CAPÍTULO XVIII.

_Batalla de las huertas delante de Baza._

Sabida por el Rey la resolucion de los caudillos moros, se dispuso

á sitiar la plaza con vigor; y pareciéndole necesario adelantar el

campo para que la artillería batiese con mas efecto las murallas,

lo mandó poner en las huertas cerca de los arrabales. Mientras se

verificaba esta operacion, y se fortificaban las estancias, avanzó

un destacamento fuerte para ocupar las huertas y contener las

salidas del enemigo. Entraron en ellas los capitanes por diferentes

puntos con sus batallas ordenadas, mas no sin algun recelo de verse

comprometidos en aquel verde laberinto. El maestre de Santiago,

que iba delante, previno á sus soldados que se mantuviesen firmes

y unidos, asegurándoles que si peleaban con osadía y duraban en el

esfuerzo, saldrian triunfantes de cualquiera dificultad y peligro.

Á poco de haber entrado en las huertas, oyeron desde los arrabales

el sonido de cajas y trompetas, mezclado con alaridos, y en seguida

vieron salir á su encuentro un cuerpo numeroso de infantería mora. Á

su cabeza venia el príncipe Cidi Yahye, que los animaba diciéndoles,

que iban á pelear por la vida y por la libertad, por sus bienes,

por la pátria y por la religion[24]. “Para nosotros, decia, no hay

mas recurso que la fuerza de nuestras manos, el valor de nuestros

corazones, y la divina proteccion de Alá.” Á esta exhortacion

respondieron los moros con aclamaciones, y se arrojaron animosos al

combate. Juntáronse entonces las armas enemigas unas con otras en

medio de las huertas, y empezaron á herirse con espadas, lanzas,

arcabuces y ballestas. Pero las muchas torres y otros edificios, la

espesura de los árboles, y las acequias, daban mayor ventaja á los

moros que estaban á pié, que á los cristianos que iban á caballo.

Visto este inconveniente, mandaron los capitanes cristianos que

se apeasen los ginetes y se juntasen con los peones. Entonces se

encendió de nuevo la pelea, y con tal furia, que cada uno parecia

disponerse con voluntad á la muerte por dársela al enemigo. Á medida

que se empeñaba el combate, las tropas de la una y de la otra parte

iban separándose de sus banderas por la estrechez y dificultades del

terreno, hasta llegar á batirse sueltos ó por pelotones, sin órden

de batalla, y sordos asi á las señales de las trompetas como á la

voz de los capitanes. Asi es que mientras en una parte vencian los

moros, en otra triunfaban los cristianos. En esta confusion sucedia

á veces que los combatientes, ciegos de temor, huian de los suyos

mismos, y corrian á refugiarse entre los enemigos, no pudiendo

distinguir los unos de los otros en aquella oscura frondosidad.

Pero la contienda mas reñida fue la que se trabó al derredor de

las torres, donde unos y otros se alojaban como en unas fortalezas

pequeñas, y que ganaban y perdian alternativamente. Muchas de estas

torres fueron incendiadas, aumentándose los horrores del combate con

el humo y llamas que envolvian aquellas arboledas, y con los alaridos

de los que morian en el fuego.

[24] Illi Mauri pro fortunis, pro libertate, pro laribus

patriciis, pro vita denique certabant. Petri Martir epist. 70.

Algunos de los capitanes cristianos, en vista de aquel desórden y

carnicería, quisieran retraerse de la huerta con sus gentes; pero

perdido el tino de la salida no supieron efectuar su retirada.

Estando asi las cosas, sucedió que una bala derribó el brazo al

alférez de uno de los batallones del gran cardenal, y ya la bandera

iba á caer en manos del enemigo, cuando Rodrigo de Mendoza, sobrino

del cardenal, mozo de pocos años pero intrépido, se abalanzó á

salvarla en medio de una lluvia de balas y saetas, y recobrándola,

pasó delante contra los moros con sus soldados, que le siguieron con

aclamaciones.

Entretanto quedaba el Rey con la demas tropa á la entrada de la

huerta, desde donde expedia sus órdenes, y enviaba socorros á los

puntos donde parecia necesario. Pero estaba con mucha pena, porque

con el impedimento de los árboles y torres, y del humo que todo lo

envolvia, le era imposible descubrir lo que pasaba; y los que salian

de la pelea, heridos ó desalentados, no le daban mas que noticias

confusas ó contradictorias. De los que se le presentaron en este

estado fue uno don Juan de Luna, jóven de un mérito particular, muy

favorecido del Rey, y de todos bien quisto por sus buenas prendas.

Estaba recien casado con doña Catalina de Urrea, dama de no menos

hermosura que nobleza[25]. Poniéndole al pié de un árbol, procuraron

estancar la sangre que le brotaba de una profunda herida; pero fue

diligencia inútil; y el malogrado jóven espiró á los pies de su

Soberano, que sintió vivamente esta desgracia.

[25] Mariana. P. Martir. Zurita.

Por otra parte Mohamed Ben Hazen, rodeado de sus capitanes,

contemplaba ansiosamente desde los muros esta escena sanguinaria.

Doce horas sin intermision habia durado la batalla, impidiendo los

árboles y casas que los de la ciudad supiesen el estado en que se

hallaba; pero al través de aquella espesura veian relumbrar las

lanzas y cimitarras, y subir por diferentes partes de la huerta

columnas de humo, al paso que el estrépito de las armas, el tronar

de ribadoquines y espingardas, el clamor de los vencedores, y los

gemidos de los moribundos, anunciaban el fatal conflicto de los

combatientes. Á éstos se añadian los gritos y lamentos de las

mugeres, cuando, traidos en hombros de sus compañeros, veian llegar

á las puertas de la ciudad sus parientes mas caros, heridos y

ensangrentados. Pero cuando vieron exánime á Reduan de Zalfarga, que

era uno de sus capitanes mas valientes, fue general el sentimiento,

y subió de todo punto la confusion y espanto de los moros. Poco á

poco se fue acercando el rumor de la batalla, y al fin vieron á sus

guerreros salir de la huerta peleando, y retraerse á un lugar junto

á los arrabales, que habian fortificado con palizadas. Llegando aqui

los cristianos, establecieron sus estancias junto á las de los moros,

fortificándolas igualmente con palizadas, y mandó el Rey que se

sentase el campo en la huerta, que con tanto trabajo se habia ganado.

Mohamed Ben Hazen hizo una salida para socorrer al príncipe Cidi

Yahye, é intentó desalojar á los cristianos de la importante posicion

que ocupaban; pero iba ya entrando la noche, y la oscuridad hizo

inútiles sus esfuerzos. Mas no por eso dejaron los moros de dar

varios ataques y rebatos en el discurso de la noche; por manera que

los cristianos, rendidos con las fatigas y trabajos de aquel dia, no

pudieron disfrutar un momento de reposo[26].

[26] Pulgar, part. III, cap. 106, 107. Cura de los Palacios, cap.

92. Zurita, lib. XX. cap. 81.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (2 de 2) · 第 19 / 84 题