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MEDITACIONES
DEL QUIJOTE
_MEDITACIONES_
POR
_JOSÉ ORTEGA Y GASSET_
I. MEDITACIONES DEL QUIJOTE.--MEDITACIÓN PRELIMINAR.--1.
MEDITACIÓN PRIMERA. (_Breve tratado de la novela_).
MEDITACIONES DEL QUIJOTE.--2. ¿CÓMO MIGUEL DE
CERVANTES SOLÍA VER EL MUNDO?--3. EL ALCIONISMO
DE CERVANTES.
_EN PRENSA_
II. AZORÍN: _Primores de lo vulgar_.
III. PIO BAROJA: _Anatomía de un alma dispersa_.
_EN PREPARACIÓN_
IV. LA ESTÉTICA DE _Myo Cid_.
V. ENSAYO SOBRE LA LIMITACIÓN.
VI. NUEVAS VIDAS PARALELAS: GOETHE Y LOPE DE VEGA.
VII. MEDITACIÓN DE LAS DANZARINAS.
VIII. LAS POSTRIMERÍAS.
IX. EL PENSADOR DE ILLESCAS.
X. PAQUIRO, O DE LAS CORRIDAS DE TOROS.
_MEDITACIONES_
POR
_JOSÉ ORTEGA Y GASSET_
MEDITACIONES
DEL QUIJOTE
_MEDITACIÓN PRELIMINAR_
_MEDITACIÓN PRIMERA_
[Illustration: colofón]
PUBLICACIONES DE LA RESIDENCIA DE ESTUDIANTES
SERIE II.--VOL. I
MADRID
1914
Es propiedad.
Queda hecho el depósito que marca la ley.
* * * * *
Imprenta Clásica Española, Caños, 1 dup.º Teléfono 4430.--Madrid.
A
RAMIRO DE MAEZTU
CON UN GESTO FRATERNAL
LECTOR...
Bajo el título _Meditaciones_ anuncia este primer volumen unos ensayos
de varia lección y no muchas consecuencias, que va a publicar un
profesor de Filosofía _in partibus infidelium_. Versan unos--como esta
serie de _Meditaciones del Quijote_--, sobre temas de alto rumbo; otros
sobre temas más modestos, algunos sobre temas humildes--todos, directa o
indirectamente, acaban por referirse a las circunstancias españolas.
Estos ensayos son para el autor--como la cátedra, el periódico o la
política--, modos diversos de ejercitar una misma actividad, de dar
salida a un mismo afecto. No pretendo que esta actividad sea reconocida
como la más importante en el mundo; me considero ante mí mismo
justificado al advertir que es la única de que soy capaz. El afecto que
a ella me mueve es el más vivo que encuentro en mi corazón. Resucitando
el lindo nombre que usó Spinoza yo le llamaría _amor intellectualis_. Se
trata, pues, lector, de unos ensayos de amor intelectual.
Carecen por completo de valor informativo; no son tampoco epítomes--son
más bien lo que un humanista del siglo XVII hubiera denominado
«salvaciones». Se busca en ellos lo siguiente: dado un hecho--un hombre,
un libro, un cuadro, un paisaje, un error, un dolor--, llevarlo por el
camino más corto a la plenitud de su significado. Colocar las materias
de todo orden, que la vida, en su resaca perenne, arroja a nuestros pies
como restos inhábiles de un naufragio, en postura tal que dé en ellos el
sol innumerables reverberaciones.
Hay dentro de toda cosa la indicación de una posible plenitud. Un alma
abierta y noble sentirá la ambición de perfeccionarla, de auxiliarla
para que logre esa su plenitud. Esto es amor--el amor a la perfección de
lo amado.
Es frecuente en los cuadros de Rembrandt que un humilde lienzo blanco o
gris, un grosero utensilio de menaje se halle envuelto en una atmósfera
lumínica e irradiante que otros pintores vierten sólo en torno a las
testas de los santos. Y es como si nos dijera en delicada amonestación:
¡Santificadas sean las cosas! ¡Amadlas, amadlas! Cada cosa es un hada
que reviste de miseria y vulgaridad sus tesoros interiores y es una
virgen que ha de ser enamorada para hacerse fecunda.
La «salvación» no equivale a loa ni ditirambo; puede haber en ella
fuertes censuras. Lo importante es que el tema sea puesto en relación
inmediata con las corrientes elementales del espíritu, con los motivos
clásicos de la humana preocupación. Una vez entretejido con ellos queda
transfigurado, transubstanciado, salvado.
Va, en consecuencia, fluyendo bajo la tierra espiritual de estos
ensayos, riscosa a veces y áspera--con rumor ensordecido, blando, como
si temiera ser oída demasiado claramente--, una doctrina de amor.
Yo sospecho que, merced a causas desconocidas, la morada íntima de los
españoles fué tomada tiempo hace por el odio, que permanece allí
artillado, moviendo guerra al mundo. Ahora bien; el odio es un afecto
que conduce a la aniquilación de los valores. Cuando odiamos algo,
ponemos entre ello y nuestra intimidad un fiero resorte de acero que
impide la fusión, siquiera transitoria, de la cosa con nuestro espíritu.
Sólo existe para nosotros aquel punto de ella, donde nuestro resorte de
odio se fija; todo lo demás, o nos es desconocido, o lo vamos olvidando,
haciéndolo ajeno a nosotros. Cada instante va siendo el objeto menos, va
consumiéndose, perdiendo valor. De esta suerte se ha convertido para el
español el universo en una cosa rígida, seca, sórdida y desierta. Y
cruzan nuestras almas por la vida, haciéndole una agria mueca,
suspicaces y fugitivas como largos canes hambrientos. Entre las páginas
simbólicas de toda una edad española, habrá siempre que incluir aquellas
tremendas donde Mateo Alemán dibuja la alegoría del Descontento.
Por el contrario, el amor nos liga a las cosas, aun cuando sea
pasajeramente. Pregúntese el lector, ¿qué carácter nuevo sobreviene a
una cosa cuando se vierte sobre ella la calidad de amada? ¿Qué es lo que
sentimos cuando amamos una mujer, cuando amamos la ciencia, cuando
amamos la patria? Y antes que otra nota hallaremos ésta: aquello que
decimos amar se nos presenta como algo imprescindible. Lo amado es, por
lo pronto, lo que nos parece imprescindible. ¡Imprescindible! Es decir,
que no podemos vivir sin ello, que no podemos admitir una vida donde
nosotros existiéramos y lo amado no--que lo consideramos como una parte
de nosotros mismos. Hay, por consiguiente, en el amor una ampliación de
la individualidad que absorbe otras cosas dentro de ésta, que las funde
con nosotros. Tal ligamen y compenetración nos hace internarnos
profundamente en las propiedades de lo amado. Lo vemos entero, se nos
revela en todo su valor. Entonces advertimos que lo amado es, a su vez,
parte de otra cosa, que necesita de ella, que está ligado a ella.
Imprescindible para lo amado, se hace también imprescindible para
nosotros. De este modo va ligando el amor cosa a cosa y todo a nosotros,
en firme estructura esencial. Amor es un divino arquitecto que bajó al
mundo, según Platón, ὥστε τὀ πᾶν αὐτῶ ξυνδέδέσθα--«a fin de que todo en
el universo viva en conexión».
La inconexión es el aniquilamiento. El odio que fabrica inconexión, que
aisla y desliga, atomiza el orbe y pulveriza la individualidad. En el
mito caldeo de Izdubar-Nimrod, viéndose la diosa Ishtar, semi-Juno,
semi-Afrodita, desdeñada por éste, amenaza a Anu, dios del cielo, con
destruir todo lo creado sin más que suspender un instante las leyes del
amor que junta a los seres, sin más que poner un calderón en la sinfonía
del erotismo universal.
Los españoles ofrecemos a la vida un corazón blindado de rencor, y las
cosas, rebotando en él, son despedidas cruelmente. Hay en derredor
nuestro, desde hace siglos, un incesante y progresivo derrumbamiento de
los valores.
Pudiéramos decirnos lo que un poeta satírico del siglo XVII dice contra
Murtola, autor de un poema _Della creatione del mondo_.
Il creator di nulla fece il tutto,
Costui del tutto un nulla e in conclusione,
L’un fece il mondo e l’altro l’ha distrutto.
Yo quisiera proponer en estos ensayos a los lectores más jóvenes que yo,
únicos a quienes puedo, sin inmodestia, dirigirme personalmente, que
expulsen de sus ánimos todo hábito de odiosidad y aspiren fuertemente a
que el amor vuelva a administrar el universo.
Para intentar esto no hay en mi mano otro medio que presentarles
sinceramente el espectáculo de un hombre agitado por el vivo afán de
comprender. Entre las varias actividades de amor sólo hay una que pueda
yo pretender contagiar a los demás: el afán de comprensión. Y habría
henchido todas mis pretensiones si consiguiera tallar en aquella mínima
porción del alma española que se encuentra a mi alcance, algunas facetas
nuevas de sensibilidad ideal. Las cosas no nos interesan porque no
hallan en nosotros superficies favorables donde refractarse, y es
menester que multipliquemos los haces de nuestro espíritu a fin de que
temas innumerables lleguen a herirle.
Llámase en un diálogo platónico a este afán de comprensión ἐροτιχή
μανία, «locura de amor». Pero aunque no fuera la forma originaria, la
génesis y culminación de todo amor un ímpetu de comprender las cosas,
creo que es su síntoma forzoso. Yo desconfío del amor de un hombre a su
amigo o a su bandera cuando no le veo esforzarse en comprender al
enemigo o a la bandera hostil. Y he observado que, por lo menos, a
nosotros los españoles nos es más fácil enardecernos por un dogma moral
que abrir nuestro pecho a las exigencias de la veracidad. De mejor grado
entregamos definitivamente nuestro albedrío a una actitud moral rígida
que mantenemos siempre abierto nuestro juicio, presto en todo momento a
la reforma y corrección debidas. Diríase que abrazamos el imperativo
moral como un arma para simplificarnos la vida aniquilando porciones
inmensas del orbe. Con aguda mirada ya había Nietzsche descubierto en
ciertas actitudes morales formas y productos del rencor.
Nada que de éste provenga puede sernos simpático. El rencor es una
emanación de la conciencia de inferioridad. Es la supresión imaginaria
de quien no podemos con nuestras propias fuerzas realmente suprimir.
Lleva en nuestra fantasía aquel por quien sentimos rencor, el aspecto
lívido de un cadáver; lo hemos matado, aniquilado con la intención. Y
luego al hallarlo en la realidad firme y tranquilo, nos parece un muerto
indócil, más fuerte que nuestros poderes, cuya existencia significa la
burla personificada, el desdén viviente hacia nuestra débil condición.
Una manera más sabia de esta muerte anticipada que da a su enemigo el
rencoroso, consiste en dejarse penetrar de un dogma moral, donde
alcoholizados por cierta ficción de heroísmo, lleguemos a creer que el
enemigo no tiene ni un adarme de razón ni una tilde de derecho. Conocido
y simbólico es el caso de aquella batalla contra los marcomanos en que
echó Marco Aurelio por delante de sus soldados los leones del circo. Los
enemigos retrocedieron espantados. Pero su caudillo, dando una gran voz,
les dijo: «¡No temáis! ¡Son perros romanos!» Aquietados los temerosos se
revolvieron en victoriosa embestida. El amor combate también, no vegeta
en la paz turbia de los compromisos, pero combate a los leones como
leones y sólo llama perros a los que lo son.
Esta lucha con un enemigo a quien se comprende, es la verdadera
tolerancia, la actitud propia de toda alma robusta. ¿Por qué en nuestra
raza tan poco frecuente? José de Campos, aquel pensador del siglo XVIII,
cuyo libro más interesante ha descubierto Azorín, escribía: «Las
virtudes de condescendencia son escasas en los pueblos pobres». Es
decir, en los pueblos débiles.
* * * * *
Espero que al leer esto nadie derivará la consecuencia de serme
indiferente el ideal moral. Yo no desdeño la moralidad en beneficio de
un frívolo jugar con las ideas. Las doctrinas inmoralistas que hasta
ahora han llegado a mi conocimiento carecen de sentido común. Y a decir
verdad, yo no dedico mis esfuerzos a otra cosa que a ver si logro poseer
un poco de sentido común.
Pero, en reverencia del ideal moral, es preciso que combatamos sus
mayores enemigos que son las moralidades perversas. Y en mi entender--y
no sólo en el mío--, lo son todas las morales utilitarias. Y no limpia a
una moral del vicio utilitario dar un sesgo de rigidez a sus
prescripciones. Conviene que nos mantengamos en guardia contra la
rigidez, librea tradicional de las hipocresías. Es falso, es inhumano,
es inmoral, filiar en la rigidez los rasgos fisionómicos de la bondad.
En fin, no deja de ser utilitaria una moral porque ella no lo sea, si el
individuo que la adopta la maneja utilitariamente para hacerse más
cómoda y fácil la existencia.
Todo un linaje de los más soberanos espíritus viene pugnando siglo tras
siglo para que purifiquemos nuestro ideal ético, haciéndolo cada vez más
delicado y complejo, más cristalino y más íntimo. Gracias a ellos hemos
llegado a no confundir el bien con el material cumplimiento de normas
legales, una vez para siempre adoptadas, sino que, por el contrario,
sólo nos parece moral un ánimo que antes de cada nueva acción trata de
renovar el contacto inmediato con el valor ético en persona. Decidiendo
nuestros actos en virtud de recetas dogmáticas intermediarias, no puede
descender a ellos el carácter de bondad, exquisito y volátil como el más
quintesencial aroma. Este puede sólo verterse en ellos directamente de
la intuición viva y siempre como nueva de lo perfecto. Por lo tanto,
será inmoral toda moral que no impere entre sus deberes el deber
primario de hallarnos dispuestos constantemente a la reforma, corrección
y aumento del ideal ético. Toda ética que ordene la reclusión perpetua
de nuestro albedrío dentro de un sistema cerrado de valoraciones, es
_ipso facto_ perversa. Como en las constituciones civiles que se llaman
«abiertas», ha de existir en ella un principio que mueva a la ampliación
y enriquecimiento de la experiencia moral. Porque es el bien, como la
naturaleza, un paisaje inmenso donde el hombre avanza en secular
exploración. Con elevada conciencia de esto, Flaubert escribía una vez:
«El ideal sólo es fecundo»--entiéndase moralmente fecundo--, «cuando se
hace entrar todo en él. Es un trabajo de amor y no de exclusión».
No se opone, pues, en mi alma, la comprensión a la moral. Se opone a la
moral perversa la moral integral para quien es la comprensión un claro y
primario deber. Merced a él crece indefinidamente nuestro radio de
cordialidad, y, en consecuencia, nuestras probabilidades de ser justos.
Hay en el afán de comprender concentrada toda una actitud religiosa. Y
por mi parte he de confesar que, a la mañana, cuando me levanto, recito
una brevísima plegaria, vieja de miles de años, un versillo del
Rig-Veda, que contiene estas pocas palabras aladas: «¡Señor,
despiértanos alegres y danos conocimiento!» Preparado así me interno en
las horas luminosas o dolientes que trae el día.
* * * * *
¿Es, por ventura, demasiado oneroso este imperativo de la comprensión?
¿No es, acaso, lo menos que podemos hacer en servicio de algo,
comprenderlo? ¿Y quién, que sea leal consigo mismo, estará seguro de
hacer lo más sin haber pasado por lo menos?
* * * * *
En este sentido considero que es la filosofía la ciencia general del
amor: dentro del globo intelectual representa el mayor ímpetu hacia una
omnímoda conexión. Tanto que se hace en ella patente un matiz de
diferencia entre el comprender y el mero saber. ¡Sabemos tantas cosas
que no comprendemos! Toda la sabiduría de hechos es, en rigor,
incomprensiva, y sólo puede justificarse entrando al servicio de una
teoría.
La filosofía es idealmente lo contrario de la noticia, de la erudición.
Lejos de mí desdeñar ésta: fué, sin duda, el saber noticioso un modo de
la ciencia. Tuvo su hora. Allá en tiempos de Justo Lipsio, de Huet o de
Casaubon, no había encontrado el conocimiento filológico métodos seguros
para descubrir en las masas torrenciales de hechos históricos la unidad
de su sentido. No podía ser la investigación directamente investigación
de la unidad oculta en los fenómenos. No había otro remedio que dar una
cita casual en la memoria de un individuo al mayor cúmulo posible de
noticias. Dotándolas así de una unidad externa--la unidad que hoy
llamamos «cajón de sastre»--, podía esperarse que entraran unas con
otras en espontáneas asociaciones, de las cuales saliera alguna luz.
Esta unidad de los hechos, no en sí mismos, sino en la cabeza de un
sujeto, es la erudición. Volver a ella en nuestra edad, equivaldría a
una regresión de la filología, como si la química tornara a la alquimia
o la medicina a la magia. Poco a poco se van haciendo más raros los
meros eruditos, y pronto asistiremos a la desaparición de los últimos
mandarines.
Ocupa, pues, la erudición el extrarradio de la ciencia, porque se limita
a acumular hechos, mientras la filosofía constituye su aspiración
céntrica, porque es la pura síntesis. En la acumulación, los datos son
sólo colegidos, y formando un montón, afirma cada cual su independencia,
su inconexión. En la síntesis de hechos, por el contrario, desaparecen
éstos como un alimento bien asimilado y queda de ellos solo su vigor
esencial.
Sería la ambición postrera de la filosofía llegar a una sola proposición
en que se dijera toda la verdad. Así las mil y doscientas páginas de la
_Lógica_ de Hegel son sólo preparación para poder pronunciar, con toda
la plenitud de su significado, esta frase: «La idea es lo absoluto».
Esta frase, en apariencia tan pobre, tiene en realidad un sentido
literalmente infinito. Y al pensarla debidamente, todo este tesoro de
significación explota de un golpe, y de un golpe vemos esclarecida la
enorme perspectiva del mundo. A esta iluminación máxima llamaba yo
comprender. Podrá ser tal o tal otra fórmula un error, podrán serlo
cuantas se han ensayado; pero de sus ruinas como doctrinal, renace
indeleble la filosofía como aspiración, como afán.
El placer sexual parece consistir en una súbita descarga de energía
nerviosa. La fruición estética es una súbita descarga de emociones
alusivas. Análogamente es la filosofía como una súbita descarga de
intelección.
* * * * *
Estas _Meditaciones_, exentas de erudición--aun en el buen sentido que
pudiera dejarse a la palabra--, van empujadas por filosóficos deseos.
Sin embargo, yo agradecería al lector que no entrara en su lectura con
demasiadas exigencias. No son filosofía, que es ciencia. Son simplemente
unos ensayos. Y el ensayo es la ciencia, menos la prueba explícita. Para
el escritor hay una cuestión de honor intelectual en no escribir nada
susceptible de prueba sin poseer antes ésta. Pero le es lícito borrar de
su obra toda apariencia apodíctica, dejando las comprobaciones meramente
indicadas, en elipse, de modo que quien las necesite pueda encontrarlas
y no estorben, por otra parte, la expansión del íntimo calor con que los
pensamientos fueron pensados. Aun los libros de intención exclusivamente
científica comienzan a escribirse en estilo menos didáctico y de
remediavagos; se suprime en lo posible las notas al pie, y el rígido
aparato mecánico de la prueba es disuelto en una elocución más orgánica,
movida y personal.
Con mayor razón habrá de hacerse así en ensayos de este género, donde
las doctrinas, bien que convicciones científicas para el autor, no
pretenden ser recibidas por el lector como verdades. Yo sólo ofrezco
_modi res considerandi_, posibles maneras nuevas de mirar las cosas.
Invito al lector a que las ensaye por sí mismo, que experimente si, en
efecto, proporcionan visiones fecundas: él, pues, en virtud de su íntima
y leal experiencia, probará su verdad o su error.
En mi intención llevan estas ideas un oficio menos grave que el
científico: no han de obstinarse en que otros las adopten, sino
meramente quisieran despertar en almas hermanas otros pensamientos
hermanos, aun cuando fueren hermanos enemigos. Pretexto y llamamiento a
una amplia colaboración ideológica sobre los temas nacionales--, nada
más.
* * * * *
Al lado de gloriosos asuntos, se habla muy frecuentemente en estas
_Meditaciones_, de las cosas más nimias. Se atiende a detalles del
paisaje español, del modo de conversar de los labriegos, del giro de las
danzas y cantos populares, de los colores y estilos en el traje y en los
utensilios, de las peculiaridades del idioma, y en general, de las
manifestaciones menudas donde se revela la intimidad de una raza.
Poniendo mucho cuidado en no confundir lo grande y lo pequeño; afirmando
en todo momento la necesidad de la jerarquía, sin la cual el cosmos
vuelve al caos, considero de urgencia que dirijamos también nuestra
atención reflexiva, nuestra meditación, a lo que se halla cerca de
nuestra persona.
El hombre rinde el máximum de su capacidad cuando adquiere la plena
conciencia de sus circunstancias. Por ellas comunica con el universo.
¡La circunstancia! _¡Circum-stantia!_ ¡Las cosas mudas que están en
nuestro próximo derredor! Muy cerca, muy cerca de nosotros levantan sus
tácitas fisonomías con un gesto de humildad y de anhelo, como menestoras
de que aceptemos su ofrenda y a la par avergonzadas por la simplicidad
aparente de su donativo. Y marchamos entre ellas ciegos para ellas, fija
la mirada en remotas empresas, proyectados hacia la conquista de lejanas
ciudades esquemáticas. Pocas lecturas me han movido tanto como esas
historias donde el héroe avanza raudo y recto, como un dardo, hacia una
meta gloriosa, sin parar mientes que va a su vera con rostro humilde y
suplicante la doncella anónima que le ama en secreto, llevando en su
blanco cuerpo un corazón que arde por él, ascua amarilla y roja donde en
su honor se queman aromas. Quisiéramos hacer al héroe una señal para
que inclinara un momento su mirada hacia aquella flor encendida de
pasión que se alza a sus pies. Todos, en varia medida, somos héroes y
todos suscitamos en torno humildes amores.
Yo un luchador he sido
Y esto quiere decir que he sido un hombre,
prorrumpe Goethe. Somos héroes, combatimos siempre por algo lejano y
hollamos a nuestro paso aromáticas violas.
En el _Ensayo sobre la limitación_, se detiene el autor con delectación
morosa a meditar sobre este tema. Creo muy seriamente que uno de los
cambios más hondos del siglo actual con respecto al XIX, va a consistir
en la mutación de nuestra sensibilidad para las circunstancias. Yo no sé
qué inquietud y como apresuramiento reinaba en la pasada centuria--en su
segunda mitad sobre todo--, que impelía los ánimos a desatender todo lo
inmediato y momentáneo de la vida. Conforme la lejanía va dando al
siglo último una figura más sintética, se nos manifiesta mejor su
carácter esencialmente político. Hizo en él la humanidad occidental el
aprendizaje de la política, género de vida hasta entonces reducido a los
ministros y los consejos palatinos. La preocupación política, es decir,
la conciencia y actividad de lo social, derrámase sobre las muchedumbres
merced a la democracia. Y con un fiero exclusivismo ocuparon el primer
plano de la atención los problemas de la vida social. Lo otro, la vida
individual, quedó relegada, como si fuera cuestión poco seria e
intranscendente. Es sobremanera significativo que la única poderosa
afirmación de lo individual en el siglo XIX--el «individualismo»--fuera
una doctrina política, es decir, social, y que toda su afirmación
consistía en pedir que no se aniquilara al individuo. ¿Cómo dudar de que
un día próximo parecerá esto increíble?
Todas nuestras potencias de seriedad las hemos gastado en la
administración de la sociedad, en el robustecimiento del estado, en la
cultura social, en las luchas sociales, en la ciencia en cuanto técnica
que enriquece la vida colectiva. Nos hubiera parecido frívolo dedicar
una parte de nuestras mejores energías--y no solamente los residuos--a
organizar en torno nuestro la amistad, a construir un amor perfecto, a
ver en el goce de las cosas una dimensión de la vida que merece ser
cultivada con los procedimientos superiores. Y como ésta, multitud de
necesidades privadas que ocultan avergonzados sus rostros en los
rincones del ánimo porque no se las quiere otorgar ciudadanía, quiero
decir, sentido cultural.
En mi opinión, toda necesidad, si se la potencia, llega a convertirse en
un nuevo ámbito de cultura. Bueno fuera que el hombre se hallara por
siempre reducido a los valores superiores descubiertos hasta aquí:
ciencia y justicia, arte y religión. A su tiempo nacerá un Newton del
placer y un Kant de las ambiciones.
La cultura nos proporciona objetos ya purificados, que alguna vez fueron
vida espontánea e inmediata, y hoy, gracias a la labor reflexiva,
parecen libres del espacio y del tiempo, de la corrupción y del
capricho. Forman como una zona de vida ideal y abstracta, flotando sobre
nuestras existencias personales, siempre azarosas y problemáticas. Vida
individual, lo inmediato, la circunstancia, son diversos nombres para
una misma cosa: aquellas porciones de la vida de que no se ha extraído
todavía el espíritu que encierran, su _logos_.
Y como espíritu, _logos_ no son más que «sentido», conexión, unidad,
todo lo individual, inmediato y circunstante, parece casual y falto de
significación.
Debiéramos considerar que así la vida social como las demás formas de la
cultura, se nos dan bajo la especie de vida individual, de lo
inmediato. Lo que hoy recibimos ya ornado con sublimes aureolas, tuvo a
su tiempo que estrecharse y encogerse para pasar por el corazón de un
hombre. Cuanto es hoy reconocido como verdad, como belleza ejemplar,
como altamente valioso, nació un día en la entraña espiritual de un
individuo, confundido con sus caprichos y humores. Es preciso que no
hieratizemos la cultura adquirida, preocupándonos más de repetirla que
de aumentarla. El acto específicamente cultural, es el creador, aquel en
que extraemos el _logos_ de algo que todavía era insignificante
(_i-logico_). La cultura adquirida sólo tiene valor como instrumento y
arma de nuevas conquistas. Por esto, en comparación con lo inmediato,
con nuestra vida espontánea, todo lo que hemos aprendido parece
abstracto, genérico, esquemático. No sólo lo parece: lo es. El martillo
es la abstracción de cada uno de sus martillazos.
Todo lo general, todo lo aprendido, todo lo logrado en la cultura, es
sólo la vuelta táctica que hemos de tomar para convertirnos a lo
inmediato. Los que viven junto a una catarata no perciben su estruendo:
es necesario que pongamos una distancia entre lo que nos rodea
inmediatamente y nosotros, para que a nuestros ojos adquiera sentido.
Los egipcios creían que el valle del Nilo era todo el mundo. Semejante
afirmación de la circunstancia es monstruosa, y, contra lo que pudiera
parecer, depaupera su sentido. Ciertas almas manifiestan su debilidad
radical cuando no logran interesarse por una cosa, si no se hacen la
ilusión de que es ella todo o es lo mejor del mundo. Este idealismo
mucilaginoso y femenil debe ser raído de nuestra conciencia. No existen
más que partes en realidad; el todo es la abstracción de las partes y
necesita de ellas. Del mismo modo no puede haber algo mejor sino donde
hay otras cosas buenas, y sólo interesándonos por éstas cobrará su
rango lo mejor. ¿Qué es un capitán sin soldados?
¿Cuándo nos abriremos a la convicción de que el ser definitivo del mundo
no es materia ni es alma, no es cosa alguna determinada--sino una
perspectiva? Dios es la perspectiva y la jerarquía: el pecado de Satán
fué un error de perspectiva.
Ahora bien, la perspectiva se perfecciona por la multiplicación de sus
términos y la exactitud con que reaccionemos ante cada uno de sus
rangos. La intuición de los valores superiores fecunda nuestro contacto
con los mínimos, y el amor hacia lo próximo y menudo, da en nuestros
pechos realidad y eficacia a lo sublime. Para quien lo pequeño no es
nada, no es grande lo grande.
Hemos de buscar a nuestra circunstancia, tal y como ella es,
precisamente en lo que tiene de limitación, de peculiaridad, el lugar
acertado en la inmensa perspectiva del mundo. No detenernos
perpetuamente en éxtasis ante los valores hieráticos, sino conquistar a
nuestra vida individual el puesto oportuno entre ellos. En suma: la
reabsorción de la circunstancia es el destino concreto del hombre.
Mi salida natural hacia el universo se abre por los puertos del
Guadarrama o el campo de Ontígola. Este sector de realidad circunstante
forma la otra mitad de mi persona: sólo al través de él puedo integrarme
y ser plenamente yo mismo. La ciencia biológica más reciente estudia el
organismo vivo como una unidad compuesta del cuerpo y su medio
particular: de modo que el proceso vital no consiste sólo en una
adaptación del cuerpo a su medio, sino también en la adaptación del
medio a su cuerpo. La mano procura amoldarse al objeto material a fin de
apresarlo bien; pero, a la vez, cada objeto material oculta una previa
afinidad con una mano determinada.
Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.
_Benefac loco illi quo natus es_, leemos en la Biblia. Y en la escuela
platónica se nos da como empresa de toda cultura, ésta: «salvar las
apariencias», los fenómenos. Es decir, buscar el sentido de lo que nos
rodea.
Preparados los ojos en el mapa-mundi, conviene que los volvamos al
Guadarrama. Tal vez nada profundo encontremos. Pero estemos seguros de
que el defecto y la esterilidad provienen de nuestra mirada. Hay también
un _logos_ del Manzanares: esta humildísima ribera, esta líquida ironía
que lame los cimientos de nuestra urbe, lleva, sin duda, entre sus pocas
gotas de agua, alguna gota de espiritualidad.
Pues no hay cosa en el orbe por donde no pase algún nervio divino: la
dificultad estriba en llegar hasta él y hacer que se contraiga. A los
amigos que vacilan en entrar a la cocina donde se encuentra, grita
Heráclito: «¡Entrad, entrad! También aquí hay dioses.» Goethe escribe a
Jacobi en una de sus excursiones botánico-geológicas: «Heme aquí
subiendo y bajando cerros y buscando lo divino _in herbis et
lapidibus_». Se cuenta de Rousseau, que herborizaba en la jaula de su
canario, y Fabre, quien lo refiere, escribe un libro sobre los
animalillos que habitaban en las patas de su mesa de escribir.
Nada impide el heroísmo--que es la actividad del espíritu--, tanto como
considerarlo adscrito a ciertos contenidos específicos de la vida. Es
menester que donde quiera subsista subterránea la posibilidad del
heroísmo, y que todo hombre, si golpea con vigor la tierra donde pisan
sus plantas, espere que salte una fuente. Para Moisés el Héroe, toda
roca es hontanar.
Para Giordano Bruno: _est animal sanctum, sacrum et venerabile,
mundus_.
* * * * *
Pío Baroja y _Azorín_ son dos circunstancias nuestras, y a ellas dedico
sendos ensayos. _Azorín_ nos ofrece ocasión para meditar, con sesgo
diverso al que acabo de decir, sobre las menudencias y sobre el valor
del pasado. Respecto a lo primero, es hora ya de que resolvamos la
latente hipocresía del carácter moderno, que finge interesarse
únicamente por ciertas convenciones sagradas--ciencia o arte o
sociedad--, y reserva, como no podía menos, su más secreta intimidad
para lo nimio y aun lo fisiológico. Porque esto es un hecho: cuando
hemos llegado hasta los barrios bajos del pesimismo y no hallamos nada
en el universo que nos parezca una afirmación capaz de salvarnos, se
vuelven los ojos hacia las menudas cosas del vivir cotidiano--como los
moribundos recuerdan al punto de la muerte toda suerte de nimiedades que
les acaecieron. Vemos, entonces, que no son las _grandes cosas_, los
grandes placeres, ni las grandes ambiciones, quienes nos retienen sobre
el haz de la vida, sino este minuto de bienestar junto a un hogar en
invierno, esta grata sensación de una copa de licor que bebemos, aquella
manera de pisar el suelo, cuando camina, de una moza gentil, que no
amamos ni conocemos, tal ingeniosidad, que el amigo ingenioso nos dice
con su buena voz de costumbre. Me parece muy humano el suceso de quien,
desesperado, fué a ahorcarse de un árbol, y cuando se echaba la cuerda
al cuello, sintió el aroma de una rosa que abría al pie del tronco, y no
se ahorcó.
Hay aquí un secreto de las bases de vitalidad que, por decencia, debe el
hombre contemporáneo meditar y comprender; hoy se limita a ocultarlo, a
apartar de él la vista, como sobre tantos otros poderes oscuros--la
inquietud sexual, por ejemplo--, que, a vuelta de sigilos e hipocresías,
acaban por triunfar en la conducta de su vida. Lo infrahumano perdura
en el hombre: ¿cuál puede ser para el hombre el sentido de esa
perduración? ¿Cuál es el _logos_, la postura clara que hemos de tomar
ante esa emoción expresada por Shakespeare en una de sus comedias, con
palabras tan íntimas, cordiales y sinceras, que parecen gotear de uno de
sus sonetos? «Mi gravedad--dice un personaje en _Measure for measure_--,
mi gravedad, de que tanto me enorgullezco, cambiaríala con gusto por ser
esta leve pluma que el aire mueve ahora como vano juguete.» ¿No es este
un deseo indecente? _¡Eppur!..._
Respecto al pasado, tema estético de _Azorín_, hemos de ver en él uno de
los terribles morbos nacionales. En la _Antropología_, de Kant, hay una
observación tan honda y tan certera sobre España, que, al tropezarla, se
sobrecoje el ánimo. Dice Kant que los turcos cuando viajan suelen
caracterizar los países según su vicio genuino, y que, usando de esta
manera, él compondría la tabla siguiente: 1.ª Tierra de las modas
(_Francia_). 2.ª Tierra del mal humor (_Inglaterra_). 3.ª Tierra de los
antepasados (_España_). 4.ª Tierra de la ostentación (_Italia_). 5.ª
Tierra de los títulos (_Alemania_). 6.ª Tierra de los señores
(_Polonia_).
¡Tierra de los antepasados!... Por lo tanto, no nuestra, no libre
propiedad de los españoles actuales. Los que antes pasaron siguen
gobernándonos y forman una oligarquía de la muerte, que nos oprime.
«Sábelo--dice el criado en las _Coéforas_--, los muertos matan a los
vivos.»
Es esta influencia del pasado sobre nuestra raza una cuestión de las más
delicadas. Al través de ella descubriremos la mecánica psicológica del
reaccionarismo español. Y no me refiero al político, que es sólo una
manifestación, la menos honda y significativa de la general constitución
reaccionaria de nuestro espíritu. Columbraremos en este ensayo cómo el
reaccionarismo radical no se caracteriza en última instancia por su
desamor a la modernidad, sino por la manera de tratar el pasado.
Toléreseme, a beneficio de concisión, una fórmula paradójica: la muerte
de lo muerto es la vida. Sólo un modo hay de dominar el pasado, reino de
las cosas fenecidas: abrir nuestras venas e inyectar de su sangre en las
venas vacías de los muertos. Esto es lo que no puede el reaccionario:
tratar el pasado como un modo de la vida. Lo arranca de la esfera de la
vitalidad, y, bien muerto, lo sienta en su trono para que rija las
almas. No es casual que los celtíberos llamaran la atención en el tiempo
antiguo, por ser el único pueblo que adoraba a la muerte.
Esta incapacidad de mantener vivo el pasado, es el rasgo verdaderamente
reaccionario. La antipatía hacia lo nuevo parece, en cambio, común a
otros temperamentos psicológicos. ¿Es, por ventura, reaccionario Rossini
por no haber querido viajar jamás en tren y rodar Europa en su coche de
alegres cascabeles? Lo grave es otra cosa: tenemos los ámbitos del alma
infeccionados, y como los pájaros al volar sobre los miasmas de una
marisma, cae muerto el pasado dentro de nuestras memorias.
* * * * *
En Pío Baroja tendremos que meditar sobre política y sobre el arte
barroco; en realidad, tendremos que hablar un poco de todo. Porque este
hombre, más bien que un hombre, es una encrucijada.
Por cierto que, tanto en este ensayo sobre Baroja, como en los que se
dedican a Goethe y Lope de Vega, a Larra, y aun en algunas de estas
_Meditaciones del Quijote_, acaso parezca al lector que se habla
relativamente poco del tema concreto a que se refieren. Son, en efecto,
estudios de crítica; pero yo creo que no es la misión importante de ésta
tasar las obras literarias, distribuyéndolas en buenas o malas. Cada
día me interesa menos sentenciar; a ser juez de las cosas, voy
prefiriendo ser su amante.
Veo en la crítica un fervoroso esfuerzo para potenciar la obra elegida.
Todo lo contrario, pues, de lo que hace Sainte-Beuve cuando nos lleva de
la obra al autor, y luego pulveriza a éste en una llovizna de anécdotas.
La crítica no es biografía ni se justifica como labor independiente, si
no se propone completar la obra. Esto quiere decir, por lo pronto, que
el crítico ha de introducir en su trabajo todos aquellos utensilios
sentimentales e ideológicos pertrechados, con los cuales puede el lector
medio recibir la impresión más intensa y clara de la obra que sea
posible. Procede orientar la crítica en un sentido afirmativo y
dirigirla, más que a corregir al autor, a dotar al lector de un órgano
visual más perfecto. La obra se completa completando su lectura.
Así, por un estudio crítico sobre Pío Baroja, entiendo el conjunto de
puntos de vista bajo los cuales sus libros adquieren una significación
potenciada. No extrañe, pues, que se hable poco del autor y aun de los
detalles de su producción; se trata precisamente de reunir todo aquello
que no está en él, pero que lo completa, de proporcionarle la atmósfera
más favorable.
* * * * *
En las _Meditaciones del Quijote_ intento hacer un estudio del
quijotismo. Pero hay en esta palabra un equívoco. Mi quijotismo no tiene
nada que ver con la mercancía bajo tal nombre ostentada en el mercado.
_Don Quijote_ puede significar dos cosas muy distintas: _Don Quijote_ es
un libro y Don Quijote es un personaje de ese libro. Generalmente, lo
que en bueno o en mal sentido se entiende por «quijotismo», es el
quijotismo del personaje. Estos ensayos, en cambio, investigan el
quijotismo del libro.
La figura de Don Quijote, plantada en medio de la obra como una antena
que recoge todas las alusiones, ha atraído la atención exclusivamente,
en perjuicio del resto de ella, y, en consecuencia, del personaje mismo.
Cierto; con un poco de amor y otro poco de modestia--sin ambas cosas
no--, podría componerse una parodia sutil de los _Nombres de Cristo_,
aquel lindo libro de simbolización románica que fué urdiendo Fray Luis
con teológica voluptuosidad en el huerto de la Flecha. Podría escribirse
unos _Nombres de Don Quijote_. Porque en cierto modo es Don Quijote la
parodia triste de un cristo más divino y sereno: es él un cristo gótico,
macerado en angustias modernas; un cristo ridículo de nuestro barrio,
creado por una imaginación dolorida que perdió su inocencia y su
voluntad y anda buscando otras nuevas. Cuando se reúnen unos cuantos
españoles sensibilizados por la miseria ideal de su pasado, la sordidez
de su presente y la acre hostilidad de su porvenir, desciende entre
ellos Don Quijote, y el calor fundente de su fisonomía disparatada,
compagina aquellos corazones dispersos, los ensarta como en un hilo
espiritual, los nacionaliza, poniendo tras sus amarguras personales un
comunal dolor étnico. «¡Siempre que estéis juntos--murmuraba Jesús--, me
hallaréis entre vosotros!»
Sin embargo, los errores a que ha llevado considerar aisladamente a Don
Quijote, son verdaderamente grotescos. Unos, con encantadora previsión,
nos proponen que no seamos Quijotes; y otros, según la moda más
reciente, nos invitan a una existencia absurda, llena de ademanes
congestionados. Para unos y para otros, por lo visto, Cervantes no ha
existido. Pues a poner nuestro ánimo más allá de ese dualismo, vino
sobre la tierra Cervantes.
No podemos entender el individuo sino al través de su especie. Las
cosas reales están hechas de materia o de energía; pero las cosas
artísticas--como el personaje Don Quijote--, son de una sustancia
llamada estilo. Cada objeto estético es individuación de un
protoplasma-estilo. Así, el individuo Don Quijote es un individuo de la
especie Cervantes.
Conviene, pues, que, haciendo un esfuerzo, distraigamos la vista de Don
Quijote, y, vertiéndola sobre el resto de la obra, ganemos en su vasta
superficie una noción más amplia y clara del estilo cervantino, de quien
es el hidalgo manchego sólo una condensación particular. Este es para mí
el verdadero quijotismo: el de Cervantes, no el de Don Quijote. Y no el
de Cervantes en los baños de Argel, no en su vida, sino en su libro.
Para eludir esta desviación biográfica y erudita, prefiero el título
quijotismo a cervantismo.
La tarea es tan levantada, que el autor entra en ella seguro de su
derrota, como si fuera a combatir con los dioses.
Son arrancados los secretos a la naturaleza de una manera violenta;
después de orientarse en la selva cósmica, el científico se dirige recto
al problema, como un cazador. Para Platón, lo mismo que para Santo
Tomás, el hombre científico es un hombre que va de caza, θηρευτής,
_venator_. Poseyendo el arma y la voluntad, la pieza es segura; la nueva
verdad caerá seguramente a nuestros pies, herida como un ave en su
trasvuelo.
Pero el secreto de una genial obra de arte no se entrega de este modo a
la invasión intelectual. Diríase que se resiste a ser tomado por la
fuerza, y sólo se entrega a quien quiere. Necesita, cual la verdad
científica, que le dediquemos una operosa atención, pero sin que vayamos
sobre él rectos, a uso de venadores. No se rinde al arma: se rinde, si
acaso, al culto meditativo. Una obra del rango del _Quijote_ tiene que
ser tomada como Jericó. En amplios giros, nuestros pensamientos y
nuestras emociones, han de irla estrechando lentamente, dando al aire
como sones de ideales trompetas.
¡Cervantes--un paciente hidalgo que escribió un libro--, se halla
sentado en los elíseos prados hace tres siglos, y aguarda, repartiendo
en derredor melancólicas miradas, a que le nazca un nieto capaz de
entenderle!
Estas meditaciones, a que seguirán otras, renuncian--claro está--, a
invadir los secretos últimos del _Quijote_. Son anchos círculos de
atención que traza el pensamiento--sin prisas, sin inminencia--,
fatalmente atraído por la obra inmortal.
* * * * *
Y una palabra postrera. El lector descubrirá, si no me equivoco, hasta
en los últimos rincones de estos ensayos, los latidos de la
preocupación patriótica. Quien los escribe y a quienes van dirigidos, se
originaron espiritualmente en la negación de la España caduca. Ahora
bien, la negación aislada es una impiedad. El hombre pío y honrado
contrae, cuando niega, la obligación de edificar una nueva afirmación.
Se entiende de intentarlo.
Así nosotros. Habiendo negado una España, nos encontramos en el paso
honroso de hallar otra. Esta empresa de honor no nos deja vivir. Por
eso, si se penetrara hasta las más íntimas y personales meditaciones
nuestras, se nos sorprendería haciendo con los más humildes rayicos de
nuestra alma, experimentos de nueva España.
_Madrid, Julio, 1914._
MEDITACIONES
DEL QUIJOTE
IST ETWA DER DON QUIXOTE NUR EINE
POSSE?--_¿ES, POR VENTURA, EL
DON QUIJOTE SÓLO UNA BUFONADA?_
HERMANN COHEN.--ETHIK
DES REINEN WILLENS, P. 487
MEDITACION
PRELIMINAR
El monasterio del Escorial se levanta sobre un collado. La ladera
meridional de este collado desciende bajo la cobertura de un boscaje,
que es a un tiempo robledo y fresneda. El sitio se llama «La Herrería».
La cárdena mole ejemplar del edificio modifica, según la estación, su
carácter merced a este manto de espesura tendido a sus plantas, que es
en invierno cobrizo, áureo en otoño y de un verde oscuro en estío. La
primavera pasa por aquí rauda, instantánea y excesiva--como una imágen
erótica por el alma acerada de un cenobiarca. Los árboles se cubren
rápidamente con frondas opulentas de un verde claro y nuevo; el suelo
desaparece bajo una hierba de esmeralda que, a su vez, se viste un día
con el amarillo de las margaritas, otro con el morado de los cantuesos.
Hay lugares de excelente silencio--el cual no es nunca un silencio
absoluto. Cuando callan por completo las cosas en torno, el vacío de
rumor que dejan, exige ser ocupado por algo, y entonces oímos el
martilleo de nuestro corazón, los latigazos de la sangre en nuestras
sienes, el hervor del aire que invade nuestros pulmones y que luego huye
afanoso. Todo esto es inquietante porque tiene una significación
demasiado concreta. Cada latido de nuestro corazón parece que va a ser
el último. El nuevo latido salvador que llega parece siempre una
casualidad y no garantiza el subsecuente. Por esto es preferible un
silencio donde suenen sones puramente decorativos, de referencias
inconcretas. Así en este lugar. Hay aguas claras corrientes que van
rumoreando a lo largo y hay dentro de lo verde avecillas que
cantan--verderones, jilgueros, oropéndolas y algún sublime ruiseñor.
Una de estas tardes de la fugaz primavera, salieron a mi encuentro en la
Herrería estos pensamientos:
_1._
_El bosque._
¿Con cuántos árboles se hace una selva? ¿Con cuántas casas una ciudad?
Según cantaba el labriego de Poitiers,
La hauteur des maisons
empêche de voir la ville,
y el adagio germánico afirma que los árboles no dejan ver el bosque.
Selva y ciudad son dos cosas esencialmente profundas, y la profundidad
está condenada de una manera fatal a convertirse en superficie si quiere
manifestarse.
Tengo yo ahora en torno mío hasta dos docenas de robles graves y de
fresnos gentiles. ¿Es esto un bosque? Ciertamente que no; estos son los
árboles que veo de un bosque. El bosque verdadero se compone de los
árboles que no veo. El bosque es una naturaleza invisible--por eso en
todos los idiomas conserva su nombre un halo de misterio.
Yo puedo ahora levantarme y tomar uno de estos vagos senderos por donde
veo cruzar a los mirlos. Los árboles que antes veía serán sustituídos
por otros análogos. Se irá el bosque descomponiendo, desgranando en una
serie de trozos sucesivamente visibles. Pero nunca lo hallaré allí donde
me encuentre. El bosque huye de los ojos.
Cuando llegamos a uno de estos breves claros que deja la verdura, nos
parece que había allí un hombre sentado sobre una piedra, los codos en
las rodillas, las palmas en las sienes, y que, precisamente cuando
íbamos a llegar, se ha levantado y se ha ido. Sospechamos que este
hombre, dando un breve rodeo, ha ido a colocarse en la misma postura no
lejos de nosotros. Si cedemos al deseo de sorprenderle--a ese poder de
atracción que ejerce el centro de los bosques sobre quien en ellos
penetra--, la escena se repetirá indefinidamente.
El bosque está siempre un poco más allá de donde nosotros estamos. De
donde nosotros estamos acaba de marcharse y queda sólo su huella aún
fresca. Los antiguos, que proyectaban en formas corpóreas y vivas las
siluetas de sus emociones, poblaron las selvas de ninfas fugitivas. Nada
más exacto y expresivo. Conforme camináis, volved rápidamente la mirada
a un claro entre la espesura y hallaréis un temblor en el aire como si
se aprestara a llenar el hueco que ha dejado al huir un ligero cuerpo
desnudo.
Desde uno cualquiera de sus lugares es, en rigor, el bosque una
posibilidad. Es una vereda por donde podríamos internarnos; es un
hontanar de quien nos llega un rumor débil en brazos del silencio y que
podríamos descubrir a los pocos pasos; son versículos de cantos que
hacen a lo lejos los pájaros puestos en unas ramas bajo las cuales
podríamos llegar. El bosque es una suma de posibles actos nuestros, que,
al realizarse, perderían su valor genuino. Lo que del bosque se halla
ante nosotros de una manera inmediata es sólo pretexto para que lo demás
se halle oculto y distante.
_2._
_Profundidad y superficie._
Cuando se repite la frase «los árboles no nos dejan ver el bosque», tal
vez no se entiende su rigoroso significado. Tal vez la burla que en ella
se quiere hacer vuelva su aguijón contra quien la dice.
Los árboles no dejan ver el bosque, y gracias a que así es, en efecto,
el bosque existe. La misión de los árboles patentes es hacer latente el
resto de ellos, y sólo cuando nos damos perfecta cuenta de que el
paisaje visible está ocultando otros paisajes invisibles nos sentimos
dentro de un bosque.
La invisibilidad, el hallarse oculto no es un carácter meramente
negativo, sino una cualidad positiva que, al verterse sobre una cosa, la
transforma, hace de ella una cosa nueva. En este sentido es
absurdo--como la frase susodicha declara--, pretender ver el bosque. El
bosque es lo latente en cuanto tal.