La antigua poética entendía por géneros literarios ciertas reglas de

creación a que el poeta había de ajustarse, vacíos esquemas, estructuras

formales dentro de quienes la musa, como una abeja dócil, deponía su

miel. En este sentido no hablo yo de géneros literarios. La forma y el

fondo son inseparables y el fondo poético fluye libérrimamente sin que

quepa imponerle normas abstractas.

Pero, no obstante, hay que distinguir entre fondo y forma: no son una

misma cosa. Flaubert decía: la forma sale del fondo como el calor del

fuego. La metáfora es exacta. Más exacto aún sería decir que la forma es

el órgano y el fondo la función que lo va creando. Pues bien, los

géneros literarios son las funciones poéticas, direcciones en que

gravita la generación estética.

La propensión moderna a negar la distinción entre el fondo o tema y la

forma o aparato expresivo de aquél, me parece tan trivial como su

escolástica separación. Se trata, en realidad, de la misma diferencia

que existe entre una dirección y un camino. Tomar una dirección no es lo

mismo que haber caminado hasta la meta que nos propusimos. La piedra que

se lanza lleva en sí predispuesta la curva de su aérea excursión. Esta

curva viene a ser como la explicación, desarrollo y cumplimiento del

impulso original.

Así es la tragedia la expansión de un cierto tema poético fundamental y

sólo de él, es la expansión de lo trágico. Hay, pues, en la forma lo

mismo que había en el fondo, pero en aquélla está manifiesto,

articulado, desenvuelto lo que en éste se hallaba con el carácter de

tendencia o pura intención. De aquí proviene la inseparabilidad entre

ambos, como que son dos momentos distintos de una misma cosa.

Entiendo, pues, por géneros literarios, a la inversa que la poética

antigua, ciertos temas radicales, irreductibles entre sí, verdaderas

categorías estéticas. La epopeya, por ejemplo, no es el nombre de una

forma poética sino de un fondo poético sustantivo que en el progreso de

su expansión o manifestación llega a la plenitud. La lírica no es un

idioma convencional al que puede traducirse lo ya dicho en idioma

dramático o novelesco, sino, a la vez, una cierta cosa a decir y la

manera única de decirlo plenamente.

De uno u otro modo, es siempre el hombre el tema esencial del arte. Y

los géneros entendidos como temas estéticos irreductibles entre sí,

igualmente necesarios y últimos, son amplias vistas que se toman sobre

las vertientes cardinales de lo humano. Cada época trae consigo una

interpretación radical del hombre. Mejor dicho, no la trae consigo sino

que cada época es eso. Por esto, cada época prefiere un determinado

género.

_2._

_Novelas ejemplares._

Durante la segunda mitad del siglo XIX, las gentes de Europa se

satisfacían leyendo novelas.

No hay duda de que cuando el transcurso del tiempo haya cribado bien

los hechos innumerables que compusieron esa época, quedará como un

fenómeno ejemplar y representativo el triunfo de la novela.

Sin embargo, ¿es asunto claro qué deba entenderse en la palabra novela?

Cervantes llamó «Novelas ejemplares» a ciertas producciones menores

suyas. ¿No ofrece dificultades la comprensión de este título?

Lo de «ejemplares» no es tan extraño: esa sospecha de moralidad que el

más profano de nuestros escritores vierte sobre sus cuentos, pertenece a

la heroica hipocresía ejercitada por los hombres superiores del siglo

XVII. Este siglo en que rinde sus cosechas áureas la gran siembra

espiritual del Renacimiento, no halla empacho en aceptar la

contrareforma y acude a los colegios de jesuitas. Es el siglo en que

Galileo, después de instaurar la nueva física, no encuentra

inconveniente en desdecirse cuando la iglesia romana le impone su áspera

mano dogmática. Es el siglo en que Descartes, apenas descubre el

principio de su método, que va a hacer de la teología _ancilla

philosophiae_, corre a Loreto para agradecer a nuestra Señora la ventura

de tal descubrimiento. Este siglo de católicos triunfos no es tan mala

sazón que no puedan llegar, por vez primera, a levantarse en él los

grandes sistemas racionalistas, formidables barbacanas erectas contra la

fe. Vaya este recuerdo para los que, con envidiable simplismo, cargan

sobre la Inquisición toda la culpa de que España no haya sido más

meditabunda.

Pero volvamos al título de novelas que da Cervantes a su colección. Yo

hallo en ésta dos series muy distintas de composiciones, sin que sea

decir que no interviene en la una algo del espíritu de la otra. Lo

importante es que prevalezca inequívocamente una intención artística

distinta en ambas series, que gravite en ellas hacia diversos centros la

generación poética. ¿Cómo es posible introducir dentro de un mismo

género _El amante liberal_, _La española inglesa_, _La fuerza de la

sangre_, _Las dos doncellas_, de un lado, y _Rinconete_ y _El celoso

extremeño_ de otro? Marquemos en pocas palabras la diferencia: en la

primera serie nos son referidos casos de amor y fortuna. Son hijos que,

arrancados al árbol familiar, quedan sometidos a imprevistas andanzas;

son mancebos que, arrebatados por un vendaval erótico, cruzan

vertiginosos el horizonte como astros errantes y encendidos; son

damiselas transidas y andariegas que dan hondos suspiros en los cuartos

de las ventas y hablan en compás ciceroniano de su virginidad

maltrecha. A lo mejor, en una de tales ventas viene a anudarse tres o

cuatro de estos hilos incandescentes tendidos por el azar y la pasión

entre otras tantas parejas de corazones: con grande estupor del ambiente

venteril sobrevienen entonces las más extraordinarias anagnórisis y

coincidencias. Todo lo que en estas novelas se nos cuenta, es

inverosimil y el interés que su lectura nos proporciona nace de su

inverosimilitud misma. El _Persiles_, que es como una larga novela

ejemplar de este tipo, nos garantiza que Cervantes quiso la

inverosimilitud como tal inverosimilitud. Y el hecho de que cerrara con

este libro su ciclo de creación, nos invita a no simplificar demasiado

las cosas.

Ello es que los temas referidos por Cervantes en parte de sus novelas,

son los mismos venerables temas inventados por la imaginación aria,

muchos, muchos siglos hace. Tantos siglos hace, que los hallaremos

preformados en los mitos originales de Grecia y del Asia occidental.

¿Creéis que debemos llamar «novela» al género literario que comprende

esta primera serie cervantina? No hay inconveniente; pero haciendo

constar que este género literario consiste en la narración de sucesos

inverosímiles, inventados, irreales.

Cosa bien distinta parece intentada en la otra serie de que podemos

hacer representante a _Rinconete y Cortadillo_. Aquí apenas si pasa

nada; nuestros ánimos no se sienten solicitados por dinámicos

apasionamientos ni se apresuran de un párrafo al siguiente para

descubrir el sesgo que toman los asuntos. Si se avanza un paso es con el

fin de tomar nuevo descanso y extender la mirada en derredor. Ahora se

busca una serie de visiones estáticas y minuciosas. Los personajes y los

actos de ellos andan tan lejos de ser insólitos e increíbles que ni

siquiera llegan a ser interesantes. No se me diga que los mozalbetes

pícaros Rincón y Cortado; que las revueltas damas Gananciosa y

Cariharta; que el rufian Repolido, etc., poseen en sí mismos atractivo

alguno. Al ir leyendo, con efecto, nos percatamos de que no son ellos

sino la representación que el autor nos da de ellos, quien logra

interesarnos. Más aún: si no nos fueran indiferentes de puro conocidos y

usuales, la obra conduciría nuestra emoción estética por muy otros

caminos. La insignificancia, la indiferencia, la verosimilitud de estas

criaturas, son aquí esenciales.

El contraste con la intención artística que manifiesta la serie anterior

no puede ser más grande. Allí eran los personajes mismos y sus andanzas

mismas motivo de la fruición estética: el escritor podía reducir al

mínimo su intervención. Aquí, por el contrario, sólo nos interesa el

modo cómo el autor deja reflejarse en su retina las vulgares fisonomías

de que nos habla. No faltó a Cervantes clara conciencia de esta

diversidad cuando escribe en el _Coloquio de los Perros_:

«Quiérote advertir de una cosa, de la cual verás la experiencia cuando

te cuente los sucesos de mi vida, y es que los cuentos, unos encierran y

tienen la gracia en ellos mismos; otros, en el modo de contarlos; quiero

decir, que algunos hay, que aunque se cuenten sin preámbulos y

ornamentos de palabras, dan contento; otros hay, que es menester

vestirlos de palabras, y con demostraciones del rostro y de las manos, y

con mudar la voz se hacen algo de nonada, y de flojos y desmayados se

vuelven agudos y gustosos.»

¿Qué es, pués, novela?

_3._

_Épica._

Una cosa es, por lo pronto, muy clara: lo que el lector de la pasada

centuria buscaba tras el título «novela» no tiene nada que ver con lo

que la edad antigua buscaba en la épica. Hacer de ésta derivarse

aquélla, es cerrarnos el camino para comprender las vicisitudes del

género novelesco, dado que por tal entendamos principalmente la

evolución literaria que vino a madurar en la novela del siglo XIX.

Novela y épica son justamente lo contrario. El tema de la épica es el

pasado como tal pasado: háblasenos en ella de un mundo que fué y

concluyó, de una edad mítica cuya antigüedad no es del mismo modo un

pretérito que lo es cualquier tiempo histórico remoto. Cierto que la

piedad local fué tendiendo unos hilos ténues entre los hombres y dioses

homéricos y los ciudadanos del presente; pero esta red de tradiciones

genealógicas no logra hacer viable la distancia absoluta que existe

entre el _ayer_ mítico y el hoy real. Por muchos _ayer_ reales que

interpolemos, el orbe habitado por los Aquiles y los Agamemnon no tiene

comunicación con nuestra existencia y no podemos llegar a ellos paso a

paso, desandando el camino hacia atrás que el tiempo abrió hacia

adelante. El pasado épico no es _nuestro_ pasado. Nuestro pasado no

repugna que lo consideremos como habiendo sido presente alguna vez. Mas

el pasado épico huye de todo presente, y cuando queremos con la

reminiscencia llegarnos hasta él, se aleja de nosotros galopando como

los caballos de Diómedes, y mantiene una eterna, idéntica distancia. No

es, no, el pasado del recuerdo, sino un pasado ideal.

Si el poeta pide a la _Mneme_, a la Memoria, que le haga saber los

dolores aqueos, no acude a su memoria subjetiva, sino a una fuerza

cósmica de recordar que supone latiendo en el universo. La _Mneme_ no es

la reminiscencia del individuo sino un poder elemental.

Esta esencial lejanía de lo legendario libra a los objetos épicos de la

corrupción. La misma causa que nos impide acercarlos demasiado a

nosotros y proporcionarles una excesiva juventud--la de lo presente--,

conserva sus cuerpos inmunes a la obra de la vejez. Y el eterno frescor

y la sobria fragancia perenne de los cantos homéricos, más bien que una

tenaz juventud, significan la incapacidad de envejecer. Porque la vejez

no lo sería si se detuviera. Las cosas se hacen viejas porque cada hora,

al transcurrir, las aleja más de nosotros, y esto indefinidamente. Lo

viejo es cada vez más viejo. Aquiles, empero, está a igual distancia de

nosotros que de Platón.

_4._

_Poesía del pasado._

Conviene hacer almoneda de los juicios que mereció Homero a la filología

de hace cien años. Homero no es la ingenuidad, ni es un temperamento de

alborada. Nadie ignora hoy que la _Iliada_, por lo menos, nuestra

_Iliada_, no ha sido nunca entendida por el pueblo. Es decir, que fué

desde luego una obra arcaizante. El rapsoda compone en un lenguaje

convencional que le sonaba a él mismo como algo viejo, sacramental y

rudo. Las costumbres que presta a los personajes son también de vetusta

aspereza.

¿Quién lo diría? Homero, un arcaizante!: la infancia de la poesía

consistiendo en una ficción arqueológica! ¿Quién lo diría? Y no se trata

meramente de que en la épica haya arcaísmo, sino de que la épica es

arcaísmo, y esencialmente no es sino arcaísmo. El tema de la épica es el

pasado ideal, la absoluta antigüedad, decíamos. Ahora añadimos que el

arcaísmo es la forma literaria de la épica, el instrumento de

poetización.

Esto me parece de una importancia suma para que veamos claro el sentido

de la novela. Después de Homero fueron necesarios a Grecia muchos siglos

hasta aceptar lo actual como posibilidad poética. En rigor no lo aceptó

nunca _ex abundantia cordis_. Poético estrictamente era para Grecia sólo

lo antiguo, mejor aún, lo primario en el orden del tiempo. No lo antiguo

del romanticismo, que se parece demasiado a lo antiguo de los

chamarileros y ejerce una atracción morbosa, suscitando pervertidas

complacencias por lo que tiene de ruinoso, de carcomido, de fermentado,

de caduco. Todas estas cosas moribundas contienen sólo una belleza

refleja, y no son ellas, sino las nubes de emoción que su aspecto en

nosotros levanta fuente de poesía. Mas para el griego fué belleza un

atributo íntimo de las cosas esenciales: lo accidental y momentáneo le

parecía exento de ella. Tuvieron un sentido racionalista de la

estética[13] que les impedía separar el valor poético de la dignidad

metafísica. Bello juzgaban lo que contiene en sí el origen y la norma,

la causa y el módulo de los fenómenos. Y este universo cerrado del mito

épico está compuesto exclusivamente de objetos esenciales y ejemplares

que fueron realidad cuando este mundo nuestro no había comenzado aun a

existir.

Del orbe épico al que nos rodea no había comunicación, compuerta ni

resquicio. Toda esta vida nuestra con su hoy y con su ayer pertenece a

una segunda etapa de la vida cósmica. Formamos parte de una realidad

sucedánea y decaída: los hombres que nos rodean no lo son en el mismo

sentido que Ulises y Héctor. Hasta el punto que no sabemos bien si

Ulises y Héctor son hombres o son dioses. Los dioses estaban entonces

más al nivel de los hombres, porque éstos eran divinos. ¿Dónde acaba el

dios y empieza el hombre para Homero? El problema revela la decadencia

de nuestro mundo. Las figuras épicas corresponden a una fauna

desaparecida, cuyo carácter es precisamente la indiferencia entre el

dios y el hombre, por lo menos la contigüidad entre ambas especies. De

aquél se llega a éste, sin más peldaño que el desliz de una diosa o la

brama de un dios.

En suma, para los griegos son plenamente poéticas sólo las cosas que

fueron primero, no por ser antiguas sino por ser las más antiguas, por

contener en sí los principios y las causas[14]. El _stock_ de mitos que

constituían a la vez la religión, la física y la historia tradicionales,

encierra todo el material poético del arte griego en su buena época. El

poeta tiene que partir de él, y dentro de él moverse, aunque sea--como

los trágicos--para modificarlo. No cabe en la mente de estos hombres que

pueda inventarse un objeto poético, como no cabría en la nuestra que se

fantaseara una ley mecánica. Con esto queda marcada la limitación de la

épica y del arte griego en general, ya que hasta su hora de decadencia

no logra éste desprenderse del útero mítico.

Homero cree que las cosas acontecieron como sus hexámetros nos refieren:

el auditorio lo creía también. Más aún: Homero no pretende contar nada

nuevo. Lo que él cuenta lo sabe ya el público, y Homero sabe que lo

sabe. Su operación no es propiamente creadora y huye de sorprender al

que escucha. Se trata simplemente de una labor artística, más aún que

poética, de una virtuosidad técnica. Yo no encuentro en la historia del

arte otra intención más parecida a la que llevaba el rapsoda, que la

resplandeciente en la puerta del baptisterio florentino labrada por

Ghiberti. No son los objetos representados lo que a éste preocupa, sino

que va movido por un loco placer de representar, de transcribir en

bronce figuras de hombres, de animales, de árboles, de rocas, de frutos.

Así Homero. La mansa fluencia de la épica ribera, la calma rítmica con

que por igual se atiende a lo grande y lo pequeño, sería absurda si

imaginásemos al poeta preocupado en la invención de su argumento. El

tema poético existe previamente de una vez para siempre: se trata sólo

de actualizarlo en los corazones, de traerlo a plenitud de presencia.

Por eso no hay absurdo en dedicar cuatro versos a la muerte de un héroe,

y no menos que dos al cerrar de una puerta. El ama de Telémaco

«salió del aposento; del anillo de plata tirando,

tras sí cerró la puerta, y afianzó en la correa el cerrojo.»

_5._

_El Rapsoda._

Los tópicos estéticos de nuestra época pueden ser causa de que

interpretemos mal esta fruición que en hacer ver los objetos bellos del

pretérito sentía el quieto y el dulce ciego de Jonia. Puede

ocurrírsenos, con efecto, llamarla realismo. ¡Terrible, incómoda

palabra! ¿Qué haría con ella un griego si la deslizáramos en su alma?

Para nosotros real es lo sensible, lo que ojos y oídos nos van volcando

dentro: hemos sido educados por una edad rencorosa que había laminado el

universo y hecho de él una superficie, una pura apariencia. Cuando

buscamos la realidad, buscamos las apariencias. Mas el griego entendía

por realidad todo lo contrario: real es lo esencial, lo profundo y

latente; no la apariencia, sino las fuentes vivas de toda la apariencia.

Plotino no pudo nunca determinarse a que le hicieran un retrato, porque

era esto, según él, legar al mundo la sombra de una sombra.

El poeta épico, con la batuta en la mano, se alza en medio de nosotros,

su faz ciega se orienta vagamente hacia donde se derrama una mayor

luminosidad; el sol es para él una mano de padre que palpa en la noche

las mejillas de un hijo; su cuerpo ha aprendido la torsión del

heliotropo y aspira a coincidir con la amplia caricia que pasa. Sus

labios se extremecen un poco, como las cuerdas de un instrumento que

alguien templa. ¿Cuál es su afán? Quisiera ponernos bien claras delante

las cosas que pasaron. Comienza a hablar. Pero no; esto no es hablar, es

recitar. Las palabras vienen sometidas a una disciplina, y parecen

desintegradas de la existencia trivial que llevaban en el hablar

ordinario. Como un aparato de ascensión, el hexámetro mantiene suspensos

en un aire imaginario los vocablos e impide que con los pies toquen en

la tierra. Esto es simbólico. Esto es lo que quiere el rapsoda:

arrancarnos de la realidad cuotidiana. Las frases son rituales, los

giros solemnes y un poco hieratizados, la gramática milenaria. De lo

actual toma sólo la flor: de cuando en cuando una comparación extraída

de los fenómenos cardinales, siempre idénticos, del cosmos--el mar, el

viento, las fieras, las aves--, inyecta en el bloque arcaico la savia de

actualidad estrictamente necesaria para que el pasado, como tal pasado,

se posesione de nosotros y desaloje el presente.

Tal es el ejercicio del rapsoda, tal su papel en el edificio de la obra

épica. A diferencia del poeta moderno, no vive aquejado por el ansia de

originalidad. Sabe que su canto no es suyo sólo. La conciencia étnica,

forjadora del mito, ha cumplido antes que él naciera, el trabajo

principal; ha creado los objetos bellos. Su papel queda reducido a la

escrupulosidad de un artífice.

_6._

_Helena y Madama Bovary._

Yo no comprendo cómo un español, maestro de griego, ha podido decir que

facilita la inteligencia de la _Iliada_ imaginar la lucha entre los

mozos de dos pueblos castellanos por el dominio de una garrida aldeana.

Comprendo que a propósito de _Madame Bovary_ se nos indicara que

dirigiésemos nuestra atención hacia el tipo de una provinciana

practicante del adulterio. Esto sería oportuno; el novelista consume su

tarea cuando ha logrado presentarnos en concreto lo que en abstracto

conocíamos ya[15]. Al cerrar el libro, decimos: «Así son, en efecto, las

provincianas adúlteras. Y estos comicios agrícolas son, en verdad, unos

comicios agrícolas.» Con tal resultado hemos satisfecho al novelista.

Pero leyendo la _Iliada_ no se nos ocurre congratular a Homero, porque

su Aquiles es efectivamente un buen Aquiles, un perfecto Aquiles, y una

Helena inconfundible su Helena. Las figuras épicas no son representantes

de tipos, sino criaturas únicas. Sólo un Aquiles ha existido y una sola

Helena; sólo una guerra al margen del Scamandros. Si en la distraída

mujer de Menelao creyéramos ver una moza cualquiera, requerida de amores

enemigos, Homero habría fracasado. Porque su misión era muy

circunscrita--no libre como la de Ghiberti o Flaubert,--nos ha de hacer

ver esta Helena y este Aquiles, los cuales, por ventura, no se parecen a

los humanos que solemos hallar por los trivios.

La épica es primero invención de seres únicos, de naturalezas

«heroicas»: la centenaria fantasía popular se encarga de esta primera

operación. La épica es luego realización, evocación plena de aquellos

seres: esta es la faena del rapsoda.

Con este largo rodeo hemos ganado, creo yo, alguna claridad, desde la

cual nos sea patente el sentido de la novela. Porque en ella encontramos

la contraposición al género épico. Si el tema de éste es el pasado, como

tal pasado, el de la novela es la actualidad como tal actualidad. Si las

figuras épicas son inventadas, si son naturalezas únicas e

incomparables, que por sí mismas tienen valor poético, los personajes de

la novela son típicos y extrapoéticos; tómanse, no del mito, que es ya

un elemento o atmósfera estética y creadora, sino de la calle, del mundo

físico, del contorno real vivido por el autor y por el lector. Una

tercera claridad hemos logrado: el arte literario no es toda la poesía,

sino sólo una actividad poética secundaria. El arte es la técnica, es el

mecanismo de realización. Este mecanismo podrá y deberá en ocasiones ser

realista; pero no forzosamente y en todos los casos. La apetencia de

realismo, característica de nuestro tiempo, no puede levantarse al rango

de una norma. Nosotros queremos la ilusión de la apariencia, pero otras

edades han tenido otras predilecciones. Presumir que la especie humana

ha querido y querrá siempre lo mismo que nosotros, sería una vanidad.

No; dilatemos bien a lo ancho nuestro corazón para que coja en él todo

aquello humano que nos es ajeno. Prefiramos sobre la tierra una indócil

diversidad a una monótona coincidencia.

_7._

_El mito, fermento de la historia._

La perspectiva épica que consiste, según hemos visto, en mirar los

sucesos del mundo desde ciertos mitos cardinales, como desde cimas

supernas, no muere con Grecia. Llega hasta nosotros. No morirá nunca.

Cuando las gentes dejan de creer en la realidad cosmogónica e histórica

de sus narraciones ha pasado, es cierto, el buen tiempo de la raza

helénica. Mas descargados los motivos épicos, las simientes míticas de

todo valor dogmático no sólo perduran como espléndidos fantasmas

insustituíbles, sino que ganan en agilidad y poder plástico. Hacinados

en la memoria literaria, escondidos en el subsuelo de la reminiscencia

popular, constituyen una levadura poética de incalculable energía.

Acercad la historia verídica de un rey, de Antioco, por ejemplo, o de

Alejandro, a estas materias incandescentes. La historia verídica

comenzará a arder por los cuatro costados: lo normal y consuetudinario

que en ella había perecerá indefectiblemente consumido. Después del

incendio os quedará ante los ojos atónitos, refulgiendo como un

diamante, la historia maravillosa de un mágico Apolonio[16], de un

milagroso Alejandro. Esta historia maravillosa, claro es que no es

historia: se la ha llamado novela. De este modo ha podido hablarse de la

novela griega.

Ahora resulta patente el equívoco que en esta palabra existe. La novela

griega no es más que historia corrompida, divinamente corrompida por el

mito, o bien, como el viaje al país de los Arímaspes, geografía

fantástica, recuerdos de viajes que el mito ha desconyuntado, y luego, a

su sabor, recompuesto. Al mismo género pertenece toda la literatura de

imaginación, todo eso que se llama cuento, balada, leyenda y libros de

caballerías. Siempre se trata de un cierto material histórico que el

mito ha dislocado y reabsorbido.

Meditaciones del Quijote · 第 5 / 8 段