_De la ciudad de Málaga, y de sus habitantes._
La ciudad de Málaga era la plaza mas importante, y al mismo tiempo la
mas fuerte, del reino de Granada. Fundada en un valle hermoso á la
ribera del mar, la defendia por un lado una cordillera de montañas, y
por otro bañaban el pié de sus baluartes las olas del mediterráneo.
Sus murallas eran altas, macizas, y coronadas de muchas torres. Dos
castillos formidables dominaban la poblacion: el uno la Alcazaba ó
ciudadela, que estaba en la pendiente de una cuesta junto al mar:
el otro, Gibralfaro, situado en la cumbre de la misma cuesta en un
sitio donde antiguamente hubo un faro ó fanal, de donde tomó su
nombre, por una corrupcion de Gibel fano, cerro del fanal; y este
castillo era tan fuerte por su situacion y defensas, que se tenia por
inexpugnable. De la una á la otra fortaleza se comunicaba por medio
de un camino cubierto, seis pasos de ancho, que corria de arriba
abajo entre dos murallas paralelas. Inmediatos á la ciudad habia dos
grandes arrabales; en el uno, por la parte del mar, estaban las
casas de recreo y jardines de los ciudadanos mas opulentos; en el
otro, por la parte de tierra, habia una poblacion numerosa, defendida
por murallas y torres de mucha fuerza.
La ciudad de Málaga, rica, mercantil y populosa, estimaba en mas la
conservacion de un comercio lucrativo que mantenia con el África
y Levante, que el honor de resistir á un asedio, cuyas ruinosas
consecuencias no ignoraba: la paz era sus delicias; y en sus
consejos influia no tanto el voto del guerrero, como el interés del
comerciante. De esta clase era Alí Dordux, uno de los principales;
sus riquezas eran sin cuento, sus navíos cubrian todos los mares, y
su palabra era ley en la ciudad. Reuniendo á los primeros y mas ricos
de sus compañeros, acudió Alí á la Alcazaba, donde hizo al alcaide
Aben Connixa un discurso, representándole la inutilidad de toda
resistencia, los males que debia acarrear un sitio, y la ruina que se
seguiria á la toma de la ciudad á fuerza de armas. Por otra parte le
puso delante el favor que podrian esperar del Monarca de Castilla,
si pronta y voluntariamente reconocian á Boabdil por Rey, la segura
posesion de sus bienes, y el comercio provechoso con los puertos de
los cristianos. El alcaide escuchó con atencion estos consejos, y
cediendo á las instancias que se le hicieron, salió al real cristiano
para tratar de conciertos con el Rey, habiendo dejado á su hermano
con el mando.
Mandaba á esta sazon en el castillo de Gibralfaro aquel moro
belicoso, enemigo implacable de los cristianos, aquel Hamet el Zegrí,
alcaide de Ronda, tan valiente y tan temido. Tenia Hamet consigo
el remanente de sus Gomeles, y otros de la misma tribu que se le
habian agregado. Mirando estos bárbaros la ciudad de Málaga desde
los antiguos torreones de su encumbrado castillo, donde se anidaban
como aves de rapiña, contemplaban con todo el desprecio del orgullo
militar aquella poblacion mercantil, que tenian cargo de defender,
estimando en mas que á sus moradores, sus fortalezas y defensas. La
guerra era su oficio, las escenas de peligro y sangre sus delicias; y
confiados en la fuerza de la plaza y en la de su castillo, tenian en
poco la guerra con que el cristiano les amenazaba.
Tales eran los elementos de la guarnicion de Gibralfaro, y el furor
de sus soldados al saber que se trataba de la entrega de Málaga,
y que el alcaide de la Alcazaba lo consentia, puede fácilmente
concebirse. Para evitar una degradacion semejante, no reparó Hamet
en la violencia de los medios: bajó con sus Gomeles á la ciudadela,
y entrando en ella repentinamente dió la muerte al hermano del
alcaide Aben Connixa, asi como á todos los que presentaron la menor
resistencia, y en seguida convocó á los habitantes de Málaga para
deliberar sobre las medidas que convenia tomar en defensa de la
plaza[3].
[3] Cura de los Palacios, cap. 82.
Á consecuencia de esta intimacion, acudieron de nuevo á la Alcazaba
los principales de la ciudad. Llegando á la presencia de Hamet,
vieron con temeroso respeto la feroz guardia africana que le
rodeaba, y las señales de la reciente carnicería que alli se habia
cometido. “El alcaide Aben Connixa, dijo el Zegrí con tono altivo y
mirar torvo, ha sido un traidor á su Soberano y á vosotros, pues ha
conspirado para entregar la ciudad á los cristianos: el enemigo se
acerca, y conviene que luego elijais otro gefe mas digno del honroso
cargo de defenderos.”
Á esto respondieron todos que solo él era capaz de mandar en
aquellas circunstancias; y quedando asi Hamet constituido alcaide
de Málaga, procedió á guarnecer todas las fortalezas y torres con
sus partidarios, é hizo las demas prevenciones necesarias para una
vigorosa resistencia.
Con la noticia de estos acontecimientos, cesaron las negociaciones
entre Fernando y el destituido alcaide Aben Connixa; y pues
parecia que no quedaba otro recurso, se trató de emprender el
asedio de aquella plaza. En esto el marqués de Cádiz, que habia
hecho conocimiento en Velez con un moro principal, amigo de Hamet,
y natural de Málaga, manifestó al Rey que por este conducto se
podrian hacer proposiciones al alcaide de Málaga para la entrega de
la ciudad, ó á lo menos para la del castillo de Gibralfaro. Vino
Fernando en ello, y aprobando el pensamiento del Marqués, le dijo:
“En vuestras manos pongo este negocio, y la llave de mi tesoro; no
repareis ni en el gasto ni en las condiciones, y haced á mi nombre
lo que mejor os pareciere.” El moro, que estaba ya prevenido y
conforme, partió en compañía de otro moro amigo suyo, para desempeñar
esta comision, habiendo el Marqués provisto á entrambos de armas
y caballos. Llevaban cartas secretas del Marqués para Hamet,
ofreciéndole la villa de Coin en herencia perpetua, y cuatro mil
doblas de oro, si entregaba el castillo de Gibralfaro; juntamente con
una suma cuantiosa para distribuir entre los oficiales y la tropa:
para la entrega de la ciudad los ofrecimientos eran sin límites[4].
[4] Cura de los Palacios, cap. 82.
Hamet, que apreciaba el carácter guerrero del marqués de Cádiz,
recibió á sus mensageros en el castillo de Gibralfaro, con atencion y
cortesía, escuchó con paciencia las proposiciones que le hicieren,
y los despidió con un salvo conducto para la vuelta; pero se negó
absolutamente á entrar en ningun trato.
La respuesta de Hamet no pareció tan perentoria, que no debiese
hacerse otra tentativa. En efecto, despacho el Marqués otros
emisarios con nuevas proposiciones; los cuales llegando á Málaga
una noche, hallaron que se habian doblado las guardias, que
rondaban patrullas por todas partes, y que habia una vigilancia
extraordinaria: en fin, fueron descubiertos y perseguidos, debiendo
solo su seguridad á la ligereza de sus caballos, y al conocimiento
práctico que tenian del pais.
Visto por el Rey que la fidelidad de Hamet el Zegrí no sucumbia á las
ofertas que se le hacian, mandó intimarle públicamente la rendicion,
ofreciendo las condiciones mas favorables en el caso de una sumision
voluntaria, y amenazando á todos con la cautividad en el caso de
resistencia.
Recibió Hamet esta intimacion en presencia de los habitantes
principales, de los que ninguno se atrevió á interponer palabra, por
el temor que le tenian. La respuesta fue que la ciudad de Málaga le
habia sido encomendada, no para entregarla como el Rey pedia, sino
para defenderla como veria[5].
[5] Pulgar parte III. c. 74.
Vueltos los mensageros al real, informaron sobre el estado de la
ciudad, ponderando el número de la guarnicion, la extension de sus
fortalezas, y el espíritu decidido del alcaide y de la tropa. El
Rey expidió inmediatamente sus órdenes para que se adelantase la
artillería, y el dia 7 de mayo marchó con su ejército á ponerse sobre
Málaga.
[Ilustración]