CAPÍTULO XVI.

_Disposiciones del Rey Fernando para continuar la guerra; sale á

campaña; varias empresas de moros contra cristianos._

[Nota al margen: Año 1488.]

Iba ya entrando el año de 1488, y los Soberanos Católicos, resueltos

á proseguir en la triunfante carrera que habian comenzado, hasta

acabar con el imperio sarraceno en España, se dispusieron á hacer

nuevos sacrificios, y á pasar nuevos trabajos y fatigas. Los apuros

del erario obligaron á discurrir medios, y á buscar recursos, para

la continuacion de los aprestos que se hacian; pero á todo ocurrió

el celo del estado eclesiástico contribuyendo con subsidios de

consideracion en tropas y dinero. Con todo esto no pudo el Rey reunir

su ejército hasta junio de este año, cuando á los cinco dias del

mes partió de Murcia con un campo volante de cuatro mil caballos y

catorce mil infantes, conduciendo la vanguardia el marqués de Cádiz,

á quien seguia el adelantado de Murcia. Entró el ejército en la

frontera enemiga por la ribera del mar, esparciendo el terror donde

quiera que llegaba: á su vista se rendian los pueblos sin hacer

resistencia, temerosos de experimentar los males que habian desolado

la frontera opuesta; y en esta forma los pueblos de Vera, Velez el

rubio, Velez el blanco y otros de menos nota, se entregaron á la

primera intimacion.

Hasta llegar cerca de Almería, no halló el ejército oposicion alguna.

En esta importante ciudad mandaba á la sazon el príncipe Zelim,

pariente del Zagal. Á la vista del enemigo salió este valeroso

moro capitaneando su guarnicion, y en las huertas inmediatas á

la ciudad trabó una escaramuza muy reñida con las tropas de la

vanguardia. Llegando el Rey con el grueso del ejército, mandó cesar

la escaramuza, y recoger las gentes; y pues conocia que la fuerza que

llevaba era poca para combatir la ciudad, se contentó con reconocer

su asiento, y se retiró con direccion á Baza, donde se hallaba el

Zagal con una guarnicion poderosa.

El Rey moro se apercibió para recibirlos, y en un valle que está

delante de la ciudad, donde habia muchas huertas, colocó una

celada de arcabuceros y ballesteros. Llegaron los cristianos, y como

se acercasen á este sitio, salió el Zagal á su encuentro con gente

de á caballo y de á pié, y empezó una escaramuza con el marqués

de Cádiz y el adelantado de Murcia, que conducian la vanguardia.

Despues de pelear un rato fingieron los moros ceder, y se retrajeron

poco á poco á las huertas, para atraer alli á los cristianos, como

en efecto lo consiguieron. Saliendo entonces los que estaban en la

celada, abrieron un fuego atroz contra los cristianos por flanco y

por retaguardia, matando é hiriendo á muchos, y poniendo á los demas

en confusion. Reforzado el Zagal con mas tropas que salieron de la

ciudad, atacó de nuevo al enemigo, le obligó á volver las espaldas,

y lo persiguió dando horribles alaridos, y haciendo en él un estrago

enorme. Á este tiempo llegó felizmente el Rey con la demas tropa,

y cubriendo la retirada de los suyos, se opuso con tanta firmeza á

la furia de los moros, que los hizo retroceder, y encerrarse en la

ciudad. Muchos caballeros de nota perecieron en esta refriega; entre

otros don Felipe de Aragon, maestre de Montesa, sobrino del Rey é

hijo natural de don Cárlos su hermano.

Con el descalabro de la vanguardia, se suspendió la marcha victoriosa

del ejército cristiano; y Fernando, mas cauto ya por la leccion

severa que acababa de recibir, acampó en las orillas del rio

Guadalquiton que pasa por alli cerca, sin atreverse, con la fuerza

que llevaba, á emprender el sitio de aquella plaza. Desesperando,

pues, de desalojar de Baza al anciano guerrero el Zagal, levantó

Fernando sus reales, y se retiró de alli como antes lo habia hecho de

delante de Loja.

Vuelto á Murcia, tomó el Rey las medidas convenientes para la

seguridad de las plazas conquistadas en este año: puso en ellas

fuertes guarniciones y víveres en abundancia, y nombró por

capitan mayor de todas á Luis Fernandez Portocarrero. Dadas estas

disposiciones, y despedida la gente de guerra, se retiró el Rey á

hacer oracion á la cruz de Carabaca.

Apenas fueron licenciadas las tropas del ejército invasor, salió

de Baza el Zagal, y entrando á fuego y sangre por las tierras que

acababan de someterse á Fernando, sorprendió el castillo de Nijar,

que se guardaba con poca vigilancia, y pasó á cuchillo la guarnicion.

Corrió despues con furor sanguinario toda la frontera, matando,

hiriendo, y haciendo prisioneros á los cristianos donde quiera que

los hallaba desprevenidos. El alcaide de Cullar, confiando en la

fortaleza de este pueblo, que por su situacion y por su castillo

parecia inexpugnable, se habia ausentado sin recelar ningun peligro.

Presentóse alli el vigilante Zagal, asaltó el lugar, y á viva fuerza

echó de él á los cristianos, que se refugiaron en el castillo. Un

capitan veterano é intrépido, que se llamaba Juan de Avalos, tomó

entonces el mando, resuelto á defenderse hasta el último extremo. Los

moros, dueños ya del lugar, acometieron la fortaleza: los ataques

fueron recios y repetidos, y la resistencia del alcaide obstinada y

ejemplar; pero habiendo el enemigo minado una torre con parte de

la muralla, penetró en el átrio del castillo. Aqui los cristianos

redoblaron los esfuerzos, y subiendo á las torres se defendieron

contra los moros con una lluvia de piedras, con pez hirviendo,

flechas, y todo género de armas arrojadizas, logrando al fin

lanzarlos del castillo. Cinco dias duró este combate. Los cristianos,

rendidos por el cansancio y las heridas, estaban á punto de sucumbir;

pero les animaban las exhortaciones de su animoso alcaide, y temian

la muerte si caian en manos del Zagal. La llegada de Portocarrero,

con una fuerza numerosa, los sacó de este peligro: el Rey moro

abandonó el asalto; pero en su rabia y despecho incendió la villa, y

se puso en marcha la vuelta para Guadix.

Á ejemplo del Zagal, dos capitanes moros, Alí Alatan el uno é Izá

Alatan el otro, salieron de Alhendin y Salobreña, y asolaron todas

las tierras que estaban sujetas á Boabdil, robando y destruyendo

muchos de los lugares que se habian declarado por los cristianos.

Los moros de Almería, de Tabernas y de Purchena, hicieron tambien

entradas, y devastaron las tierras mas fértiles de Murcia, al paso

que en la frontera opuesta, los pueblos de sierra bermeja corrieron á

las armas, y sacudieron el yugo que acababan de admitir. El marqués

de Cádiz con su actividad y vigilancia habia logrado suprimir una

insurreccion de los moros de Gausin, lugar fuerte de la serranía;

pero los que se habian hecho fuertes en castillos roqueros, ó torres,

siguieron hostilizando á los cristianos, dando sobre ellos de

improviso, y llevándose los hombres, los ganados, y todo género de

botin á sus guaridas, donde quedaban al abrigo de toda persecucion.

Tales fueron las operaciones y sucesos que terminaron la campaña de

este año, señalado por otra parte con un acontecimiento que parece

digno de recordarse. Muy grandes (dicen los antiguos coronistas)

fueron las aguas y tempestades que en este año prevalecieron en

Castilla y Aragon. Parecia que se habian vuelto á abrir las cataratas

del cielo, y que un nuevo diluvio iba á inundar la naturaleza. Los

arroyos convertidos en rápidos torrentes, arrollaban en su hervoroso

curso las casas y los molinos, destruian las mieses, y arrebataban

los ganados. Los pastores veian anegarse sus rebaños, y huyendo del

peligro se refugiaban en las torres y lugares altos. El plácido

Guadalquivir se volvió un mar embravecido, cuyas olas inundaban todo

el campo de Tablada, llenando de terror á los habitantes de Sevilla.

Compelida por un viento recio, y acompañada de temblores de tierra,

vino una negra y espesa nube, que donde quiera que pasaba arrebataba

los tejados de las casas, y estremecia hasta sus cimientos las

torres y las fortalezas. Los navíos en los puertos eran arrancados

de sus amarras, y los que andaban por la mar, arrojados sobre las

costas por la furia del huracan, se estrellaban contra las rocas,

volando por el aire sus fragmentos. Grande fue la desolacion y ruina,

que señaló el curso de esta perniciosa nube, asi por mar como por

tierra. Á muchos pareció este trastorno de los elementos un evento

prodigioso, fuera del órden natural, y no pocos lo consideraban como

presagio de alguna calamidad iminente.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (2 de 2) · 第 17 / 84 题