_Entrada de los Reyes Católicos en la ciudad de Málaga, y
distribucion de los cautivos._
Una de las primeras disposiciones de los vencedores, despues de la
rendicion de Málaga, fue celebrar la emancipacion de los cautivos
cristianos con una funcion religiosa. Á corta distancia de la
ciudad mandaron erigir una tienda, y poner en ella un altar con las
decoraciones de iglesia correspondientes; pasando alli los Reyes
para recibir á los cautivos. Éstos, en número de mil y seiscientos
de ambos sexos, entre ellos algunas personas de distincion, salieron
de la ciudad en procesion, con una cruz, cantando himnos y dando
gracias á Dios y á los Soberanos por haberles librado del duro
cautiverio en que yacian. Á medio camino se reunió con ellos, y les
fue acompañando, un gran concurso de gentes del real, con cruces
y pendones, y una música solemne. Llegando á presencia de sus
libertadores, se hubieran postrado los cautivos á sus pies para
besárselos; pero el Rey y la Reina les dieron benignamente sus manos
á besar, sin consentir otro acatamiento. Arrodillándose entonces
los cautivos delante del altar, se pusieron en oracion, y de nuevo
prorumpieron en alabanzas al Altísimo por tan gran victoria. En
seguida se mandó quitarles los hierros, que aun llevaban, se les dió
de comer, ropa, dinero, y todo lo que necesitaban para retirarse
á sus casas. El aspecto de los cautivos, pálidos, desfallecidos
y extenuados, su admiracion y su agradecimiento, las lágrimas y
la alegría de todos los presentes, constituyeron un espectáculo
verdaderamente grande, y que á todos enterneció.
De los cristianos que desertaron á los moros, y les habian informado
de lo que pasaba en el real, fueron hallados doce, y se les sentenció
á morir acañaverados: castigo harto severo, que consistia en atar
al delincuente á una estaca en medio de una plaza, mientras que los
soldados, corriendo á caballo, los atravesaban con cañas puntiagudas:
los moros conversos y relapsos fueron entregados á las llamas[22].
[22] Abarca, Anales de Aragon, tom. 2.º, ley 30, cap. 3.
Estando ya limpia la ciudad de las inmundicias y malos olores que se
habian acumulado en tan largo sitio, entraron en ella los obispos
y otros eclesiásticos que seguian la corte, con los cantores y
capellanes del Rey; y pasando en procesion solemne á la mezquita
mayor, la consagraron é intitularon santa María de la Encarnacion.
Concluido este acto, entraron el Rey y la Reina acompañados del
gran cardenal y de los grandes y caballeros del ejército, oyeron
misa, y en seguida erigieron aquella iglesia en catedral, y á Málaga
en obispado. La Reina se aposentó en la Alcazaba, desde donde se
descubria toda la ciudad: el Rey estableció su alojamiento en el
antiguo castillo de Gibralfaro.
Se procedió entonces á disponer de los moros que habian quedado
prisioneros. Divididos en tres porciones, se destinó una á la
redencion de los cautivos cristianos en el reino de Granada y tierras
de África; otra se repartió entre los capitanes y caballeros que
habian concurrido á aquella empresa, segun su clase y los servicios
que habian prestado; y la tercera se tomó para indemnizacion de los
grandes gastos ocasionados en tan largo sitio. Cien moros Gomeles
fueron enviados al Papa Inocencio VIII, quien los bautizó y convirtió
á la fé cristiana. Á la Reina de Nápoles, hermana del Rey, se le hizo
regalo de cincuenta moras, doncellas; treinta fueron enviadas á la de
Portugal, y otras muchas fueron repartidas por doña Isabel entre las
damas de su corte y señoras principales de Castilla.
Cuatrocientos y cincuenta judios moriscos, que se hallaron en
la ciudad, fueron rescatados por otro judío, rico contratista de
Castilla, que pagó por ellos veinte mil doblas de oro, y se los llevó
en dos galeras armadas.
Á la masa general de los habitantes se concedió la facultad de
rescatarse mediante á suma que pagarian dentro de un término
señalado. El contingente de cada individuo, sin distincion, se fijó
en treinta doblas de oro, y á buena cuenta del pago general se les
habian de recoger todas las alhajas de oro y plata, con los demas
objetos de valor que poseian. El plazo se fijó á los ocho meses, con
la condicion que si al espirar este término no hubiesen satisfecho
la cantidad estipulada, serian todos tratados como esclavos. Para
asegurar por parte de los moros el cumplimiento de estas condiciones,
se hizo una enumeracion rigurosa de las casas y familias, se tomó
razon de todos sus efectos, y se les mandó acudiesen con ellos á
unos corrales grandes que habia en la Alcazaba, rodeados de una
muralla alta, y que en otro tiempo habian servido para encerrar á los
cristianos que los moros cautivaban.
Viérase entonces á estos infelices pasar tristemente por las calles
con direccion á la Alcazaba; asi ancianos como jóvenes, asi matronas
como doncellas, de las que algunas eran bien nacidas, y criadas con
el mayor regalo; y habiendo de desamparar sus casas para sufrir
el cautiverio en las agenas, se torcian las manos, y levantaban
los ojos al cielo, diciendo: “¡Ó Málaga, ciudad nombrada y hermosa
como ninguna! ¿Do está la fortaleza de tus castillos? ¿Do está la
hermosura de tus torres? ¿Tus poderosos muros de qué aprovecharon á
sus moradores, que desterrados de la dulce pátria van á morir entre
extrangeros, ó á vivir en la esclavitud? ¿Qué harán tus viejos y
tus matronas, cuando no haya quien honre sus canas? ¿Qué harán tus
doncellas, criadas con tanta delicadeza y señorío, cuando se vean en
dura servidumbre? ¡Ah, tus naturales, separados para siempre, nunca
mas volverán á verse! al hijo arrancan de los brazos de su padre;
apartan al marido de su muger, y á los tiernos niños arrebatan del
seno de sus madres. ¡Ó Málaga, ciudad de nuestro nacimiento! ¿quién
podrá ver tu desolacion, que no derrame lágrimas de amargura?[23]”
[23] Pulgar.
Estando ya bien asegurada la posesion de la ciudad, se envió un
fuerte destacamento contra las villas de Mijas y Osuna, situadas á la
orilla del mar, y se les intimó la rendicion. Los habitantes pidieron
las mismas condiciones que se habian concedido á los de Málaga,
ignorando cuales fuesen; y habiéndoseles prometido, se rindieron, y
fueron todos presos y conducidos con sus efectos á los corrales de
la Alcazaba.
Éstos, asi como los cautivos de Málaga, fueron distribuidos entre
varios pueblos y familias, hasta tanto que se cumplia el plazo
señalado para el pago total de su rescate; pero habiendo espirado
los ocho meses estipulados, antes que pudiesen verificarlo, quedaron
todos, en número de once mil, segun refieren algunos, y de quince
mil, segun otros, condenados á la esclavitud.
[Ilustración]