»Busca auxiliares; llegan á porfía

Quiénes que temen del cruel tirano,

Quiénes que odian la infame tiranía;

Apañan, cargan de oro las que á mano

Naves dispuestas por ventura habia;

Y ya cruza los campos de Oceano

De Pigmalion avaro la riqueza;

Y una débil mujer va á la cabeza.

LXX.

»Y aquí al sitio pararon do ahora vese

Muralla colosal; do se levanta

La fortaleza de Cartago: en ese

Sitio compraron tanta tierra cuanta

La piel de un buey en derredor cogiese;--

De _Brisa_ el nombre la aventura canta.--

Mas ¿quiénes sois? ¿de dónde vuestra flota,

Ó á dónde encaminaba la derrota?»

LXXI.

Enéas respondiéndola, doliente

La voz arranca, y con suspiro dice:

«¡Diosa! si de su orígen al presente

La serie de mis lances infelice

Narro á tu corazon condescendiente,

Primero que mi labio finalice,

Su luz robando al mundo y su alegría

Habrá su giro completado el dia.

LXXII.

»De Troya procedentes (si ya sabes

Lo que fué un tiempo la ciudad que digo),

Tras largas vueltas y fatigas graves

Golpe de airados vientos enemigo

Lanzó sobre estas costas nuestras naves.

Yo soy el pio Enéas, que conmigo

Voy llevando doquier, del mar por medio,

Dioses salvados de voraz asedio.

LXXIII.

»Enéas, en las célicas esferas

Famoso ya; que por el mundo ando

De la Italia por patria, las riberas,

Y el linaje de Júpiter buscando:

Confié al frigio mar veinte galeras,

El camino mi madre señalando,

Yo su enseñanza celestial siguiendo;

¿Qué hallámos? bravo mar y Euro tremendo.

LXXIV.

»Y hé aquí con siete buques mal librados,

Llego al cabo, ignorado, desvalido,

Del África á correr los despoblados,

Ya del Asia y Europa repelido!» ...

Mas aquí, con afectos reavivados,

Vénus interrumpióle en su gemido:

«Tú, quienquier seas, que á Cartago vienes,

Las simpatías de los Dioses tienes.

LXXV.

»Ellos dan que los hálitos vitales

Respires para bien: feliz sendero

De la reina te lleva á los umbrales:

Vendrán á puerto nave y marinero,

Vueltos en su favor los vendavales;

Y si no falta el arte del agüero

En que hubieron mis padres de instruirme,

No dudes tú lo que mi labio afirme.

LXXVI.

»Vé esos cisnes, en número de doce,

Del éter, donde Júpiter la asila,

A darles caza el águila veloce

Se lanzó por la atmósfera tranquila:

De alegre libertad vueltos al goce,

Míralos descender en larga fila;

Ya del campo se adueñan los primeros,

Ya á flor de tierra asoman los postreros.

LXXVII.

»Cual el cielo cubrieron en bandada,

Y baten ora las festivas aves

La ala ruidosa, y cantan su llegada;

Tal la flor de los tuyos, tal tus naves

O entran al puerto, ó llegan ya á la entrada

Con vela abierta y céfiros süaves.

Tú sigue en tanto; y por do aquesta via

Conduciéndote va, los pasos guia.»

LXXVIII.

Tal Vénus dice; y vuélvese, y el cuello

Con el matiz le brilla de la rosa;

Y partiéndose en ondas, el cabello

Mana esencia de cielo deliciosa:

Cae la veste á los piés, sublime sello;

Y, andando, ser mostró de véras diosa.

El héroe, al descubrir su madre en ella,

Clamando sigue la fugace huella:

LXXIX.

«¿Y así burlado una vez más me dejas,

¡Oh madre mia! con falaz semblanza,

Tú tambien, tú cruel? ¿Y así te alejas

Sin que hablemos con dulce confianza

Ni estrechemos las manos?» Tal sus quejas

Al aire da, y á la ciudad se avanza;

Y ella, esparciendo opaca niebla en tanto,

Los ciñe en torno de nubloso manto.

LXXX.

Y así los cubre porque nadie pueda

Ni verlos ni ofenderlos en mal hora,

Ni curioso se cruce en la vereda

Con sus preguntas á tejer demora;

Y por los aires se remonta, y leda

Vuela al templo de Páfos, donde mora,

Do aras ciento en su honor mezclan olores

De arabio incienso ardiente y tiernas flores.

LXXXI.

Ellos con planta intríncanse ligera

Por do advierte la senda, y la colina

Coronan ya, que á la ciudad frontera,

De lleno allá sus cúpulas domina.

Enéas con asombro considera

La fábrica estupenda y peregrina

Do un tiempo fueron chozas; y suspenso,

Puertas ve, y calles, y el bullicio inmenso.

LXXXII.

No descansan los Tirios: ó se empleen

En alzar el alcázar y dirijan

El giro á la muralla, y acarreen

Gruesos cantos á empuje; ó puesto elijan

Para casa, y con zanja le rodeen:

Sobre traza soberbia sitio fijan

Propio al legislador, al magistrado,

Y al augusto recinto del Senado.

LXXXIII.

Quiénes, formando un muelle, cavan fosas;

Quiénes, para un teatro, anchos solados

Extienden, y columnas prodigiosas

Cortan, adorno á escénicos tablados.

Tales, en suma, suelen oficiosas

Ir las abejas por floridos prados

Cuando sacan al sol adultas crias

De estacion bella en los primeros dias;

LXXXIV.

Tales la miel fabrican rica; y llena

Las celdillas al cabo el néctar blando;

Y ya salen de paz, la carga ajena

A recibir ufanas; ya cerrando

En trabado escuadron, de la colmena

Los zánganos alejan, torpe bando:

Con afan vario la labor se enciende,

Y á tomillo vivaz la miel trasciende.

LXXXV.

«¡Qué gran dicha á unos hombres se depara

Que alzarse ven el suspirado muro!»

Dice Enéas á tiempo que repara

En las altas techumbres; y seguro,

Gracias, ¡oh maravilla! á que la ampara

Contino en derredor celaje oscuro,

Entra por la ciudad con paso listo;

Anda entre todos, y de nadie es visto.

LXXXVI.

Antiguo bosque de frescor ameno

Habia en medio á la imperial Cartago:

Lanzados ya los Tirios á su seno

De ondas y vientos por furioso amago,

Hallaron en las capas del terreno

De un corcel la cabeza, don presago

Que allí Juno les puso de victoria,

Prenda de salvacion, señal de gloria.

LXXXVII.

Grata la Reina á auxilios singulares,

Alzaba allí á la Diosa un templo extenso,

Que á la vez ilustraba sus altares

Con favor sacro y con devoto incienso:

Escalonado el atrio entre pilares

Y trabes bronceadas, daba ascenso

A la alta puerta de metal bruñido

Que el quicio oprime, y gira con rüido.

LXXXVIII.

En este bosque el héroe al pecho laso

Halló aliento, á sus penas lenitivo,

Y alta leccion de que en adverso caso

Hay siempre de esperanza algun motivo;

Pues, ya en el templo suntuoso, al paso

Que todo lo registra pensativo,

Y aguardando á la Reina, allá en su mente

Mide el poder de la ciudad naciente;

LXXXIX.

Miéntras nota á un plan mismo convertidas

Manos de artistas y el primor del arte,

Por órden halla en cuadros repartidas

Leyendas de Ilïon, lances de Marte,

Que al orbe ocupan ya. Ve á los Atridas,

Ve á Príamo, é igual á cada parte

Aquíles en los rayos de su ira;

Párase aquí, y con lágrimas suspira;

XC.

«¡Acátes! ¿qué region, de nuestra fama

No hay ya en el mundo, ó nuestros hechos, llena?

Mira á Príamo: aquí la gloria llama

Al que allá injusta adversidad condena:

El sentimiento aquí llantos derrama,

Y aquí se siente en la desgracia ajena!

Animo, pues; nuestro renombre claro

Presta esperanzas de feliz reparo.»

XCI.

Dice, y con mil recuerdos embebece

En la inerte pintura los sentidos,

Y mudo llanto el rostro le humedece;

Que en ella, muro afuera, en lid tejidos,

Ya la troyana juventud parece,

Que á los Griegos acosa despavoridos;

Ya á los Frigios, Aquíles, que bizarro

Con plumaje gentil vuela en su carro.

XCII.

Reconoce con lágrimas, tras eso,

Las tiendas, con sus lonas cual de nieve,

Que Diomédes taló, vendido Reso

Del primer sueño en el regazo aleve:

Allí el cruel en sanguinario exceso

Huelga; y medroso de que alguno pruebe

Pastos de Troya ó en el Janto beba,

Los caballos indómitos se lleva.

XCIII.

Tróilo en pos viene: juvenil locura

Ha hecho que fuerzas inferiores mida

Con Aquíles: perdida la armadura,

Derribado de espaldas, de la brida

Traba, que al vacuo carro le asegura:

Tiran los potros en veloz corrida;

Arrastra el cuello y cabellera suelta,

Y el polvo fácil marca el asta vuelta.

XCIV.

Más allá al templo de Minerva, en tanto,

Teucras matronas á ofrecerle llegan,

Por vencer su rigor, un regio manto:

El tendido cabello al aire entregan;

Hieren el seno en muestra de quebranto

Las palmas; los humildes ojos ruegan:

Sorda la Diosa á la oracion prolija,

Torvas miradas en el suelo fija.

XCV.

Enéas adelante á Aquíles halla

Volviendo, á trueco de oro, el insepulto

Cadáver que en redor de la muralla

Tres veces arrastró con fiero insulto:

Hondo gemido de su pecho estalla

El muerto amigo viendo allí de bulto,

Y el carro vencedor y los despojos,

E inerme suplicando el Rey de hinojos.

XCVI.

Él mismo en noble puesto allá campea

Par del negro Memnon, que con su banda

De Oriente, cierra. Al fin Pentesilea

Las huestes amazónicas comanda

De corvo escudo: el cíngulo rodea

Aureo so el pecho descubierto; y anda

Furiosa entre los gruesos escuadrones,

Y hembra y todo, armas hace con varones.

XCVII.

Miéntras con viva admiracion encuentra

Tales cuadros el héroe, y cada asunto

Le detiene, y la vista reconcentra

Luégo y la admiracion toda en un punto;

Dido, la hermosa Dido al templo entra,

La cual doquiera penetrando, junto

Con damas de copiosa comitiva,

La labor colosal risueña activa.

XCVIII.

Tal del Eurótas por la vega umbría

Ó ya del Cinto por el halda amena,

Gentil Dïana leves coros guia

Y la aljaba pendiente al hombro suena.

Ninfas en torno agrúpanse á porfía,

Y á todas ella en majestad serena

Se aventaja al andar: delicia vaga

El seno de Latona oculta halaga.

XCIX.

Ya á las puertas la Reina se presenta

De do la Diosa estableció morada,

Y en el trono magnífico se asienta

Que el ámbito promedia de la arcada:

Rodéanla sus guardias: ella, atenta,

En dar la ley y hacer la paz se agrada;

Y ya á cada uno igual la carga mide,

Ya, echando suertes, la labor divide.

C.

Mas entre inmensa multitud, que en esto

Ansiosa al paso acude, al templo santo

Ha columbrado Enéas que Sergesto

Y Anteo viene, con el gran Cloanto,

Y otros que oscuro el Ábrego interpuesto

Lanzó á playas distintas. Con espanto

Entremezclado de alborozo vivo,

Ven los dos del embozo el fausto arribo.

CI.

Y aunque las manos estrechar anhelan,

Mas lo raro del caso los detiene,

Y en la cóncava nube se cautelan,

Do á los que llegan atender conviene,

Que dó surgieron digan, ó qué apelan,

Pues embajada forman en que viene

De cada nave un noble personaje,

Y audiencia al paso claman y hospedaje.

CII.

Como entraron, y el real asentimiento

Logrado hubieron de que alguno hable,

«¡Salve, oh Reina!» empezó con grave acento

Ilioneo, entre todos venerable:

«Tú, á quien fundar concede ilustre asiento

Jove, y justa regir gente intratable,

Hijos de Troya ves, ya há largos años

Agitados en piélagos extraños.

CIII.

»Hoy de incendio amenaza gente osada

Nuestros bajeles: tu poder lo impida!

De un pueblo religioso te apïada

Que con su historia tu amistad convida!

No á hacer riza venimos por la espada

En comarca á tu imperio sometida,

No á la costa á volver con rica presa;

Ni es de vencidos tan soberbia empresa.

CIV.

»Hay de antiguo un país, con apellido

De Hesperia por los Griegos señalado,

Pueblo en trances de guerra asaz temido,

Tierra asaz grata á la labor de arado:

Fué primero de Enotrios poseido;

Y hora Italia se nombra, por dictado

De famoso caudillo procedente,

Si ya constante tradicion no miente.

CV.

»Bogaban para allá nuestros navíos

Cuando Orïon, que cóleras desata,

Surge infausto del mar, y entre bajíos

Con subitáneo golpe nos maltrata;

Y servido á placar de austros impíos,

Entre espuma y fragor nos arrebata

Por todo el mar. Muy pocos, cuasi á nado

Habemos á tus costas arribado.

CVI.

»Mas ¿qué raza cruel, señora, es ésta?

¿No rige ley que su barbarie elida?

Que áun no bien nos divisa, á lid dispuesta,

Conjúrase á estorbarnos la acogida

Que á náufrago infeliz la arena presta.

Oh! si á hombre no temeis que cuenta os pida,

Que hay Dioses recordad que nunca mueren,

Y premian la virtud y al crímen hieren!

CVII.

»Rey nuestro fué, de príncipes modelo,

Enéas, que otro igual no vió la tierra,

Quier en la paz por su piadoso celo,

Quier por su brazo poderoso en guerra.

Que si áun aura vital le otorga el Cielo,

Si hado adusto en tinieblas no le encierra,

Acabóse el temor, y á ti en agrado

Vendrá, fio, el favor anticipado.

CVIII.

»Mas oye: en la poblada, en la guerrera

Comarca siciliana poseemos

De Acéstes el favor, que en ella impera.

Y troyana es su sangre. Que arrimemos

Nuestros restos, consiente, á la ribera,

Y en tus bosques cortar tablaje y remos,

Y á Italia iremos, nuestro Rey al frente,

Si salva el hado vuelve nuestra gente.

CIX.

»Mas si ya feneció nuestra ventura;

Si ya, ¡oh amado Rey de los Troyanos!

Te dan líbicas olas sepultura,

Ni á Ascanio logran nuestros votos vanos;

Buscaremos siquier mansion segura

Navegando á los términos sicanos,

De do ya nuestra flota el vuelo alzara,

Que allí Acéstes bondoso nos ampara.»

CX.

Dice, y todos barbotan de consuno

Oscura frase que el asenso explica;

Y con modestia y dignidad en uno

La culta Reina al orador replica:

«¡Troyanos! desterrad el que importuno

Vago recelo el alma os mortifica:

Mis fronteras guardar por fuerza debo;

Dura es mi situacion, y el reino es nuevo.

CXI.

»Mas ¿quién no sabe á Troya y sus varones?

No de tantas virtudes el tesoro,

Los nombres de tan nobles campeones,

Ni ya esa guerra gigantesca ignoro:

No solemos los Penos corazones

Tan incultos llevar; ni al carro de oro

Sus caballos el Sol tan léjos ata

De una ciudad que vuestra gloria acata.

CXII.

»Quier vuestro anhelo la region prefiera

De Hesperia, y campos que Saturno escuda;

Quier la de Érice os llame lisonjera,

A do el favor de Acéstes os acuda;

Doquiera ir presumais, ireis doquiera

Seguros con mi amparo y con mi ayuda.

¿O hacer mansion conmigo os acomoda?

Esta ciudad que fundo, es vuestra toda.

CXIII.

»Meted la flota: un mismo tratamiento

Tendrá el Teucro en Cartago y el de Tiro.

Y ¡oh si arribase con el propio viento

El héroe que nombró vuestro suspiro!

Pues yo daré á emisarios mandamiento

Que exploren la comarca en largo giro,

Por si, náufrago Enéas, mueve acaso,

Ó en selva ó en poblado, incierto el paso.»

CXIV.

De la arenga tocados, rato habia

Los de la nube ansiaban salir fuera;

Y, á Enéas vuelto, Acátes le decia:

«Falta el que hundirse viste en la onda fiera;

Cúmplese en lo demas la profecía,

Hijo de Vénus, que tu madre hiciera:

¿Qué aguardas?» Suelta en esto se evapora

La opaca nube en la aura brilladora.

CXV.

Y el héroe apareció, de luz cercado,

A un Dios en aire y en miembros semejante;

Pues le habia su madre aderezado

La copia de cabellos arrogante;

Bañó sus ojos de inefable agrado,

Y dió luz rósea al juvenil semblante,

Bien cual bruñe el marfil, ó mármol pario

Ó argento engasta en oro el lapidario.

CXVI.

«Ved salvo al que buscais; yo soy Enéas!»

Dice; y á Dido se convierte luégo:

«Tú, sensible mujer, dichosa seas,

Sensible á nuestra historia, á nuestro ruego;

Que reino y casa á náufragos franqueas,

De la espada reliquias y del fuego,

Juguetes de la mar, de la fortuna,

Ya sin arrimo ni esperanza alguna!

CXVII.

»Señora, á tu largueza, á tu hidalguía

Corresponder nosotros mal podremos,

Ni cuantos restos de la patria mia

Errantes van del orbe en los extremos.

Mas si hay Dioses que ven con simpatía

La virtud; si áun justicia conocemos;

Si el tribunal de la conciencia es algo,

El Cielo premiará tu porte hidalgo!

CXVIII.

»¡Oh feliz hora en que la luz primera

Viste del cielo! ¡oh ilustres genitores!

Miéntras amen del monte la ladera

Las sombras; miéntras corran bramadores

Los rios á la mar; miéntras la esfera

Alimente sus trémulos fulgores,

Durará tu alabanza y tu memoria:

Doquier yo aliente, vivirá tu gloria.»

CXIX.

Dice; y adelantándose del puesto

Las manos da regocijado: en tanto

Que una ofrece á Ilioneo, otra á Seresto,

Y al gran Gias de ahí, y al gran Cloanto,

Y á todos á la vez. Dido de presto

Enmudeció de admiracion y encanto:

Al presentarse el héroe, con su brillo;

Luégo, al abrir los labios, con oillo.

CXX.

Recobrada, expresó razones tales:

«¡Oh! ¿qué impía mano perseguirte osa

Al traves de contrarios temporales?

¿Quién, ilustre mortal, hijo de Diosa,

Á estas playas te impele inhospitales?

¿No eres tú á quien de Anquíses Cipria hermosa,

Del frigio Símois en el valle ameno,

Concibió grata en su amoroso seno?

CXXI.

»Recuerdo á Teucro, que en Sidon venido,

Trocaba con destierro el patrio clima,

Ya de mi padre Belo protegido,

Que imperaba triunfante en Chipre opima.

Troya y Grecia de entónces en mi oido

Sonaron con tu nombre. En alta estima

El tenía á los tuyos, si contrario,

Y áun de Troya alabóse originario.

CXXII.

»¡Mas venid luégo á mi real morada,

Mancebos! Cual vosotros combatida

De ruda suerte y vária, al fin cansada,

Donde agora os la doy, logré acogida

De mis propias desgracias enseñada

Miro por los que sufren condolida.»

Dice; y honrando á la Piedad divina,

Con el héroe á palacio se encamina.

CXXIII.

Y próvido tendiendo el pensamiento

Á los que quedan en la playa, envía

Veinte toros allá, por bastimento,

Cien gruesos cuerpos de cerdosa cria,

Y cien ovejas y corderos ciento;

Y el dón de alegre Dios, por granjería;

En tanto que el palacio se adereza

Con vario alarde de imperial riqueza.

CXXIV.

Ya en el seno interior del edificio

Previénese el opíparo convite:

Lucen vestes, do el clásico artificio

Con la soberbia púrpura compite;

Brilla de plata sólido servicio,

Y copas de oro, do el buril repite

Desde era inmemorial las patrias glorias,

Y los Reyes en serie, y sus historias.

CXXV.

En este medio Enéas (no tolera

Amor, pecho de padre sosegado)

A Acátes manda que en veloz carrera

Lleve á Ascanio el obsequio, y á su lado

Venga Ascanio;--que Ascanio cobra entera

La ternura del padre y su cuidado,--

Y traiga cuanta rica prenda y joya

A los escombros se arrancó de Troya.

CXXVI.

Acuérdale la veste de oro llena,

Con sólidas figuras y labores,

Y el rico velo de la argiva Elena

Que de amarillo acanto esmaltan flores;

El mesmo que ella, de rubor ajena,

Volando en pos de ilícitos amores,

Dón de Leda su madre peregrino,

Trujo de Grecia cuando á Troya vino.

CXXVII.

Reliquias con que á par venir dispone

El noble cetro que regir solia,

Hija mayor de Príamo, Ilione,

Y el collar de menuda pedrería,

Y el diadema do el oro se compone

Con finas perlas en igual porfía.

Acátes, que cumplir el cargo anhela,

Camino de las naves corre, vuela.

CXXVIII.

Nuevas trazas en tanto Citerea,

Nueva industria medita: que Cupido

Tome de Ascanio la figura, idea,

Y que, atenta al obsequio, obsequie á Dido;

Con que tocada de un incendio sea

Que el corazon le invada inadvertido;

Ca ese mixto hospedaje bajo un techo

Teme, y dos amistades en un pecho.

CXXIX.

Y, á su idea presente sin desvío

Juno cruel que la robara el sueño,

«Tú á quien debo mi fuerza y señorío,»

Dice, humilde apelando á Amor risueño:

«Tú, el único que ves, dulce hijo mio,

Libre y seguro de mi Padre el ceño

Que de Titanes quebrantó el arrojo!

Merced vengo á pedir, y á tí me acojo.

CXXX.

»Enéas sabes tú cuánto ha sufrido;

Cuál Juno en oprimirle atroz persiste,

De todo viento en todo mar barrido;

Que áun de él conmigo hermano te doliste:

Huésped agora la sidonia Dido

Con regio halago liberal le asiste;

Mas temo que á inclinarse en contra empiece

Hospedaje que á Juno á par se ofrece.

CXXXI.

»Que no su odiosidad terná arrendada

En tan ardua ocasion. Y así primero

Poner de Dido al corazon celada

Y de mi llama rodealle quiero;

Porque otra inspiracion no la disuada,

Y, con afecto al cabo verdadero

Asida á Enéas, de mi lado quede:

Oye cuál finjo que lograrse puede.

CXXXII.

«El infante real la voz de Enéas

Va á seguir, y de Acátes las pisadas,

A Cartago llevando las preseas

De Troya, al fuego y á la mar ganadas.

Porque él nada presuma, y de él no seas

Turbado de la Reina en las moradas,

A Citera ó á Idalia llevaréle,

Do sacra oscuridad su sueño cele.

CXXXIII.

»Toma esta noche su figura, y lazo,

Niño en disfraz de niño, á armar vé á Dido:

Que ella habrá de acogerte en su regazo

Gozosa entre los bríndis y el rüido;

Y tú á vueltas podrás del blando abrazo,

En la miel de sus ósculos, Cupido,

Depositar la punta que á su seno

Oculto del amor lleve el veneno.»

CXXXIV.

Manso á la tierna madre Amor da oidos,

Y marcha, á Ascanio igual, depuesta el ala;

Miéntras de Ascanio Vénus los sentidos

Con plácido sopor vence y regala;

Y abrigado en su seno, á los erguidos

Idalios bosques llévale, do exhala

Su aroma, y con sus sombras le guarece

El blando almoraduj que allí florece.

CXXXV.

En tanto de Cartago en seguimiento,

Obediente de Vénus al mandado,

Cupido va con dones opulento,

Con el favor de Acátes bien hallado.

Cuando llegado hubieron, fué el momento

En que en el centro de grandioso estrado

Dido en cojines recamados de oro

Se reclinaba con gentil decoro.

CXXXVI.

Enéas, que tras ella se avecina,

Entra, y con él la juventud troyana,

Que en órden se desparte, y se reclina

En muelles lechos de soberbia grana.

Agua da para manos cristalina

La servidumbre, y de suave lana

Toallas brinda, y de la rubia Dea

El dón en canastillos acarrea.

CXXXVII.

Cincuenta esclavas dentro, los manjares,

Puestas en fila, en sazonar se emplean,

Y con incienso en propiciar los Lares;

Copas ministran, viandas acarrean

Otras cien, y en la edad cien mozos pares.

Entran, llamados, Tirios que pasean

Densos en los alegres corredores,

Y los lechos ocupan de colores.

CXXXVIII.

Admiran de los dones la hermosura,

Admiran al garzon, su faz que brilla,

Y de su falsa labia la dulzura;

Ven la áurea veste, el oro que amarilla

La flor de acanto con primor figura:

Mas Dido en especial se maravilla,

Y de gozar no acaba;--ella, ¡ay! no sueña

Que á un abismo, gozando, se despeña!

CXXXIX.

Y en el niño y los dones se recrea,

Los mira, y cuanto mira, eso se inflama.

¿Qué hace el rapaz? Al cuello se rodea

Del héroe, que en su error hijo le llama;

Mas luégo que feliz le lisonjea,

Déjale en paz, y con su activa llama

Va á Dido, que en su error, niño inocente

Jovial le invita con risueña frente.

CXL.

¡Ay! ya al seno le estrecha dulce y blanda,

¡Y es un gran Dios lo que en su seno anida!

De la Reina en el seno, lo que manda

La gran Diosa, su madre, Amor no olvida:

De Siqueo la imágen veneranda

Sin sentir borra, y sin sentir convida

Con nuevo halago á nueva lid á un alma

Que retirada há tiempo vive en calma.

CXLI.

Hubo el primer banquete terminado,

Y la mesa se sirve de licores,

Y festejan el vino regalado

Los hondos vasos adornando en flores.

Cien arañas del áureo artesonado

Penden: crecen sonando los clamores;

Y las hachas con luces triunfadoras

Quitan el campo á las nocturnas horas.

CXLII.

En este instante la sidonia Dido

La copa demandó que usar solia

Belo, y que en órden desde allá traido

Cada progenitor usado habia:

Copa del oro sustentada, unido

Con finas piedras en igual porfía;

Y de vino la llena, y al momento

Calla el concurso á su palabra atento:

CXLIII.

«¡Júpiter! si ya diste á los humanos

De la hospitalidad el sacro fuero,

Haz este dia á Tirios y á Troyanos

Grato por siempre y de felice agüero!

Lo aplaudan nuestros nietos más lejanos:

Benigna Juno y Baco placentero

Lo honren presentes; y en gozoso grito,

Tirios, á saludarlo ahora os invito.»

CXLIV.

Dice; y sobre la mesa el néctar liba

Que generoso desbordaba, y luégo

La taza al labio toca fugitiva:

La alarga á Bícias con señal de ruego;

Toma, empínala él con ánsia viva,

Y el espumoso vino agota ciego:

Alzan todos los próceres sus copas,

Y el canto empieza del crinado Yópas.

CXLV.

El cual describe con laud divino

Lo que Atlas le enseñó por gran fortuna:

Cómo el sol desfallece en su camino;

Por qué altera su faz la móvil luna;

Deónde la bestia de los campos vino;

Cuál fué del hombre la primera cuna;

Qué fuente al mundo suministra el agua;

Dó está de los relámpagos la fragua.

CXLVI.

Canta eso mismo á Arturo, las dos Osas,

Y las Híadas tristes; el arcano

Que las noches alarga perezosas;

Por qué los soles del invierno cano

Con ruedas se despeñan presurosas

A bañarse en el líquido Oceano.

Cesa; y acogen su cantar sonoro

Tirios y Teucros aplaudiendo en coro.

CXLVII.

Y vuela el tiempo en pláticas sabrosas,

Y Dido, platicando, amor apura;

Mil cosas sobre Príamo, y mil cosas

A preguntar sobre Héctor se apresura:

Ya qué huestes trujera pavorosas

El hijo de la Aurora, oir procura;

Ya la historia saber de los gentiles

Potros de Reso, ó el poder de Aquíles.

CXLVIII.

«¡Que en fin,» exclama, «por ventura mia

Desde el principio en relatar vinieses

Los pasos de la griega alevosía,

Huésped, y vuestras glorias y reveses!

Tambien tus viajes entender querria,

Ya que contemplas los estivos meses

Tornar séptima vez desde que yerras

Mares cruzando y extranjeras tierras.»

LIBRO SEGUNDO.

I.

Todos callan; y Enéas, que cautiva

De todos la atencion, desde alto lecho

Comienza: «¡Oh Reina! mandas que reviva

Inefable dolor mi herido pecho;

Que cómo á manos de la hueste aquíva

El troyano poder cayó deshecho

Recuerde: horrores que podré pintarte,

De ello testigo y no pequeña parte.

II.

Eneida; v.1 de 2 · 第 2 / 12 段