Allí, nube de imágenes ligera,

Cuantos dejan del suelo las mansiones

Vuelan sobre la fúnebre ribera:

Austeras madres; nobles campeones;

Vírgenes que en su dulce primavera

Segadas fueron; cándidos garzones

A quienes ya cabe la alzada pira

Lloró el padre infeliz que arder les mira.

LXIII.

Tantos van los espíritus y tales

Como las hojas que en la selva, al hielo

De los últimos dias otoñales

Ruedan precipitadas por el suelo;

O cual, climas buscando más geniales,

A traves de la mar en largo vuelo,

Del tiránico invierno desterradas,

Huir vemos las aves en bandadas.

LXIV.

Y hé aquí la turba que llegó primera

Pasar quiere, ántes que otros, lago allende;

Con vivo amor de la ulterior ribera

Esfuerza ruegos y las palmas tiende.

Caron, de tanta multitud que espera,

Ya á éste toma, ya á aquél; á nadie atiende;

Mas á muchos tambien, ¡desventurados!

Léjos rechaza de los tristes vados.

LXV.

Viendo el tropel, «¡Oh vírgen veneranda!»

Dice asombrado Enéas; «¿á qué llegan

A este rio las almas? ¿Qué demanda

Esa gran multitud? ¿Por qué navegan

Ledos los unos hácia la otra banda,

Y éstos, exclusos, en dolor se anegan?

¿Qué los distingue? di.» Y así de prisa

Respondió la senil sacerdotisa:

LXVI.

«Hijo de Anquíses, semidios troyano!

El lago Estigio y lóbrego Cocito

Mirando estás, por quien jurar en vano

Temen los Dioses como gran delito.

A éstos no honró, al morir, piadosa mano,

Turba doliente en número infinito:

Ese es Caron; trasporta á opuestos lados

Los que fueron en muerte sepultados.

LXVII.

»Ni el linde ingrato y aguas murmurantes

Logran salvar las ánimas que vagan

Desprovistas de honores, sin que ántes

Enterrados en paz sus huesos yagan;

O cien años arreo andando errantes

Sobre esta zona, su esperanza halagan;

Y al cabo de ellos admitidas, vuelan

A ver, en fin, los sitios por que anhelan.»

LXVIII.

Paróse con doliente fantasia

Enéas, y en la gente desechada

Ve á Leucáspis, ve á Oronte, antiguo guia

Del bajel licio en la troyana armada:

Con él salieron de Ilïon un dia,

Y bogando á par de él, á su mirada

Los hundió en crespas ondas Austro impío

Que al nauta sacudió, volcó el navío.

LXIX.

Hé aquí de entre éstos viene Palinuro,

Aquel que en la reciente travesía

Por el líbico golfo, al mar oscuro

Cayó, cuando en mirar se embebecia

Los altos astros de temor seguro.

Así que Enéas en la niebla umbría

Reconoció al llorado compañero,

Tornóse á condoler, y habló él primero.

LXX.

«¿Cuál Dios,» le dice, «Palinuro amado,

Ahogándote con mano traicionera

Te vino á arrebatar de nuestro lado?

Faltóme en cuanto á ti, por vez primera,

Fiel ántes siempre Apolo á lo anunciado,

Prometiendo que salvo á la ribera

Deseada de Italia tocarias:

Mal coronó las esperanzas mias!»

LXXI.

La sombra respondió: «Ni fraudulento

Fué contigo el oráculo divino,

¡Oh hijo de Anquíses! ni en el mar sediento

Númen odioso á sepultarme vino.

Yendo yo, en vela, á mi deber atento,

Casual golpe en la popa sobrevino,

Y en medio de las ondas, sin soltalle,

Caí con el fiado gobernalle.

LXXII.

»Y juro por la negra mar, Rey mio,

Que, perdido el asiento, el timon roto,

Más que por mí cuidé que tu navio,

Privado de defensa y de piloto,

Mal pudiese del piélago bravío

Los golpes contrastar. Violento Noto

Tres noches borrascosas de ardua brega

Me arrastró léjos sobre la onda ciega.

LXXIII.

»Vi las costas de Italia al cuarto dia,

Encumbrado por hórrida oleada:

Poco á poco nadaba, y salvo habria

Hollado, en fin, la playa deseada;

Mas, ¡triste! como á presa de valía

Me embiste horda feroz blandiendo espada

No bien de húmedas ropas agobiado

Trepaba, uñas hincando, agrio collado.

LXXIV.

»Hoy, desecho del mar, en sus riberas

Vientos me azotan. Por la luz del cielo

Y las auras que áun gozas placenteras,

Por tu hijo amado, y por su ilustre abuelo,

Si á éste das honras que de aquél esperas,

Tu invicta mano de tan grande duelo

En el puerto de Velia me redima

Piadosa arena derramando encima.

LXXV.

»Ó ya, supuesto que, de Olimpo santo

Por favor especial, bajado hayas

A visitar los reinos del espanto

Y de tu madre encaminado vayas,

La diestra alarga, si merezco tanto,

Y arrástrame contigo á opuestas playas,

Porque al cabo, rendido de fatiga,

En muerte al ménos reposar consiga.»

LXXVI.

Y dijo la adivina: «¿Estás demente,

Oh sombra temeraria? ¿Por ventura

Querrás el lago Estigio, la corriente

Pasar de las Euménides oscura,

Tú que no ostentas divinal presente

Ni gozas en la tierra sepultura?

¡Triste! no esperes á poder de ruegos

Los hados ablandar sordos y ciegos.

LXXVII.

»Mas escucha mi voz, y tus dolores

Consuela recordando anuncios tales:

Habrá de ancha region habitadores

Que, en fuerza de prodigios celestiales,

Tu sombra aplacarán, daránte honores,

Te alzarán monumentos sepulcrales;

Y el sitio, Palinuro, que te guarde

Hará por siglos de tu nombre alarde.»

LXXVIII.

Al són de estas palabras, un momento

Mitigó Palinuro su agonía,

Y fuése, revolviendo el pensamiento

Que un país de su nombre se gloría.

Ellos siguen en tanto á paso lento.

Caron su barca á la sazon movia,

Y de en medio del lago divisólos

La muda selva atravesando solos.

LXXIX.

Y en recia voz prorumpe: «Tú, quienquiera

Que armado invades mis dominios, tente,

Y qué quieres, dí luégo, en mi ribera.

Aquí en horror profundo eternamente

Moran los Sueños y la Noche impera:

No admite el bote estigio alma viviente;

Ni de atinado, si exenté, me loo,

Ya á Alcídes, ya á Teseo y Piritoo.

LXXX.

»En su abono, su orígen sobrehumano

Mostraban, cierto, y generoso brío:

¡Ah, y aquél ante el trono del tirano

Fué el guarda á encadenar del reino umbrío,

Y temblando arrastróle con su mano;

Y estotros en furioso desvarío

Por robar nuestra Reina, ¿quién tal osa?

El tálamo invadieron de la Diosa!»

LXXXI.

En breves frases respondió prudente

La inspirada de Anfriso: «Insidias viles

No temas, no, que anide nuestra mente,

Ni armas contemplas á tu imperio hostiles:

El encovado can salvo amedrente

Con eternos baladros sombras miles:

Hécate, sin temor de agravio impío,

Casta guarde el umbral del regio tio.

LXXXII.

»Y es que Enéas de Troya, á quien la fama

En piedad, en valor, no dió segundo,

Tan sólo el padre á ver que tanto ama

Viene al riñon del Érebo profundo:

Si eres sordo á tan bello amor, la rama

Mira en que justas esperanzas fundo.»

Y diciendo y haciendo, el tallo santo

Sacaba de los pliegues de su manto.

LXXXIII.

Al ver, tras largos años, que áureo brilla

El dón que misterioso el labio nombra,

Manso el barquero su altivez humilla,

Cesa el debate, y con placer se asombra:

Tuerce el batel cerúleo, y á la orilla

Vuelto ya, do saliera el fondo escombra,

Las tenues almas arrojando fuera

Que sentadas bogaban en hilera.

LXXXIV.

Recibe, en fin, la cavidad vacía

Al fuerte huésped. Rechinando opreso,

Ya anchas grietas al agua negra abria

Flaco el esquife para humano peso.

Mas el barquero con tenaz porfía

A par que á la Sibila, al héroe ileso

Trasporta, y abordando, le enajena

Sobre ovas verdes y movible arena.

LXXXV.

Enfrente á do saltaron, guarecido

En la ancha gruta en que á placer se extiende,

El can trifauce con feroz ladrido

Los ámbitos atruena que defiende:

Viéndole que de víboras ceñido

Sacude el cuello y ya en furor se enciende,

Narcótico manjar con miel dorado

Echa la maga al monstruo espeluznado.

LXXXVI.

El cual tragó la torta engañadora

Con triple boca y con voraz garganta,

Y, largo cuanto el antro donde mora,

Le abate el sueño. Con ligera planta,

Aprovechando la oportuna hora,

A las puertas Enéas se adelanta,

Y traspone volando la ribera

Deaguas que nadie repasar espera.

LXXXVII.

En esto empiezan el comun vagido

De almas de niños á sentir; las cuales,

Léjos, muy léjos del süave nido,

Sollozan de ese mundo en los umbrales:

De tierna infancia en el verdor florido

Negra un hora á los brazos maternales

Arrebatólos, y á la luz del Cielo,

¡Ay! para hundirlos en acerbo duelo.

LXXXVIII.

Están despues los que, torciendo el fuero,

Testimonio falaz llevó á la muerte;

Mas no á sus puestos van sin que primero

Tornen sentencia á dar Justicia y Suerte:

Mínos preside el tribunal severo;

La urna aleatoria agita; indaga, advierte,

Convoca al vulgo que delante calla;

Pesa los cargos, y las causas falla.

LXXXIX.

Arrepentidos yacen, en seguida,

Los que movidos de tedioso enfado

Quitarse osaron sin razon la vida.

Hoy, por volver al mundo, ¡con qué agrado

Trabajos y pobreza aborrecida

Subieran á sufrir! Lo veda el hado;

Cierra el Estigio el paso á sus suspiros

Con nueve vallas en oblicuos giros.

XC.

Tendidos campos se abren luégo, aquellos

Que la fama _llorosos_ apellida:

Los que doblaron al amor los cuellos,

Los que murieron de amorosa herida

Vienen allí; y entre sus mirtos bellos

El bosque cruzan que les da guarida,

Por veredas ocultas. ¡Ay! los hieren

Penas de amor que ni en la muerte mueren.

XCI.

Muéstranse al héroe entre la selva umbría

Fedra, Prócris; Erífile doliente,

Cuyo seno áun la llaga descubria

Que el hijo vengador abrió inclemente;

Evadne, Pasifae, Laodamía;

Cénis, mancebo un tiempo floreciente,

Y ahora, por decreto del destino,

Vuelto al sexo primero femenino.

XCII.

En medio de ellas la fenicia Dido,

Su herida áun fresca, andaba en la espesura.

Cuando la hubo al pasar reconocido

Mal cierto Enéas en la sombra oscura,

Como el que alzarse entre nublados vido

La luna nueva, ó verlo se figura,

Así á hablarle empezó con tierno acento

Y lágrimas que brota el sentimiento:

XCIII.

«¡Infeliz Dido! ¿Conque no mentia

En nuevas que me trajo funerales

La fama? ¿Tú empuñaste daga impía?

¿Yo causa hube de ser de tantos males?

Mas por todos los astros, Reina mia,

Te juro, y por los Dioses celestiales,

Y por estas mansiones justicieras,

Que partí á mi pesar de tus riberas.

XCIV.

»La férrea voluntad del Cielo santo

Que á esta abismosa eternidad me envía,

Lo mismo allá, con invencible encanto

Me arrancó de tu lado y compañía.

Ni pensé nunca que á delirio tanto

Te pudiese arrastrar la ausencia mia.

¡Mas ten! ¡vuelve! ¿á quién huyes? ¡Ley severa

Permite vernos por la vez postrera!»

XCV.

Tal dice el héroe á la infelice amante,

Por si en su ánimo airado tierno cava

Ó amansa su mirada centellante;

Las razones el llanto entrecortaba.

Mas ella, vuelto el tétrico semblante,

Torvos los ojos en el suelo clava,

Y tanto muestra que la voz la toca

Cual si ya mármol fuese ó firme roca.

XCVI.

Y de pronto indignada huye y se esconde

En la parte del bosque más espesa,

Entre acopados árboles, en donde

Al renovado amor que le profesa,

Siqueo como de ántes corresponde.

Enéas, de piedad el alma opresa,

A la sombra siguió por trecho largo

Llorando para sí su lloro amargo.

XCVII.

Mas andando el camino, á los postreros

Campos llegaban cuya igual alfombra

Van á solas hollando los guerreros

A quien la fama por sus hechos nombra.

Entre los capitanes que primeros

Al paso Enéas encontró, la sombra

Vió del pálido Adrastro, vió á Tideo,

Vió al ínclito en la lid Partenopeo.

XCVIII.

Vió tambien los Troyanos que segados

En duras lizas los soberbios cuellos,

Fueron con llanto de la patria honrados:

Glauco, Medon, Tersíloco; y con ellos

Los tres hijos de Anténor afamados;

Y Polifétes, que tus dones bellos

Honró, Céres; é Ideo, que áun regía

El carro y armas que rigiera un dia.

XCIX.

Tantas sombras al ver en larga hilera

Enéas, conociéndolas, suspira;

Mas á izquierda y derecha se aglomera

La multitud, que con pasion le mira;

Ni á su curiosidad satisficiera

Mirarle sólo, á detenerle aspira,

Y mil ánimas llegan voladoras

Con sus preguntas á tejer demoras.

C.

Entanto viendo al héroe, y la armadura

Del héroe, que cruzando centellea

El vacuo espacio de su estancia oscura,

Tiemblan los cabos de la gente aquea:

Tratan unos de huir, cual con pavura

Ya al mar lo hicieron en campal pelea;

Gritan otros, y á médias sólo acierta

Clamor tenue á exhalar la boca abierta.

CI.

Sigue; y hé aquí, las manos mutiladas,

Llagado el cuerpo y con la faz hendida,

Ambas sienes de orejas despojadas,

Y rota la nariz con torpe herida,

Deífobo se ofrece á sus miradas;

Y al ver que triste, avergonzado cuida

De ocultar de su afrenta las señales,

Hablóle en tono amigo y voces tales:

CII.

«¡Valeroso Deífobo, esperanza

De Troya, hijo de reyes! ¿Quién fué osado

En tí á ejercer insólita venganza?

¿Quién consumó tan bárbaro atentado?

Oí que de combate y de matanza

Aquella horrenda noche tú cansado,

Sobre enemigos que humilló tu acero

Caido habias á morir postrero.

CIII.

»¡Mísero amigo! yo en la playa nuestra

Te alcé entónces funéreo monumento

Que áun hoy tus armas y tu nombre muestra

Tres veces te llamé con alto acento.

Mas ¡ay! ni verte pude, ni mi diestra

En suelo de la patria acogimiento

Mullir á tu ceniza.» Enéas dijo;

Y de Príamo así respondió el hijo:

CIV.

«Tú hiciste tu deber; yo estoy pagado

Y agradecido estoy. Suerte inhumana

Es la que me hunde en tan horrible estado

Y el crímen de la pérfida Espartana:

¡Éste, éste es de la pérfida el legado!

Recordarás en la alegría insana

Que pasámos la noche postrimera;

¿Quién no ha de recordarlo aunque no quiera

CV.

»Entónces, cuando el monstruo de madera

De armas grave los muros dividia,

Hembras ella ordenaba la primera

En libre danza y bulliciosa orgía;

Y una antorcha blandiendo traicionera

Con que iba en torno al coro, falsa guia,

De la alta torre en nuestro daño ¡ay ciegos!

Señas hacía á los atentos Griegos.

CVI.

»Yo en mi tálamo infausto, sin cuidado

Ya al cansancio buscando dulce olvido,

Caí en brazos de un sueño regalado

A una plácida muerte parecido.

Mi noble esposa al punto de mi lado

Las armas de mi estancia sin rüido

Aleja: de mi lecho á la testera

Ella mi espada hurtó, fiel compañera;

CVII.

»Las puertas abre, y obsequiosa llama

Á Menelao, por si de mal la eximen

Crímenes nuevos, y la negra fama

A absolver bastan del antiguo crímen:

El Eólida á par, que ardides trama,

Acude: salvan de mi alcoba el límen ...

¡Dioses, si justas súplicas os mueven,

Lo que entónces probé los Griegos prueben!

CVIII.

»Mas ¿á qué me detengo en mis pesares?

Tú aquí, es posible? y con vital aliento?

¿Juguete de los vientos de los mares

Vienes, ó por divino mandamiento?

¿Qué toques de fortuna singulares

Te traen, el profundo apartamiento

A visitar de la region sombría

Que nunca vió la claridad del dia?»

CIX.

En medio de estas pláticas, ligera

En su rósea cuadriga y gentil vuelo

La Aurora la mitad de su carrera

Traspuesto habia por el alto cielo;

Y acaso el héroe consumido hubiera

En estéril hablar y acerbo duelo

El plazo volador, si no le echara

La vírgen con afan su olvido en cara:

CX.

«Nosotros ¡ay! miéntras la noche avanza,

Gastamos mudo el tiempo en lloro vano!

La senda aquí se parte, y en balanza

Está la suerte; de Pluton tirano

Lleva la diestra á la valiente estanza,

Y al encantado Elíseo: á izquierda mano

Caen los muros do la gente impía

En eterno sus crímenes expía.»

CXI.

«Perdon,» dice Deífobo, «si muevo

Tu enojo, profetisa soberana!

El número fatal que llenar debo

Torno á llenar doliente sombra y vana.

Tú vé en paz, gloriosísimo renuevo,

¡Oh luz, oh prez de la nacion troyana!

Goza suerte mejor que fué la mia.»

Y así diciendo á su ángulo volvia.

CXII.

Tornó Enéas á ver, y á izquierda mira

Cerrada una ciudad de triple muro

Al pié de una alta roca: en torno gira

Con lenguas Flegeton de fuego puro,

Y revuelca peñascos en su ira:

Frente, gran puerta, de diamante duro

Las jambas, cual ni de hombres quebrantada

Ni áun de Dioses lo fuera por la espada.

CXIII.

Férrea una torre despreciando el viento

Avánzase orgullosa: allí sentada,

Ceñida un manto de color sangriento

Guarda insomne Tisífone la entrada.

Ruido de barras, en aquel momento,

Y música de azotes despiadada

A oirse empieza, y voces de horror llenas,

Y el pesado arrastrar de las cadenas.

CXIV.

«¿Qué gritos de dolor hieren mi oido?»

Dice Enéas parándose asombrado:

«¿Quiénes llevan allí su merecido?

»¿Cuál es ¡ay! su suplicio y su pecado?»

Y la Sibila respondió: «No ha sido

Nunca á justos varones otorgado,

Magnánimo caudillo, entrar las puertas

Sólo al delito por la pena abiertas.

CXV.

»Mas yo, cuando los bosques infernales

Por Hécate guardaba, del espanto

Vi el reino y sus tormentos eternales:

Tiene el cetro el cretense Radamanto,

Que interroga á las almas criminales,

Castiga sus delitos, y de cuanto

Ocultó hasta la muerte astucia fria,

A hacer les fuerza confesion tardía.

CXVI.

»Y, nunca de venganzas satisfecha,

Con la izquierda azuzando sus serpientes

Y del látigo armada la derecha,

Corre los sentenciados delincuentes

Tisífone á azotar, y los estrecha,

Llamando sus hermanas inclementes;

Y ábrense á devorarlos, y crujiendo

Giran las sacras puertas con estruendo.

CXVII.

»Contempla á la cruel, que allí se asienta

Y el vestíbulo guarda de ese mundo:

¿Qué, si vieses, abiertas las cincuenta

Negras fauces, el monstruo sin segundo,

La Hidra feroz que adentro guarda atenta?

Luégo el Tártaro se abre, tan profundo

Al medio de su abismo, cuanto dista

El alto Olimpo de la humana vista.

CXVIII.

»Allí, humilladas las soberbias vidas,

Los antiguos engendros de la Tierra

Revuélvense en recónditas guaridas

A donde el rayo su ambicion encierra:

Vi á par los dos enormes Alöidas

Que el Cielo con sus manos, ¡loca guerra!

Descargar intentaron, y en su encono

A Jove mismo derrocar del trono.

CXIX.

»Vi allí tambien yacer, de angustias lleno,

Á Salmoneo, por su error insano,

Que de Jove el relámpago, y el trueno

Quiso imitar de Olimpo soberano:

De cuatro brutos gobernando el freno

Y antorchas sacudiendo con su mano,

A Elis cruzó, y en su triunfal camino

Culto pedia como á sér divino.

CXX.

»Fingir quiso el demente (¡mal pecado!)

Al sentar de sus potros con rüido

Los cascos, con el bronce golpeado,

Inimitable luz, sacro estampido:

Envuelto Jove en lóbrego nublado

Venablo duro le lanzó ofendido,

No humosa tea ni exhalada llama,

Y á la sima arrojóle donde brama.

CXXI.

»Yugadas nueve allí cubriendo yace,

Alumno de la Tierra creadora,

Ticio: el hígado eterno le renace,

Pasto al buitre cruel que le devora,

No le consume, y sus entrañas pace

Y fiero en lo hondo de su pecho mora:

Ni el corvo pico en el roer se amansa,

Ni de brotar la víscera se cansa.

CXXII.

»¿Qué, si á Ixïon y Piritoo á cuento

Trajese? ¿ó los que roca ven colgante

Pronta siempre á caer? Áureo aposento,

Regalado festin miran delante;

Mas la Furia mayor vela de asiento

Al lado, y como alguno se levante

Las mesas á tocar, corre, y vocea,

Y airada amaga con su horrible tea.

CXXIII.

»Allí gimiendo están los que al hermano

Profesaron, en vida, odio demente;

Los que hicieron ultraje al padre anciano,

Los que en fraude envolvieron al clïente;

Allí los solitarios que, la mano

Cerrada siempre al mísero pariente,

Sobre el oro enterrado hicieron nido:

Infame grey en número crecido.

CXXIV.

»Y allí aguardan castigo los que amores

Adúlteros pagaron con la vida;

Los que hicieron traicion á sus señores;

Los que en guerra se alzaron fratricida:

No cures de su pena los horrores

Ni las causas saber de su caida.

Quién vuelca enorme risco; atado esotro

Gira en rueda veloz, su eterno potro.

CXXV.

»Está sentado y en perpétuo duelo

Teseo lo estará.--_¡Mirad si presta

La justicia ultrajar, reir del Cielo!_

Flégias clamando á todos amonesta

Entre las sombras. El nativo suelo

Este por oro enajenó, funesta

Tiranía elevando: esotro puso

A precio de la ley uso y desuso.

CXXVI.

»Y áun hubo ya con ciego desatiento

Quien de su hija el tálamo invadiera.

Todos formaron criminal intento

Y corona ciñeron en su esfera.

No si cien bocas yo, si lenguas ciento

Tuviese y férrea voz, contar pudiera

Las especies sin fin de los delitos,

Los nombres de las penas infinitos.»

CXXVII.

Así la anciana profetisa habia

Hablado, y «¡Sús!» añade: «hora es preciso

Que el paso abrevies, y por esta via

Á cumplir tu deber vayas sumiso:

Los muros que los Cíclopes un dia

Sacaron de su fragua, allá diviso;

Ya, bajo el arco que se eleva enfrente,

Las puertas veo de Pluton potente.

CXXVIII.

»Vé; obsequios debes al dintel frontero.»

Tal dijo, y con el héroe se adelanta,

Y el intermedio espacio, y el sendero

Sin luz, dejan atras con ágil planta.

Acércanse á las puertas: él primero

Entra el zaguan; con gotas de agua santa

Casto los miembros á rociar atiende,

Y el áurea rama en el portal suspende.

CXXIX.

Puesto el dón á la Diosa, y alongados

Del sitio, ya pisaban los amenos

Jardines y los bosques fortunados

Donde con grande paz moran los buenos:

Abrense allí sobre inocentes prados

Tintos en rósea luz cielos serenos;

Regiones siempre iguales, siempre bellas,

Tienen su sol y tienen sus estrellas.

CXXX.

Aquéllos juegan en verjel florido;

Éstos combaten en la roja arena;

Otros saltan en coros, y el sonido

De sus cantos el ánimo enajena:

El tracio vate, con talar vestido,

Los siete tonos de su lira suena,

Moviendo acordes con su voz canora

Ya el plectro de marfil, los dedos ora.

CXXXI.

Brilla de Teucro allí la estirpe clara

Robustez ostentando y lozanía:

Egregios héroes á quien ver tocara

En siglo más feliz la luz del dia.

A Ilo, á Asáraco, á Dárdano repara

Autor de la troyana monarquía,

Enéas, y armas léjos ve, y baldíos

Carros que honraron ya marciales bríos.

CXXXII.

Hincados por el campo ve lanzones,

Y que arrogantes la verdura pacen

Por acá y por allá sueltos bridones.

¡Oh! los que en mundo subterráneo yacen

No renuncian sus viejas aficiones:

Armas y carros sus delicias hacen

Si armas, carros amaron: cuidan fieles,

Si los criaron ya, régios corceles.

CXXXIII.

Luégo, á izquierda y derecha, ve adelante

Los que á dulces festines se abandonan

Tendidos en la hierba verdeante;

Los que en honor de Apolo himnos entonan

Intrincando los pasos en fragante

Bosque, á quien cimas de laurel coronan,

Donde brota y por selva ámplia y risueña

Erídano soberbio se despeña.

CXXXIV.

Están allí los que á la patria amaron,

Y heridas por la patria recibieron;

Allí los sacerdotes que guardaron

Austera castidad miéntras vivieron;

Vates dignos que á Febo interpretaron;

Maestros que el vivir embellecieron

Con artes nuevas; los que haciendo bienes

Vencieron del olvido los desdenes.

CXXXV.

Todos éstos con ínfulas nevadas

Ceñidos van las sienes y cabellos.

Con los cuales confunde sus pisadas

La profetisa por sus campos bellos;

Y volviendo la voz y las miradas

A Museo ante todos, que alza entre ellos

Con majestad serena la cabeza

De muchos rodeado, á hablar empieza:

CXXXVI.

«Oid, almas felices, ruegos píos;

Y tú, máximo vate, ¿dó se esconde

Anquíses, por quien ya los grandes rios

Cruzamos del Erebo; dínos, dónde?

¡Ah! ¿qué sitios repuestos y sombríos

Nos le ocultan?» Museo la responde:

«Aquí moramos bajo hojosos techos,

Y son márgenes blandas nuestros lechos;

CXXXVII.

»Frescos prados tratamos por recreo,

Y á nadie se fijó mansion segura;

Mas pues tanto interes traer os veo,

Venid conmigo á la vecina altura

Y camino hallará vuestro deseo.»

Dice; ante ellos los pasos apresura,

Y horizontes de luz les manifiesta:

De ahí, descienden de la erguida cresta.

CXXXVIII.

En un valle cubierto de verdura,

Anquíses, en el fondo, atento via

Guardadas almas que del aura pura

Subirán á gozar llegado el dia;

Allí en sombra numera su futura

Cara prole, y mirando se extasía

La fortuna y valor hereditarios,

Glorias, triunfos, virtudes, lances varios.

CXXXIX.

Y viendo que hácia allá se dirigia

Hollando Enéas el gramoso prado,

Abre Anquíses los brazos, de alegría

Lágrimas vierte y clama enajenado:

«¿Conque venciste intransitable via,

Hijo, á fuerza de amor? ¿Conque á mi lado

Hoy tornas? ¿Es posible que consigo

Verte, oirte, tocarte, hablar contigo?

CXL.

»Yo, tiempos computando, aqueste día

Fausto acercarse vi: cumplióse el voto.

¡Mas cuánta extraña tierra en tu porfía

Habrás medido, y cuánto mar ignoto,

Y qué de riesgos arrostrado, en via

De confin tan profundo y tan remoto!

De los líbicos pueblos, hijo amado,

¡Cuánto temblé por tí funesto hado!»

CXLI.

Enéas contestóle en tal manera:

«Tu imágen veneranda, padre mio,

Siguiéndome doliente por doquiera,

Forzóme á visitar el reino umbrío.

Ocupan mis bajeles la ribera

Tirrena. Mas tú ahora, con desvío

No á mi mano, señor, robes la tuya;

No á mi abrazo filial tu cuello huya.»

CXLII.

Dice, y llorando, con amante empeño

Tres veces va á abrazar al padre anciano;

Cual humo huye la sombra ó como sueño

Y él tres veces aprieta el aire vano.

Tornó á mirar, y un bosque vió risueño

En un valle repuesto comarcano:

Gárrulo bosque, plácido retiro

Que manso baña el Lete en blanco giro.

CXLIII.

Eneida; v.1 de 2 · 第 11 / 12 段