CAPÍTULO XXI.

_Continuacion del sitio de Baza, y embajada que recibió el Rey._

Los quebrantos y reveses de la guerra, tenian abatido el ánimo del

anciano Monarca el Zagal, y las noticias que todos los dias le venian

de los sufrimientos de la guarnicion y vecinos de Baza, le afligian

tanto mas, cuanto no podia ir en persona á socorrerlos, por ser

necesaria su presencia en Guadix para contener á su sobrino. Empero

su situacion, bajo algunos aspectos, se aventajaba á la del jóven

Rey de Granada; pues mientras éste en clase de vasallo pensionado

disfrutaba tranquilo del blando reposo de la Alhambra, el veterano

Zagal mantenia la guerra con honor, defendiéndose hasta en el último

escalon del trono. Los caballeros de Granada hacian comparaciones

entre la generosa resistencia de los defensores de Baza, y la

indecorosa sumision que prestaban ellos al dominio de un extrangero.

Cuando se les referia alguna desgracia acaecida á sus compatriotas,

se llenaban de angustia sus corazones; cuando se les participaba

alguna brillante empresa felizmente acabada por los mismos, se

quedaban sonrojados y confusos. Muchos salieron ocultamente de la

ciudad con sus armas, y fueron á reunirse con los guerreros de Baza;

los demas, conmovidos por los partidarios del Zagal, entraron en una

conspiracion cuyo objeto era sorprender la Alhambra, matar á Boabdil,

y reuniendo todas las tropas, marchar á Guadix, donde reforzados

por la guarnicion de esta plaza, y capitaneados por el belicoso

Rey viejo, podrian caer con fuerza irresistible sobre el ejército

cristiano delante de Baza.

Felizmente para Boabdil se le dió con tiempo noticia de esta

conspiracion; y haciendo prender á los autores de ella, mandó cortar

á cuatro de los principales las cabezas, las cuales fueron colocadas

en las puertas de la Alhambra. Con este castigo se atemorizaron

los desafectos, cesó el alboroto, y se estableció una tranquilidad

aparente en toda la capital.

Fernando, con la noticia que tuvo de estos movimientos, tomó

oportunamente sus medidas para impedir que se socorriese á Baza;

colocó en los caminos partidas de caballería para interceptar los

convoyes, y prender á los voluntarios que salian de Granada; y mandó

erigir atalayas en las alturas, para guardar el campo, y dar aviso al

momento que se presentase un enemigo.

Con estas medidas, y con aquella línea de torres y almenas erizadas

de tropas que ceñia la ciudad, quedaron el príncipe Cidi Yahye y sus

valientes compañeros de armas excluidos, en cierto modo del resto

del mundo. Las semanas y los meses se pasaban, esperando el Rey que

el temor ó la necesidad obligase á los moros á mover partidos de

rendicion; pero ellos en medio de sus apuros, aparentaban cada dia

mayor esfuerzo; hacian salidas frecuentes, disponian emboscadas,

y daban asaltos vigorosos al real cristiano. Este, por la grande

extension de sus defensas, era débil en algunas partes; y los moros

dirigiéndo por alli sus ataques, entraban de rebato en el real,

hiriendo y robando, para volverse en seguida á la ciudad con los

despojos que cogian.

Estas salidas acarreaban á veces encuentros y escaramuzas muy

sangrientas. En ellas se distinguieron don Alonso de Cárdenas, el

alcaide de los Donceles, y otros caballeros. En cierta accion que se

empeñó una tarde al pié de la sierra, un capitan valiente, llamado

Martin Galindo, viendo á un poderoso moro á caballo, que hacia

tanto estrago en los cristianos, que parecia no haber resistencia

contra la fuerza de su brazo, se fue para él, y lo desafió á combate

singular. El moro, que era de la valerosa tribu de los Abencerrajes,

apenas oyó el reto, manifestó que lo admitia: tomaron los dos

carrera, y arremetiendo el uno contra el otro, se encontraron de

las lanzas con ímpetu furioso. En el primer encuentro el caballero

cristiano derribó de la silla á su contrario; pero antes que Galindo

pudiese volver su caballo, se levantó el moro, cobró su lanza, y

embistiéndole le hirió en el brazo y en la cara. Aunque Galindo

estaba á caballo y el moro á pié, era tal la destreza y valentía

de este último, que Galindo se hallaba en el mayor peligro, cuando

felizmente fue socorrido por algunos de sus compañeros. Á la llegada

de éstos se retiró el valiente moro con serenidad, teniéndolos á raya

hasta reunirse con los suyos.

Algunos de los jóvenes caballeros españoles, envidiosos del triunfo

de este guerrero infiel, quisieron asimismo hacer armas con otros

caballeros del ejército enemigo; pero el Rey prohibió semejantes

encuentros por inútiles, y aun mandó que se evitasen las escaramuzas;

porque ademas de la destreza que tenian los moros en este género de

peleas, se aventajaban á los cristianos en el conocimiento práctico

que tenian del pais.

Estándose asi prosiguiendo el sitio de la ciudad de Baza, llamó la

atencion de todos la venida al real de un religioso que acababa de

llegar de la tierra santa: llamábase Fray Antonio Millan, y era

prior del monasterio del santo Sepulcro en Jerusalen. Venia este

religioso como embajador del Soldan de Egipto, para tratar con el

Rey Católico de materias concernientes á la guerra de Granada. La

confederacion formada entre aquel potentado y el gran señor Bayaceto

II para socorrer unidos á los moros de Granada, (como se dijo en

otro capítulo de esta crónica) se habia disuelto, y estos príncipes

volviendo á su antigua enemistad, se habian declarado la guerra. Pero

el Soldan, como acérrimo musulman, creyó de su deber salvar al reino

de Granada del poder de los cristianos. Con este objeto, despachó al

referido religioso con cartas para los Soberanos de Castilla, como

igualmente para el Papa y el Rey de Nápoles, representando contra los

daños que se hacia á los de su nacion y ley, en la guerra con los

moros de Granada; siendo asi que él en sus dominios, protegia muchos

cristianos en la posesion de sus bienes, y en el egercicio de su

religion. Por lo tanto exigia que cesase la guerra contra los moros,

y que se les restituyese el territorio de que habian sido despojados;

y de lo contrario amenazaba dar la muerte á todos los cristianos

que estaban bajo su señorío, arrasar sus templos y monasterios, y

destruir el Sepulcro santo.

Recibida esta embajada, tuvo el Rey algunas conferencias con el

religioso, y en ellas se trató del estado de la iglesia en los

dominios del Soldan, y de la conducta y política de este príncipe

para con ella. Y contestando á las quejas del Soldan, entró Fernando

en una relacion detallada de las causas que justificaban aquella

guerra, cuyo objeto, decia, era recobrar el territorio usurpado

antiguamente por los moros, y satisfacer los muchos agravios y

ofensas que de éstos habian recibido los cristianos. Al mismo tiempo

encargó que se informase al Soldan del buen tratamiento que daba á

los moros que se reducian á su obediencia.

Con esta respuesta, y despues de recibir del Rey las atenciones mas

lisongeras, se despidió Fray Antonio Millan, y partió para Jaen, para

visitar á la Reina. Doña Isabel le recibió con todo honor y cortesía,

y haciéndole venir á menudo á su presencia, escuchaba con interés la

relacion que le hacia de las cosas de Palestina. Compadecida de los

sufrimientos de los cristianos en aquellas partes, dió al monasterio

del santo Sepulcro una renta de mil ducados cada año; y al despedirse

Fray Antonio para Jerusalen, le dió un velo bordado por sus propias

manos para poner encima de la santa sepultura del Señor[28].

[28] Conviene manifestar el resultado de la mision de este

religioso. Algunos años adelante, enviaron los Soberanos

Católicos por embajador cerca del Soldan de Egipto al célebre

historiador Pedro Martir de Anglería. Las representaciones de

este sábio, no solo dejaron enteramente satisfecho al potentado

oriental, sino que le movieron á conceder la remision de muchas

extorsiones que se practicaban contra los peregrinos cristianos

que visitaban el santo Sepulcro. Pedro Martir escribió una

relacion de su embajada al gran Soldan; obra muy apreciada de los

eruditos, y que contiene noticias muy curiosas: se intitula _De

Legatione Babilonica_.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (2 de 2) · 第 22 / 84 题