_Hamet el Zegrí animado por un Dervís, persevera en su defensa;
destruccion de una torre por el ingeniero Francisco Ramirez._
Hecho apenas el entierro del santon con los mismos honores que se
pudieran tributar á un mártir, se levantó en su lugar un Dervís, que
protestaba tener el don de la profecía. Mostrando á los moros una
bandera blanca, que aseguraba ser cosa sagrada, les dijo que Alá
le habia revelado que bajo aquella enseña saldrian los habitantes
de Málaga contra el ejército sitiador, alcanzarian una victoria
cumplida, y gozarian de los mantenimientos que abundaban en el
real[12]. Los moros entusiasmados con este vaticinio, hubieran
querido hacer en el acto una salida; pero díjoles el Dervís que aun
no habia llegado la hora, y que era necesario esperar que el cielo
le descubriese el dia señalado para tan gran triunfo. Hamet el Zegrí
escuchó al Dervís con el mas profundo respeto, lo llevó consigo á su
castillo de Gibralfaro, consultando con él en todo, y para animar al
pueblo, enarboló la bandera blanca en la torre mas elevada.
[12] Cura de los Palacios.
Entretanto venian acudiendo al servicio de los Reyes varios grandes
y caballeros, cuyos auxilios se hacian necesarios para relevar en
parte al ejército de los muchos trabajos y fatigas que habia pasado
en tan largo sitio. De cuando en cuando se veia entrar en el puerto
de Málaga algun gallardo navío, ostentando la enseña de una casa
ilustre, y conduciendo tropas y municiones: ni eran menos frecuentes
los refuerzos que llegaban por tierra, atronando las montañas con el
sonido marcial de cajas y trompetas, y deslumbrando la vista con el
brillo de sus armas. Un dia se vió blanquear el mar con las velas de
una flota numerosa, y fondearon en la bahía cien buques, armados unos
para la guerra, y cargados otros con provisiones y pertrechos. Este
poderoso socorro habia sido enviado por el duque de Medinasidonia,
que llegó al mismo tiempo por tierra, y entró en el real con una
fuerza considerable de caballeros deudos suyos, y gentes de su casa,
todo lo cual puso á disposicion de los Reyes, juntamente con veinte
mil doblas de oro, que les prestó.
Reforzado asi el ejército, aconsejó la Reina, con el fin de evitar
las miserias de un sitio prolongado, ó la efusion de sangre
consiguiente á un asalto general, que de nuevo se propusiese á los
moros la rendicion en los términos mas benignos. En su consecuencia
se les ofreció seguridad para sus vidas y haciendas, y la libertad
personal, si desde luego venian á partido, y denunciando todos los
horrores de la guerra si persistian en defenderse. Pero Hamet,
confiando en la fuerza de sus defensas, que aun estaban muy enteras,
desechó estas proposiciones con el mismo desprecio que las primeras:
animábale tambien la consideracion de los azares á que está expuesto
un ejército sitiador, las inclemencias de la estacion que se
acercaba, y sobre todo los vaticinios y consejos del Dervís.
Volvieron entonces los cristianos á hostilizar al enemigo: algunos
caballeros de la casa real, conducidos por Rui Lopez de Toledo,
tesorero de la Reina, emprendieron el asalto de dos torres
del arrabal cerca de la puerta llamada de Granada, y peleando
desesperadamente, las tomaron, las perdieron, y las volvieron
á tomar, sin que quedasen por los unos ni por los otros, pues
pegándoles fuego los moros, fueron al fin abandonadas por ambas
partes. Á este combate se siguió otro por la mar, en que fueron
aun menos afortunados los cristianos; pues saliendo los moros con
sus albatozas, atacaron tan vigorosamente los navíos del duque de
Medinasidonia, que echaron uno á pique, é hicieron retroceder á los
demas.
Entretanto Hamet el Zegrí, mirando estos combates desde la torre mas
alta de Gibralfaro, atribuia el triunfo de sus armas á las artes y
encantos del Dervís; y este impostor, que no se apartaba de su lado,
señalándole el ejército cristiano, acampado por todo el valle, y la
numerosa flota que cubria el mar, le decia que cobrase esfuerzo,
porque en breves dias seria presa de los elementos aquella flota,
y saliendo ellos con la bandera sagrada, derrotarian de todo punto
aquella hueste, ganarian grandes despojos, y Málaga victoriosa y
libre, triunfaria de sus enemigos.
Viendo la pertinacia de los sitiados, determinaron los cristianos
aproximar sus estancias á los muros; y ganando una posicion despues
de otra, llegaron cerca de la barrera de la ciudad, donde habia un
puente con cuatro arcos, y en cada extremo una torre de mucha fuerza.
Dióse órden de tomar este puente á Francisco Ramirez de Madrid,
general de la artillería. La empresa era peligrosa, y los aproches
no podian hacerse sin exponer la tropa á un fuego destructor; por
lo que mandó Ramirez abrir una mina, que se llevó hasta debajo de
los cimientos de la primera torre, donde puso boca abajo y bien
cargada una pieza de artillería, para volar la torre cuando llegase
la ocasion. Acercándose entonces al puente cuanto pudo, levantó un
reducto, plantó en él algunos cañones, y empezó á batir la torre.
Los moros contestaron desde los adarves con vigor; pero estando en
la furia del combate, se puso fuego al cañon que estaba armado bajo
la torre, rebentó la tierra con una explosion tremenda, y vino al
suelo gran parte de la torre, sepultando en sus escombros á muchos
de los moros que la defendian: los demas huyeron amedrentados por
aquel estremecimiento, y confundidos por un ardid de que no tenian
noticia. Quedando asi desamparado este puesto, se apoderaron de él
los cristianos, y procedieron á combatir la torre que estaba al
otro extremo del puente. Hiciéronse entonces mútuamente las torres
un fuego terrible de arcabuces y ballestas, y por mucho tiempo no
se atrevieron los combatientes á salir de ellas para batirse; pero
al fin logró Francisco Ramirez pasar el puente, y llegar á la torre
contraria por medio de parapetos que levantó de trecho en trecho para
defenderse de la artillería de los moros, los cuales, despues de una
larga y sangrienta lucha, fueron forzados á ceder, y á dejar aquel
importante paso en poder de los cristianos.
En premio de esta hazaña, y del valor y pericia que habia desplegado
el capitan Ramirez, le armó el Rey caballero, despues de la rendicion
de Málaga, en la misma torre que tan gloriosamente habia ganado[13].
[13] Pulgar, p. III. c. 91.
[Ilustración]