_De las disposiciones del Rey Católico para sitiar la ciudad de Baza,
y de las medidas que tomaron los moros para defenderse._
[Nota al margen: Año 1489.]
Al borrascoso invierno del año pasado, se siguió la primavera de
1489, y las tropas cristianas convocadas para la prosecucion de
la guerra, se pusieron en movimiento para reunirse en Jaen, donde
llegaron tarde, y con no poca dificultad, porque las grandes aguas
recientes habian hecho casi intransitables los caminos, y muy
trabajoso el vado de los rios. Pero juntándose al fin en aquella
ciudad trece mil caballos y cuarenta mil infantes, pudo el Rey abrir
la campaña, y á últimos de mayo pasó la frontera con su ejército. La
Reina, con el Príncipe don Juan y las Infantas, permaneció en Jaen,
servida y acompañada por el gran cardenal de España, y otros prelados
que asistian en sus consejos. El propósito de Fernando era sitiar la
ciudad de Baza, que era la llave de las posesiones que le quedaban
al moro. Tomada esta importante plaza, tendrian que someterse luego
las de Guadix y Almería; el Zagal quedaria sin apoyo, y se daba el
último golpe á su poder. Á medida que avanzaba el ejército, tuvieron
los cristianos que combatir varios castillos y lugares fuertes en las
cercanías de Baza, para asegurarse contra la molestia que pudieran
ocasionarles. Pero esto no siempre se conseguia sin trabajo: la villa
de Cujar hizo una resistencia porfiada; y su alcaide el bizarro
Hubec Adalgar, oponiendo la fuerza á la fuerza, y los ingenios á los
ingenios, frustró varias tentativas de los cristianos ya para ganar
el muro por asalto, ya para derribarlo con pertrechos. Defendíanse
los moros desde sus almenas con toda clase de armas arrojadizas; y
por medio de unas calderas asidas unas á otras con cadenas, arrojaban
fuego sobre el enemigo, quemándole los manteletes y otras máquinas
que tenia para el asalto. Duró este sitio algunos dias; pero al
fin hubo de ceder el valor del alcaide á la fuerza superior de los
sitiadores, y se entregó la plaza, concediéndola el Rey un partido
honroso. Los habitantes y la guarnicion salieron con sus efectos
y armas, y conducidos por el valiente Hubec Adalgar tomaron la
direccion de Baza.
El Zagal, que se hallaba en Guadix, distante pocas leguas de Baza,
se aprovechó de las demoras que por estas causas sufria el ejército
cristiano, para hacer las prevenciones necesarias á su defensa.
Sabia que habia llegado el caso de hacer el último esfuerzo para la
conservacion de los dominios que le quedaban, y que esta campaña iba
á determinar si permaneceria Monarca ó viviria vasallo. Confiando en
la fortaleza de la ciudad de Baza, no creyó necesario acudir allá
en persona, pero aumentó la guarnicion enviando desde Guadix toda
la fuerza que tenia disponible, abasteció la plaza completamente, y
convocó en su defensa á todo el que se tenia por verdadero musulman,
y amaba la religion, su pátria y su libertad. Las ciudades de
Purchena y de Tabernas, y otras de aquella serranía obedeciendo esta
intimacion, corrieron á las armas: las Alpujarras arrojaron de su
pedregoso seno una multitud de hombres de pelea, que acudieron á la
defensa de Baza; y muchos caballeros de Granada, desdeñando el ócio
y tranquilidad en que vivian bajo el gobierno de un Rey tributario,
salieron ocultamente de la ciudad, y se reunieron con sus valientes
patriotas para el mismo objeto. Pero las esperanzas del Zagal se
fundaban principalmente en el valor y lealtad de Cidi Yahye Alnayar
Aben Zelim, deudo suyo y alcaide de Almería, á quien habia mandado
venir á Baza con todas las tropas de su mando. Llegaban éstas á
diez mil hombres, soldados aguerridos y avezados á los trabajos,
asi como de mucha experiencia en todo género de ardides, emboscadas
y evoluciones. Gobernados á una sola voz de su capitan, acometian
impetuosos, ó se detenian en medio de su carrera; y al sonido de la
trompeta, se recogian, se ordenaban, ó revolvian contra el enemigo
con maravillosa prontitud y destreza. Semejantes á una tempestad,
daban sobre sus contrarios de repente, esparciendo el estrago y la
consternacion, y luego con increible ligereza se retiraban; de manera
que pasado el sobresalto, no se veia mas que una nube de polvo, ni se
oia sino el galopear de los caballos.
Entrando Cidi Yahye por las puertas de Baza con sus diez mil
valientes, fue recibido por el pueblo con aclamaciones. El Zagal,
aunque permanecia en Guadix, se creia seguro de aquella plaza por
la confianza que tenia en su pariente, y se felicitaba de tener un
general de su sangre y tan valiente á la cabeza de sus tropas. Con
estos refuerzos llegaba la guarnicion á veinte mil hombres, mandados
por tres capitanes principales; el uno Mohamed Ben Hazen, llamado el
veterano, el otro Abu Halí, alcaide de la guarnicion primitiva, y el
tercero Hubec Adalgar, que lo habia sido de la de Cujar. Pero sobre
todos éstos ejercia la autoridad suprema el príncipe Cidi Yahye, por
su nacimiento real, y porque gozaba la confianza particular del Rey.
La ciudad de Baza está fundada en un valle espacioso, ocho leguas de
largo y tres de ancho, que se llamaba la Hoya de Baza, y la rodea una
sierra que es la de Habalcohol, de donde descienden las aguas de dos
rios que riegan y fertilizan el pais. Por una parte protegian á la
ciudad las ramblas y cuestas de la sierra inmediata, y un castillo
poderoso; y por otra, la defendia un fuerte muro guarnecido de muchas
y grandes torres: los arrabales eran grandes, pero mal fortificados
con una cerca de tapia y casa-muro. Enfrente de los arrabales, habia
una frondosa huerta con muchos árboles y frutales, que ocupaban
casi una legua en circuito. Aqui tenian los vecinos pudientes sus
torres ó casas de campo, aqui sus jardines y huertos llenos de
flores y legumbres, y regados por las abundantes aguas de la sierra;
sirviendo de proteccion á la ciudad esta multitud de árboles, torres
y acequias, por los impedimentos que ofrecian al paso de un enemigo.
No obstante que la prevencion hecha en Baza de armas, municiones
y víveres, era mas que suficiente para un sitio de quince meses,
continuaban todavia los preparativos cuando se presentó á vista de
la ciudad el ejército de Fernando. Veíanse por una parte cuadrillas
de á caballo y de á pié, dirigiéndose presurosas hácia las puertas,
y arrieros con numerosas recuas, aguijando sus cansadas caballerías,
todo con el afan de ponerse á cubierto de la tormenta que amenazaba:
por otra, venia por el valle adelante á par de una nube preñada,
el ejército cristiano con estruendo de cajas y trompetas, que
hacian retumbar la sierra, y con armas resplandecientes, cuyo brillo
reverberaba desde lejos. Sentó Fernando sus reales un poco desviados
de aquella espesura de huertas, y envió á intimar la rendicion á la
ciudad, ofreciendo las condiciones mas favorables en el caso de una
sumision inmediata, y protestando del modo mas solemne no alzar mano
del sitio hasta quedar dueño de la plaza.
Recibida esta intimacion, tuvieron los caudillos moros un consejo
de guerra. El príncipe Cidi Yahye, irritado por las amenazas del
Rey, queria que se le contestase declarando que la guarnicion, lejos
de entregarse, se batiria hasta quedar sepultada en las ruinas de
sus muros. Pero á esto dijo el veterano Mohamed: “¿De qué sirve una
declaracion que tal vez nuestros hechos desmentirán? las amenazas
deben medirse por las fuerzas que se tiene para cumplirlas, y los
hechos deben ser siempre mayores que los ofrecimientos.”
Conforme á este consejo se envió al Monarca cristiano una respuesta
lacónica, agradeciéndole la oferta de un partido ventajoso, pero
diciéndole que ellos estaban en aquella ciudad, no para dársela sino
para defenderla.
[Ilustración]