Fama aquella malvada se apellida

Que es veloz como igual no ha visto el cielo,

En su movilidad está su vida,

Y le crecen las fuerzas con el vuelo:

En los primeros pasos va encogida;

Luégo se alza ambiciosa: por el suelo

Humildemente rateando empieza;

Luégo esconde en las nubes la cabeza.

XXXVIII.

Llena de ardor contra los Dioses, creo,

La Tierra hubo á la Fama hija postrera,

Póstuma hermana á Encélado y á Ceo,

Agil de miembros y de piés ligera.

Cuantas plumas, enorme monstruo y feo,

Ciñendo al cuerpo va, ¿quién tal creyera?

Tantos debajo oculta ojos despiertos,

Tantas bocas y oidos siempre abiertos.

XXXIX.

Estridente en la sombra mueve el ala

De noche, y entre tierra y cielo vuela;

Nunca el sueño sus párpados regala!

De dia, misterioso centinela,

En techo ó torre altísima se instala,

Y asombro dando á las ciudades, vela,

Y con ardor igual, doquier que gira,

Divulga la verdad y la mentira.

XL.

Lo mismo ahora, ufana, diligente.

Mezcla verdades y ficciones vanas,

Y esparciéndolas vuela entre la gente

Corriendo las provincias comarcanas:

Que ha arribado, de Troya procedente,

Enéas á las playas africanas;

Que le acoge, y consiente en ser su esposa,

La soberana de Cartago hermosa;

XLI.

Más: que olvidando públicos cuidados.

En la red del placer entretenidos,

Gozan los dias del invierno helados,

Por amor, lo que duren, encendidos:

La ímpia Diosa por campos y poblados

Va esto poniendo en bocas y en oidos,

Y al rey Yárbas torciendo, llega en breve,

Le inflama el alma, y á furor le mueve.

XLII.

Robó á la ninfa Garamanta un dia

Jove Amon; de éstos hijo Yárbas era;

El cual cien templos dedicado habia,

En los vastos dominios en que impera,

A su padre, y cien aras, donde ardia

Velador fuego que morir no espera:

El suelo en sangre víctimas coloran;

Tiernas guirnaldas el dintel decoran.

XLIII.

El rumor revolviendo que le aqueja

Yárbas allí, entre estatuas tutelares,

Gime alzando las palmas; ni se aleja

Sin fatigar con ruegos los altares:

«¡Oh Jove omnipotente, á quien festeja

Con obsequios del Dios de los lagares

La gente maura en recamados lechos!

¿Ves, dí, la iniquidad de humanos pechos?

XLIV.

»¿Ves? ¿Ó cuando á las nubes rompe el seno

El fuego, y tiembla el hombre, asombro es vano?

¿No es voz de tu furor el ronco trueno?

¿Ciegos salen los rayos de tu mano?

Vino aquí errante una mujer: terreno

Compró para ciudad pequeña: un llano

La dí que cultivado la abastase;

A su dominacion yo eché la base.

XLV.

»Y ella ayer desechóme por marido;

¡Ah! ¡y ella un huésped hoy sienta á su lado!

Y éste que unge el cabello y va servido

De eunucos, nuevo Páris, y el tocado

Meonio ciñe, en vergonzoso olvido,

Gozando libre está de un bien robado;

¡Y yo, que en darte culto no reposo,

Llevo infeliz renombre de dichoso!»

XLVI.

Tal, asido al altar, Yárbas gemia;

Y oyendo el Padre su clamor prolijo

Vió la copia de amantes que yacia

En torpes lazos, y á Mercurio dijo:

«Óyeme, y cruza la region vacía;

Los céfiros te ayuden, vuela, hijo;

Vé al Rey troyano que en Cartago olvida

Mansiones do Fortuna le convida.

XLVII.

»¡Que no así, le dirás, su madre hermosa

Me le ofreció; ni para fin tan triste,

Cuando la muerte entre la lid le acosa,

Una vez y otra á remediarle asiste;

Mas para que su raza glorïosa

Restaure, y éntre á Italia, y la conquiste

Henchida de poder, hirviente en guerra,

Y leyes dicte al orbe de la tierra!

XLVIII.

»Que si no le da impulsos la memoria

De sus altos destinos, ni se afana

Por ceñirse el laurel de la victoria,

Débele á Ascanio la ciudad romana.

¿Y querrá á un hijo defraudar su gloria?

¿Ó qué entre gente á su mision profana

Proyecta? ¿Por lo suyo no suspira?

¿Ni allá los campos de Lavinio mira?

XLIX.

»¡Tú vé; intímale, pues, mi mandamiento:

Yo mando, en conclusion, se haga á la vela!»

Dijo; á su voz el mensajero atento,

Cumplir el cargo presuroso anhela;

Y la sandalia calza en el momento,

La áurea sandalia con que alado vuela

Cual soplo de los céfiros, lo mismo

Sobre la tierra y sobre undoso abismo.

L.

Cobra en seguida el Dios su caduceo:

Con él las sombras pálidas evoca

Que yacen en el Orco, y al Leteo

Lleva tambien las ánimas: provoca

Y disipa los sueños á deseo;

Los mustios ojos abre si los toca:

Con él nublados trata, auras domina;

Y ya volando á Atlante se avecina.

LI.

El cual con pinos hórrida levanta,

Y de hoscas nubes guarnecida ostenta

Su anciana frente, estriba en firme planta,

Y el alto cielo sobre sí sustenta:

Nieve arropa sus hombros; se quebranta

En sus flancos rugiendo la tormenta,

Y á trechos en arroyos se desliza

El bronco hielo que su barba eriza.

LII.

Allí el cilenio Dios descanso toma;

Paz da á las alas que al igual batia,

Y luego al mar con fuerza se desploma;

Y cual ave que al pez la gruta espía

Y en las playas, rasando el alga, asoma,

Tal á las costas líbicas venía,

Distante en breve del materno abuelo,

Entre agua y tierra el Dios á salto y vuelo.

LIII.

No bien chozas tocó su planta alada

Muros trazando y casas al caudillo

Troyano ve, cuya ceñida espada

Puntas de jaspe esmaltan de amarillo,

Y á quien clámide en púrpura bañada

Los hombros cubre con ardiente brillo:

Obsequios de la rica soberana

Que con oro sutil bordó la grana.

LIV.

Fué uno verle y ponérsele delante:

«¿Tú á echar las bases de Cartago atento?

¿Tú ornando esta ciudad, postrado amante?

¿Tú de tus hados sordo al llamamiento:

Pues díme--que de Olimpo radiante

Me envía á ti por sobre el raudo viento

El que el mundo gobierna y las esferas--

¿Qué es lo que en Libia descuidado esperas?

LV.

»Que si no te da impulsos la memoria

De tus altos destinos, ni te afanas

Por ceñirte el laurel de la victoria,

Mira á Ascanio crecer: las italianas

Comarcas son su herencia; allí su gloria

¿De un hijo harás las esperanzas vanas?...

Calló, y la vista deslumbrada deja,

Y cual sombra en el aire huye y se aleja.

LVI.

Quedó Enéas absorto, híspido el pelo,

Hecha un nudo la voz en la garganta.

Ya en dejar piensa aquel amado suelo,

Que la divina inspiracion le espanta.

Mas ¡duro trance! ¡amargo desconsuelo!

¡Ir á anunciar que el áncora levanta

A aquella que por él de amor fallece!...

Cómo, no sabe, ni por dónde empiece.

LVII.

Propónese mil cosas, y cuan presto

Se fija en una, á esotra vuelve en tanto;

Vacila: al fin resuelve, y á Sergesto

Y á Mnesteo convoca, y á Cloanto:

Que hagan, les manda, sin rumor apresto

De embarcaciones; que su gente á canto

Reunan de zarpar; armas prevengan,

Y sus intentos bajo sello tengan.

LVIII.

Que él entre tanto con mesura y tiento--

Pues la espléndida Dido nada sabe,

Ni espera que en eterno alejamiento

Aquel tan grande amor tan presto acabe--

Para hablarle, buscando irá momento

El más propicio, y modo el más süave:

Esta es su voluntad. Todos aprueban,

Y alegres el mandato á cabo llevan.

LIX.

¿Cómo engañar á un corazon que ama?

Ella todo lo sabe, lo adivina;

Fué quien primero descubrió la trama,

Y, áun en horas serenas, de rüina

Amagos presintió. ¿Qué más? La Fama

Sus ocultos recelos amotina,

Maligna susurrando que aparejan

Naves los Teucros; que á Cartago dejan.

LX.

Fuera de tino la soberbia amante

Corre por la ciudad, como se agita

En las órgias solemnes la bacante

Cuando oye en torno la vinosa grita.

Y los tirsos descubre, y resonante

A sus misterios Citeron la invita:

Tal va la Reina, y tal sin más recato

Vuela á afrentar al amador ingrato.

LXI.

«¿Disimular ¡oh pérfido! esperaste

Tu malvada intencion, tu felonía?

¿Y tu nave en mi puerto imaginaste

Que en silencio las velas soltaria?

¿Cosa no habrá que á disuadirte baste?

¿Ni mi amor, ni la fe jurada un dia?

¿Ni reparar en Dido sin ventura,

Que por ti morirá de muerte dura?

LXII.

»¡Y que en lo crudo de hibernales meses

Quieras de presto aderezar tu flota!

¡Que tanto en levar ferro te intereses

Cuando más Aquilon la espuma azota!

Díme, cruel, si en lejanía vieses

No extraños campos, no ciudad ignota,

Mas renaciente á Troya, ¿á tus hogares

Cruzando irias procelosos mares?

LXIII.

»¡Huyes de mí! Mas nuestra union te pido

Que recuerdes; y este único tesoro

Que reservé, mi corazon herido,

Mírale aquí, y las lágrimas que lloro!

Si algo te merecí, si hallaste en Dido

Algo de amable, tu clemencia imploro!

¿Mi trono hundirse ves sin sentimiento?

¡Ah! ¡si áun vale rogar, muda de intento!

LXIV.

»Nómades reyes, gentes confinantes

Me odian por ti; mi pueblo me desama;

Por ti inmolé el pudor, y la que ántes

Me alzaba á las estrellas, limpia fama.

¡Oh huésped! en mis últimos instantes

Me abandonas; y ¿á quién? Mi voz te llama

Huésped; fuiste mi esposo. Mas ¿qué tardo?

¿Al extranjero ó al hermano aguardo?

LXV.

»¿Yárbas feroz, que mi persona aprese?

¿Pigmalïon, que mi nacion arrase?

¡Oh! ¡si ántes de esa fuga al ménos de ese

Amor alguna prenda me quedase:

Un tierno Enéas que en mi hogar corriese

Que en su rostro infantil tu faz copiase!

No tan desamparada me veria;

No fuera tan cruel tu accion impía!»

LXVI.

Él, que de Jove, miéntras ella hablaba,

Guarda en su mente el mandamiento impreso,

Fijos los ojos en el suelo clava,

Mudo resiste del dolor al peso.

«Mi gratitud tu esplendidez alaba,»

Esto al fin dijo apénas; «y confieso

Que si arguyes ¡oh Reina! con mercedes,

Muchas y grandes recordarme puedes.

LXVII.

»Yo llevaré al recuerdo de esos dones

La imágen tuya dulcemente unida,

Miéntras guarde mis propias tradiciones,

Miéntras mi pecho aliente aura de vida.

Mas oye, en la cuestion, breves razones:

No pensaba ocultarte mi partida,

Ni de union conyugal te hice promesa;

No así te engañes: mi mision no es ésa.

LXVIII.

»¿No ves que si el destino me otorgara

Guiar las cosas, reparando males,

Ya hubiera visto por mi patria cara?

¡Podria de sus héroes los mortales

Restos honrar; al golpe de mi vara

Se alzaran sus alcázares reales,

Y poderosa, como en ántes era,

Troya de sus cenizas renaciera!

LXIX.

»Mas ¡ay! la voz de oráculo divino

Fuerza mi voluntad, Febo me guia;

Navegar para Italia es mi destino,

Ya éste es mi amor, y esta es la patria mia!

Cual hoy Troyano á Ausonia me encamino,

Tiria á Cartago tú viniste un dia;

Ya en paz la riges: en igual manera

Buscarlos, do reinar, zona extranjera.

LXX.

»Mi padre Anquíses, cuando en alto vuelo

La noche entolda el orbe de la tierra

Y brillan las estrellas por el cielo,

En sueños me habla, y su actitud me aterra:

Mi hijo Ascanio me es causa de desvelo,

Y en él mirando, el corazon se cierra;

Que aquí, distante del confin hesperio,

Yo le defraudo el prometido imperio.

LXXI.

»No há mucho el nuncio de los Dioses vino;

Por vida de ambos que le vi te juro,

Enviado por Júpiter, camino

Por los aires abrir, y entrar el muro:

Estoy mirando su esplendor divino;

Oyendo estoy su mandamiento duro!

No me des más, no más te des tormento;

Llévanme á Italia, y con dolor me ausento!»

LXXII.

Miéntras hablaba, fiera y desdeñosa

Con ardiente inquietud ella le mira;

Mirándole en silencio, ira rebosa,

Y luégo á voces se desata en ira:

«No fué tu madre, ¡pérfido! una Diosa,

Que desciendes de Dárdano es mentira;

Cáucaso te engendró entre hórridos lechos,

Hircana tigre te crió á sus pechos!

LXXIII.

»Ya ¿qué hay que disfrazar? ¿qué más espero?

Ve llorando á su amante, ¿y se contrista?

¿Le merecí una lágrima, un ligero

Signo de compasión? ¿volvió la vista?

¡Cielos! ¿Qué agravio acusaré primero?

¿Cuál Dios habrá que á vindicarme asista?

Ni Juno ya, ni Jove, ¡oh desengaño!

Con justa indignación miran mi daño.

LXXIV.

»¡Oh justicia! ¡oh lealtad! ¡nombres vacíos!

¡Yo náufrago, desnudo, falleciente

Le recogí, le abrí los reinos mios,

El imperio con él partí demente!

Yo los restos salvé de sus navíos,

Yo libré de morir su triste gente!...

¿A dónde me despeña el pensamiento?

¡Llevada de furor, arder me siento!

LXXV.

»¡Y ahora la voz de oráculo divino

Fuerza su voluntad! ¡Febo le guia!

Ni há mucho el nuncio de los Dioses vino,

¡Y es heraldo que Júpiter le envía!

¡Y en los aires abriéndose camino

Le trae la órden fatal! ¡Quién pensaria

Que hubiesen de alterar cuidados tales

La alta paz de los Dioses inmortales!

LXXVI.

»Nada te objeto, ni partir te impido:

Vé, y por medio del mar, en seguimiento

Camina de ese imperio prometido;

¡Busca esa Italia con favor del viento!

Mas si justas deidades, fementido,

Algo pueden, te juro que el tormento

Hallarás, entre escollos, que mereces,

Y á Dido por su nombre allí mil veces

LXXVII.

»Invocarás; y Dido abandonada,

Con tea humosa aterrará tu mente;

Y cuando á manos de la muerte helada

Salga del cuerpo esta ánima doliente,

Yo, vengadora sombra, á tu mirada

En todas partes estaré presente!

Tu crímen pagarás; sabráse, oirélo:

¡Eso en el Orco irá á acallar mi duelo!»

LXXVIII.

Ella súbito aquí la voz detiene,

Y huye la luz odiosa con gemido;

El, que á oponer razones se previene,

Queda atónito, absorto, atontecido.

Y hé aquí un grupo de esclavas la sostiene

En brazos; y la llevan sin sentido

Al tálamo, de mármoles labrado,

Y la reclinan sobre el regio estrado.

LXXIX.

Cierto que con palabras de dulzura

El religioso príncipe quisiera

Mitigar de la triste la amargura

Y el dolor suavizar que la exaspera.

Gime él de corazon su desventura,

Que amor le oprime con angustia fiera;

Todo, empero, lo vence, y determina

Recto cumplir la voluntad divina.

LXXX.

Ya á revistar su armada acude al puerto,

Y ya las altas popas de la orilla

Los Troyanos alanzan de concierto;

Flota liviana la embreada quilla.

Remos y tablas da, de hoja cubierto,

Tronco informe, áun no bien la hacha le humilla;

Y en este afan por coronar la empresa,

Salen de la ciudad todos de priesa.

LXXXI.

Tal las hormigas próvidas saquean

Riquezas que en sus antros acumulan;

Y, en la hierba cruzándose, negrean,

Y en senda angosta, por do van, pululan:

Unas á empuje granos acarrean,

Otras, á la que tarda ora estimulan,

Corrigen ora á la que pierde el tino;

Con tanta agitacion hierve el camino.

LXXXII.

¡Tu pobre corazon qué sentiria!

¡Cuán grande hubo de ser, Dido, tu pena,

Cuando hirviente la playa en lejanía

Atalayabas desde la alta almena!

¡Qué, al sentir la confusa vocería

Con que al mar asordaba la faena!...

Tú ¿á qué un alma no obligas, amor ciego?

Por ti ella al lloro vuelve, y vuelve al ruego.

LXXXIII.

Con interpuestas súplicas ensaya

Ir á amansar rebeldes sentimientos;

Que morir no es prudente sin que haya

Esforzado los últimos intentos:

«¡Ay, Ana! ¿ves bullir toda la playa?

Míralos: corren, vuelan; ya contentos

Las popas adornaron de coronas;

Ya convidan al céfiro sus lonas.

LXXXIV.

»Yo que pude esperar dolor tan fiero

Lo sabré soportar, hermana mia.

Este único favor te pido, empero:

Pues te preciaba en tanto, y ser solia

El pérfido contigo verdadero,

Y tú hallabas sazon de entrarle y via,

Anda, y doblar con súplicas procura

Esa cerviz cual de enemigo dura.

LXXXV.

»Que no con Griegos, le dirás, la guerra

Juré en Áulide, naves á hacer riza

No envié á Troya, no moví la tierra

Que cubre de su padre la ceniza.

¿Pues por qué oidos á mi llanto cierra?

¿Qué huye azorado así? ¿Quién le hostiliza?

Buen viento espere y que la mar se ablande:

Es gracia, y la postrera que demande.

LXXXVI.

»No ya que vuelva por la fe de esposo

Ni á ese Lacio renuncie tan querido,

Que le costara asaz, pedirle oso,

Tiempo (nada le cuesta) es cuanto pido!

¡Tregua al dolor, momentos de reposo

Dé, en que el pecho á sufrir se avece herido!

Esto ruego; sé, hermana, compasiva;

Haz esto, y soy tu esclava miéntras viva.»

LXXXVII.

Tal la triste con lágrimas decia;

Tal á Enéas con lágrimas la hermana

Habla, y vuelve, y retorna, y su porfía

(No hay con él argüir) fatiga es vana;

Que ni por llantos su intencion varía,

Ni á ruegos ya su voluntad se allana;

Rigor del hado: al penetrar su oido

Embota un Dios la fuerza del gemido.

LXXXVIII.

Cual recio, antiguo roble á quien trabada

Legion de vientos en el Alpe embiste;

Braman; cruje la rama atormentada

Y de hoja el suelo en derredor se viste;

Mas él, asido de peñascos, nada

Teme, y á opuestos ímpetus resiste,

Y el cielo con su copa hiriendo altiva,

Con raíz honda en el Averno estriba;

LXXXIX.

Él así de querellas golpeado,

Cuando su angustia divertir no pueda

Tenaz resiste de constancia armado;

Inútil llanto de los ojos rueda.

Mas Dido, á quien temblar hace su hado,

Morir quiere que el cielo la conceda;

Ni la bóveda espléndida celeste

Torna á mirar sin que pesar le cueste.

XC.

Fortuna, que en su daño se encruelece,

Porque su infausto fin seguro sea

Hace que á tiempo que devota ofrece

Dones en la ara do el incienso humea,

Note el agua lustral que se ennegrece

Y en sangre el vino corromperse vea.

¡Oh vista horrible! Atónita, confusa,

Áun á su hermana declararlo excusa.

XCI.

Dedicado á Siqueo un templo habia,

Todo de mármol, al palacio adjunto:

Ella le ama, ella le honra, y le atavía

Con velos blancos como nieve, junto

Con tiernas ramas. En la noche umbría

Parecióle que el cónyuge difunto

La llama, del oscuro monumento

Con misteriosa voz, con hondo acento.

XCII.

Oyó á un buho tambien que se lamenta

Solitario en los altos torreones

Con lloroso clamor; su duelo aumenta

El recuerdo de aciagas predicciones.

Enéas mismo en sueños la atormenta;

Y por largo camino, por regiones

Aridas, siempre sola, peregrina,

Ir buscando á los suyos se imagina.

XCIII.

Tal las huestes de Euménides Penteo

Y dos soles, dos Tébas mira insano;

Tal Oréstes con ciego devaneo

Comparece en la escena huyendo en vano:

Con fuego y sierpes tras el hijo reo

Arma una sombra la terrible mano,

Y vengadoras Furias las entradas

Sitian del templo, en el umbral sentadas.

XCIV.

El dolor la ha vencido; la despeña

El furor: el partido extremo abraza;

Y en su mente los trámites diseña,

Acuerda el modo, y el momento aplaza.

Su intento oculta, y con la faz risueña

Dice á la triste hermana: «Hallé la traza

Como al ingrato á reducir acierte,

Ó de él mi atado corazon liberte.

XCV.

»Me des la enhorabuena, hermana, espero;

Mas oye el caso. En el país lejano

Que ve del sol el resplandor postrero

Y el límite final del Oceano,

Allí demora el último lindero

Que posee atezado el Africano;

Allí el cielo con fuego rutilante

Rueda en los hombros del eterno Atlante.

XCVI.

»Hija de esos incógnitos confines,

Con fuerte encanto vindicarme fia

Negra maga que el templo y los jardines

Guardó de las Hespérides un dia:

Ella daba sustento á los mastines,

Y el árbol milagroso defendia,

Y de amapola soporosa, y blanda

Miel, esparcia la eficaz vïanda.

XCVII.

»Que ardores hiela con sus cantos jura,

Y da al helado fuego en que se queme;

Ataja los torrentes, y en la altura

Suspenso el astro sus hechizos teme;

Sombras evoca entre la noche oscura,

Y oirás bajo sus piés cuál muje y treme

La tierra; y cuál, verás, los fresnos bajan,

Que al conjuro, del monte se descuajan.

XCVIII.

»Tú, en lo interior, si mi salud deseas,

Alza al raso una hoguera sin testigo

(Séalo el Cielo, y tú, mi bien, lo seas,

Que á usar de esta arte á mi pesar me obligo).

La espada que dejó pendiente Enéas,

El lecho que en mi mal nos fuera amigo,

Ponlo allá todo; la adivina aguarda

Que no quede reliquia sin que arda.»

XCIX.

En sus labios aquí se heló la risa,

Y ocupa el rostro palidez funesta;

Mas ¡ay! en balde en su silencio avisa

Que un nuevo estilo funerario apresta;

Ana ciega áun no en Dido aquel divisa

Mental furor; ni la imagina expuesta

Á golpe más cruel, dolor más crudo

Que en muerte del marido estarlo pudo.

C.

Y así ignorante la infeliz jornada

Va á preparar. La Reina, en cuanto mira

Al cielo descubierto levantada

En el patio interior la triste pira,

Con leños resinosos solidada

Y con rajas de roble, en torno gira

Tendiendo hojosa amenidad, y al muro

Guirnaldas cuelga de verdor oscuro.

CI.

Y sobre el lecho, con fingido intento

La efigie y armas del traidor coloca:

En torno hay aras: con horrible acento

La hechicera, en cabello, al Cielo toca;

Y deidades allí tres veces ciento,

Y al negro Caos y al Erebo invoca,

Y, vírgen en tres fases conocida,

En tres formas á Hécate apellida.

CII.

Con aguas ya que del Averno el cieno

Mustias figuran, libacion se hizo;

Y alléganse, cargados de veneno,

La hierba pubescente, el tallo rizo

Que de la luna al esplendor sereno

Cortó segur de cobre; y el hechizo

Que, hurtado á la cerviz de potro tierno,

Falto dejóle del amor materno.

CIII.

Dido misma la sal ofrenda y trigo,

Un pié descalzo, desceñido el manto,

É invoca á las estrellas, por testigo

Tomando de su fin al Cielo santo:

Ellas su historia saben, y si amigo

Hubo algun Dios á quien moviese el llanto

De amantes mal pagados, ése pide

Vea en su causa y de vengarla cuide.

CIV.

Era la noche: al medio del camino

Iban los astros por el alto Cielo;

Calla el bosque y el piélago marino;

Yacen los brutos que sustenta el suelo:

Ni en breñas ni por lago cristalino

Se ve de ave esmaltada salto ó vuelo:

Todo está en calma, y todo mal se olvida;

Naturaleza yace adormecida.

CV.

Sólo Dido sus penas no adormece;

No se hizo el sueño para angustia tanta

Ni sus ojos ni su alma favorece

Muda la noche con su sombra santa:

Amor entre su pecho se embravece

Y nuevas olas sin cesar levanta;

Y de ellas combatida, de esta suerte

Torna consigo á disputar su muerte:

CVI.

«¿Qué he de hacer? ¡Oh tormentos inhumanos!

¿Buscaré mis antiguos amadores?

¿Iré humilde á los reyes comarcanos?

¡Yo pisé su esperanza y sus amores!

¿Seguiré, triste sierva, á los Troyanos?

¡Harto gratos han sido á mis favores!

¿Ni á bordo su altivez me sufriria?

Qué, ¿áun no he probado bien la alevosía

CVII.

»De esa de Laomedonte infame raza?

¿Sola iré tras su pompa? ¿Ó con los mios

Volaré armada en pos á darles caza?

Mas si á éstos de sus términos natío.

Arranqué á viva fuerza, ¿con qué traza

Los moveré á tornar á los navíos?

No, no; mi salvacion la muerte sea;

¡Calle á hierro el dolor de una alma rea!

CVIII.

»¡Tú, hermana, tú á mis llantos indulgente,

Márgen diste á tan grande pesadumbre,

Tú doblaste al amor mi dócil frente!...

¡Yo que pude, ejerciendo la costumbre

De la bestia del campo independiente,

Libre vagar de acerba servidumbre!...

Muere, infiel de tu esposo á la ceniza!...»

Querellándose así, Dido agoniza.

CIX.

En tanto Enéas, todo ya dispuesto,

Ajeno él mismo de temor, dormido

Quedóse en la alta popa: al Dios en esto

Torna á mirar, que en las murallas vido:

Con la propia actitud, la voz, el gesto

Viene, en todo á Mercurio parecido;

Aureo cabello y juvenil belleza

Ornan sus blandas formas, y así empieza:

CX.

«En mal punto en sus brazos te entretiene

El sueño, hijo de Vénus! ¡Alza y mira,

Torna el daño á mirar que sobreviene,

Y oye á Favonio que oportuno espira!

¿Los lazos sabes tú que ella previene?

Fragua es su pecho de furente ira;

Y ya, de perecer determinada,

Nada respeta, ni le espanta nada.

CXI.

»¿Y no será que por el ponto vueles

Ganando estos momentos? ¡Guay si esperas

Á la luz de la aurora! ¡Hachas crueles

Arder verás, y levantarse hogueras,

Y en la mar encontrarse los bajeles,

Y ocupar el incendio las riberas!

¡Acude, iza la vela, corta el cable!

Sér vario es la mujer siempre y mudable.»

CXII.

Dijo; y si ántes radioso, se incorpora

En las lóbregas sombras. El durmiente

Con la total oscuridad se azora,

Abre los ojos y álzase impaciente.

«¡Sús,» clama, «compañeros! ¡Á la hora

Acorred á los bancos! ¡No consiente

Tardanzas la ocasion: las velas pronto

Dad á los vientos, y la flota al ponto!

CXIII.

»¡Otra vez de los reinos celestiales

Esto nos manda santo mensajero:

Quienquier seas ¡oh Númen! con triunfales

Aplausos otra vez el fausto agüero

Seguimos de tu voz. ¡Así señales

El deseado rumbo al marinero!

¡Así hagas por el Cielo que nos rian

Las lumbres bellas que al errante guian!»

CXIV.

Dice; y vuela, y la amarra del navío

Corta de un tajo de fulmínea espada;

A su ejemplo, á su impulso, el mismo brío

A los pechos de todos se traslada.

Ya arrancan, ya se llevan; ya vacío

Quedó el playon: debajo de la armada

La mar se oculta, y al batir contino

Cubren de espuma el líquido camino.

CXV.

El áureo lecho de Titon la aurora

Tímida deja, entre celajes raya,

Y ya su lumbre, que horizontes dora,

Ve la Reina infeliz de la atalaya;

Ve la armada alejarse voladora

Con las velas parejas; ve la playa

Desamparada, y el desnudo puerto,

Y todo siente estar mudo y desierto.

CXVI.

Y el tierno pecho ofende y los cabellos:

«¿Y esos advenedizos mi esperanza

Burlarán,» dice, «con erguidos cuellos?

¿Impune al ponto el pérfido se lanza?

¿No corre en armas mi ciudad á ellos?

¿Naves no parten á tomar venganza?

¡Id, hachas menead, asid los remos!

¡Soltad las velas! ¡por el mar volemos!

CXVII.

»¿Qué digo? ¿Dónde estoy? ¿Qué desvarío

Trastorna mi razon? ¡Dido infelice!

Ya el peso sientes de tu sino impío!

Cuando partija de mi cetro hice,

Convino este furor; ya, ya es tardío!

¡Traidor! ¡Y luégo de él que va se dice

Con los patrios Penates; que de escombros

Salvo al anciano padre sacó en hombros!

CXVIII.

Eneida; v.1 de 2 · 第 7 / 12 段