»Tornan éstos á hallarnos cara á cara,

Y el habla que nos oyen diferente

El disfraz de las armas les declara.

Al número sucumbe, en fin, mi gente.

Peneleo á Corebo al pié del ara

Inmoló de la Diosa armipotente;

¡Ay! de los suyos recibiendo heridas

Rinden Dímas é Hípanis las vidas.

LXXXIV.

»Ni tu piedad ni el apolíneo velo

Te hurtaron, Panto, á la enemiga hueste;

Y el justo, el santo del troyano suelo,

Rifeo, cae, sin que amparo preste

A su virtud (¡misterio grande!) el Cielo.

Conmigo Ífito y Pélias quedan: éste

Mal herido de Ulíses, tardo el paso;

Esotro por la edad de fuerza escaso.

LXXXV.

»Con ellos en forzosa retirada

Abandoné la desigual porfía.

¡Oh pira extrema de mi Patria amada,

Sacras cenizas de la gente mia!

Testigos sed que en la infeliz jornada

Tanto arrostré cuanto arrostrar debia,

Y, á consentirlo el fallo de la suerte,

Ganara por mi mano honrosa muerte.

LXXXVI.

»Torcemos al estruendo sin tardanza

Al palacio del Rey, do tan horrenda

Refriega hallamos, cual si aquella estanza

Fuese el único campo á la contienda;

¡Tal era el brío y la marcial pujanza!

¡Así en masa á los Griegos estupenda

Precipitarse vemos, y la entrada

Asediar bajo densa empavesada!

LXXXVII.

»De un lado y otro el edificio ascienden.

Por pilares y escalas; con los brazos,

El escudo al izquierdo, se defienden

De pedradas sin cuento y saetazos;

Suelto el derecho, en el remate prenden

Del edificio altísimo. En pedazos

En tanto los troyanos campeones

Las techumbres derruecan y bastiones.

LXXXVIII.

»De tales armas su defensa fian,

Áureas trabes lanzando en su despecho

Que de antiguos monarcas dado habian

Noble decoro al admirado techo.

Otros abajo á resguardar se alían

Las puertas, y tras ellas en estrecho

Grupo, puñal en mano, se aglomeran,

Y apercibidos la avenida esperan.

LXXXIX.

»Al palacio escalado se convierte

Mi atencion toda: diligente acudo

A esforzar á quienquier se desconcierte

Y alientos dar contra el asalto crudo.

Un portillo hubo atras, que á buena suerte

Al ciego sitiador hurtarse pudo;

Tras él los tramos del palacio unia

Tránsito oscuro, oculta galería.

XC.

»Por allí sola Andrómaca en su duelo,

Cuando áun cetro empuñaba el Rey anciano,

Ir solia á sus suegros, y al abuelo

Llevaba el hijo tierno de la mano.

A entrar por allí mismo ahora yo vuelo;

Calo el postigo, y la eminencia gano,

Do abajo (¡vano ardor!) los Teucros echan

Cuanto á la mano ven, cuanto destechan.

XCI.

»Á plomo allí con la pared se erguia

Excelsa torre en la region del viento,

Que toda la ciudad mandaba un dia

Y la enemiga armada y campamento.

Por do fácil de herir aparecia

Batímosla en redor: del alto asiento

Al combinado impulso desprendida,

Cede, y precipitamos su caida.

XCII.

»Ella rodando con fragoso estruendo

En fragmentos veloz se despedaza,

Y abajo ámplio escuadron tapa cayendo,

Que otro, cual ola súbita, reemplaza.

Sigue sin tregua el combatir tremendo:

Ya ante el mismo vestíbulo amenaza

Pirro animoso, en el umbral primero,

Con metálica luz radiante y fiero;

XCIII.

»Cual dragon que aterido, soterrado,

De venenosas hierbas se sustenta,

Mas de nuevo arreándose, en el prado

Sale á campar cuando el calor le alienta:

Voluble el lomo en roscas arrollado

Miles colores con la luz ostenta;

Al sol mirando, el cuello al aire libra,

Y la trisulca lengua hórrido vibra.

XCIV.

»Automedonte, que de Aquíles fuera

Auriga, ora escudero, y Perifante

Corpulento acomete, y la guerrera

Esciria juventud, y á un mismo instante

Llama arrojan que al aire va ligera:

Pirro, hacha en mano, abócase adelante,

Quiciales estremece, vigas raja,

Y las ferradas puertas desencaja.

XCV.

»Las trabes á su empuje crujen, ruedan;

Enorme boqueron dan los tablones,

Ni cosa abrigan que ocultarle puedan

Dentro los vastos atrios y salones:

De los antiguos soberanos quedan

Francas y descubiertas las mansiones,

Y afuera comparecen los soldados

Que las puertas guardaban atropados.

XCVI.

»¡Oh cuánta turbacion adentro! ¡oh cuánto

Terror! Los huecos artesones llena

Femenil alarido, ronco planto,

Grita confusa y vária al cielo suena.

Cruzan matronas con afan y espanto

Las anchas salas que el rumor atruena,

Y las colunas á abrazar se arrojan,

Las besan, y en sus lágrimas las mojan.

XCVII.

»Mas Pirro igual al padre se adelanta.

¿Qué arma, qué brazo atajará el pujante

Hierro esgrimido con braveza tanta?

Postes ni cerraduras son bastante;

Ferrada maza á golpes los quebranta.

Plaza abre á fuerza: á quien le va delante

Atierra, y su cohorte furibunda

A la redonda el edificio inunda.

XCVIII.

»Así de altiva cumbre se desata

De pronto hinchado un espumoso rio,

Y oleadas horrísonas dilata

Hundiendo el malecon, creciendo en brío;

Y establos y ganados arrebata

Impetüoso. Yo, yo vi al impío

Cebarse airado en el estrago horrendo;

Vi á los Atridas el umbral cubriendo.

XCIX.

»Vi á Hécuba y sus hijas, sus amores

Vi á Príamo, del ara en el sagrado,

El fuego que adoraron sus mayores

Matar en sangre suya mal su grado;

Vi los cincuenta lechos, que de flores

Habia la esperanza engalanado

En pro del trono, y las soberbias puertas

De oro y rico botin rodar cubiertas.

C.

»Griegos el campo ocupan que áun da el fuego.

--Mas ya ansiosa querrás, augusta Dido,

De Príamo saber. Príamo, luégo

Que de las puertas oye el estallido,

Y encima siente al desbordado Griego,

Ciñe al endeble cuerpo envejecido

Inútil hierro y olvidada malla,

Y aguija á perecer en la batalla.

CI.

»Al raso en medio del palacio habia

Ancho altar, y por cima un lauro anciano

Asombrando á los Lares, descogia

Denso follaje de verdor lozano.

Hécuba en la marmórea gradería

Con sus hijas los Dioses ciñe en vano,

Bien cual palomas que en bandada avienta

El repentino són de la tormenta.

CII.

»Como á recursos el Monarca apele

Ya ajenos á su edad, «¿Qué desvarío,»

Hécuba clama, «á perdicion te impele?

»Hoy de mi Héctor la fuerza y poderío

»Fuera en vano; pues ¿qué ese brazo imbele

»Hará en el caso extremo? Esposo mio,

»Vén: este altar refugio á todos sea,

»O á todos juntos sucumbir nos vea.»

CIII.

»Dice; á su lado le reduce, y puesto

Sobre las losas á ocupar le obliga.

Desacordado y jadeante, en ésto,

Polítes, de ellos hijo, á quien hostiga

Pirro desaforado, el pié, tan presto

Como lo sufre su mortal fatiga,

Por los vacíos atrios acelera,

Y señala con sangre su carrera.

CIV.

»Ya con la pica por detras le toca,

Ya entre las manos el cruel le mira,

Cuando en faz de sus padres desemboca,

Y dando en tierra ensangrentado espira.

El venerable viejo, á quien provoca

El duro lance á generosa ira,

No en lo sumo del riesgo el labio sella,

Mas respetos y amagos atropella:

CV.

«Si justo el cielo de los hombres cura

»Darános,» dice, «por tamaña ofensa,

»A mí venganza á colmo; larga y dura

»A tí la merecida recompensa!

»Poner te place al padre en angostura

»De ver caido al hijo sin defensa,

»Y no acatando encanecidas sienes

»A darle en rostro con su sangre vienes.

CVI.

»Calla de hijo de Aquíles el dictado,

»Que le desmiente tu cobarde encono:

ȃl supo dar la mano al que postrado

»Miró á sus piés en mísero abandono;

»Tornóme el hijo muerto, que enterrado

»Fuese en fúnebre pompa, y á mi trono

»Me concedió volver.» Dijo, y con tardo

»Aliento el Rey de allí soltóle un dardo

CVII.

»Que rebotado al punto con sonido

Ronco, al tocar el defendido acero,

Quedó en el centro del broquel prendido.

Pirro repuso con sarcasmo fiero:

«¡Sí, vé á mi padre, y que su ejemplo olvide

»Díle; que de su sangre degenero;

»Que oprobio eterno de mi porte espere;

»Eso y más dile; y por ahora muere!»

CVIII.

»Y diciendo y haciendo, el inhumano

Al mismo altar impávido arrastraba

Al noble Rey, que, trémulo de anciano,

En la sangre del hijo resbalaba:

Le ase del pelo con la izquierda mano,

Y con la diestra á su placer le clava

Hasta el pomo la daga en el costado,

Fúlgida en alto habiéndola vibrado.

CIX.

»Tal rodó su corona refulgente;

Tal vino á ver su antigua fortaleza

Humo y polvo tornarse de repente,

Aquél que al esplendor de su grandeza

Miró á cien pueblos inclinar la frente!

Su cuerpo, tronco informe, la cabeza

Cercenada por bárbara cuchilla,

Yace sin nombre en solitaria orilla.

CX.

»Horror profundo allí por vez primera

Sobrecogióme, viendo la agonía

Penosa de mi Rey, y la manera

Como el postrero anhélito rendia.

Mi padre, que cuanto él anciano era,

Delante me fingió la fantasía:

La dulce esposa, el hijo tierno, á rudo

Ultraje abandonados sin escudo.

CXI.

»Por ver con quiénes cuento, en torno paso

Las miradas; á nadie ya diviso:

Dieron unos al fuego el cuerpo laso,

Arrojáronse otros de alto piso.

Así todo oteándolo de paso,

Al claror de las llamas, de improviso

Observo un bulto en el umbral de Vesta;--

Erase Elena en lo escondido puesta.

CXII.

»Esa ahora á las aras acogida,

Furia que al mundo le nació ominosa,

De Troyanos y Griegos maldecida,

De Griegos y Troyanos temerosa,

Salvar tentaba la infelice vida

Huéspeda ingrata, amancillada esposa;

Matar pensé la infame advenediza

Por vengar de la Patria la ceniza:

CXIII.

»¿Cómo? ¿habrá de salvarse la menguada

»Rastrándose en oscuros escondrijos?

»¿Y en Micénas y Esparta hará su entrada

»Reina ella entre marciales regocijos,

»De troyanos esclavos acatada

»Tornando á ver esposo, padres, hijos?

»¿Y Troya en bravas llamas consumida?

»¿Y triunfante el acero regicida?

CXIV.

»¿Y para esto tornada ardiente lago

»Tantas veces la playa en sangre nuestra?

»¡Oh! ¡no! que si en matar una hembra, no hago

»De varonil valor gloriosa muestra,

»Dar á tal monstruo el merecido pago

»Hazaña es justa y digna de mi diestra:

»No ya sedienta al envainar mi espada,

»Más de una sombra dejaré vengada!»

CXV.

»Rugia yo con voz tempestüosa

Cuando espléndida toda de hermosura,

Me apareció mi madre bondadosa

Radiante entre la sombra de luz pura,

Con el encanto y majestad de Diosa

Con que se muestra en la celeste altura;

Súbito el vengador brazo me toca,

Y abre entre aromas la purpúrea boca:

CXVI.

«¡Cálmate, hijo! ¡tus palabras mide:

»Tu pecho hirviente su ímpetu reporte!

»Dí, ¿será justo que el rencor te olvide

»De la familia nuestra, y no te importe

»Saber si el genitor, á quien impide

»Vejez cansada, el hijo, la consorte

»Vivos están? ¿No ves que los circunda

»La multitud que la ciudad inunda?

CXVII.

»Por mí, el hierro su sangre no devora;

»Por mí, el fuego sus huesos no calcina.

»¿Y á qué la faz baldonas seductora

»De esa Lacedemonia que abomina

»Tu corazon? Y á Páris á deshora

»¿Por qué oprobias? No tiene la rüina

»De Troya la opulenta humano orígen:

»Airados Dioses son quienes la afligen.

CXVIII.

»Es fuerza superior la que derriba

»Sus altos techos. Si cejar te duele,

»Yo esa que lenta en derredor te priva

»De luz, haré que de tus ojos vuele,

»Húmida, opaca niebla, y la cautiva

»Vista dilates. Quién, verás, demuele

»Aquestos muros, y al materno aviso

»La frente inclinarás grato y sumiso.

CXIX.

»Allá, do envuelto en polvo el humo ondea,

»Y en pié no hay mole ya ni canto alguno,

»La ciudad en su asiento bambalea

»A golpes del tridente que Neptuno

»Sacude. Acá sobre la puerta Escea

»Ante todos sañuda avanza Juno,

»Y audaz, cubierta de acerada escama,

»La amiga tropa de las naves llama.

CXX.

»Torna, torna á mirar: Pálas cruenta

»Ya los altos alcázares domina.

»Y envuelta en nimbo centelloso, ostenta

»La terrible cabeza serpentina.

»A los Dánaos el Padre mismo alienta,

»El Padre universal, y en la divina

»Legion contra tu Patria iras enciende.

»Tu el hierro envaina, pues; la fuga emprende.

CXXI.

»Nada temas: tu planta irá segura

»De la paterna casa á los umbrales;

»¡Contigo soy!» Y bajo sombra oscura

Encubrióse, al decir palabras tales.

Entónces la terrífica figura

Vi de adversas deidades colosales;

La hoguera vi donde Ilïon se abrasa;

Y Troya conmovida por su basa,

CXXII.

»Cual viejo fresno que la ufana frente

Señorease sobre el monte enántes,

Y hora en redor la campesina gente

Le diese al tronco hachazos incesantes;

Que la alta copa temerosamente

Estremece á los golpes resonantes,

Y amenaza, y restalla, y de la cumbre

Desploma con fragor su pesadumbre.

CXXIII.

»Desciendo, en fin; mis piés mi madre guia;

Campo las armas dan, receja el fuego.

Mas no bien de la antigua casa mia

Á los umbrales anhelante llego,

Mi padre, ¡ay! el primero á quien queria

Fuera llevarme, niégase á mi ruego

Pues sobre tantas ruinas apellida

Vil el destierro y mísera la vida:

CXXIV.

«¡Huid los que en lozana primavera

»Corazon abrigais esperanzado:

»No así el Cielo mi nido destruyera

»Si fuese mi existencia de su agrado!

»¿Qué aguarda el que la Patria ya á extranjera

»Cadena vió doblarse? demasiado

«Sobrevivo al estrago de los mios;

»¡Oh! ¡dadme el adios último, y partíos!

CXXV.

»Avara del botin, condolecida

»De mi miseria, el fin dará que aguardo

»Alguna mano á mi cansada vida;

»Ni por falta de tumba me acobardo.

»A mi inútil vejez, aborrecida

»De los Dioses, el término retardo

»Desde que plugo al brazo omnipotente

»Lanzarme un rayo y aturdir mi mente.»

CXXVI.

»Mi padre así tendido en tierra dijo;

Y vanamente en lágrimas bañados

Yo, mi Creusa, mi inocente hijo,

Todos le suplicamos apiñados

No así mal tanto consumase, fijo

En afrontar los inminentes hados;

Mas él, sordo al solícito lamento,

Mantiénese en su puesto y firme intento.

CXXVII.

»Torno á las armas, y el arnes requiero,

Y á morir batallando me preparo;

Ni más alivio á mi dolor espero,

Ni otra salida, ni mejor reparo.

«¡Oh padre mio!» en mi dolor profiero;

«¿Y pudiste idear que en desamparo

»Te abandonase por salvarme? ¿Agravios

»Vierten cual éste paternales labios?

CXXVIII.

»Si es que completa asolacion previene

»A Troya el Cielo en su insaciable enojo,

»Si la medida quieres que se llene

»Con nuestros restos, cumplirás tu antojo

»Ya vendrá Pirro; franco el paso tiene:

«Pirro con sangre del Monarca rojo,

»De cuyo brazo matador no ampara

»Ni al hijo el padre, ni al anciano el ara.

CXXIX.

»¿Y á ésto sólo me sacas, alma Dea,

»Salvo por medio del adverso bando?

»¿A que testigo en mis hogares sea,

»No ya en la lid, de su rencor infando?

»¿A que, uno entre la sangre de otro, vea

»Hijo, padre y esposa agonizando?

»¡Al arma! ¡al arma! ¡La postrera hora

»Llama al vencido, amigos, vengadora!

CXXX.

»¡Tornar dejadme á la ardua lid! Mi diestra

»Renovará el conflicto: al fin, vengada

»Corra, si ha de correr, la sangre nuestra.»

Dije, á la cinta acomodé la espada,

Y el escudo embrazando á la siniestra,

Ya iba á salir, cuando mi esposa amada

Se echa á mis piés en el umbral de hinojos,

Y nuestro dulce hijo alza á mis ojos.

CXXXI.

«Si es morir lo que atentas,» me decia,

«Todos iremos á morir contigo;

»Mas si áun tu brazo de las armas fia,

»Primero es que defiendas este abrigo.

»¡Cómo! tu hijo, tu padre, la que un dia

»Buena esposa llamaste, ¿al enemigo

»Así vas á entregar?» Tal su desgracia

Gime; el eco en los ámbitos se espacia.

CXXXII.

»Súbita maravilla sorprendente

De todos luégo las miradas llama:

En medio del abrazo y el doliente

Coloquio paternal, brota una llama

De Ascanio en la corona, y por su frente

E ilesos rizos mansa se derrama:

Quién, al verle, el cabello le sacude;

Quién ya con agua, en su temor, le acude.

CXXXIII.

»Mas mi padre con plácida alegría

El rostro augusto eleva; ambas las manos

Tiende, y al cielo esta plegaria envía:

«¡Omnipotente Júpiter, si humanos

»Ruegos te mueven á clemencia pia,

»Una mirada compasiva dános!

»Si merecemos proteccion, propicio

»Sénos, y sella el venturoso auspicio.»

CXXXIV.

»Á estas voces en súbita estampida

Tronó á la izquierda; y por el vago cielo

Rápida estrella de esplendor vestida

Hendió á la noche el nebuloso velo:

Llegaba hácia nosotros, cuando al Ida,

Alumbrando el camino, tuerce el vuelo;

Su luengo sulco blanda luz señala,

Y humo sulfúreo al esconderse exhala.

CXXXV.

»Convéncese mi padre, se levanta,

Da gracias á los Númenes, y adora

La luz divina. «Gobernad mi planta,»

Dice: «no más suscitaré demora.--

»Y ¡oh patrios Dioses! vuestra mano santa

»Reconozco que á Troya cubre ahora:

»¡Mi familia guardad, guardad mi nieto!

»Partamos, hijo; la Deidad respeto.»

CXXXVI.

»Mas ya el calor sofoca; ya se escucha

Más y más cerca el fuego turbulento

Que con los muros y edificios lucha

Su furor avivando y movimiento.

«Sube en mis hombros, padre: á fe que mucha

»No ha de serles la carga: en todo evento,

»Uno sea el peligro á entrambos; una,

»O piadosa ó adversa, la fortuna.

CXXXVII.

»Ascanio venga de su padre al lado;

»Tú, Creusa, seguir mis huellas cuida;

»Y todos en los ánimos grabado

»Tened lo que os encargo en esta huida:

»Bien sabeis, servidores, de un collado

»Que está de la ciudad á la salida,

»Do de Céres ruinoso un templo antiguo

»A un vetusto cipres yace contiguo:

CXXXVIII.

»Cipres que nuestros padres reverentes

»Honraron siempre en sus felices dias;--

»Allí nos juntaremos, diligentes

»Sendereando por diversas vias.--

»Toma, ¡oh padre! los Dioses: yo de ardientes

»Refriegas salgo; si las manos mias

»Pusiese en ellos, en corriente clara

»No lustradas aún, los profanara.»

CXXXIX.

»Callo; y encima del comun vestido,

Con una piel bermeja leonina

Los anchos hombros encubrirme cuido,

Y al grato peso mi cerviz se inclina.

El tierno Ascanio, de mi mano asido,

Conmigo á paso desigual camina:

Quedóse atras mi esposa: opaca niebla

En torno nuestro los espacios puebla.

CXL.

»Mas yo que en la ciudad momentos ántes

No temí de la lid el alto estruendo,

No las armas, no griegos batallantes

Remolinados en tropel horrendo,

Ahora al sonar las auras oscilantes,

Al más leve rüido me suspendo,

No temeroso por la vida mia,

Sí por mi dulce carga y compañía.

CXLI.

»Parecíame ya llegar seguro

Al deseado fin, cuando repente

Cual de veloces piés que el suelo duro

Batiesen, sordo estrépito se siente;

Y mi padre mirando de lo oscuro,

«Hijo,» dice, «huye, hijo; asoma gente:

Desvía; el temeroso centelleo

De las rodelas y corazas veo.»

CXLII.

»¡Ah! en tanto que mi pié medroso excusa

Por ignoradas vueltas el camino,

No sé qué ínvido Dios mi ya confusa

Razon de lleno á desquiciarme vino:

No supe más qué fué de mi Creusa;

Si la detuvo mi cruel destino,

Si erró la via, ó se sentó cansada;--

De entónces más, á mi clamor negada.

CXLIII.

»Ni la eché ménos hasta haber llegado

Todos los mios, con turbada huella,

Al templo antiguo y salvador collado:

Reunímonos; ¡faltaba sola ella!

Faltaba á su hijo, en lágrimas bañado;

Faltaba á mí, que en áspera querella,

¡Oh entre males tamaños mal supremo!

De hombres y Dioses con furor blasfemo.

CXLIV.

»Hijo, y padre, y penates encomiendo,

Puestos y ocultos en profundo valle,

A mis amigos: despechado emprendo

La ciudad recorrer hasta que halle

La infelice consorte; y no temiendo

Volver á abrirme entre enemigos calle,

Me ciño de la fúlgida armadura,

Y entrégome al dolor y á la ventura.

CXLV.

»Llego primero al murallon oscuro,

Puerta y umbral por do pasado habia;

Esfuérzome á mirar, y mal seguro

Sigo por rastros una y otra via.

Horror, silencio en el desierto muro

Sólo hallar pude. Á la morada mia

Acudo, por si allá mi compañera

Tal vez, tal vez la planta dirigiera.

CXLVI.

»Mas de los enemigos mi morada

Presa era ya: la llama devorante

Por el Ábrego rápido aventada,

Crece, sube, revuélvese ondeante.

Enderezo al alcázar, y en la entrada

Del sagrario de Juno (en lo restante

Abandonada ya la ciudadela),

Hacen Fénix y Ulíses centinela:

CXLVII.

»De los templos tornados en pavesas

Custodian el espléndido tesoro,

Vestes sacerdotales, sacras mesas,

Macizos vasos de luciente oro.

Víanse en torno de las ricas presas

Niños sumidos en confuso lloro,

Mustias las madres que el dolor embarga,

Cautiva muchedumbre en rueda larga.

CXLVIII.

»Allí sin fruto y por doquier demando

El bien perdido: una vez y otra al viento

Su nombre doy, los ámbitos llenando

Con la cascada voz de mi lamento.

Así por las sombrías calles ando

En su busca con ciego desatiento,

Cuando al paso atraviésase y me nombra,

Pálido, alto fantasma;--era su sombra.

CXLIX.

»Tiémblame el corazon, se me eneriza

El cabello, la sangre se me hiela:

Mas ella hablando así me tranquiliza

Y futuros destinos me revela:

«¿Por qué tu corazon se martiriza,

»Ó á dó tu loca fantasía vuela?

»Templa el furor: no temerario oses

»Al imperio oponerte de los Dioses.

CL.

»Vencer no pienses mi eternal reposo,

»No contigo llevarme á otra ribera:

»Védalo _aquél_ que todopoderoso

»En las sedes olímpicas impera.

»Vasto mar que surcar, amado esposo,

»Largo destierro que cumplir te espera;

»Mucho errarás; empero, finalmente,

»Llegarás á las playas de Occidente:

CLI.

»A Hesperia, patria de ínclitos varones,

»A donde ameno y dilatado ondea

»El lidio Tibre, que en besar los dones

»De sus fértiles ribas se recrea.

»Ancho imperio, magníficos blasones,

»Régia consorte encontrarás; ni sea

»Mi memoria á tu pecho dolorosa:

»Harto has llorado á tu apartada esposa.

CLII.

»Que no á la nuera de la cipria Diva,

»La hija del frigio Rey, reduce el hado

»A sierva humilde de matrona aquiva:

»¡No irá á ver, no, del vencedor airado

»Soberbios techos mísera cautiva!

»La madre de los Dioses á su lado

»Me acoge. ¡Adios! por nuestro Ascanio vela;

»¡Amale siempre, y tu dolor consuela!»

CLIII.

»Yo que la oia en lágrimas deshecho,

Mil cosas fuí á decir, cuando en sombríos

Celajes se encubrió. Tres veces le echo

Al cuello los amantes brazos mios,

Y tres veces, ¡oh pena! los estrecho

Contra el burlado corazon vacíos,

Desvanecida á mi anheloso empeño

Cual humo vano ó fábrica de un sueño.

CLIV.

»La noche terminó con mi porfía,

Y torné. Con portátiles haberes

Notable multitud llegado habia,

Ausente yo, cabe el altar de Céres.

Apellídanme todos jefe y guia:

«Contigo,» dicen, «á doquier esperes

»¡Ay! alejarnos del confin troyano,

»Rostro haremos al lóbrego Oceano.»

CLV.

»Allí varones y hembras, niños, viejos,

Y larga y miserable muchedumbre.

Y ya anunciaban pálidos reflejos

Al sol, del Ida sobre la ardua cumbre.

Ocupadas las puertas á lo léjos,

Huye de auxilio la postrer vislumbre:

Cedo á la suerte: á recibir me inclino

Mi padre, y á los montes me encamino.

LIBRO TERCERO.

I.

«Despues que el Cielo la inculpada gente

De Príamo y troyana monarquía

Derribó en tierra, y la ciudad potente

En círculos de humo perecia;

Tambien por alta inspiracion presente,

Mas sin saber por dónde el hado guia

O dó hemos de parar, labramos pinos

Que á otras playas nos lleven peregrinos.

II.

ȃramos cabe Antandro congregados

Al pié de Ida, y no bien pintó el estío,

Manda mi padre en brazos de los hados

Soltar velas del viento al albedrío.

Con llanto el puerto dejo, y los amados

Campos do Troya fué; y á la onda fio

Mi pueblo, y prole, y Dioses tutelares,

Y empiézome á engolfar en altos mares.

III.

»Cae por allá un país que Marte ampara

Y el austero Licurgo rigió un dia;

Extensas tierras son que el Trace ara,

A quien ley de hospedaje nos unia;

Y viéronse sus Dioses en un ara

Con los Dioses de Troya en compañía

Cuando imperio feliz fuimos: ahora

Allí arribamos con humilde prora.

IV.

»Fundé en su corva orilla la primera

Ciudad, y á sus colonos apellido,

En mi memoria, Enéadas; mas era

Infausto el punto. Mal correspondido,

A mi madre la Diosa de Citera,

Y á los electos Númenes convido;

Y en balde un toro albo, como á solo

Rey de los Dioses, al Saturnio inmolo.

V.

»Era allí un cerro, y en su cima habia

De puntas erizado un mirto: atento

La ara á vestir de verde lozanía,

Acudo, y ramas arrancar intento.

Miéntras raíces desvolver porfía

Mi mano (¡oh singular, oh atroz portento!)

Brotar contemplo de las ramas rotas

Sangre que el suelo empapa en negras gotas.

VI.

»De espanto helado el corazon flaquea;

Mas recobrado tiro de otra rama

Por descubrir lo que el prodigio sea,

Y otra vez sangre el vástago derrama.

Confuso, dando de una en otra idea,

Ya á Marte invoco que á los Getas ama,

Ya á las huéspedas Ninfas de la selva

Porque el signo de horror fausto se vuelva.

VII.

»Con esta mira y con esfuerzo nuevo

Tercera rama desraigar decido;

Mas cuando, hincada la rodilla, pruebo

Su rigor á vencer, siento un sonido

(No sé si ose decir, ó callar debo):

Una voz funeral hiere mi oido:

«¡Ay! ¿por qué, Enéas, las entrañas mias

»Rompes? ¡No manches más tus manos pias!

VIII.

»Hijo yo fuí de la nacion troya,

»¿Y al que ya conociste ofendes muerto?

»¡Esa sangre no es de árboles do mana!

»¡Ah! ¡que de esta region huyas te advierto,

»Aurívora region, playa inhumana!

»Yo Polidoro soy: yace cubierto

»Mi cuerpo aquí de flechas homicidas,

»Ahora en ásperas ramas convertidas.»

IX.

»Adolorido, absorto me suspendo,

Sin voz, yerto el cabello. ¡Polidoro!

El mismo ¡ay! á quien Príamo, sintiendo

Vacilar en su mano el cetro de oro

Al amago de ejército tremendo,

Fió en secreto espléndido tesoro,

Y á que ajeno creciese á la desgracia,

A cargo le envió del Rey de Tracia.

X.

Eneida; v.1 de 2 · 第 4 / 12 段