_Disposiciones del Rey Fernando para continuar la guerra; sale á
campaña; varias empresas de moros contra cristianos._
[Nota al margen: Año 1488.]
Iba ya entrando el año de 1488, y los Soberanos Católicos, resueltos
á proseguir en la triunfante carrera que habian comenzado, hasta
acabar con el imperio sarraceno en España, se dispusieron á hacer
nuevos sacrificios, y á pasar nuevos trabajos y fatigas. Los apuros
del erario obligaron á discurrir medios, y á buscar recursos, para
la continuacion de los aprestos que se hacian; pero á todo ocurrió
el celo del estado eclesiástico contribuyendo con subsidios de
consideracion en tropas y dinero. Con todo esto no pudo el Rey reunir
su ejército hasta junio de este año, cuando á los cinco dias del
mes partió de Murcia con un campo volante de cuatro mil caballos y
catorce mil infantes, conduciendo la vanguardia el marqués de Cádiz,
á quien seguia el adelantado de Murcia. Entró el ejército en la
frontera enemiga por la ribera del mar, esparciendo el terror donde
quiera que llegaba: á su vista se rendian los pueblos sin hacer
resistencia, temerosos de experimentar los males que habian desolado
la frontera opuesta; y en esta forma los pueblos de Vera, Velez el
rubio, Velez el blanco y otros de menos nota, se entregaron á la
primera intimacion.
Hasta llegar cerca de Almería, no halló el ejército oposicion alguna.
En esta importante ciudad mandaba á la sazon el príncipe Zelim,
pariente del Zagal. Á la vista del enemigo salió este valeroso
moro capitaneando su guarnicion, y en las huertas inmediatas á
la ciudad trabó una escaramuza muy reñida con las tropas de la
vanguardia. Llegando el Rey con el grueso del ejército, mandó cesar
la escaramuza, y recoger las gentes; y pues conocia que la fuerza que
llevaba era poca para combatir la ciudad, se contentó con reconocer
su asiento, y se retiró con direccion á Baza, donde se hallaba el
Zagal con una guarnicion poderosa.
El Rey moro se apercibió para recibirlos, y en un valle que está
delante de la ciudad, donde habia muchas huertas, colocó una
celada de arcabuceros y ballesteros. Llegaron los cristianos, y como
se acercasen á este sitio, salió el Zagal á su encuentro con gente
de á caballo y de á pié, y empezó una escaramuza con el marqués
de Cádiz y el adelantado de Murcia, que conducian la vanguardia.
Despues de pelear un rato fingieron los moros ceder, y se retrajeron
poco á poco á las huertas, para atraer alli á los cristianos, como
en efecto lo consiguieron. Saliendo entonces los que estaban en la
celada, abrieron un fuego atroz contra los cristianos por flanco y
por retaguardia, matando é hiriendo á muchos, y poniendo á los demas
en confusion. Reforzado el Zagal con mas tropas que salieron de la
ciudad, atacó de nuevo al enemigo, le obligó á volver las espaldas,
y lo persiguió dando horribles alaridos, y haciendo en él un estrago
enorme. Á este tiempo llegó felizmente el Rey con la demas tropa,
y cubriendo la retirada de los suyos, se opuso con tanta firmeza á
la furia de los moros, que los hizo retroceder, y encerrarse en la
ciudad. Muchos caballeros de nota perecieron en esta refriega; entre
otros don Felipe de Aragon, maestre de Montesa, sobrino del Rey é
hijo natural de don Cárlos su hermano.
Con el descalabro de la vanguardia, se suspendió la marcha victoriosa
del ejército cristiano; y Fernando, mas cauto ya por la leccion
severa que acababa de recibir, acampó en las orillas del rio
Guadalquiton que pasa por alli cerca, sin atreverse, con la fuerza
que llevaba, á emprender el sitio de aquella plaza. Desesperando,
pues, de desalojar de Baza al anciano guerrero el Zagal, levantó
Fernando sus reales, y se retiró de alli como antes lo habia hecho de
delante de Loja.
Vuelto á Murcia, tomó el Rey las medidas convenientes para la
seguridad de las plazas conquistadas en este año: puso en ellas
fuertes guarniciones y víveres en abundancia, y nombró por
capitan mayor de todas á Luis Fernandez Portocarrero. Dadas estas
disposiciones, y despedida la gente de guerra, se retiró el Rey á
hacer oracion á la cruz de Carabaca.
Apenas fueron licenciadas las tropas del ejército invasor, salió
de Baza el Zagal, y entrando á fuego y sangre por las tierras que
acababan de someterse á Fernando, sorprendió el castillo de Nijar,
que se guardaba con poca vigilancia, y pasó á cuchillo la guarnicion.
Corrió despues con furor sanguinario toda la frontera, matando,
hiriendo, y haciendo prisioneros á los cristianos donde quiera que
los hallaba desprevenidos. El alcaide de Cullar, confiando en la
fortaleza de este pueblo, que por su situacion y por su castillo
parecia inexpugnable, se habia ausentado sin recelar ningun peligro.
Presentóse alli el vigilante Zagal, asaltó el lugar, y á viva fuerza
echó de él á los cristianos, que se refugiaron en el castillo. Un
capitan veterano é intrépido, que se llamaba Juan de Avalos, tomó
entonces el mando, resuelto á defenderse hasta el último extremo. Los
moros, dueños ya del lugar, acometieron la fortaleza: los ataques
fueron recios y repetidos, y la resistencia del alcaide obstinada y
ejemplar; pero habiendo el enemigo minado una torre con parte de
la muralla, penetró en el átrio del castillo. Aqui los cristianos
redoblaron los esfuerzos, y subiendo á las torres se defendieron
contra los moros con una lluvia de piedras, con pez hirviendo,
flechas, y todo género de armas arrojadizas, logrando al fin
lanzarlos del castillo. Cinco dias duró este combate. Los cristianos,
rendidos por el cansancio y las heridas, estaban á punto de sucumbir;
pero les animaban las exhortaciones de su animoso alcaide, y temian
la muerte si caian en manos del Zagal. La llegada de Portocarrero,
con una fuerza numerosa, los sacó de este peligro: el Rey moro
abandonó el asalto; pero en su rabia y despecho incendió la villa, y
se puso en marcha la vuelta para Guadix.
Á ejemplo del Zagal, dos capitanes moros, Alí Alatan el uno é Izá
Alatan el otro, salieron de Alhendin y Salobreña, y asolaron todas
las tierras que estaban sujetas á Boabdil, robando y destruyendo
muchos de los lugares que se habian declarado por los cristianos.
Los moros de Almería, de Tabernas y de Purchena, hicieron tambien
entradas, y devastaron las tierras mas fértiles de Murcia, al paso
que en la frontera opuesta, los pueblos de sierra bermeja corrieron á
las armas, y sacudieron el yugo que acababan de admitir. El marqués
de Cádiz con su actividad y vigilancia habia logrado suprimir una
insurreccion de los moros de Gausin, lugar fuerte de la serranía;
pero los que se habian hecho fuertes en castillos roqueros, ó torres,
siguieron hostilizando á los cristianos, dando sobre ellos de
improviso, y llevándose los hombres, los ganados, y todo género de
botin á sus guaridas, donde quedaban al abrigo de toda persecucion.
Tales fueron las operaciones y sucesos que terminaron la campaña de
este año, señalado por otra parte con un acontecimiento que parece
digno de recordarse. Muy grandes (dicen los antiguos coronistas)
fueron las aguas y tempestades que en este año prevalecieron en
Castilla y Aragon. Parecia que se habian vuelto á abrir las cataratas
del cielo, y que un nuevo diluvio iba á inundar la naturaleza. Los
arroyos convertidos en rápidos torrentes, arrollaban en su hervoroso
curso las casas y los molinos, destruian las mieses, y arrebataban
los ganados. Los pastores veian anegarse sus rebaños, y huyendo del
peligro se refugiaban en las torres y lugares altos. El plácido
Guadalquivir se volvió un mar embravecido, cuyas olas inundaban todo
el campo de Tablada, llenando de terror á los habitantes de Sevilla.
Compelida por un viento recio, y acompañada de temblores de tierra,
vino una negra y espesa nube, que donde quiera que pasaba arrebataba
los tejados de las casas, y estremecia hasta sus cimientos las
torres y las fortalezas. Los navíos en los puertos eran arrancados
de sus amarras, y los que andaban por la mar, arrojados sobre las
costas por la furia del huracan, se estrellaban contra las rocas,
volando por el aire sus fragmentos. Grande fue la desolacion y ruina,
que señaló el curso de esta perniciosa nube, asi por mar como por
tierra. Á muchos pareció este trastorno de los elementos un evento
prodigioso, fuera del órden natural, y no pocos lo consideraban como
presagio de alguna calamidad iminente.
[Ilustración]