etimológico, donde se alude a coger, apresar--el concepto será el
verdadero instrumento u órgano de la percepción y apresamiento de las
cosas.
Agota, pues, su misión y su esencia, con ser no una nueva cosa, sino un
órgano o aparato _para_ la posesión de las cosas.
Muy lejos nos sentimos hoy del dogma hegeliano, que hace del pensamiento
sustancia última de toda realidad. Es demasiado ancho el mundo y
demasiado rico para que asuma el pensamiento la responsabilidad de
cuanto en él ocurre. Pero al destronar la razón, cuidemos de ponerla en
su lugar. No todo es pensamiento, pero sin él no poseemos nada con
plenitud.
Esta es la adehala que sobre la impresión nos ofrece el concepto; cada
concepto es literalmente un órgano con que captamos las cosas. Sólo la
visión mediante el concepto es una visión completa; la sensación nos da
sólo la materia difusa y plasmable de cada objeto; nos da la impresión
de las cosas, no las cosas.
_11._
_Cultura.--Seguridad._
Sólo cuando algo ha sido pensado, cae debajo de nuestro poder. Y sólo
cuando están sometidas las cosas elementales, podemos adelantarnos hacia
las más complejas.
Toda progresión de dominio y aumento de territorios morales, supone la
tranquila, definitiva posesión de otros donde nos apoyemos. Si nada es
seguro bajo nuestras plantas, fracasarán todas las conquistas
superiores.
Por esto una cultura impresionista está condenada a no ser una cultura
progresiva. Vivirá de modo discontinuo, podrá ofrecer grandes figuras y
obras aisladas a lo largo del tiempo, pero todas retenidas en el mismo
plano. Cada genial impresionista vuelve a tomar el mundo de la nada, no
allí donde otro genial antecesor lo dejó.
¿No es esta la historia de la cultura española? Todo genio español ha
vuelto a partir del caos, como si nada hubiera sido antes. Es innegable
que a esto se debe el carácter bronco, originario, áspero de nuestros
grandes artistas y hombres de acción. Sería incomprensivo desdeñar esta
virtud, sería necio, tan necio como creer que con esa virtud basta, que
esa virtud es toda la virtud.
Nuestros grandes hombres se caracterizan por una psicología de adanes.
Goya es Adan--un primer hombre.
El espíritu de sus cuadros--cambiando la indumentaria y lo más externo
de la técnica--sería transferible al siglo X después de Jesucristo, y
aun al siglo X antes de Jesucristo. Encerrado en la cueva de Altamira,
Goya hubiera sido el pintor de los _uros_ o toros salvajes. Hombre sin
edad, ni historia, Goya representa--como acaso España--una forma
paradógica de la cultura: la cultura salvaje, la cultura sin ayer, sin
progresión, sin seguridad; la cultura en perpetua lucha con lo
elemental, disputando todos los días la posesión del terreno que ocupan
sus plantas. En suma, cultura fronteriza[10].
No se dé a estas palabras ningún sentido estimativo. Yo no pretendo
decir ahora que la cultura española valga menos ni más que otra. No se
trata de avalorar, sino de comprender lo español. Desertemos de la vana
ocupación ditirámbica con que los eruditos han tratado los hechos
españoles. Ensayemos fórmulas de comprensión e inteligencia; no
sentenciemos, no tasemos. Sólo así podrá llegar un día en que sea
fecunda la afirmación de españolismo.
El caso Goya ilumina perfectamente lo que ahora intento decir. Nuestra
emoción--me refiero a la emoción de quien sea capaz de emociones
sinceras y hondas--es acaso fuerte y punzante ante sus lienzos, pero no
es segura. Un día nos arrebata en su frenético dinamismo, y otro día
nos irrita con su caprichosidad y falta de sentido. Es siempre
problemático lo que vierte el atroz aragonés en nuestros corazones.
Pudiera ocurrir que esta indocilidad fuera el síntoma de todo lo
definitivamente grande. Pudiera ocurrir todo lo contrario. Pero es un
hecho que los productos mejores de nuestra cultura contienen un
equívoco, una peculiar inseguridad.
En cambio, la preocupación que, como un nuevo temblor, comienza a
levantarse en los pechos de Grecia para extenderse luego sobre las
gentes del continente europeo, es la preocupación por la seguridad, la
firmeza--τὸ ασφαλής--[11]. Cultura--meditan, prueban, cantan, predican,
sueñan los hombres de ojos negros en Jonia, en Ática, en Sicilia, en la
magna Grecia--es lo firme frente a lo vacilante, es lo fijo frente a lo
huidero, es lo claro frente a lo oscuro. Cultura no es la vida toda,
sino sólo el momento de seguridad, de firmeza, de claridad. E inventan
el concepto como instrumento, no para sustituir la espontaneidad vital,
sino para asegurarla.
_12._
_La luz como imperativo._
Una vez reducida a su punto la misión del concepto, una vez manifiesto
que no podrá nunca darnos la carne del universo, no corro el riesgo de
parecer demasiado intelectualista si cerceno levemente lo dicho más
arriba sobre las varias suertes de claridad. Hay ciertamente una
peculiar manera de ser claras las superficies y otra de ser claro lo
profundo. Hay claridad de impresión y claridad de meditación.
Sin embargo, ya que se nos presenta la cuestión en tono de polémica, ya
que con la supuesta claridad latina se quiere negar la claridad
germánica no puedo menos de confesar todo mi pensamiento.
Mi pensamiento--¡y no sólo mi pensamiento!--tiende a recoger en una
fuerte integración toda la herencia familiar. Mi alma es oriunda de
padres conocidos: yo no soy sólo mediterráneo. No estoy dispuesto a
confinarme en el rincón ibero de mí mismo. Necesito toda la herencia
para que mi corazón no se sienta miserable. Toda la herencia y no sólo
el haz de áureos reflejos que vierte el sol sobre la larga turquesa
marina. Vuelcan mis pupilas dentro de mi alma las visiones luminosas;
pero del fondo de ella se levantan a la vez enérgicas meditaciones.
¿Quién ha puesto en mi pecho estas reminiscencias sonoras, donde--como
en un caracol--perviven las voces íntimas que da el viento en los senos
de las selvas germánicas? ¿Por qué el español se obstina en vivir
anacrónicamente consigo mismo? ¿Por qué se olvida de su herencia
germánica? Sin ella--no haya duda--padecería un destino equívoco. Detrás
de las facciones mediterráneas parece esconderse el gesto asiático o
africano, y en éste--en los ojos, en los labios asiáticos o
africanos--yace como sólo adormecida la bestia infrahumana, presta a
invadir la entera fisonomía.
Y hay en mí una sustancial, cósmica aspiración a levantarme de la fiera
como de un lecho sangriento.
No me obliguéis a ser sólo español si español sólo significa para
vosotros hombre de la costa reverberante. No metáis en mis entrañas
guerras civiles: no azucéis al ibero que va en mí con sus ásperas,
hirsutas pasiones contra el blondo germano, meditativo y sentimental,
que alienta en la zona crepuscular de mi alma. Yo aspiro a poner paz
entre mis hombres interiores y los empujo hacia una colaboración.
Para esto es necesario una jerarquía. Y entre las dos claridades es
menester que hagamos la una eminente.
Claridad significa tranquila posesión espiritual, dominio suficiente de
nuestra conciencia sobre las imágenes, un no padecer inquietud ante la
amenaza de que el objeto apresado nos huya.
Pues bien; esta claridad nos es dada por el concepto. Esta claridad,
esta seguridad, esta plenitud de posesión transcienden a nosotros
de las obras continentales y suelen faltar en el arte, en la
ciencia, en la política españolas. Toda labor de cultura es una
interpretación--esclarecimiento, explicación o exégesis--de la vida. La
vida es el texto eterno, la retama ardiendo al borde del camino donde
Dios da sus voces. La cultura--arte o ciencia o política--es el
comentario, es aquel modo de la vida en que, refractándose esta dentro
de sí misma, adquiere pulimento y ordenación. Por esto no puede nunca la
obra de cultura conservar el carácter problemático anejo a todo lo
simplemente vital. Para dominar el indócil torrente de la vida medita el
sabio, tiembla el poeta y levanta la barbacana de su voluntad el héroe
político. ¡Bueno fuera que el producto de todas estas solicitudes no
llevara a más que a duplicar el problema del universo! No, no; el hombre
tiene una misión de claridad sobre la tierra. Esta misión no le ha sido
revelada por un Dios ni le es impuesta desde fuera por nadie ni por
nada. La lleva dentro de sí, es la raíz misma de su constitución. Dentro
de su pecho se levanta perpetuamente una inmensa ambición de
claridad--como Goethe, haciéndose un lugar en la hilera de las altas
cimas humanas, cantaba:
Yo me declaro del linaje de esos
Que de lo oscuro hacia lo claro aspiran.
Y a la hora de morir, en la plenitud de un día, cara a la primavera
inminente, lanza en un clamor postrero un último deseo--la última saeta
del viejo arquero ejemplar:
¡Luz, más luz!
Claridad no es vida, pero es la plenitud de la vida.
¿Cómo conquistarla sin el auxilio del concepto? Claridad dentro de la
vida, luz derramada sobre las cosas es el concepto. Nada más. Nada
menos.
Cada nuevo concepto es un nuevo órgano que se abre en nosotros sobre una
porción del mundo, tácita antes e invisible. El que os da una idea os
aumenta la vida y dilata la realidad en torno vuestro. Literalmente
exacta es la opinión platónica de que no miramos con los ojos, sino al
través o por medio de los ojos; miramos con los conceptos[12]. _Idea_ en
Platón quería decir punto de vista.
Por el contrario, la superfetación de lo problemático, de lo oscuro de
la vida hace de la religión una forma insuficiente de la cultura. Frente
a lo problemático de la vida la cultura representa el tesoro de los
principios. Podremos disputar sobre cuáles sean los principios
suficientes para resolver aquel problema; pero sean cualesquiera,
tendrán que ser principios. Y para poder ser algo principio tiene que
comenzar por no ser a su vez problema. Ahora bien, los principios
religiosos son problemáticos en grado superior a la vida misma que
tratan de esclarecer y sustentar. Al fin y al cabo, la vida se nos
presenta como un problema; pero como un problema, soluble, o cuando
menos, no insoluble. La religión nos propone que lo expliquemos por
medio de misterios--es decir--de problemas formalmente insolubles. El
misterio nos lleva de lo oscuro a lo tenebroso. El misterio es la
lujuria de la oscuridad.
_13._
_Integración._
La obra de arte no tiene menos que las restantes formas del espíritu,
esta misión esclarecedora, si se quiere _luciferina_. Un estilo
artístico que no contenga la clave de la interpretación de sí mismo, que
consista en una mera reacción de una parte de la vida--el corazón
individual--al resto de ella producirá sólo valores equívocos. Hay en
los grandes estilos como un ambiente estelar o de alta sierra en que la
vida se refracta vencida y superada, transida de claridad. El artista no
se ha limitado a dar versos como flores en Marzo el almendro; se ha
levantado sobre sí mismo, sobre su espontaneidad vital; se ha cernido en
majestuosos giros aguileños sobre su propio corazón y la existencia en
derredor. Al través de sus ritmos, de sus armonías de color y de línea,
de sus percepciones y sus sentimientos descubrimos en él un fuerte
poder de reflexión, de meditación. Bajo las formas más diversas, todo
grande estilo encierra un fulgor de mediodía y es serenidad vertida
sobre las borrascas.
Esto ha solido faltar en nuestras producciones castizas. Nos encontramos
ante ellas como ante la vida. ¡He ahí su grande virtud!--se dice. ¡He
ahí su grave defecto!--respondo yo. Para vida, para espontaneidad, para
dolores y tinieblas me bastan con los míos, con los que ruedan por mis
venas; me basto yo con mi carne y mis huesos y la gota de fuego sin
llama de mi conciencia puesta sobre mi carne y sobre mis huesos. Ahora
necesito claridad, necesito sobre mi vida un amanecer. Y estas obras
castizas son meramente una ampliación de mi carne y de mis huesos y un
horrible incendio que repite el de mi ánimo. Son como yo, y yo voy
buscando algo que sea más que yo--más seguro que yo.
Representamos en el mapa moral de Europa el extremo predominio de la
impresión. El concepto no ha sido nunca nuestro elemento. No hay duda
que seríamos infieles a nuestro destino si abandonáramos la enérgica
afirmación de impresionismo yacente en nuestro pasado. Yo no propongo
ningún abandono, sino todo lo contrario: una integración.
Tradición castiza no puede significar, en su mejor sentido, otra cosa
que lugar de apoyo para las vacilaciones individuales--una tierra firme
para el espíritu. Esto es lo que no podrá nunca ser nuestra cultura si
no afirma y organiza su sensualismo en el cultivo de la meditación.
El caso del _Quijote_ es, en este como en todo orden, verdaderamente
representativo. ¿Habrá un libro más profundo que esta humilde novela de
aire burlesco? Y, sin embargo, ¿qué es el _Quijote_? ¿Sabemos bien lo
que de la vida aspira a sugerirnos? Las breves iluminaciones que sobre
él han caído proceden de almas extranjeras: Schelling, Heine,
Turgeñef... Claridades momentáneas e insuficientes. Para esos hombres
era el _Quijote_ una divina curiosidad: no era, como para nosotros, el
problema de su destino.
Seamos sinceros: el _Quijote_ es un equívoco. Todos los ditirambos de la
elocuencia nacional no han servido de nada. Todas las rebuscas eruditas
en torno a la vida de Cervantes no han aclarado ni un rincón del colosal
equívoco. ¿Se burla Cervantes? ¿Y de qué se burla? De lejos, sólo en la
abierta llanada manchega la larga figura de Don Quijote se encorva como
un signo de interrogación: y es como un guardián del secreto español,
del equívoco de la cultura española. ¿De qué se burla este pobre
alcabalero desde el fondo de una cárcel? ¿Y qué cosa es burlarse? ¿Es
burla forzosamente una negación?
No existe libro alguno cuyo poder de alusiones simbólicas al sentido
universal de la vida sea tan grande, y, sin embargo, no existe libro
alguno en que hallemos menos anticipaciones, menos indicios para su
propia interpretación. Por esto, confrontado con Cervantes, parece
Shakespeare un ideólogo. Nunca falta en Shakespeare como un contrapunto
reflexivo, una sutil línea de conceptos en que la comprensión se apoya.
Unas palabras de Hebbel, el gran dramaturgo alemán del pasado siglo,
aclaran lo que intento ahora expresar: «Me he solido dar siempre cuenta
en mis trabajos--dice--de un cierto fondo de ideas: se me ha acusado de
que partiendo de él formaba yo mis obras; pero esto no es exacto. Ese
fondo de ideas ha de entenderse como una cadena de montañas que cerrara
el paisaje.» Algo así creo yo que hay en Shakespeare: una línea de
conceptos puestos en el último plano de la inspiración como pauta
delicadísima donde nuestros ojos se orientan mientras atravesamos su
fantástica selva de poesía. Más o menos, Shakespeare se explica siempre
a sí mismo.
¿Ocurre esto en Cervantes? ¿No es, acaso, lo que se quiere indicar
cuando se le llama realista, su retención dentro de las puras
impresiones y su apartamiento de toda fórmula general e ideológica? ¿No
es, tal vez, esto el don supremo de Cervantes?
Es, por lo menos, dudoso que haya otros libros españoles verdaderamente
profundos. Razón de más para que concentremos en el _Quijote_ la magna
pregunta: Dios mío, ¿qué es España? En la anchura del orbe, en medio de
las razas innumerables, perdida entre el ayer ilimitado y el mañana sin
fin, bajo la frialdad inmensa y cósmica del parpadeo astral, ¿qué es
esta España, este promontorio espiritual de Europa, ésta como proa del
alma continental?
¿Dónde está--decidme--una palabra clara, una sóla palabra radiante que
pueda satisfacer a un corazón honrado y a una mente delicada--una
palabra que alumbre el destino de España?
¡Desdichada la raza que no hace un alto en la encrucijada antes de
proseguir su ruta, que no se hace un problema de su propia intimidad;
que no siente la heroica necesidad de justificar su destino, de volcar
claridades sobre su misión en la historia!
El individuo no puede orientarse en el universo sino al través de su
raza, porque va sumido en ella como la gota en la nube viajera.
_14._
_Parábola._
Cuenta Parny que en su viaje polar avanzó un día entero en dirección
Norte, haciendo galopar valientemente los perros de su trineo. A la
noche verificó las observaciones para determinar la altura a que se
hallaba y, con gran sorpresa, notó que se encontraba mucho más al Sur
que de mañana. Durante todo el día se había afanado hacia el Norte
corriendo sobre un inmenso témpano a quien una corriente oceánica
arrastraba hacia el Sur.
_15._
_La crítica como patriotismo._
Lo que hace problema a un problema es contener una contradicción real.
Nada, en mi opinión, nos importa hoy tanto como aguzar nuestra
sensibilidad para el problema de la cultura española, es decir, sentir a
España como contradicción. Quien sea incapaz de esto, quien no perciba
el equívoco subterráneo sobre que pisan nuestras plantas, nos servirá de
muy poco.
Conviene que nuestra meditación penetre hasta la última capa de
conciencia étnica, que someta a análisis sus últimos tejidos, que revise
todos los supuestos nacionales sin aceptar supersticiosamente ninguno.
Dicen que toda la sangre puramente griega que queda hoy en el mundo,
cabría en un vaso de vino. ¿Cuán difícil no será encontrar una gota de
pura sangre helénica? Pues bien, yo creo que es mucho más difícil
encontrar ni hoy ni en otro tiempo verdaderos españoles. De ninguna
especie existen acaso ejemplares menos numerosos.
Hay, es cierto, quienes piensan de otra suerte. Nace la discrepancia de
que, usada tan a menudo, la palabra «español» corre el riesgo de no ser
entendida en toda su dignidad. Olvidamos que es, en definitiva, cada
raza un ensayo de una nueva manera de vivir, de una nueva sensibilidad.
Cuando la raza consigue desenvolver plenamente sus energías peculiares,
el orbe se enriquece de un modo incalculable: la nueva sensibilidad
suscita nuevos usos e instituciones, nueva arquitectura y nueva poesía,
nuevas ciencias y nuevas aspiraciones, nuevos sentimientos y nueva
religión. Por el contrario, cuando una raza fracasa, toda esta posible
novedad y aumento quedan irremediablemente nonnatos porque la
sensibilidad que los crea es intransferible. Un pueblo es un estilo de
vida, y como tal, consiste en cierta modulación simple y diferencial que
va organizando la materia en torno. Causas exteriores desvían a lo mejor
de su ideal trayectoria este movimiento de organización creadora en que
se va desarrollando el estilo de un pueblo y el resultado es el más
monstruoso y lamentable que cabe imaginar. Cada paso de avance en ese
proceso de desviación soterra y oprime más la intención original, la va
envolviendo en una costra muerta de productos fracasados, torpes,
insuficientes. Cada día es ese pueblo menos lo que tenía que haber sido.
Como este es el caso de España, tiene que parecernos perverso un
patriotismo sin perspectiva, sin jerarquías, que acepta como español
cuanto ha tenido a bien producirse en nuestras tierras, confundiendo las
más ineptas degeneraciones con lo que es a España esencial.
¿No es un cruel sarcasmo que luego de tres siglos y medio de descarriado
vagar, se nos proponga seguir la tradición nacional? ¡La tradición! La
realidad tradicional en España ha consistido precisamente en el
aniquilamiento progresivo de la posibilidad España. No, no podemos
seguir la tradición. Español significa para mí una altísima promesa que
sólo en casos de extrema rareza ha sido cumplida. No, no podemos seguir
la tradición; todo lo contrario; tenemos que ir contra la tradición, más
allá de la tradición. De entre los escombros tradicionales, nos urge
salvar la primaria sustancia de la raza, el módulo hispánico, aquel
simple temblor español ante el caos. Lo que suele llamarse España no es
eso, sino justamente el fracaso de eso. En un grande, doloroso incendio
habríamos de quemar la inerte apariencia tradicional, la España que ha
sido, y luego, entre las cenizas bien cribadas, hallaremos como una gema
iridiscente, la España que pudo ser.
Para ello será necesario que nos libertemos de la superstición del
pasado, que no nos dejemos seducir por él como si España estuviese
inscrita en su pretérito. Los marinos mediterráneos averiguaron que sólo
un medio había para salvarse del canto mortal que hacen las sirenas y
era cantarlo del revés. Así los que amen hoy las posibilidades españolas
tienen que cantar a la inversa la leyenda de la historia de España, a
fin de llegar a su través hasta aquella media docena de lugares donde
la pobre víscera cordial de nuestra raza da sus puros e intensos
latidos.
Una de estas experiencias esenciales es Cervantes, acaso la mayor. He
aquí una plenitud española. He aquí una palabra que en toda ocasión
podemos blandir como si fuera una lanza. ¡Ah! Si supiéramos con
evidencia en qué consiste el estilo de Cervantes, la manera cervantina
de acercarse a las cosas, lo tendríamos todo logrado. Porque en estas
cimas espirituales reina inquebrantable solidaridad y un estilo poético
lleva consigo una filosofía y una moral, una ciencia y una política. Si
algún día viniera alguien y nos descubriera el perfil del estilo de
Cervantes, bastaría con que prolongáramos sus líneas sobre los demás
problemas colectivos para que despertáramos a nueva vida. Entonces, si
hay entre nosotros coraje y genio, cabría hacer con toda pureza el nuevo
ensayo español.
Mas en tanto que ese alguien llega, contentémonos con vagas
indicaciones, más fervorosas que exactas, procurando mantenernos a una
distancia respetuosa de la intimidad del gran novelista; no vaya a ser
que por acercarnos demasiado digamos alguna cosa poco delicada o
extravagante. Tal aconteció en mi entender al más famoso maestro de
literatura española, cuando hace no muchos años pretendió resumir a
Cervantes diciendo que su característica era... el buen sentido. Nada
hay tan peligroso como tomarse estas confianzas con un semi-dios--aunque
este sea un semi-dios alcabalero.
* * * * *
Tales fueron los pensamientos de una tarde de primavera en el boscaje
que ciñe el monasterio del Escorial, nuestra gran piedra lírica. Ellos
me llevaron a la resolución de escribir estos ensayos sobre el
«Quijote».
El azul crepuscular había inundado todo el paisaje. Las voces de los
pájaros yacían dormidas en sus menudas gargantas. Al alejarme de las
aguas que corrían, entré en una zona de absoluto silencio. Y mi corazón
salió entonces del fondo de las cosas, como un actor se adelanta en la
escena para decir las últimas palabras dramáticas. Paf... paf... Comenzó
el rítmico martilleo y por él se filtró en mi ánimo una emoción
telúrica. En lo alto, un lucero latía al mismo compás, como si fuera un
corazón sideral, hermano gemelo del mío y como el mío lleno de asombro y
de ternura por lo maravilloso que es el mundo.
MEDITACIÓN
PRIMERA
(_BREVE TRATADO DE LA NOVELA_)
Vamos, primero, a pensar un poco sobre lo que parece más externo del
Quijote. Se dice de él que es una novela; se añade, acaso con razón, que
es la primera novela en el orden del tiempo y del valor. No pocas de las
satisfacciones que halla en su lectura el lector contemporáneo, proceden
de lo que hay en el Quijote común con un género de obras literarias,
predilecto de nuestro tiempo. Al resbalar la mirada por las viejas
páginas, encuentra un tono de modernidad que aproxima certeramente el
libro venerable a nuestros corazones: lo sentimos, de nuestra más
profunda sensibilidad, por lo menos tan cerca como a Balzac, Dickens,
Flaubert, Dostoyewsky, labradores de la novela contemporánea.
Pero ¿qué es una novela?
Acaso anda fuera de la moda disertar sobre la esencia de los géneros
literarios. Tiénese el asunto por retórico. Hay quien niega hasta la
existencia de géneros literarios.
No obstante, nosotros, fugitivos de las modas y resueltos a vivir entre
gentes apresuradas con una calma faraónica, vamos a preguntarnos: ¿qué
es una novela?
_1._
_Géneros literarios._