De la comedia nace, a su vez, el diálogo--un género que no ha podido

lograr independencia--. El diálogo de Platón también describe lo real y

también se burla de lo real. Cuando transciende de lo cómico es que se

apoya en un interés extrapoético--el científico. Otro dato a conservar.

Lo real, como comedia o como ciencia, puede pasar a la poesía, jamás

encontramos la poesía de lo real como simplemente real.

He aquí los únicos puntos de la literatura griega donde podemos amarrar

el hilo de la evolución novelesca[22]. Nace, pues, la novela llevando

dentro el aguijón cómico. Y este genio y esta figura la acompañarán

hasta su sepultura. La crítica, la zumba, no es un ornamento inesencial

del Quijote, sino que forma la textura misma del género, tal vez de todo

realismo.

_15._

_El héroe._

Mas hasta ahora no habíamos tenido ocasión de mirar con alguna

insistencia la faz de lo cómico. Cuando escribía que la novela nos

manifiesta un espejismo como tal espejismo, la palabra comedia venía a

merodear en torno a los puntos de la pluma como un can que se hubiera

sentido llamar. No sabemos por qué, una semejanza oculta nos hace

aproximar el espejismo sobre las calcinadas rastrojeras y las comedias

en las almas de los hombres.

La historia nos obliga ahora a volver sobre el asunto. Algo nos quedaba

en el aire, vacilando entre la estancia de la venta y el retablo de

Maese Pedro. Este algo es nada menos que la voluntad de Don Quijote.

Podrán a este vecino nuestro quitarle la ventura, pero el esfuerzo y el

ánimo es imposible. Serán las aventuras vahos de un cerebro en

fermentación, pero la voluntad de la aventura es real y verdadera. Ahora

bien, la aventura es una dislocación del orden material, una irrealidad.

En la voluntad de aventuras, en el esfuerzo y en el ánimo nos sale al

camino una extraña naturaleza biforme. Sus dos elementos pertenecen a

mundos contrarios: la querencia es real, pero lo querido es irreal.

Objeto semejante es ignoto en la épica. Los hombres de Homero pertenecen

al mismo orbe que sus deseos. Aquí tenemos, en cambio, un hombre que

quiere reformar la realidad. Pero ¿no es él una porción de esa realidad?

¿No vive de ella, no es una consecuencia de ella? ¿Cómo hay modo de que

lo que no es--el proyecto de una aventura--gobierne y componga la dura

realidad? Tal vez no lo haya, pero es un hecho que existen hombres

decididos a no contentarse con la realidad. Aspiran los tales a que las

cosas lleven un curso distinto: se niegan a repetir los gestos que la

costumbre, la tradición, en una palabra, los instintos biológicos les

fuerzan a hacer. Estos hombres llamamos héroes. Porque ser héroe

consiste en ser uno, uno mismo. Si nos resistimos a que la herencia, a

que lo circunstante nos impongan unas acciones determinadas es que

buscamos asentar en nosotros, y sólo en nosotros, el origen de nuestros

actos. Cuando el héroe quiere, no son los antepasados en él o los usos

del presente quienes quieren, sino él mismo. Y este querer él ser él

mismo es la heroicidad.

No creo que exista especie de originalidad más profunda que esta

originalidad «práctica», activa del héroe. Su vida es una perpetua

resistencia a lo habitual y consueto. Cada movimiento que hace ha

necesitado primero vencer a la costumbre e inventar una nueva manera de

gesto. Una vida así es un perenne dolor, un constante desgarrarse de

aquella parte de sí mismo rendida al hábito, prisionera de la materia.

_16._

_Intervención del lirismo._

Ahora bien, ante el hecho de la heroicidad--de la voluntad de

aventura--, cabe tomar dos posiciones: o nos lanzamos con él hacia el

dolor, por parecernos que la vida heróica tiene «sentido», o damos a la

realidad el leve empujón que a esta basta para aniquilar todo heroismo,

como se aniquila un sueño sacudiendo al que lo duerme. Antes he llamado

a estas dos direcciones de nuestro interés, la recta y la oblicua.

Conviene subrayar ahora que el núcleo de realidad a que ambas se

refieren es uno mismo. La diferencia, pues, proviene del modo subjetivo

en que nos acercamos a él. De modo que si la épica y la novela

discrepaban por sus objetos--el pasado y la realidad--, aun cabe una

nueva división dentro del tema realidad. Mas esta división no se funda

ya puramente en el objeto, sino que se origina en un elemento subjetivo,

en nuestra postura ante aquél.

En lo anterior se ha abstraído, por completo, del lirismo que es, frente

a la épica, el otro manantial de poesía. No conviene en estas páginas

perseguir su esencia ni detenerse a meditar qué cosa pueda ser lirismo.

Otra vez llegará la sazón. Baste con recordar lo admitido por todo el

mundo: el lirismo es una proyección estética de la tonalidad general de

nuestros sentimientos. La épica no es triste ni es alegre: es un arte

apolíneo, indiferente, todo él formas de objetos eternos, sin edad,

extrínseco e invulnerable.

Con el lirismo penetra en el arte una sustancia voluble y tornadiza. La

intimidad del hombre varía a lo largo de los siglos, el vértice de su

sentimentalidad gravita unas veces hacia Oriente y otras hacia Poniente.

Hay tiempos jocundos y tiempos de amargor. Todo depende de que el

balance que hace el hombre de su propio valer, le parezca, en

definitiva, favorable o adverso.

No creo que haya sido necesario insistir sobre lo que va sugerido al

comienzo de este breve tratado: que--consista en el pretérito o en lo

actual el tema de la poesía--, la poesía y todo arte versa sobre lo

humano y sólo sobre lo humano. El paisaje que se pinta se pinta siempre

como un escenario para el hombre. Siendo esto así, no podía menos de

seguirse que todas las formas del arte toman su origen de la variación

en las interpretaciones del hombre por el hombre. Dime lo que del hombre

sientes y decirte hé qué arte cultivas.

Y como todo género literario, aun dejando cierto margen, es un cauce que

se ha abierto una de estas interpretaciones del hombre, nada menos

sorprendente que la predilección de cada época por uno determinado. Por

eso la literatura genuina de un tiempo es una confesión general de la

intimidad humana entonces.

Pues bien; volviendo al hecho del heroísmo, notamos que unas veces se

le ha mirado rectamente y otras oblicuamente. En el primer caso,

convertía nuestra mirada al héroe en un objeto estético que llamamos lo

trágico. En el segundo, hacía de él un objeto estético que llamamos lo

cómico.

Ha habido épocas que apenas han tenido sensibilidad para lo trágico,

tiempos embebidos de humorismo y comedia. El siglo XIX--siglo burgués,

democrático y positivista--, se ha inclinado con exceso a ver la comedia

sobre la tierra.

La correlación que entre la épica y la novela queda dibujada, se repite

aquí entre la propensión trágica y la propensión cómica de nuestro

ánimo.

_17._

_La tragedia._

Héroe es, decía, quien quiere ser él mismo. La raíz de lo heroico

hállase, pues, en un acto real de voluntad. Nada parecido en la épica.

Por esto Don Quijote no es una figura épica, pero sí es un héroe.

Aquiles hace la epopeya, el héroe la quiere. De modo que el sujeto

trágico no es trágico, y, por tanto, poético, en cuanto hombre de carne

y hueso, sino sólo en cuanto que quiere. La voluntad--ese objeto

paradoxal que empieza en la realidad y acaba en lo ideal, pues sólo se

quiere lo que no es--, es el tema trágico, y una época para quien la

voluntad no existe, una época determinista y darwiniana, por ejemplo, no

puede interesarse en la tragedia.

No nos fijemos demasiado en la griega. Si somos sinceros, declararemos

que no la entendemos bien. Aun la filología no nos ha adaptado

suficientemente el órgano para asistir a una tragedia griega. Acaso no

haya producción más entreverada de motivos puramente históricos,

transitorios. No se olvide que era en Atenas un oficio religioso. De

modo que la obra se verifica más aún que sobre las planchas del teatro,

dentro del ánimo de los espectadores. Envolviendo la escena y el público

está una atmósfera extrapoética--la religión. Y lo que ha llegado a

nosotros es como el libreto de una ópera cuya música no hemos oido

nunca--es el revés de un tapiz, cabos de hilos multicolores que llegan

de un envés tejido por la fe. Ahora bien, los helenistas se encuentran

detenidos ante la fe de los atenienses, no aciertan a reconstruirla.

Mientras no lo logren, la tragedia griega será una página escrita en un

idioma de que no poseemos diccionario.

Sólo vemos claro, que los poetas trágicos de Grecia nos hablan

personalmente desde las máscaras de sus héroes. ¿Cuándo hace esto

Shakespeare? Esquilo compone movido por una intención confusa entre

poética y teológica. Su tema es tanto, por lo menos, como estético,

metafísico y ético. Yo le llamaría _teopoeta_. Le acongojan los

problemas del bien y el mal, de la libertad, de la justificación, del

orden en el cosmos, del causante de todo. Y sus obras son una serie

progresiva de acometidas a estas cuestiones divinas. Su estro parece más

bien un ímpetu de reforma religiosa. Y se asemeja, antes que a un _homme

de lettres_ a San Pablo o a Lutero. A fuerza de piedad quisiera superar

la religión popular que es insuficiente para la madurez de los tiempos.

En otro lugar, esta moción no habría conducido a un hombre hacia los

versos, pero en Grecia, por ser la religión menos sacerdotal, más fluída

y ambiente, podía el interés teológico andar menos diferenciado del

poético, político y filosófico.

Dejemos, pues, el drama griego y todas las teorías que, basando la

tragedia en no sé qué fatalidad, creen que es la derrota, la muerte del

héroe quien le presta la calidad trágica.

No es necesaria la intervención de la fatalidad, y aunque suele ser

vencido, no arranca el triunfo, si llega, al héroe su heroismo. Oigamos

el efecto que el drama produce al espectador villano. Si es sincero, no

dejará de confesarnos que en el fondo le parece un poco inverosímil.

Veinte veces ha estado por levantarse de su asiento para aconsejar al

protagonista que renuncie a su empeño, que abandone su posición. Porque

el villano piensa muy juiciosamente que todas las cosas malas

sobrevienen al héroe porque se obstina en tal o cual propósito.

Desentendiéndose de él, todo llegaría a buen arreglo, y como dicen al

fin de los cuentos los chinos, aludiendo a su nomadismo antiguo, podría

asentarse y tener muchos hijos. No hay, pues, fatalidad, o más bien, lo

que fatalmente acaece, acaece fatalmente, porque el héroe ha dado lugar

a ello. Las desdichas del _Príncipe Constante_ eran fatales desde el

punto en que decidió ser constante, pero no es él fatalmente constante.

Yo creo que las teorías clásicas padecen aquí un simple _quid pro quo_,

y que conviene corregirlas aprovechando la impresión que el heroismo

produce en el alma del villano, incapaz de heroicidad. El villano

desconoce aquel estrato de la vida en que ésta ejercita solamente

actividades suntuarias, supérfluas. Ignora el rebasar y el sobrar de la

vitalidad. Vive atenido a lo necesario y lo que hace lo hace por fuerza.

Obra siempre empujado; sus acciones son reacciones. No le cabe en la

cabeza que alguien se meta en andanzas por lo que no le va ni le viene.

Le parece un poco orate todo el que tenga la voluntad de la aventura, y

se encuentra en la tragedia con un hombre forzado a sufrir las

consecuencias de un empeño que nadie le fuerza a querer.

Lejos, pues, de originarse en la fatalidad lo trágico, es esencial al

héroe querer su trágico destino. Por eso, mirada la tragedia desde la

vida vegetativa, tiene siempre un carácter ficticio. Todo el dolor nace

de que el héroe se resiste a resignar un papel ideal, un «rôle»

imaginario que ha elegido. El actor en el drama, podría decirse

paradójicamente, representa un papel que es a su vez, la representación

de un papel, bien que en serio esta última. De todos modos, la volición

libérrima inicia y engendra el proceso trágico. Y este «querer», creador

de un nuevo ámbito de realidades que sólo por él son--el orden

trágico--, es, naturalmente, una ficción para quien no haya más querer

que el de la necesidad natural, la cual se contenta con sólo lo que es.

_18._

_La comedia._

La tragedia no se produce a ras de nuestro suelo; tenemos que elevarnos

a ella. Somos asumptos a ella. Es irreal. Si queremos buscar en lo

existente algo parecido, hemos de levantar los ojos y posarlos en las

cimas más altas de la historia.

Supone la tragedia en nuestro ánimo una predisposición hacia los grandes

actos--de otra suerte nos parecerá una fanfarronada--. No se impone a

nosotros con la evidencia y forzosidad del realismo, que hace comenzar

la obra bajo nuestros mismos pies, y sin sentirlo, pasivamente, nos

introduce en ella. En cierta manera, el fruir la tragedia pide de

nosotros que la queramos también un poco, como el héroe quiere su

destino. Viene, en consecuencia, a hacer presa en los síntomas de

heroismo atrofiado que existan en nosotros. Porque todos llevamos dentro

como el muñón de un héroe.

Mas una vez embarcados según el heroico rumbo, veremos que nos

repercuten en lo hondo los fuertes movimientos y el ímpetu de ascensión

que hinchen la tragedia. Sorprendidos hallaremos que somos capaces de

vivir a una tensión formidable y que todo en torno nuestro aumenta sus

proporciones recibiendo una superior dignidad. La tragedia en el teatro

nos abre los ojos para descubrir y estimar lo heroico en la realidad.

Así Napoleón, que sabía algo de psicología, no quiso que durante su

estancia en Frankfurt, ante aquel público de reyes vencidos,

representara comedias su compañía ambulante, y obligó a Talma a que

produjera las figuras de Racine y de Corneille.

Mas en torno al héroe muñón que dentro conducimos, se agita una caterva

de instintos plebeyos. En virtud de razones, sin duda, suficientes,

solemos abrigar una grande desconfianza hacia todo el que quiere hacer

usos nuevos. No pedimos justificación al que no se afana en rebasar la

línea vulgar, pero la exigimos perentoriamente al esforzado que intenta

transcenderla. Pocas cosas odia tanto nuestro plebeyo interior como al

ambicioso. Y el héroe, claro está que empieza por ser un ambicioso. La

vulgaridad no nos irrita tanto como las pretensiones. De aquí que el

héroe ande siempre a dos dedos de caer, no en la desgracia, que esto

sería subir a ella, sino de caer en el ridículo. El aforismo: «de lo

sublime a lo ridículo no hay más que un paso», formula este peligro que

amenaza genuinamente al héroe. ¡Ay de él como no justifique con

exuberancia de grandeza, con sobra de calidades su pretensión de no ser

como son los demás, «como son las cosas»! El reformador, el que ensaya

nuevo arte, nueva ciencia, nueva política, atraviesa, mientras vive, un

medio hostil, corrosivo, que supone en él un fatuo, cuando no un

mixtificador. Tiene en contra suya aquello por negar lo cual es él un

héroe: la tradición, lo recibido, lo habitual, los usos de nuestros

padres, las costumbres nacionales, lo castizo, la inercia omnímoda, en

fin. Todo esto, acumulado en centenario aluvión, forma una costra de

siete estados a lo profundo. Y el héroe pretende que una idea, un

corpúsculo menos que aéreo, súbitamente aparecido en su fantasía, haga

explotar tan oneroso volumen. El instinto de inercia y de conservación

no lo puede tolerar y se venga. Envía contra él al realismo, y lo

envuelve en una comedia.

Como el carácter de lo heroico estriba en la voluntad de ser lo que aún

no se es, tiene el personaje trágico medio cuerpo fuera de la realidad.

Con tirarle de los pies y volverle a ella por completo, queda convertido

en un carácter cómico. Difícilmente, a fuerza de fuerzas, se incorpora

sobre la inercia real la noble ficción heroica: toda ella vive de

aspiración. Su testimonio es el futuro. La _vis comica_ se limita a

acentuar la vertiente del héroe que da hacia la pura materialidad. Al

través de la ficción, avanza la realidad, se impone a nuestra vista y

reabsorbe el «rôle» trágico[23]. El héroe hacía de éste su ser mismo, se

fundía con él. La reabsorción por la realidad consiste en solidificar,

materializar la intención aspirante sobre el cuerpo del héroe. De esta

guisa vemos el «rôle» como un disfraz ridículo, como una máscara bajo la

cual se mueve una criatura vulgar.

El héroe anticipa el porvenir y a él apela. Sus ademanes tienen una

significación utópica. Él no dice que sea, sino que quiere ser. Así, la

mujer feminista aspira a que un día las mujeres no necesiten ser mujeres

feministas. Pero el cómico suplanta el ideal de las feministas por la

mujer que hoy sustenta sobre su voluntad ese ideal. Congelado y

retrotraído al presente lo que está hecho para vivir en una atmósfera

futura, no acierta a realizar las más triviales funciones de la

existencia. Y la gente ríe. Presencia la caída del pájaro ideal al volar

sobre el aliento de un agua muerta. La gente ríe. Es una risa útil: por

cada héroe que hiere, tritura a cien mixtificadores.

Vive, en consecuencia, la comedia sobre la tragedia, como la novela

sobre la épica. Así nació históricamente en Grecia a modo de reacción

contra los trágicos y los filósofos que querían introducir dioses nuevos

y fabricar nuevas costumbres. En nombre de la tradición popular, de

«nuestros padres» y de los hábitos sacrosantos, Aristófanes produce en

la escena las figuras actuales de Sócrates y Eurípides. Y lo que aquél

puso en su filosofía y éste en sus versos, lo pone él en las personas de

Sócrates y Eurípides.

La comedia es el género literario de los partidos conservadores.

De querer ser a creer que se es ya, va la distancia de lo trágico a lo

cómico. Este es el paso entre la sublimidad y la ridiculez. La

trasferencia del carácter heroico desde la voluntad a la percepción

causa la involución de la tragedia, su desmoronamiento--su comedia. El

espejismo aparece como tal espejismo.

Esto acontece con Don Quijote cuando, no contento con afirmar su

voluntad de la aventura, se obstina en creerse aventurero. La novela

inmortal está a pique de convertirse simplemente en comedia. Siempre va

el canto de un duro, según hemos indicado, de la novela a la pura

comedia.

A los primeros lectores del Quijote debió parecerles tal aquella novedad

literaria. En el prólogo de Avellaneda se insiste dos veces sobre ello:

«Como casi es comedia toda la _Historia de Don Quijote de la Mancha_»,

comienza dicho prólogo, y luego añade: «conténtese con su _Galatea_ y

comedias en prosa, que eso son las más de sus novelas». No quedan

suficientemente explicadas estas frases con advertir que entonces era

comedia el nombre genérico de toda obra teatral.

_19._

_La tragicomedia._

El género novelesco es, sin duda, cómico. No digamos que humorístico,

porque bajo el manto del humorismo se esconden muchas vanidades. Por lo

pronto, se trata simplemente de aprovechar la significación poética que

hay en la caída violenta del cuerpo trágico, vencido por la fuerza de

inercia, por la realidad. Cuando se ha insistido sobre el realismo de la

novela, debiera haberse notado que en dicho realismo algo más que

realidad se encerraba, algo que permitía a esta alcanzar un vigor de

poetización que le es tan ajeno. Entonces se hubiera patentizado que no

está en la realidad yacente lo poético del realismo, sino en la fuerza

atractiva que ejerce sobre los aerolitos ideales.

La línea superior de la novela es una tragedia; de allí se descuelga la

musa siguiendo a lo trágico en su caída. La línea trágica es inevitable,

tiene que formar parte de la novela, siquiera sea como el perfil

sutilísimo que la limita. Por esto, yo creo que conviene atenerse al

nombre buscado por Fernando de Rojas para su «Celestina»: tragicomedia.

La novela es tragicomedia. Acaso en la Celestina hace crisis la

evolución de este género, conquistando una madurez que permite en el

«Quijote» la plena expansión.

Claro está que la línea trágica puede engrosar sobremanera y hasta

ocupar en el volumen novelesco tanto espacio y valor como la materia

cómica. Caben aquí todos los grados y oscilaciones.

En la novela como síntesis de tragedia y comedia se ha realizado el

extraño deseo que, sin comentario alguno, deja escapar una vez Platón.

Es allá en el Banquete, de madrugada. Los comensales rendidos por el

jugo dionisiaco, yacen dormitando en confuso desorden. Aristodemos

despierta vagamente, «cuando ya cantan los gallos»; le parece ver que

sólo Sócrates, Agatón y Aristófanes siguen vigilantes. Cree oir que

están trabados en un difícil diálogo, donde Sócrates sostiene frente a

Agatón, el joven autor de tragedias, y Aristófanes, el cómico, que no

dos hombres distintos, sino uno mismo debía ser el poeta de la tragedia

y el de la comedia.

Esto no ha recibido explicación satisfactoria, mas siempre al leerlo he

sospechado que Platón, alma llena de gérmenes, ponía aquí la simiente de

la novela. Prolongando el ademán que Sócrates hace desde el _Symposion_

en la lívida claridad del amanecer, parece como que topamos con Don

Quijote, el héroe y el orate.

_20._

_Flaubert, Cervantes, Darwin._

La infecundidad de lo que ha solido llamarse patriotismo en el

pensamiento español, se manifiesta en que los hechos españoles

positivamente grandes no han sido bastante estudiados. El entusiasmo se

gasta en alabanzas estériles de lo que no es loable y no puede

emplearse, con la energía suficiente, allí donde hace más falta.

Falta el libro donde se demuestre al detalle que toda novela lleva

dentro, como una íntima filigrana, el Quijote, de la misma manera que

todo poema épico lleva, como el fruto el hueso, la Iliada.

Flaubert no siente empacho en proclamarlo: «Je retrouve--dice--mes

origines dans le livre que je savais par cœur avant de savoir lire, don

Quichotte»[24]. Madame Bovary es un Don Quijote con faldas y un mínimo

de tragedia sobre el alma. Es la lectora de novelas románticas y

representante de los ideales burgueses que se han cernido sobre Europa

durante medio siglo. ¡Míseros ideales! ¡Democracia burguesa,

romanticismo positivista!

Flaubert se da perfecta cuenta de que el arte novelesco es un género de

intención crítica y cómico nervio: «Je tourne beaucoup a la

crítique--escribe al tiempo que compone la _Bovary_--; _le roman que

j’écris m’aiguise cette faculté, car c’est une œuvre surtout de critique

ou plutot d’anatomie_.»[25] Y en otro lugar: «Ah! ce qui manque á la

societé moderne ce n’est pas un Christ, ni un Washington, ni un Socrate,

ni un Voltaire, _c’est un Aristophane_.»[26]

Yo creo que en achaques de realismo no ha de parecer Flaubert sospechoso

y que será aceptado como testigo de mayor excepción.

Si la novela contemporánea pone menos al descubierto su mecanismo

cómico, débese a que los ideales por ella atacados apenas se distancian

de la realidad con que se los combate. La tirantez es muy débil: el

ideal _cae_ desde poquísima altura. Por esta razón puede augurarse que

la novela del siglo XIX será ilegible muy pronto: contiene la menor

cantidad posible de dinamismo poético. Ya hoy nos sorprendemos cuando

al _caer_ en nuestras manos un libro de Daudet o de Maupassant, no

encontramos en nosotros el placer que hace quince años sentíamos. Al

paso que la tensión del Quijote promete no gastarse nunca.

El ideal del siglo XIX era el realismo. «Hechos, sólo hechos»--clama el

personaje dickensiano de _Tiempos difíciles_. El _como_, no el _por

qué_, el hecho, no la idea--predica Augusto Comte. Madame Bovary respira

el mismo aire que Mr. Homais--una atmósfera comtista. Flaubert lee la

_Filosofía positiva_ en tanto va escribiendo su novela: «est un

ouvrage--dice--profondément farce; il faut seulement lire, pour s’en

convaincre, l’introduction qui en est le résumé; il y a, pour quelqu’un

qui voudrait faire des charges au théâtre _dans le goût

aristophanesque_, sur les théories sociales, des californies de

rires»[27].

La realidad es de tan feroz genio que no tolera el ideal ni aun cuando

es ella misma la idealizada. Y el siglo XIX no satisfecho con levantar a

forma heróica la negación de todo heroísmo, no contento con proclamar la

idea de lo positivo, vuelve a hacer pasar este mismo afan bajo las

horcas caudinas de la asperísima realidad. Una frase escapa a Flaubert

sobradamente característica: «on me croit épris du réel, tandis que je

l’exécre; car c’est en haine du réalisme que j’ai entrepris ce

roman.»[28]

Meditaciones del Quijote · 第 7 / 8 段