_De los padecimientos del pueblo de Málaga._
La extrema necesidad que padecian los de Málaga, y el peligro de
que cayese esta hermosa ciudad en poder de los cristianos, tenian
llenos de temor y sentimiento á los moros de otras partes. El anciano
y belicoso Rey Muley Audalla, el Zagal, estaba aun en Guadix,
procurando rehacer poco á poco su desbaratado ejército, cuando supo
la situacion crítica en que se hallaba aquella plaza. Animado por
las exhortaciones de los alfaquís, y dejándose llevar de su aficion
á la guerra, determinó socorrer á Málaga, y con la fuerza que tenia
disponible envió allá un capitan escogido para que entrase en la
ciudad.
El Rey chico Boabdil, noticioso de este movimiento, y dispuesto
siempre á hostilizar á su tio, despachó una fuerza superior de á pié
y de á caballo para interceptar los socorros. Trabóse un combate
muy reñido; y las tropas del Zagal, derrotadas con mucha pérdida,
se retiraron en desórden á Guadix. Ensoberbecido Boabdil con tan
triste triunfo, y deseoso de acreditar su lealtad á los Soberanos
de Castilla, les envió mensajeros con la noticia de esta victoria,
suplicándoles le tuviesen siempre como el mas leal de sus vasallos.
Asimismo envió (como regalo para la Reina) preciosas telas de
seda, perfumes orientales, un vaso de oro curiosamente labrado, y
una cautiva de Reveda; con cuatro caballos árabes suntuosamente
enjaezados, una espada y una daga con guarniciones primorosas, muchos
albornoces, y otras ropas ricamente bordadas, para el Rey.
Tal era la fatalidad de Boabdil, que hasta en sus victorias era
desgraciado: su reciente expedicion contra el Zagal, y la derrota
de unas tropas destinadas al socorro de Málaga, habia entibiado el
amor de sus vasallos, haciendo vacilar en su lealtad á muchos de
sus partidarios mas adictos. “Muley Audalla, decian, era soberbio y
sanguinario, pero tambien era fiel á la pátria, y sabia sostener el
decoro de la corona. Este Boabdil sacrifica la religion, la pátria,
los amigos, todo, á un simulacro de Soberanía.”
Instruido Boabdil de estas murmuraciones, y temiendo algun nuevo
revés, escribió á los Reyes Católicos solicitando con urgencia
le enviasen tropas para ayudar á mantenerle sobre el trono. Esta
súplica, tan favorable á las miras políticas de Fernando, fue
al punto concedida; y por órden del Rey marchó para Granada un
destacamento de mil caballos y dos mil infantes al mando de Gonzalo
de Córdoba, despues tan celebrado por sus hazañas.
No era el Rey chico el único príncipe moro que solicitaba la
proteccion de Fernando é Isabel: vióse un dia entrar en el puerto de
Málaga una galera pomposamente engalanada, llevando el pabellon de la
medialuna, y juntamente una bandera blanca en señal de paz. Enviado
por el Rey de Tremecen, venia en esta galera un embajador con regalos
para los Soberanos de Castilla, á quienes pasó luego á cumplimentar,
presentando al Rey caballos berberiscos con jaezes de oro, mantos
moriscos ricamente bordados, y otros objetos de mucho precio; con
vestiduras de seda de diversas maneras, aderezos de finísimas
piedras, y perfumes exquisitos de la Arabia para la Reina.
Manifestó el embajador á los Soberanos que el Rey de Tremecen,
admirando el gran poder y rápidas conquistas de SS. AA. deseaba le
reconociesen como vasallo de la corona de Castilla, y que en este
concepto diesen favor y proteccion á los naturales y navíos de
Tremecen, de la misma suerte que á los demas moros que se habian
sometido á su dominio: pidió asimismo un modelo de las armas de
Castilla, para que el Rey, su amo, y sus vasallos pudiesen conocer
y respetar su bandera donde quiera que la viesen; y por último les
suplicó extendiesen á los habitantes de la infeliz Málaga la misma
clemencia que habian dispensado á los de otras plazas conquistadas.
Esta embajada fue recibida por los Reyes Católicos con el mayor
agrado; concedióse el seguro que pedia el Rey de Tremecen para sus
buques y vasallos, y se le enviaron las armas reales fundidas en
escudos de oro del tamaño de una mano[9].
[9] Cura de los Palacios, cap. 84. Pulgar, parte III, cap. 86.
Los sitiados entretanto veian crecer la hambre de dia en dia, y
disminuirse las esperanzas de recibir socorros de fuera: los mas se
mantenian de carne de caballos; y diariamente perecian muchos de pura
necesidad. Esta penosa situacion se les hacia aun mas sensible al ver
cubierto el mar de embarcaciones que entraban de continuo con víveres
para los sitiadores. Todo sobraba en el campo cristiano; el ganado
que no cesaba de llegar, y el trigo y la harina, que amontonados en
medio del real blanqueaban al sol para tormento de los sitiados, los
cuales veian á sus hijos perecer de necesidad, al paso que reinaba la
abundancia á un tiro de ballesta de sus muros.
[Ilustración]