_Crece la hambre en la ciudad; quejas del pueblo, y salida de Hamet
el Zegrí con el pendon sagrado para atacar á los cristianos._
Era ya excesiva la hambre que se padecia en la ciudad. Los Gomeles,
buscando que comer, entraban en las casas, rompian las arcas,
y derribaban las paredes; y los habitantes reducidos al último
extremo, se mantenian de cueros de vaca, y daban á sus criaturas
hojas de parra cocidas con aceite. Todos los dias perecian muchos
de necesidad; y algunos, forzados á elegir entre el cautiverio y la
muerte, salian al real cristiano á ofrecerse por esclavos. Al fin
pudo mas con ellos el rigor de la hambre que el respeto que tenian
á los Gomeles; y reuniéndose en casa de Alí Dordux, el comerciante
rico, le suplicaron intercediese por ellos con Hamet el Zegrí, para
que consintiese en la entrega de la ciudad. Alí, viendo que la
necesidad iba dando osadía á los ciudadanos, al paso que amortiguaba
la fiereza de los soldados, se animó á entablar con el alcaide esta
peligrosa conferencia, y asociándose con un alfaquí llamado Abrahan
Alhariz, y un habitante principal, cuyo nombre era Amar-ben-Amar, se
dirigió con este objeto al castillo de Gibralfaro.
Llegando alli hallaron á Hamet, no como antes rodeado de armas
y soldados, sino solo en su aposento con el Dervís, y sentado á
una mesa de piedra con varios cartones y pergaminos delante, en
que habia trazados signos cabalísticos, y caractéres místicos y
extraños: distribuidos en derredor habia tambien instrumentos raros
y desconocidos; y el Dervís que le acompañaba parecia haberle estado
explicando el sentido misterioso de aquellos signos[14].
[14] Cura de los Palacios.
Admirados y temerosos, se acercaron Alí Dordux y sus compañeros á
Hamet, sin atreverse por de pronto á declarar el objeto de su venida;
pero el alfaquí confiando en lo sagrado de su carácter, tomó al fin
la palabra y le arengó en estos términos. “Te requerimos en nombre
de Dios todo poderoso que desistas de una resistencia tan inútil
como funesta, y que entregues la ciudad al cristiano mientras aun
hay esperanzas de que nos trate con clemencia. Considera cuantos de
nuestros guerreros tiene postrados el cuchillo del enemigo, y no
quieras tú que la hambre acabe con los que quedan, ni con nuestras
mugeres é hijos, que gimiendo nos piden pan, y se nos mueren ante
nuestros ojos, sin que nos quede remedio con que acudirles. ¿De
qué sirve nuestra defensa? ¿Son por ventura mas fuertes los muros
de Málaga que los muros de Ronda? ¿ó son nuestros guerreros mas
valientes que los caballeros de Loja? La fortaleza de Ronda sucumbió,
y la caballería de Loja tambien tuvo que ceder. ¿Esperaremos que nos
socorran? Ya no hay tiempo de esperanza; ya Granada perdió su fuerza,
perdió su orgullo; ya Granada no tiene caballeros, ni Rey que la
gobierne, ni capitanes que la defiendan. Por Alá te conjuramos, pues
eres nuestro capitan, que no seas nuestro mas duro enemigo, sino que
entregues lo que queda de esta Málaga, otro tiempo tan feliz, y nos
saques de las miserias que nos abruman.”
Tales fueron las quejas que la desesperacion arrancó á los habitantes
de la ciudad. Hamet el Zegrí las escuchó sin alterarse, porque
respetaba el carácter privilegiado del alfaquí: pero lleno de vanas
esperanzas, insistió en aguardar algunos dias. “Tened todavia
paciencia, les dijo, y confiad en este varon santo que veis aqui,
el cual me asegura terminarán en breve nuestros males; el hado es
inmutable; y en el libro del destino está escrito que saldremos á
pelear con los cristianos, que los venceremos, y serán nuestros esos
montones de harina que blanquean en los reales. Asi lo ha prometido
Alá por boca de su profeta. ¡Alá achbar! ¡Dios es grande! Nadie se
oponga á los decretos del Altísimo.”
Esto dijo Hamet, y los diputados no atreviéndose á replicarle,
regresaron á la ciudad, y exhortaron al pueblo á tener paciencia.
“En breves dias, le dijeron, habrán cesado vuestros trabajos: cuando
desaparezca la bandera blanca de las torres de Gibralfaro, la hora de
vuestro triunfo estará cerca, pues entonces habrá llegado la de salir
contra el enemigo.”
Todos los dias, y todas las horas del dia volvian aquellos habitantes
los ojos hácia el estandarte sagrado, que continuaba tremolando
en el castillo. Por fin, estando Hamet un dia en consulta con sus
capitanes para determinar el partido que se habia de tomar en tan
apuradas circunstancias, se presentó el Dervís. “Disponeos, dijo,
á obedecer la voluntad de Alá, que la hora de nuestro triunfo está
ya cerca. Salid mañana al campo, y pelead como varones esforzados:
yo con el pendon sagrado iré delante, y entregaré en vuestras manos
el enemigo; pero antes perdonaos mútuamente las ofensas, pues solo
siendo caritativos podreis ser vencedores.”
Las palabras del Dervís fueron recibidas con el mayor aplauso; al
punto se recogió la bandera blanca, y toda aquella noche se pasó
en prevenciones para la mañana siguiente, cuando Hamet, con el
capitan Abrahan Zenete y los Gomeles, bajó á la ciudad para ejecutar
aquella salida que habia de acabar con los cristianos. Delante iba
el Dervís, que llevaba la sagrada enseña; y al verla pasar el pueblo
entusiasmado y lleno de esperanzas, exclamaba: “¡Alá achbar!” y se
postraba humildemente, animando al mismo tiempo con alabanzas las
tropas de aquella empresa. El temor y la esperanza agitaban en Málaga
á todos los corazones: los ancianos, las mugeres y los niños, en
fin, todos los que no salieron al combate subieron á las almenas, á
las torres, ó á las azoteas, para ver una batalla que habia de ser
decisiva de su suerte.
Antes de salir al campo hizo Alí Dordux una amonestacion á los
soldados, previniéndoles que no abandonasen la bandera, que fuesen
siempre delante peleando, y que á ninguno diesen cuartel. Volviendo
entonces á ponerse en movimiento, fueron á dar con ímpetu tan furioso
en las estancias del maestre de Santiago y del maestre de Alcántara,
que tuvieron lugar de matar y herir á mucha de la gente que las
guardaba. En este rebato llegó el capitan Zenete á una tienda donde
halló algunos niños cristianos, á quienes el rumor de las armas
acababa de despertar de su sueño. El moro compadeciendo su tierna
edad, ó porque desdeñaba un enemigo tan débil, se contentó con darles
de plano con el alfange, diciendo: “andad rapaces á vuestras madres”
y como le riñese el fanático Dervís por este acto de clemencia,
respondió: “no los maté porque no vide barbas”[15].
[15] Cura de los Palacios, c. 84.
Cundió la alarma por el campo, y los cristianos acudieron de todas
partes para defender las entradas del real. Don Pedro Portocarrero,
señor de Moguer, don Alonso Pacheco, y Lorenzo Suarez de Mendoza,
corrieron con sus gentes á defender los portillos por donde
pretendian entrar los moros, á quienes con gran pena impidieron el
paso, mientras llegaba nuevo socorro. Hamet furioso al encontrar
tanta resistencia, cuando esperaba una victoria fácil, llevó
repetidas veces sus tropas al asalto de los portillos, y otras tantas
hubo de retroceder con mucha pérdida. Los cristianos, al abrigo de
sus defensas, hicieron un destrozo terrible en las filas de los
moros: pero ellos confiando ciegamente en los vaticinios del Dervís,
volvian á la pelea cada vez mas enardecidos, arrostrando los peligros
y la muerte por vengar á sus compañeros. Por último, intentaron
escalar la cerca que defendia el real, y acometieron en medio de
una lluvia de dardos y saetas, cayendo á cada paso, y llenando los
fosos con sus cuerpos. Hamet el Zegrí, siempre á la cabeza de sus
guerreros, siempre en lo mas encendido del combate, corria de fila en
fila, y animaba á sus Gomeles con la voz y con el ejemplo. Al ver la
terrible matanza de los suyos, bramaba de corage, y discurria delante
de la cerca buscando por donde entrar, y pasando como por ensalmo
por entre mil tiros que le asestaron los cristianos sin que ninguno
le tocase. El Dervís tambien acudia como frenético á todas partes,
ondeando la bandera blanca, y excitando á los moros con alaridos;
pero en medio de su frenesí, una piedra arrojada por una catapulta,
le alcanzó en la frente, dando fin á un mismo tiempo á su vida y á
sus delirios[16].
[16] Garibay, lib. 18, cap. 33.
Los moros, viendo muerto á su profeta y postrado por tierra el pendon
sagrado, perdieron inmediatamente el ánimo, y huyeron en desórden
á la ciudad. Hamet hizo algunos esfuerzos para contenerlos, pero
confundido él mismo por la pérdida del Dervís, tan solo acertó á
cubrir la retirada de las tropas, y se retrajo con ellas á los muros
de la plaza.
Los habitantes de Málaga, suspensos entre el temor y la esperanza,
miraron esta contienda desde las almenas y torres. Al principio,
cuando vieron huir delante de los moros las guardias del real,
exclamaron: “¡Alá nos da la victoria!” y prorumpian en gritos de
alegría; pero cuando las tropas, rechazadas cuantas veces volvian
al asalto, empezaron á retroceder, cuando vieron caer el mandante,
y volver huyendo al mismo Hamet perseguido por los cristianos, el
regocijo se convirtió en lamentos, y el horror y la desesperacion se
apoderó de todo el pueblo.
Al entrar el Zegrí en Málaga se vió expuesto á los furores de una
multitud exasperada: todo se volvia quejas y reconvenciones: las
madres, cuyos hijos habian muerto, le seguian con imprecaciones,
y algunas poniéndole delante sus criaturas á punto de espirar, le
decian: “Holladlas con los pies de vuestro caballo, pues ni tenemos
alimento que darles, ni valor para oir sus quejas.” Los ciudadanos
que habian tomado las armas, y muchos de los guerreros que habian
venido de fuera para defender la ciudad, unieron sus clamores á los
del pueblo; de modo que Hamet, perdido el ascendiente militar, é
incapaz de resistir aquel torrente de quejas y maldiciones, renunció
el mando de la plaza, y se recogió con los Gomeles que le quedaban á
su castillo de Gibralfaro.
[Ilustración]