Llega Helimo despues, y en fin Dïores.

Salio á engaño se llama, visto aquello;

Pide el prez, y á la flor de espectadores

Con su aplauso da en cara á voz en cuello.

A Euríalo protegen, sin clamores,

Virtud llena de gracia en rostro bello,

Virtud que encanta y pundonor que llora,

Y el sufragio de un pueblo que le adora.

LXIV.

Favorécenle á par altas razones

Que hace Dïores, que su palma espera:

Palma, si Salio de los grandes dones

Ninguno ha de llevar, suya y postrera.

Y dijo Eneas: «No temais, garzones:

El órden de los premios nadie altera;

Ni vuestros fueros mi amistad lesiona

Si al valor desgraciado galardona.»

LXV.

Y una piel de leon da á Salio, armada

Con áureas garras y hórridas guedejas.

Niso entónces habló con voz turbada:

«Si ese honor á vencidos aparejas

Y tanto un contratiempo te apïada,

Para Niso, señor, ¿qué premio dejas?

Mio es el triunfo, si la suerte esquiva

Que á Salio hirió despues, no me derriba.»

LXVI.

Habla, y del golpe el afeante signo

Muestra, hablando, en el cuerpo y triste cara.

Oyóle el Rey y sonrió benigno,

Y un rico escudo le ordenó llevara:

Fue éste del mozo egregio premio digno:

Lo hizo Didameon con arte rara,

Y al templo de Neptuno do pendia,

Argivo brazo lo arrancara un dia.

LXVII.

Cesó la competencia de esta suerte;

Y Enéas señalando férreo guante:

«Ahora,» dijo, «el que se sienta fuerte,

Ceñido el puño indómito levante.

Lucio novillo al que á vencer acierte,

Con cintas y oro el asta rutilante,

Daré por galardon: gentil celada,

Por consuelo, al vencido, y una espada.»

LXVIII.

Con murmullo del vulgo circunstante,

Lleno Dáres alzóse de ufanía:

Él solo, en Troya, á Páris arrogante

A contrastar lidiando se atrevia;

Y él solo á Bútes, triunfador gigante,

Que, de orígen bebricio, pretendia

Llevar sangre de Amico, invicto en guerra,

Cabe el túmulo de Héctor echó á tierra.

LXIX.

Tanto como en la fúnebre palestra

Soberbio entónces levantarse pudo

Cuando dejó al jayan sola su diestra

Tendido en la sangrienta arena y mudo.

Soberbio ahora se levanta, y muestra

Los hombros fornidísimos desnudo;

Y un brazo y otro vigoroso extiende,

Y los aires azota por do hiende.

LXX.

En medio del innúmero gentío

Otro igual campeon se busca en vano:

Nadie á aceptar se atreve el desafío,

Nadie del cesto á rodear la mano.

El, sin par, á su juicio, en poderío,

Saluda á Enéas y prosigue ufano

Sin que en mudo homenaje instantes pierda.

De una asta asiendo al toro con la izquierda:

LXXI.

«¿Qué más quieres que aguarde, hijo de Diosa?

El dón se me adjudique, pues ninguno

Su fuerza con mis fuerzas medir osa.»

Los Teucros barbotaban de consuno

Apoyando la súplica orgullosa.

Con ruego en tanto Acéstes importuno

Reprende, incita á Entelo, que á su lado

Yace en el verde césped reclinado:

LXXII.

«Tu nombre de valiente entre valientes

¿Qué sirve, Entelo, sin tan buenos dones

Con tanta calma en paz llevar consientes?

Hoy de Erice divino y sus lecciones

¿No es deber patrio que el honor sustentes?

La fama que asombraba estas regiones

¿A dónde se oscurece? ¿Qué se han hecho

Los despojos pendientes de tu techo?»

LXXIII.

Entelo respondió: «No son extraños

Valor y amor de gloria al pecho mio;

Mas siento ya de la vejez los daños,

Mis miembros ciñe ya rígido frio.

Yo si hoy tuviese el que en mis verdes años,

Cual le goza ese audaz, ardiente brío,

No el premio disputara, sí la palma;

Que ocupe el premio vil, lo llevo en calma.»

LXXIV.

Habló Entelo; y volviendo por sus fueros,

Se alza, y dos cestos en el campo lanza

Con que Érice ostentara en golpes fieros

Con los ligados brazos su pujanza.

Ven los siete boyunos recios cueros

Graves de plomo y hierro á hercúlea usanza,

Y todos se imaginan con asombro

Del buey la talla, y del atleta el hombro.

LXXV.

Más que de paso el mismo Dáres cía;

Y mudo con la mano el grande Enéas

El enorme volúmen revolvia

De los gruesos anillos y correas,

Y díjole el anciano: «¿Qué sería

Si de Hércules las armas giganteas

Hubieses visto, y la espantosa hazaña

Que hizo estas playas funeral campaña?

LXXVI.

«Fué hijo Érice, cual tú, de Vénus, y esos

Los correones son que usaba en lides:

¿Esparcidos los ves de sangre y sesos?

Los mismos son con que paró ante Alcídes;

Y yo tambien con vigorosos huesos

Los blandí contra fuertes adalides

Guando áun léjos la edad miraba ingrata

Que ambas mis sienes esmaltó de plata.»

LXXVII.

Y á Dáres retorciendo la mirada:

«Mas si rehuyes, campeon troyano,»

Prosigue; «si á tu Rey piadoso agrada,

Y al mio, que combate por mi mano,

Fuerzas equiparar en la estacada,

Gustoso á justos términos me allano:

¡Ea! las armas de Érice te cedo;

Las troyanas depon, y pon el miedo.»

LXXVIII.

Áun bien no lo hubo dicho, se adelanta,

Y del doble ropaje se desnuda,

Y en pecho, brazos, músculos, espanta

Ver su nerviosa robustez membruda:

Ya, en medio el campo, colosal se planta;

Y dando Enéas término á la duda,

Trae de iguales cestos sendos pares,

Y á Entelo de ellos arma y arma á Dáres,

LXXIX.

Y en simultáneo arranque de osadía

Ya éste en puntas de piés y aquél se adreza;

Los brazos uno y otro al aire envía,

Cautelosa hácia atras la alta cabeza:

Trábanse por las manos; á porfía

Crecen amagos, y la lucha empieza

Entre el púgil que mueve ágil la planta

Y el jayan que disforme se levanta.

LXXX.

Va el jóven en su edad esperanzado;

Fia el viejo en su mole, aunque flaquean

Las rodillas y el cuerpo treme helado;

Y ambos con vano afan tiran, golpean:

Hiérense aprisa al cóncavo costado:

Ronco el pecho resuella: menudean

Por orejas y sienes las puñadas:

Las mandíbulas crujen martilladas.

LXXXI.

Firme está Entelo; mas con pronta vista

Ve por do heridas, ladeando, ahorre;

El otro el campo mide, y por do embista

Entradas busca, á embestir acorre:

Tal tropa audaz, de máquinas provista,

Soberbio muro ó enriscada torre

Que medite arruinar, asalta, embiste;

Torna á atacar, y el torreon resiste.

LXXXII.

El brazo Entelo, amenazando estrago,

Alza descomunal; mas ve de arriba

Venir, Dáres, con tiempo, el fiero amago,

Y hurta el cuerpo veloz y el golpe esquiva:

Hirió el furioso combatiente en vago,

Y enorme por su peso se derriba,

Cual rueda hueco pino, dando espanto,

En bosques de Ida ó cumbres de Erimanto.

LXXXIII.

Levántanse ambos campos con rüido,

Y un grito al cielo lanzan simultáneo:

Acude Acéstes, viéndole caido,

A ayudar al amigo y coetáneo:

Surge él sin quiebra de ánimo ó sentido;

Antes fuego de cólera espontáneo

Arde en su pecho, el pundonor le pica,

Y el probado valor fuerzas duplica.

LXXXIV.

Y ya en rápida fuga, impetüoso,

Tirando golpes de una y otra mano,

Sin parada, sin vado, sin reposo,

Persigue á Dáres por el ancho llano;

Cual turbion que los techos fragoroso

Azota con granizo, el héroe insano

Hiere á ciegas con furia borrascosa,

Y á Dáres acomete, envuelve, acosa.

LXXXV.

No sufre Enéas que adelante siga

La encarnizada obstinacion de Entelo,

Y del campo, ya muerto de fatiga

Saca á Dáres con voces de consuelo:

«¿Demente estabas? ¡Ah, infeliz! te hostiga

No humana fuerza, pero el mismo Cielo;

Cedes á un Dios; rendirte no te pese.»

Dijo; y manda su voz que la lid cese.

LXXXVI.

En torno del vencido en ese instante

Llega fiel uno y otro camarada,

Y, flacas sus rodillas, vacilante

La cabeza, la boca ensangrentada

Y el ornato dental roto y nadante,

Llévanle al puerto. Morrïon y espada

Reciben advertidos, y se alejan,

Y el toro al vencedor y el lauro dejan.

LXXXVII.

El cual del lauro y con su toro ufano,

«Ved, pues, ahora, y ponderad,» decia,

«¡Oh hijo de Diosa! ¡oh ejército troyano!

Cuál en mi juventud la fuerza mia

Hubo de ser, y Dáres de mi mano

Cuál muerte, á no salvarle, probaria.»

Dijo, y plantóse del novillo enfrente,

En alto puesto el brazo prepotente;

LXXXVIII.

Y á plomo entre ambos cuernos, guarnecida

La mano descargó cual duro hierro:

Húndese el cráneo, y trémulo, sin vida,

En tierra con su mole da el becerro.

«¡Salve, Erice inmortal!» clamó en seguida:

«Puestas las armas, con que triunfos cierro,

Más bien que la de Dáres, en memoria,

Yo dó y consagro esta ánima á tu gloria.»

LXXXIX.

Luégo al juego del arco el Rey troyano

Invita, y premios pone. De la nave

Que Seresto gobierna, con su mano

Va él mismo y fuerte arbola el mástil grave;

Y alígera paloma al aire vano

En el tope suspende (atada el ave

A una cuerda, la cuerda al mástil fija)

A donde el tiro el flechador dirija.

XC.

Llegan de ellos; y un casco que reciba

Las suertes, traen en medio. La primera,

La de Hipocon, el de Hírtaco, con viva

Aclamacion del vulgo, saltó fuera.

Coronado la sien de verde oliva,

Reciente prez de la naval carrera,

Oyó, en segundo término, Mnesteo

Grato sonar su nombre á su deseo.

XCI.

Tocóle á Euritïon salir tercero:

Hermano tuyo, oh Pándaro divino,

(¡Tú que al campo de Aquivos, el primero,

Lanzaste, compelido del destino,

El dardo de discordia mensajero!)

Del fondo del almete al aire vino,

Postrer nombre, el de Acéstes, que ahora ufano

En lid de mozos á terciar va anciano.

XCII.

Todos con brazo en arco arman pujante,

Y sacan primas flechas del aljaba:

Ante todas, del nervio rechinante

Arrancó la que el de Hírtaco ajustaba:

Hiere el viento, y al mástil que delante

Mira, parte veloz, y en el se clava:

Al golpe tembló el palo; alas agita

Medrosa el ave, y el concurso grita.

XCIII.

Tendió el arco avanzándose forzudo

Mnesteo, vuelto á lo alto ojos y flecha;

Mas no tanto que al ave hiriese, pudo

La férrea punta encaminar derecha:

Rompió empero la cuerda y líneo nudo;

Y libre el pié de la atadura estrecha,

La paloma veloz sacude el vuelo

Entre nubes plomizas por el Cielo.

XCIV.

Euritïon, ya el arco apercibido,

Tiró, invocando á Pándaro en su ayuda,

Al ave que de nublo opaco vido

Salir aleteando, flecha aguda:

Alcanzóla en su vuelo envanecido;

Ella el hincado astil trayendo muda,

Dejando por allá la dulce vida,

Al suelo vino en mísera caída.

XCV.

Solo Acéstes quedaba, ya baldío,

Y la palma perdida y la esperanza;

Mas del brazo ostentando el arte y brío

Y del arco sonante la pujanza,

Vuelta la faz al ámbito vacío,

Apunta en vago, la saeta lanza,

Y ocasiona, no entonces entendido,

Milagro aéreo de infeliz sentido.

XCVI.

Confirmaron despues con voz tardía

Adustos vates el infausto agüero:

Y fué así que inflamado discurria

Entre celajes el volante acero;

Con fuego señaló su etérea via

Y apagóse en los aires; cual lucero

Que vaga desquiciado por la esfera

Arrastrando su ardiente cabellera.

XCVII.

Al Cielo los medrosos corazones

Ambos pueblos levantan juntamente;

Mas no igualó con fúnebres visiones

El gran Enéas la vision presente;

Antes sonrie cumulando dones,

Y á Acéstes abrazando, al par rïente,

Aunque grave el semblante, de alegria,

«Lleva, ilustre monarca,» le decia:

XCVIII.

«Lleva esta copa, de labores rica

(Que del Olimpo el reinador, no en vano

Con esa aparicion me significa

El honor que te debo soberano):

Mi anciano genitor te la dedica;

Recíbela, dón suyo, de mi mano:

A él el tracio Ciseo ántes la diera

Insigne prenda de amistad sincera.»

XCIX.

Dice; y ciñe á su sien envejecida

Verde rama, y triunfante le pregona.

A Euritïon, que disputar no cuida,

Cual pudo, muerta el ave, la corona,

Premió inferior á Acéstes. En seguida

Al que nudos deshizo galardona;

Y á aquel con recompensa honra postrera

Que la flecha en el palo hincó primera.

C.

Enéas, no el cértamen concluido,

Llamado habia al de Epito á su lado,

Tutor del tierno Yulo, y á su oido,

Fiel á secretos, confió un recado:

«Vé, corre; á Ascanio dí que si instruido

Tiene y á la carrera adeliñado

Su escuadron de muchachos, más no tarde,

Y honre al abuelo con vistoso alarde.»

CI.

Él mismo á la esparcida concurrencia

Manda dejar los campos escombrados:

Llegan ya, y con gallarda continencia,

En caballos del freno bien guïados,

Avanzan de sus padres en presencia

Niños de hoja menuda coronados;

Y al verlos desfilar, rumor que halaga

A un tiempo en ambos pueblos sordo vaga.

CII.

Dos de agreste cerezo jabalinas

Con punta herrada llevan todos ellos:

Aljaba al hombro, algunos: de oro finas

Cadenas caen de los ceñidos cuellos.

Despártense en tres bandas peregrinas,

Doce en cada una, los garzones bellos;

Y, en competencia igual de su edad tierna,

Agil cada una un capitan gobierna.

CIII.

¿Veislo? mandando va su compañía,

Hijo, Polítes, tuyo, el pequeñuelo

Príamo, que del nombre se gloría

(Cual de él ítalos nietos) de su abuelo:

Monta un corcel de los que Tracia cria,

Gallardo, bicolor, que el duro suelo

Con alba mano denodado huella,

Y lleva en la alta frente alba una estrella.

CIV.

Por segundo caudillo Átis figura,

Claro abolengo vuestro, Acios romanos:

Iguales en la edad y la ternura

Andan Atis y Ascanio cual hermanos.

Llega éste al fin, primero en la hermosura,

En un potro de climas africanos:

A él la cándida Dido ántes lo diera

Insigne prenda de aficion sincera.

CV.

Los demas en sicanos pisadores

Vienen, del viejo Acéstes, cabalgantes,

Agólpanse en tropel espectadores

Troyanos, desfilando los infantes;

Y al ver á éstos de antiguos genitores

Los semblantes copiando en sus semblantes

Que la esperanza y el temor demudan,

Con estruendo de aplausos los saludan.

CVI.

Luégo que el circo hubieron recorrido

Tal que viese cada uno al que aguardara,

El de Epito de léjos un silbido

Dió de repente, y sacudió su vara:

A galope lanzándose, al chasquido,

Cada banda, del centro se separa;

Mas, no bien la segunda seña oida,

Vuelven, blandiendo el dardo, fácil brida.

CVII.

Y á hacer tornando lo que hicieron ántes

Las cuadrillas se apartan, se avecinan;

Vueltas dan y revueltas elegantes;

Giros, tornos, enredan y combinan:

Y en juegos á combates semejantes,

Ya dan la espalda; ya á volver atinan,

Y amagando, venablos abalanzan;

Ya, hechas las paces, de concierto avanzan.

CVIII.

Como hienden delfines la onda fria;

Nadando, al mar Carpacio, en varios modos;

Cual marañada, inextricable via

En la alta Creta con sus mil recodos

El laberinto pérfido tejía

Porque, en calando, se perdiesen todos;

Así los pequeñuelos se cruzaban

Y tal madeja, entrando, huyendo, traban.

CIX.

Estas fiestas á imágen de batallas

Fué Ascanio el que en los campos italianos

Primero instituyó, cuando en murallas

Ciñó á Alba Longa y protegió sus llanos:

Enseñados pudieron practicallas

Los Latinos, y luégo los Albanos:

Hoy de Troya apellido el juego toma

Y el escuadron que lo ejercita en Roma.

CX.

Niño entónces Ascanio todavía,

Con esotros mozuelos sus iguales

Al glorïoso abuelo estos hacía

Honores, si festivos, funerales:

Celebraba la alegre compañía

En los sículos campos juegos tales;

Mas trocó la Fortuna en un instante

Con torvo ceño el plácido semblante.

CXI.

Fué así que en ese medio, rencorosa,

Mal sanada la llaga que encubria,

Juno del Cielo á Íris vaporosa

A las naves ilíacas envía:

A la húmida ninfa la gran Diosa

Impetu añade en la region vacía

Y del arco la adorna de colores,

Miéntras vuelve en secreto sus dolores.

CXII.

Ella parte invisible, vuela aprisa,

Ve el inmenso concurso, tuerce al puerto;

Las anchas playas vacilante pisa

Y todo siente estar mudo y desierto:

Al fin las damas de Ilïon divisa

Que en cóncavo remoto, al mar abierto,

Honrando á Anquíses lágrimas le daban,

Y en el lóbrego mar la vista clavan.

CXIII.

Y así, con mustia faz y ojos inmotos,

Con una voz, la que el dolor les presta,

«Mares cruzamos ya,» dicen, «ignotos;

¡Oh, y cuánto de agua por salvar nos resta!»

Por lograr firme asiento elevan votos;

Hablar de un más allá, pesar les cuesta;

Y hé aquí, miéntras derraman sus querellas,

Íris astuta se desliza entre ellas.

CXIV.

Veste aérea y gentil fisonomía

Poniendo la Deidad, la frente anciana

De Beroe usurpó, que, esposa un dia

Del ismario Doriclo, andaba ufana

Con su nombre, su prole y su hidalguía;

Y, entre ancianas ilustres falsa anciana,

«¿Qué aguardamos, ah míseras!» les dice:

«¡Pobre generacion! ¡suerte infelice!

CXV.

»Fortuna impía del acero griego

Nos reservó para mayores males:

Cumplidos van, desde que á Troya el fuego

Devoró, siete círculos añales:

La tierra hemos corrido, el ponto ciego,

Y medido los cercos siderales;

Y áun vamos por el mar, nao combatida,

A Italia que burlando nos convida.

CXVI.

»Érice fraternal está presente;

Aquí Acéstes bondoso nos ampara;

Y podemos en base permanente

La Patria restaurar. ¡Oh Patria cara!

¡Oh Dioses rescatados vanamente!

¡Qué! ¿y nunca el patrio muro, nunca un ara

Troyana hemos de ver, ni un Janto amigo?

¡Venid! ¡Las naves incendiad conmigo!

CXVII.

»Yo en sueños ví que antorchas esgrimia

La sombra ilustre de Casandra fiera,

Y, «A Troya aquí reedificad!» decia:

«Ésta, ésta es nuestra patria verdadera.»

No consiente demoras, á fe mia,

Tan gran vision, ni la ocasion da espera.

Hé aquí ofrezco á Neptuno cuatro altares:

¡Hachas dános y ardor, Dios de los mares!»

CXVIII.

Dice, y de fuego resplandece armada;

Alza la mano, y de piedad desnudo

Flamígero tizon lanza á la armada;

Pásmanse todas con asombro mudo.

Pirgo, entre ellas en años avanzada,

Que á la prole de Príamo fué escudo,

Nodriza á tantos hijos oficiosa,

«No es de Doriclo,» dice, «no, la esposa;

CXIX.

»Ni es sér mortal, matronas, lo que veo:

Notad de insigne majestad señales,

El porte, de la vista el centelleo,

Voz divina y fragancias celestiales.

La retea Beroe su deseo

De hacer á Anquíses honras funerales

Con nosotras aquí, distante ahora

(Yo enferma la dejé) frustrado llora,»

CXX.

Ellas perplejas á la flota en tanto

Revuelven maliciosas las miradas:

El interpuesto mar les causa espanto,

Mas las llaman regiones anunciadas.

Oscilan entre amor y deber santo,

Cuando Íris de repente á sus miradas

Toma vuelo, y una ala y otra ala,

Trazando un arco inmenso, abre é iguala.

CXXI.

En frenesí convierten sus arrojos

Con la vision espléndida las damas:

Teas clamando lanzan, y, despojos

Del consagrado altar, hojas y ramas:

Van ministros de estrago los manojos;

Y dando rienda á las voraces llamas

Remos trepa y escálamos Vulcano,

Cruje y las gayas popas lame ufano.

CXXII.

Llevó al anfiteatro y sepultura

Santa de Anquíses, la noticia Eumelo;

Vuelven luégo á mirar, y en nube oscura

Ven trémulas pavesas ir al Cielo.

Tuerce al campo de horror y desventura

De su alegre carrera Ascanio el vuelo;

Con vano afan por detenerle, al paso

Salen sus ayos con aliento escaso.

CXXIII.

Y él, «¡Desgraciadas! ¿qué furor extraño,

Qué error,» les dice, «os precipita ciego?

¿Pensais que á argivos campos haceis daño?

¡Oh, á vuestras esperanzas pegais fuego!

Yo vuestro Ascanio soy: ved si os engaño.»

Dice, y el morrïon, disfraz del juego,

Deposita á sus plantas, y les muestra

La faz amiga y la inocente diestra.

CXXIV.

En pos de Ascanio presurosos tiran

Su padre mismo y los demas Troyanos.

Mas ya las tristes en lo que hacen miran,

Y á ocultar su vergüenza, por los llanos

Que extiende la ribera, mustias giran

Huecas peñas buscando: á sus hermanos,

Vueltas en sí conocen, y les pesa,

Libres de Juno, de la aleve empresa.

CXXV.

Pero el voraz incendio, áun no contento,

Sus indómitos ímpetus no afloja:

De las húmedas tablas el asiento

Arde estoposo, y grueso humo arroja:

Consume las carenas fuego lento:

Vana es la onda esparcida que las moja,

Ni hay ya luchar con la arraigada llama,

Cuando hé aquí suplicante el Rey exclama:

CXXVI.

«¡Oh Júpiter supremo! Si de humanos

Males, cual usas, áun piedad hoy tienes;

Si no en uno maldices los Troyanos,

Esta última porcion de nuestros bienes

Salva de azar cruel, fuegos insanos:

Mas si á muerte merezco me condenes,

Destruye de una vez nuestra esperanza,

Y húndame el rayo aquí de tu venganza!»

CXXVII.

Rasgado de sus hombros el vestido

Y ambas las manos extendiendo al Cielo,

Así Enéas con férvido alarido,

O muerte ó salvacion pide en su duelo;

Y áun bien no hablara, cuando nublos vido

Con que el aire oprimir amaga al suelo;

La esfera en un momento se ennegrece,

Ronco trueno las cumbres estremece.

CXXVIII.

Y ya sin más tardar, de los collados,

Acompañados del fragor del viento

Rios descienden á inundar los prados

Furiosos con hinchado movimiento:

Ciego á los buques va medio abrasados,

Las popas cubre el rápido elemento,

Y oprimiendo el vapor, que al fin apaga,

Libra las naves de la peste aciaga.

CXXIX.

Cuatro habia el incendio devorado;

Con cuyo acerbo caso que intimida,

Enéas vacilante, acobardado,

No sabe por cuál rumbo se decida:

Si en Sicilia su nido asiente, al hado

Mal sumiso, que léjos le convida,

O si á Italia persiga, al hado atento;

Y la duda tenaz le da tormento.

CXXX.

Náutes entónces, venerable anciano

Por la tritonia Pálas adivino,

A quien ella dotó con larga mano

De ingenio insigne y de infalible tino,

Interrogado respondió, no en vano,

Ya sobre muestras del furor divino,

Ya lo que el hado inevitable ordena,

Y al héroe hablando, su inquietud serena:

CXXXI.

«¡Hijo de Diosa! al fin llegar porfía

Que una vez y otra vez marcó tu síno:

Tenaz luchando un dia y otro dia,

Vencerás los rigores del destino.

Ahí Acéstes está que se gloría

De su orígen superno: en tu camino

Te dé su luz, y á su favor sincero

Los restos fia del estrago fiero.

CXXXII.

»Quienquier de tu alta empresa lleve enfado,

Las matronas, cansadas de los mares,

Los ancianos; en fin, cuanto á tu lado

Mezquino, flojo, inválido notares,

Quede todo de Acéstes al cuidado:

Funden ellos aquí muros y altares,

Y de Acéstes merced, de Acesta el nombre

Al nido que afiancen, grato asombre.»

CXXXIII.

Alentó el sabio al Rey; mas le destroza

Con nuevas dudas que á su mente inspira.

Y ya la húmida Noche en su carroza

Que negra copia de caballos tira,

Ocupa el firmamento. En esto goza

Ensueño seductor el héroe, y mira

La apariencia bajar del padre amado

Que á hablarle empieza con benigno agrado:

CXXXIV.

«Hijo, más caro que mi propia vida

Miéntras las auras respiré vitales;

Tú, á quien prueba Fortuna encrudecida,

A partir de Ilïon, con tantos males!

Jove en tu auxilio de enviarme cuida;

Jove, que de las sedes celestiales

Del afan se conduele que te aqueja,

Y el voraz fuego de la flota aleja.

CXXXV.

»Vé, y cumple sin temblar las prevenciones

Que anciano consultor te hace sinceras:

Flor de mancebos, recios corazones

Llevar debes de Italia á las riberas:

Allí con tus valientes campeones

Gentes has de postrar duras, guerreras.

Mas ántes avendrá que te regales

Bajando á las moradas infernales.

CXXXVI.

»Harás, en pos de mí yendo, hijo mio,

Cruzando el hondo Averno, oficio grato

Que yo no habito el Tártaro sombrío,

Mas los campos Elíseos moro y trato,

Deliciosa comarca, gremio pio:

Una maga de púdico recato,

Si hartas víctimas negras inmolares,

Te llevará á los místicos lugares.

CXXXVII.

»Y la prole y ciudad que te destina

Fortuna, entónces mirarás presente.

Mas ahora, adios: la Noche ya declina

Y con soplos me acosa el Orïente

De sus potros fogosos, que avecina.»

Así hablaba la sombra, y de repente

Húrtase al hijo y á su amante empeño

Cual humo vano ó fábrica de un sueño.

CXXXVIII.

Y él, «¿Por qué de mis brazos se desliza

Tu imágen? ¿no te curas de mi ruego?

¿Huyes? ¿me dejas?» clama; y la ceniza

Resucitando incontinente, el fuego

Que aletargado dormitaba, atiza:

Sacra masa y colmado incienso luégo

Al Dios ofrece que á su pueblo ampara,

Y humilde á la alma Vesta honra en el ara.

CXXXIX.

Consumó el sacrificio, y convocados

Sus amigos, Acéstes el primero,

Repite los oráculos sagrados

De su padre, de Jove mensajero;

La voluntad pronuncia de los hados

Y su propia intencion franco y sincero:

No hay á sus planes quien demoras teja;

Acéstes coronarlos aconseja.

CXL.

Madres se alistan que en los nuevos techos

Fundar asientos de familias deban:

Quédanse á par cuantos vulgares pechos

De grandes cosas ambicion no llevan.

Tostados bancos, mástiles deshechos,

Vuelan los otros á mudar; renuevan

Remos, jarcias, con mano diligente;

Número escaso, mas resuelta gente.

CXLI.

Marca el troyano Rey con el arado

De la ciudad el ámbito; sortea

Los solares del campo rodeado

Para edificios, y esto manda sea

Troya, y eso Ilïon. Alborozado,

Cordial troyano, Acéstes, á la idea

Del nuevo reino, tribunal y plaza

Designa, y al Senado fueros traza.

CXLII.

Luégo á Vénus Idalia, venerada

De su pueblo, en el vértice Ericino

Dedica, por pacífica morada,

Un templo de los astros convecino:

De Anquíses al sepulcro hace se añada

Culto, y ministro, y bosque peregrino;

Y banquetes ordena, y alegrías,

Y piadosos oficios nueve dias.

CXLIII.

Ya llegaba el momento: el Austro insiste

Convidando á la mar blanda y serena:

Alzase lloro femenil, y triste

La corva playa con lamentos suena:

En el abrazo último resiste

Amor á desatar dulce cadena:

Las madres mismas que la mar temian,

Ni áun la osaban nombrar, partir querrian.

CXLIV.

Eneida; v.1 de 2 · 第 9 / 12 段