CAPÍTULO XIX.

_Sitio de Baza; compromiso del ejército cristiano, y disposiciones

con que el Rey completó el cerco de la ciudad._

Al dia siguiente presentaba el campo delante de Baza una escena

lastimosa. Los cristianos mostraban en la palidez de sus semblantes

los trabajos que habian pasado, y los cadáveres que yacian á

montones delante de los cuerpos de guardia, daban indicios de

los fieros asaltos sostenidos en el discurso de la noche. Las

acequias corrian tintas en sangre; las torres incendiadas humeaban

todavia; y el suelo, hollado por las pisadas de hombres y caballos,

manifestaba haber sido teatro de terribles conflictos entre sitiados

y sitiadores. El Rey, con la experiencia de la noche pasada, se

convenció del peligro y trabajo que habria en conservar la posicion

que ocupaba, y despues de haber consultado con los cabos principales

del ejército, determinó retirar el campo y abandonar las huertas.

Este movimiento, á la vista de un enemigo activo y vigilante, era en

extremo arriesgado. Para asegurar el éxito, mandó Fernando reforzar

los cuerpos de guardia situados cerca de los arrabales, y colocó en

órden de batalla en frente de la ciudad una division formidable para

hacer rostro al enemigo. Aun no se habia desarmado tienda alguna,

y las banderetas con que se distinguian ondeaban todavia sobre los

árboles de la huerta; pero entretanto se trabajaba con calor para

retirar todo el equipage del ejército á la posicion donde primero

se formó el campo. Al caer de la tarde se dió la señal de abatir

las tiendas, y desaparecieron todas de repente; se abandonaron los

puestos avanzados, la demas tropa se puso en retirada, y todo aquel

aparato militar empezó á desvanecerse de la vista de los moros.

Entendiendo Cidi Yahye, aunque tarde, esta sútil maniobra, salió de

la ciudad con mucha gente de á pié y á caballo, y atacó furiosamente

á los cristianos; pero éstos, que conocian el modo de pelear de los

moros, se retiraron en buen órden; y volviendo algunas veces el

rostro al enemigo, para proseguir despues su marcha, lograron salir

con poco daño de aquel peligroso laberinto.

Puesto ahora el campo en parte mas segura, convocó el Rey un consejo

de guerra, para determinar el modo de proceder, y fueron muy diversos

los pareceres. Las dificultades que presentaba esta empresa por la

fuerza y extension de las defensas de la plaza, por la muchedumbre de

moros que la defendian y por la naturaleza del terreno, influyeron

con el marqués de Cádiz para que votase contra la continuacion del

sitio. Don Gutierre de Cárdenas, al contrario, aconsejó que se

prosiguiese lo comenzado, porque si otra cosa se hiciese pareceria

temor y flaqueza, cobraria nuevos brios el enemigo, y tomando

incremento el partido del Zagal, quedaba Boabdil expuesto á que se le

rebelase su inconstante pueblo. Esta opinion alhagaba el amor propio

de Fernando; pero al reflexionar sobre los trabajos que el ejército

habia pasado, los que aun tendria que padecer si se continuaba el

sitio, y la dificultad que habria para proveer los mantenimientos

necesarios, le pareció mas acertado el consejo del marqués de Cádiz,

y determinó seguirlo.

Los soldados, sabiendo que el Rey trataba de levantar el campo, tan

solo por escusar los trabajos y peligros á que estaban expuestos,

se llenaron de un entusiasmo generoso, y todos á una voz suplicaron

que por ningun motivo se abandonase el sitio hasta la rendicion de

la ciudad. En esta incertidumbre, envió Fernando sus mensageros á

la Reina, que estaba en Jaen, para consultarla sobre el partido

que convenia tomar. La respuesta de Isabel fue, que dejaba á la

discrecion del Rey y de los capitanes el levantar ó continuar el

sitio que se habia puesto sobre Baza; pero que si se resolvian á

perseverar en aquella empresa, ella con la ayuda de Dios daria órden

para que fuesen bien provistos de gente, víveres, dinero y todo lo

que fuese necesario hasta la toma de la ciudad. Con esta seguridad

se animó Fernando á continuar el sitio, y comunicada á los soldados

la determinacion del Rey, la recibieron con tanto regocijo como la

noticia de una victoria.

Entretanto el príncipe moro, Cidi Yahye, que habia tenido noticia de

estos debates, no dudaba que el ejército sitiador alzase luego el

campo y se retirase. Un movimiento que notó en el real cristiano,

parecia confirmar esta esperanza; pues vió abatirse tiendas y

desfilar las tropas por el valle. Pero esta ilusion lisonjera fue

de poca duracion: el Rey Católico no habia hecho mas que dividir su

hueste en dos reales, para mas estrechar el sitio. El uno, que se

componia de cuatro mil caballos y ocho mil infantes, con toda la

artillería y los pertrechos de batir, se colocó á las faldas de la

sierra, entre ésta y la ciudad; y en él se aposentaron el marqués

de Cádiz, don Alonso de Aguilar, y don Luis Fernandez Portocarrero,

con otros caballeros distinguidos. En el otro mandaba el Rey en

persona con seis mil caballos, una infantería numerosa, y las gentes

de las montañas de Vizcaya y Guipuzcoa, y las del reino de Galicia.

Entre otros caballeros, estaban con el Rey el conde de Tendilla, don

Rodrigo de Mendoza, y don Alonso de Cárdenas, maestre de Santiago.

Estaban estos dos campamentos situados á partes opuestas de la

ciudad, y del uno al otro habria la distancia de media legua: el

terreno de en medio estaba ocupado por las huertas; y por esto se

tuvo cuidado de fortificar á entrambos con trincheras, palizadas y

otras defensas.

El veterano Mohamet, miraba cuidadoso estos dos campamentos tan

formidables; pero todavia se consolaba pareciéndole que estando tan

separados el uno del otro, y con aquella espesura de huertas en

medio, no podrian socorrerse mútuamente en caso necesario. Mas no

tardó en venir el desengaño para destruir esta confianza. Apenas

acabaron de fortificar los reales, cuando se dejó sentir allá en

las huertas el ruido de herramientas, y el hundimiento de árboles;

y con sorpresa y dolor vieron los moros de la ciudad como iban

desapareciendo aquellas deliciosas arboledas, postradas por los

gastadores de Fernando. Animados de un celo ardoroso, salieron á

proteger aquellos sitios, que eran su placer y su recreo; y por

muchos dias fueron las huertas teatro de escaramuzas y refriegas muy

sangrientas. Pero entretanto, seguia la devastacion, y los taladores

protegidos por la tropa, continuaban su trabajo. Era una empresa que

exigia infinita paciencia, y esfuerzos gigantescos, pues era tal

la magnitud y espesura de los árboles, que aunque trabajaban para

derribarlos cuatro mil hombres armados con destrales, apenas lograban

escombrar cien pasos en cuadro cada dia; y por otra parte, ponian los

moros tanto impedimento, que pasaron cuarenta dias primero que se

acabase de arrasar las huertas.

Asi quedó la ciudad de Baza despojada de aquel verdor lozano que

la hermoseaba, y que constituia á un mismo tiempo su proteccion

y sus delicias. Prosiguiendo los sitiadores su trabajo, lograron

al fin cercar enteramente y aislar la plaza: abrieron en lo llano

una zanja profunda, que llegaba del un real al otro, y por medio

de ella hicieron correr las aguas de la sierra; fortificándola

ademas con una gran palizada y con quince castillos que levantaron

de trecho en trecho. Por la parte de la sierra se hizo otra zanja,

fortificada con las mismas defensas que la primera; quedando asi los

moros cercados por todas partes con fosos, palizadas y castillos, en

términos que no les era posible en sus salidas exceder de esta gran

línea de circunvalacion, ni recibir socorros de fuera. Finalmente,

se deliberó quitarles el agua de una fuente que habia cerca de la

ciudad. Á esta fuente tenian los moros un afecto particular, pues

era casi indispensable á su subsistencia; y sabiendo por algunos

desertores, que el Rey trataba de apoderarse de ella, salieron una

noche y fortificaron sus alrededores tan eficazmente, que tuvieron

los cristianos que abandonar el proyecto, y dejar á los moros este

recurso.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (2 de 2) · 第 20 / 84 题