CAPÍTULO XIII.

_Rendicion de la ciudad de Málaga; cumplimiento del pronóstico del

Dervís, y suerte de Hamet el Zegrí._

Los moradores de Málaga, libres ya del dominio de Hamet, acudieron

á Alí Dordux: y pusieron en sus manos la suerte de la ciudad.

Alí, asociándose el alfaquí Abrahan Alhariz y otros cuatro moros

principales, formó una junta provisional, en que se acordó enviar

mensajeros al Rey de Castilla, ofreciendo entregar la plaza con tal

que á los habitantes se les asegurase en sus personas y bienes en

calidad de mudejares, ó vasallos tributarios. Salieron los mensageros

al real cristiano, y oida por el Rey la peticion de los moros,

respondió airado: “Ya no es tiempo de pedir ni de conceder partidos,

pues bien se que la hambre, y no vuestra voluntad, es la que os mueve

á capitular. Entregaos pues á discrecion y disponeos á sufrir la ley

que imponga el vencedor: los que merezcan la muerte, morirán, y los

que cautiverio, quedarán cautivos.”

Grande fue la turbacion de los moros cuando supieron la respuesta

de Fernando; pero Alí Dordux los consoló ofreciendo ir en persona

á solicitar condiciones mas favorables; como en efecto lo hizo

acompañado de dos cólegas suyos, aunque sin adelantar nada, pues

el resultado de esta embajada tan lejos estuvo como la primera de

corresponder á las esperanzas de los sitiados. Fernando ni aun

consintió que llegasen los embajadores á su presencia. “Dadlos al

diablo, dijo con enfado al comendador de Leon, que no los quiero ver,

ni los he de tomar sino como á vencidos, dándose á mi merced[17].”

Con esta nueva repulsa, vinieron los moros á un estado que rayaba en

desesperacion; pero resolviendo tentar el último recurso, escribieron

al Rey manifestándole que ellos le darian la ciudad con todas sus

fortalezas, y con todos los bienes que en ella habia; pero que si no

se les daba seguro para la libertad de sus personas, ellos colgarian

de las almenas de la plaza hasta mil y quinientos cautivos cristianos

que tenian de ambos sexos; y poniendo á las mugeres, viejos y niños,

en la Alcazaba, darian fuego á la ciudad, y saldrian á morir matando,

para que al fin tuviesen los Reyes la victoria sangrienta, y aquel

hecho de la ciudad de Málaga fuese celebrado por todos los vivientes,

y en todos los siglos que durase el mundo.

[17] Cura de los Palacios, cap. 84.

Á consecuencia de esta carta se suscitaron algunos debates en el

real, y fueron varios los votos de los caballeros. Muchos de ellos

indignados contra los moros por las grandes pérdidas que habian

ocasionado á los cristianos en tan larga resistencia, quisieron

irritar el ánimo del Rey para que los tratase con el último rigor;

pero la generosa Isabel, reprobando consejos tan sanguinarios,

insistió en que no se empañase aquel triunfo con algun acto de

crueldad[18]. Los moros entretanto, se abandonaron á los extremos

de su desesperacion: por una parte veian la hambre y la muerte;

por otra, la esclavitud y las cadenas. Aquellos cuyo oficio era

la guerra, ardian por señalar su caida con una accion ilustre.

“¡Perezcan los cautivos!, decian, ¡arda la ciudad, muramos, y

acometamos al enemigo!” En medio del clamor general alzó Alí Dordux

la voz, y dirigiéndose á los habitantes principales y padres de

familia, les dijo: “Los que viven de la espada perezcan, pues lo

quieren, con la espada; pero no sigamos nosotros tan loco ejemplo.

¡Quién sabe si la vista de nuestras inocentes esposas y tiernos

hijos, despertará en el pecho real de Fernando una centella de

conmiseracion! y cuando no, la Reina cristiana dicen que es la piedad

misma.”

[18] Pulgar.

Animados los moros por este rayo de esperanza, autorizaron á Alí

Dordux para que entregase la ciudad á merced de los Soberanos. Partió

de nuevo Alí con este encargo; empeñó en su favor á muchos caballeros

del real, y al fin obtuvo una audiencia de los Soberanos, á quienes

presentó regalos de telas de seda y oro, piedras preciosas, joyas,

aromas, y otros objetos de gran valor, que habia acumulado en su

comercio con los paises orientales; y poco á poco ganó la gracia

de Fernando y de Isabel[19]. Alí entonces renovó las súplicas,

representando que él y otros muchos habian procurado desde un

principio que se entregase la ciudad, pero que las amenazas de

hombres arbitrarios, en cuyas manos estaba la fuerza, se lo habian

impedido; por lo que esperaba no se confundiese al inocente con el

culpado.

[19] Crón. de Valera MS.

Los Soberanos habiendo admitido los regalos de Alí Dordux, no

pudieron ya cerrar el oido á sus súplicas. Asi, pues, le indultaron

á él y á cuarenta familias que nombró, dándoles seguro para

sus personas, con facultad para residir en Málaga en clase de

mudejares[20]. Hecho este arreglo, hizo Alí venir veinte habitantes

principales, á quienes entregó en rehenes, hasta que toda la ciudad

quedase en posesion de los cristianos.

[20] Cura de los Palacios.

Don Gutierre de Cárdenas, comendador mayor de Leon entró entonces

en la ciudad armado y á caballo, y tomó posesion en nombre de los

Soberanos de Castilla. Entrando despues varios capitanes y caballeros

del ejército, ocuparon todas las fortalezas, y enarbolaron el pendon

de la cruz, el de Santiago, y el estandarte real, en la torre de

homenage de la Alcazaba.

Entregada la ciudad, imploraron aquellos infelices habitantes se

les permitiese salir al real para comprar pan para ellos y sus

familias. Obtenida la licencia, acudieron arrebatados y famélicos á

los montones de grano y harina que tantas veces habian mirado con

ansia desde sus muros. Todo se repartió entre ellos, y satisfecha su

necesidad, quedó en cierto modo cumplido el vaticinio del Dervís,

cuando dijo que aquellos bastimentos los habian de comer ellos.

Entretanto Hamet el Zegrí, indignado y pesaroso, miraba desde las

torres de su fortaleza la ocupacion de Málaga por los batallones

de Castilla; veia tremolar el pendon de la Cruz donde poco antes

ondeaba el de la medialuna, y si los suyos le siguieran, bajára allá

espada en mano, y muriera gustoso á trueque de tomar venganza de los

cristianos. Mas ya no animaba á los Gomeles el mismo espíritu que

en otro tiempo: los lentos progresos de la hambre habian minado

las fuerzas asi del alma como del cuerpo, y casi todos aconsejaban

la rendicion. Muy duro se le hacia al altivo Hamet el someterse á

pedir partido: empero confiando que su valor le haria respetar de un

contrario noble, envió un parlamentario al Rey, ofreciendo capitular

en términos honrosos. La respuesta de Fernando fue lacónica y

terminante: “que se entregase á discrecion.”

Todavia permaneció Hamet dos dias encerrado en su castillo despues

de la toma de la ciudad; pero al fin hubo de ceder á los clamores de

sus secuaces, y bajó con ellos á someterse al vencedor. Los Gomeles

todos quedaron cautivos, con la excepcion de Abrahan Zenete, á quien,

por haber procedido tan piadoso con aquellos niños cristianos cuando

la última salida de los moros, se concedió un partido favorable. En

cuanto á Hamet, se le puso inmediatamente en hierros; y preguntado

qué le movió á tan pertinaz resistencia, respondió, que él habia

tomado aquel cargo con obligacion de morir, ó ser preso, defendiendo

su ley, su Soberano, y la ciudad que éste le habia confiado, y que á

tener ayudadores, antes le vieran muerto que prisionero[21].

[21] Pulgar, Crónica.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (2 de 2) · 第 14 / 84 题