«Mas ¿quién, ya que secuaz de Ulíses fuera,

Si á tan largo dolor velos levanto,

Qué Mirmidon, qué Dólope lo oyera

Sin dar, á su pesar, tributo en llanto?

Acercándose al fin de su carrera

Hé aquí la húmeda Noche rueda en tanto,

Y extinguiendo en la mar sus luces bellas

A descanso convidan las estrellas.

III.

»Mas pues tu noble corazon consiente

En ser de este dolor particionero;

Pues mandas que de Pérgamo te cuente

El afan congojoso postrimero

En breve narracion; aunque se siente

Horrorizado el ánimo, y del fiero

Espectáculo aparta la memoria,

Principiaré la miseranda historia.

IV.

»Yacian con el cerco prolongado

Rotos los jefes de la hueste aquea,

Maltrechos siempre del adverso hado;

Cuando Minerva en su favor emplea

Artificio sagaz. Por su mandado

Hueca mole fabrican gigantes

Que gran caballo al parecer figura,

De recia tablazon y contextura.

V.

»Simulan y propalan que se eleva

Por voto á Pálas hecho, de tranquilo

Viaje en demanda: por doquier la nueva

Mentirosa se esparce; y en sigilo,

Echadas suertes entre gente á prueba,

A ocupar suben el oscuro asilo

Del vasto seno y cóncavos costados,

Provistos de sus armas los llamados.

VI.

»Frontera á Troya Ténedos se ostenta,

Que otro tiempo gozó de nombradía:

Isla famosa, fértil, opulenta

Durante la troyana monarquía:

En su abandono y soledad presenta

Hora á las naves pérfida bahía:

A sombra de sus costas sin testigo

Los bajeles enseña el enemigo.

VII.

»Pensamos que, la vela dada al viento,

Bogando irian por la mar serena

Para la patria: el largo abatimiento

La ciudad de sus hijos enajena:

Las puertas abre; al griego acampamento

Rápida corre de alborozo llena

La multitud, y visitar le agrada

Yermo el campo, la playa abandonada.

VIII.

»Aquí los batallones del furioso,

Del fuerte Aquíles; acullá su tienda:

Allí tomaban plácido reposo,

Acá trabámos áspera contienda.

Así van discurriendo; y el coloso

Infausto, reputado por ofrenda

A la casta Minerva, hace que, muda

De asombro, turba inmensa en ruedo acuda,

IX.

»Fuese traicion, ó que la adversa suerte

Para entónces el golpe reservase,

Timétes clama que la mole al fuerte

Se lleve al punto, y las murallas pase.

Cápis, empero, que el peligro advierte,

Aconseja con otros que la abrase

Fuego voraz, y la vecina onda,

El sospechoso dón trague y esconda;

X.

»Ó que el oscuro seno se barrene

Para indagar lo que en el fondo encela.

Indecisa la turba se mantiene.

En esto de la excelsa ciudadela

Con numerosa muchedumbre viene

Laoconte, al campo arrebatado vuela,

Y, «¡Oh desgraciados!» desde léjos grita:

«¿Qué demencia á la muerte os precipita?

XI.

»¿Pensais que el enemigo nuestra tierra

»Dejó? ¿Fiais en sus mentidos dones?

»¿Cuán poco á Ulíses conoceis? Ó encierra

»Esta fábrica aquivos campeones,

»O artificiosa máquina de guerra

»Es: nuestra situacion y habitaciones

»Por cima intentan registrar del muro,

»Para luégo caer sobre seguro.

XII.

»Ello, hay engaño. ¡Oh Teucros, confianza

»Negad á ese caballo! Como quiera,

»Yo temo de los Griegos la asechanza

»A vuelta de sus dones traicionera.»

Dijo; y desembrazó fornida lanza

Hácia un lado del cóncavo; certera

Vuela, clávase, vibra: conmovido

Dió el seno cavernoso hondo bramido.

XIII.

»¡Ay! á no ser por la fortuna impía

Que nos robaba libertad y acierto,

Laoconte en su furor logrado habria

Que pusiésemos luégo en descubierto,

Hendiendo la armazon, la alevosía.

Aun hoy tu alcázar descollara yerto,

¡Oh Patria! ¡al filo de traidora espada

No cayera tu pompa derribada!

XIV.

»Frigios pastores con tumulto y grita,

Atras ambas las manos, prisionero

Traen ante el Rey un mozo. Audaz medita

Abrir el muro con ardid artero

A los suyos; ni el ánimo le quita

El peligro de infame paradero;

Resuelto á todo, el pérfido se hizo

Con aquellos pastores topadizo.

XV.

»La multitud agólpase, y denuesta

Al prisionero que curiosa mira.

(Reina, las artes de los Griegos de esta

Traicion colige; su maldad admira.)

Inerme se detiene, manifiesta

Medrosa turbacion: los ojos gira

La turba rodeando que le oprime,

Abre los labios, y temblando gime:

XVI.

«¡Cielos! ¿á dónde me arrojais? ¿qué puerto

»Queda ya á mi infortunio? La cadena

»Del Griego á quebrantar áun bien no acierto,

»Y ya el Troyano á muerte me condena.»

Compone á su gemido el desconcierto

La multitud, el ímpetu serena,

Y con instancia á declarar le mueve

Patria, linaje, y la intencion que lleve.

XVII.

»Títulos aguardamos con que abone

Palabras de cautivo. Reparado

De la sorpresa, el impostor repone:

«¡Rey! la verdad confesaré de grado:

»No á mi labio veraz candado pone,

»Aunque adverso me fuere, el resultado:

»Yo Griego soy, no ocultaré mi cuna;

»Me hizo infeliz, no falso, la fortuna.

XVIII.

»Quizá en conversacion por accidente,

»De Palamédes, generosa rama

»Del linaje de Belo floreciente,

»Llegó á tu oido el claro nombre y fama.

»Porque la guerra no aprobó, demente

»Llamóle el pueblo, y con indigna trama

»Trájole al hierro de la muerte: ahora

»Inmaculado le confiesa y llora.

XIX.

»Mi padre, escasa el arca de dinero,

»Guerrero aventuróme, y al cuidado

»De aquel varon fióme, compañero

»Antiguo nuestro y próximo allegado.

»Tomámos de esta playa el derrotero

»Muy al principio. Prosperó el Estado

»Miéntras honrarle y atenderle supo,

»Y parte á mí de su esplendor me cupo.

XX.

»Mas el término vi de mi contento

»Cuando de sus manejos el astuto

»Itacense, el infame acabamiento

»De Palamédes recogió por fruto.

»Notorio el caso fué. Yo en aislamiento

»Dime á vivir y en miserable luto:

»Pensaba siempre en mi inocente amigo,

»Y eterna indignacion iba conmigo.

XXI.

»Ni pudiendo tener contino á raya,

»Demente ya, mi cólera sombría,

»Clamé, juré que si á la amada playa

»Tornase vencedor, me vengaria.

»Odios que Ulíses en silencio ensaya

»Hubo de acarrearme la osadía

»De mis palabras: sin enmienda aquello

»Vino á poner á mi desgracia el sello.

XXII.

»De entónces más, calumnias el aleve

»Ideó nuevas: comenzó rumores

»Vagos á propalar entre la plebe;

»Ni pudo sosegar en los terrores

»Con que el crímen persigue, hasta que en breve

»Con Cálcas, el augur, á sus rencores ...

»Mas ¿á qué, derramando el pensamiento,

»Así os fatigo, y mi dolor aumento?

XXIII.

»Ya os dije, Griego soy: ¿qué más indicio,

»Si á todos nos nivela vuestra saña?

»Ea, pues: ¡consumad el sacrificio!

»Bien los de Atreo os pagarán la hazaña;

»Su triunfo, el Itacense.» El artificio

No vemos con que á fuer de Griego engaña;

Antes le instamos á explicarlo todo.

Con fina astucia y misterioso modo,

XXIV.

«Los Griegos,» sigue, «no una vez la prora

»Volver pensaron, y soltar la clava,

»Del asedio cansados. En mal hora

»Tornábalos á puerto la onda brava

»Y el ala de los vientos bramadora.

»Mas esa estatua al ver, que en pié se alzaba,

»Con ira nueva y general tronido

»Resonó el cielo en llamas encendido.

XXV.

»Eurípilo, que hicimos acudiera

»Al apolíneo oráculo, tornando

»Trajo esta, en solucion, voz lastimera:

»_Griegos: los vientos aplacasteis, cuando_

»_Marchabais á Ilíon la vez primera,_

»_En el ara una vírgen inmolando:_

»_Si en la vuelta anhelais propicia calma,_

»_Sangre verted, sacrificad un alma._

XXVI.

»La voz á oidos de las gentes vino

»Moviendo al corazon mortal recelo;

»Todos el rigor tiemblan del destino;

»Cuaja á todos la sangre torpe hielo.

»En tal crísis á Cálcas adivino

»Saca Ulíses con ímpetu y anhelo,

»Y de la hueste aquéjale en presencia

»A interpretar la funeral sentencia.

XXVII.

»Ya de aquel pecho de piedad desnudo

»Sondando muchos el ardid secreto,

»Me auguraban mal fin. Diez dias mudo

»Difirió Cálcas el fatal decreto.

»Cediendo al cabo al clamoreo agudo,

»Y á la mente ajustando del inquieto

»Instigador el fallo, lo pronuncia:

»Yo la víctima soy; mi nombre anuncia.

XXVIII.

»Place á todos; y el golpe que temia

»Cada uno enántes en su mal, en cuanto

»Sobre un triste desciende, en alegría

»Pública trueca el general quebranto.

»Ya se acercaba el tenebroso dia

»De la degollacion: con gozo, en tanto,

»La salsamola alistan, y disponen

»Fúnebres vendas que mi sien coronen.

XXIX.

»Libertéme, es verdad, de la atadura;

»Y de un pantano entre la juncia y cieno

»Logré ocultarme con la noche oscura,

»Aguardando partiesen, si sereno

»Lo comportaba el mar por mi ventura.

»Mas la esperanza huyó de ver el seno

»Antiguo de la patria, y á mi lado

»El hijo dulce, el padre deseado.

XXX.

»Ellos, blanco al furor de mis tiranos,

»Por mí habrán de lastar en roja pira!

»Por los dioses del cielo soberanos

»Que apartan la verdad de la mentira,

»Por la noble lealtad, si ya en humanos

»Pechos cupo lealtad, la suerte mira

»No merecida, ¡oh Rey! que en mi se ceba;

»Tanto infortunio á compasion te mueva!»

XXXI.

»La piedad que con lágrimas demanda,

Con lágrimas le dan los corazones.

Abogamos por él. Al punto manda

Que los lazos le suelten y prisiones

El Rey, y así le dice con voz blanda:

«Olvida ya las bárbaras legiones,

»Mancebo, y sus malvados procederes:

»De hoy más, quienquier tú seas, nuestro eres.

XXXII.

»Mas la verdad declara sin rebozo:

»¿Quién inventó esta mole? ¿Con qué intento?

»¿Máquina amenazante de destrozo

»Es? ¿ó bien religioso monumento?»

Dice el buen Rey; y el atrevido mozo

Mostrado, á usanza griega, al fingimiento,

Exclama así, las manos desatadas

Volviendo al cielo, y húmidas miradas:

XXXIII.

»¡Astros eternos! ¡Dioses que castigos

»Al dolo reservais! ¡Cuchilla! ¡velo!

»¡Aras del sacrificio! sed testigos

»Del derecho cabal con que cancelo

»Antiguos pactos: odio á los que amigos

»Pude llamar; ¡sus crímenes revelo!

»Mas ¡oh! ¡si en mí tu salvacion se apoya,

»Guárdate fiel á tus promesas, Troya!

XXXIV.

»Los Griegos de Minerva en el robusto

»Auxilio descansaron confiados

»Hasta que el hijo de Tideo injusto

»Y fraguador Ulíses de atentados,

»Su estatua milagrosa al templo augusto

»Se aunaron á robar; y, degollados

»Los guardias del castillo, con sangrienta

»Mano asieron de la alba vestimenta.

XXXV.

»Cayó miedo en los ánimos: su ayuda

»Cambió la Diosa en no dudoso amago;

»Que, al campo apénas se llevó, ceñuda

»Los ojos clava con fulgor aciago;

»¡Raro prodigio! humor amargo suda,

»Y del suelo tres veces se alza en vago,

»El escudo flamígero delante,

»Y el asta blandeando retemblante.

XXXVI.

»Incontinente Cálcas determina

»Que el sitio los guerreros abandonen;

»Diz que en vano de Troya la rüina,

»Por bien que la expugnaren, presuponen,

»Si, tornando á cruzar la onda marina,

»En Argos los auspicios no reponen,

»Á la Diosa aplacando en sus desvíos

»Que cuidaron llevar en los navíos.

XXXVII.

»Á Micénas ahora encaminados

»(De Cálcas los auspicios tal declaran),

»Prevenidos mejor y apertrechados,

»La vuelta á dar de asalto se preparan,

»Mas ántes que partiesen, avisados,

»En igual de la que ímpios enojaran

»Robada estatua, edificaron ésta

»Para purgar la violacion funesta.

XXXVIII.

»Plúgole á Cálcas, además, que fuese

»De trabes poderosas guarnecida

»Y que las nubes con la frente hiriese,

»Porque su peso y altitud impida

»Que por las puertas quepa, y atraviese

»Las murallas, no avenga que presida

»A la ciudad, del Paladion vïuda,

»Y con la antigua proteccion la acuda.

XXXIX.

»Que si este dón violais--el agorero

»Pronostica (primero se convierta

»En quiebra suya el malhadado agüero!)--

»Troya vencida quedará y desierta:

»¿Qué es Troya? ¡el Asia! ¡Triunfareis, empero,

»Si le internareis, la muralla abierta,

»Y á las aguas de Grecia vuestras proras

»Irán, andando el tiempo, vencedoras!»

XL.

»Así en un punto entre sus lloros viles,

Caza Sinon con pérfidos amaños

En red de muerte á los que el grande Aquíles,

Ni el hijo de Tideo, ni diez años

De terca opugnacion, ni naves miles

Pudieron domeñar. Tras sus engaños,

Con espanto de todos repentino,

Oye el paso cruel que sobrevino.

XLI.

»Sacerdote por suerte designado

Á honrar al Dios del húmedo elemento,

Era Laoconte: ante el altar sagrado

Degollábale un toro corpulento.

Súbito á la sazon venir á nado

Vemos (de horror estremecerme siento),

De la ínsula vecina procedentes,

Por sobre el mar tranquilo dos serpientes.

XLII.

»El pecho entrambas enhestando iguales,

Con encarnada cresta gallardean,

Y en ruedas, al andar, descomunales

El largo cuerpo sobre el ponto arquean:

Rotos gimen los líquidos cristales

Por do hienden: abordan ya y campean,

La vista en sangre y rayos encendida:

Todos huimos, la color perdida.

XLIII.

»Lamiéndose las bocas sibilantes

Con la vibrante lengua, van derecho

Para Laoconte: mas sus hijos ántes,

Tiernos gemelos, en abrazo estrecho

Aferran, y sus miembros palpitantes

Apedazan, devoran. Pecho á pecho

Y meneando la aguzada hoja,

Encima el genitor se les arroja.

XLIV.

»¡Vano auxilio! ¡arduo afan! Ellas le abrazan

Con doble, firme vuelta la cintura;

Los escamados lomos le relazan

Á la garganta, y á mayor altura

Sobrealzando las crestas, amenazan.

Con ambas manos él entre la impura

Ponzoña que las ínfulas le afea,

Por sacudir los ñudos forcejea.

XLV.

»Descoyuntado al fin, y cual pudiera

El toro que del ara huyendo herido,

De hacha insegura libertado hubiera

Su manchada cerviz, en alarido

Rompe horrible. Las sierpes de carrera

Parten al templo de Minerva, y nido

A los piés de la Diosa encrudecida

Hallan seguro bajo el ancha egida.

XLVI.

»Nuevo motivo de terror asalta

Los ánimos, que el miedo señorea;

Supone el vulgo que Laoconte, al alta

Estatua encaminando el asta rea,

Mereció el golpe que siguió á su falta;

Que el caballo se interne, clamorea,

Y que á la Diosa con devotas preces

Se persuada á poner sus altiveces.

XLVII.

»Presto aportillan el adarve: toma

Movimiento el coloso: iguales giran

Ruedas que al pié le ajustan: con maroma

Atando el cuello, á competencia tiran.

Ya grave de armas sobre el muro asoma:

Todos con ánsia á la labor conspiran:

Garzones y doncellas entre tanto

Alzan en torno religioso canto.

XLVIII.

»Ya entra bamboneando, á tu firmeza

Cierta amenaza, ¡oh Troya! ¡oh patria! ¡estancia

Antigua de altos Dioses! ¡fortaleza

Do vió un pueblo estrellarse su arrogancia!

Sigue, y tres veces al umbral tropieza

Con ronco són que retumbó á distancia;

Mas insta el vulgo en su porfía loca,

Y al fin en el alcázar le coloca.

XLIX.

»Vanamente Casandra entusiasmada

Esforzando la voz--su voz divina,

Por castigo de un Dios menospreciada--

Grandes calamidades vaticina.

¡Ay! sus anuncios estimando en nada,

Al borde ya de la comun rüina,

Nosotros sólo en decorar pensamos

Templos y altares con festivos ramos.

L.

»Gira miéntras la esfera, y vase alzando

La noche de las ondas, el desvelo

Y fraudes enemigos ocultando

En espantoso horror, la tierra, el cielo.

Yacen mudos los Teucros: sueño blando

Acá y allá los encadena. A vuelo

Torna entre tanto la pelasga flota

A las sabidas playas la derrota.

LI.

»A sordas con la luna y el sosiego

De la noche, que muda las arropa,

Marchan las naves ya, que ha dado el fuego,

Concertada señal, la régia popa.

Sinon, á quien, en daño nuestro ciego

El hado guia, la escondida tropa

Acude á libertar, y la honda cava

Abre que tenebrosa los guardaba.

LII.

»Y por cables que lanzan de ligero,

Desguíndanse de la hórrida guarida

Esténelo, Tisandro, Ulíses fiero,

Tornando á respirar aura de vida:

Menelao; Macaon, que fué el primero,

Y Acamante y Toante de seguida,

Y Neoptólemo audaz el de Peleo,

Y el trazador del artificio, Epeo.

LIII.

»Á entrar la muchedumbre se acelera

En la ciudad, que yace en sueño y vino,

Y matando las guardias, carnicera,

Y las puertas abriendo, da camino

Y se une á los que abordan. Tiempo era

En que el sueño primero, dón divino,

Los cuerpos sosegando fatigados

Envuelve en manso olvido los cuidados.

LIV.

»En medio del silencio, á la imprevista,

Reputándolo yo por caso cierto,

Héctor en sueños muéstrase á mi vista,

De polvo vil y amarillez cubierto:

Mustia la faz, que el ánimo contrista,

Mustia y llorosa; y, cual despues de muerto

Y arrastrado por rápidos bridones,

Taladrados los piés de correones.

LV.

»¡Cuán trocado de aquél que á nuestros ojos

Resplandeció tras recias embestidas,

Ó de Aquíles trujese los despojos

O incendiase las naves combatidas!

Yerta barba; cuajados los manojos

Del pelo en sangre; vivas las heridas

Que en torno recibió de la muralla;--

Y aquí en sueños mi voz en llanto estalla:

LVI.

«¡Gran Héctor, que de gloria y de consuelo

»Astro por siempre á los Troyanos fuiste!

»¿De cuál remoto y olvidado suelo

»Tornas al fin á nuestra playa triste?

»¿Y tras fatiga tanta, estrago, duelo,

»Hoy de nuevo tu brazo nos asiste?

»¿Mas por qué herido así? Tu faz serena

»¿Por qué se cubre de sangrienta arena?»

LVII.

»Nada contesta: con mortal gemido

«¡Vuela! ¡huye!» exclama: «el Griego se apodera

»De la ciudad: incendio embravecido

»Estalla: ¡Troya se desploma entera!

»Mucho á la patria y al monarca ha sido

»Sacrificado: si algo la valiera,

»Salvárala este brazo: en su agonía,

»Su culto, hijo de Vénus, te confía.

LVIII.

»Mansion busca á sus Dioses tutelares

»Que fundarás, y grande, finalmente,

»Audaz cruzando procelosos mares.»

Y miéntras habla entrégame impaciente

La alma Vesta que arranca á los altares,

Y los velos y el fuego indeficiente.

Por la ciudad en tanto se extendia

El estruendo confuso y vocería.

LIX.

»Y aunque distante de la puerta Escea

Yacia de mi padre la morada,

Opaca de un jardin que la rodea,

De la invasora muchedumbre armada

Llega sordo el rumor; mi sien golpea;

Salto veloz, el ánima azorada,

Y á la azotea trepo, y al rüido

Que crece más y más, tiendo el oido.

LX.

»Tal cuando en mieses subitánea llama,

Soplando el Austro, enfurecida prende;

Ó bien si desbordado se derrama

Y valles, surcos y sembrados hiende

Bravo raudal, y en remolinos brama

Arboles arrastrando que desprende;

Sobre un peñon, de la tormenta aquella

Testigo inmóvil el pastor descuella.

LXI.

»Bien á mis ojos lo que en torno pasa,

Bien la aviesa traicion se patentiza.

Con estampido el gran palacio arrasa

De Deífobo, el fuego, y se encarniza

Sin detenerse, en la contigua casa

De Ucalegonte, y de su luz rojiza

Parece arder abierto el mar Sigeo:

Suenan trompetas, cunde el clamoreo.

LXII.

»Echo mano á las armas alterado,

Y á discurrir no acierto á mi albedrío:

Al alcázar volar con un puñado

De compañeros, en confuso ansío;

Mal ciego de furor, desatentado

En manos de la muerte la honra fio;--

Cuando al Otrida, del altar febeo

Ministro en el alcázar, llegar veo.

LXIII.

»Él los Dioses vencidos, casi á vuelo,

Trae, y sacros adjuntos que á la saña

Hurtó enemiga su piadoso celo;

Y un nieto pequeñuelo le acompaña.

«¡Panto!» al verle clamé con vivo anhelo:

«¡Habla! ¿qué pide adversidad tamaña?

»¿En dónde haremos la defensa? ¿en dónde?»

Dando un hondo gemido me responde:

LXIV.

«¡La hora que los hados previnieron

»Llegó de asolacion! ¡Jove inclemente

»Trastorna la balanza! Fueron, fueron

»Troya, su gloria, su esplendor potente!

»Todo los enemigos lo invadieron:

»Del caballo intramuros eminente

»Griegos brotan armados: triunfante

»Sinon propaga el fuego devorante.

LXV.

»Por las ya francas puertas á oleadas

»Cuantos vinieron de la gran Micénas

»Tantos que entran parece: están tomadas

»Las avenidas: de reposo ajenas

»Amenazan fulgentes sus espadas:

»La primer guarnicion ensaya apénas

»Al tropel oponerse que la embiste,

»Y en ciega riña desigual resiste.»

LXVI.

»Ardo á su voz: el corazon me inflama

No sé cuál Dios ó aliento sobrehumano:

Do la ira impele, do el rumor me llama

Corro el hierro á arrostrar y el fuego insano.

Á la luz vaporosa que derrama

La blanca luna, de Ífito el anciano,

De Hípanis, de Dímas y Rifeo,

Que se me allegan, los semblantes veo.

LXVII.

»Corebo, el hijo de Migdon, partido

Tomó tambien, y se nos puso al lado:

Estaba en Ilïon recien venido,

Con pasion de Casandra enamorado;

Y de Príamo yerno prometido,

Su espada nos brindó como alïado.

¡Ay! ¡cuán diverso su destino fuera

Si á la inspirada profetisa oyera!

LXVIII.

»Yo así á todos les dije en el momento

Que en órden los vi puestos de pelea:

«¡Mancebos de alma grande, que de aliento

»Heroico, pero estéril, se rodea!

»Si seguir pretendeis mi osado intento,

»Igualad el peligro con la idea:

»Los Dioses que este reino custodiaran

»Hoy altares y templos desamparan.

LXIX.

»Á una ciudad, oh pechos denodados,

»Acorreis que en pavesas se convierte:

»La muerte, pues, busquemos, y arrojados

»Entre enemigos, generosa muerte;

»¡Quien con el cielo lucha y con los hados

»Sólo desnudo de esperanza es fuerte!»

Así exaltado les hablé, y mi acento

Su denuedo redobla y su ardimiento.

LXX.

»Cual del hambre al furor lobos rapaces,

Miéntras que los cachorros por su vuelta

Anhelan, seca la garganta, audaces

Corren en sombras la campaña envuelta;

Por medio de los hierros y las haces

Enemigas así la planta suelta,

De la muerte lanzados al encuentro

Tocamos ya de la ciudad al centro.

LXXI.

»La noche miéntras con su negro manto

Nos cobijaba. ¡Oh noche de tormentos!

¿Quién podrá darte el merecido llanto

Ó el número decir de tus lamentos?

¡La alta, antigua ciudad, de lauro tanto

Coronada, flaquea en sus cimientos!

Por calles, plazas, templos invadidos,

Cadáveres se ven yacer tendidos.

LXXII.

»Mas no toda la sangre que se vierte

Sangre es troyana. Amenazante aviva

Tal vez el ántes abatido; inerte

El vencedor en tanto se derriba.

Igual á entrambas partes la ímpia suerte

Terror, desolacion sembrando iba

Por acá y por allá: la muerte toma

Miles semblantes, y doquier se asoma.

LXXIII.

»Al paso Andrógeo nos salió el primero

Con gente mucha entre la sombra espesa,

Y creyéndonos suyos, delantero,

«Amigos,» dice, «¿qué indolencia es ésa?

»¡Apresurad! Cuando Ilïon entero

»Es ya ceniza y dividida presa

»Al ímpetu feliz de nuestras tropas,

»¿Vos apénas dejais las altas popas?»

LXXIV.

»Haber caido entre enemiga gente

Nuestra respuesta adviértele indecisa,

Y cortando el discurso de repente,

Arredra el pié con azorada prisa;

Bien cual trémulo salta el que serpiente

Inesperada entre malezas pisa,

Que se le vuelve enfurecida de ello

Y enhiesta ensancha el azulino cuello.

LXXV.

»Andrógeo así despavorido huia;

Y á su tropa nosotros con denuedo

Cargámos, que el lugar desconocia,

Y á más temblaba en vergonzoso miedo:

Cargámosla, y en ellos á porfía

Matar pudimos. Animoso y ledo

Al aura de fortuna lisonjera,

Corebo razonó de esta manera:

LXXVI.

«Bien la fortuna apunta, amigos; ¡ea!

»El camino sigamos que señala:

»Con los Griegos cambiemos de librea;

»En mal del enemigo, ¿quién no iguala

»Fuerza y astucia? ¡El mismo armas provea!»

Dice, y ciñe el estoque argivo, y cala

El almete de Andrógeo penachudo,

Y ornado de blason prende el escudo.

LXXVII.

Rifeo le imitó; ni hacerlo dudan

Dímas al punto y los demas presentes:

Todos en armaduras propias mudan

Los trofeos magníficos recientes.

Así ajenos auspicios nos escudan

Y oscuro el aire: á su favor frecuentes

Choques de paso aventurando á tiento,

Despeñámos al Orco almas sin cuento.

LXXVIII.

»Cuáles en tanto, de peligro ajenos,

Merced de presta fuga, en la ribera

Se acogen á las naves: cuáles llenos

De vil temor, del monstruo de madera

En los profundos conocidos senos

Trepan á guarecerse. Mas ¿qué espera

El mortal infeliz, ó en qué confía,

Si al brazo de los Dioses desafía?

LXXIX.

»Hé aquí entre ásperas puntas, falleciente,

Casandra, hija de Príamo, iba envuelta:

Del sagrario de Pálas por furente

Ciego invasor arrebatada: suelta

La cabellera; al cielo vanamente

Con vivísimo ardor los ojos vuelta ...

¡Los ojos, ay, que las hermosas manos

Con cadena oprimieron los villanos!

LXXX.

»No tal sufrió Corebo arrebatado,

Y entre el tumulto, de morir sediento,

Precipitóse: en escuadron cerrado

Seguimos los demas su movimiento.

Mas, ¡ay dolor! los nuestros del terrado

Del templo, observan en fatal momento

Nuestro arreo y crestones, y en su engaño

Presto nos hacen lastimoso daño.

LXXXI.

»Como vientos alígeros que en roto

Torbellino se encuentran frente á frente,

Y Zéfiro combate, y Euro, y Noto,

--Euro, que en sus bridones del Oriente

Va ufano;--y gime estremecido el soto,

Y, de espumas cubierto el gran tridente,

Nereo en su furor no da reposo,

Y mueve desde el fondo el mar undoso:

LXXXII.

»Así brama, con fiera arremetida

Correspondiendo á nuestro audaz embate

Caterva que á vengar salta ofendida

De la doncella el súbito rescate:

Ayax violento, y uno y otro Atrida,

Y los Dólopes todos. En combate

Entran tambien los que esparcido habia

Por la oscura ciudad nuestra artería.

LXXXIII.

Eneida; v.1 de 2 · 第 3 / 12 段