ENEIDA.
BIBLIOTECA CLÁSICA
TOMO IX
ENEIDA
POR
PUBLIO VIRGILIO MARON
TRADUCCIÓN EN VERSOS CASTELLANOS
POR
MIGUEL ANTONIO CARO
TOMO I
MADRID
LIBRERÍA DE PERLADO, PÁEZ Y C.
Sucesores de Hernando.
Calle del Arenal, núm. 11.
1905
ES PROPIEDAD
Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.
Á LA
ACADEMIA ESPAÑOLA,
EN PRENDA DE AGRADECIMIENTO
Y TESTIMONIO DE ADHESIÓN,
MIGUEL ANTONIO CARO.
VIRGILIO EN AMÉRICA.
ENEIDA DE VIRGILIO.--(Libros I y IV), traducción en octavas, por D.
Fermín de la Puente y Apezechea, de la Academia Española.--Madrid,
1874.
OBRAS DE VIRGILIO, traducidas en versos castellanos con una
introducción y notas, por Miguel Antonio Caro. Tomos I y
II.--Bogotá, 1873.
I.
Podría formarse un precioso volumen, titulado _Virgilio en América_,
reuniendo las traducciones é imitaciones en lengua castellana que del
gran poeta latino han ensayado varios humanistas hijos del Nuevo Mundo.
Estamos ciertos de la superioridad que este trabajo alcanzaría si se
llegara á realizar y se pusiera en cotejo con la recopilación, erudita
pero escasa de buena crítica, formada en el último tercio del siglo
XVIII por el laborioso D. Gregorio Mayáns y Císcar.
Los trabajos reunidos por este humanista europeo, comenzando por las
Geórgicas del maestro Juan de Guzmán, discípulo del Brocense, y
acabando por la Eneida de Hernando de Velasco, poco tienen de amenos y
de virgilianos, si exceptuamos algunas imitaciones felicísimas del dulce
Luis de León.
La reciente y meritoria traducción del Sr. Ochoa está, como todos saben,
escrita en prosa; y antes del de éste no ha llegado á nuestros oídos,
incluyendo á Iriarte, el nombre de traductor alguno peninsular,
reconocido como intérprete notable del épico latino. Mientras tanto, en
esta misma _Revista_ hemos tenido la agradable oportunidad de consignar
los ensayos maestros de D. Juan C. Varela y de D. Ventura de la Vega, en
los cuales se trasunta el más exquisito sentimiento de las bellezas del
original, que trasladaron á versos castellanos en forma y lenguaje
intachables.
Vamos ahora á comunicar á nuestros lectores nuevas pruebas de la aptitud
de los literatos sudamericanos para aclimatar en el terreno de las
lenguas vivas, desafiando las trabas de las combinaciones métricas más
ajustadas, el espíritu, las ideas, los sentimientos de los poetas de la
antigüedad clásica. Y, como vivimos los americanos en completo divorcio
intelectual unos de otros, ignorando comúnmente aquello que cada sección
del continente conquista y cosecha á favor de la civilización y de la
honra de la patria comun, creemos hacernos gratos á los argentinos,
revelándoles el secreto de dos bellas y serias traducciones de la obra
virgiliana completa, que aparecen en este momento, debidas á la
erudición y al estro de un neogranadino y de un mejicano: _Arcades ambo
..._
Llámase este último D. Fermín de la Puente y Apezechea, miembro de la
Academia Española. Para estimar el mérito de la traducción de los libros
I y IV de la _Eneida_, que hasta ahora son los únicos que ha dado á luz
este señor, tenemos que referirnos al análisis que de ellos hace, en un
artículo crítico, otro americano bien conceptuado en España como hombre
de letras y de buen gusto, el Sr. D. José Antonio Calcaño, venezolano
avecindado á la sazón en las cercanías de Liverpool.
El crítico ha sometido la obra del mejicano á una prueba dura, pero
eficaz y decisiva. «Cuando se nos viene á las manos, dice el Sr.
Calcaño, la traducción de un autor clásico, no podemos prescindir de ir
á ver, antes que todo, cómo han sido vertidos aquellos pasajes que, si
hemos hecho particular estudio del texto, tenemos en la memoria».
Trayendo á la suya el mismo crítico los pasajes más célebres de los
mencionados libros de la _Eneida_, ya por sentenciosos, ya por
patéticos, ya por la belleza rítmica, ó por la propiedad de las
onomatopeyas, parangona el original con la versión, resultando que en la
mayor parte de los casos sale airoso el traductor y sin ofensa el poeta
original. No es esto corto elogio para el Sr. Apezechea. En cuanto al
mérito de la versificación, el crítico le es favorable hasta el
entusiasmo, exclamando al cerrar la lectura de los cantos traducidos:
«¡Qué octavas, qué octavas hay en ellos! ¡Cómo honra su autor á nuestra
América!»
El Sr. Calcaño justifica su ponderativo elogio copiando algunos trozos
de la traducción mejicana. Despechada la tiernísima y orgullosa Dido al
verse abandonada por Eneas, dirígele el enérgico apóstrofe que anda en
la memoria de todos:
_Nec tibi diva parens, generis nec Dardanus auctor, perfide ..._
¡No! No es tu madre, pérfido, una diosa;
Ni tus padres de Dárdano manaron:
Del Cáucaso en la entraña cavernosa
Entre sus duros riscos te engendraron,
Las tigres de la Hircania pavorosa
A sus pechos, cruel, te amamantaron;
Ya, ¿por qué disimulo? ¿por qué tardo?
¿A qué mayores males ya me aguardo?
¿Por ventura gimió por mi gemido?
¿Tornó á verme la vista vacilante?
¿Le vi llorar con lágrimas vencido?
¿Sintió piedad de su infeliz amante?
¿Qué más he de decir? ¡Y han consentido
Juno así y Jove á la maldad triunfante!
¿Dónde hallaré piedad, dónde consuelo?
Ya no hay fe ni en la tierra ni en el cielo!
Desnudo te lanzó la mar, é inerte
Sobre mis playas te acogí rendida:
Partí loca contigo reino y suerte;
Tu flota reparé rota y perdida:
Yo liberté á los tuyos de la muerte;
Y ¡ay de mí! (¡que ardo en furias encendida!)
Hoy Apolo ... el oráculo te guía:
Un mensajero Júpiter te envía.
¡Por cierto! á eso los dioses atendiendo
Están ... ¿ese cuidado los agita?
Yo no sé lo que has dicho ... ni te entiendo,
Mas respuesta ninguna necesita.
¡Ve, marcha á Italia! Por el mar horrendo
Ese tu nuevo reino solicita.
Yo espero (si piedad hay en el cielo)
Que los escollos vengarán mi duelo.
A Dido entonces llamarás turbado;
Yo en negros fuegos seguiréte ausente;
Y cuando el alma deje el cuerpo helado,
Sombra doquier, te aterraré presente:
Tu pena entonces sufrirás, malvado,
Y hasta en el centro del Averno ardiente
Yo lo oiré, y á mis manos la noticia
La misma fama llevará propicia.
Veamos ahora de qué manera ha trasladado también á octavas castellanas
este mismo apóstrofe el poeta neogranadino[A]:
* * * * *
Indudablemente que la ventaja la lleva Caro sobre Puente y Apezechea,
como traductor de este desahogo magistral del amor burlado de una mujer.
El granadino se mueve con mayor desenvoltura, y sabe envolver y amoldar
mejor que el mejicano, en la masa dócil de sus tersos endecasílabos,
los pormenores de la ironía, del dolor, de la rabia de la cartaginense.
Para entender el primero es necesario hacer algún esfuerzo, mientras que
el segundo es transparente y armonioso, y disimula la fatiga de la
tarea, complaciendo al lector. La libertad en la versificación de Caro
va á par con la que emplea para interpretar las imágenes del poeta
latino: vuela con el pensamiento de éste; no se arrastra calcando sus
expresiones. Así, por ejemplo, el «_Sequar atris ignibus absens_» del
hemistiquio de Virgilio, nos parece más poética y exactamente
interpretado en este verso:
«--Dido abandonada
Con tea hermosa aterrará tu mente»,
que no en éste del mejicano, aunque tenga el mérito de ser más literal:
«Yo en negros fuegos seguiréte ausente».
El título del presente artículo nos autoriza para poner al lado de estas
dos traducciones una imitación del mismo pasaje del libro IV de la
_Eneida_, tomada de la tragedia _Dido_ de nuestro compatriota D. Juan C.
Varela. Este poeta ha dramatizado el episodio virgiliano, poniendo á los
dos amantes uno frente al otro en la escena. Ha aceptado los caracteres
tales como fueron concebidos por el gran épico, y su mérito se reduce á
la exactitud con que el futuro fundador de Roma y la reina de Cartago
sienten y se expresan en castellano bajo la inspiración de Virgilio. A
veces las imitaciones son más ajustadas al espíritu de los originales
que las traducciones al pie de la letra, especialmente cuando se trata
de los autores clásicos. Pocas odas castellanas se hallan más
impregnadas del color horaciano que la de Fray Luis de León, titulada
_Profecía del Tajo_. Varela, deteniendo especialmente su atención en el
libro de la _Eneida_, que puede llamarse el libro del amor en este
magnífico poema, mostró sinceramente el temperamento de la musa que le
inspiraba, la sensibilidad de su alma y la analogía de su genio con el
del maestro predilecto de sus estudios. Pero escuchemos sus versos en la
boca de Dido:
Pero yo, ¿dónde voy? ¿Cómo pretendo
Con llanto débil ablandar la peña
De que es formado el corazón de un monstruo?
Mis lágrimas ¿qué valen?... nada ... aumentan
El triunfo del malvado, y engreído,
Contempla mi dolor y lo desprecia.
¿Se le oye algún suspiro? ¿Algún sollozo
Interrumpe su hablar? Quiere que crea
Que lo violenta un dios; como si fuesen
Los dioses como Dido, que no piensan
En nada más que en él; como si un hombre,
Un hombre solo interesar pudiera
A los que en lo alto de su gloria miran
Como nada los cielos y la tierra.
¡Un dios!... ¡Blasfemo!... Parte, parte, inicuo;
La ambición es tu dios: te llama, vuela
Donde ella te arrebata, mientras Dido
Morirá de dolor: sí, pero tiembla,
Tiembla cuando en el mar el rayo, el viento,
Y los escollos que mi costa cercan,
Y amotinadas las bramantes olas,
En venganza de Dido se conmuevan.
Me llamarás entonces, pero entonces
Morirás desoído..................
II.
Volvamos al traductor neogranadino.
Sólo conocíamos del Sr. D. Miguel Antonio Caro el título con que publicó
sus poesías líricas en un volumen en 8.º el año 1866 en Bogotá, y la
fama de su apellido en las letras de un país natal. Los Caros descienden
de un gaditano nacido á la mitad justa del siglo XVIII, conocido en
Bogotá como magistrado y como literato, y especialmente por su afición á
la literatura clásica, de que dió muestras anotando el _Arte poética_ de
Horacio. Su descendencia conserva, según parece, como religión del
hogar, la inclinación del ilustre abuelo, atestiguándolo la traducción
de que tratamos. Es de advertir que en aquella república de vida
agitada, tanto ó más que la nuestra, y en donde los ensayos de las
formas más peregrinas de gobierno democrático vertieron torrentes de
sangre generosa, y en donde la novedad á este respecto llegó á rayar en
el delirio, jamás declinó el amor á la bella literatura, ni se rompió el
nudo que une á la antigua con la moderna. Allí hubo siempre quien
recordara con hechos repetidos el consorcio indisoluble que hasta por
razón del idioma debe existir entre las letras latinas y las
contemporáneas. Y de aquí, probablemente, nace también el esmero con que
en Nueva Granada se defiende contra las invasiones extranjeras y los
malos usos locales la integridad de la lengua heredada. «Mirar por la
lengua, dice un bogotano, vale para nosotros tanto como cuidar los
recuerdos de nuestros mayores, las tradiciones de nuestro pueblo y las
glorias de nuestros héroes; y cuando varios pueblos gozan del beneficio
de un idioma común, propender á su uniformidad es avigorar sus simpatías
y relaciones, hacer de ellos un solo pueblo»[B].
Nuestro traductor de Virgilio piensa á este respecto como su
compatriota, á punto que al leer sus excelentes versos, nos sentimos
transportados al afamado siglo de oro de la literatura castellana.
Campea en ellos un respeto llevado hasta el arcaísmo por las formas
sintáxicas y los vocablos predilectos de Herrera y de León--achaque
perdonable y aun meritorio al trasladar al castellano la obra de un
antiguo, porque así parece la imitación más cercana al original. Pero si
las producciones de D. José Eusebio Caro y de otros vates granadinos no
nos convencieran que esta excesiva devoción á la gramática de nuestros
abuelos en nada perjudica á los arranques audaces del patriotismo
republicano ni á la libertad de las ideas, estaríamos distantes de
recomendar como modelo á los sudamericanos el proceder seguido por los
Señores D. Miguel Antonio Caro y D. Rufino José Cuervo[C]............
La gramática va hoy por el mismo camino por donde huye avergonzada la
retórica. Las cuestiones de propiedad del lenguaje no deben resolverse,
no, según Salvá y Martínez López, sino según la reflexión propia y el
instinto de lo bello y exacto adquirido con el cultivo libre de las
facultades del espíritu. A la formación de las lenguas ha precedido una
lógica severa, una ley de armonía que sólo sabrán hallar y respetar los
que discurran bien y tengan el sentimiento de lo bello. Mientras un
pueblo eduque su sazón, goce con la armonía de los sonidos, exija de las
formas las condiciones de la belleza y lo comprenda tanto en la
Naturaleza como en el Arte, no haya miedo de que ese pueblo desfigure,
abastardee ni afee la expresión escrita de la cultura intelectual que ha
alcanzado por medio de una educación general literaria y científica.
Aquí está encerrado el secreto de la decadencia ó vitalidad de las
lenguas. Ellas progresan, se estacionan ó retrogradan, según la
actividad de la nación que las habla.
* * * * *
Horacio decía á sus discípulos: sólo escribirá con propiedad quien apele
á la razón como fuente y raíz de todo conocimiento. El estudio de los
filósofos os dará á conocer el fundamento de las ciencias y de las cosas
naturales, y una vez conocidas, las palabras os fluirán espontáneamente
á vuestros labios para expresaros con claridad.
_Scribendi recte sapere est et principium et fons._
Se equivocaría quien hiciera torcidas y desfavorables aplicaciones de lo
que dejamos dicho sin detener la pluma, al estilo y lenguaje del
distinguido traductor neogranadino. Es el Sr. Caro un excelente
humanista, un literato entendido, y al emprender su ardua tarea, sabía
bien el peso que echaba sobre sus hombros, robustos á fe.
No es completo el ejemplar que poseemos de su obra; pero leyendo el
suplemento al primer volumen de ella, advertimos que ha tratado en la
introducción, desconocida para nosotros, de la filosofía y del estilo
del clásico que vierte á nuestra lengua, mostrando así la seriedad de
sus estudios y la altura del punto de vista desde donde se encara al
mayor teólogo, al mayor erudito, al mayor sabedor de las cosas romanas,
entre cuantos talentos ilustraron el siglo de Augusto. Virgilio fué el
pontífice y el heraldo de su época, el luminoso arco iris agorero de la
paz por que anhelaba el mundo romano, atónito con el fragor de la caída
del Egipto y del poderío oriental. En su famosa égloga IV parece que
hubiera vislumbrado más allá del Imperio, el comienzo de la era de la
idea, de la redención del esclavo, de la igualdad ó confraternidad de
los hombres, ante un Dios paternal y único, en nada parecido á los
dioses materiales adorados antes de él. Amigo de las labores del campo,
resumía en sí, por su observación propia, el conocimiento de todos los
fenómenos de la Naturaleza que hasta entonces había podido adivinar la
ciencia. Era un coloso intelectual con quien sólo puede compararse en
los tiempos modernos su discípulo Dante Alighieri. Inteligencias de esta
naturaleza no puede mirarlas hito á hito sino el verdadero talento
amamantado con predilección al seno de las musas.
A más del sabio y del inspirado hay que considerar en el cisne de Mantua
al hombre de propósitos elevados, de corazón bondadoso, de hondísimos
sentimientos, brotados á raudales en ondas sonoras y benéficas, en las
cuales se espejea la luz de una imaginación casta como la de los astros.
Así, pues, Virgilio requiere ser sentido y comprendido á la vez por sus
intérpretes, porque su oro se compone de la liga de la razón con la
sensibilidad, de la invención poética con el saber lentamente adquirido.
Por esta razón alguna vez se ha creído que la _Eneida_ del gran poeta
no debía verterse á los idiomas vivos, respetándola como á las armas de
Rolando por falta de bríos para esgrimirlas. Y tal vez sea acertada esta
opinión, porque si trasladada del viejo suelo latino aquella sublime
epopeya á las lenguas de formación reciente, hubiera de conservar tan
sólo su estructura material y relatarnos descoloridas las proezas de los
héroes que en ella hacen papel, poco ó nada ganarían los profanos que
buscan en el maestro afamado ejemplos de la verdadera y perpetua belleza
literaria.
Esta belleza de la obra de Virgilio se manifiesta como un perfume, como
vislumbre apacible, como rumor armonioso que acompaña al lector, no sólo
en el palacio de Dido, en las fiestas y en las alegrías de Eneas y de
sus compañeros, sino también cuando presencia la catástrofe final del
porfiado asedio de Troya, las iras de Neptuno, los desastres de las
batallas y las intrigas del Olimpo. Cerradas las páginas, el corazón se
encuentra satisfecho y mejorado si padecía, la mente ennoblecida, el
instinto literario menos expuesto á caer en trivialidades y en bajezas.
Tales son, expresadas con generalidades, las impresiones que causa en el
ánimo del lector esa realidad indefinible que se llama «estilo
virgiliano». De esta impresión moral que supo grabar el mantuano es de
la que convendría hacer partícipe al mayor número posible de lectores
por medio de las vulgarizaciones de la _Eneida_, trasuntando en ellas,
antes que todo, su estilo, porque éste es el alma misma de Virgilio, la
más bella y humana del mundo pagano.
Guiados por este criterio, hemos leído las Églogas, las Geórgicas y
cuatro de los libros de la _Eneida_ traducidos hasta ahora por el Sr.
Caro. Delante de un trabajo que requiere aliento y fuerzas poco comunes
para emprenderle, la crítica debe mostrarse circunspecta y fundada, so
pena de cometer, más que una ligereza, una mala acción. Nos guardaremos
de incurrir en ella, limitándonos á señalar, según nuestro entender,
algunas de las brillantes cualidades de que á cada momento da pruebas el
literato neogranadino: _ære perennius_ será, sin duda, el monumento que
erigirá en nombre de las letras americanas si lleva á cabo su empresa,
ya tan adelantada.
El Sr. Caro es felicísimo en muchos pasos de las Geórgicas, en las
cuales se encierra la ciencia y la experiencia agrícola de los romanos,
embellecidas con los encantos del sentimiento y de la imaginación. En
nuestro concepto, es ésta la obra de Virgilio más ardua para los
traductores, y al mismo tiempo la que de preferencia debiera ponerse
desde temprano en manos de los discípulos de Humanidades en las escuelas
americanas. Un arado fué el cetro de Cincinato, y debe ser el
instrumento con que los hijos de las repúblicas prefieran labrar su
fortuna. El autor de la _Agricultura de la zona tórrida_ hizo con sus
admirables versos un valioso presente intelectual y económico á la
juventud americana, tentándola á admirar y aprovechar los pingües
tesoros de los variados climas en que habita, al mismo tiempo que con
mano maestra le mostraba cómo el espíritu de las letras clásicas puede
animar, embelleciéndolas, las producciones de la moderna literatura. La
obra incompleta de Bello pudo convertirse en las Geórgicas sudamericanas
si hubiera tenido imitadores, inspirados, como el iniciador, en un
pensamiento de patriotismo y de civilización á un tiempo.
La agricultura es la generosa nodriza del hombre, y nadie mejor que
Virgilio la ha idealizado en versos que jamás perecerán por mucho que
los aleje el tiempo: oigámosle en la traducción neogranadina:
Al hombre urgiendo, la escasez le educa,
Y el trabajo tenaz todo lo allana.
Ceres, sabia maestra, á los mortales
El seno de la tierra á abrir indujo
Cuando faltaron en las sacras selvas
Bellotas y madroños, y Dodona
El sustento habitual negó cansada.
Creció en esmeros el cultivo, en cuanto
Funesta á las espigas la impía nubla
Y hórrido á los sembrados sobrevino
El torpe cardo. Y ya la mies fallece:
Que la áspera maleza en torno crece,
Y el abrojo la invade y el espino;
Oprimen ya el espléndido sembrado
Triste cizaña, estériles avenas.
Tú, pues, como afanado
Las gramas no persigas
Con incansable rastro; si no alejas
Con ruidos las aves enemigas;
Si hiriendo ociosas ramas,
El asombrado campo no despejas,
Ni con voto eficaz la pluvia llamas,
¡Triste! con sesgos ojos de vecina
Heredad mirarás la parva enhiesta,
Y tu hambre en la floresta
Aliviará la sacudida encina.
Ni uno solo de los prolijos detalles con que pinta Virgilio la lucha del
labrador con la Naturaleza ha escapado á la sagacidad del traductor: no
crecerán las mieses sino se extirpan á tiempo el cardo y las importunas
cañas, si no se espantan las aves atraídas por el apetito del grano. La
pereza condenaría al labrador á contemplar con tristeza la cosecha
abundante del vecino y á alimentarse con el insípido y grosero fruto de
las encinas.
_Heu! magnum alterius frustra spectabis acervum,_
_Concussaque famem in silvis solabere quercui_
La agricultura fué considerada por los antiguos como el arte que enseña
al hombre á apropiarse por el trabajo y la industria, no sólo los dones
de Ceres, sino cuantos distribuye Cibeles, uno de cuyos atributos es la
llave con que abre y cierra, según las estaciones, los tesoros de la
Naturaleza, y gobernando los leones que conducen su carro, dice
simbólicamente que nada hay tan feroz é indómito que no se someta á la
amorosa paciencia de la maternal agricultura. Si nuestro menguado código
rural hubiera tenido presente el gran código rural de Virgilio, de
cierto que las laboriosas abejas, dulcemente cantadas y acariciadas en
las _Geórgicas_, no habrían sido desterradas á muchas leguas de los
escasos plantíos y sembrados de nuestros incultos campos. Los animales
útiles atraen de preferencia la atención de Virgilio, haciéndonos amar
al buey paciente, á su hembra de ubres generosas, á la oveja que se
despoja de su vellón para vestirnos, al caballo que se asocia á nuestros
viriles placeres, á nuestras hazañas de valor y arrastra la carroza
elegante del rico como la reja del arado del humilde labriego.
Las llanuras colombianas como las argentinas son propicias á la noble
raza del caballo. En ellas, ha dicho Buffón, es donde debe estudiarse al
potro en toda su belleza y libertad, al caballo que, según el mismo
naturalista, es la más gloriosa conquista del poder inteligente del
hombre. El americano nace contemplando el caballo, y ensaya sus primeras
fuerzas manejándole por la brida; en él atraviesa el desierto, vadea los
ríos, y sobre sus lomos y ancas conduce á su querida y á sus hijos al
poblado ó al nuevo techo que ha construído de totora á la margen de la
laguna lejana. El caballo es para el llanero y el gaucho el personaje
principal de sus idilios en acción ó de sus yaravís y cielitos,
acompañados de la guitarra. A esta intimidad entre el nobilísimo bruto y
el hombre americano atribuímos el acierto con que el traductor bogotano
ha interpretado el siguiente pasaje del libro III de las _Geórgicas_.
No menos diligencia
A la elección de los caballos debes.
Tú, desde tierna edad á los que fíes
El incremento de la raza, aplica
Laboriosa atención. El potro nuevo
De estirpe generosa,
Gallardo ya campea.
Y en noble porte y numerosos pasos
Las blandas coyunturas ejercita:
Toma la delantera en el camino,
A la crespa corriente vado tienta,
A puente ignoto avánzase el primero,
Ni de estrépitos vanos se intimida.
La cerviz tiene erguida,
Aguda la cabeza, el vientre breve,
Grupa redonda, el pecho
Con músculos soberbios que le abultan.
Noble es el rucio azul, noble el castaño,
De blancos y melados desconfío.
¡Con qué ingénito brío
El pisador lozano
Sale del puesto y sosegar no sabe
Si armas de lejos resonar ha oído!
Las orejas aguza, se estremece,
El encendido aliento
Por la abierta nariz bramando arroja;
El cabello sacude aborrascado,
Le esparce al diestro lado;
Y doble mueve la dorsal espina,
Y recios cascos sobre el suelo asienta
Que batido á compás hueco retumba.
Sofrenado de Pólux Amícleo
Tal Cílaro soberbio braveaba,
La copia de trotones
Que Marte unció, tal era; tales fueron,
Ya de griegos poetas celebrados,
Los del caro veloz del grande Aquiles;
Y Saturno agilísimo la hermosa
Crin derramando sobre el cuello equino,
Así también, al asomar su esposa,
Hirió, rápido huyendo,
El alto Pelion con relincho agudo.
Al que así contemplaste
Animoso corcel, cuando agobiado
Por las enfermedades, ó vencido
Le vieres de la edad, ponle á cubierto,
Y da á su honrada senitud descanso.
Para enlaces de Venus
Frío el caballo viejo, afán estéril
Apura en ellos, y tal vez se llega
A la amorosa lid, se enciende en vano,
Cual sin fuerza en la paja un alto fuego.
Observa de antemano
Los bríos y la edad de cada potro,
Su raza y vocación discierne luego;
Mira si causa en él y en qué manera,
La ignominia dolor, celo la gloria.
¿No has visto cuando en rápida carrera
Parten de la barrera
A cubrir el palenque émulos carros?
Mancebos en la faz muestran bizarros
El ansia de vencer, mientras el pecho
La duda palpitante les devora,
Con retorcido látigo aguijando,
Tendido el cuerpo van, suelta la brida;
En férvido volar arden las ruedas;
Y ora se inclinan, y ora
Parecen remontarse arrebatados
En vuelo aéreo á superior esfera.
No hay descanso, no hay paz. La arena roja
En nubes se levanta:
Fogoso al delantero el de atrás moja
Con la espuma que arroja;
¡Tanto es el pundonor, la ambición tanta!
Estos versos, fuerza es confesarlo, no se parecen en nada á los que
generalmente nos regala la musa sudamericana, libertina, indómita, sin
más consejero que el oído, á veces mal educado y excesivamente
democrático en el estilo, en la elocución y en las formas sintáxicas,
casi siempre cortadas al talle de la prosa. Si muchos han de saborearlos
y deleitarse con ellos, no faltarán quienes los hallen desabridos al
paladar, obscuros á la inteligencia y aun ásperos para leídos
corrientemente. Pero nosotros, que nos declaramos pertenecer á los
primeros, es decir, á los admiradores de la noble versificación del Sr.
Caro, entendemos que el verso debe tener también poesía en su
estructura, y participar, hasta en la ordenación de las palabras, del
juego de la imaginación, que es la primera de las facultades
distintivas del poeta. El verso debe pasar por delante de la vista como
el diamante bruñido, destellando luz por cada una de sus facetas; ondear
como airosa culebra ó como la corriente de las aguas, y sorprender por
la novedosa variedad de sus movimientos, para que, como la música á la
letra, acompañe armoniosamente los giros originales é inspirados del
pensamiento. Desdéñase sin razón esta parte material de la
versificación, y ni se reflexiona sobre ella, ni se estudian sus
condiciones, como si no constituyera parte del arte de escribir en
verso, del mismo modo que es en el pintor la distribución de los tonos
del colorido, y las gradaciones de la modulación en el músico. Hay
idiomas en que la frase en el verso sigue la misma línea recta que en la
prosa, y toda la poesía consiste en ellos en el fondo ó en la substancia
de la idea. Pero el castellano no es de este número. En la prosa misma
es garboso, lujoso, erguido, y exige de quienes lo usen en verso y con
intenciones de poetas, que levanten y acentúen esas cualidades, defectos
ó virtudes de su índole, según quiera juzgarlos el juicio humano,
generalmente vario y voluminoso.
En el caso presente existe una razón más para que los versos que quedan
copiados merezcan la aprobación de las personas instruídas y de buen
gusto, por cuanto traducen al más encumbrado y más delicadamente noble y
pulcro de los poetas latinos, en quien brilla la tersura de la palabra y
el pudor de la imagen. Sienta bien á su intérprete el dejo clásico, la
solemnidad antigua, de que tan discretamente hace uso, logrando
acercarse, cuanto es posible á un moderno, á semejante original.
JUAN MARÍA GUTIÉRREZ.
(_Revista del Río de la Plata_, número correspondiente al 1.º de Febrero
de 1875.)
ENEIDA.
_(Yo aquel que ya con flauta campesina_
_Libre de afanes modulé canciones,_
_Y dejando la selva peregrina,_
_Causa fuí que con ricas producciones_
_Satisficiese la región vecina_
_De exigente cultor las ambiciones_
_--Obra grata á la gente labradora--_
_Los horrores de Marte canto ahora)_
ENEIDA.
LIBRO PRIMERO.
I.
Canto asunto marcial; al héroe canto
Que, de Troya lanzado, á Italia vino;
Que ora en mar, ora en tierra, sufrió tanto
De Juno rencorosa y del destino;
Que en guerras luégo padeció quebranto,
Conquistador en el país latino,
Hasta fundar, en fin, con alto ejemplo,
Muro á sus armas, y á sus dioses templo.
II.
De allá trajo su sér el trono albano,
Su nombre el pueblo á quien el orbe admira
Roma de allá su cetro soberano.....
Mas tú á mi osado verso, Musa, inspira!
Abre de estos sucesos el arcano;
¿Qué ofensa suscitó la excelsa ira
Que á la errante virtud sigue y quebranta?
¿Cupo en celestes pechos furia tanta?
III.
En frente, aunque á distancia, de la riba
Donde el Tibre en el mar su onda derrama,
Tiria de orígen, opulenta, altiva,
Alzóse la ciudad que Juno ama.
Más que á Sámos la Diosa vengativa
La amó: Cartago la ciudad se llama:
En ella la armadura pavorosa,
El carro en ella estuvo de la Diosa.
IV.
Y ya anhelaba Juno y pretendia
Hacer del orbe á esta ciudad señora
Si consintiese el hado. Oido habia
Que, corriendo los tiempos, en mal hora
Para alcázares tirios, se alzaría
De troyana raíz, dominadora
Nacion potente, en los combates fiera;
Que así lo urdido por las Parcas era.
V.
Eso la Diosa recelaba; y luégo
De irritantes recuerdos ocupada,
Ella no olvida que á vengar al Griego
Fué la primera en desnudar la espada:
Del troyano pastor el fallo ciego;
Su ofendida beldad, la raza odiada,
El alto honor á Ganimédes hecho,
Memorias son para afligir su pecho.
VI.
Por eso avienta á términos distantes
Del ítalo confin, á los que á vida
Dejó incendio voraz, salvados ántes
Del acero de Aquíles homicida.
Por largos años sobre el ponto errantes,
Cerrando el paso á su virtud sufrida
El hado vengador ¿dónde no asoma?
¡Fué empresa colosal fundar á Roma!
VII.
Haciendo nueva tentativa ahora,
De la orilla zarpando siciliana,
Ya á la vela se daban; ya la prora
Cortando iba veloz la espuma cana.
Mas la llaga cruel que la devora
Guardaba fresca la deidad tirana
En el fondo del alma; y sin testigo
Así comienza á razonar consigo:
VIII.
«¿Y será que vencida retroceda
En la intentada empresa? ¿y que al troyano
Aborrecido príncipe no pueda
Léjos tener del límite italiano?
¿Conque adverso el destino me lo veda?
Pálas un dia, del insulto insano
Tan sólo de Áyax ofendida, airada,
¿No hundió á los Griegos y abrasó su armada?
IX.
»Ella misma del cerco nebuloso
Vibró de Jove la veloz centella,
Y alteró de los mares el reposo
Y dispersó los navegantes; ella
En torbellino súbito, furioso,
Arrebatando al infeliz, lo estrella,
Cuando áun abierto el pecho llameaba,
Contra un agrio peñon, y allí le clava.
X.
»Y yo, que entre los Númenes campeo
De los Númenes todos soberana;
Yo, que los altos títulos poseo
De consorte de Júpiter y hermana,
Ya tantos años há que en lid me empleo
Con solo un pueblo, y mi insistencia es vana!
¿Y habrá de hoy más quien me venere? ¿alguno
Que humilde ofrende en el altar de Juno?»
XI.
Tal medita la Diosa, y sus sollozos
Ahogando en su furor, á Eolia vuela,
Region nublada en lóbregos embozos,
Region que aborta la hórrida procela:
Eolo allí en inmensos calabozos
Las roncas tempestades encarcela
Y los batalladores aquilones,
Y hace pesar su imperio en sus prisiones.
XII.
Ellos dentro la hueca pesadumbre
Ruedan bramando, amenazando estrago;
Él, cetro en mano, sobre la alta cumbre,
Resuelve en aire el comprimido amago,
Que si aquella legion de servidumbre
Salir lograse, por el éter vago
La tierra, el mar, el ámbito profundo
Rauda barriera aniquilando el mundo.
XIII.
El alto Jove recelando eso,
Al ejército aéreo abrió esta sima,
Y ahí en tinieblas le envolvió, y el peso
De altísimos collados le echó encima;
Y un rey impuso al elemento opreso
Que con tacto severo, ya reprima,
Ya dé medida libertad. Ahora
Juno ante él llega, y su favor implora:
XIV.
«Éolo, á quien el Rey de cielo y tierra
Calmar concede y sublevar los mares,
Oye: aquel pueblo á quien juré la guerra,
Surca el Tirreno, y sus vencidos lares
Lleva, y su imperio, á Italia. Desencierra,
Éolo, tus alados auxiliares,
Y envíalos con ímpetus violentos
A romper naves y á esparcir fragmentos.
XV.
»Catorce Ninfas sírvenme doncellas,
De hermosura dotadas milagrosa;
La que en encantos sobresale entre ellas,
Deyopeya gentil, será tu esposa:
Eternas gozarás sus gracias bellas;
Yo te la doy, porque de prole hermosa
Afortunado fundador te haga;
Y así el favor mi gratitud te paga.»
XVI.
Éolo reverente la responde:
«Reina, escudriña cuanto ansiar pudieres,
Dí cuanto oculta voluntad esconde,
Pues son tus voluntades mis deberes.
De ti no fuesen dádivas, ¿de dónde
Mi cetro, mi privanza, mis poderes?
Tú en las mesas olímpicas me sientas;
Rey por ti soy de rayos y tormentas!»
XVII.
Dice; y la hueca mole con el cuento
Hiere del cetro, y la voltea á un lado;
Y al ver el ancha puerta, cada viento
Quiere salir primero alborotado;
Y Noto á un tiempo, y Euro, y turbulento
Abrego con borrascas, monte y prado
Corren, barren el suelo, al mar se entregan,
Y ondas abultan que la playa anegan.
XVIII.
Y remueven el ponto, el ponto gime;
Y silban cuerdas y la gente clama;
Roba las formas y la luz suprime
La oscuridad que en torno se derrama;
Noche tremenda el horizonte oprime;
El éter cruza intermitente llama;
Truena el polo, y suspenso el navegante
La pompa del terror tiene delante.
XIX.
En este instante de la muerte el hielo
Siente Enéas que embarga sus sentidos,
Y entrambas manos extendiendo al cielo,
Clama con voz ahogada entre gemidos:
«¡Dichosos, ay, los que en el patrio suelo,
Al pié del alto muro, en liza heridos,
A vista de sus padres espiraron,
Y allí cual buenos su mision finaron!
XX.
»¡Oh tú entre aquivos héroes el primero,
Diomédes esforzado! ¿qué impía suerte
Me negó bajo el filo de tu acero
En los campos de Troya hallar la muerte?
Do al ímpetu de Aquíles Héctor fiero
Cayó; do el grande Sarpedon; do inerte
Tanto noble adalid, rota armadura,
El Simois vuelca en su corriente oscura!»
XXI.
Cállale aquí borrasca bramadora
Que hosca en las velas da, la onda agiganta;
Quiébranse remos, tuércese la prora,
La onda el costado del bajel quebranta:
Álzase el agua en cimas, y á deshora
Rómpese: quién en vago se levanta;
Quién la ola henderse ve que lo encadena,
Y ve el fondo mostrarse, hervir la arena.
XXII.
Noto tres buques á su cargo toma
Y en adustos escollos los estrella
(Cuya espalda á flor de agua inmensa asoma,
Y _ara_ el nauta la nombra, y huye de ella).
Sobre otros tres rugiente se desploma
Euro (¡escena de horror!), los atropella,
Y dales, entre puntas destrozados,
Tumba de arena en los hirvientes vados.
XXIII.
Al bajel que á los Licios aportaba,
El mismo en que el leal Oróntes iba,
Súbito hiere en popa una ola brava
Descargada con ímpetu de arriba.
Enéas el embate viendo estaba
Que de un vuelco el piloto al mar derriba,
Tres vueltas da el bajel, la angustia crece,
Y el vórtice lo traga, y desaparece.
XXIV.
Vense dispersos que en lo inmenso nadan;
Maderos y reliquias de combates,
Y troyanas riquezas sobrenadan.
De Ilioneo, aunque fuerte, á los embates
La nave ya, y las de Abas se anonadan,
Del viejo Alétes y el valiente Acátes;
Que, hondas las grietas, desligado el brío,
Abren su seno al elemento impío.
XXV.
En tanto los rumores, los bramidos,
La inmensa agitacion Neptuno siente;
Siente los hondos sótanos movidos,
Y alza alarmado la serena frente
Por cima de las ondas. Esparcidos
Los buques ve de la troyana gente,
Por todas partes maltratada y rota,
Que el cielo la acribilla, el mar la azota.
XXVI.
Ni ya de Juno se ocultó al hermano,
Industrioso el rencor que horrores trama;
Y al punto con acento soberano
Al Céfiro y al Euro á cuentas llama;
«¿Y así,» les dice, «os ciega orgullo vano?
Ya hundís los cielos sin mi vénia, y brama
El agua en cerros que encrespais gigantes;
¡Guay!... Mas el mar apacigüemos ántes.
XXVII.
»¡Huid, vientos! ¡huid avergonzados;
Ni espereis de piedad segunda muestra;
Y á vuestro Rey decidle que los hados
No el tridente pusieron en su diestra:
Los reinos de la mar son mis estados!
Riscos él tiene allá, guarida vuestra;
Que respetoso á ajenos elementos,
Reine guardian de encadenados vientos!»
XXVIII.
Dice; nubes disuelve, el sol desnuda,
Y pone en paz las olas que batallan:
Cimotoe y Triton de roca aguda
Los míseros navíos desencallan;
Con su tridente él mismo les ayuda,
Las sirtes abre, y cielos y aguas callan;
Y por cima del mar, que apénas riza,
En levísimo carro se desliza.
XXIX.
¿Quién vió tal vez con la rabiosa ira
Que la plebe en motin ruge y revienta?
Teas, guijarros por el aire tira;
La fuerza del enojo armas inventa:
Mas si á un prócer piadoso alzarse mira,
Se contiene, se acalla, escucha atenta;
Sola esa voz los ánimos ablanda,
Lleva la paz, y la obediencia manda.
XXX.
Neptuno así de una mirada enfrena
Del piélago insolente los furores,
Y gira por la atmósfera serena
Dóciles sus caballos voladores.
Entre tanto, de la áspera faena
Cansados los troyanos viadores,
A las vecinas, líbicas orillas
Vuelven prudentes las cascadas quillas.
XXXI.
Vese allí en una cómoda ensenada
Formando puerto, una isla: á sus costados
Del piélago se rompe la oleada.
Y rota, entra á morir por ambos lados.
Guardando opuestos émulos la entrada,
Dos peñones, remate de collados,
Torvos se empinan: plácidas, á solas,
Tiéndense al pié las sombreadas olas.
XXXII.
Luégo, al entrar, divísase eminente,
Del sol quebrando el trémulo destello,
Hórrido bosque, y negro, y grande; en frente
Cóncava peña cierra un antro bello.
Y allí hay bancos de piedra; allí una fuente
De agua dulce; es de Ninfas gruta aquello!
No aquí el cansado esquife ata la amarra;
No del áncora el garfio el fondo agarra.
XXXIII.
Saca Enéas, en suma, á salvamento
Siete naves. La gente, que desea
De la tierra el materno acogimiento,
Salta al césped que el céfiro recrea,
Y allí á los miembros húmidos da asiento.
Acátes hiere el pedernal; chispea;
Hoja menuda allega, adusta rama,
Y, el fómes atizando, arde la llama.
XXXIV.
Mojados sacan las cansadas manos
El dón de Céres y su tren; y aprestan
Piedras allí para moler los granos
Que en seco extienden y que al fuego tuestan.
Sube Enéas á un pico, y los lejanos
Horizontes registra, por si enhiestan
Las popas de Caïco allá su arreo,
Ó bien sus velas el bajel de Anteo;
XXXV.
Ó ya á remo avanzando los navíos
Frigios parecen, ó el de Cápis. Nada
Por los ecuóreos límites vacíos
Descubre á su esperanza su mirada.
Mas tres ciervos divisa que baldíos
Recorren la ribera: la manada,
Al sabroso pacer vagando atenta,
Por acá y por allá los sigue lenta.
XXXVI.
El arco y leves flechas, al instante,
Armas del fiel Acátes, arrebata
Enéas; y á los tres que van delante
Con orgullosa cornamenta, mata;
A tiros luégo el escuadron restante
Entre el frondoso bosque desbarata;
Ni desiste hasta ver de los venados
Siete grandes por tierra derribados.
XXXVII.
Así el número iguala al de bajeles;
Al puerto vuelve, do el botín divida
Entre sus tristes compañeros fieles;
Y con vino, de aquél que á su partida
De las riberas sículas, toneles
Bondoso Acéstes les hinchió, convida;
Y cura consolar los corazones
El obsequio apoyando con razones:
XXXVIII.
«¡Antiguos compañeros! sabedores
Ántes de ahora de aventuras tales:
Ya visteis acabar otros mayo es,
Dios dará fin á los presentes males.
De Scila atroz escollos ladradores:
De impios Ciclopes playas funerales:
¿Qué no habeis arrastrado? Alzad la frente,
Y ahogue su pena el corazon valiente!
XXXIX.
»Desgracias de hoy, mañana son memorias
Que despiertan secretas simpatías:
Senda de rudas pruebas transitorias
Nos lleva al Lacio y sus riberas pias:
Renacerán nuestras antiguas glorias;
Sufrid, guardáos para mejores dias!»
Dice; rie esperanzas, y hondamente
Sella el fiero dolor que el alma siente.
XL.
Presta la gente á aderezar la caza
Pieles arranca, entrañas desaloja;
Quién la carne, que á miembros apedaza,
Fija en el asador, tremente y roja;
Quién da en la orilla á las calderas plaza,
Y fuego allega; y ya en el musgo y hoja
Cobran tendidos el vigor postrado
Con vino añejo y nutridor bocado.
XLI.
Calla el hambre; y locuaz la fantasía
Recuerda á los ausentes: teme; alienta;
Y ya salvos, ya en la última agonía,
Ya sordos al clamor los representa.
Consigo Enéas, de la suerte impía
Del animoso Oróntes se lamenta,
Y de Amico, y de Licio, y de héroe tanto;
Del grande Gias y del gran Cloanto.
XLII.
Tarde era ya, cuando del alto cielo
Oteando el olímpico monarca,
Tierras y costas, el tendido suelo,
Y el mar de velas erizado, abarca
De una mirada, que con vivo anhelo
Fijó, en fin, en la líbica comarca;
Y, los ojos brillando humedecidos,
Vénus así le hablaba con gemidos:
XLIII.
«Padre y señor de dioses y mortales;
Rey, cuyo brazo con el rayo aterra!
¡Oh! mira al hado, tras acerbos males,
Cuál á mi Enéas y á los Teucros cierra,
No del país que guarda, los umbrales,
Mas los ángulos todos de la tierra!
Para sufrir contrariedad tan fuerte,
¿Con qué crímen pudieron ofenderte?
XLIV.
»Tú prometiste que de aquí, algun dia--
¿Lo recuerdas?--de _aquí_, de la troyana
Estirpe restaurada, se alzaria
Reina del mundo la nacion romana.
¿Qué nuevo plan la ejecucion desvía?
Yo usaba con las dichas del mañana,
Del ayer y sus ruinas consolarme;
Mas ¿vemos hoy que el hado se desarme?
XLV.
»No; que se ensaña cada vez más crudo!
¿Término á tanto mal darás al cabo,
Grande y buen rey? Con invisible escudo,
Del Adria entrando por el golfo bravo,
Al riñon mismo de Liburnia pudo
Anténor penetrar, y del Timavo
Las cabezas venció; de argiva hueste
Salvado en ántes por favor celeste.
XLVI.
»Y en aquella region donde desata,
Los cerros atronando, mar rugiente
Por siete bocas su raudal de plata,
Y los campos inunda en su corriente,
Allí á Padua fundó: morada grata
En ella, y patrio nombre dió á su gente,
Y de Troya las armas; y tranquilo
Bajó á dormir en sepulcral asilo.
XLVII.
»¿Y á nosotros, tus hijos, á quien silla
Previenes celestial, se nos traiciona?
¿Y anegadas las naves, ¡oh mancilla!
Porque de _álguien_ el odio lo ambiciona,
Tocar nos vedas la latina orilla?
¿Así nos vuelves la imperial corona?
¿O premio es éste de virtudes digno?»
Oyóla el Padre, y sonrió benigno;
XLVIII.
Y con la faz la besa con que el cielo
Serenar suele en tempestad oscura;
Y «Calma,» dice, «Citerea, el duelo;
De los tuyos el hado eterno dura.
Verás alzarse á coronar tu anhelo
La ciudad de Lavinio: á etérea altura
Tu heroico Enéas subirás un dia;--
Ni nuevo plan la ejecucion desvía.
XLIX.
»Él (pues voy á tu pecho, áun mal seguro,
A revelar recónditos arcanos)
Él hará guerra larga; el cuello duro
Domará de los pueblos italianos;
Dará á los suyos circundante muro,
Y fundará costumbres. Tres veranos
Contará de los Rútulos triunfante;
Y tres inviernos le verán reinante.
L.
»Y su hijo Ascanio, que festivo y tierno
Con renombre de Yulo se engalana,
(Ilo nombróse en el solar paterno
Cuando alzaba Ilïon la frente ufana),
Treinta años llenará con su gobierno
Mes á mes; y la sede soberana
Mudando de Lavinio, hará á Alba Longa
Robusta en fuerzas que al asalto oponga.
LI.
»De manos de la hectórea dinastía
No habrá en tres siglos quien el cetro aparte:
Ilia, real sacerdotisa, un dia
Hijos gemelos parirá de Marte:
Con la piel de la loba que los cria
Ya al mayor miro ufano; baluarte
Alzará eterno, y porque al mundo asombre,
Rómulo á su nacion dará su nombre.
LII.
»Y término, ni linde, ni parada
Fijo al poder de Roma: eterno sea!
Juno misma, que alarma exasperada
Cuanto baña la mar y el sol rodea;
Con nuevo acuerdo, á la nacion togada
Que al mundo, acerca el hado, señorea,
Vendrá por fin en proteger conmigo;
Y así se cumplirá cual yo lo digo.
LIII.
»Y siglo traerá el tiempo en que cadenas
Dé la casa de Asáraco á la argiva;
A Ptia vencerá; verá á Micénas,
Si ántes gloriosa, ya á sus piés cautiva.
Tan noble sangre llevará en las venas
Julio--por nombre que de atras deriva;
César--con gloria que hasta el cielo alcanza
Él, cuyo imperio sobre el mar se avanza.
LIV.
»Y tú, segura de contrario insulto,
Cargado con despojos de Orïente
Le cogerás en el Olimpo; y culto
Le dará el hombre en votos afluente.
Y, sosegado el militar tumulto,
La férrea edad se tornará clemente:
Fe anciana reinará y amor divino,
Y en union fraternal Remo y Quirino.
LV.
»Y por fin con estrechas cerraduras
Y de hierro cargadas, de la Guerra
Cegadas quedarán las puertas duras:
El malvado Furor, que allí se encierra,
Sentado sobre rotas armaduras,
Con las manos atras, que el bronce aferra
De cien cadenas, lanzará bramidos,
Los dientes rechinando enrojecidos.»
LVI.
Dice, y al punto del Olimpo envía
Al alígero dios hijo de Maya,
Que á allanar á los náufragos la via
Y el muro de Cartago á abrirles vaya;
Pues de Dido recela, que podria
Alejarlos tal vez de aquella playa
Si los altos designios ignorase.
Oyele el nuncio, y por el éter vase.
LVII.
Y la pluma batiendo fugitiva
En la region inmensa, por do hiende,
Presto á las costas líbicas arriba,
Y á cumplir el mandato sólo atiende:
Y ya los Penos su rudez nativa,
Por él, remiten; y ante todo enciende
En Dido un vago y tierno sentimiento,
Prenda de hospitalario acogimiento.
LVIII.
Enéas, que la noche pasó entera
Cavilando, áun no bien la luz celeste
Mira nacer al mundo placentera,
Ya ansioso sale á ver qué clima es éste
Do el viento le ha arrojado: si hombre ó fiera
Habita en él, segun le ve de agreste:
Todo saberlo, averiguarlo intenta,
Y á los suyos tornar á darles cuenta.
LIX.
La flota deja so el peñon antiguo
Que las aguas socavan sin estruendo,
Y de las corvas selvas al abrigo
Con sombra en torno de negror horrendo:
Sólo á Acátes llevándose consigo,
Cada cual ancha pica entra blandiendo:
Ya en medio el bosque, Vénus de sorpresa
Vestida de espartana se atraviesa.
LX.
Por su aire y armas lo parece; ó nueva
Harpálice gentil, que de vencida
A sus caballos en su esfuerzo lleva
Y al Euro alado en su veloz corrida:
Cual puesto al hombro á cazadores prueba,
Cuelga el arco; el cabello al aura olvida;
Y deja la rodilla ver desnuda
Do undosos pliegues lazo breve anuda.
LXI.
«¡Hola! mancebos,» díceles la Diosa:
«¿A una de mis hermanas por ventura
Visto habeis por ahí, que vagarosa
Lleva aljaba, y pintada vestidura
De piel de lince? ó que tal vez acosa
A un jabalí soberbio en la espesura
Con agudo clamor?» Tal Vénus dijo;
Y de Vénus así respondió el hijo:
LXII.
«En verdad no hemos visto aquella hermana
Tuya, á quien buscas, ni sabemos de ella.
Mas ¿cuál te nombraré? nos es cosa humana
Lo que suena tu voz, tu faz destella.
¿Eres alguna Ninfa? ¿eres Dïana?
Yo diosa te presumo, y fausta estrella,
Quienquier fueres, mi labio te saluda:
¡Oh! da propicia á náufragos tu ayuda!
LXIII.
»Y por piedad, qué clima es éste, dínos,
Ó qué zona del mundo, qué campaña;
Que sin saber ni gentes ni caminos,
Vamos perdidos en region extraña
A donde, infortunados peregrinos,
De olas y vientos nos lanzó la saña;
Y, grata á recibidos beneficios,
Mi mano hará en tus aras sacrificios.»
LXIV.
«No merezco ese honor,» Vénus contesta:
«Siempre de Tirias fué, si os maravilla,
De aljaba ornadas vaguear, cual ésta,
Con borceguí purpúreo á la rodilla.
Púnico imperio aquí se os manifiesta,
Pueblos fenicios, de Agenor la villa;
Empero, esta region parte fronteras
Con las tribus del Africa altaneras.
LXV.
»De Tiro vino huyendo del hermano,
La que reina hoy aquí, por nombre Dido.--
El largo drama á desflorar me allano:--
Esta tuvo á Siqueo por marido,
Rico en tierras cual no otro comarcano;
Con vivo amor de la infeliz querido;
A quien, bella con gracias virginales,
La unió el padre en primeros esponsales.
LXVI.
»Su hermano en Tiro entónces dominaba,
Pigmalïon, el más feroz malvado:
Enemistad entre los dos se traba,
Y él á Siqueo, ante el altar sagrado,
Sacrílego y traidor á hierro acaba,
Y tambien de codicia estimulado;
Y á la sencilla enamorada hermana
Oculta el crímen de su diestra insana.
LXVII.
»Y con ficciones la entretiene en duda,
Y su amor de esperanzas alimenta;
Cuando en sueños por fin á la vïuda
De Siqueo insepulto se presenta
La sombra misma, alzando la faz muda
Con tétrico misterio macilenta;
Y el ara le señala enrojecida,
El pecho abierto y la profunda herida.
LXVIII.
»Y el arcano espantoso que contrista
Y un rincon recataba, muestra entero;
Y la excita á buscar con planta lista
Más humano país, clima extranjero:
Para ayuda de viaje, abre á su vista
En sótano ignorado, de dinero
Antiguo y vasto acopio. Conmovida
Dido despierta á apercibir la huida.
LXIX.