_Sale el Rey de Granada para levantar el sitio de Velez-málaga;
intenta sorprender á los cristianos: resultado de esta empresa._
En tanto que el estandarte de la cruz tremolaba delante de
Velez-málaga, las facciones rivales del Albaicin y la Alhambra
seguian afligiendo con sus disensiones á la infeliz Granada. La
noticia de hallarse sitiada aquella plaza llamó al fin la atencion
de los viejos y alfaquís, los cuales, dirigiéndose al pueblo, le
representaron el peligro que á todos amenazaba. “¿Qué contiendas
son estas, decian, en que aun el triunfo es ignominioso, y en que
el vencedor oculta sonrojado sus heridas? Los cristianos están
devastando la tierra que ganaron vuestros padres con su valor y
sangre, habitan las mismas casas que éstos edificaron, gozan la
sombra de los árboles que plantaron; y entretanto vuestros hermanos
andan por el mundo desterrados y peregrinos. ¿Buscais á vuestro
enemigo verdadero?... acampado está en las alturas de Bentomiz.
¿Quereis ocasion en que mostrar vuestro valor?... hallareis no pocas
bajo los muros de Velez-málaga.”
Habiendo asi conmovido los ánimos del pueblo, se presentaron á los
dos Reyes contrarios, á quienes dirigieron iguales reconvenciones.
La situacion del Zagal era en extremo delicada: dos enemigos, uno
de casa, otro de fuera, le guerreaban al mismo tiempo: si dejaba
á los cristianos apoderarse de Velez-málaga, era consiguiente la
perdicion del Reino: si salia á contenerlos, debia temer que Boabdil,
en su ausencia, se levantase con el mando. En tal estado determinó
concertarse con su sobrino, á quien hizo presente cuanto sufria la
pátria por efecto de sus discordias, y cuán fácil seria habiendo
union, remediarlo todo, y acabar de una vez con los cristianos, que
de suyo se habian metido en la sepultura, sin que faltase mas que
echarles la tierra encima: ofreció dejar el título de Rey, reconocer
como tal á su sobrino, y pelear bajo su bandera; solo pedia que
se le permitiese marchar al socorro de Velez-málaga, y castigar
á los cristianos. Pero Boabdil, tratando de artificiosas estas
proposiciones, las desechó con indignacion: “¿Cómo, dijo, he de
fiarme de un traidor, que se ha ensangrentado en mi familia, y que ha
buscado mi muerte por tantos modos y en tantas ocasiones?”
Quedó el Zagal confuso y despechado con esta repulsa; pero no habia
tiempo que perder: los clamores del pueblo, que veia abandonadas
al enemigo las mejores ciudades del reino, y el ardor de los
caballeros de su corte, impacientes por salir al campo, exigian
una pronta resolucion, y se decidió á marchar contra el enemigo.
Poniéndose, pues, á la cabeza de una fuerza de mil caballos y veinte
mil infantes, salió repentinamente una noche, y se dirigió por las
montañas que se extienden desde Granada hasta Bentomiz, tomando los
caminos menos transitados, y marchando con tal rapidez, que llegó á
las alturas de este pueblo, antes que el Rey Fernando tuviese noticia
de sus movimientos.
Alarmáronse los cristianos una tarde, viendo arder grandes hogueras
en las montañas inmediatas á Bentomiz. Á la roja luz de las llamas
se descubria el brillo de las armas y el aparato de la guerra, y se
oia á lo lejos el sonido de los timbales y trompetas de los moros.
Á los fuegos de Bentomiz respondian otros fuegos desde las torres
de Velez-málaga, y el grito de, ¡el Zagal, el Zagal! resonaba de
cerro en cerro, anunciando á los cristianos que el belicoso Rey de
Granada campeaba en las alturas que dominaban al real. Iguales eran
con este motivo la sorpresa del Rey de Castilla y el regocijo de los
moros. El conde de Cabra, con su ardor acostumbrado, queria escalar
aquellos cerros, y atacar al Zagal antes que pudiese formar su campo;
pero no lo consintió Fernando por no exponerse á tener que levantar
el sitio, y mandó que permaneciesen todos guardando sus respectivos
puestos, sin moverse para buscar al enemigo.
Toda aquella noche ardieron los fuegos que coronaban las montañas.
Al dia siguiente presentaban las cercanías de Bentomiz una escena
marcial y pintoresca. Los rayos del sol naciente doraban los altos
picos de la sierra, y deslizándose por la ladera abajo, caian de
soslayo sobre las tiendas de los guerreros castellanos, dando á su
blancura un realce singular, y mayor viveza á los colores de las
banderetas con que se distinguian. El suntuoso pabellon del Rey
descollaba sobre todo el campamento; y plantados en una eminencia,
ondeaban al aire libre los estandartes de Castilla y de Aragon. Mas
allá se descubria la ciudad, su encumbrado castillo, y sus fuertes
torres, en que relumbraban las armas de los infieles; siendo remate
de esta perspectiva el campamento moro, que guarnecia el perfil de
la sierra, y que, á los resplandores del nuevo sol, se mostraba
reluciente de armas, pabellones y divisas. Veíanse subir columnas de
humo donde la noche anterior se habian encendido las hogueras; y la
aguda voz de la trompeta, el ronco sonido de las cajas, y el relincho
de los caballos, se oia confusamente desde aquella elevacion aérea;
que es tan puro y diáfano el atmósfera en esta region, que se oyen
los sonidos y se distinguen los objetos á una gran distancia, y asi
pudieron fácilmente los cristianos ver la multitud de enemigos que se
reunian contra ellos en las montañas inmediatas.
La primera disposicion del Rey moro fue destacar una fuerza
competente al mando de Rodovan de Vanegas, gobernador de Granada, con
órden de dar sobre el convoy de artillería que se encaminaba al real
cristiano; pero la diligencia con que salió á impedirlo el maestre
de Alcántara, le obligó á revocar esta órden; permaneciendo asi
unos y otros sin osar venirse á las manos, y el Zagal contemplando
desde arriba el campo enemigo, como tigre que espera la ocasion de
saltear alguna presa. Habiéndosele frustrado este proyecto, concibió
el de sorprender á los cristianos por medio de un ataque repentino
concertado con los moros de la ciudad. Al efecto escribió al alcaide
de ella, previniéndole que á la medianoche, cuando viese la señal de
un fuego en cierto punto de la sierra, saliese con toda su guarnicion
para dar furiosamente sobre las guardias del real: el Rey acometeria
al mismo tiempo por la parte opuesta; de modo que envolviendo
al enemigo en el silencio de la noche, seria fácil arrollarlo y
destruirlo.
Iba ya el sol tocando el término de su carrera, y las largas sombras
que caian de las montañas, empezaban á oscurecer la vega. Veia el
fiero Zagal llegar la hora de ejecutar sus planes, y ya miraba como
víctimas suyas á los cristianos, agenos, al parecer, del peligro que
los amenazaba. “¡Alá achbar!, exclamó, señalando el campo enemigo,
¡Dios es grande! El ha traido á nuestras manos este Rey infiel con
toda su caballería, para que con un glorioso triunfo recobremos
todo lo perdido. ¡Aqui de nuestro valor y esfuerzo!, y dichoso el
que muere peleando por la causa del profeta, que ese pasará en
derechura al paraiso de los fieles, y gozará la belleza inmortal de
las _houris_ celestiales: dichoso el que sobreviva á esta victoria,
pues él volverá á Granada, y la verá en toda su hermosura, libre de
enemigos, y restituida á su primitiva gloria.”
Llegó al fin la hora señalada, y por órden del Rey moro se encendió
una llama viva en la parte mas elevada de Bentomiz; pero en vano fue
esperar la señal correspondiente que debia hacerse en la ciudad.
Apurada la paciencia del Zagal con esta tardanza, empezó á mover la
sierra abajo con su gente, para atacar al real cristiano. Avanzando
por un desfiladero que conducia al llano, dieron de improviso con
un cuerpo numeroso de cristianos: oyese al mismo tiempo una vocería
terrible, y se ven los moros acometidos cuando menos lo esperaban.
Confuso y sobresaltado, manda el Zagal retirar sus tropas, y se
recoge á las alturas: hace una señal, y al punto empiezan á arder
por todos aquellos cerros muchas y grandes hogueras que estaban ya
prevenidas. El resplandor de las llamas iluminaba el horizonte,
esparciendo en aquellos contornos una luz tan viva, que todo se
descubria, las entradas y pasos de la sierra, el campo cristiano, su
situacion y sus defensas. Donde quiera que volvia los ojos veia el
Zagal relumbrar á la luz de los fuegos, las espadas, yelmos y corazas
de sus enemigos; no habia paso que no estuviese herizado de lanzas
cristianas, ni punto que no estuviese guardado por escuadrones de á
caballo y de á pié ordenados en batalla.
Conviene saber que la carta que el Rey moro dirigió al alcaide de
Velez-málaga habia sido interceptada por el vigilante Fernando, que
tomó con prontitud y sigilo las medidas convenientes para recibir al
enemigo.
Desesperado y furioso el Zagal al ver que se habian descubierto y
frustrado sus designios, mandó avanzar sus tropas al ataque. En
efecto, bajaron los moros aquellas cuestas impetuosamente y con
grandes alaridos; pero de nuevo los detuvieron y rechazaron los
cristianos apostados en la hondonada, los cuales eran la division de
don Diego Hurtado de Mendoza, hermano del gran cardenal. Los moros,
retirándose como antes á las alturas, donde no podian seguirles los
soldados de don Diego, hicieron desde alli un fuego bien sostenido
de arcabuces y ballestas, correspondiéndoles los cristianos con
descargas de artillería. Asi se pasó la mayor parte de la noche: al
estruendo de los tiros retumbaban los montes y valles, y el lúgubre
resplandor de las hogueras hacia resaltar lo terrible de aquella
nocturna escena.
Venida el alba, y viendo los moros que no habia cooperacion por
parte de la ciudad, empezaron á desanimarse, y á temer que subiesen
al asalto de aquellas cuestas las tropas cristianas que guardaban
en gran número todas las entradas y pasos de la sierra. Á esta
sazon fue cuando envió Fernando al marqués de Cádiz con gente de
á caballo y de á pié para apoderarse de un cerro que ocupaba uno
de los batallones del enemigo. Subió allá el Marqués, y con su
intrepidez acostumbrada atacó á los moros, que luego abandonaron el
puesto huyendo. Los demas, que ocupaban otros puntos, alarmados al
ver huir á sus compañeros, se retiran en desórden. Un terror pánico
se apodera de toda la hueste; y arrojando las armas, se entrega
aquella numerosa morisma á una fuga desordenada. Derramándose por las
montañas, se precipitan por todos los pasos y desfiladeros, y huyen
sin saber de que, y sin que nadie los persiga, sembrando el suelo
de espadas, lanzas, corazas y ballestas, que dejan para correr mas
fácilmente. Solo Rodovan de Venegas pudo en tanta confusion reunir
algunos pocos, con los cuales efectuó su entrada en Velez-málaga;
todos los demas gefes, y el Rey con ellos, tuvieron que seguir á
los fugitivos. El marqués de Cádiz, como viese despejado el campo,
y que no se le hacia oposicion, movió adelante con sus gentes; y
subiendo de cuesta en cuesta con mucha circunspeccion por el temor de
alguna estratagema, llegó al sitio que el ejército moro acababa de
abandonar: alli ningun enemigo se le presentó: todo estaba tranquilo;
y solo se veia por el suelo armas, tiendas, banderas y trofeos. La
fuerza con que venia era demasiado corta para perseguir al enemigo;
asi que, cargando con los despojos, se volvió á los reales.
Una derrota tan señalada y milagrosa, llenó de admiracion al Rey
Fernando, haciéndole recelar algun ardid de los que usaban los moros
con frecuencia. Con esta sospecha mandó que toda aquella noche
estuviesen las tropas sobre las armas; dobló las guardias, y en su
tienda la hicieron mil caballeros é hidalgos bien armados, sin que
se disminuyese un punto esta vigilancia, hasta que se tuvo noticia
cierta de la dispersion del ejército del Zagal.
La noticia de tan feliz acontecimiento, llegó á Córdoba á tiempo
que la Reina doña Isabel hacia grandes aprestos para reforzar con
nuevas tropas el ejército de Fernando. Los avisos que se tenian
alli de la situacion peligrosa del ejército real, y de la salida
del Rey de Granada, habian llenado la corte de consternacion, y
afligian el corazon de la Reina con mil temores y presentimientos.
Se habia convocado, para que tomase las armas, á toda la gente de la
Andalucía, exceptuando solo á los ancianos que pasaban de setenta
años: el gran cardenal Mendoza, religioso, estadista y guerrero á un
mismo tiempo, habia prometido mantener á su costa toda la caballería,
y ya la Reina se disponia á partir para el Real cristiano con los
primeros socorros, cuando se suspendió todo con la plausible noticia
de la total derrota de los moros: los cuidados se convirtieron en
alegría, las tropas fueron licenciadas, y este señalado triunfo se
celebró con _Te Deum_ en todas las Iglesias.
[Ilustración]