_Ingratitud de los Granadinos para con el valiente Muley Audalla, el
Zagal: rendicion de Velez-málaga y otras plazas._
La salida del anciano guerrero Muley Audalla, el Zagal, para defender
su territorio, dejando en Granada un rival poderoso, se celebró alli
como una bizarría digna de admiracion: sus pasadas hazañas y su valor
acreditado inspiraban á todos las mas lisongeras esperanzas, al paso
que la apatía de Boabdil, que miraba tranquilo la invasion y ruina de
su pátria, tenia exasperados los ánimos del pueblo, y llenos de temor
á los que seguian su partido. Se habian suspendido las sangrientas
conmociones de la ciudad, y la atencion pública se dirigia únicamente
á las operaciones del Zagal, á quien contemplaban ya victorioso y de
vuelta para Granada, conduciendo prisionero al Rey de Castilla y á
toda su caballería. Estando todos en tan alegre expectacion, vieron
llegar algunos ginetes fugitivos del ejército moro, que corriendo
la vega, fueron los primeros que anunciaron aquella fatal derrota y
dispersion. Al referir este desastroso suceso, parecia que recordaban
confusamente algun sueño espantoso: no sabian decir cómo ni por qué
habia sucedido: hablaban de un combate empeñado en la oscuridad de la
noche entre rocas y precipicios; de millares de enemigos emboscados
en los pasos y desfiladeros de las montañas; del horror que se
apoderó del ejército, de su fuga, dispersion y ruina.
La llegada de otros fugitivos confirmó en breve estas infaustas
nuevas; y el pueblo de Granada, pasando desde el colmo de la alegría
al extremo del abatimiento, prorumpió en exclamaciones no de dolor,
sí de indignacion: confundian al general con el ejército, á los
abandonados con los desertores; y el Zagal, que habia sido el ídolo
del pueblo, vino á ser el objeto de su execracion. En esto se oyó de
improviso el grito de ¡viva Boabdil el chico! y al punto resuena por
todas partes la misma voz; ¡viva Boabdil el chico!, decian, ¡viva
el legítimo Rey de Granada! y ¡mueran los usurpadores! Llevado de
aquel impulso momentáneo, corre el pueblo al Albaicin, y los mismos
que poco antes habian sitiado á Boabdil, rodean ahora su palacio
con aclamaciones. Conducido á la Alhambra en triunfo, y dueño ya de
Granada y de todas sus fortalezas, se vió este príncipe sentado otra
vez sobre el trono de sus mayores.
Al ceñir aquella corona que tantas veces le habia arrebatado la
inconstante multitud, trató Boabdil de consolidar su poder, y por
órden suya rodaron al suelo las cabezas de cuatro moros principales,
que mas celosos se habian mostrado en la causa de su rival. Estos
castigos eran tan comunes en toda mudanza de gobierno, que el
público, lejos de ofenderse, alabó la moderacion de su Soberano:
cesaron las facciones, y ensalzando todos á Boabdil hasta las nubes,
quedó el Zagal entregado al olvido y menosprecio.
Confundido y humillado por un revés tan repentino cual nunca, acaso,
cupo en suerte á ningun caudillo, se dirigia el Zagal tristemente
hácia Granada: la víspera de aquel dia se habia visto á la cabeza
de un ejército poderoso, sus enemigos le temblaban, y la victoria
parecia que iba á coronarle de laureles: ahora se contemplaba
fugitivo entre los montes; su ejército, su prosperidad, su poderío,
todo se habia desvanecido como un sueño ligero, ó como una ficcion de
la fantasía. Llegando cerca de la ciudad, se detuvo en las márgenes
del Jenil, y envió delante algunos ginetes para tomar lengua; los
cuales volviendo en breve con semblantes decaidos, le dijeron:
“Señor, las puertas de Granada están cerradas para vos; el estandarte
de Boabdil tremola sobre las torres de la Alhambra.” Volvió el Zagal
las riendas á su caballo, y partió silencioso la vuelta de Almuñecar:
desde alli pasó á Almería, y por último se refugió en Guadix, donde
permaneció procurando reunir sus fuerzas, por si alguna mudanza
política le llamaba á nuevas empresas.
Entretanto reinaba en Velez-málaga una penosa incertidumbre sobre
lo que pasaba por fuera: durante la noche anterior habian notado
por los fuegos encendidos en las alturas de Bentomiz, que se les
hacian señales cuyo sentido no comprendian: al amanecer del dia
siguiente vieron que el campamento moro habia desaparecido como
por encanto; y todo se volvia conjeturas y recelos, cuando vieron
llegar á rienda suelta, y entrar por las puertas de la ciudad, al
bizarro Rodovan de Venegas con un escuadron de caballería, triste
fragmento de un ejército florido. La noticia de tan gran revés llenó
á todos de consternacion; pero Rodovan los animó á la resistencia
con la seguridad de ser en breve socorridos desde Granada, y con la
esperanza de que la artillería gruesa de los cristianos se atascaria
en los caminos, y nunca llegaria al campo. Pero esta esperanza en
breve se desvaneció: al dia siguiente vieron entrar en el real un
tren poderoso de lombardas, ribadoquines, catapultas, y una larga
fila de carros con municiones, escoltados por el maestre de Alcántara.
Sabido por los sitiados que Granada habia cerrado sus puertas
contra el Zagal, y que no habia que esperar socorros, trataron de
capitular, aconsejándolo el mismo Rodovan de Venegas, que conocia ser
ya inútil la resistencia. Las condiciones se ajustaron entre Rodovan
y el conde de Cifuentes, que se conocian y estimaban mútuamente;
y aprobadas por Fernando, que deseaba proseguir mas adelante
sus conquistas, y marchar contra Málaga, se entregó la ciudad,
permitiéndose salir á los habitantes con todos sus efectos, menos
las armas, y dejando á cada uno la eleccion de su morada, no siendo
en lugares inmediatos á la mar. Ciento y veinte cristianos de ambos
sexos debieron su libertad á la rendicion de Velez-málaga; y enviados
á Córdoba, fueron recibidos por la Reina y la Infanta doña Isabel en
aquella famosa catedral, donde se celebró con toda solemnidad tan
gran victoria.
Á la entrega de Velez-málaga se siguió la de Bentomiz, Comares, y
todos los lugares y castillos de la Ajarquía. Vinieron diputaciones
de unos cuarenta pueblos de las Alpujarras, cuyos moradores se
sometieron á los Soberanos, jurando obedecerlos como mudejares ó
vasallos moriscos. Se tuvo al mismo tiempo noticia de la revolucion
acaecida en Granada; con cuyo motivo solicitaba Boabdil la proteccion
del Rey en favor de los pueblos que habian vuelto á su obediencia,
ó que renunciasen á su tio, asegurando que no dudaba ser en breve
reconocido por todo el reino, al cual tendria entonces como
vasallo de la corona de Castilla. Accedió Fernando á esta súplica,
extendiendo su proteccion á los habitantes de Granada, los cuales
pudieron asi salir en paz á cultivar sus campos, y comerciar con el
territorio cristiano: iguales ventajas se ofrecieron á los pueblos
que dentro de seis meses abandonasen al Zagal, y volviesen á la
obediencia de Boabdil.
Dadas estas disposiciones, y proveido todo lo necesario al gobierno
del territorio nuevamente adquirido, dirigió Fernando su atencion al
objeto principal de esta campaña, la conquista de la ciudad de Málaga.
[Ilustración]