CAPÍTULO IV.

_De la ciudad de Málaga, y de sus habitantes._

La ciudad de Málaga era la plaza mas importante, y al mismo tiempo la

mas fuerte, del reino de Granada. Fundada en un valle hermoso á la

ribera del mar, la defendia por un lado una cordillera de montañas, y

por otro bañaban el pié de sus baluartes las olas del mediterráneo.

Sus murallas eran altas, macizas, y coronadas de muchas torres. Dos

castillos formidables dominaban la poblacion: el uno la Alcazaba ó

ciudadela, que estaba en la pendiente de una cuesta junto al mar:

el otro, Gibralfaro, situado en la cumbre de la misma cuesta en un

sitio donde antiguamente hubo un faro ó fanal, de donde tomó su

nombre, por una corrupcion de Gibel fano, cerro del fanal; y este

castillo era tan fuerte por su situacion y defensas, que se tenia por

inexpugnable. De la una á la otra fortaleza se comunicaba por medio

de un camino cubierto, seis pasos de ancho, que corria de arriba

abajo entre dos murallas paralelas. Inmediatos á la ciudad habia dos

grandes arrabales; en el uno, por la parte del mar, estaban las

casas de recreo y jardines de los ciudadanos mas opulentos; en el

otro, por la parte de tierra, habia una poblacion numerosa, defendida

por murallas y torres de mucha fuerza.

La ciudad de Málaga, rica, mercantil y populosa, estimaba en mas la

conservacion de un comercio lucrativo que mantenia con el África

y Levante, que el honor de resistir á un asedio, cuyas ruinosas

consecuencias no ignoraba: la paz era sus delicias; y en sus

consejos influia no tanto el voto del guerrero, como el interés del

comerciante. De esta clase era Alí Dordux, uno de los principales;

sus riquezas eran sin cuento, sus navíos cubrian todos los mares, y

su palabra era ley en la ciudad. Reuniendo á los primeros y mas ricos

de sus compañeros, acudió Alí á la Alcazaba, donde hizo al alcaide

Aben Connixa un discurso, representándole la inutilidad de toda

resistencia, los males que debia acarrear un sitio, y la ruina que se

seguiria á la toma de la ciudad á fuerza de armas. Por otra parte le

puso delante el favor que podrian esperar del Monarca de Castilla,

si pronta y voluntariamente reconocian á Boabdil por Rey, la segura

posesion de sus bienes, y el comercio provechoso con los puertos de

los cristianos. El alcaide escuchó con atencion estos consejos, y

cediendo á las instancias que se le hicieron, salió al real cristiano

para tratar de conciertos con el Rey, habiendo dejado á su hermano

con el mando.

Mandaba á esta sazon en el castillo de Gibralfaro aquel moro

belicoso, enemigo implacable de los cristianos, aquel Hamet el Zegrí,

alcaide de Ronda, tan valiente y tan temido. Tenia Hamet consigo

el remanente de sus Gomeles, y otros de la misma tribu que se le

habian agregado. Mirando estos bárbaros la ciudad de Málaga desde

los antiguos torreones de su encumbrado castillo, donde se anidaban

como aves de rapiña, contemplaban con todo el desprecio del orgullo

militar aquella poblacion mercantil, que tenian cargo de defender,

estimando en mas que á sus moradores, sus fortalezas y defensas. La

guerra era su oficio, las escenas de peligro y sangre sus delicias; y

confiados en la fuerza de la plaza y en la de su castillo, tenian en

poco la guerra con que el cristiano les amenazaba.

Tales eran los elementos de la guarnicion de Gibralfaro, y el furor

de sus soldados al saber que se trataba de la entrega de Málaga,

y que el alcaide de la Alcazaba lo consentia, puede fácilmente

concebirse. Para evitar una degradacion semejante, no reparó Hamet

en la violencia de los medios: bajó con sus Gomeles á la ciudadela,

y entrando en ella repentinamente dió la muerte al hermano del

alcaide Aben Connixa, asi como á todos los que presentaron la menor

resistencia, y en seguida convocó á los habitantes de Málaga para

deliberar sobre las medidas que convenia tomar en defensa de la

plaza[3].

[3] Cura de los Palacios, cap. 82.

Á consecuencia de esta intimacion, acudieron de nuevo á la Alcazaba

los principales de la ciudad. Llegando á la presencia de Hamet,

vieron con temeroso respeto la feroz guardia africana que le

rodeaba, y las señales de la reciente carnicería que alli se habia

cometido. “El alcaide Aben Connixa, dijo el Zegrí con tono altivo y

mirar torvo, ha sido un traidor á su Soberano y á vosotros, pues ha

conspirado para entregar la ciudad á los cristianos: el enemigo se

acerca, y conviene que luego elijais otro gefe mas digno del honroso

cargo de defenderos.”

Á esto respondieron todos que solo él era capaz de mandar en

aquellas circunstancias; y quedando asi Hamet constituido alcaide

de Málaga, procedió á guarnecer todas las fortalezas y torres con

sus partidarios, é hizo las demas prevenciones necesarias para una

vigorosa resistencia.

Con la noticia de estos acontecimientos, cesaron las negociaciones

entre Fernando y el destituido alcaide Aben Connixa; y pues

parecia que no quedaba otro recurso, se trató de emprender el

asedio de aquella plaza. En esto el marqués de Cádiz, que habia

hecho conocimiento en Velez con un moro principal, amigo de Hamet,

y natural de Málaga, manifestó al Rey que por este conducto se

podrian hacer proposiciones al alcaide de Málaga para la entrega de

la ciudad, ó á lo menos para la del castillo de Gibralfaro. Vino

Fernando en ello, y aprobando el pensamiento del Marqués, le dijo:

“En vuestras manos pongo este negocio, y la llave de mi tesoro; no

repareis ni en el gasto ni en las condiciones, y haced á mi nombre

lo que mejor os pareciere.” El moro, que estaba ya prevenido y

conforme, partió en compañía de otro moro amigo suyo, para desempeñar

esta comision, habiendo el Marqués provisto á entrambos de armas

y caballos. Llevaban cartas secretas del Marqués para Hamet,

ofreciéndole la villa de Coin en herencia perpetua, y cuatro mil

doblas de oro, si entregaba el castillo de Gibralfaro; juntamente con

una suma cuantiosa para distribuir entre los oficiales y la tropa:

para la entrega de la ciudad los ofrecimientos eran sin límites[4].

[4] Cura de los Palacios, cap. 82.

Hamet, que apreciaba el carácter guerrero del marqués de Cádiz,

recibió á sus mensageros en el castillo de Gibralfaro, con atencion y

cortesía, escuchó con paciencia las proposiciones que le hicieren,

y los despidió con un salvo conducto para la vuelta; pero se negó

absolutamente á entrar en ningun trato.

La respuesta de Hamet no pareció tan perentoria, que no debiese

hacerse otra tentativa. En efecto, despacho el Marqués otros

emisarios con nuevas proposiciones; los cuales llegando á Málaga

una noche, hallaron que se habian doblado las guardias, que

rondaban patrullas por todas partes, y que habia una vigilancia

extraordinaria: en fin, fueron descubiertos y perseguidos, debiendo

solo su seguridad á la ligereza de sus caballos, y al conocimiento

práctico que tenian del pais.

Visto por el Rey que la fidelidad de Hamet el Zegrí no sucumbia á las

ofertas que se le hacian, mandó intimarle públicamente la rendicion,

ofreciendo las condiciones mas favorables en el caso de una sumision

voluntaria, y amenazando á todos con la cautividad en el caso de

resistencia.

Recibió Hamet esta intimacion en presencia de los habitantes

principales, de los que ninguno se atrevió á interponer palabra, por

el temor que le tenian. La respuesta fue que la ciudad de Málaga le

habia sido encomendada, no para entregarla como el Rey pedia, sino

para defenderla como veria[5].

[5] Pulgar parte III. c. 74.

Vueltos los mensageros al real, informaron sobre el estado de la

ciudad, ponderando el número de la guarnicion, la extension de sus

fortalezas, y el espíritu decidido del alcaide y de la tropa. El

Rey expidió inmediatamente sus órdenes para que se adelantase la

artillería, y el dia 7 de mayo marchó con su ejército á ponerse sobre

Málaga.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (2 de 2) · 第 5 / 84 题