_Batalla de las huertas delante de Baza._
Sabida por el Rey la resolucion de los caudillos moros, se dispuso
á sitiar la plaza con vigor; y pareciéndole necesario adelantar el
campo para que la artillería batiese con mas efecto las murallas,
lo mandó poner en las huertas cerca de los arrabales. Mientras se
verificaba esta operacion, y se fortificaban las estancias, avanzó
un destacamento fuerte para ocupar las huertas y contener las
salidas del enemigo. Entraron en ellas los capitanes por diferentes
puntos con sus batallas ordenadas, mas no sin algun recelo de verse
comprometidos en aquel verde laberinto. El maestre de Santiago,
que iba delante, previno á sus soldados que se mantuviesen firmes
y unidos, asegurándoles que si peleaban con osadía y duraban en el
esfuerzo, saldrian triunfantes de cualquiera dificultad y peligro.
Á poco de haber entrado en las huertas, oyeron desde los arrabales
el sonido de cajas y trompetas, mezclado con alaridos, y en seguida
vieron salir á su encuentro un cuerpo numeroso de infantería mora. Á
su cabeza venia el príncipe Cidi Yahye, que los animaba diciéndoles,
que iban á pelear por la vida y por la libertad, por sus bienes,
por la pátria y por la religion[24]. “Para nosotros, decia, no hay
mas recurso que la fuerza de nuestras manos, el valor de nuestros
corazones, y la divina proteccion de Alá.” Á esta exhortacion
respondieron los moros con aclamaciones, y se arrojaron animosos al
combate. Juntáronse entonces las armas enemigas unas con otras en
medio de las huertas, y empezaron á herirse con espadas, lanzas,
arcabuces y ballestas. Pero las muchas torres y otros edificios, la
espesura de los árboles, y las acequias, daban mayor ventaja á los
moros que estaban á pié, que á los cristianos que iban á caballo.
Visto este inconveniente, mandaron los capitanes cristianos que
se apeasen los ginetes y se juntasen con los peones. Entonces se
encendió de nuevo la pelea, y con tal furia, que cada uno parecia
disponerse con voluntad á la muerte por dársela al enemigo. Á medida
que se empeñaba el combate, las tropas de la una y de la otra parte
iban separándose de sus banderas por la estrechez y dificultades del
terreno, hasta llegar á batirse sueltos ó por pelotones, sin órden
de batalla, y sordos asi á las señales de las trompetas como á la
voz de los capitanes. Asi es que mientras en una parte vencian los
moros, en otra triunfaban los cristianos. En esta confusion sucedia
á veces que los combatientes, ciegos de temor, huian de los suyos
mismos, y corrian á refugiarse entre los enemigos, no pudiendo
distinguir los unos de los otros en aquella oscura frondosidad.
Pero la contienda mas reñida fue la que se trabó al derredor de
las torres, donde unos y otros se alojaban como en unas fortalezas
pequeñas, y que ganaban y perdian alternativamente. Muchas de estas
torres fueron incendiadas, aumentándose los horrores del combate con
el humo y llamas que envolvian aquellas arboledas, y con los alaridos
de los que morian en el fuego.
[24] Illi Mauri pro fortunis, pro libertate, pro laribus
patriciis, pro vita denique certabant. Petri Martir epist. 70.
Algunos de los capitanes cristianos, en vista de aquel desórden y
carnicería, quisieran retraerse de la huerta con sus gentes; pero
perdido el tino de la salida no supieron efectuar su retirada.
Estando asi las cosas, sucedió que una bala derribó el brazo al
alférez de uno de los batallones del gran cardenal, y ya la bandera
iba á caer en manos del enemigo, cuando Rodrigo de Mendoza, sobrino
del cardenal, mozo de pocos años pero intrépido, se abalanzó á
salvarla en medio de una lluvia de balas y saetas, y recobrándola,
pasó delante contra los moros con sus soldados, que le siguieron con
aclamaciones.
Entretanto quedaba el Rey con la demas tropa á la entrada de la
huerta, desde donde expedia sus órdenes, y enviaba socorros á los
puntos donde parecia necesario. Pero estaba con mucha pena, porque
con el impedimento de los árboles y torres, y del humo que todo lo
envolvia, le era imposible descubrir lo que pasaba; y los que salian
de la pelea, heridos ó desalentados, no le daban mas que noticias
confusas ó contradictorias. De los que se le presentaron en este
estado fue uno don Juan de Luna, jóven de un mérito particular, muy
favorecido del Rey, y de todos bien quisto por sus buenas prendas.
Estaba recien casado con doña Catalina de Urrea, dama de no menos
hermosura que nobleza[25]. Poniéndole al pié de un árbol, procuraron
estancar la sangre que le brotaba de una profunda herida; pero fue
diligencia inútil; y el malogrado jóven espiró á los pies de su
Soberano, que sintió vivamente esta desgracia.
[25] Mariana. P. Martir. Zurita.
Por otra parte Mohamed Ben Hazen, rodeado de sus capitanes,
contemplaba ansiosamente desde los muros esta escena sanguinaria.
Doce horas sin intermision habia durado la batalla, impidiendo los
árboles y casas que los de la ciudad supiesen el estado en que se
hallaba; pero al través de aquella espesura veian relumbrar las
lanzas y cimitarras, y subir por diferentes partes de la huerta
columnas de humo, al paso que el estrépito de las armas, el tronar
de ribadoquines y espingardas, el clamor de los vencedores, y los
gemidos de los moribundos, anunciaban el fatal conflicto de los
combatientes. Á éstos se añadian los gritos y lamentos de las
mugeres, cuando, traidos en hombros de sus compañeros, veian llegar
á las puertas de la ciudad sus parientes mas caros, heridos y
ensangrentados. Pero cuando vieron exánime á Reduan de Zalfarga, que
era uno de sus capitanes mas valientes, fue general el sentimiento,
y subió de todo punto la confusion y espanto de los moros. Poco á
poco se fue acercando el rumor de la batalla, y al fin vieron á sus
guerreros salir de la huerta peleando, y retraerse á un lugar junto
á los arrabales, que habian fortificado con palizadas. Llegando aqui
los cristianos, establecieron sus estancias junto á las de los moros,
fortificándolas igualmente con palizadas, y mandó el Rey que se
sentase el campo en la huerta, que con tanto trabajo se habia ganado.
Mohamed Ben Hazen hizo una salida para socorrer al príncipe Cidi
Yahye, é intentó desalojar á los cristianos de la importante posicion
que ocupaban; pero iba ya entrando la noche, y la oscuridad hizo
inútiles sus esfuerzos. Mas no por eso dejaron los moros de dar
varios ataques y rebatos en el discurso de la noche; por manera que
los cristianos, rendidos con las fatigas y trabajos de aquel dia, no
pudieron disfrutar un momento de reposo[26].
[26] Pulgar, part. III, cap. 106, 107. Cura de los Palacios, cap.
92. Zurita, lib. XX. cap. 81.
[Ilustración]