CAPÍTULO XX.

_Hazaña de Hernan Perez del Pulgar._

El sitio de Baza, mientras proporcionaba á los generales cristianos

el lucir su ciencia y conocimientos militares, ofrecia muy pocas

ocasiones á la fogosa juventud española para egercitar sus brios.

El tedio de una vida tan monotona y tranquila como la que pasaban

en el real, se les hacia insoportable, y suspiraban por acometer

alguna empresa de dificultad y peligro. Entre otros caballeros á

quienes animaba este deseo, se distinguian Francisco de Bazan, y

don Antonio de la Cueva, hijo del duque de Alburquerque. Estando

estos dos en conversacion un dia se quejaban de la inaccion á que

estaban reducidos, cuando un adalid veterano que los habia escuchado,

se les presentó ofreciendo llevarlos á tal parte, que les fuera

fácil ganar honra y provecho, y hacer un servicio al Rey. “Cerca

de Guadix, decia, hay unas aldeas que ofrecen rica y abundante

presa. Conducidos por mí, podreis dar sobre ellas de improviso; y si

sois discretos como sois valientes, os llevareis los despojos á la

vista misma del Zagal.” La proposicion gustó en extremo á aquellos

jóvenes ardorosos. Estas expediciones eran muy frecuentes por aquel

tiempo; y los moros del Padul, de Alhendin y de otros lugares de

las Alpujarras, habian hecho muchas cabalgadas y correrías por el

territorio cristiano. Francisco de Bazan y don Antonio de la Cueva,

fácilmente hallaron otros caballeros de su edad, que se reunieron á

ellos para esta empresa; y muy pronto llegó su número á doscientos

caballos y trescientos peones, todos bien equipados y mejor

dispuestos.

Guardando muy secreto el destino que llevaban, salieron del real

una tarde entre dos luces, y guiados por el adalid, se dirigieron

por caminos escusados al través de las montañas. Continuaron su

marcha sin detenerse de dia ni de noche, hasta que una mañana al

rayar del alba, llegaron cerca de Guadix, y entrando repentinamente

en las aldeas, saquearon las casas, prendieron á sus moradores, y

destruyeron cuanto no podian llevar consigo. Saliendo despues al

campo, cogieron mucho ganado; y reunido todo el botin, se pusieron en

retirada apresuradamente, para ganar las montañas antes que corriese

la alarma, y la tierra se levantase. Pero habiéndose comunicado

inmediatamente al Rey moro, por algunos pastores, la noticia de este

arrojo, y del estrago cometido, mandó el Zagal salir á toda prisa

seiscientos hombres escogidos á caballo y á pié para recobrar la

presa, y traer á los agresores cautivos á Guadix.

Los caballeros cristianos, caminando con la prisa que permitia su

cansancio y una numerosa cabalgada, empezaban á internarse en las

montañas, cuando volviendo el rostro, descubrieron una nube de polvo,

y poco despues los turbantes de una fuerza enemiga que venia en su

persecucion. Algunos de los ginetes cristianos, viendo que los moros

eran en mayor número, y que salian de refresco, al paso que ellos

y sus caballos estaban rendidos de fatiga, querian abandonar la

cabalgada y salvarse con la fuga. Pero sus gefes, Francisco de Bazan,

y don Antonio de la Cueva, lejos de consentir una accion tan cobarde,

mandaron que se apercibiesen todos á la pelea, diciendo que seria

cosa indigna soltar la presa sin tirar un golpe, y abandonar los

peones á la furia del enemigo; que si el temor aconsejaba la fuga, la

conservacion de sus vidas dependia de una resistencia vigorosa; y que

seria menor peligro acometer como valientes, que huir como cobardes.

En esto se acercaba el enemigo, y con la diversidad de voluntades iba

creciendo la confusion. Unos, como buenos caballeros, querian batirse

y esperar al enemigo: otros, que eran voluntarios y gente allegadiza,

solo pensaban en asegurar sus personas huyendo. Para terminar la

disputa, mandaron los capitanes al alférez que volviese la bandera,

y fuese delante contra los moros. El alférez se mostró indeciso, y

la tropa iba ya á entregarse á una fuga desordenada. Entonces un

escudero de la guardia del Rey, que se llamaba Hernan Perez del

Pulgar, y era alcaide de la fortaleza del Salar, se puso al frente

de todos, y atando al extremo de su lanza un pañuelo por via de

enseña, la levantó en alto, diciendo: “Caballeros ¿para qué tomamos

armas en las manos, si hacemos consistir la salud en la ligereza de

nuestros pies? hoy se ha de ver quien es el hombre esforzado, y quien

es el cobarde: el que se hallare con ánimo de pelear, no carecerá de

bandera, si quisiese seguir esta toca.” Dicho esto y ondeando aquella

bandera sobre su cabeza, volvió su caballo y arremetió á los moros

con denuedo. Este ejemplo animó á todos los caballeros; y movidos

unos de su voluntad, y otros vencidos de la vergüenza, siguieron al

valeroso Pulgar, y entraron con algazara en la pelea.

Los moros apenas tuvieron esfuerzo para resistir el primer encuentro.

Arrebatados de un terror pánico, se pusieron en huida, y fueron

perseguidos por los cristianos con mucha pérdida hasta cerca de

Guadix. Trescientos moros quedaron tendidos en el campo, y fueron

despojados por los vencedores; algunos cayeron prisioneros; y los

caballeros cristianos, con su cabalgada y muchas acémilas cargadas

de despojos, regresaron al real, donde entraron en triunfo, llevando

delante la bandera singular que los habia conducido á la victoria.

El Rey, instruido de esta hazaña de Hernan Perez del Pulgar, le armó

caballero, y en memoria de tan bizarro hecho, le dió licencia para

traer por armas una lanza con una toca, juntamente con un castillo y

doce leones. Por esta y otras proezas semejantes, fue muy distinguido

el esforzado Pulgar en las guerras de Granada, y ganó tanta nombradía

que vino á ser llamado, el de las hazañas[27].

[27] Hernando del Pulgar, historiador y secretario de la Reina

doña Isabel, suele ser confundido con este caballero. Aquel

tambien estuvo en el sitio de Baza, y refiere este hecho en su

Crónica de los Reyes Católicos.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (2 de 2) · 第 21 / 84 题