Parte al troyano Rey piden ahora:
El con palabras los consuela amigas,
Hijos á Acéstes los entrega, y llora.
Manda á las Tempestades enemigas
Matar una cordera; á Érice adora;
Tres becerros tambien manda le maten,
Y que en órden los cables se desaten.
CXLV.
Yérguese él en la prora, coronado
De hojas menudas de sagrada oliva:
Un vaso empuña, al piélago salado
Intestinos arroja, y néctar liba.
En popa aura terral hiere de grado
Alejando las naves de la riba;
Bogan el remo, y al batir contino
Cubren de espuma el líquido camino.
CXLVI.
No halla en tanto á su afan Vénus sosiego;
Vuela á Neptuno, y «El que Juno abriga
Odio irreconciliable,» gime, «al ruego,
Neptuno ilustre, á descender me obliga;
Que no su ira cruel, su rencor ciego
Amansan años ni piedad mitiga,
Ni lo que ordena el hado ó Jove manda
Su indómita ambicion quiebra ni ablanda.
CXLVII.
»Eterno es el furor que su alma siente;
Que no bastó á su cólera sombría
Haber talado la ciudad potente
Que en la ancha Frigia dominaba un dia,
Ni arrastrar las reliquias de su gente
Por senda de martirio. Todavía
Al pueblo hundido en perseguir no cesa
En sus huesos nadantes y pavesa!
CXLVIII.
»La causa ella sabrá de tanta saña:
Yo sé, y las ondas líbicas tú mismo
Viste cómo á manera de montaña
Encrespó amenazando cataclismo;
De Eolo en el favor fió; se engaña;
Mas era su intencion cielo y abismo
En uno confundir; y así la impía
Insolente tus reinos invadia.
CXLIX.
«Hoy, ¡qué horror! á las hembras roba el tino,
Y las naves ardiendo á los Troyanos,
Fuerza á Enéas, cerrándole el camino,
A dejar en destierro á sus hermanos.
Haz siquiera que al Tibre laurentino
Estos últimos restos lleguen sanos,
Si ya al muro las Parcas prometido
No han de negarles; si lo justo pido.»
CL.
Respondió el Dios que el ponto señorea:
«Pon confianza en el imperio mio,
Que en mis reinos naciste, Citerea,
Y ya á Enéas mostré mi afecto pio:
Yo mil veces, por él, si el mar ondea
Las nubes conjurando á estrago impío,
Serené la amenaza; y no hice ménos
En tierra que del piélago en los senos.
CLI.
»Janto y Símois me saquen verdadero:
Cuando Aquíles con furia impetüosa
Por la espada inmoló tanto guerrero
Que contra el muro de Ilïon acosa;
Cuando, enfrenando su ímpetu ligero
El álveo, que en cadáveres rebosa,
El Janto por las márgenes gemia
Ni hallar lograba hácia mis reinos via.
CLII.
»Yo á tu hijo entónces arranqué á la muerte
En nube con que entorno le rodeo,
Viéndole ménos bienhadado y fuerte
Combatir con el hijo de Peleo;
Ni vacilé en librarle de esa suerte
A pesar del furor de mi deseo,
Que hundir yo ansiaba la ciudad perjura,
Ya (¡mal pecado!) de mi mano hechura.
CLIII.
»¿Qué dudas, pues? ¿qué temes por Enéas?
Yo lo mismo que entónces, ahora siento:
El al puerto de Averno que deseas
Llegará con su gente á salvamento:
Habrá sólo uno que anegarse veas,
Escogido holocausto.» Así el aliento
Neptuno á Vénus vuelve; y ya bizarro
Con arreos de oro orna su carro.
CLIV.
Pone á los brutos el bañado freno,
Dales con fácil mano suelta brida,
Y por el mar, magnífico y sereno,
En su carroza va de azul teñida:
Tiéndese igual sobre el materno seno
Bajo el eje tonante la onda erguida,
Y cuanto nublo encapotó la esfera
Su fuga por los aires acelera.
CLV.
Acompañan en torno al Dios marino
Grandes cetos y rápidos tritones;
Glauco y su coro, y Palemon de Ino,
Y Forco y sus revueltos escuadrones:
Hienden á izquierda el reino cristalino
Las hijas de sus húmidas mansiones:
Talía allí, Cimódoce campea,
Tétis, Melite, y blanda Panopea.
CLVI.
En la mente de Enéas indecisa
Bullen en tanto imágenes amenas:
Manda arbolar los mástiles aprisa
Y las velas tender por la entenas:
No hay, lonas al izar, mano remisa;
Ya á este lado, ya á aquél las sueltan llenas;
Tuercen cabos, retuércenlos á una;
Mueve miéntras la escuadra aura oportuna.
CLVII.
Palinuro adelante firme guia
La flota, que á su espalda se aglomera:
Marchan, y á la órden obediente, fia
Cada nave en la nave delantera.
Casi la vaporosa Noche habia
Tocado á la mitad de su carrera;
Y al pié del remo, de temor seguros,
Duermen los nautas en los bancos duros.
CLVIII.
Dejó en esto las célicas regiones
Ligero un Sueño que las sombras hiende;
Mudo vuela, y fatídicas visiones
Trayendo, ¡oh Palinuro! á tí desciende:
Sentado en la alta popa, las facciones
De Fórbas toma, y seducirte emprende:
¡Mísero! que con voces de dulzura
Ya el falso diosecillo te conjura:
CLIX.
«¡Hijo de Yasio, Palinuro mio!
Mira cómo resbala blandamente
Llevado de las ondas el navío;
¡Qué propicio que espira el manso ambiente!
Un rato al soporífero rocío
Inclina ya la fatigada frente;
Hora es de descansar: duerme sin miedo,
Que yo en tanto por tí velando quedo.»
CLX.
Alzó el otro los párpados apénas
Y dijo: «¿Lo que vale la semblanza,
Quieres que olvide yo, de olas serenas?
¿Que ponga en monstruo aleve confianza
Pretendes por ventura? ¿Me encadenas
Porque entregue mi Rey á la mudanza
De mar y viento, de quien tantas veces
Probé las veleidades y dobleces?»
CLXI.
Dice, é inmóvil se afianza, y traba
Del gobernalle con ahincado empeño;
Mira á los astros, y en los astros clava
Los mustios ojos resistiendo al sueño.
Mas ya una y otra sien le golpeaba
El Dios con su balsámico beleño
En las aguas del Lete humedecido,
Y los ojos le anega en alto olvido.
CLXII.
No bien los miembros el sopor le afloja
Cuando el sueño sobre él se precipita;
Mas no del gobernalle le despoja
Ni de su asida posicion le quita,
Antes al mar con el timon le arroja
Y áun parte de la popa: llama, grita
Cayendo el triste; nadie oyó su acento;
Y el Dios aleteando huye en el viento.
CLXIII.
Segura, empero, prosiguió la flota
Del favor de Neptuno protegida.
Mas hé aquí ya se acerca en su derrota
A la roca, otro tiempo tan temida,
De las Sirenas, que la mar azota,
De albos huesos de náufragos guarida;
Y léjos con monótonos bramidos
Resuenan los escollos combatidos.
CLXIV.
Notó Enéas entónces que á la armada
Falta el piloto y perecer podria;
Y con mano acudiendo acelerada
La noche toda él mismo el timon guía;
Y entónces exclamó con voz ahogada:
«¡Pobre amigo! ¡fiaste en demasía
De cielo bonancible y mar serena;
Yacerás insepulto en triste arena!»
LIBRO SEXTO.
I.
Así hablaba y lloraba juntamente.
Ya, riendas dando, por el mar navegan,
Y á las costas de Cúmas (cuya gente
De Eubea vino) sin tardanza llegan.
Tornan proas al mar: con tenaz diente
La ancla fija el bajel, y á tierra apegan
Las corvas popas, que en la orilla alzadas
La bordan de colores varïadas.
II.
Ledos embisten en hesperia tierra:
Quién hiere el pedernal, que en sus entrañas
De la llama los gérmenes encierra;
Quién penetra las ásperas montañas
Y leños corta, ó por su seno yerra,
Intrincada guarida de alimañas,
Y vuelve, y dando de placer señales
Enseña los hallados manantiales.
III.
Mas Enéas piadoso á las alturas
En que Apolo descuella, se encamina,
Y las cuevas recónditas, oscuras,
Busca de la terrífica adivina
Que, inflamada del Dios, cosas futuras
En estro rebosando vaticina:
¿Veisle? entrando con otros va derecho
Ora el bosque avernal, ya el áureo techo.
IV.
Dédalo de comarcas sanguinosas
Huyendo, es fama, y del furor de Mínos,
Fiarse osó con alas vagarosas
A los reinos del aura cristalinos:
A la region helada de las Osas
Su vuelo por insólitos caminos
Tendió, y moviendo las nadantes plumas,
Fué en el alcázar á parar de Cúmas.
V.
Por vez primera allí devuelto al suelo,
Grato, Apolo, al favor, logró ofrecerte
Sanas las alas que bogó en su vuelo
Y un templo dedicarte hermoso y fuerte.
En las puertas, de Andrógeo el fin, el duelo
Grabó de los Cecrópidas, que á muerte
Siete hijos tributaban cada un año;
La urna ciega allí está do sale el daño.
VI.
En frente, en medio al mar, se representa
Creta: allí lo cruel de sus amores,
Del toro esclava, Pasifae ostenta;
Monumento de estúpidos furores
Allí el biforme Minotauro asienta
La planta; con sus vueltas, sus errores,
Incierto entorno el laberinto gira,
Y á la amante princesa horror inspira.
VII.
Cediendo de la triste á la porfía,
Allí Dédalo mismo de Teseo
El paso indocto con el hilo guia:
Ícaro, y tú tambien lograras, creo,
Insigne asiento en la áurea galería;
Mas de padre el dolor ganó al deseo
Del artífice audaz, que, el brazo alzando,
Caer dos veces le dejó, llorando.
VIII.
Enéas con su gente asaz tuviera
En cada cuadro la mirada fija,
Si, enviado adelante, no volviera
Turbando Acátes su atencion prolija:
Con Acátes, graciosa compañera,
Deífobe llegó, de Glauco hija,
Intérprete de Apolo y de Dïana;
Que vuelta al Rey de la nacion troyana.
IX.
«No es sazon de admirar primores tales.»
Le dice: «importa que inmolar decidas
De grey vacuna siete recentales
Y á par siete ovejuelas escogidas.»
Esto dijo: Troyanos principales
Van á cumplir las órdenes oidas;
Y mostrándoles sigue ella el camino
Al elevado templo Sibilino.
X.
Hay en la roca eubea un lado hendido,
Antro de cien entradas y cien puertas
Que cien voces arrojan con rüido,
De la oculta Deidad respuestas ciertas.
Cuando llegaban al umbral temido,
«¡Tiempo es que el ruego á consultar conviertas
Tus hados, huésped!» la doncella exclama;
Hé aquí el Dios, hé aquí el Dios! mi mente inflama.»
XI.
Esto la vírgen pronunció en la entrada
De la inmensa caverna: en ese instante
Tartamudea, la color mudada,
Crespo el cabello, atónito el semblante:
Enfurecida, aérea, agigantada,
Hínchale el Dios el seno jadeante,
Y ya llena del númen soberano,
Vibró puro su acento áun más que humano:
XII.
«¡Eneas! ¿no será que al Númen santo
Con tus votos y súplicas regales?
No han de abrirse á tus pasos entretanto
Del pavoroso templo los umbrales.»
Calló: los Teucros con glacial espanto
Oyeron resonar palabras tales,
Y postrándose el Rey, con hondo acento
Oró así en religioso arrobamiento:
XIII.
«Febo, que de infortunios y pesares
De los hijos de Troya te apïadas;
Tú que al cuerpo del de Éaco, de Páris
Las flechas dirigiste enherboladas:
Salvo, merced es tuya, hendí anchos mares
Que á ceñir van regiones apartadas;
Yo he cruzado las costas africanas;
Yo las hórridas sirtes vi cercanas.
XIV.
»Hoy piso en fin el límite italiano,
Tierra de promision que ántes huia;
¡Así el signo maléfico troyano
Haya hasta aquí llegado en su porfía!
Y ¡oh cuantos con furor visteis insano
Crecer la gloria de mi patria un dia!
¡Dioses todos y diosas! sin enojos
Volved ya en fin á Troya vuestros ojos!
XV.
»Y ¡oh tú que en siglos ves áun no llegados,
Santa sacerdotisa! (yo no pido
Imperio no ofrecido por mis hados)
Da á mis Teucros gozar reposo y nido
Con los Dioses de Troya fatigados;
Y á Hécate y á Apolo, agradecido,
De mármol fundaré templo y altares
Y fiestas en su honor apolinares.
XVI.
»Tú en mi reino tambien ilustre asiento
Tendrás, y tus sagradas predicciones
Guardando con solemne acatamiento,
Tu culto servirán dignos varones.
Mas oye: á la merced irán del viento
Tus palabras si en hojas las dispones;
Canta tú misma lo que cierto veas.»
Aquí dió fin á su oracion Enéas.
XVII.
En tanto la Sibila áun se subleva
Por sacudir el númen que la oprime,
Y feroz se revuelve en la ancha cueva:
Fogoso corazon, labio que gime
El Dios le doma, que sobre ellos lleva
Hasta grabarla, inspiracion sublime;
Y dan su voz en ecos las cien puertas
Todas á un tiempo sin esfuerzo abiertas.
XVIII.
Diciendo: «¡Oh tú hasta ahora libertado
De los riesgos del piélago marino,
Hoy de riesgos de tierra amenazado!
Vendrá tu gente al reino de Lavino
(No temas, no, que lo revoque el hado);
Mas tiempo habrá que llore porque vino;
Guerras, ásperas guerras estoy viendo;
Miro al Tibre ondear, de sangre horrendo.
XIX.
»Otro Janto, otro Símois, y otra hogaño
Campaña cual la griega rigurosa
Verás, que el Lacio cria ya en tu daño
Otro Aquíles feroz hijo de Diosa;
Ni faltará á tu gente en suelo extraño
De Juno el odio que jamas reposa;
Y en tanto, ¿qué ciudades, ni qué playas
Habrá, infeliz, donde á rogar no vayas?
XX.
»Y otra vez bodas en foráneo suelo
Llorarán los Troyanos; y esa esposa
¡Cuánto traerá de afan! ¡cuánto de duelo!
¡A ti y á tus vasallos cuán costosa!
Tú, hasta do el hado sufra, insta en tu anhelo,
Y lograrás, mudanza milagrosa,
Que ántes que no otra, á próspero destino
Una griega ciudad te abra camino.»
XXI.
Tal desde su antro la Sibila fiera,
Con voz que infunde admiracion y espanto,
Hechos desvuelve, edades acelera,
Y en sombras la verdad brilla en su canto;
Tal de su labio el ímpetu modera
El Dios que el corazon le aguija en tanto;
Mas serenada al fin su ira espumante,
A hablarle torna el héroe suplicante:
XXII.
«Áun no me has anunciado ¡oh vírgen! nada
Ó nuevo ó imprevisto de mi vida.
Mas oye: si hay aquí al Averno entrada,
Si aquí está la laguna tan temida,
Con sobras de Aqueronte sustentada,
Concede que un favor solo te pida:
Mi padre anhelo ver; guia mi planta,
Y dígnate de abrir la puerta santa.
XXIII.
»¡Mi padre! Yo de en medio al enemigo
Entre llamas y dardos libertélo;
Yo le puse en mis hombros, y él conmigo
Fué dándome doquier fuerza y consuelo:
El fué en mis viajes mi mejor amigo;
El los rigores de la mar y el cielo
Con generosas muestras de osadía,
Milagrosa en su edad, llevar solia.
XXIV.
»Y él, él me persuadió que reverente
Llegase, y suplicante, á tus umbrales:
¡Oh! del padre y del hijo juntamente
Te apiaden los trabajos inmortales;
Que tú eres, vírgen santa, omnipotente,
Y de los negros bosques infernales
La pavorosa Hécate no en vano
El cetro aterrador puso en tu mano.
XXV.
»La prenda de su amor el tracio Orfeo,
Luégo que hondo el Erebo la devora,
A salvar acertó, felice empleo
Haciendo de su cítara sonora:
Pólux, merced de enérgico deseo,
Librar logró al hermano á quien adora,
Y partiendo con él su sér divino
Pasa y repasa el lóbrego camino.
XXVI.
»Callaré de Teseo; del tremendo
Alcídes callo y su potente maza:
¡Yo, yo tambien de Júpiter desciendo!»
Pronuncia el héroe, y al altar se abraza.
Otra vez la adivina respondiendo,
«Troyano hijo de Anquíses, de la raza
De los supernos Dioses procedente,
Oyeme,» dice, «y grábalo en tu mente:
XXVII.
»Fácil es del Averno la bajada;
De dia y noche á la region oscura
Patente está la pavorosa entrada;
Mas volver y elevarse al aura pura,
Esa es la parte trabajosa, osada:
Muy pocos á quien Jove con ternura
Vió, ó que ardiente virtud al Cielo eleva,
Vencieron, raza de héroes, la ardua prueba.
XXVIII.
»Cubren selvas espesas y sombrías
El centro del Averno; á la redonda
Carcomiendo el Cocito ciegas vias
Con su torpe caudal callado ronda.
Mas si forzar el Tártaro porfías
Y dos veces cruzar la estigia onda,
Si en esto gozas que á otros acobarda,
Cómo has de comenzar escucha y guarda.
XXIX.
»En medio de estas selvas donde moro
Oculto un ramo está que el tallo tierno
Tiene, y las hojas trémulas, de oro,
Consagrado á la Juno del Infierno:
Cierra en su seno el fúlgido tesoro
Hojoso un árbol entre el bosque eterno,
Y de valles en torno guarnecido,
La amiga lobreguez le hurta al sentido.
XXX.
»Y nadie ya la subterránea ruta
Pudo emprender á do el amor te llama,
Si ántes no desgajó la rica fruta:
La hermosa Proserpina esa áurea rama
Apropiada á su gloria la reputa,
Y es el obsequio que entre todos ama:
Segado el tallo, el gérmen no perece;
Retoña, y la áurea yema amarillece.
XXXI.
»Vé, y de alto en torno el árbol investiga
Con atenta mirada, y avistado,
Allá tiende la mano; que si amiga
La suerte rie, con sensible agrado
Al punto hará que el vástago te siga;
Pero si adusto te rechaza el hado,
No habrá fuerte segur ni ahincado empeño
Que el ramo aparte del materno leño.
XXXII.
»Mas ¡ah! miéntras al sacro umbral se inclina
Tu oido, atento al deseado indulto,
Un cadáver tus tropas contamina;
Fué tu amigo y le ignoras insepulto:
A honrarle ovejas negras vé y destina;
Su cuerpo vé á librar de odioso insulto;
Y así, en fin, á estas lóbregas moradas
Bajarás, no á vivientes franqueadas.»
XXXIII.
Cesó, y quedóse la adivina muda.
La medrosa caverna el héroe deja;
Mirando al suelo va, y acerba duda
Le roe el corazon. Con él se aleja
Acátes, fiel amigo: igual la aguda
Pena que á Enéas, al andar le aqueja:
¿Quién será, cada cual finge y cavila,
El que muerto nos canta la Sibila?
XXXIV.
Hablando, pues, del mal que les espera,
De dolor y ansiedad el pecho lleno,
Allá tirado en la árida ribera
Cadáver infeliz ven á Miseno:
Miseno, hijo de Eolo, á quien diera
Natura el arte de excitar al bueno
A los combates, y el guerrero bando
Llenar de fuego, su clarin tocando.
XXXV.
Él, cuando Troya, acompañado habia
Á Héctor: los campos él, de Héctor al lado,
Con su trompa y su lanza recorria
En la lanza y la trompa ejercitado;
Despues, cuando de la alma luz del dia
Héctor fué por Aquíles despojado,
De Enéas al mandar el fiel guerrero
(Partido no inferior) puso su acero.
XXXVI.
Mas ahora que insensato en la ribera
Retaba al són de cóncava bocina
Al númen que á emularle se atreviera,
Envidiando Titon su arte divina
(Si no miente la fama vocinglera)
Ahogóle en la espumosa onda marina.
Cercándole los suyos danle en tanto,
Enéas sobre todo, amargo llanto.
XXXVII.
Y llorando, el sagrado mandamiento
A cumplir van, y fúnebres altares
Con árboles á alzar al firmamento:
Van á una antigua selva, hondos hogares
De fieras: al herir de hachas violento,
Los fresnos y los pinos seculares
Vacilan, los hendibles robles gimen,
Y los olmos rodando el bosque oprimen.
XXXVIII.
A los suyos el héroe, apercibido
De iguales armas, guia en la faena
Con la voz y el ejemplo, y con gemido
Dice, el gran bosque al ver que en torno suena:
«Ya el presagio cruel está cumplido
En tí, amigo infeliz, ¡oh cruda pena!
¡Así á mis ojos se mostrase ahora
El árbol que áureos frutos atesora!»
XXXIX.
Así exhala plegarias y querellas,
Cuando á su vista, sobre el manso viento,
Llegan iguales dos palomas bellas
Abatiendo el süave movimiento
A posarse en el césped verde. En ellas
Mira Enéas atónito y atento
Las mensajeras de su madre, y clama
Con el acento del que espera y ama:
XL.
«¡Oh aves misteriosas! si camino
Abre el hado, marcadle con el vuelo;
Id al ramo que en torno peregrino
Con rica sombra ampara el fértil suelo!
Y tú en esta sazon, felice tino
Concede, ¡oh madre! y el favor que anhelo.»
Calla; y qué auguren al picar la hierba,
O á dó tiendan las aves, fijo observa.
XLI.
Hasta do el ojo va, la copia alada
Sigue el volar, sigue el volar rastrero;
Mas asomando á la hedïonda entrada
De Averno, se alza en ímpetu ligero:
Buscan las dos la copa deseada,
Y á un tiempo ocupan el feliz madero,
Do entre pardos verdores amarillo
El ramo desigual muestra su brillo.
XLII.
Como en bosques que invierno heló, enverdece
El visco, y con la prole de que abunda,
No hija del árbol á que asido crece,
El tronco protector blondo circunda;
Tal la ráfaga de oro resplandece;
Tal, herida del aura vagabunda,
Treme y cruje la lámina divina
En medio allá de la copuda encina.
XLIII.
Del ramo inerte el Rey ase impaciente
Y vuela á la mansion de la adivina.
Sigue entretanto la llorosa gente
Tristes honras haciendo en la marina
A la insensible víctima presente:
De maderas copiosas en resina,
Y duros troncos de que rajas llevan,
Ingente pira desde luégo elevan.
XLIV.
Y de mustias guirnaldas guarnecida
Y de rectos cipreses custodiada,
De adorno sobrepónenle en seguida
El limpio arnes y la desnuda espada.
En calderas de bronce recogida
Llegan agua á la lumbre aderezada,
Y ántes de que las llamas lo consuman,
El cuerpo helado lavan y perfuman.
XLV.
Unos, en medio del comun gemido,
Le extienden sobre el fúnebre tablado,
De su lujosa púrpura ceñido;
Otros (¡penoso ministerio!) á un lado
Vuelto el rostro, por rito establecido,
Pegan la antorcha al féretro enlutado:
Viandas, incienso, aceite rebosante,
Todo el fuego lo envuelve en un instante.
XLVI.
Cuando en pavesas descansó la llama,
Corineo balsámica ambrosía
En las reliquias cálidas derrama,
Y á una urna de metal los huesos fia:
De noble olivo consagrada rama
Blandiendo leve, á los demas rocía
Con lustral aspersion que hace tres veces;
Llora, y pronuncia las finales preces.
XLVII.
El Rey, de gratitud y piedad lleno,
Manda erigir soberbia sepultura;
Y, «Al túmulo fijar,» les dice, «ordeno
Su clarin y su remo y su armadura.»
Se hizo al pié de un peñon, que de Miseno
Recibió el nombre que inmortal le dura.
Enéas á cumplir vuela, tras eso,
El sagrado mandato en su alma impreso.
XLVIII.
Hay en aquel confin una honda sima,
Vasta caverna de escabrosa roca:
Negro bosque, que en torno se arracima,
Guarda, y medroso lago, la gran boca.
No impune el ave que revuele encima
El torpe aire con sus alas toca
Que en columna de fétidos vapores
Sale á infestar los cercos superiores.
XLIX.
Trajo allí el Rey de la troyana gente
Cuatro negros novillos, á quien riega
Con vino la Sibila la alta frente;
Entre las astas elegido siega
Vellon cerdoso, que á la llama ardiente,
Dón primerizo y breve pasto, entrega;
Y á Hécate á grandes voces llama, Diosa
En Cielo y en Averno poderosa.
L.
Quién apresta al degüello la cuchilla;
Quién vasos llena en sangre que chorrea:
Enéas mismo con su espada humilla
Lúcia cordera cuya piel negrea,
Porque la Noche, de furial cuadrilla
Madre, y su hermana al par, fácil le sea;
Inmolando despues estéril vaca,
Tu númen, Proserpina, honra y aplaca.
LI.
Nocturnas aras en seguida eleva
Al Rey estigio: enteras á la llama
De los novillos las entrañas lleva,
Y encima óleo abundante les derrama.
Y hé aquí, ántes de rayar aurora nueva,
Treme la tierra, su hondo seno brama,
Oscilan selvas y vecinos cerros,
Y en la sombra ulular se oyen los perros.
LII.
Ya llega la Deidad. Con voz sonora
Grita la profetisa: «¡Huid, profanos!
Desamparad la selva; y solo ahora
Vén tú conmigo, ¡oh Rey de los Troyanos!
¡Vén, desnuda la espada vencedora,
Rodeado de alientos sobrehumanos!»
Dijo y hundióse: á su furente guia
Enéas con pié intrépido seguia.
LIII.
¡Oh los que de las almas inmortales
Teneis, Dioses, el cetro y monarquía!
¡Cáos! ¡Flegeton! ¡Tinieblas sepulcrales!
¡Lugares de silencio y noche umbría!
¡Concededme salvar vuestros umbrales,
Y que al orbe revele la voz mia
Lo que vi, lo que oí, cuanto misterio
Guarda vuestro hondo, funeral imperio!
LIV.
Opacos bajo noche alta y desierta,
Cruzando iban, los dos, reinos vacíos
Que allende yacen de la odiosa puerta:
Tal en bosques callados y sombríos
Al viajero señala senda incierta
Maligna luna con sus rayos frios,
Cuando atristan el Cielo alas nublosas
Y hosca el color la noche hurta á las cosas.
LV.
Ante el mismo vestíbulo, manida
Hicieron las Congojas vengadoras,
Las Dolencias de faz descolorida,
Y tú, arada Vejez con ellas moras:
Dolor, Terror, Necesidad raida,
Hambre, que induce á criminales horas:
Todos ellos, terríficas figuras,
Guardan las fauces del Averno oscuras.
LVI.
Y el Trabajo, y la Muerte, y compañero
El Sueño de la Muerte, su impía hermana,
Vense, avanzando hácia el umbral frontero,
Y malos Goces de la mente humana:
De las Furias los tálamos de acero
Allá están, Guerra atroz, Discordia insana:
Esta (¡qué horror!) con sanguinosas hebras
Crina en torno su frente de culebras.
LVII.
Lleno de años, con sombras halagüeño
Convida un olmo en la mitad; y es fama
Que acude en derredor del firme leño
Aerio enjambre que el silencio ama:
Subsiste asido un mentiroso ensueño
En cada hoja fugaz de cada rama;
Y en torno hórridas fieras, monstruos viles
Tienen cabe las puertas sus cubiles.
LVIII.
Centauros hay allí; silbante y fiera
Hidra; Scilas biformes que el mar cria;
Briareo, el de cien brazos; la Quimera
Que de llamas armada desafía;
Con sus hermanas Górgona guerrera,
Con sus iguales pestilente Arpía,
Con tres cabezas Gerïon gigante:
¿Quién habrá que los mire y no se aspante?
LIX.
Sintió Enéas pavor: el fuerte acero
Esgrime osado, y con su punta amaga
Al escuadron de monstruos, que severo
Llega delante ó revolando vaga:
Que sombras son sin cuerpo verdadero
Prudente á tiempo le advirtió la maga;
Él, á no detener la voz su brío
Hiriera ciego el ámbito vacío.
LX.
Parte de allí para Aqueron camino:
Vasto abismo que en lecho hondo de cieno
Hierve, y en el Cocito de contino
El arena descarga de su seno.
Guardian del territorio convecino,
El mustio rio y márgen inameno
El barquero Caron adusto cuida
Con ceño horrible y faz descolorida.
LXI.
El cual sucia caer al pecho deja
La blanca barba; es fuego su mirada;
Cuélgale de los hombros rota y vieja
Con un nudo su túnica enlazada;
Con tardas velas y un varal maneja
El ferrugíneo barco en que traslada
Los muertos: es su edad, si bien anciana,
Vejez propia de un Dios, recia y lozana.
LXII.