_Atentado que cometió un Santon de los moros._
Vivia por este tiempo en una aldea cerca de Guadix un moro anciano,
llamado Abrahan Alguerbí, natural de Guerba, en el reino de Tunez,
el cual por muchos años habia hecho vida de ermitaño. La soledad
en que vivia, sus ayunos y penitencias, junto con las revelaciones
que decia tener por un ángel enviado por Mahoma, le granjearon en
breve entre los habitantes del contorno la opinion de santo; y los
moros, naturalmente crédulos, y afectos á este género de entusiastas,
respetaban como inspiraciones proféticas los desvarios de su
imaginacion.
Presentóse un dia este visionario en las calles de Guadix, pálido el
semblante, extenuado el cuerpo, y los ojos encendidos. Convocando el
pueblo, declaró que Alá le habia revelado allá en su retiro, un medio
de libertar á Málaga, y de confundir á los enemigos que la cercaban.
Los moros le escucharon con atencion; y mas de cuatrocientos de
ellos, fiando ligeramente de sus palabras, ofrecieron aventurarse
con él á cualquier peligro, y obedecerle ciegamente. De este número
muchos eran Gomeles, que ardian en deseos de socorrer á sus paisanos,
de quienes se componia principalmente la guarnicion de Málaga.
Pusiéronse en camino para esta ciudad, marchando de noche por sendas
secretas al través de las montañas, y ocultándose de dia por no
ser observados. Al fin llegaron á unas alturas cerca de Málaga, y
dieron vista al real cristiano. El campamento del marqués de Cádiz,
por la parte que se extendia desde la falda del cerro frente de
Gibralfaro hasta la orilla del mar, pareció el punto mas combatible,
y consiguiente á esto tomó el ermitaño sus medidas. Aquella noche
se acercaron los moros al campamento, y permanecieron ocultos; pero
la mañana siguiente, casi al alba, y cuando apenas se divisaban los
objetos, dieron furiosamente y de improviso en las estancias del
Marqués, con intento de abrirse paso hasta la ciudad. Los cristianos,
aunque sobresaltados, pelearon con esfuerzo: los moros, saltando unos
los fosos y parapetos, y otros metiéndose en el agua por pasar las
trincheras, lograron entrar en la plaza en número de doscientos: los
demas casi todos fueron muertos ó prisioneros.
El santon ni tomó parte en la contienda, ni quiso entrar en la
ciudad: era muy otro el propósito con que venia; por lo que
apartándose del lugar donde peleaban, se hincó de rodillas, y
alzadas las manos al cielo, fingió estar en oracion. En esta actitud
le hallaron los cristianos, que despues del combate andaban buscando
á los fugitivos por aquellas quiebras y barrancos, y viendo que se
mantenia en la misma postura, inmóvil como una estátua, llegaron á él
con una mezcla de admiracion y respeto, y lo llevaron al marqués de
Cádiz. Á las preguntas que le hizo el Marqués, respondió el moro, que
era santo, y que Alá le habia revelado todo lo que habia de acontecer
en aquel sitio. Quiso el Marqués saber cómo y cuándo se tomaria la
ciudad; pero á esto dijo el santon que no le era permitido descubrir
un secreto tan importante sino solo al Rey ó á la Reina en persona.
El marqués de Cádiz, aunque nada supersticioso, todavia porque notaba
en este moro algo de misterioso, y podria ser tuviese que comunicar
alguna noticia interesante, determinó ponerlo en presencia de los
Reyes, y en la misma forma en que fue hallado, vestido un albornoz,
lo envió al pabellon real, rodeándole las gentes, que le llamaban el
Moro Santo; pues ya la fama de este supuesto profeta habia cundido
por el campo.
Dió la casualidad de hallarse el Rey durmiendo cuando lo trajeron, y
la Reina, aunque deseaba ver á este hombre singular, mandó, por un
efecto de su delicadeza, que lo guardasen fuera hasta que despertase
el Rey. Entretanto, lo entraron en una tienda inmediata donde
estaban doña Beatriz de Bobadilla, y don Alvaro de Portugal, hijo
del duque de Braganza, con algunas otras personas. El moro que no
sabia la lengua, creyó, segun el aparato y magnificencia que veia,
ser aquella la tienda real, y que don Alvaro y la Marquesa eran el
Rey y la Reina. Pidió entonces un jarro de agua, que luego le fue
traido; y levantando el brazo para tomarlo, aparta el albornoz con
disimulo, suelta el jarro, y tirando de un terciado ó espada corta
que traia oculta, dió á don Alvaro tan fiera cuchillada en la cabeza,
que le postró por tierra y puso á punto de morir. En seguida se
volvió contra la Marquesa, á quien tiró otra cuchillada, pero no con
igual acierto, por habérsele enredado el arma en las colgaduras de la
tienda[10]. Antes que pudiese repetir el golpe, se arrojaron sobre él
el tesorero Rui Lopez de Toledo, y un religioso llamado Fr. Juan de
Velalcazar, los cuales abrazándose con él, le tuvieron sugeto hasta
que llegaron las guardias del Marqués que alli mismo le hicieron
pedazos al instante[11].
[10] Pietro Martir, epist. 62.
[11] Cura de los Palacios.
Sabido por los Reyes este suceso, se llenaron de horror al considerar
el eminente peligro de que acababan de escapar. Los soldados tomaron
el cuerpo destrozado del santon, y metiéndolo en un trabuco, lo
arrojaron á la ciudad. Alli lo recogieron los Gomeles, y despues de
lavado y perfumado, lo enterraron con el mayor decoro y con grandes
demostraciones de sentimiento. En seguida, para vengar su muerte,
mataron á un cristiano de los principales que tenian cautivos, y
poniendo su cadáver sobre un asno, echaron fuera el animal con
direccion al campamento.
Desde entonces se nombraron para la custodia de las personas reales,
ademas de la guardia ordinaria, doscientos caballeros hijos-dalgo de
los reinos de Castilla y de Aragon; se prohibió la entrada en el real
á todo moro, que no se supiese primero quién era y á qué venia, y se
mandó saliesen del campo los mudejares ó vasallos moriscos, á quienes
la traicion que acababa de cometerse, habia puesto en mal concepto
con los cristianos.
[Ilustración]