_Continuacion del sitio de Baza, y embajada que recibió el Rey._
Los quebrantos y reveses de la guerra, tenian abatido el ánimo del
anciano Monarca el Zagal, y las noticias que todos los dias le venian
de los sufrimientos de la guarnicion y vecinos de Baza, le afligian
tanto mas, cuanto no podia ir en persona á socorrerlos, por ser
necesaria su presencia en Guadix para contener á su sobrino. Empero
su situacion, bajo algunos aspectos, se aventajaba á la del jóven
Rey de Granada; pues mientras éste en clase de vasallo pensionado
disfrutaba tranquilo del blando reposo de la Alhambra, el veterano
Zagal mantenia la guerra con honor, defendiéndose hasta en el último
escalon del trono. Los caballeros de Granada hacian comparaciones
entre la generosa resistencia de los defensores de Baza, y la
indecorosa sumision que prestaban ellos al dominio de un extrangero.
Cuando se les referia alguna desgracia acaecida á sus compatriotas,
se llenaban de angustia sus corazones; cuando se les participaba
alguna brillante empresa felizmente acabada por los mismos, se
quedaban sonrojados y confusos. Muchos salieron ocultamente de la
ciudad con sus armas, y fueron á reunirse con los guerreros de Baza;
los demas, conmovidos por los partidarios del Zagal, entraron en una
conspiracion cuyo objeto era sorprender la Alhambra, matar á Boabdil,
y reuniendo todas las tropas, marchar á Guadix, donde reforzados
por la guarnicion de esta plaza, y capitaneados por el belicoso
Rey viejo, podrian caer con fuerza irresistible sobre el ejército
cristiano delante de Baza.
Felizmente para Boabdil se le dió con tiempo noticia de esta
conspiracion; y haciendo prender á los autores de ella, mandó cortar
á cuatro de los principales las cabezas, las cuales fueron colocadas
en las puertas de la Alhambra. Con este castigo se atemorizaron
los desafectos, cesó el alboroto, y se estableció una tranquilidad
aparente en toda la capital.
Fernando, con la noticia que tuvo de estos movimientos, tomó
oportunamente sus medidas para impedir que se socorriese á Baza;
colocó en los caminos partidas de caballería para interceptar los
convoyes, y prender á los voluntarios que salian de Granada; y mandó
erigir atalayas en las alturas, para guardar el campo, y dar aviso al
momento que se presentase un enemigo.
Con estas medidas, y con aquella línea de torres y almenas erizadas
de tropas que ceñia la ciudad, quedaron el príncipe Cidi Yahye y sus
valientes compañeros de armas excluidos, en cierto modo del resto
del mundo. Las semanas y los meses se pasaban, esperando el Rey que
el temor ó la necesidad obligase á los moros á mover partidos de
rendicion; pero ellos en medio de sus apuros, aparentaban cada dia
mayor esfuerzo; hacian salidas frecuentes, disponian emboscadas,
y daban asaltos vigorosos al real cristiano. Este, por la grande
extension de sus defensas, era débil en algunas partes; y los moros
dirigiéndo por alli sus ataques, entraban de rebato en el real,
hiriendo y robando, para volverse en seguida á la ciudad con los
despojos que cogian.
Estas salidas acarreaban á veces encuentros y escaramuzas muy
sangrientas. En ellas se distinguieron don Alonso de Cárdenas, el
alcaide de los Donceles, y otros caballeros. En cierta accion que se
empeñó una tarde al pié de la sierra, un capitan valiente, llamado
Martin Galindo, viendo á un poderoso moro á caballo, que hacia
tanto estrago en los cristianos, que parecia no haber resistencia
contra la fuerza de su brazo, se fue para él, y lo desafió á combate
singular. El moro, que era de la valerosa tribu de los Abencerrajes,
apenas oyó el reto, manifestó que lo admitia: tomaron los dos
carrera, y arremetiendo el uno contra el otro, se encontraron de
las lanzas con ímpetu furioso. En el primer encuentro el caballero
cristiano derribó de la silla á su contrario; pero antes que Galindo
pudiese volver su caballo, se levantó el moro, cobró su lanza, y
embistiéndole le hirió en el brazo y en la cara. Aunque Galindo
estaba á caballo y el moro á pié, era tal la destreza y valentía
de este último, que Galindo se hallaba en el mayor peligro, cuando
felizmente fue socorrido por algunos de sus compañeros. Á la llegada
de éstos se retiró el valiente moro con serenidad, teniéndolos á raya
hasta reunirse con los suyos.
Algunos de los jóvenes caballeros españoles, envidiosos del triunfo
de este guerrero infiel, quisieron asimismo hacer armas con otros
caballeros del ejército enemigo; pero el Rey prohibió semejantes
encuentros por inútiles, y aun mandó que se evitasen las escaramuzas;
porque ademas de la destreza que tenian los moros en este género de
peleas, se aventajaban á los cristianos en el conocimiento práctico
que tenian del pais.
Estándose asi prosiguiendo el sitio de la ciudad de Baza, llamó la
atencion de todos la venida al real de un religioso que acababa de
llegar de la tierra santa: llamábase Fray Antonio Millan, y era
prior del monasterio del santo Sepulcro en Jerusalen. Venia este
religioso como embajador del Soldan de Egipto, para tratar con el
Rey Católico de materias concernientes á la guerra de Granada. La
confederacion formada entre aquel potentado y el gran señor Bayaceto
II para socorrer unidos á los moros de Granada, (como se dijo en
otro capítulo de esta crónica) se habia disuelto, y estos príncipes
volviendo á su antigua enemistad, se habian declarado la guerra. Pero
el Soldan, como acérrimo musulman, creyó de su deber salvar al reino
de Granada del poder de los cristianos. Con este objeto, despachó al
referido religioso con cartas para los Soberanos de Castilla, como
igualmente para el Papa y el Rey de Nápoles, representando contra los
daños que se hacia á los de su nacion y ley, en la guerra con los
moros de Granada; siendo asi que él en sus dominios, protegia muchos
cristianos en la posesion de sus bienes, y en el egercicio de su
religion. Por lo tanto exigia que cesase la guerra contra los moros,
y que se les restituyese el territorio de que habian sido despojados;
y de lo contrario amenazaba dar la muerte á todos los cristianos
que estaban bajo su señorío, arrasar sus templos y monasterios, y
destruir el Sepulcro santo.
Recibida esta embajada, tuvo el Rey algunas conferencias con el
religioso, y en ellas se trató del estado de la iglesia en los
dominios del Soldan, y de la conducta y política de este príncipe
para con ella. Y contestando á las quejas del Soldan, entró Fernando
en una relacion detallada de las causas que justificaban aquella
guerra, cuyo objeto, decia, era recobrar el territorio usurpado
antiguamente por los moros, y satisfacer los muchos agravios y
ofensas que de éstos habian recibido los cristianos. Al mismo tiempo
encargó que se informase al Soldan del buen tratamiento que daba á
los moros que se reducian á su obediencia.
Con esta respuesta, y despues de recibir del Rey las atenciones mas
lisongeras, se despidió Fray Antonio Millan, y partió para Jaen, para
visitar á la Reina. Doña Isabel le recibió con todo honor y cortesía,
y haciéndole venir á menudo á su presencia, escuchaba con interés la
relacion que le hacia de las cosas de Palestina. Compadecida de los
sufrimientos de los cristianos en aquellas partes, dió al monasterio
del santo Sepulcro una renta de mil ducados cada año; y al despedirse
Fray Antonio para Jerusalen, le dió un velo bordado por sus propias
manos para poner encima de la santa sepultura del Señor[28].
[28] Conviene manifestar el resultado de la mision de este
religioso. Algunos años adelante, enviaron los Soberanos
Católicos por embajador cerca del Soldan de Egipto al célebre
historiador Pedro Martir de Anglería. Las representaciones de
este sábio, no solo dejaron enteramente satisfecho al potentado
oriental, sino que le movieron á conceder la remision de muchas
extorsiones que se practicaban contra los peregrinos cristianos
que visitaban el santo Sepulcro. Pedro Martir escribió una
relacion de su embajada al gran Soldan; obra muy apreciada de los
eruditos, y que contiene noticias muy curiosas: se intitula _De
Legatione Babilonica_.
[Ilustración]