CAPÍTULO II.

_Sale el Rey de Granada para levantar el sitio de Velez-málaga;

intenta sorprender á los cristianos: resultado de esta empresa._

En tanto que el estandarte de la cruz tremolaba delante de

Velez-málaga, las facciones rivales del Albaicin y la Alhambra

seguian afligiendo con sus disensiones á la infeliz Granada. La

noticia de hallarse sitiada aquella plaza llamó al fin la atencion

de los viejos y alfaquís, los cuales, dirigiéndose al pueblo, le

representaron el peligro que á todos amenazaba. “¿Qué contiendas

son estas, decian, en que aun el triunfo es ignominioso, y en que

el vencedor oculta sonrojado sus heridas? Los cristianos están

devastando la tierra que ganaron vuestros padres con su valor y

sangre, habitan las mismas casas que éstos edificaron, gozan la

sombra de los árboles que plantaron; y entretanto vuestros hermanos

andan por el mundo desterrados y peregrinos. ¿Buscais á vuestro

enemigo verdadero?... acampado está en las alturas de Bentomiz.

¿Quereis ocasion en que mostrar vuestro valor?... hallareis no pocas

bajo los muros de Velez-málaga.”

Habiendo asi conmovido los ánimos del pueblo, se presentaron á los

dos Reyes contrarios, á quienes dirigieron iguales reconvenciones.

La situacion del Zagal era en extremo delicada: dos enemigos, uno

de casa, otro de fuera, le guerreaban al mismo tiempo: si dejaba

á los cristianos apoderarse de Velez-málaga, era consiguiente la

perdicion del Reino: si salia á contenerlos, debia temer que Boabdil,

en su ausencia, se levantase con el mando. En tal estado determinó

concertarse con su sobrino, á quien hizo presente cuanto sufria la

pátria por efecto de sus discordias, y cuán fácil seria habiendo

union, remediarlo todo, y acabar de una vez con los cristianos, que

de suyo se habian metido en la sepultura, sin que faltase mas que

echarles la tierra encima: ofreció dejar el título de Rey, reconocer

como tal á su sobrino, y pelear bajo su bandera; solo pedia que

se le permitiese marchar al socorro de Velez-málaga, y castigar

á los cristianos. Pero Boabdil, tratando de artificiosas estas

proposiciones, las desechó con indignacion: “¿Cómo, dijo, he de

fiarme de un traidor, que se ha ensangrentado en mi familia, y que ha

buscado mi muerte por tantos modos y en tantas ocasiones?”

Quedó el Zagal confuso y despechado con esta repulsa; pero no habia

tiempo que perder: los clamores del pueblo, que veia abandonadas

al enemigo las mejores ciudades del reino, y el ardor de los

caballeros de su corte, impacientes por salir al campo, exigian

una pronta resolucion, y se decidió á marchar contra el enemigo.

Poniéndose, pues, á la cabeza de una fuerza de mil caballos y veinte

mil infantes, salió repentinamente una noche, y se dirigió por las

montañas que se extienden desde Granada hasta Bentomiz, tomando los

caminos menos transitados, y marchando con tal rapidez, que llegó á

las alturas de este pueblo, antes que el Rey Fernando tuviese noticia

de sus movimientos.

Alarmáronse los cristianos una tarde, viendo arder grandes hogueras

en las montañas inmediatas á Bentomiz. Á la roja luz de las llamas

se descubria el brillo de las armas y el aparato de la guerra, y se

oia á lo lejos el sonido de los timbales y trompetas de los moros.

Á los fuegos de Bentomiz respondian otros fuegos desde las torres

de Velez-málaga, y el grito de, ¡el Zagal, el Zagal! resonaba de

cerro en cerro, anunciando á los cristianos que el belicoso Rey de

Granada campeaba en las alturas que dominaban al real. Iguales eran

con este motivo la sorpresa del Rey de Castilla y el regocijo de los

moros. El conde de Cabra, con su ardor acostumbrado, queria escalar

aquellos cerros, y atacar al Zagal antes que pudiese formar su campo;

pero no lo consintió Fernando por no exponerse á tener que levantar

el sitio, y mandó que permaneciesen todos guardando sus respectivos

puestos, sin moverse para buscar al enemigo.

Toda aquella noche ardieron los fuegos que coronaban las montañas.

Al dia siguiente presentaban las cercanías de Bentomiz una escena

marcial y pintoresca. Los rayos del sol naciente doraban los altos

picos de la sierra, y deslizándose por la ladera abajo, caian de

soslayo sobre las tiendas de los guerreros castellanos, dando á su

blancura un realce singular, y mayor viveza á los colores de las

banderetas con que se distinguian. El suntuoso pabellon del Rey

descollaba sobre todo el campamento; y plantados en una eminencia,

ondeaban al aire libre los estandartes de Castilla y de Aragon. Mas

allá se descubria la ciudad, su encumbrado castillo, y sus fuertes

torres, en que relumbraban las armas de los infieles; siendo remate

de esta perspectiva el campamento moro, que guarnecia el perfil de

la sierra, y que, á los resplandores del nuevo sol, se mostraba

reluciente de armas, pabellones y divisas. Veíanse subir columnas de

humo donde la noche anterior se habian encendido las hogueras; y la

aguda voz de la trompeta, el ronco sonido de las cajas, y el relincho

de los caballos, se oia confusamente desde aquella elevacion aérea;

que es tan puro y diáfano el atmósfera en esta region, que se oyen

los sonidos y se distinguen los objetos á una gran distancia, y asi

pudieron fácilmente los cristianos ver la multitud de enemigos que se

reunian contra ellos en las montañas inmediatas.

La primera disposicion del Rey moro fue destacar una fuerza

competente al mando de Rodovan de Vanegas, gobernador de Granada, con

órden de dar sobre el convoy de artillería que se encaminaba al real

cristiano; pero la diligencia con que salió á impedirlo el maestre

de Alcántara, le obligó á revocar esta órden; permaneciendo asi

unos y otros sin osar venirse á las manos, y el Zagal contemplando

desde arriba el campo enemigo, como tigre que espera la ocasion de

saltear alguna presa. Habiéndosele frustrado este proyecto, concibió

el de sorprender á los cristianos por medio de un ataque repentino

concertado con los moros de la ciudad. Al efecto escribió al alcaide

de ella, previniéndole que á la medianoche, cuando viese la señal de

un fuego en cierto punto de la sierra, saliese con toda su guarnicion

para dar furiosamente sobre las guardias del real: el Rey acometeria

al mismo tiempo por la parte opuesta; de modo que envolviendo

al enemigo en el silencio de la noche, seria fácil arrollarlo y

destruirlo.

Iba ya el sol tocando el término de su carrera, y las largas sombras

que caian de las montañas, empezaban á oscurecer la vega. Veia el

fiero Zagal llegar la hora de ejecutar sus planes, y ya miraba como

víctimas suyas á los cristianos, agenos, al parecer, del peligro que

los amenazaba. “¡Alá achbar!, exclamó, señalando el campo enemigo,

¡Dios es grande! El ha traido á nuestras manos este Rey infiel con

toda su caballería, para que con un glorioso triunfo recobremos

todo lo perdido. ¡Aqui de nuestro valor y esfuerzo!, y dichoso el

que muere peleando por la causa del profeta, que ese pasará en

derechura al paraiso de los fieles, y gozará la belleza inmortal de

las _houris_ celestiales: dichoso el que sobreviva á esta victoria,

pues él volverá á Granada, y la verá en toda su hermosura, libre de

enemigos, y restituida á su primitiva gloria.”

Llegó al fin la hora señalada, y por órden del Rey moro se encendió

una llama viva en la parte mas elevada de Bentomiz; pero en vano fue

esperar la señal correspondiente que debia hacerse en la ciudad.

Apurada la paciencia del Zagal con esta tardanza, empezó á mover la

sierra abajo con su gente, para atacar al real cristiano. Avanzando

por un desfiladero que conducia al llano, dieron de improviso con

un cuerpo numeroso de cristianos: oyese al mismo tiempo una vocería

terrible, y se ven los moros acometidos cuando menos lo esperaban.

Confuso y sobresaltado, manda el Zagal retirar sus tropas, y se

recoge á las alturas: hace una señal, y al punto empiezan á arder

por todos aquellos cerros muchas y grandes hogueras que estaban ya

prevenidas. El resplandor de las llamas iluminaba el horizonte,

esparciendo en aquellos contornos una luz tan viva, que todo se

descubria, las entradas y pasos de la sierra, el campo cristiano, su

situacion y sus defensas. Donde quiera que volvia los ojos veia el

Zagal relumbrar á la luz de los fuegos, las espadas, yelmos y corazas

de sus enemigos; no habia paso que no estuviese herizado de lanzas

cristianas, ni punto que no estuviese guardado por escuadrones de á

caballo y de á pié ordenados en batalla.

Conviene saber que la carta que el Rey moro dirigió al alcaide de

Velez-málaga habia sido interceptada por el vigilante Fernando, que

tomó con prontitud y sigilo las medidas convenientes para recibir al

enemigo.

Desesperado y furioso el Zagal al ver que se habian descubierto y

frustrado sus designios, mandó avanzar sus tropas al ataque. En

efecto, bajaron los moros aquellas cuestas impetuosamente y con

grandes alaridos; pero de nuevo los detuvieron y rechazaron los

cristianos apostados en la hondonada, los cuales eran la division de

don Diego Hurtado de Mendoza, hermano del gran cardenal. Los moros,

retirándose como antes á las alturas, donde no podian seguirles los

soldados de don Diego, hicieron desde alli un fuego bien sostenido

de arcabuces y ballestas, correspondiéndoles los cristianos con

descargas de artillería. Asi se pasó la mayor parte de la noche: al

estruendo de los tiros retumbaban los montes y valles, y el lúgubre

resplandor de las hogueras hacia resaltar lo terrible de aquella

nocturna escena.

Venida el alba, y viendo los moros que no habia cooperacion por

parte de la ciudad, empezaron á desanimarse, y á temer que subiesen

al asalto de aquellas cuestas las tropas cristianas que guardaban

en gran número todas las entradas y pasos de la sierra. Á esta

sazon fue cuando envió Fernando al marqués de Cádiz con gente de

á caballo y de á pié para apoderarse de un cerro que ocupaba uno

de los batallones del enemigo. Subió allá el Marqués, y con su

intrepidez acostumbrada atacó á los moros, que luego abandonaron el

puesto huyendo. Los demas, que ocupaban otros puntos, alarmados al

ver huir á sus compañeros, se retiran en desórden. Un terror pánico

se apodera de toda la hueste; y arrojando las armas, se entrega

aquella numerosa morisma á una fuga desordenada. Derramándose por las

montañas, se precipitan por todos los pasos y desfiladeros, y huyen

sin saber de que, y sin que nadie los persiga, sembrando el suelo

de espadas, lanzas, corazas y ballestas, que dejan para correr mas

fácilmente. Solo Rodovan de Venegas pudo en tanta confusion reunir

algunos pocos, con los cuales efectuó su entrada en Velez-málaga;

todos los demas gefes, y el Rey con ellos, tuvieron que seguir á

los fugitivos. El marqués de Cádiz, como viese despejado el campo,

y que no se le hacia oposicion, movió adelante con sus gentes; y

subiendo de cuesta en cuesta con mucha circunspeccion por el temor de

alguna estratagema, llegó al sitio que el ejército moro acababa de

abandonar: alli ningun enemigo se le presentó: todo estaba tranquilo;

y solo se veia por el suelo armas, tiendas, banderas y trofeos. La

fuerza con que venia era demasiado corta para perseguir al enemigo;

asi que, cargando con los despojos, se volvió á los reales.

Una derrota tan señalada y milagrosa, llenó de admiracion al Rey

Fernando, haciéndole recelar algun ardid de los que usaban los moros

con frecuencia. Con esta sospecha mandó que toda aquella noche

estuviesen las tropas sobre las armas; dobló las guardias, y en su

tienda la hicieron mil caballeros é hidalgos bien armados, sin que

se disminuyese un punto esta vigilancia, hasta que se tuvo noticia

cierta de la dispersion del ejército del Zagal.

La noticia de tan feliz acontecimiento, llegó á Córdoba á tiempo

que la Reina doña Isabel hacia grandes aprestos para reforzar con

nuevas tropas el ejército de Fernando. Los avisos que se tenian

alli de la situacion peligrosa del ejército real, y de la salida

del Rey de Granada, habian llenado la corte de consternacion, y

afligian el corazon de la Reina con mil temores y presentimientos.

Se habia convocado, para que tomase las armas, á toda la gente de la

Andalucía, exceptuando solo á los ancianos que pasaban de setenta

años: el gran cardenal Mendoza, religioso, estadista y guerrero á un

mismo tiempo, habia prometido mantener á su costa toda la caballería,

y ya la Reina se disponia á partir para el Real cristiano con los

primeros socorros, cuando se suspendió todo con la plausible noticia

de la total derrota de los moros: los cuidados se convirtieron en

alegría, las tropas fueron licenciadas, y este señalado triunfo se

celebró con _Te Deum_ en todas las Iglesias.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (2 de 2) · 第 3 / 84 题