CAPÍTULO VII.

_Combate del castillo de Gibralfaro por el marqués de Cádiz._

La mañana despues del banquete que se dió en obsequio de la Reina,

rompieron las baterías del marqués de Cádiz un fuego tremendo contra

el castillo de Gibralfaro. Todo el dia estuvo aquella altura envuelta

en una nube de denso humo; ni cesó el estruendo de las lombardas con

la entrada de la noche, sino que siguió durante toda ella, hasta la

mañana, cuando el cañoneo, lejos de disminuirse, continuó con mayor

viveza. Muy pronto se reconocieron en aquellos baluartes los efectos

de estas máquinas terribles; pues la torre principal del castillo,

donde se habia desplegado aquella insolente bandera, quedó luego

desmantelada, y reducida á escombros otra mas pequeña; habiéndose

tambien abierto en la muralla inmediata una brecha considerable.

Muchos de aquellos jóvenes fogosos que seguian las banderas del

Marqués, pidieron que se les llevase al asalto de la brecha; otros,

mas prudentes y experimentados, reprobaron esta empresa como una

temeridad; pero todos convinieron en que las estancias podrian

acercarse mas á las murallas, y que esto debia hacerse en pago del

insolente desafio del enemigo.

Dudoso estuvo el Marqués al adoptar una medida tan arriesgada; pero

porque no pareciese que rehusaba este peligro el que nunca habia

mostrado temer ninguno, determinó complacer á aquella juventud

briosa, y mandó adelantar su campo hasta ponerlo á un tiro de piedra

de los baluartes.

El estruendo de las baterías habia cesado: la mayor parte de la tropa

se habia entregado al sueño para descansar de las fatigas y desvelos

de las noches anteriores, y la demas, esparcida por el campamento, lo

guardaba con negligencia, sin recelar peligro alguno de una fortaleza

medio arruinada. En tal estado salieron repentinamente del castillo

hasta dos mil moros, conducidos por Aben Zenete, el capitan principal

de Hamet, los cuales dieron sobre las primeras estancias del Marqués

con ímpetu tan arrebatado, que mataron á muchos de los soldados

mientras dormian, y á los demas pusieron en huida. Estaba el Marqués

en su tienda, distante de alli como un tiro de ballesta, cuando oyó

el tumulto de la embestida, y vió la fuga y confusion de sus gentes.

Saliendo fuera sin tardanza, y sin mas acompañamiento que el alférez

que llevaba su bandera, corrió el marqués á detener á los fugitivos.

“¡Vuelta hidalgos! les decia, ¡vuelta!, que ¡yo soy el Marqués!, ¡yo

soy Ponce de Leon!” é iba su bandera delante de él. Al oir aquella

voz tan conocida, se detuvieron los soldados, y reuniéndose bajo la

bandera del Marqués, volvieron rostro al enemigo. Felizmente llegaron

al mismo tiempo varios caballeros de las estancias inmediatas con

algunos soldados gallegos, y otros de las hermandades. Trabóse

entonces una porfiada y sangrienta lucha en las quebradas y barrancos

del monte, peleando unos y otros á pié, y cuerpo á cuerpo; por manera

que llegaban á herirse con los puñales, y á veces abrazados rodaban

aquellos precipicios. La bandera del Marqués estuvo á pique de

caer en manos del enemigo, y á no haber sido tanto el valor de los

caballeros que la guardaban, hubiera sido cierta esta desgracia, pues

llegaron á verse rodeados de enemigos, y heridos muchos de ellos;

entre otros don Diego y don Luis Ponce, yerno éste, y hermano aquel,

del marqués de Cádiz. Duró el combate por espacio de una hora, y el

cerro, cubierto de muertos y heridos, se humedeció con la sangre de

unos y otros; pero al fin cedieron los moros, viendo mal herido de

una lanzada á su capitan Aben Zenete, y se retrajeron al castillo.

Viéronse entonces los cristianos expuestos á un fuego atroz de

arcabuces y ballestas, que se les hizo desde los adarves de

Gibralfaro: las guardias avanzadas del campamento padecieron en

extremo; y como quiera que los tiros se dirigian principalmente

contra el Marqués, le acertó uno en el broquel, y pasándolo, le

barreó la coraza sin hacerle daño. Con ésto vieron todos el peligro é

inutilidad de una posicion tan inmediata á aquella fortaleza, y los

mismos que habian aconsejado se estableciesen alli las estancias,

solicitaban ahora con empeño que se volviesen á poner donde estaban

al principio. Asi lo ejecutó el Marqués á quien por su valor y por

el que infundia á sus soldados con su presencia, se debió en aquel

peligro la salvacion de toda aquella parte del ejército.

Entre los muchos caballeros de estimacion que perecieron en este

rebato, fue uno Ortega de Prado, capitan de escaladores, el mismo

que proyectó la sorpresa de Alhama, y que plantó la primera escala

para subir al muro. Su pérdida se sintió en extremo especialmente

por el marqués de Cádiz, que le habia dispensado siempre su amistad

y confianza, como quien sabia apreciar á los hombres de mérito, y

aprovecharse de sus talentos[8].

[8] Zurita, Mariana, Abarca.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (2 de 2) · 第 8 / 84 题