CAPÍTULO XI.

_Hamet el Zegrí animado por un Dervís, persevera en su defensa;

destruccion de una torre por el ingeniero Francisco Ramirez._

Hecho apenas el entierro del santon con los mismos honores que se

pudieran tributar á un mártir, se levantó en su lugar un Dervís, que

protestaba tener el don de la profecía. Mostrando á los moros una

bandera blanca, que aseguraba ser cosa sagrada, les dijo que Alá

le habia revelado que bajo aquella enseña saldrian los habitantes

de Málaga contra el ejército sitiador, alcanzarian una victoria

cumplida, y gozarian de los mantenimientos que abundaban en el

real[12]. Los moros entusiasmados con este vaticinio, hubieran

querido hacer en el acto una salida; pero díjoles el Dervís que aun

no habia llegado la hora, y que era necesario esperar que el cielo

le descubriese el dia señalado para tan gran triunfo. Hamet el Zegrí

escuchó al Dervís con el mas profundo respeto, lo llevó consigo á su

castillo de Gibralfaro, consultando con él en todo, y para animar al

pueblo, enarboló la bandera blanca en la torre mas elevada.

[12] Cura de los Palacios.

Entretanto venian acudiendo al servicio de los Reyes varios grandes

y caballeros, cuyos auxilios se hacian necesarios para relevar en

parte al ejército de los muchos trabajos y fatigas que habia pasado

en tan largo sitio. De cuando en cuando se veia entrar en el puerto

de Málaga algun gallardo navío, ostentando la enseña de una casa

ilustre, y conduciendo tropas y municiones: ni eran menos frecuentes

los refuerzos que llegaban por tierra, atronando las montañas con el

sonido marcial de cajas y trompetas, y deslumbrando la vista con el

brillo de sus armas. Un dia se vió blanquear el mar con las velas de

una flota numerosa, y fondearon en la bahía cien buques, armados unos

para la guerra, y cargados otros con provisiones y pertrechos. Este

poderoso socorro habia sido enviado por el duque de Medinasidonia,

que llegó al mismo tiempo por tierra, y entró en el real con una

fuerza considerable de caballeros deudos suyos, y gentes de su casa,

todo lo cual puso á disposicion de los Reyes, juntamente con veinte

mil doblas de oro, que les prestó.

Reforzado asi el ejército, aconsejó la Reina, con el fin de evitar

las miserias de un sitio prolongado, ó la efusion de sangre

consiguiente á un asalto general, que de nuevo se propusiese á los

moros la rendicion en los términos mas benignos. En su consecuencia

se les ofreció seguridad para sus vidas y haciendas, y la libertad

personal, si desde luego venian á partido, y denunciando todos los

horrores de la guerra si persistian en defenderse. Pero Hamet,

confiando en la fuerza de sus defensas, que aun estaban muy enteras,

desechó estas proposiciones con el mismo desprecio que las primeras:

animábale tambien la consideracion de los azares á que está expuesto

un ejército sitiador, las inclemencias de la estacion que se

acercaba, y sobre todo los vaticinios y consejos del Dervís.

Volvieron entonces los cristianos á hostilizar al enemigo: algunos

caballeros de la casa real, conducidos por Rui Lopez de Toledo,

tesorero de la Reina, emprendieron el asalto de dos torres

del arrabal cerca de la puerta llamada de Granada, y peleando

desesperadamente, las tomaron, las perdieron, y las volvieron

á tomar, sin que quedasen por los unos ni por los otros, pues

pegándoles fuego los moros, fueron al fin abandonadas por ambas

partes. Á este combate se siguió otro por la mar, en que fueron

aun menos afortunados los cristianos; pues saliendo los moros con

sus albatozas, atacaron tan vigorosamente los navíos del duque de

Medinasidonia, que echaron uno á pique, é hicieron retroceder á los

demas.

Entretanto Hamet el Zegrí, mirando estos combates desde la torre mas

alta de Gibralfaro, atribuia el triunfo de sus armas á las artes y

encantos del Dervís; y este impostor, que no se apartaba de su lado,

señalándole el ejército cristiano, acampado por todo el valle, y la

numerosa flota que cubria el mar, le decia que cobrase esfuerzo,

porque en breves dias seria presa de los elementos aquella flota,

y saliendo ellos con la bandera sagrada, derrotarian de todo punto

aquella hueste, ganarian grandes despojos, y Málaga victoriosa y

libre, triunfaria de sus enemigos.

Viendo la pertinacia de los sitiados, determinaron los cristianos

aproximar sus estancias á los muros; y ganando una posicion despues

de otra, llegaron cerca de la barrera de la ciudad, donde habia un

puente con cuatro arcos, y en cada extremo una torre de mucha fuerza.

Dióse órden de tomar este puente á Francisco Ramirez de Madrid,

general de la artillería. La empresa era peligrosa, y los aproches

no podian hacerse sin exponer la tropa á un fuego destructor; por

lo que mandó Ramirez abrir una mina, que se llevó hasta debajo de

los cimientos de la primera torre, donde puso boca abajo y bien

cargada una pieza de artillería, para volar la torre cuando llegase

la ocasion. Acercándose entonces al puente cuanto pudo, levantó un

reducto, plantó en él algunos cañones, y empezó á batir la torre.

Los moros contestaron desde los adarves con vigor; pero estando en

la furia del combate, se puso fuego al cañon que estaba armado bajo

la torre, rebentó la tierra con una explosion tremenda, y vino al

suelo gran parte de la torre, sepultando en sus escombros á muchos

de los moros que la defendian: los demas huyeron amedrentados por

aquel estremecimiento, y confundidos por un ardid de que no tenian

noticia. Quedando asi desamparado este puesto, se apoderaron de él

los cristianos, y procedieron á combatir la torre que estaba al

otro extremo del puente. Hiciéronse entonces mútuamente las torres

un fuego terrible de arcabuces y ballestas, y por mucho tiempo no

se atrevieron los combatientes á salir de ellas para batirse; pero

al fin logró Francisco Ramirez pasar el puente, y llegar á la torre

contraria por medio de parapetos que levantó de trecho en trecho para

defenderse de la artillería de los moros, los cuales, despues de una

larga y sangrienta lucha, fueron forzados á ceder, y á dejar aquel

importante paso en poder de los cristianos.

En premio de esta hazaña, y del valor y pericia que habia desplegado

el capitan Ramirez, le armó el Rey caballero, despues de la rendicion

de Málaga, en la misma torre que tan gloriosamente habia ganado[13].

[13] Pulgar, p. III. c. 91.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (2 de 2) · 第 12 / 84 题