»Andrómaca á su vez, bañada en lloro,

Una ausencia eternal viendo cercana,

Ropas presenta recamadas de oro

Y una clámide á Ascanio da troyana;

De ornadas telas de sutil tesoro

Empieza á desvolver la pompa ufana,

Y, «Guarda estas labores de mis manos,»

Dice, excusando cumplimientos vanos:

XCI.

»¡Acuérdete la veste que te ciño

»De Andrómaca el amor, de Héctor esposa!

»¡Postrer dón de los tuyos lleva, oh niño,

»Tú, única imágen de mi prenda hermosa!

»En ti me representa mi cariño

»Sus ojos, su ademan, su habla amorosa:

»Hoy podria vivir; hoy si viviera,

»A par contigo florecer le viera!»

XCII.

»¡Yo gimiendo les daba adioses tales:

«¡Oh! ¡dichosos quedad, pues la fortuna

»Fijasteis! ¡Arrostramos temporales

»Nosotros: vos no hendeis ola importuna

»Ni á playas vais que os huyan desleales!

»La paz se os concedió. De un Janto y una

»Troya gozais que hicieron vuestras manos:

»¡Así auspicios la quepan más humanos!

XCIII.

»¡Así los Griegos la atalayen ménos!

»Si al Tibre arribo y campos comarcanos

»Que hace del Tibre la corriente amenos,

»Y alzo el muro que espero á mis Troyanos,

»Lacio y Epiro, de recuerdos llenos,

»Sólo una Troya compondrán hermanos:

»Tales el Cielo cumpla nuestros votos;

»Tal gocen nuestros nietos más remotos!»

XCIV.

»De allí hácia los Ceraunios, desde donde

Puede á Italia pasarse sin fatiga,

Navegámos. En tanto, el sol se esconde,

Y la sombra los montes cubre amiga.

Ya en tierra, á qué remeros corresponde

Velar, hacemos que la suerte diga;

Solaz cobramos en orilla grata,

Y manso el sueño nuestros miembros ata.

XCV.

»La noche áun no mediaba su carrera

De las horas llevada, y Palinuro

Ya se alza, y á la brisa más ligera

Oidos tiende entre el silencio oscuro:

De una ojeada al rodear la esfera,

Ve en paz los astros declinar; ve á Arturo,

Y las Híadas tristes y las Osas,

Y áureo con armas Orïon lumbrosas.

XCVI.

»Visto en el cielo plácidas señales,

Nos dió la suya de hácia el mar sonora;

A cuya voz movemos los reales,

Y velas descogemos á la hora.

Hendíamos los líquidos cristales;

Rósea los astros ahuyentó la Aurora,

Y al teñir de su luz los horizontes,

Hé aquí avistamos nebulosos montes.

XCVII.

»Italia léjos honda aparecia;

«¡Italia!» Acátes exclamó el primero,

Y todos repitieron á porfía

El saludo de «¡Italia!» placentero.

Colma Anquíses de vino, en su alegría,

Un alto vaso que adornó primero

De hojas festivas, y en la popa erguido

Con preces tales dominó el rüido:

XCVIII.

«¡Oh grandes Dioses de la mar y el suelo!

»¡Arbitros de los vientos! Dad que aprisa

»Avancen nuestras naves en su vuelo;

»¡Merced hacednos de oportuna brisa!»

Y el aura, anticipándose á su anhelo,

Arreciaba amorosa. Se divisa

Cercano arrimo; y de Minerva un templo

En yerta cumbre descollar contemplo.

XCIX.

»El velámen cogiendo incontinente

Damos fondo á las proras. Arqueado

El puerto á impulsos de oriental corriente,

Le oculta y ciñe natural vallado.

Yertos escollos guárdanle de frente

Que azota encanecido el mar salado;

Y como á entrar el leño se aproxima,

Semeja huir la consagrada cima.

C.

»Cuatro potros vi allí, primer agüero,

Níveos rozando la menuda grama;

A cuya vista, «¡Oh suelo forastero!

»Tu hospedaje es de guerra,» Anquíses clama:

«¡Guerras ama el corcel; nuncio es guerrero!

»Mas tambien el corcel los juegos ama;

»Tiempo há que, dócil copia, carros tira;

»El presagio, á esta cuenta, paz respira.»

CI.

»Pálas, la diosa de armas resonantes,

Fué, á quien gracias rendimos, la primera

Que allí Troyanos hospedó triunfantes:

Con la púrpura frigia, en su ribera,

Cubrimos ante el ara los semblantes;

Y, lo que Heleno tanto encareciera,

Con pompa ritüal á Juno argiva

Hicimos sacrificio y rogativa.

CII.

»Todo en órden cumplido, el mar convida;

Torcemos la asta á la vestida entena,

Y la costa dejamos, por guarida

De aleves Griegos, de asechanzas llena.

El golfo de Tarento vi en seguida;

Fundo de Hércules ya, si no condena

La verdad á la fama. Preeminente,

Sacra Lacinia se aparece en frente.

CIII.

»Y ya asoma Caulonia, y Scilaceo

Que náufraga infamó reliquia tanta;

Y ya el sículo Etna léjos veo

Que, al parecer, de la onda se levanta;

Y oigo roto en la playa el clamoreo

Del mar que en peñas su furor quebranta;

Enríscase la espuma, y el arena

Arrebatada en remolino suena.

CIV.

»Y mi padre gritaba: «Ésta es, sin duda,

»Caríbdis abismosa, y éstos, éstos

»Los arrecifes, ¡amenaza aguda!

»Que Heleno ya nos anunció funestos.

»¡Ea! cada uno con el remo acuda

»Tanto riesgo á evitar!» Acuden prestos;

Palinuro, el primero, á izquierda vira,

Y gimiendo la proa en la onda gira.

CV.

»Y todos, á poder de brazo y viento,

Á izquierda tuercen. Súbita oleada

Acércanos, erguida, al firmamento,

Y luégo á los abismos, aplanada.

Se oye tres veces el hervor violento

De la riscosa cóncava morada,

Y tres veces la espuma se alborota,

Y una pluma del agua el aire azota.

CVI.

»El sol ya declinaba hácia su ocaso,

El aura tenue falleciendo iba,

É incierto el rumbo y el aliento escaso,

Dimos de los Ciclopes en la riba.

Sereno el puerto se dilata, y paso

Niega á asaltos del mar la rada esquiva;

Mas no léjos de allí con torva saña

Etna ruge atronando la campaña.

CVII.

»Ya pez negra y cenizas albicantes

Etna, en turbion de nubes, fuera bota,

Y en globos que carcomen vacilantes

El brillo sideral, incendios brota;

Ya peñascos alanza fulminantes,

Toscos fragmentos de su entraña rota,

Y lava arracimada, á són de trueno,

Y sordo hierve el cavernoso seno.

CVIII.

»Del rayo á médias calcinado, es fama

Que Encélado padece en la honda sima:

Deja á veces por grietas ver la llama

Etna descomunal sentado encima;

Y cuando, preso en la insufrible cama,

A ladearse el réprobo se anima,

Trinacria toda retemblar parece,

Y envuelto en humo el Cielo se oscurece.

CIX.

»Sobrecogidos de pavor pasámos

La noche bajo amago tan tremendo,

En hueca selva de tejidos ramos,

Ignorantes la causa del estruendo;

Que ni brillar un astro divisamos,

Ni el éter nos bañó, su luz cerniendo,

Mas la noche con sombras importuna

En triste nimbo arrebozó la luna.

CX.

»Ya se alzaba á anunciar un nuevo dia

El matinal lucero en orïente,

Y ahuyentando tras él la niebla fria

Risueña el alba coloró el ambiente;

Cuando un bulto que humano parecia,

Cadavérico aspecto, aire doliente,

Saliendo de los bosques más cercanos,

Tiende á la playa las inermes manos.

CXI.

»Faz de dolor y gesto de gemido,

Ostentaba su rostro extenüado:

Grifos su barba; andrajos su vestido,

Con espinas sujeto de pescado.

Vuelta, el caso cruel mi gente vido,

Y quedó absorta. En lo demas, soldado

Haber sido de aquellos parecia

Que envió Grecia contra Troya un dia.

CXII.

»Él, como arreos columbró troyanos,

Paróse, dando de terror señales;

Vuela luégo á la orilla, y en insanos

Lloros prorumpe y en palabras tales:

«¡Por los Dioses del Cielo soberanos,

»Por esta santa luz y auras vitales,

»Oid, hijos de Troya, mi gemido:

»Arrancadme á esta playa; es cuanto pido!

CXIII.

»Yo la verdad confesaré de grado:

»Griego hice ya contra Ilïon campaña:

»Si perdon no os merece mi pecado,

»Fin poner presto á adversidad tamaña.

»¡Ea! ¡heridme, matadme; destrozado

»Al mar lanzadme á sosegar su saña!

»Pues del hado el rigor quiere que muera,

»A manos de hombres moriré siquiera.»

CXIV.

»Habla, y nuestras rodillas adherido

Abraza, de rodillas derribado:

Movémosle á que diga su apellido,

Su linaje, y mudanzas de su estado.

Calló breves momentos, y dolido

Mi padre Anquíses, con benigno agrado

La diestra ilustre tiende al magro jóven,

Y añade muestras que el temor le roben.

CXV.

«Yo Aqueménides soy,» dijo sincero

El afan serenando que le aterra:

«Fuí del mísero Ulíses compañero,

»A Itaca tuve por nativa tierra.

»Mi padre, escasa el arca de dinero,

»Me aventuró á los lances de la guerra:

»Llamábase Adamasto. ¡Ah, siempre el hado

»Me mantuviese de mi padre al lado!

CXVI.

»Miéntras huir de esta ímpia costa emprende

»Hé aquí mi gente me dejó en olvido,

»En un antro que lóbrego se extiende

»De manjares sangrientos esparcido:

»El antro de un Ciclope. El monstruo hiende

»(Oh, qué monstruo cien veces maldecido!)

»Las nubes, si la frente alza espantosa;

»Y nadie hablarle ni áun mirarle osa.

CXVII.

»Crudos devora á cuantos tristes caza.

»Tendido en medio al antro donde espía,

»Con la mano feroz con que atenaza

»Asir dos de los nuestros vile un dia:

»A golpe en un peñon los despedaza;

»El umbral de la sangre se mecia;

»Vi humor los miembros destilar, y ardiente

»Tremer la carne al dar diente con diente.

CXVIII.

»No tal Ulíses soportó; ni en ese

»Trance á su fama desmintió su pecho;

»Mas aguardó á que el monstruo se rindiese

»De manjares y vino satisfecho:

»Rindióse al fin, doblando el cuello, y fuése

»Adurmiendo en la cueva, su amplio lecho;

»Y su boca brotaba entre rumores,

»Trozos de vianda, y de licor vapores.

CXIX.

»Á los Dioses llamando en nuestra ayuda,

»Sorteado el peligro, á un mismo instante

»Corremos en redor, y una asta aguda

»Clavamos en el ojo del gigante:

»Ojo, al metal que á Argivos combo escuda,

»O al gran disco de Febo semejante;

»Ojo único, bajo hosca ruga oculto;--

»Y así vengámos su brutal insulto.

CXX.

»¡Huid, tristes, huid! todo os conjura!

»Cortad los cables sin perder momento;

»Pues como ese, que agora por ventura

»Ordeña, consolando su tormento,

»Su grey lanosa en su caverna oscura,

»Como ese horrendo Polifemo, hay ciento,

»Y en magna procesion la prole infanda

»Ronda esta costa, y por los montes anda.

CXXI.

»Ya por tercera vez brillar he visto

»Las fases de la luna renovadas,

»Desde que en esta soledad existo

»Y á las fieras disputo sus moradas.

»Cauto los monstruos de una peña avisto,

»Y su voz tiemblo y tiemblo sus pisadas;

»Y zonzas nutren mi existencia acerba

»Silvestres bayas y arrancada hierba.

CXXII.

»Vi llegar vuestra flota á esta ribera,

»Miéntras miradas de ansiedad dirijo

»Cuan en léjos logro; y fuese lo que fuera,

«Palpitando volé de regocijo.

»Ya, ya estoy libre de esta raza fiera:

»¡Ahora matadme si quereis!» Tal dijo;

Y ya un bulto, áun no bien de hablar acaba,

En los vecinos montes descollaba.

CXXIII.

»Obeso Polifemo se movia

En medio del lanígero ganado,

Y á la usada ribera el paso guia:

¡Gran monstruo, informe, atroz, de luz privado!

Hácenle sus ovejas compañía,

Consuelo solo de su adverso estado,

Sírvele de baston desnudo un pino,

Y con resuelto pié cata el camino.

CXXIV.

»Llega á la playa de su ruta al cabo;

Y al mar entrando, con sus ondas lava

Del ojo, herido del ardiente clavo,

La sangre que grumosa chorreaba.

Crujir los dientes le hace el dolor bravo

Que el mal renueva y el enojo agrava;

Y más y más se interna en la agua, y ésta

Le moja apénas la cintura enhiesta.

CXXV.

»Temblando, y á par nuestro recibido

El que, eso visto, la verdad decia,

Las amarras soltamos sin rüido,

Y el mar los remos barren á porfía.

Sintió el gigante, y se volvió al sonido;

Mas vió que con el brazo no podia

Tocarnos ya, ni competir tampoco

Con las jónicas ondas, de ira loco.

CXXVI.

»Gimió entónces: el ponto se estremece

Al inmenso clamor, el viento zumba;

Italia toda retemblar parece;

Etna en sus hornos cóncavos retumba.

Y de montes y selvas se aparece,

Al són de alarma, la feroz balumba

De los otros Ciclopes, que se ordenan

En largas filas, y las playas llenan.

CXXVII.

»Yo los vi, yo, los étneos hermanos,

En pié, con sendos ojos imponentes,

¡Junta horrenda! mirándonos insanos,

Al cielo alzadas las soberbias frentes.

Tales inmoble ostentan los ancianos

Cipreses y los robles eminentes

Cima piramidal ó copa vana,

En los bosques de Jove ó de Dïana.

CXXVIII.

»Con el vivo temor que nos aguija,

Al sacudir el cable, al dar la vela,

Torcemos á do el viento nos dirija,

Y á do el viento sopló, la nave vuela.

Mas porque no el azote nos aflija

Entre Scila y Caríbdis, que revela

La voz de Heleno, que á evitarlo exhorta,

Volver y el rumbo enderezar importa.

CXXIX.

»Bóreas en tanto de la estrecha boca

De Peloro enviado, nos ampara.

El Pantágias pasamos, que entre roca

Viva desagua; el seno de Megara,

Y Tapso humilde. Nuestra quilla toca

En sitios que Aqueménides declara;

Que en rumbo inverso los corrió primero,

Ya del mísero Ulíses compañero.

CXXX.

»Hay en el golfo siciliano, en frente

Del undoso Plemirio, una isla bella,

Y quiso ya la primitiva gente

Con el nombre de Ortigia noble hacella.

Fama es que Alfeo de Élide, latente

Vino y errante bajo el mar á ella;

Y ya unido, Aretusa! á tus raudales

Vuela ufano á los sículos cristales.

CXXXI.

»Habiendo allí los Númenes honrado.

Y el campo atras dejado peregrino

Que el Heloro fecunda remansado,

Los salientes peñascos de Paquino

Raemos. Léjos aparece el vado

Que un Dios vedó moviesen Camarino;

Y el gran pueblo de Gela, y su campaña,

A quien dió nombre el rio que lo baña.

CXXXII.

»Tierra de nobles potros afamada,

Acragas en seguida se presenta,

Y de léjos fijó nuestra mirada

El ancho muro de que está opulenta.

Selínos, la de palmas coronada,

Ya atras te quedas: la onda fraudulenta

Del rocalloso Lilibeo corto,

Y á Drépano ¡ay, llorosa playa! aporto.

CXXXIII.

»Tras tanto afan, en extranjero suelo,

El hado á Anquíses me robó tirano;

Era en mis penas mi único consuelo,

Él daba aliento á mi cansada mano.

¡Oh padre bondadoso! ¡oh acerbo duelo!

¡De cuántos riesgos escapaste en vano!

No me anunció, entre tanto mal, Heleno

Desgracia tal, ni la cruel Celeno!

CXXXIV.

»Meta de viajes, causa de gemidos

En Drépano encontré. De ahí del viento

Vinimos por el piélago impelidos,

Merced de un Dios, á vuestro ilustre asiento.»--

Tal sucesos del Cielo dirigidos

Narraba el héroe al auditorio atento,

Contratiempos, errores y peleas:

Calló, en fin, y descanso tomó Enéas.

LIBRO CUARTO

I.

Herida en breve de dolencia aciaga,

Pábulo da la Reina en cada hora

Al placer mismo de enconar la llaga,

Y de fuego secreto se devora:

Del héroe, su valor, su alcurnia, halaga

El pensamiento, y de su voz sonora

El eco, y de su faz guarda el trasunto;

Y tregua el vivo afan no sufre un punto.

II.

Húmida el alba sonrió, y el dia

Con luz roja entre nieblas despuntaba,

Cuando á su amante hermana el paso guia

Dido, y con ella así coloquio traba:

«¿Qué sueño tentador, querida mia,

El sueño fué que de agitarme acaba?

Mas este huésped que tenemos, díme,

¿Cuál corazon habrá que no le estime?

III.

»¿Qué brío á su alma y brazo no acompaña?

¡Cuál se pinta en su frente su destino!

Yo, si mis ojos la ilusion no engaña,

Que desciende de Dioses adivino;

Pues torpe miedo que el semblante empaña,

Siempre delata al corazon mezquino;

Y él, tras tanto conflicto y prueba tanta,

¡Qué de combates concluidos canta!

IV.

»Eterno, irrevocable es mi desvío

De un nuevo enlace al criminal deseo;

Que mi esperanza en flor y el amor mio

Yacen con las cenizas de Siqueo.

Mas si á mis ojos sin fulgor sombrío

Pudiese arder la antorcha de Himeneo,

Sólo de este héroe la gentil presencia

Capaz fuera á vencer mi resistencia.

V.

»Confesártelo quiero: desde el dia

Que el doméstico altar fué enrojecido

Por la venganza del hermano impía

Con la inocente sangre del marido,

Sólo aqueste extranjero á simpatía

Ha logrado moverme, y su latido

Volver al corazon, que ya se inflama;

El calor siento de la extinta llama.

VI.

»Mas hiéndase y sepúlteme en su seno

La tierra; el padre del Olimpo santo

Me precipite al retumbar del trueno

En la mansion de noche eterna y llanto,

Si es ¡oh pudor! que mi deber no lleno,

Si tu sagrado código quebranto.

Pues de todo mi amor hice á él promesa,

Amar debo su sombra, honrar su huesa!»

VII.

Dice; y baña en sus lágrimas, vencida,

El seno amigo. Respondióle Ana:

«Tú, á quien más amo que mi propia vida,

Qué, ¿pasarás la juventud lozana

Sin coger flores con que amor convida,

Sin lograr frutos de que amor se ufana?

¿Piensas que de los vivos los cuidados

Van el sueño á inquietar de los finados?

VIII.

»Fuese así, ¿qué les debes? No hubo amante,

Ni hoy en esta nacion, ni ántes en Tiro,

Que tu pecho ablandase de diamante:

Á Yárbas desdeñaste, y el suspiro

De tantos de que al África arrogante,

Claros guerreros, alabarse miro.

¿Mas á tu amor y utilidad te opones?

Oye á ese amor y mira á estas regiones.

IX.

»Las gétulas ciudades aguerridas

De una parte amenazan al Estado;

Ves allá los indómitos Numidas,

La Sirte inhospital: por otro lado

Los Barceos errantes y homicidas,

El árido desierto y abrasado;

¿Y lo que ha de venir de Tiro sabes?

¿Qué, si el airado hermano apresta naves?

X.

»Fué de los Dioses voluntad, no dudo,

Favor de Juno, que en tu bien se esmera,

Que frigios buques tras embate rudo

Saludasen al fin nuestra ribera.

¿Qué no promete tan dichoso nudo?

Con la troyana juventud guerrera

¡Cuánto en gloria y poder la patria gana!

¡Qué gran nacion la que verás mañana!

XI.

»En tanto á la Deidad en los altares

Inclina en tu favor con sacrificios,

Miéntras al extranjero en tus hogares

Obligas con benévolos oficios.

Causas proponle de aguardar: los mares

Agitados de vientos impropicios,

La flota inhábil para alzar el vuelo,

El pluvioso Orïon y ambiguo el cielo.»

XII.

Ana habló así; y el reprimido fuego

Torna de Dido en llamas encendidas,

Y en esperanzas del amor más ciego

Las timideces de pudor nacidas.

Juntas, altares visitando, el ruego

Cantan de paz, y ovejas escogidas

Ofrecen, segun rito, á Febo, á Céres

Que leyes da, y al Dios de los placeres

XIII.

Más que á todos á Juno, la que enlaza

Cuellos de amantes con feliz cadena,

La Reina acude, y si ofrecerle traza

Blanca novilla, que inmolar ordena,

Entre uno y otro cuerno ella la taza

De sagrado licor derrama llena;

Y si, ornado el altar, favores pide,

La sacra ceremonia ella preside.

XIV.

Torna á iniciar con cada nueva aurora

Nueva fiesta. Con labios anhelantes

Su destino en las víctimas explora

Consultando las fibras palpitantes.

La ciencia del augur ¡oh cuánto ignora!

Ni ¿cuál rito sanó pechos amantes?

Consume fuego halagador la vida,

Fresca recata el corazon su herida.

XV.

Tal la Reina abrasada incierta gira:

Así tambien en la selvosa Creta

Algun vago pastor de léjos tira

A cierva incauta rápida saeta;

El, que clavó el arpon tal vez no mira;

Ella en bosques y valles huye inquieta,

Y en vano huyendo de librarse trata,

Que va con ella el dardo que la mata.

XVI.

Y ya á Enéas á ver los muros guia

Y primores le enseña por do viene;

Empezados proyectos le confía,

Va á hablar tal vez, y al pronto se detiene;

O ya en festines, en cayendo el dia,

Con preguntas, cual ántes, le entretiene;

Que lances torne á referir le agrada,

Y torna á oirle, de su voz colgada.

XVII.

Tambien á veces la infeliz, hallando

El semblante del héroe en su semblante,

Estrecha á Ascanio contra el seno blando,

Por si engañado Amor duerme un instante.

Y cuando todos se retiran, cuando

Su móvil faz, á trechos radïante,

Con velo funeral cubre la luna

Y se hunden las estrellas una á una;

XVIII.

Cuando todo á los vivos aconseja

Tomar descanso, en la desierta sala

Pasea sus congojas, y honda queja,

Consigo á solas, de su pecho exhala;

Ó en el lecho tal vez caer se deja

Que ocupó en el festin, y se regala

Con el amado, que al amado ausente

Presente le ve allí; le oye, le siente.

XIX.

Suspensa en tanto la comun tarea,

Ni en ejercicios de armas se solaza

La juventud, ni en concluir se emplea

Nadie ya el puerto, ni en murar la plaza:

No se alza más la torre gigantea;

Inconcluso, rüinas amenaza

Todo el muro, y la máquina que osa

Hasta el cielo empinarse, asombra ociosa.

XX.

La hija de Saturno, la que al lado

Reina de Jove, ha visto á la infelice;

Ve que al amor inmola ya el cuidado

De su fama, y á Vénus llega, y dice:

«Rica presa hijo y madre habeis logrado

Que una mujer la planta en red deslice

Que dos Dioses le armaron de concierto,

¡Es gran conquista y memorable, cierto!

XXI.

»Mal pudiera ignorar que sospechosas

Tú de Cartago las mansiones hallas;

Yo sé que en tus recelos no reposas

Cuando ves de Cartago las murallas.

Mas ¿no habrá fin á tan acerbas cosas?

¿Siempre hemos de reñir duras batallas?

Justo es ya que finquemos, si te place,

Eterna paz en venturoso enlace.

XXII.

»Cuanto pudo halagar tu fantasía,

Todo lo tienes á sabor cumplido:

Dido muere de amor: la llama impía

Cala y consume el corazon de Dido.

Que esta nacion rijamos tuya y mia

Con igual potestad, es lo que pido:

Dido al Troyano obedecer se vea;

Dote fiada á ti Cartago sea.»

XXIII.

Vénus, cual si no hubiese en sus razones

La mira penetrado traicionera

De llevar á las líbicas regiones

El reinado feliz que á Italia espera,

«Acojo,» respondió «lo que propones;

Que en vez de ello altercar, demencia fuera:

Falta sólo que el vínculo que dices

Efectos logre, cual prevés, felices.

XXIV.

»Yo, yo temo del Hado los arcanos;

Ni decir sé si Júpiter se paga

De que, uniéndose Tirios y Troyanos,

Solo un pueblo la union de entrambos haga.

Mas tú los pensamientos soberanos

Del mismo Jove suplicante indaga;

Que es derecho de esposa; y de consuno

Obraremos despues.» Respondió Juno:

XXV.

«Fíalo á mi prudencia, que lo aplaza

Para su tiempo. A lo que está primero

Por el pronto atendamos: con qué traza

Lograremos el fin, decirte quiero.

Salir han concertado al monte á caza

Dido y Enéas: que saldrán espero

Cuando el sol tienda desde la alta cumbre

Los primeros destellos de su lumbre.

XXVI.

»Yo, en viendo las garzotas de colores

Agitarse, y que empiezan la espesura

Con cuerdas á ceñir los cazadores,

Recia borrasca moveré en la altura,

El cielo en torno asordaré á rumores,

Granizo lanzaré de nube oscura;

Dispersos correrán, y á todos lados

Con ciega sombra toparán cerrados.

XXVII.

»Dido y el Rey de la troyana gente

En una gruta entónces á deseo

Reparo buscarán: seré presente,

Y haré, si tu favor cordial poseo,

Que á consorcio se obliguen permanente,

Y el juramento sellará Himeneo.»

Tal su ardid Juno expone á Vénus; y ésta

Sonrisa de adhesion dió por respuesta.

XXVIII.

Aurora en tanto de la mar salia

Hermosa: y redes ya de claros hilos

La alegre multitud trae á porfía,

Y lonas, y venablos de anchos filos:

A la vez llegan con sagaz jauría

A caballo los ágiles Masilos;

Y á Dido, que en la régia alcoba áun tarda,

Region florida en el umbral aguarda.

XXIX.

Soberbio de oro y grana, el campo huella,

Y espumoso un bridon tasca el bocado:

Ya ella sale á montarle, y va con ella

El juvenil cortejo alborozado.

Su clámide purpúrea franja bella

Pinta; es áureo el carcaj que lleva al lado;

La veste ciñe en áureo broche; en oro

Coge de sus cabellos el tesoro.

XXX.

Asoma ya la juventud troyana;

Gozoso llega Ascanio, Enéas llega

Radiante de hermosura soberana,

Y las bandas, cual príncipe, congrega.

No en gentileza ó majestad le gana

Apolo, cuando hurtándose á la vega

Del Janto, ó á la Licia envuelta en hielos,

Fiestas instaura en la materna Délos:

XXXI.

Honran al Dios, su altar ciñendo santo,

Y Cretenses y Dríopes en coro,

Y abigarrados Agatirsos, canto

Mezclando y danzas en tropel sonoro;

El de Cinto en las cumbres vaga en tanto;

Orna el suelto cabello, á par del oro,

Con tiernas hojas de gentil guirnalda,

Y los dardos retiemblan á la espalda.

XXXII.

Cuando al monte llegaron y al sagrado

De hojosos laberintos, á deshora

Del risco descolgándose empinado

Ven la silvestre cabra trepadora.

Mueve á los ciervos súbito cuidado,

Y la manada al campo voladora

Cruza; nube de polvo en torno crece,

Y los montes dejando, desparece.

XXXIII.

Ascanio revolviendo va á doquiera

Su brioso caballo por el llano,

Y ya á los unos en veloz carrera,

Ora á los otros se adelanta ufano.

Entre inermes rebaños, aplaudiera

Un jabalí espumoso haber á mano,

Y ruega que del áspero boscaje

Algun rojo leon al campo baje.

XXXIV.

Hé aquí el cielo amenaza, óyense truenos,

Sigue granizo y tempestad oscura;

Y, Tirios y Troyanos de afan llenos,

Cada cual por su lado huir procura:

Ni de Vénus al nieto acosa ménos

El cielo: albergues van por la llanura

Buscando: de las sierras eminentes

Se despeñan las aguas á torrentes.

XXXV.

Iba el troyano capitan con Dido,

Y á una gruta se acogen á deseo:

Presagia la alma Tierra con rüido,

Y Juno, al rito atenta, el himeneo:

El cielo en los misterios instruido,

Alumbró con siniestro centelleo;

Las Ninfas á que el monte da moradas,

Gimieron en las cumbres elevadas.

XXXVI.

¡Oh raíz de infortunio, hora funesta!

No alimenta en su amor furtiva llama

La Reina ya, ni miramiento presta

A lo que honor ó la opinion reclama:

Por velo da á su culpa manifiesta

Nombre de matrimonio. Y ya la Fama

Por cuantas villas Africa numera

Canta con voz los hechos pregonera.

XXXVII.

Eneida; v.1 de 2 · 第 6 / 12 段