_Combate del castillo de Gibralfaro por el marqués de Cádiz._
La mañana despues del banquete que se dió en obsequio de la Reina,
rompieron las baterías del marqués de Cádiz un fuego tremendo contra
el castillo de Gibralfaro. Todo el dia estuvo aquella altura envuelta
en una nube de denso humo; ni cesó el estruendo de las lombardas con
la entrada de la noche, sino que siguió durante toda ella, hasta la
mañana, cuando el cañoneo, lejos de disminuirse, continuó con mayor
viveza. Muy pronto se reconocieron en aquellos baluartes los efectos
de estas máquinas terribles; pues la torre principal del castillo,
donde se habia desplegado aquella insolente bandera, quedó luego
desmantelada, y reducida á escombros otra mas pequeña; habiéndose
tambien abierto en la muralla inmediata una brecha considerable.
Muchos de aquellos jóvenes fogosos que seguian las banderas del
Marqués, pidieron que se les llevase al asalto de la brecha; otros,
mas prudentes y experimentados, reprobaron esta empresa como una
temeridad; pero todos convinieron en que las estancias podrian
acercarse mas á las murallas, y que esto debia hacerse en pago del
insolente desafio del enemigo.
Dudoso estuvo el Marqués al adoptar una medida tan arriesgada; pero
porque no pareciese que rehusaba este peligro el que nunca habia
mostrado temer ninguno, determinó complacer á aquella juventud
briosa, y mandó adelantar su campo hasta ponerlo á un tiro de piedra
de los baluartes.
El estruendo de las baterías habia cesado: la mayor parte de la tropa
se habia entregado al sueño para descansar de las fatigas y desvelos
de las noches anteriores, y la demas, esparcida por el campamento, lo
guardaba con negligencia, sin recelar peligro alguno de una fortaleza
medio arruinada. En tal estado salieron repentinamente del castillo
hasta dos mil moros, conducidos por Aben Zenete, el capitan principal
de Hamet, los cuales dieron sobre las primeras estancias del Marqués
con ímpetu tan arrebatado, que mataron á muchos de los soldados
mientras dormian, y á los demas pusieron en huida. Estaba el Marqués
en su tienda, distante de alli como un tiro de ballesta, cuando oyó
el tumulto de la embestida, y vió la fuga y confusion de sus gentes.
Saliendo fuera sin tardanza, y sin mas acompañamiento que el alférez
que llevaba su bandera, corrió el marqués á detener á los fugitivos.
“¡Vuelta hidalgos! les decia, ¡vuelta!, que ¡yo soy el Marqués!, ¡yo
soy Ponce de Leon!” é iba su bandera delante de él. Al oir aquella
voz tan conocida, se detuvieron los soldados, y reuniéndose bajo la
bandera del Marqués, volvieron rostro al enemigo. Felizmente llegaron
al mismo tiempo varios caballeros de las estancias inmediatas con
algunos soldados gallegos, y otros de las hermandades. Trabóse
entonces una porfiada y sangrienta lucha en las quebradas y barrancos
del monte, peleando unos y otros á pié, y cuerpo á cuerpo; por manera
que llegaban á herirse con los puñales, y á veces abrazados rodaban
aquellos precipicios. La bandera del Marqués estuvo á pique de
caer en manos del enemigo, y á no haber sido tanto el valor de los
caballeros que la guardaban, hubiera sido cierta esta desgracia, pues
llegaron á verse rodeados de enemigos, y heridos muchos de ellos;
entre otros don Diego y don Luis Ponce, yerno éste, y hermano aquel,
del marqués de Cádiz. Duró el combate por espacio de una hora, y el
cerro, cubierto de muertos y heridos, se humedeció con la sangre de
unos y otros; pero al fin cedieron los moros, viendo mal herido de
una lanzada á su capitan Aben Zenete, y se retrajeron al castillo.
Viéronse entonces los cristianos expuestos á un fuego atroz de
arcabuces y ballestas, que se les hizo desde los adarves de
Gibralfaro: las guardias avanzadas del campamento padecieron en
extremo; y como quiera que los tiros se dirigian principalmente
contra el Marqués, le acertó uno en el broquel, y pasándolo, le
barreó la coraza sin hacerle daño. Con ésto vieron todos el peligro é
inutilidad de una posicion tan inmediata á aquella fortaleza, y los
mismos que habian aconsejado se estableciesen alli las estancias,
solicitaban ahora con empeño que se volviesen á poner donde estaban
al principio. Asi lo ejecutó el Marqués á quien por su valor y por
el que infundia á sus soldados con su presencia, se debió en aquel
peligro la salvacion de toda aquella parte del ejército.
Entre los muchos caballeros de estimacion que perecieron en este
rebato, fue uno Ortega de Prado, capitan de escaladores, el mismo
que proyectó la sorpresa de Alhama, y que plantó la primera escala
para subir al muro. Su pérdida se sintió en extremo especialmente
por el marqués de Cádiz, que le habia dispensado siempre su amistad
y confianza, como quien sabia apreciar á los hombres de mérito, y
aprovecharse de sus talentos[8].
[8] Zurita, Mariana, Abarca.
[Ilustración]