CAPÍTULO PRIMERO.

_El Rey don Fernando, con una hueste poderosa, se pone sobre

Velez-málaga._

[Nota al margen: Año 1487.]

Hasta aqui los sucesos de esta ilustre guerra, han sido

principalmente una série de hazañas brillantes, pero pasageras,

como correrías, cabalgadas, y sorpresas de lugares y castillos. Mas

ahora se trata de operaciones importantes y detenidas, y del asedio

formal y rendicion de las plazas mas fuertes del reino de Granada,

cuya capital quedó asi aislada, y desnuda de los baluartes que la

defendian.

Los grandes triunfos de los Reyes de Castilla habian resonado en el

oriente, llenando de consternacion al Gran Señor, Bayaceto II, y

al Soldan de Egipto; y estos príncipes, suspendiendo por entonces

las sangrientas guerras que traian entre sí, entraron en una

confederacion para defender la religion de Mahoma y el reino de

Granada, contra el poder hostil de los cristianos. Á fin de distraer

la atencion de los Soberanos, acordaron de enviar un armamento

poderoso contra la isla de Sicilia, que pertenecia entonces á la

corona de Castilla, y de expedir al socorro de Granada una fuerza

considerable desde las costas vecinas del África.

Con la noticia que tuvieron de estos sucesos, resolvieron don

Fernando y doña Isabel dirigir sus fuerzas contra los pueblos

marítimos de Granada, y apoderándose de todos los puertos, privar á

los moros de los auxilios que les pudieran venir de fuera. El punto

que mas particularmente llamaba su atencion, era Málaga, por ser el

puerto principal del reino, y el emporio de un comercio vasto que se

hacia entre aquellas partes y las costas de la Siria y del Egipto.

Por este conducto se mantenia tambien una comunicacion activa con el

África, y se recibian de Tunez, Trípoli, Fetz y los demas estados

Berberiscos, socorros pecuniarios, tropas, armas y caballos; por lo

que se llamaba enfáticamente la mano y boca de Granada. Pero antes

de poner sitio á esta formidable ciudad, pareció indispensable

asegurarse de la de Velez-málaga y sus dependencias, que, por su

proximidad á aquella, podria entorpecer las operaciones del ejército.

Para esta importante campaña fueron convocados nuevamente los grandes

del reino, con sus gentes respectivas, en la primavera de 1487. La

guerra que amenazaban las potencias del oriente despertó en los

pechos generosos de aquellos caballeros un ardor extraordinario;

y con tal celo acudieron al llamamiento de sus Soberanos, que en

breve se juntó en la antigua ciudad de Córdoba un ejército de doce

mil hombres de á caballo y cincuenta mil infantes, la flor de la

milicia española, capitaneada por los caudillos mas valientes de

Castilla. La noche anterior á la marcha de esta poderosa hueste hubo

un terremoto, que estremeció la ciudad y llenó de espanto á sus

moradores, principalmente á los que vivian cerca del antiguo alcázar

de los Reyes moros, donde fue mayor el movimiento: y este suceso

muchos lo tuvieron por presagio de alguna calamidad iminente, al paso

que otros lo celebraron como anuncio de que el imperio de los moros

iba á estremecerse hasta su centro[1].

[1] Pulgar, Crónica de los Reyes Católicos.

La víspera del Domingo de Ramos partió de Córdoba el Rey con su

ejército dividido en dos cuerpos; en uno de los cuales puso toda la

artillería, guardada por una buena escolta, y mandada por el maestre

de Alcántara y Martin Alonso, señor de Montemayor. Se dispuso

que marchase esta division por el camino mas llano, para que no

faltase el forrage á los bueyes que llevaban la artillería. La otra

division, que era el grueso del ejército, iba capitaneada por el Rey

en persona, y se dirigió por las montañas, sin que le arredrasen

las asperezas de un camino que á veces se reducia á una vereda,

perdiéndose entre peñas y precipicios, y otras conducia al borde de

una sima espantosa, ó á un torrente cuyas aguas, acrecentadas por

las recientes lluvias, interceptaban la marcha del ejército. Para

vencer en algun modo las dificultades del terreno, se envió delante

al alcaide de los Donceles con cuatro mil gastadores, prevenidos unos

de picos, palas y azadones, para allanar los caminos, y otros, de

los instrumentos necesarios para construir puentes de madera en los

arroyos, mientras que algunos tuvieron órden de poner piedras en los

charcos para el paso de la infantería. Á don Diego de Castrillo se le

despachó con alguna gente de á caballo y de á pié, para que tomase

los pasos de las montañas, cuyos habitantes, por la ferocidad de su

carácter, no dejaban de inspirar al ejército algun cuidado.

Despues de una marcha penosa por montañas tan agrias, que á veces no

habia disposicion para formar el campamento, y con pérdida de muchos

bagages, que rendidos de fatiga perecieron por el camino, llegaron

felizmente á dar vista á la vega de Velez-málaga. Defendido por una

cordillera de montañas, se extendia este delicioso valle hasta la

ribera del mar, cuyos aires le refrescaban, al paso que le hacian

fértil las aguas del rio Velez. Estaban los collados cubiertos de

viñedos y olivares, lozanas mieses ondeaban en las llanuras, y

numerosos rebaños pacian en las dilatadas dehesas. En torno de la

ciudad se veia florecer los jardines de los moros, y blanquear en

ellos sus pabellones por entre infinitos naranjos, cidros y granados,

sobre los cuales descollaba la erguida palma, amiga de los climas

meridionales y de un cielo benigno y puro.

En un extremo del valle, y á la falda de un cerro aislado, estaba

fundada la ciudad de Velez-málaga, bien fortificada con torres

y muros muy espesos. En lo mas alto del cerro habia un castillo

poderoso é inaccesible por todas partes, que dominaba todo el pais

circunvecino, y junto á los muros dos arrabales, defendidos con

albarradas y grandes fosos. Contribuian á la seguridad de esta

plaza las inmediatas fortalezas de Benamarhoja, Comares y Competa,

guarnecidas por una raza de moros muy fuertes y belicosos, que

habitaban aquellas montañas.

Al mismo tiempo que llegó el ejército cristiano á la vista de

Velez-málaga, arribó á aquella costa la escuadra que mandaba el

conde de Trevento, compuesta de cuatro galeras armadas, y de muchas

caravelas con mantenimientos para el ejército.

Despues de reconocer el terreno determinó el Rey acampar en la

ladera de una montaña, que es la última de una cordillera que se

extiende hasta Granada. En su cumbre habia un lugar de moros muy

fuerte, llamado Bentomiz, que, por su proximidad á Velez-málaga, se

creyó podria proporcionar socorros á esta plaza. Á muchos de los

generales pareció peligrosa la posicion escogida por el Rey, pues

quedaba el campo expuesto á los ataques de un enemigo tan inmediato;

pero Fernando resolvió conservarla, diciendo que asi cortaria la

comunicacion entre el lugar y la ciudad, y que en cuanto al peligro,

estuviesen sus soldados mas alerta para evitar una sorpresa. Salió,

pues, el Rey á caballo con algunos caballeros, para distribuir las

estancias, y despues de colocar cierta gente de á pié en un cerro

que dominaba la ciudad, se retiró á su pavellon para tomar algun

alimento. Sentado apenas á la mesa, sintió un alboroto repentino,

y saliendo fuera, vió correr á sus soldados delante de una fuerza

superior enemiga. Asiendo una lanza, y sin mas armas defensivas que

su coraza, saltó Fernando á caballo, dirigiéndose con los pocos que

le acompañaban al socorro de sus soldados. Éstos, que vieron venir

en su auxilio al mismo Rey, cobraron aliento, y revolviendo contra

los moros, los acometieron con denuedo. Llevado del ardor que le

animaba, se metió Fernando por medio de los enemigos: un caballerizo

que iba á su lado, fue muerto á los primeros tiros; pero antes que

pudiera escapar el moro que le matára, le dejó el Rey atravesado con

su lanza. Echó mano entonces á la espada, pero por mas esfuerzos que

hizo, no pudo sacarla de la vaina; de manera que rodeado de enemigos,

y sin armas con que defenderse, se halló el Rey en el mas iminente

peligro. En esta hora crítica llegaron el marqués de Cádiz, el conde

de Cabra y el adelantado de Murcia, con Garcilaso de la Vega y Diego

de Ataide, los cuales, cubriendo al Soberano con sus cuerpos, le

defendieron contra los tiros del enemigo. Al marqués de Cádiz mataron

su caballo, y aun él mismo corrió gran riesgo; pero con la ayuda de

sus valientes compañeros logró rechazar á los moros, persiguiéndolos

hasta meterlos por las puertas de la ciudad.

Pasado este rebato, rodearon al Rey sus grandes y caballeros,

representándole cuán mal hacia en exponer su persona en los combates,

teniendo en su ejército tantos y tan buenos capitanes á quienes

tocaba pelear; que mirase que la vida del príncipe era la vida de

su pueblo, y que muchos y grandes ejércitos se habian perdido por

la pérdida de su general; por lo que le suplicaban que en adelante

les ayudase con la fuerza de su ánimo gobernando, y no con la de su

brazo peleando. Á esto respondió el Rey confesando que tenian razon,

pero que no le era posible mirar el peligro de sus gentes sin acudir

á su socorro; cuyas palabras llenaron á todos de contento, pues

veian que no solo les gobernaba como buen Rey, sino que les protegia

como capitan valiente. Esta hazaña no tardó en llegar á los oidos de

la Reina, haciéndola temblar el arrojo de su esposo, aun en medio

de su regocijo al saber que el peligro era pasado. Posteriormente

concedió doña Isabel á Velez-málaga, por armas de la ciudad, y en

conmemoracion de este suceso, la figura de un Rey á caballo, con un

caballerizo muerto á sus pies y los moros en huida[2].

[2] Illescas, Hist. Pontif. lib. VI. Vedmar, Hist. Velez-málaga.

Estaba ya formado el campamento, pero faltaba la artillería, que por

el mal estado de los caminos aun no habia podido llegar. Entretanto

mandó el Rey combatir los arrabales de la ciudad, los cuales fueron

entrados despues de una lucha sangrienta de seis horas, y con pérdida

de muchos caballeros muertos ó heridos, siendo entre éstos el mas

distinguido, don Alvaro de Portugal, hijo del duque de Braganza.

Se procedió entonces á fortificar los arrabales con trincheras y

empalizadas, se puso en ellos una guarnicion competente, al mando

de don Fadrique de Toledo, y se abrieron en derredor de la ciudad

otras trincheras, con que se cortó enteramente la comunicacion de

los sitiados con los pueblos del contorno. Para mayor seguridad de

las recuas que traian los mantenimientos al real, se colocaron en

los pasos de las montañas varios destacamentos de infantería; pero

la aspereza de aquellos lugares favorecia de manera á los moros, que

no fue posible impedir que hiciesen éstos salidas repentinas, en que

arrebataban los convoyes, y cautivaban las personas, retirándose

luego á sus guaridas con toda seguridad. Á veces, por medio de

grandes fuegos encendidos en las cumbres de las montañas, se

concertaba el enemigo con las guarniciones de las torres y castillos

inmediatos, para atacar al campo de los cristianos, á quienes

convenia por esto estar de continuo alerta y apercibidos para pelear.

Creyendo el Rey haber intimidado á los de Velez-málaga con la

manifestacion de sus fuerzas, les dirigió una carta, ofreciéndoles

condiciones muy ventajosas si desde luego capitulaban, y amenazando

llevar la ciudad á sangre y fuego si persistian en defenderse. El

portador de esta carta fue un caballero llamado Carvajal, que,

poniéndola en la punta de una lanza, la entregó á los moros que

estaban en la muralla, los cuales contestaron diciendo, que el Rey

de Castilla era demasiado noble para llevar á efecto una amenaza

semejante, y que ellos no se entregarian, porque no era posible

llegase al campo la artillería, y porque estaban seguros de ser

socorridos por el Rey de Granada.

Al mismo tiempo que esta noticia, recibió el Rey la de haberse

juntado en Comares, lugar fuerte distante de alli dos leguas, las

gentes de la Ajarquía, cuya sierra era capaz de proporcionar hasta

quince mil hombres de pelea, y era la misma donde, al principio de la

guerra, se habia hecho tan gran matanza de cristianos.

La situacion del ejército, desunido y encerrado en pais enemigo, no

dejaba de ser peligrosa, y exigia la mayor disciplina y vigilancia.

Asi lo entendió Fernando, haciendo publicar en los reales ciertas

ordenanzas, por las que se prohibian los juegos, las blasfemias

y las pendencias: las mugeres mundanas, y los rufianes que las

acompañaban, fueron echados del campamento: ninguno habia de

salir á las escaramuzas que los moros moviesen, sin licencia de

su capitan, ni pegar fuego á los montes inmediatos; y el seguro

concedido á cualquier pueblo ó individuo moro se habia de guardar

inviolablemente. Estas ordenanzas, mandadas observar bajo penas muy

severas, tuvieron tan buen efecto, que en medio de ser tan grande el

concurso de varias gentes que alli habia, no se vió á nadie sacar

armas contra otro, ni se oyó palabra, de que pudiese nacer escándalo.

Entretanto los guerreros de la serranía, reuniéndose en las cumbres

de las montañas á la par de una tormenta que amenaza las llanuras,

bajaron á las cuestas de Bentomiz, que dominaban el real, con intento

de abrirse paso con las armas hasta la ciudad; pero un destacamento

fuerte que se envió contra ellos, los arrojó de alli despues de un

combate muy reñido, y se recogieron los moros á los lugares ásperos

de la sierra, donde no se les pudo seguir.

Habian pasado ya diez dias desde que se asentó el real, y la

artillería aun no habia llegado. Las lombardas y otras piezas de

mayor calibre quedaron en Antequera, de donde no pudieron pasar

por la fragosidad de los caminos: las demas, con muchos carros de

municiones, llegaron, á duras penas, hasta media legua del campo; y

los cristianos, animados con este refuerzo, se dispusieron á batir en

forma las fortalezas de Velez-málaga.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (2 de 2) · 第 2 / 84 题