destinos, igualmente respetables y necesarios, que el mundo contiene.
Existen cosas que, puestas de manifiesto, sucumben o pierden su valor y,
en cambio, ocultas o preteridas llegan a su plenitud. Hay quien
alcanzaría la plena expansión de sí mismo ocupando un lugar secundario y
el afán de situarse en primer plano aniquila toda su virtud. En una
novela contemporánea se habla de cierto muchacho poco inteligente, pero
dotado de exquisita sensibilidad moral, que se consuela de ocupar en las
clases escolares el último puesto, pensando: «¡Al fin y al cabo, alguno
tiene que ser el último!». Es esta una observación fina y capaz de
orientarnos. Tanta nobleza puede haber en ser postrero como en ser
primero, porque ultimidad y primacía son magistraturas que el mundo
necesita igualmente, la una para la otra.
Algunos hombres se niegan a reconocer la profundidad de algo porque
exigen de lo profundo que se manifieste como lo superficial. No
aceptando que haya varias especies de claridad, se atienen
exclusivamente a la peculiar claridad de las superficies. No advierten
que es a lo profundo esencial el ocultarse detrás de la superficie y
presentarse sólo al través de ella, latiendo bajo ella.
Desconocer que cada cosa tiene su propia condición y no la que nosotros
queremos exigirle es, a mi juicio, el verdadero pecado capital, que yo
llamo pecado cordial, por tomar su oriundez de la falta de amor. Nada
hay tan ilícito como empequeñecer el mundo por medio de nuestras manías
y cegueras, disminuir la realidad, suprimir imaginariamente pedazos de
lo que es.
Esto acontece cuando se pide a lo profundo que se presente de la misma
manera que lo superficial. No; hay cosas que presentan de sí mismas lo
estrictamente necesario para que nos percatemos de que ellas están
detrás ocultas.
Para hallar esto evidente no es menester recurrir a nada muy abstracto.
Todas las cosas profundas son de análoga condición. Los objetos
materiales, por ejemplo, que vemos y tocamos tienen una tercera
dimensión que constituye su profundidad, su interioridad. Sin embargo,
esta tercera dimensión ni la vemos ni la tocamos. Encontramos, es
cierto, en sus superficies alusiones a algo que yace dentro de ellas;
pero este dentro no puede nunca salir afuera y hacerse patente en la
misma forma que los haces del objeto. Vano será que comencemos a
seccionar en capas superficiales la tercera dimensión: por finos que los
cortes sean, siempre las capas tendrán algún grosor, es decir, alguna
profundidad, algún dentro invisible e intangible. Y si llegamos a
obtener capas tan delicadas que la vista penetre a su través, entonces
no veremos ni lo profundo ni la superficie, más una perfecta
transparencia, o lo que es lo mismo, nada. Pues de la misma suerte que
lo profundo necesita una superficie tras de que esconderse, necesita la
superficie o sobrehaz, para serlo, de algo sobre que se extienda y que
ella tape.
Es esta una perogrullada, mas no del todo inútil. Porque aún hay gentes
las cuales exigen que les hagamos ver todo tan claro como ven esta
naranja delante de sus ojos. Y es el caso que, si por ver se entiende,
como ellos entienden, una función meramente sensitiva, ni ellos ni nadie
ha visto jamás una naranja. Es ésta un cuerpo esférico, por tanto, con
anverso y reverso. ¿Pretenderán tener delante a la vez el anverso y el
reverso de la naranja? Con los ojos vemos una parte de la naranja, pero
el fruto entero no se nos da nunca en forma sensible; la mayor porción
del cuerpo de la naranja se halla latente a nuestras miradas.
No hay, pues, que recurrir a objetos sutiles y metafísicos para indicar
que poseen las cosas maneras diferentes de presentarse; pero cada cual
en su orden, igualmente claras. No es sólo lo que se ve lo claro. Con la
misma claridad se nos ofrece la tercera dimensión de un cuerpo que las
otras dos, y sin embargo, de no haber otro modo de ver que el pasivo de
la estricta visión, las cosas o ciertas cualidades de ellas no
existirían para nosotros.
_3._
_Arroyos y oropéndolas._
Es ahora el pensamiento un dialéctico fauno que persigue, como a una
ninfa fugaz, la esencia del bosque. El pensamiento siente una fruición
muy parecida a la amorosa cuando palpa el cuerpo desnudo de una idea.
Con haber reconocido en el bosque su naturaleza fugitiva, siempre
ausente, siempre oculta--un conjunto de posibilidades--, no tenemos
entera la idea del bosque. Si lo profundo y latente ha de existir para
nosotros, habrá de presentársenos y al presentársenos ha de ser en tal
forma que no pierda su calidad de profundidad y latencia.
Según decía, la profundidad padece el sino irrevocable de manifestarse
en caracteres superficiales. Veamos como lo realiza.
Este agua que corre a mis pies hace una blanda quejumbre al tropezar con
las guijas y forma un curvo brazo de cristal que ciñe la raíz de este
roble. En el roble ha entrado ahora poco una oropéndola como en un
palacio la hija de un rey. La oropéndola da un denso grito de su
garganta, tan musical que parece una esquirla arrancada al canto del
ruiseñor, un son breve y súbito que un instante llena por completo el
volumen perceptible del bosque. De la misma manera llena súbitamente el
volumen de nuestra conciencia un latido de dolor.
Tengo ahora delante de mí estos dos sonidos: pero no están ellos solos.
Son meramente líneas o puntos de sonoridad que destacan por su genuina
plenitud y su peculiar brillo sobre una muchedumbre de otros rumores y
sones con ellos entretejidos.
Si del canto de la oropéndola posada sobre mi cabeza y del son del agua
que fluye a mis pies, hago resbalar la atención a otros sonidos, me
encuentro de nuevo con un canto de oropéndola y un rumorear de agua que
se afana en su áspero cauce. Pero ¿qué acontece a estos nuevos sones?
Reconozco uno de ellos sin vacilar como el canto de una oropéndola, pero
le falta brillo, intensión: no da en el aire su puñalada de sonoridad
con la misma energía, no llena el ámbito de la manera que el otro, más
bien se desliza subrepticiamente, medrosamente. También reconozco el
nuevo clamor de fontana: pero ¡ay! da pena oirlo. ¿Es una fuente
valetudinaria? Es un sonido como el otro, pero más entrecortado, más
sollozante, menos rico de sones interiores, como apagado, como borroso:
a veces no tiene fuerza para llegar a mi oído: es un pobre rumor débil
que se cae en el camino.
Tal es la presencia de estos nuevos sonidos, tales son como meras
impresiones. Pero yo, al escucharlos, no me he detenido a
describir--según aquí he hecho--, su simple presencia. Sin necesidad de
deliberar, apenas los oigo los envuelvo en un acto de interpretación
ideal y los lanzo lejos de mí: los oigo como lejanos.
Si me limito a recibirlas pasivamente en mi audición, estas dos parejas
de sonidos son igualmente presentes y próximas. Pero la diferente
calidad sonora de ambas parejas me invita a que las distancie,
atribuyéndoles distinta calidad espacial. Soy yo, pues, por un acto mío,
quien las mantiene en una distensión virtual: si este acto faltara, la
distancia desaparecería y todo ocuparía indistintamente un sólo plano.
Resulta de aquí que es la lejanía una cualidad virtual de ciertas cosas
presentes, cualidad que sólo adquieren en virtud de un acto del sujeto.
El sonido no es lejano, lo hago yo lejano.
Análogas reflexiones cabe hacer sobre la lejanía visual de los árboles,
sobre las veredas que avanzan buscando el corazón del bosque. Toda esta
profundidad de lontananza existe en virtud de mi colaboración, nace de
una estructura de relaciones que mi mente interpone entre unas
sensaciones y otras.
Hay, pues, toda una parte de la realidad que se nos ofrece sin más
esfuerzo que abrir ojos y oídos--el mundo de las puras impresiones--.
Bien que le llamemos mundo patente. Pero hay un trasmundo constituído
por estructuras de impresiones, que si es latente con relación a aquél
no es, por ello, menos real. Necesitamos, es cierto, para que este mundo
superior exista ante nosotros, abrir algo más que los ojos, ejercitar
actos de mayor esfuerzo, pero la medida de este esfuerzo no quita ni
pone realidad a aquél. El mundo profundo es tan claro como el
superficial, sólo que exige más de nosotros.
_4._
_Trasmundos._
Este bosque benéfico que unge mi cuerpo de salud, ha proporcionado a mi
espíritu una grande enseñanza. Es un bosque magistral, viejo como deben
ser los maestros, sereno y múltiple. Además practica la pedagogía de la
alusión, única pedagogía delicada y fecunda. Quien quiera enseñarnos una
verdad que no nos la diga: simplemente que aluda a ella con un breve
gesto, gesto que inicie en el aire una ideal trayectoria, deslizándonos
por la cual lleguemos nosotros mismos hasta los pies de la nueva verdad.
Las verdades, una vez sabidas, adquieren una costra utilitaria; no nos
interesan ya como verdades sino como recetas útiles. Esa pura
iluminación subitánea que caracteriza a la verdad, tiénela ésta sólo en
el instante de su descubrimiento. Por esto su nombre griego,
_aletheia_--significó originariamente lo mismo que después la palabra
_apocalipsis_--, es decir, descubrimiento, revelación, propiamente
desvelación, quitar de un velo o cubridor. Quien quiera enseñarnos una
verdad, que nos situe de modo que la descubramos nosotros.
Me ha enseñado este bosque que hay un primer plano de realidades el cual
se impone a mí de una manera violenta; son los colores, los sonidos, el
placer y dolor sensibles. Ante él mi situación es pasiva. Pero tras esas
realidades aparecen otras, como en una sierra los perfiles de montañas
más altas cuando hemos llegado sobre los primeros contrafuertes.
Erigidos los unos sobre los otros, nuevos planos de realidad, cada vez
más profundos, más sugestivos, esperan que ascendamos a ellos, que
penetremos hasta ellos. Pero estas realidades superiores son más
pudorosas: no caen sobre nosotros como sobre presas. Al contrario, para
hacerse patentes nos ponen una condición: que queramos su existencia y
nos esforcemos hacia ellas. Viven, pues, en cierto modo apoyadas en
nuestra voluntad. La ciencia, el arte, la justicia, la cortesía, la
religión son órbitas de realidad que no invaden bárbaramente nuestra
persona como hace el hambre o el frío; sólo existen para quien tiene la
voluntad de ellas.
Cuando dice el hombre de mucha fe que ve a Dios en la campiña florecida
y en la faz combada de la noche--no se expresa más metafóricamente que
si hablara de haber visto una naranja. Si no hubiera más que un ver
pasivo quedaría el mundo reducido a un caos de puntos luminosos. Pero
hay sobre el pasivo ver un ver activo, que interpreta viendo y ve
interpretando, un ver que es mirar. Platón supo hallar para estas
visiones que son miradas una palabra divina: las llamó _ideas_. Pues
bien, la tercera dimensión de la naranja no es más que una idea y Dios
es la última dimensión de la campiña.
No hay en esto mayor cantidad de misticismo que cuando decimos estar
viendo un color desteñido. ¿Qué color vemos cuando vemos un color
desteñido? El azul que tenemos delante lo vemos _como_ habiendo sido
otro azul más intenso y este mirar el color actual con el pasado, a
través del que fué, es una visión activa que no existe para un espejo,
es una _idea_. La decadencia o desvaído de un color es una cualidad
nueva y virtual que le sobreviene, dotándole de una como profundidad
temporal. Sin necesidad del discurso, en una visión única y momentánea
descubrimos el color y su historia, su hora de esplendor y su presente
ruina. Y algo en nosotros repite, de una manera instantánea, ese mismo
movimiento de caída, de mengua; ello es que ante un color desteñido
hallamos en nosotros como una pesadumbre.
La dimensión de profundidad, sea espacial o de tiempo, sea visual o
auditiva, se presenta siempre en una superficie. De suerte que esta
superficie posee en rigor dos valores: el uno cuando la tomamos como lo
que es materialmente; el otro cuando la vemos en su segunda vida
virtual. En el último caso la superficie, sin dejar de serlo, se dilata
en un sentido profundo. Esto es lo que llamamos escorzo.
El escorzo es el órgano de la profundidad visual; en él hallamos un caso
límite donde la simple visión está fundida con un acto puramente
intelectual.
_5._
_Restauración y erudición._
En torno mío abre sus hondos flancos el bosque. En mi mano está un
libro: _Don Quijote_, una selva ideal.
He aquí otro caso de profundidad: la de un libro, la de este libro
máximo. _Don Quijote_ es el libro-escorzo por excelencia.
Ha habido una época de la vida española en que no se quería reconocer la
profundidad del _Quijote_. Esta época queda recogida en la historia con
el nombre de Restauración. Durante ella llegó el corazón de España a dar
el menor número de latidos por minuto.
Permítaseme reproducir aquí unas palabras sobre este instante de nuestra
existencia colectiva, dichas en otra ocasión:
«¿Qué es la Restauración? Según Cánovas, la continuación de la historia
de España. ¡Mal año para la historia de España si legítimamente valiera
la Restauración como su secuencia! Afortunadamente es todo lo contrario.
La Restauración significa la detención de la vida nacional. No había
habido en los españoles durante los primeros cincuenta años del siglo
XIX complejidad, reflexión, plenitud de intelecto, pero había habido
coraje, esfuerzo, dinamismo. Si se quemara los discursos y los libros
compuestos en ese medio siglo y fueran sustituídos por las biografías de
sus autores, saldríamos ganando ciento por uno. Riego y Narváez, por
ejemplo, son como pensadores ¡la verdad! un par de desventuras; pero son
como seres vivos dos altas llamaradas de esfuerzo.
Hacia el año 1854--que es donde en lo soterraño se inicia la
Restauración--, comienzan a apagarse sobre este haz triste de España los
esplendores de aquel incendio de energías; los dinamismos van viniendo
luego a tierra como proyectiles que han cumplido su parábola; la vida
española se repliega sobre sí misma, se hace hueco de sí misma. Este
vivir el hueco de la propia vida fué la Restauración.
En pueblos de ánimo más completo y armónico que el nuestro, puede a una
época de dinamismo suceder fecundamente una época de tranquilidad, de
quietud, de éxtasis. El intelecto es el encargado de suscitar y
organizar los intereses tranquilos y estáticos, como son el buen
gobierno, la economía, el aumento de los medios, de la técnica. Pero ha
sido la característica de nuestro pueblo haber brillado más como
esforzado que como inteligente.
Vida española, digámoslo lealmente, vida española, hasta ahora, ha sido
posible sólo como dinamismo.
Cuando nuestra nación deja de ser dinámica, cae de golpe en un hondísimo
letargo y no ejerce más función vital que la de soñar que vive.
Así parece como que en la Restauración nada falta. Hay allí grandes
estadistas, grandes pensadores, grandes generales, grandes partidos,
grandes aprestos, grandes luchas: nuestro ejército en Tetuán combate con
los moros lo mismo que en tiempo de Gonzalo de Córdoba; en busca del
Norte enemigo hienden la espalda del mar nuestras carenas, como en
tiempos de Felipe II; Pereda es Hurtado de Mendoza y en Echegaray retoña
Calderón. Pero todo esto acontece dentro de la órbita de un sueño; es la
imágen de una vida donde sólo hay de real el acto que la imagina.
La Restauración, señores, fué un panorama de fantasmas, y Cánovas el
gran empresario de la fantasmagoría»[1].
¿Cómo es posible, cómo es posible que se contente todo un pueblo con
semejantes valores falsos? En el orden de la cantidad, es la unidad de
medida lo mínimo; en el orden de los valores, son los valores máximos la
unidad de medida. Sólo comparándolas con lo más estimable, quedan
justamente estimadas las cosas. Conforme se van suprimiendo en la
perspectiva de los valores los verdaderamente más altos, se alzan con
esta dignidad los que les siguen. El corazón del hombre no tolera el
vacío de lo excelente y supremo. Con palabras diversas viene a decir lo
mismo el refrán viejo: «En tierra de ciegos, el tuerto es rey.» Los
rangos van siendo ocupados de manera automática por cosas y personas
cada vez menos compatibles con ellos.
Perdióse en la Restauración la sensibilidad para todo lo verdaderamente
fuerte, excelso, plenario y profundo. Se embotó el órgano encargado de
temblar ante la genialidad transeúnte. Fué, como Nietzsche diría, una
etapa de perversión en los instintos valoradores. Lo grande no se sentía
como grande; lo puro no sobrecogía los corazones; la calidad de
perfección y excelsitud era invisible para aquellos hombres, como un
rayo ultravioleta. Y fatalmente lo mediocre y liviano pareció aumentar
su densidad. Las motas se hincharon como cerros y Núñez de Arce pareció
un poeta.
Estúdiese la crítica literaria de la época; léase con detención a
Menéndez Pelayo, a Valera, y se advertirá esta falta de perspectiva. De
buena fe aquellos hombres aplaudían la mediocridad porque no tuvieron la
experiencia de lo profundo[2]. Digo experiencia, porque lo genial no es
una expresión ditirámbica; es un hallazgo experimental, un fenómeno de
experiencia religiosa. Schleiermacher encuentra la esencia de lo
religioso en el sentimiento de pura y simple dependencia. El hombre, al
ponerse en aguda intimidad consigo mismo, se siente flotar en el
universo sin dominio alguno sobre sí ni sobre lo demás; se siente
dependiendo absolutamente de algo--llámese a este algo como se quiera.
Pues bien; la mente sana queda, a lo mejor, sobrecogida en sus lecturas
o en la vida por la sensación de una _absoluta_ superioridad--quiero
decir, halla una obra, un carácter de quien los límites trascienden por
todos lados la órbita de nuestra dominación comprensiva. El síntoma de
los valores máximos es la ilimitación[3].
En estas circunstancias, ¿cómo esperar que se pusiera a Cervantes en su
lugar? Allá fué el libro divino mezclado eruditamente con nuestros
frailecicos místicos, con nuestros dramaturgos torrenciales, con
nuestros líricos, desiertos sin flores.
Sin duda; la profundidad del _Quijote_, como toda profundidad, dista
mucho de ser palmaria. Del mismo modo que hay un ver que es un mirar,
hay un leer que es un _intelligere_ o leer lo de dentro, un leer
pensativo. Sólo ante éste se presenta el sentido profundo del _Quijote_.
Mas acaso, en una hora de sinceridad, hubieran coincidido todos los
hombres representativos de la Restauración en definir el pensar con
estas palabras: pensar, es buscarle tres pies al gato.
_6._
_Cultura mediterránea._
Las impresiones forman un tapiz superficial, donde parecen desembocar
caminos ideales que conducen hacia otra realidad más honda. La
meditación es el movimiento en que abandonamos las superficies, como
costas de tierra firme, y nos sentimos lanzados a un elemento más tenue,
donde no hay puntos materiales de apoyo. Avanzamos atenidos a nosotros
mismos, manteniéndonos en suspensión merced al propio esfuerzo dentro de
un orbe etéreo habitado por formas ingrávidas. Una viva sospecha nos
acompaña de que a la menor vacilación por nuestra parte, todo aquello
se vendría abajo y nosotros con ello. Cuando meditamos, tiene que
sostenerse el ánimo a toda tensión; es un esfuerzo doloroso e integral.
En la meditación, nos vamos abriendo un camino entre masas de
pensamientos; separamos unos de otros los conceptos, hacemos penetrar
nuestra mirada por el imperceptible intersticio que queda entre los más
próximos, y una vez puesto cada uno en su lugar, dejamos tendidos
resortes ideales que les impidan confundirse de nuevo. Así, podemos ir y
venir a nuestro sabor por los paisajes de las ideas que nos presentan
claros y radiantes sus perfiles.
Pero hay quien es incapaz de realizar este esfuerzo; hay quien, puesto a
bogar en la región de las ideas, es acometido de un intelectual mareo.
Ciérrale el paso un tropel de conceptos fundidos los unos con los otros.
No halla salida por parte alguna; no ve sino una densa confusión en
torno, una niebla muda y opresora.
Cuando yo era muchacho, leía, transido de fe, los libros de Menéndez
Pelayo. En estos libros se habla con frecuencia de las «nieblas
germánicas», frente a las cuales sitúa el autor «la claridad latina». Yo
me sentía, de una parte, profundamente halagado; de otra, me nacía una
compasión grande hacia estos pobres hombres del Norte, condenados a
llevar dentro una niebla.
No dejaba de maravillarme la paciencia con que millones de hombres,
durante miles de años, arrastraban su triste sino, al parecer sin quejas
y hasta con algún contentamiento.
Más tarde he podido averiguar que se trata simplemente de una
inexactitud, como otras tantas con que se viene envenenando a nuestra
raza sin ventura. No hay tales «nieblas germánicas», ni mucho menos tal
«claridad latina». Hay sólo dos palabras que, si significan algo
concreto, significan un interesado error.
Existe, efectivamente, una diferencia esencial entre la cultura
germánica y la latina; aquélla es la cultura de las realidades
profundas, y ésta la cultura de las superficies. En rigor, pues, dos
dimensiones distintas de la cultura europea integral. Pero no existe
entre ambas una diferencia de claridad.
Sin embargo, antes de ensayar la sustitución de esta antítesis:
claridad-confusión, por esta otra: superficie-profundidad, es necesario
cegar la fuente del error.
El error procede de lo que quisiéramos entender bajo las palabras
«cultura latina».
Se trata de una ilusión dorada que nos anda por dentro y con la cual
queremos consolarnos--franceses, italianos y españoles--, en las horas
de menoscabo. Tenemos la debilidad de creernos hijos de los dioses; el
latinismo es un acueducto genealógico que tendemos entre nuestras venas
y los riñones de Zeus. Nuestra latinidad es un pretexto y una
hipocresía; Roma, en el fondo, nos trae sin cuidado. Las siete colinas
son las localidades más cómodas que podemos tomar para descubrir a lo
lejos el glorioso esplendor puesto sobre el mar Egeo, el centro de las
divinas irradiaciones: Grecia. Esta es nuestra ilusión: nos creemos
herederos del espíritu helénico.
Hasta hace cincuenta años solía hablarse indistintamente de Grecia y
Roma como de los dos pueblos clásicos. De entonces acá, la filología ha
caminado mucho: ha aprendido a separar delicadamente lo puro y esencial,
de las imitaciones y mezclas bárbaras.
Cada día que pasa, afirma Grecia más enérgicamente su posición _hors
ligne_ en la historia del mundo. Este privilegio se apoya en títulos
perfectamente concretos y definidos: Grecia ha inventado los temas
sustanciales de la cultura europea y la cultura europea es el
protagonista de la historia, mientras no exista otra superior.
Y cada nuevo avance en las investigaciones históricas separa más de
Grecia el mundo oriental, rebajando el influjo directo que sobre los
helenos parecía haber ejercido. Del otro lado, va haciéndose patente la
incapacidad del pueblo romano para inventar temas clásicos; no ha
colaborado con Grecia; en rigor, no llegó nunca a comprenderla. La
cultura de Roma es, en los órdenes superiores, totalmente refleja--un
Japón occidental. Sólo le quedaba el derecho, la musa ideadora de
instituciones, y ahora resulta que también el derecho lo había aprendido
de Grecia.
Una vez rota la cadena de tópicos que mantenía a Roma anclada en el
Pireo, las olas del mar Jónico, de inquietud tan afamada, la han ido
removiendo hasta soltarla en el Mediterráneo, como quien arroja de casa
a un intruso.
Y ahora vemos que Roma no es más que un pueblo mediterráneo.