_Sitio de Málaga, y obstinacion de Hamet el Zegrí._
El sitio de Málaga se prosiguió por algunos dias con la mayor
actividad, pero sin producir mucha impresion en los baluartes;
tanta era la fuerza de los que defendian á aquella plaza antigua.
El primero que se distinguió fue el conde de Cifuentes, que con
algunos caballeros de la casa real se arrojó al asalto de una torre
que estaba medio desmantelada por los tiros de la artillería. La
resistencia de los moros fue pertinaz y terrible: desde las ventanas
y troneras de la torre arrojaron sobre los cristianos pez y resina
hirviendo, piedras, dardos y saetas. Pero todo fue poco contra el
valor del Conde y de sus compañeros; los cuales volviendo á poner
las escalas, subieron á la torre, y plantaron en ella su bandera.
Procedieron entonces á atacarla los que habian sido echados de ella:
mináronla por la parte de dentro, y poniendo bajo los cimientos
unos puntales de madera, los pegaron fuego y se retiraron: de alli
á poco cedieron los puntales, se hundió la torre, y cayó con un
rumor tremendo; quedando muchos de los cristianos sepultados en las
ruinas, y expuestos los demas á los tiros del enemigo.
Entretanto se habia abierto una brecha en la muralla que cercaba uno
de los arrabales; y acudiendo á ella sitiados y sitiadores, los unos
para defender la entrada, los otros para forzarla, comenzó una lucha
cruel, en que no se ganó paso que no fuese regado con sangre de los
unos y de los otros. Al fin hubieron de ceder los moros al esfuerzo
de los cristianos, y quedaron éstos dueños de la mayor parte del
arrabal.
Estas ventajas aunque cortas, hubieran podido animar las tropas de
Fernando; pero las defensas principales de la plaza estaban aun
enteras, la guarnicion se componia de soldados veteranos, que habian
servido en muchas de las plazas conquistadas por el Rey; y los moros,
acostumbrados á los efectos de la artillería, no se confundian ya, ni
se amedrentaban con el estruendo de los cañones, sino que reparaban
las brechas, y construian nuevas defensas con mucha habilidad.
Por otra parte, los cristianos ensoberbecidos con la rapidez de
sus conquistas anteriores, se mostraban impacientes por los pocos
progresos que hacian en este sitio. Algunos temian una carestía
en los mantenimientos, cuya conduccion por tierra era en extremo
trabajosa, y por mar estaba sugeta á mil incertidumbres. Muchos se
alarmaron por una pestilencia que se manifestó en aquellos contornos;
y tanto pudo con ellos el temor, que no pocos abandonaron los
reales, y se volvieron á sus casas. Otros, pensando hacer fortuna, y
persuadidos que por todas estas causas tendria el Rey que levantar el
sitio, desertaron al enemigo, á quien dieron noticias exageradas de
los temores y descontentos del ejército, de la desercion diaria de
los soldados, y sobre todo de la escasez de pólvora, que aseguraban
haria en breve callar la artillería.
Animados los moros con estas amonestaciones, y no dudando que
si perseveraban en su defensa obligarian al Rey á retirarse de
sus muros, cobraron nuevos brios, hicieron nuevas salidas, y tan
vigorosas, que fue preciso estar en todo el real con una continua
y penosa vigilancia. Asimismo fortificaron las murallas en los
lugares menos fuertes, con zanjas y empalizadas, é hicieron otras
demostraciones de un espíritu pertinaz y decidido.
Entretanto el Rey, instruido de las noticias que se habian comunicado
á los moros, y de la persuasion en que estaban de que muy pronto se
alzaria el sitio, habia escrito á la Reina para que se trasladase
al campo, juzgando ser este el medio mas seguro de desmentir tan
falsos rumores, y de desvanecer las vanas esperanzas del enemigo. En
efecto, pasados algunos dias se presentó doña Isabel en los reales,
y no fue poco el entusiasmo de los soldados cuando vieron llegar á su
magnánima Reina, dispuesta á partir con ellos los peligros y trabajos
de aquella empresa. Venian acompañándola muchos grandes y caballeros
de su corte; á un lado iba la Infanta su hija, al otro el gran
cardenal de España; despues el prior de Praxo, su confesor, con otros
prelados; y últimamente, un séquito numeroso, para manifestar que no
era una visita pasagera la que la Reina se proponia hacer.
Con la venida de doña Isabel se suspendieron los horrores de la
guerra, cesó el fuego contra la plaza, y se despacharon mensageros
á los sitiados para ofrecerles la paz en los mismos términos que se
habia concedido á los de Velez-málaga: se les intimó la resolucion de
los Soberanos de no levantar el campo hasta apoderarse de la ciudad,
y se les amenazó con el cautiverio y la muerte si persistian en la
resistencia.
Hamet el Zegrí oyó esta amonestacion con desprecio, y despidió á los
mensajeros sin dignarse dar una respuesta. “El Rey cristiano, dijo á
los suyos, nos quiere ganar con ofrecimientos, porque desespera de
vencernos con las armas: la falta que tiene de pólvora se conoce por
el silencio de sus baterías: se le acabaron ya los medios de destruir
nuestras defensas; y por poco que permanezca aqui, las próximas
lluvias y temporales arrebatarán sus convoyes, dispersarán sus
flotas, y llenarán su campo de hambre y mortandad. Entonces, quedando
el mar abierto para nosotros, podremos recibir del África socorros y
mantenimientos.”
Estas palabras, acompañadas de terribles amenazas contra todo el
que tratase de capitulacion, impusieron silencio á los que pensaban
de otro modo y suspiraban por la paz. No obstante, algunos de los
moradores entraron en correspondencia con el enemigo; pero habiendo
sido descubiertos, los bárbaros Gomeles, para quienes una insinuacion
de su gefe tenia fuerza de ley, se echaron sobre ellos, y los
mataron, confiscando en seguida sus efectos. Intimidóse el pueblo con
estos rigores, y los que mas habian murmurado eran ya los que mas
diligentes se mostraban en la defensa de la plaza.
Instruido el Rey del menosprecio con que habian sido tratados sus
mensageros, se indignó sobremanera; y sabiendo que la suspension del
fuego se atribuia á la falta de pólvora, mandó hacer una descarga
general de todas las baterías. Esta explosion repentina convenció á
Hamet de su error, y acabó de confundir á los habitantes, que ya no
sabian á quien mas temer, si á los que les guerreaban de fuera, ó á
los que les señoreaban de dentro, si al cristiano ó al Zegrí.
Aquella tarde fueron los Soberanos á visitar las estancias del
marqués de Cádiz, desde donde se descubria gran parte de la ciudad
y del campamento. La tienda del Marqués era de mucha capacidad,
y construida al estilo oriental; sus colgaduras de brocado y de
finísimo paño de Francia. Estaba colocada en lo mas alto del cerro,
frente de Gibralfaro, rodeándola otras muchas tiendas de diferentes
caballeros; de modo que presentaban juntas un contraste vistoso y
alegre con las torres sombrías de aquel antiguo castillo. Aqui se
sirvió á los Soberanos un refresco espléndido, de que participaron
damas hermosas é ilustres caballeros; y viéronse reunidas en un punto
la flor de la belleza de Castilla y la gala de la caballería.
Mientras aun era de dia, propuso el Marqués á la Reina que
presenciase los efectos de la artillería, y al intento mandó disparar
algunas lombardas gruesas contra la plaza. La Reina y sus damas,
sintiendo temblar la tierra bajo sus pies, y viendo caer al ímpetu de
las balas grandes fragmentos de las murallas, se llenaron de temor
y de admiracion. Estando el Marqués entreteniendo asi á sus reales
huéspedes, levantó los ojos, y quedó confundido al ver su misma
bandera desplegada en una de las torres de Gibralfaro. Un sonrojo
irresistible cubrió sus mejillas, pues aquella bandera era la que
habia perdido en la memorable matanza de los montes de Málaga. Para
agravar aun mas este insulto, se presentaron los moros en las almenas
vestidos con los cascos y corazas de muchos caballeros que habian
quedado muertos ó cautivos en aquella ocasion[7]. El marqués de Cádiz
disimuló su indignacion, y sin proferir palabra, remitió para otro
dia la satisfaccion de aquel agravio.
[7] Diego de Valera, Crónica MS.
[Ilustración]