_Sitio de Baza; compromiso del ejército cristiano, y disposiciones
con que el Rey completó el cerco de la ciudad._
Al dia siguiente presentaba el campo delante de Baza una escena
lastimosa. Los cristianos mostraban en la palidez de sus semblantes
los trabajos que habian pasado, y los cadáveres que yacian á
montones delante de los cuerpos de guardia, daban indicios de
los fieros asaltos sostenidos en el discurso de la noche. Las
acequias corrian tintas en sangre; las torres incendiadas humeaban
todavia; y el suelo, hollado por las pisadas de hombres y caballos,
manifestaba haber sido teatro de terribles conflictos entre sitiados
y sitiadores. El Rey, con la experiencia de la noche pasada, se
convenció del peligro y trabajo que habria en conservar la posicion
que ocupaba, y despues de haber consultado con los cabos principales
del ejército, determinó retirar el campo y abandonar las huertas.
Este movimiento, á la vista de un enemigo activo y vigilante, era en
extremo arriesgado. Para asegurar el éxito, mandó Fernando reforzar
los cuerpos de guardia situados cerca de los arrabales, y colocó en
órden de batalla en frente de la ciudad una division formidable para
hacer rostro al enemigo. Aun no se habia desarmado tienda alguna,
y las banderetas con que se distinguian ondeaban todavia sobre los
árboles de la huerta; pero entretanto se trabajaba con calor para
retirar todo el equipage del ejército á la posicion donde primero
se formó el campo. Al caer de la tarde se dió la señal de abatir
las tiendas, y desaparecieron todas de repente; se abandonaron los
puestos avanzados, la demas tropa se puso en retirada, y todo aquel
aparato militar empezó á desvanecerse de la vista de los moros.
Entendiendo Cidi Yahye, aunque tarde, esta sútil maniobra, salió de
la ciudad con mucha gente de á pié y á caballo, y atacó furiosamente
á los cristianos; pero éstos, que conocian el modo de pelear de los
moros, se retiraron en buen órden; y volviendo algunas veces el
rostro al enemigo, para proseguir despues su marcha, lograron salir
con poco daño de aquel peligroso laberinto.
Puesto ahora el campo en parte mas segura, convocó el Rey un consejo
de guerra, para determinar el modo de proceder, y fueron muy diversos
los pareceres. Las dificultades que presentaba esta empresa por la
fuerza y extension de las defensas de la plaza, por la muchedumbre de
moros que la defendian y por la naturaleza del terreno, influyeron
con el marqués de Cádiz para que votase contra la continuacion del
sitio. Don Gutierre de Cárdenas, al contrario, aconsejó que se
prosiguiese lo comenzado, porque si otra cosa se hiciese pareceria
temor y flaqueza, cobraria nuevos brios el enemigo, y tomando
incremento el partido del Zagal, quedaba Boabdil expuesto á que se le
rebelase su inconstante pueblo. Esta opinion alhagaba el amor propio
de Fernando; pero al reflexionar sobre los trabajos que el ejército
habia pasado, los que aun tendria que padecer si se continuaba el
sitio, y la dificultad que habria para proveer los mantenimientos
necesarios, le pareció mas acertado el consejo del marqués de Cádiz,
y determinó seguirlo.
Los soldados, sabiendo que el Rey trataba de levantar el campo, tan
solo por escusar los trabajos y peligros á que estaban expuestos,
se llenaron de un entusiasmo generoso, y todos á una voz suplicaron
que por ningun motivo se abandonase el sitio hasta la rendicion de
la ciudad. En esta incertidumbre, envió Fernando sus mensageros á
la Reina, que estaba en Jaen, para consultarla sobre el partido
que convenia tomar. La respuesta de Isabel fue, que dejaba á la
discrecion del Rey y de los capitanes el levantar ó continuar el
sitio que se habia puesto sobre Baza; pero que si se resolvian á
perseverar en aquella empresa, ella con la ayuda de Dios daria órden
para que fuesen bien provistos de gente, víveres, dinero y todo lo
que fuese necesario hasta la toma de la ciudad. Con esta seguridad
se animó Fernando á continuar el sitio, y comunicada á los soldados
la determinacion del Rey, la recibieron con tanto regocijo como la
noticia de una victoria.
Entretanto el príncipe moro, Cidi Yahye, que habia tenido noticia de
estos debates, no dudaba que el ejército sitiador alzase luego el
campo y se retirase. Un movimiento que notó en el real cristiano,
parecia confirmar esta esperanza; pues vió abatirse tiendas y
desfilar las tropas por el valle. Pero esta ilusion lisonjera fue
de poca duracion: el Rey Católico no habia hecho mas que dividir su
hueste en dos reales, para mas estrechar el sitio. El uno, que se
componia de cuatro mil caballos y ocho mil infantes, con toda la
artillería y los pertrechos de batir, se colocó á las faldas de la
sierra, entre ésta y la ciudad; y en él se aposentaron el marqués
de Cádiz, don Alonso de Aguilar, y don Luis Fernandez Portocarrero,
con otros caballeros distinguidos. En el otro mandaba el Rey en
persona con seis mil caballos, una infantería numerosa, y las gentes
de las montañas de Vizcaya y Guipuzcoa, y las del reino de Galicia.
Entre otros caballeros, estaban con el Rey el conde de Tendilla, don
Rodrigo de Mendoza, y don Alonso de Cárdenas, maestre de Santiago.
Estaban estos dos campamentos situados á partes opuestas de la
ciudad, y del uno al otro habria la distancia de media legua: el
terreno de en medio estaba ocupado por las huertas; y por esto se
tuvo cuidado de fortificar á entrambos con trincheras, palizadas y
otras defensas.
El veterano Mohamet, miraba cuidadoso estos dos campamentos tan
formidables; pero todavia se consolaba pareciéndole que estando tan
separados el uno del otro, y con aquella espesura de huertas en
medio, no podrian socorrerse mútuamente en caso necesario. Mas no
tardó en venir el desengaño para destruir esta confianza. Apenas
acabaron de fortificar los reales, cuando se dejó sentir allá en
las huertas el ruido de herramientas, y el hundimiento de árboles;
y con sorpresa y dolor vieron los moros de la ciudad como iban
desapareciendo aquellas deliciosas arboledas, postradas por los
gastadores de Fernando. Animados de un celo ardoroso, salieron á
proteger aquellos sitios, que eran su placer y su recreo; y por
muchos dias fueron las huertas teatro de escaramuzas y refriegas muy
sangrientas. Pero entretanto, seguia la devastacion, y los taladores
protegidos por la tropa, continuaban su trabajo. Era una empresa que
exigia infinita paciencia, y esfuerzos gigantescos, pues era tal
la magnitud y espesura de los árboles, que aunque trabajaban para
derribarlos cuatro mil hombres armados con destrales, apenas lograban
escombrar cien pasos en cuadro cada dia; y por otra parte, ponian los
moros tanto impedimento, que pasaron cuarenta dias primero que se
acabase de arrasar las huertas.
Asi quedó la ciudad de Baza despojada de aquel verdor lozano que
la hermoseaba, y que constituia á un mismo tiempo su proteccion
y sus delicias. Prosiguiendo los sitiadores su trabajo, lograron
al fin cercar enteramente y aislar la plaza: abrieron en lo llano
una zanja profunda, que llegaba del un real al otro, y por medio
de ella hicieron correr las aguas de la sierra; fortificándola
ademas con una gran palizada y con quince castillos que levantaron
de trecho en trecho. Por la parte de la sierra se hizo otra zanja,
fortificada con las mismas defensas que la primera; quedando asi los
moros cercados por todas partes con fosos, palizadas y castillos, en
términos que no les era posible en sus salidas exceder de esta gran
línea de circunvalacion, ni recibir socorros de fuera. Finalmente,
se deliberó quitarles el agua de una fuente que habia cerca de la
ciudad. Á esta fuente tenian los moros un afecto particular, pues
era casi indispensable á su subsistencia; y sabiendo por algunos
desertores, que el Rey trataba de apoderarse de ella, salieron una
noche y fortificaron sus alrededores tan eficazmente, que tuvieron
los cristianos que abandonar el proyecto, y dejar á los moros este
recurso.
[Ilustración]