»Mas el perverso príncipe, copiando

En su porte mudanzas de la suerte,

Triunfante al ver de Agamemnon el bando

En contra del caido se convierte;

Y todo fuero con furor nefando

Atropella, y al mísero da muerte,

Y le asalta el caudal. ¿Qué de maldades,

Sacrílega sed de oro, no persuades?

XI.

»Vuelto en mí del espanto que me hiela

Hablo á mi padre, y á los jefes junto,

Lo que voz misteriosa me revela

Narro, y el parecer comun pregunto.

Todos proponen darnos á la vela

Y aquel sitio de horror dejar al punto;

No sin que al desdichado compatricio

Pagado hayamos el postrer oficio.

XII.

»Túmulo, pues, alzámosle de arena,

Y á los manes dos aras que guarnecen

Cipres y tristes fajas; la melena

Sueltan matronas que en redor parecen.

Altos vasos que ó leche tibia llena,

Ó sangre consagrada, allí se ofrecen:

La tumba al alma errante da acogida,

Y clamamos la eterna despedida.

XIII.

»Así las sacras ceremonias, graves

Cumplido habiendo, á la señal primera

Que el Austro da con hálitos suaves

De que onda masa nuestra flota espera,

Corremos á la mar: sacan las naves

Mis compañeros, cubren la ribera;

Cruzamos ya los líquidos desiertos,

Y atras irse miramos playas, puertos.

XIV.

»Allá en mitad de los Egeos mares

Hay una isla entre todas la más grata,

Que, Númenes por siempre tutelares,

A Dóris bella y á Neptuno acata:

Ella un tiempo rondaba los lugares

Convecinos; ya errante el mar no trata:

Apolo entre las Cíclades fijóla,

Y allí inmóvil contrasta viento y ola.

XV.

»Allí abordamos, y el dichoso abrigo

Gozamos con que el puerto nos convida;

Miéntras de Apolo la ciudad bendigo,

A darnos sale el Rey franca acogida.

Anio en mi padre abraza á un viejo amigo;

Anio, á quien, porque al par que le apellida

Ministro un Dios, un pueblo Rey le nombra,

Con la ínfula el laurel la sien le asombra.

XVI.

»Yo al templo secular devoto llego:

«¡Buen Dios!» exclamó, «¡término seguro

»Dá á nuestro error, á nuestro afan sosiego,

»Dá fundar feliz prole y propio muro!

»Nueva Troya lo llames, ó del fuego

»Hurtados restos y de Aquíles duro,

»Salva el tesoro, tú, que va conmigo;

»Dí, ¿cuál norte, cuál voz, cuál rumbo sigo?

XVII.

»Señal dá, en fin, y á nuestra mente envía

»Tu inspiracion.» Callé, y en tal momento

Ya el pórtico, ya el lauro se movia,

Y el monte en torno retembló en su asiento.

El velo que la trípo de cubria

Gimió, abrióse el sagrario: al pavimento

Inclinamos las frentes confundidos,

Y sacra voz hirió nuestros oidos:

XVIII.

«¡Fuertes Troyanos! ved que la fortuna

»Hinchado el seno de la patria os muestra

»Que á vuestra raza fomentó en la cuna;

»¡Buscad, buscad la antigua madre vuestra!

»Id; allí Enéas, sin mudanza alguna,

»Cimentará su casa, y de su diestra

»El cetro heredarán sobre las gentes

»Hijos, nietos, lejanos descendientes.»

XIX.

»Habló Apolo; y llenó los corazones,

Amargada por dudas, la alegría,

Pues «¿Dó aquellas están patrias regiones?»

Preguntábamos todos á porfía.

Mi padre ya de viejas tradiciones

Recuerdos en su mente revolvia:

«¡Oid, nobles!» prorumpe; «yo el secreto,

»Á vuestras esperanzas interpreto.

XX.

»Hay una isla en el mar, Creta nombrada,

»Cuna ya nuestra, con su monte Ida,

»Cuna tambien de Júpiter sagrada,

»De cien ricas ciudades guarnecida.

»Trocó el gran Teucro esa feliz morada

»Con la retea costa: á su venida

»Ni allí á Pérgamo halló, ni halló poblados,

»Sino hombres por los valles derramados.

XXI.

»Él, si éstas que aprendí no son infieles

»Memorias, los cimientos socïales

»De Troya echó, y el culto de Cibéles

»Trajo, con sus misterios y atabales,

»Los carros con leones por corceles,

»Los bosques sacros, y áun en nombre iguales.

»¡Partamos! el oráculo dichoso

»Allá nos llama, á la region de Gnoso.

XXII.

»Ni estamos léjos de su orilla grata;

»Tres luces gastaremos. Falta sólo

»Que aplaquen dones al que el mar maltrata,

»Que amparo preste el que serena el polo.»

Dice, y en la ara sendos toros mata

A Neptuno y á tí, divino Apolo;

Sendas ovejas al Invierno negra,

Blanca á Favonio que la mar alegra.

XXIII.

»La voz se esparce que del patrio suelo

Proscrito Idomeneo huido habia,

Que á huéspedes librando de recelo,

Creta sus puertas solitaria abria.

Y así á Ortigia dejando, hendiendo á vuelo

El mar, á Náxos báquica y sombría

Costeando vencemos, á Oleáros,

Verde Donisa y albicante Páros.

XXIV.

»Entrambos por las Cíclades ligeros

Y el mar corremos de islas esparcido,

Y emúlanse, al pasar, mis compañeros

Con clamores y náutico ruido;

«¡A Creta! á Creta!» gritan vocingleros;

«¡A nuestra patria, á nuestro antiguo nido!»

E hiriéndonos en popa aura serena,

Al fin tocamos la anhelada arena.

XXV.

»Fundé una villa, mi dorado sueño,

Que Pérgamo llamé: del nombre ufanos

A los colonos miro, y los empeño

A alzar el muro y á arraigarse hermanos.

Yace en la enjuta orilla el hueco leño:

Yo dicto comun ley, reparto llanos;

Y á cultivar se entregan los mancebos

Nuevos lazos de amor y campos nuevos.

XXVI.

»Hé aquí, el aire infestando de repente,

El contagio cruel sacude el ala;

Infausto nuncio de estacion doliente,

Los arboredos y sembrados tala:

La vida va arrastrando falleciente

Quien ya el aliento último no exhala:

El Can ardiente estrago sordo hace;

Marchito el lustre de los campos yace.

XXVII.

»Y, sustento negando yermo el suelo,

Mi padre del oráculo divino

Manda que vamos á implorar consuelo

Tornando á abrirnos por el mar camino:

Que cuál término, diga, al mustio duelo

De este pueblo reserva peregrino;

A quién habemos de acudir; á dónde

Enderezar el rumbo corresponde.

XXVIII.

»Era alta noche y muda: en mi retiro

Yacia yo, la mente aletargada,

Cuando delante á los Penates miro

Que hurté al incendio en la fatal jornada.

Por mis ventanas, en su errante giro

Lograba á la sazon la luna entrada,

Y del brillo bañados macilento

Ellos me hablaban con benigno acento:

XXIX.

«No temas,» me decian; «pues de parte

»De Apolo, que oficioso nos envía,

»Los destinos venimos á anunciarte

»Que él, volviendo tú allá, te anunciaria.

»Tu brazo nos salvó de adverso Marte,

»Librónos tu piedad de llama impía;

»Hemos seguido tu fortuna, y fieles

»Navegamos contigo en tus bajeles.

XXX.

»En grato premio á tu favor, mañana

»Al cielo hemos de alzar tus descendientes;

»Mas hoy, á esa ciudad que soberana

»Herencia haremos de invencibles gentes

»(Que esto es tuyo, no nuestro), el paso allana:

»Lo harás, si en largo viaje no consientes

»Reposo: asiento muda: el Dios profeta

»No te brindó con descansar en Creta.

XXXI.

»Hay de antiguo un país, con apellido

»De Hesperia por los Griegos señalado,

»Pueblo en trances de guerra asaz temido,

»Tierra asaz grata á la labor de arado.

»Fué primero de Enotrios poseido,

»Y hoy Italia se nombra, por dictado

»De famoso caudillo procedente,

»Si ya constante tradicion no miente.

XXXII.

»¡Ésta, ésta es nuestra patria verdadera!

»Que allí Dárdano y Yasio nacimiento

»Tuvieron; aquel Dárdano, primera

»Cepa de nuestra raza. Tú contento

»Vé, y de ello al viejo genitor entera

»Por cierto. Y de Corito en seguimiento

»A los ausonios términos navega.

»Mansion en Dicte Júpiter te niega.»

XXXIII.

»Como esto ví y oí (no en sueños vanos

Eran; que bien las sienes discernia

Veladas, y los rostros soberanos,

Y áun bañaba en sudor mi frente fria),

Salto del lecho atónito: las manos

Extiendo suplicante; ofrezco pia

Libacion en mi hogar: de ahí contento

Corro á mi padre, y la vision le cuento.

XXXIV.

»Del doble orígen la falacia siente

Él, y confiesa que sufrido habia

Con la antigua señal error reciente:

«¡Hijo,» así hablaba, «á quien la suerte impía

»Burla cruel! Casandra solamente

»Hizo de estos sucesos profecía;

»Y á menudo se oyó, recuerdo ahora,

»_¡Hesperia! ¡Italia!_ de su voz sonora.

XXXV.

»¿Mas quién iba á pensar que á Hesperia iria

»Nuestra gente jamás? ¿Ni quién pudiera

»A Casandra creer? ¡Hoy, hoy nos guia

»Voz infalible que partir impera!»

Tal dijo, y aplaudimos á porfía.

Quedan algunos en la infiel ribera;

Y el áncora levando y la esperanza

El hueco leño al piélago se lanza.

XXXVI.

»Cuando ya nos hubimos engolfado,

Y entre agua y cielo, al fin, no vemos cosa

Sino el cielo y el agua, azul nublado

Sobre mi nave sólido se posa

De lobreguez y tempestad cargado.

Con tristes amenazas espantosa

La ecuórea inmensidad se entenebrece,

Esfuérzanse huracanes, la onda crece.

XXXVII.

»¡Tristes! que arrebatándonos el viento

en la vasta extension, á golpe duro,

Relámpagos cruzando el firmamento,

Ciegos erramos sobre el ponto oscuro.

Todo es horror el húmedo elemento:

¿Es dia? ¿es noche? el mismo Palinuro

Nada distingue; en negro torbellino

Sacudido del rumbo, perdió el tino.

XXXVIII.

»Ya tres dias llevábamos enteros

Y tres noches á oscuras, desmandados,

Cuando léjos notamos placenteros

Visos de tierra, y asomar collados,

Y humo al cielo subir. Los marineros

Las antenas calando arrebatados,

Asen del remo, y al batir contino

Cubren de espuma el líquido camino.

XXXIX.

»Al suyo las Estrófades, del seno

Librados de las ondas, nos invitan:

Ínsulas son que con renombre heleno

En el vasto mar Jonio se acreditan.

Allí, allí la terrífica Celeno

Y las arpías de su casta habitan,

Del tiempo en que de Fíneo y sus moradas

Las alejó el temor, nunca saciadas.

XL.

»¡Arpías, horda atroz, monstruos furiales!

Generacion igual jamás vió el mundo,

Ni peste más cruel á los mortales

Envió el cielo ni abortó el profundo:

Alado el cuerpo, rostros virginales;

Arroja el seno vil vestigio inmundo;

Corvas manos y piés, garfios rapantes;

Pálidos siempre de hambre los semblantes.

XLI.

«Áun no bien nuestra flota anclado habia,

Cuando notamos por allí ganados

Vacunos y lanares ir sin guia

Ledos paciendo en abundosos prados.

Hicimos en la grey carnicería;

Brindamos con los fáciles bocados

A los Dioses, á Júpiter; y á priesa

Aderezamos la campestre mesa.

XLII.

»Ya el manjar suculento en sillas blandas

De céspedes gustábamos. En ésto

Dejan sus montes las aéreas bandas

Con ala resonante y salto presto;

Nos rapan de revuelo las viandas;

Todo lo manchan con su aliento infesto;

Y fuera de ofender vista y olfato,

El viento hieren con aullido ingrato.

XLIII.

»De ahí en el hueco de un peñon antigo

Otra vez el banquete cauto extiendo,

De corvas selvas al repuesto abrigo

Con sombra en torno de negror horrendo.

Ya ponia en el ara el fuego amigo,

Y otra vez de cien partes con estruendo

Baja improviso el escuadron nefando,

Y royendo revuela y escarbando.

XLIV.

»Al arma llamo; en la soez canalla

Hacer estrago, en cuanto vuelva, ordeno:

Y ocultamos á intento de batalla

Entre las hojas y el verdor ameno

Cuchillas y broqueles. Todo calla ...

Mas ya que por la orilla vió Miseno

Que acuden en tropel, de una alta roca

Do atalayaba, su bocina toca.

XLV.

»Corremos á la seña, en lid no usada

La impía raza á extirpar del mar salida;

Mas ¡vano esfuerzo! que lesion la espada

No hace en las plumas, ni en el cuerpo herida.

Infectan cuanto muerden de pasada,

Y hedor esparcen en su impune huida;

Y una de ellas, Celeno, en yerta altura

Infausta así con voz siniestra augura:

XLVI.

«Vinisteis á matar nuestros rebaños,

»¡Hijos de Laomedon! ¡manos impías!

»Y en guerra, de sus patrios aledaños

»Quereis lanzar, sin culpa, á las Arpías!

»¡Pues oid y temblad horribles daños!

»Catad lo que os anuncio en profecías

»La mayor de las Furias: trasmitiólo

»A Febo Jove, y á Celeno Apolo.

XLVII.

»Buscais á Italia con errante quilla,

»Y cierto que con vientos aplacados

»Ireis á Italia, y cobrareis la orilla

»Que os disputan benévolos los hados;

»Mas no podreis la deseada villa

»Ceñir, sin que á expiar desaguisados

»Con fuerza ántes os mueva el hambre aciaga

»Tal, que áun las mesas devorar os haga.»

XLVIII.

»Dijo, y al bosque aleteando vuela.

Á influjo de su voz mis compañeros,

A quien la sangre de terror se hiela,

Con el brío deponen los aceros.

Ya con votos, con súplicas se apela

A pedir paz y á deshacer agüeros,

Ora malvadas y aves ominosas

Sean aquellas, ó terribles Diosas.

XLIX.

»Y vuelto Anquíses hácia el mar, las manos

Extiende, y con solemnes sacrificios

Los Númenes invoca soberanos:

«¡Dioses!» clama, «¡torced tales auspicios!

»¡Dioses! ¡tales anuncios haced vanos!

»¡A un pueblo justo defended propicios!»

Dice, y cables soltar en el momento

Manda, y las lonas descoger al viento.

L.

»Cumplióse lo mandado; y ya hincha el Noto

Las velas que á sus soplos confiamos;

Merced suya, y en manos del piloto,

Entre espumosas ondas navegamos:

Zacinto se aparece, ameno soto,

En medio de la mar: Duliquio, Sámos;

Ardua y fragosa Néritos se ostenta,

Ítaca con escollos fraudulenta.

LI.

»Huimos de ellos, y del patrio clima

De Ulíses maldecimos. Adelante

Léucates yergue su nublosa cima,

Apolo hace temblar al navegante.

Allá torcemos: fatigada arrima

A la humilde ciudad la flota errante;

Ya á proa el marinero anclas arroja;

Ociosos cascos la ribera aloja.

LII.

»En no soñado asilo aras enciendo

Do mis votos á Júpiter desato;

Y en tierra de Accio, celebrar emprendo

Juegos de Frigia. El patrio pugilato

Todos, desnudo el cuerpo, el cuerpo ungiendo,

Renuevan con ardor. Recuerdo es grato

Haber vencido riesgos y fatigas

Entre tantas ciudades enemigas.

LIII.

»El sol á la sazon su añal carrera

Concluia, y con hálitos glaciales

El cierzo aborregaba la onda fiera.

Fijé á un poste, del templo á los umbrales,

Combo escudo que el grande Abas trajera,

Y del caso en memoria, letras tales:

MONUMENTO GANADO Á LAS AQUEAS

TRIUNFANTES HUESTES: CONSAGRÓLO ENÉAS.

LIV.

»Llamé al remo; y dejamos, con suspiro

Del batido oleaje, las arenas;

Pronto las cumbres de Feacia miro,

Y tórnanse á esconder, vistas apénas.

Llegamos al Caonio puerto, á Epiro

Costeando, y pedimos las almenas

Excelsas de Butroto. Aquí una nueva

Dichosa hallamos que increible eleva.

LV.

»Oigo que en griego territorio impera

Heleno, hijo de Príamo, debido

A ser de la vïuda y heredera

De Pirro, nieto de Éaco, marido;

Que así el antiguo rango recupera

Andrómaca. Turbado, conmovido,

De amor llevado, de ansiedades lleno,

La playa dejo y flota, y voy á Heleno.

LVI.

»Hé aquí con sacros funerales dones,

Ántes de la ciudad, en selva umbría,

Cabe un fingido Símois, libaciones

Al caro polvo Andrómaca ofrecia;

Y los manes con tristes oraciones

A la tumba llamaba, que vacía

De verde césped, á Héctor dedicara,

Y una, motivo al llanto, doble ara.

LVII.

»Tal Andrómaca estaba en el instante

En que, subiendo yo por el camino,

A mí propio y las armas delirante

Vió de Troya; y del caso peregrino

Pasmada al punto queda: vacilante,

Perdió el rostro el color, la planta el tino;

Y solo á obra de tiempo el labio mudo

Articular sueltas palabras pudo:

LVIII.

«¿Que en fin te miro en corporal figura?

»¡Hijo de Vénus! ¿mensajero cierto

»Me apareces? ¿áun gozas la aura pura?...

»¡Ah! ¿y Héctor dónde está, si ya eres muerto?»

Esto dijo llorando, y la espesura

Llenaba su clamor. Su desconcierto

Febril, dejóme sin respuesta; al cabo

Mal breves frases anheloso trabo:

LIX.

«No dudes; palpas realidades. Vivo,

»Y á cien peligros arrojé mi vida;

»Mas véme: salvo á tu presencia arribo.

» Ah! ¡y de tan gran varon destituida,

»Pobre mujer! ¿te vuelve el hado esquivo

»Algo de tu ventura merecida?

»Tú, la Andrómaca de Héctor venturosa,

»¿Yaces aún avasallada esposa?»

LX.

»Ella el rostro inclinando, recobrada,

Con voz sumisa su dolor expresa:

«¡Oh entre todas nosotras fortunada

»Tú, inocente beldad, jóven princesa,

»Que al pié del patrio muro, por la espada

»Fuiste á morir sobre enemiga huesa!

»Que ni suertes sacaste á tu despecho,

»Ni de amo vencedor serviste al lecho!

LXI.

»¡No así la que incendiados sus hogares,

»Sufrió á un duro jayan, de raza altiva

»Sufrió el rigor, y por remotos mares

»Anduvo errante, y concibió cautiva!

»Y despues que probé tantos azares,

»El tirano raptor en llama viva

»Por Hermíone ardió, nieta de Leda,

»Y á Esparta corre do en su amor se enreda.

LXII.

»Entónces á un esclavo dió su esclava;

»Cedióme á Heleno. Oréstes que veia

»Quitársele su esposa, se abrasaba

»De amor, de ardor furial, de rabia impía;

»Y ante el paterno altar á hierro acaba

»Desprevenido á su rival un dia;

»Con que Heleno, de siervo que ántes era,

»Cobró aquestas regiones en que impera.

LXIII.

»Él de entonces á sus campos y poblados

»Apropió de Caonia el apellido,

»En honor de Caon; y en los collados

»Que ves, segundo Pérgamo se ha erguido

»Y ese nuevo Ilïon. Mas dí, ¿qué hados

»Favorables de guia te han servido?

»¿Qué aura feliz, cuál misteriosa fuerza

»Causa es que acá tu nave el rumbo tuerza?

LXIV.

»¿Qué se hizo Ascanio? ¿vive aún? Y aquella

»Que en la noche fatal ...? ¡Destino impío!

»Pobre niño, ¿recuerdos guarda de ella?

»¿Le anima á la virtud, al patrio brío,

»Ver cuál dejan de sí brillante huella

»Enéas, su buen padre, Héctor su tio?»

Así hablaba llorando, y vanamente

Corria de sus lágrimas la fuente.

LXV.

»Heleno, que hácia allí bajando vino

Con gran cortejo, nos conoce en tanto,

Y á la ciudad nos guia, y de camino

Nos habla con palabras y con llanto.

Yo, andando, reconozco ó adivino

Nueva Troya, otro Pérgamo, otro Janto,

Bien que aquél breve y pobre aquéste sea,

Y abrazo en mi ilusion la puerta Escea.

LXVI.

»Cual propia, en la ciudad mis compañeros

Entran: pórticos que amplios los reciban

Les abre Heleno, y de ellos los primeros

En fuentes, tazas de oro, comen, liban;

Llenas copas empinan placenteros,

Y resuena el salon. Así se iban

Corriendo un dia y otro. El soplo austrino

Ya hinchaba, voceando, el vago lino.

LXVII.

»Ántes, empero, de soltar las naves,

Yo á Heleno interpelé con tales voces:

«Tú que de Febo los misterios sabes,

»Y sus lauros y trípodes conoces;

»Tú que entiendes los astros, y las aves

»Con su canto augural y alas veloces;

»Troyano vate, intérprete del Cielo,

»Con alta inspiracion calma mi anhelo!

LXVIII.

»Profecías, oráculos, deidades

»Trázanme rumbo de asechanza ajeno,

»Señalando repuestas heredades,

»Nombrando á Italia. Sola ya Celeno

»Cruda hambre anuncia, acerbas novedades;

»¡Arpía atroz! ¡aviso de horror lleno!

»Tú, ¿cuál riesgo evitar me importa, y cómo,

»Dí, amagos frustro y contratiempos domo?»

LXIX.

»Él toros ántes, como el rito manda,

Inmola; desciñó la venda pia;

El favor de los Númenes demanda,

Y por la mano hácia el altar me guia.

¡Oh Febo! en tu presencia veneranda

Temor yo entónces y temblor sentia,

Cuando comienza, sacerdote sabio,

Heleno á hablar con inspirado labio:

LXX.

«¡Hijo de Vénus! no del prez receles

»Que te anuncian auspicios celestiales:

»Tal es la voluntad de Jove, y fieles

»Tal la necesidad, tus hados tales.

»Empero, porque rueden tus bajeles

»En tu navegacion ahorrando males,

»Y firme gozo al aferrar te quepa,

»Tus destinos, de hoy más, tu mente sepa.

LXXI.

»Cosas hay que decillas Juno, es cierto,

»O sabellas tal vez las Parcas vedan;

»Mas yo entre mucho lo esencial te advierto

»Y anuncios doy que aprovecharte puedan.

»Ante todo, á esa Italia, vega y puerto

»Que á tu corto entender cercanos quedan,

»Aun de tí la separan, á fe mia,

»Largo espacio interpuesto y larga via.

LXXII.

»Y á fe que el remo blandear se vea

»Del mar Trinacrio y Tusco en los cristales,

»Y la ínsula de Circe, hija de Ea

»Visites, y los lagos infernales,

»Tiempo ántes que de tí fundado sea

»Estable muro. Agora las señales

»Escucha de la tierra prometida,

»Y en la memoria conservarlas cuida.

LXXIII.

»Cuando oculto raudal con planta lenta

»Rondando fueres caviloso un dia,

»Si allí una hembra de cerdo corpulenta

»Al márgen ves entre robleda umbría,

»Con treinta lechoncillos que alimenta,

»Alba, en torno á sus ubres la alba cria,

»Esa es la seña: allí podrás, te auguro,

»De afanes tantos descansar seguro.

LXXIV.

»Ni el pronóstico tiembles de comeros

»Hasta las mesas: os oirá benino

»Apolo, y á cumplirse los agüeros

»Vendrán sin daño por mejor camino.

»Mas de la ítala costa á do con fieros

»Tumbos va á desbravarse el mar vecino,

»Huye, que todas por ahí moradas

»Son, de pérfidos Griegos habitadas.

LXXV.

»Fundada por los Locros aparece

»Naricio allá: con militar arreo

»Los campos Salentinos, que enaltece

»Procedente de Licto Idomeneo:

»Allá humilde Petilia, á quien guarnece

»Filoctétes, caudillo melibeo:

»Huye en suma y traspuestos esos mares,

»Grato, saltando en tierra, eleva altares.

LXXVI.

»El voto entónces cumplirás, la frente

»Cubriendo en torno de purpúreo velo,

»No sea que ante el fuego sacro, ardiente

»En honor de los Númenes del Cielo,

»Hostil presencia, súbito accidente

»Al rito dañe. Con piadoso celo

»Guardad esta costumbre los Troyanos;

»La guarden vuestros nietos más lejanos!

LXXVII.

»Ya que al confin te impela siciliano

»El viento, y de Peloro el paso estrecho

»Más ancho mires cuanto más cercano,

»Entónces rodeando largo trecho

»El rumbo sigue hácia la izquierda mano;

»Trata el siniestro lado, huye el derecho;

»Y vé en ese pasaje tú y pondera

»Cuál la avanzada edad todo lo altera.

LXXVIII.

»Eran en uno entrambos continentes;

»Mas vino el mar con ímpetu y rüina

»Y con sus olas separó rugientes

»De la sícula costa la vecina.

»Opónense de entónces diferentes,

»Y opresa en el canal la onda marina,

»Tal vez muros, tal vez fértil campaña,

»Acá y allá con sus espumas baña.

LXXIX.

»El paso asedian, por el diestro lado

»Scila, Caríbdis en la parte opuesta:

»Tres veces en su abismo exacerbado

»Las aguas con hervor se sorbe ésta,

»Y escúpelas al Cielo de contado;

»Miéntras de oscura cavidad repuesta

»Saca por tiempos la ancha boca aciaga

»Scila entre escollos y los buques traga.

LXXX.

»Es humano su aspecto, y peregrino

»Le lava un seno de mujer la ola;

»Monstruo en el resto osténtase marino,

»Vientre de lobo y de delfin la cola.

»Doblar prefiere el cabo de Paquino

»En tarda vuelta, á ver una vez sola

»Al encorvado semipez horrendo,

»Con sus canes cerúleos y alto estruendo.

LXXXI.

»Tú, si fias de Heleno, ¡hijo de Diosa!

»Si de Apolo el oráculo obedeces

»Que Heleno anuncia, áun óyeme: una cosa

»Te intimo y te encarezco una y mil veces:

»Que hábil de Juno triunfes poderosa

»Con votos y con dones y con preces:

»Triunfante has de ir, porque seguro vayas

»Las sículas dejando, á ítalas playas.

LXXXII.

»Verás, llegando á Cúmas, los sagrados

»Lagos, y Averno que entre bosques suena;

»Y cantando una maga ocultos hados

»En hueca roca, de entusiasmo llena:

»Nombres ésta y carácteres grabados

»En hojas tiene; lo que grava ordena;

»Y el antro aquel las misteriosas notas

»Guarda, cada una en su lugar, inmotas.

LXXXIII.

»El órden luce en la mansion tranquila;

»Mas si gira la puerta, y cala el viento

»Y entre las hojas frágiles oscila,

»Que caducas esparce con su aliento,

»Ni sus versos recuerda la Sibila,

»Ni á adornar torna el cóncavo aposento

»Con las reliquias; y si ansioso vino,

»Maldiciente se aleja el peregrino.

LXXXIV.

»Guarte no allí te asuste útil demora:

»Ten calma, aunque los tuyos te den prisa,

»Aunque el rumbo marcando bullidora

»Haga fuerza á los mástiles la brisa;

»Ten calma, y los oráculos implora,

»Acude á consultar la profetisa,

»Que persuadida de tus ruegos ella

»Cantará los semblantes de tu estrella.

LXXXV.

»Y los pueblos, y gentes venideras

»De Italia te dirá, guerras futuras;

»Y de llevar te enseñará maneras,

»O tal vez de eludir fatigas duras;

»Caminos te abrirá, si la veneras,

»Y prósperas hará tus aventuras ...

»No me es lícito más. Vé ahora, y constante,

»A Troya al Cielo tu virtud levante.»

LXXXVI.

»Tonos usando de amistad süaves,

Así consejos dábame prudentes

El vate; y que llevasen á las naves

Mandó luégo magníficos presentes:

Aureos adornos los hicieran graves

Y de elefante elaborados dientes:

Y de plata riquezas amontona,

Y vasos nos regala de Dodona.

LXXXVII.

»Y de triples metales fabricada

Y de anillos de oro guarnecida,

Una cota me da, y una celada

Con espléndido airon enriquecida,

De Pirro enántes armadura usada:

Ni dones él para mi padre olvida.

De caballos, de guias, de remeros

Nos abastece y suministra aceros.

LXXXVIII.

»Manda mi padre que á zarpar se aliste

La escuadra al espirar del fresco viento;

Cuando el profeta á quien Apolo asiste

Háblale así con obsequioso acento:

«¡Anquíses! ¡tú que digno hallado fuiste

»Del tálamo de Vénus opulento!

»¡Tú, objeto caro á la bondad divina,

»Salvo dos veces de comun rüina!

LXXXIX.

»Hé ahí del mar Italia se levanta!

»¡Vé arrebatarla de tu flota al vuelo!...

»Ten; que allende, al olor de gloria tanta,

»Ha de rondar paciente vuestro anhelo;

»De Ausonia la region que Apolo canta,

»Aun léjos cae. ¡Te defienda el Cielo,

»Padre feliz por la filial ternura!

»Basta: ¡el Austro os convida, y ya murmura.»

XC.

Eneida; v.1 de 2 · 第 5 / 12 段