CAPÍTULO III.

_Ingratitud de los Granadinos para con el valiente Muley Audalla, el

Zagal: rendicion de Velez-málaga y otras plazas._

La salida del anciano guerrero Muley Audalla, el Zagal, para defender

su territorio, dejando en Granada un rival poderoso, se celebró alli

como una bizarría digna de admiracion: sus pasadas hazañas y su valor

acreditado inspiraban á todos las mas lisongeras esperanzas, al paso

que la apatía de Boabdil, que miraba tranquilo la invasion y ruina de

su pátria, tenia exasperados los ánimos del pueblo, y llenos de temor

á los que seguian su partido. Se habian suspendido las sangrientas

conmociones de la ciudad, y la atencion pública se dirigia únicamente

á las operaciones del Zagal, á quien contemplaban ya victorioso y de

vuelta para Granada, conduciendo prisionero al Rey de Castilla y á

toda su caballería. Estando todos en tan alegre expectacion, vieron

llegar algunos ginetes fugitivos del ejército moro, que corriendo

la vega, fueron los primeros que anunciaron aquella fatal derrota y

dispersion. Al referir este desastroso suceso, parecia que recordaban

confusamente algun sueño espantoso: no sabian decir cómo ni por qué

habia sucedido: hablaban de un combate empeñado en la oscuridad de la

noche entre rocas y precipicios; de millares de enemigos emboscados

en los pasos y desfiladeros de las montañas; del horror que se

apoderó del ejército, de su fuga, dispersion y ruina.

La llegada de otros fugitivos confirmó en breve estas infaustas

nuevas; y el pueblo de Granada, pasando desde el colmo de la alegría

al extremo del abatimiento, prorumpió en exclamaciones no de dolor,

sí de indignacion: confundian al general con el ejército, á los

abandonados con los desertores; y el Zagal, que habia sido el ídolo

del pueblo, vino á ser el objeto de su execracion. En esto se oyó de

improviso el grito de ¡viva Boabdil el chico! y al punto resuena por

todas partes la misma voz; ¡viva Boabdil el chico!, decian, ¡viva

el legítimo Rey de Granada! y ¡mueran los usurpadores! Llevado de

aquel impulso momentáneo, corre el pueblo al Albaicin, y los mismos

que poco antes habian sitiado á Boabdil, rodean ahora su palacio

con aclamaciones. Conducido á la Alhambra en triunfo, y dueño ya de

Granada y de todas sus fortalezas, se vió este príncipe sentado otra

vez sobre el trono de sus mayores.

Al ceñir aquella corona que tantas veces le habia arrebatado la

inconstante multitud, trató Boabdil de consolidar su poder, y por

órden suya rodaron al suelo las cabezas de cuatro moros principales,

que mas celosos se habian mostrado en la causa de su rival. Estos

castigos eran tan comunes en toda mudanza de gobierno, que el

público, lejos de ofenderse, alabó la moderacion de su Soberano:

cesaron las facciones, y ensalzando todos á Boabdil hasta las nubes,

quedó el Zagal entregado al olvido y menosprecio.

Confundido y humillado por un revés tan repentino cual nunca, acaso,

cupo en suerte á ningun caudillo, se dirigia el Zagal tristemente

hácia Granada: la víspera de aquel dia se habia visto á la cabeza

de un ejército poderoso, sus enemigos le temblaban, y la victoria

parecia que iba á coronarle de laureles: ahora se contemplaba

fugitivo entre los montes; su ejército, su prosperidad, su poderío,

todo se habia desvanecido como un sueño ligero, ó como una ficcion de

la fantasía. Llegando cerca de la ciudad, se detuvo en las márgenes

del Jenil, y envió delante algunos ginetes para tomar lengua; los

cuales volviendo en breve con semblantes decaidos, le dijeron:

“Señor, las puertas de Granada están cerradas para vos; el estandarte

de Boabdil tremola sobre las torres de la Alhambra.” Volvió el Zagal

las riendas á su caballo, y partió silencioso la vuelta de Almuñecar:

desde alli pasó á Almería, y por último se refugió en Guadix, donde

permaneció procurando reunir sus fuerzas, por si alguna mudanza

política le llamaba á nuevas empresas.

Entretanto reinaba en Velez-málaga una penosa incertidumbre sobre

lo que pasaba por fuera: durante la noche anterior habian notado

por los fuegos encendidos en las alturas de Bentomiz, que se les

hacian señales cuyo sentido no comprendian: al amanecer del dia

siguiente vieron que el campamento moro habia desaparecido como

por encanto; y todo se volvia conjeturas y recelos, cuando vieron

llegar á rienda suelta, y entrar por las puertas de la ciudad, al

bizarro Rodovan de Venegas con un escuadron de caballería, triste

fragmento de un ejército florido. La noticia de tan gran revés llenó

á todos de consternacion; pero Rodovan los animó á la resistencia

con la seguridad de ser en breve socorridos desde Granada, y con la

esperanza de que la artillería gruesa de los cristianos se atascaria

en los caminos, y nunca llegaria al campo. Pero esta esperanza en

breve se desvaneció: al dia siguiente vieron entrar en el real un

tren poderoso de lombardas, ribadoquines, catapultas, y una larga

fila de carros con municiones, escoltados por el maestre de Alcántara.

Sabido por los sitiados que Granada habia cerrado sus puertas

contra el Zagal, y que no habia que esperar socorros, trataron de

capitular, aconsejándolo el mismo Rodovan de Venegas, que conocia ser

ya inútil la resistencia. Las condiciones se ajustaron entre Rodovan

y el conde de Cifuentes, que se conocian y estimaban mútuamente;

y aprobadas por Fernando, que deseaba proseguir mas adelante

sus conquistas, y marchar contra Málaga, se entregó la ciudad,

permitiéndose salir á los habitantes con todos sus efectos, menos

las armas, y dejando á cada uno la eleccion de su morada, no siendo

en lugares inmediatos á la mar. Ciento y veinte cristianos de ambos

sexos debieron su libertad á la rendicion de Velez-málaga; y enviados

á Córdoba, fueron recibidos por la Reina y la Infanta doña Isabel en

aquella famosa catedral, donde se celebró con toda solemnidad tan

gran victoria.

Á la entrega de Velez-málaga se siguió la de Bentomiz, Comares, y

todos los lugares y castillos de la Ajarquía. Vinieron diputaciones

de unos cuarenta pueblos de las Alpujarras, cuyos moradores se

sometieron á los Soberanos, jurando obedecerlos como mudejares ó

vasallos moriscos. Se tuvo al mismo tiempo noticia de la revolucion

acaecida en Granada; con cuyo motivo solicitaba Boabdil la proteccion

del Rey en favor de los pueblos que habian vuelto á su obediencia,

ó que renunciasen á su tio, asegurando que no dudaba ser en breve

reconocido por todo el reino, al cual tendria entonces como

vasallo de la corona de Castilla. Accedió Fernando á esta súplica,

extendiendo su proteccion á los habitantes de Granada, los cuales

pudieron asi salir en paz á cultivar sus campos, y comerciar con el

territorio cristiano: iguales ventajas se ofrecieron á los pueblos

que dentro de seis meses abandonasen al Zagal, y volviesen á la

obediencia de Boabdil.

Dadas estas disposiciones, y proveido todo lo necesario al gobierno

del territorio nuevamente adquirido, dirigió Fernando su atencion al

objeto principal de esta campaña, la conquista de la ciudad de Málaga.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (2 de 2) · 第 4 / 84 题