

enagenaron ciertas rentas de la corona, para que las tuviesen por

juro de heredad los compradores. Y no bastando todo esto para

tan grandes gastos, envió doña Isabel su vajilla de oro y plata,

con todas sus joyas y pedrería, á Valencia y Barcelona, donde se

empeñaron por una cantidad crecida, que luego se destinó á cubrir las

necesidades de la guerra.

Asi pues con su talento, actividad y espíritu emprendedor, consiguió

esta muger heróica mantener aquella numerosa hueste, y abastecerla

de todo lo necesario, en el centro de un pais enemigo, donde no se

podia llegar sino por montañas ásperas, y caminos escabrosos. Ni

eran solamente las cosas necesarias á la vida las que abundaban en

el real, sino las de comodidad y lujo. Bajo la proteccion de las

escoltas, y atraidos por su interés, los comerciantes y artífices

acudieron de todas partes á este gran mercado militar, donde en breve

se establecieron almacenes de toda clase de géneros, y talleres

en diversos ramos: armeros que labraban aquellos suntuosos cascos

y ricas corazas, que eran la gala de los caballeros cristianos:

silleros y guarnicioneros, con arreos de montar relucientes de oro y

plata; y mercaderes, en cuyas tiendas habia abundancia de preciosas

sedas, brocados, lienzos finos y tapicería; en fin, cuanto podia

alhagar el gusto de una juventud afecta á la magnificencia. Asi es

que en el adorno de sus tiendas, y el esplendor de sus vestidos y

jaeces, rivalizaban entre sí los grandes y caballeros, sin que el

ejemplo ni las insinuaciones del Rey, bastasen para contenerlos.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (2 de 2) · 第 23 / 84 题