_Continuacion del sitio: descontento de los habitantes._
Tanto sitiados como sitiadores hicieron ahora los mayores esfuerzos
para proseguir la contienda con vigor. El vigilante Hamet recorria
los muros, doblaba las guardias, todo lo reconocia. Entre otras
medidas dividió la guarnicion en partidas de cien hombres con un
capitan; los unos para rondar, los otros para escaramuzar con el
enemigo, y otros de reserva y prontos á auxiliar á los combatientes.
Hizo tambien armar seis albatozas ó baterías flotantes provistas de
piezas de gran calibre para atacar la flota.
Los Soberanos de Castilla por su parte, hicieron venir mantenimientos
en gran cantidad de diferentes puntos de España, y mandaron traer
pólvora de Barcelona, Valencia, Sicilia y Portugal. Para el asalto
de la plaza construyeron unas torres de madera montadas sobre ruedas
que podrian contener hasta cien hombres. De estas torres salian unas
escalas para echar sobre los muros; y para descender desde el muro
á la ciudad, habia otras escalas ingeridas en las primeras. Habia
tambien galápagos ó grandes escudos de madera, cubiertos de cueros,
con los cuales se defendian los soldados en los asaltos, ó cuando
minaban las murallas: en fin, se abrieron minas en diferentes puntos,
unas para volar el muro, otras para la entrada de las tropas en la
ciudad, y entretanto se distraia la atencion de los sitiados con el
incesante fuego de la artillería.
El infatigable Hamet, que conocia todos los puntos combatibles
del real cristiano, no cesaba de atacar á los sitiadores, ya por
tierra con sus Gomeles, ya por mar con las albatozas; de manera
que dia y noche no les dejaba punto de reposo. Con tan continuos
trabajos estaba el ejército real rendido y desvelado, y ya no
cabian los heridos en las tiendas llamadas hospital de la Reina.
Para mejor resistir los asaltos repentinos de los moros, mandó el
Rey profundizar los fosos en derredor del campamento, y plantar una
estacada hácia la parte que miraba á Gibralfaro. El cargo de guardar
estas defensas, y proveer lo necesario á su conservacion, se dió á
Garcilaso de la Vega, á Juan de Zúñiga, y á Diego de Ataide.
En muy poco tiempo fueron descubiertas por Hamet las minas que
con tanto secreto habian empezado los cristianos. Al punto
mandó contraminarlas, y trabajando mútuamente los soldados
hasta encontrarse, se trabó en aquellos subterráneos un combate
sangriento y de cuerpo á cuerpo, por desalojar los unos á los otros.
Consiguieron al fin los moros lanzar á los cristianos de una de las
minas, y cegándola la destruyeron. Animados con este pequeño triunfo,
determinaron atacar á un mismo tiempo todas las minas y la escuadra
que bloqueaba el puerto. El combate duró seis horas, por mar, por
tierra, y debajo de la tierra, en las trincheras, en los fosos, y
en las minas. La intrepidez que manifestaron los moros, excede á
toda ponderacion; pero al fin fueron batidos en todos los puntos, y
tuvieron que encerrarse en la ciudad, sin tener ya recursos propios
ni poderlos recibir de fuera.
Á los padecimientos de Málaga se añadieron ahora los horrores del
hambre; el poco pan que habia se reservó exclusivamente para los
soldados, y aun éstos no recibian sino cuatro onzas por la mañana y
dos por la tarde, como racion diaria. Los habitantes mas acomodados,
y todos los que estaban por la paz, deploraban una resistencia tan
funesta para sus casas y familias; pero ninguno osaba manifestar su
sentimiento, ni menos proponer la capitulacion, por no despertar la
cólera de sus fieros defensores. En tal estado, se presentaron á Alí
Dordux, que con otros ciudadanos estaba encargado de guardar una de
las puertas, y comunicándole sus penas y los trabajos que padecian,
le persuadieron á intentar una negociacion con los Soberanos, para la
entrega de la ciudad y la conservacion de sus vidas y propiedades.
“Hagamos, le dijeron, un concierto con los cristianos antes que sea
tarde, y evitemos la destruccion que nos amaga.”
El compasivo Alí cedió fácilmente á las instancias que se le
hicieron; y poniéndose de acuerdo con sus compañeros de armas,
escribió una proposicion al Rey de Castilla, ofreciendo dar entrada
en la ciudad al ejército cristiano por la puerta que le estaba
confiada, con solo que le diese seguro para las vidas y haciendas
de los moradores. Este escrito se confió á un fiel emisario, para
que lo llevase al real cristiano, y trajese á una hora convenida
la respuesta de Fernando. Partió el moro, y llegando felizmente al
campo, fue admitido á la presencia de los Soberanos, los cuales,
con el deseo de ganar aquella plaza sin mas sacrificios de hombres
y dinero, prometieron por escrito conceder las condiciones. Venia
ya el moro de vuelta para la ciudad, y se hallaba no muy lejos
del parage donde le esperaban Alí Dordux y sus compañeros, cuando
le descubrió una patrulla de Gomeles que rondaba aquellos sitios.
Teniéndole por espía, lo acechan los Gomeles, y cayendo sobre él de
improviso, le prenden á la vista misma de los confederados, que se
dieron por perdidos. Conducido por los soldados, llegó el infeliz
hasta cerca de la puerta; pero haciendo entonces un esfuerzo, se
escapó de sus manos, y huyó con tal ligereza, que parecia llevar alas
en los pies. Los Gomeles le persiguieron, pero perdiendo luego toda
esperanza de alcanzarle, se detuvieron, y apuntándole uno de ellos
con la ballesta, le disparó una vira que se le clavó en mitad de las
espaldas: cayó el fugitivo, y ya iban á asirle los soldados, cuando
volvió á levantarse, y huyendo con las fuerzas que la desesperacion
le daba, pudo llegar al real, donde poco despues murió de su herida,
pero con la satisfaccion de haber guardado el secreto y salvado las
vidas de Alí y sus compañeros.
[Ilustración]