_Rendicion de la ciudad de Málaga; cumplimiento del pronóstico del
Dervís, y suerte de Hamet el Zegrí._
Los moradores de Málaga, libres ya del dominio de Hamet, acudieron
á Alí Dordux: y pusieron en sus manos la suerte de la ciudad.
Alí, asociándose el alfaquí Abrahan Alhariz y otros cuatro moros
principales, formó una junta provisional, en que se acordó enviar
mensajeros al Rey de Castilla, ofreciendo entregar la plaza con tal
que á los habitantes se les asegurase en sus personas y bienes en
calidad de mudejares, ó vasallos tributarios. Salieron los mensageros
al real cristiano, y oida por el Rey la peticion de los moros,
respondió airado: “Ya no es tiempo de pedir ni de conceder partidos,
pues bien se que la hambre, y no vuestra voluntad, es la que os mueve
á capitular. Entregaos pues á discrecion y disponeos á sufrir la ley
que imponga el vencedor: los que merezcan la muerte, morirán, y los
que cautiverio, quedarán cautivos.”
Grande fue la turbacion de los moros cuando supieron la respuesta
de Fernando; pero Alí Dordux los consoló ofreciendo ir en persona
á solicitar condiciones mas favorables; como en efecto lo hizo
acompañado de dos cólegas suyos, aunque sin adelantar nada, pues
el resultado de esta embajada tan lejos estuvo como la primera de
corresponder á las esperanzas de los sitiados. Fernando ni aun
consintió que llegasen los embajadores á su presencia. “Dadlos al
diablo, dijo con enfado al comendador de Leon, que no los quiero ver,
ni los he de tomar sino como á vencidos, dándose á mi merced[17].”
Con esta nueva repulsa, vinieron los moros á un estado que rayaba en
desesperacion; pero resolviendo tentar el último recurso, escribieron
al Rey manifestándole que ellos le darian la ciudad con todas sus
fortalezas, y con todos los bienes que en ella habia; pero que si no
se les daba seguro para la libertad de sus personas, ellos colgarian
de las almenas de la plaza hasta mil y quinientos cautivos cristianos
que tenian de ambos sexos; y poniendo á las mugeres, viejos y niños,
en la Alcazaba, darian fuego á la ciudad, y saldrian á morir matando,
para que al fin tuviesen los Reyes la victoria sangrienta, y aquel
hecho de la ciudad de Málaga fuese celebrado por todos los vivientes,
y en todos los siglos que durase el mundo.
[17] Cura de los Palacios, cap. 84.
Á consecuencia de esta carta se suscitaron algunos debates en el
real, y fueron varios los votos de los caballeros. Muchos de ellos
indignados contra los moros por las grandes pérdidas que habian
ocasionado á los cristianos en tan larga resistencia, quisieron
irritar el ánimo del Rey para que los tratase con el último rigor;
pero la generosa Isabel, reprobando consejos tan sanguinarios,
insistió en que no se empañase aquel triunfo con algun acto de
crueldad[18]. Los moros entretanto, se abandonaron á los extremos
de su desesperacion: por una parte veian la hambre y la muerte;
por otra, la esclavitud y las cadenas. Aquellos cuyo oficio era
la guerra, ardian por señalar su caida con una accion ilustre.
“¡Perezcan los cautivos!, decian, ¡arda la ciudad, muramos, y
acometamos al enemigo!” En medio del clamor general alzó Alí Dordux
la voz, y dirigiéndose á los habitantes principales y padres de
familia, les dijo: “Los que viven de la espada perezcan, pues lo
quieren, con la espada; pero no sigamos nosotros tan loco ejemplo.
¡Quién sabe si la vista de nuestras inocentes esposas y tiernos
hijos, despertará en el pecho real de Fernando una centella de
conmiseracion! y cuando no, la Reina cristiana dicen que es la piedad
misma.”
[18] Pulgar.
Animados los moros por este rayo de esperanza, autorizaron á Alí
Dordux para que entregase la ciudad á merced de los Soberanos. Partió
de nuevo Alí con este encargo; empeñó en su favor á muchos caballeros
del real, y al fin obtuvo una audiencia de los Soberanos, á quienes
presentó regalos de telas de seda y oro, piedras preciosas, joyas,
aromas, y otros objetos de gran valor, que habia acumulado en su
comercio con los paises orientales; y poco á poco ganó la gracia
de Fernando y de Isabel[19]. Alí entonces renovó las súplicas,
representando que él y otros muchos habian procurado desde un
principio que se entregase la ciudad, pero que las amenazas de
hombres arbitrarios, en cuyas manos estaba la fuerza, se lo habian
impedido; por lo que esperaba no se confundiese al inocente con el
culpado.
[19] Crón. de Valera MS.
Los Soberanos habiendo admitido los regalos de Alí Dordux, no
pudieron ya cerrar el oido á sus súplicas. Asi, pues, le indultaron
á él y á cuarenta familias que nombró, dándoles seguro para
sus personas, con facultad para residir en Málaga en clase de
mudejares[20]. Hecho este arreglo, hizo Alí venir veinte habitantes
principales, á quienes entregó en rehenes, hasta que toda la ciudad
quedase en posesion de los cristianos.
[20] Cura de los Palacios.
Don Gutierre de Cárdenas, comendador mayor de Leon entró entonces
en la ciudad armado y á caballo, y tomó posesion en nombre de los
Soberanos de Castilla. Entrando despues varios capitanes y caballeros
del ejército, ocuparon todas las fortalezas, y enarbolaron el pendon
de la cruz, el de Santiago, y el estandarte real, en la torre de
homenage de la Alcazaba.
Entregada la ciudad, imploraron aquellos infelices habitantes se
les permitiese salir al real para comprar pan para ellos y sus
familias. Obtenida la licencia, acudieron arrebatados y famélicos á
los montones de grano y harina que tantas veces habian mirado con
ansia desde sus muros. Todo se repartió entre ellos, y satisfecha su
necesidad, quedó en cierto modo cumplido el vaticinio del Dervís,
cuando dijo que aquellos bastimentos los habian de comer ellos.
Entretanto Hamet el Zegrí, indignado y pesaroso, miraba desde las
torres de su fortaleza la ocupacion de Málaga por los batallones
de Castilla; veia tremolar el pendon de la Cruz donde poco antes
ondeaba el de la medialuna, y si los suyos le siguieran, bajára allá
espada en mano, y muriera gustoso á trueque de tomar venganza de los
cristianos. Mas ya no animaba á los Gomeles el mismo espíritu que
en otro tiempo: los lentos progresos de la hambre habian minado
las fuerzas asi del alma como del cuerpo, y casi todos aconsejaban
la rendicion. Muy duro se le hacia al altivo Hamet el someterse á
pedir partido: empero confiando que su valor le haria respetar de un
contrario noble, envió un parlamentario al Rey, ofreciendo capitular
en términos honrosos. La respuesta de Fernando fue lacónica y
terminante: “que se entregase á discrecion.”
Todavia permaneció Hamet dos dias encerrado en su castillo despues
de la toma de la ciudad; pero al fin hubo de ceder á los clamores de
sus secuaces, y bajó con ellos á someterse al vencedor. Los Gomeles
todos quedaron cautivos, con la excepcion de Abrahan Zenete, á quien,
por haber procedido tan piadoso con aquellos niños cristianos cuando
la última salida de los moros, se concedió un partido favorable. En
cuanto á Hamet, se le puso inmediatamente en hierros; y preguntado
qué le movió á tan pertinaz resistencia, respondió, que él habia
tomado aquel cargo con obligacion de morir, ó ser preso, defendiendo
su ley, su Soberano, y la ciudad que éste le habia confiado, y que á
tener ayudadores, antes le vieran muerto que prisionero[21].
[21] Pulgar, Crónica.
[Ilustración]