_Marcha del ejército real contra la ciudad de Málaga._
Tomando la ribera del mar, avanzó con direccion á Málaga el ejército
real, cuyas largas y lucidas columnas se extendian por el pié de
las montañas que guarnecen el mediterráneo, al paso que una flota
de naves cargadas de artillería y pertrechos, seguia su marcha á
corta distancia de tierra. Hamet el Zegrí, viendo que se acercaba
esta fuerza, mandó poner fuego á las casas de los arrabales mas
inmediatos á la ciudad, é hizo salir tres batallones al encuentro de
la vanguardia del enemigo.
Para penetrar en la vega y cercar la ciudad, era preciso que
desfilase el ejército por un paso angosto, al que por una parte
defendia el castillo de Gibralfaro, y por otra lo dominaba un cerro
alto y escabroso que se junta con las montañas inmediatas. En este
cerro colocó Hamet uno de los tres batallones, otro en el paso por
donde habian de marchar las tropas, y el tercero en una cuesta no muy
lejos. Llegando por este lado la vanguardia del ejército, pareció
necesario tomar el cerro, y con este objeto se destacó un cuerpo de
peones, naturales de Galicia, al mismo tiempo que ciertos hidalgos
y caballeros de la casa real atacaron á los moros que estaban abajo
guardando el paso, siguiéndose en una y otra parte una pelea muy
reñida. Los moros se defendieron con valor: los gallegos repetidas
veces fueron rechazados, y otras tantas volvieron al asalto. Por
espacio de seis horas se sostuvo esta cruel lucha, en que se peleó no
solo con arcabuces y ballestas, sino con espadas y puñales: ninguno
daba cuartel ni lo pedia, ninguno curaba de hacer cautivos, y sí solo
de herir y matar.
Los demas cuerpos del ejército oian desde lejos el rumor de la
batalla, los tiros y los lelilies de los moros; pero no podian pasar
adelante para auxiliar á la vanguardia, pues venian por una senda tan
estrecha, entre el mar y las montañas de la costa, que solo podian
marchar en fila, impidiéndose unos á otros el paso, y sirviéndoles de
mucho embarazo la caballería y los bagages. Empero algunas compañías
de las hermandades, sostenidas por las tropas que mandaban Hurtado
de Mendoza y Garcilaso de la Vega, avanzaron al asalto del cerro, y
con gran trabajo pasaron adelante, peleando siempre, hasta llegar á
la cumbre, donde el porta-estandarte, Luis Maceda, plantó su bandera.
Los moros se retiraron de esta posicion, dejándola ocupada por los
cristianos; y á su ejemplo los que defendian el paso se retrajeron al
castillo de Gibralfaro.[6]
[6] Pulgar, Crónica.
Ganado el cerro, y libre ya de enemigos aquel paso, pudo el ejército
seguir adelante sin estorbos. En esto iba entrando la noche, y no
hubo lugar de sentar los reales en los puntos que convenia: las
tropas cansadas y rendidas, acamparon por entonces en la mejor forma
que permitian las circunstancias; y el Rey, acompañado de algunos
grandes y caballeros de su hueste, pasó la noche reconociendo el
campo, poniendo guardias, partidas avanzadas y escuchas, para que
estuviesen en observacion de la ciudad, y avisasen de cualquier
movimiento que hiciese el enemigo.
Á otro dia cuando amaneció, pudo el Rey contemplar y admirar aquella
ciudad hermosa que esperaba en breve añadir á sus dominios. Por una
parte estaba rodeada de arboledas, huertas y viñedos, que hacian
verdear los cerros convecinos: por otra le bañaba un mar tranquilo,
en cuyo plácido seno se reflejaban sus palacios, sus torres y
fortalezas; obras de grandes varones, en muchos y antiguos tiempos
construidas, para mayor seguridad de los habitadores de una morada
tan deliciosa. Por entre las torres y edificios se descubrian los
pensiles de los ciudadanos, donde florecian el cidro, el naranjo y el
granado, y con ellos la erguida palma y el robusto cedro, indicando
la opulencia y lujo que reinaban en el interior.
Entretanto el ejército cristiano, distribuyéndose en derredor de
la ciudad, la cercó por todas partes; se tomó posesion de todos
los puntos importantes, y á cada capitan se le señaló su estancia
respectiva. El encargo de guardar el cerro, que con tanto trabajo
se habia ganado, fue confiado á Rodrigo Ponce de Leon, marqués de
Cádiz, que en todas las ocasiones aspiraba al puesto de mas peligro:
su campamento se componia de mil y quinientos caballos y catorce
mil infantes, extendiéndose desde la cumbre de aquella altura hasta
la orilla del mar, y cerrando asi enteramente por este lado el paso
para la plaza. Desde este punto partia una línea de campamentos
fortificados con fosos y vallados que rodeaban toda la ciudad hasta
la marina, donde las naves y galeras del Rey apostadas en el puerto,
acababan de bloquear la plaza por mar y tierra. En ciertos parages
habia talleres de varios artífices; herreros, con fraguas siempre
encendidas; carpinteros que al golpe de sus martillos hacian resonar
el valle; ingenieros que construian máquinas para el asalto de la
plaza; en fin, picapedreros y carboneros, que los unos labraban las
piedras para la artillería, y los otros hacian el carbon para los
hornos y fraguas.
Sentados los reales, se desembarcó la artillería gruesa, se
construyeron baterías, y en el cerro que ocupaba el marqués de
Cádiz se plantaron cinco lombardas grandes para batir el castillo
de Gibralfaro que estaba enfrente. Los moros hicieron los mayores
esfuerzos para estorbar estas operaciones, y con el fuego de su
artillería molestaron de tal manera á la gente ocupada en los
trabajos, que fue menester abandonarlos de dia para continuarlos por
la noche. Tiraron asimismo con tanto acierto contra la tienda real,
que se habia colocado en un punto al alcance de las baterías, que fue
necesario mudarla de alli para ponerla tras de una cuesta. Estando
concluidos los trabajos, rompieron el fuego las baterías cristianas,
y contestaron á las de la plaza con un cañoneo tremendo; al mismo
tiempo que los navíos de la flota, acercándose á tierra, combatieron
vigorosamente la ciudad por aquella parte.
Era un espectáculo grandioso é imponente ver tanto aparato militar,
tanta batería, tanto cerro poblado de tiendas, con las enseñas de
los mas ínclitos guerreros de Castilla; las galeras y navíos que
cubrian el mar, las embarcaciones que iban y venian, y el contínuo
llegar de tropas, provisiones y pertrechos. Empero causaba horror el
estruendo de la artillería, y el estrago que hacian las lombardas,
singularmente las de una batería cristiana, que se llamaban las
siete hermanas Jimenas. De dia no cesaba el bombardeo; de noche se
veian resplandecer en los aires los combustibles que se arrojaban
á la plaza, y subir iluminando el cielo las llamas de las casas
incendiadas; y entretanto Hamet el Zegrí y sus Gomeles miraban
complacidos la tempestad que habian suscitado, y se gozaban con los
horrores de la guerra.
[Ilustración]