CAPÍTULO IX.

_De los padecimientos del pueblo de Málaga._

La extrema necesidad que padecian los de Málaga, y el peligro de

que cayese esta hermosa ciudad en poder de los cristianos, tenian

llenos de temor y sentimiento á los moros de otras partes. El anciano

y belicoso Rey Muley Audalla, el Zagal, estaba aun en Guadix,

procurando rehacer poco á poco su desbaratado ejército, cuando supo

la situacion crítica en que se hallaba aquella plaza. Animado por

las exhortaciones de los alfaquís, y dejándose llevar de su aficion

á la guerra, determinó socorrer á Málaga, y con la fuerza que tenia

disponible envió allá un capitan escogido para que entrase en la

ciudad.

El Rey chico Boabdil, noticioso de este movimiento, y dispuesto

siempre á hostilizar á su tio, despachó una fuerza superior de á pié

y de á caballo para interceptar los socorros. Trabóse un combate

muy reñido; y las tropas del Zagal, derrotadas con mucha pérdida,

se retiraron en desórden á Guadix. Ensoberbecido Boabdil con tan

triste triunfo, y deseoso de acreditar su lealtad á los Soberanos

de Castilla, les envió mensajeros con la noticia de esta victoria,

suplicándoles le tuviesen siempre como el mas leal de sus vasallos.

Asimismo envió (como regalo para la Reina) preciosas telas de

seda, perfumes orientales, un vaso de oro curiosamente labrado, y

una cautiva de Reveda; con cuatro caballos árabes suntuosamente

enjaezados, una espada y una daga con guarniciones primorosas, muchos

albornoces, y otras ropas ricamente bordadas, para el Rey.

Tal era la fatalidad de Boabdil, que hasta en sus victorias era

desgraciado: su reciente expedicion contra el Zagal, y la derrota

de unas tropas destinadas al socorro de Málaga, habia entibiado el

amor de sus vasallos, haciendo vacilar en su lealtad á muchos de

sus partidarios mas adictos. “Muley Audalla, decian, era soberbio y

sanguinario, pero tambien era fiel á la pátria, y sabia sostener el

decoro de la corona. Este Boabdil sacrifica la religion, la pátria,

los amigos, todo, á un simulacro de Soberanía.”

Instruido Boabdil de estas murmuraciones, y temiendo algun nuevo

revés, escribió á los Reyes Católicos solicitando con urgencia

le enviasen tropas para ayudar á mantenerle sobre el trono. Esta

súplica, tan favorable á las miras políticas de Fernando, fue

al punto concedida; y por órden del Rey marchó para Granada un

destacamento de mil caballos y dos mil infantes al mando de Gonzalo

de Córdoba, despues tan celebrado por sus hazañas.

No era el Rey chico el único príncipe moro que solicitaba la

proteccion de Fernando é Isabel: vióse un dia entrar en el puerto de

Málaga una galera pomposamente engalanada, llevando el pabellon de la

medialuna, y juntamente una bandera blanca en señal de paz. Enviado

por el Rey de Tremecen, venia en esta galera un embajador con regalos

para los Soberanos de Castilla, á quienes pasó luego á cumplimentar,

presentando al Rey caballos berberiscos con jaezes de oro, mantos

moriscos ricamente bordados, y otros objetos de mucho precio; con

vestiduras de seda de diversas maneras, aderezos de finísimas

piedras, y perfumes exquisitos de la Arabia para la Reina.

Manifestó el embajador á los Soberanos que el Rey de Tremecen,

admirando el gran poder y rápidas conquistas de SS. AA. deseaba le

reconociesen como vasallo de la corona de Castilla, y que en este

concepto diesen favor y proteccion á los naturales y navíos de

Tremecen, de la misma suerte que á los demas moros que se habian

sometido á su dominio: pidió asimismo un modelo de las armas de

Castilla, para que el Rey, su amo, y sus vasallos pudiesen conocer

y respetar su bandera donde quiera que la viesen; y por último les

suplicó extendiesen á los habitantes de la infeliz Málaga la misma

clemencia que habian dispensado á los de otras plazas conquistadas.

Esta embajada fue recibida por los Reyes Católicos con el mayor

agrado; concedióse el seguro que pedia el Rey de Tremecen para sus

buques y vasallos, y se le enviaron las armas reales fundidas en

escudos de oro del tamaño de una mano[9].

[9] Cura de los Palacios, cap. 84. Pulgar, parte III, cap. 86.

Los sitiados entretanto veian crecer la hambre de dia en dia, y

disminuirse las esperanzas de recibir socorros de fuera: los mas se

mantenian de carne de caballos; y diariamente perecian muchos de pura

necesidad. Esta penosa situacion se les hacia aun mas sensible al ver

cubierto el mar de embarcaciones que entraban de continuo con víveres

para los sitiadores. Todo sobraba en el campo cristiano; el ganado

que no cesaba de llegar, y el trigo y la harina, que amontonados en

medio del real blanqueaban al sol para tormento de los sitiados, los

cuales veian á sus hijos perecer de necesidad, al paso que reinaba la

abundancia á un tiro de ballesta de sus muros.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (2 de 2) · 第 10 / 84 题