XV

En seguida de esta escena, cuyas consecuencias amenazaban ser trágicas,

la mayor parte de los invitados se eclipsaron discretamente; los vecinos

de la campaña tomaron sus carruajes, precipitadamente, y los otros el

tren de la tarde para irse a París. En el castillo, sólo quedaron los

amigos más íntimos. El capitán había sido, naturalmente, el primero que

se retirara. Había ido a instalarse por aquélla noche en el hotel más

próximo a la Venerie. Siendo inevitable un duelo, dos oficiales de su

regimiento, que habían asistido también a la comida, se pusieron

inmediatamente de acuerdo con los señores de Hermany y de la Jardye,

que debían ser nuevamente los padrinos del barón. No volveremos a

fatigar a nuestros lectores con los detalles de los preparativos que se

hicieron entre los padrinos de ambos rivales. Se comprende que no se

trató de ninguna clase de arreglo; en cuanto a la elección de las armas,

claro está que el señor de Maurescamp, después de lo que había pasado en

las diferentes ocasiones que habían tirado el florete con de Sontis,

habría preferido la pistola; pero si el acto de tan mal gusto del

oficial, de aceptar la oferta de la señora de Maurescamp, habíale dado

al marido el papel de ofendido, éste había perdido su derecho, dejándose

llevar de otro más sangriento. Por otra parte, el orgullo del señor de

Maurescamp, inspirándole bien, le hizo aceptar la espada sin

trepidación, cualesquiera que fuesen las consecuencias.

Fue resuelto que el encuentro se verificase a la mañana siguiente a las

diez, en un claro del bosque de Marnes, contiguo a la Venerie, porque no

pareció conveniente hacerlo en los mismos dominios del barón de

Maurescamp.

Poco sueño tenían los del castillo aquella noche. Los extraños

celebraban en su aposento sus conciliábulos animados; transmitíanse las

opiniones de una pieza a otra. Los hombres discutían lo tocante al

honor; las mujeres, excitadas y nerviosas, peroraban a media voz,

enjugaban algunas lágrimas, y en su interior estaban contentísimas. Es

inútil decir que el personal de la servidumbre estaba conmovido bajo las

mismas emociones; es decir, experimentando esa inquietud alegre y ese

agradable estado febril en que nos ponen generalmente los males ajenos.

En cuanto a los dueños de casa, es bastante verosímil que tampoco

dormirían. Comprendiendo el señor de Maurescamp que el caso era de los

más graves, viose obligado a poner en oí den sus negocios. Juana no

quiso ver a nadie; se supo únicamente por su camarera que había pasado

la noche paseándose de uno extremo a otro, y hablando en voz alta «como

una actriz».

Cerca de una hora hacía que un sol pálido de fines de noviembre se había

alzado sobre los árboles del bosque, cuando el señor de Maurescamp, cuyo

dormitorio estaba en el primer piso, salía al patio a fumar un cigarro.

Yendo caminando, llegó a la reja de la entrada, donde se halló con un

joven paisano, de trece a catorce años, que quedó sorprendido al verlo;

el barón creyó reconocer en él a un muchacho empleado en una posada del

pueblo. La turbación del muchacho fue tanta, que el señor de Maurescamp,

a pesar de sus preocupaciones, no pudo dejar de notarla.

--¿Qué quieres? ¿A dónde vas?--preguntole.

--Al castillo--balbuceó el muchacho, poniéndose colorado--. Al mismo

tiempo, ocultaba confundido una de sus manos dentro de su blusa.

--¿Qué vas a hacer al castillo?--volvió a preguntarle.

--A ver a la señorita Julia.

Julia era la camarera de Juana.

--¿Quién te envía, hijo mío?

--Un señor--murmuró el niño, cada vez más intimidado.

--¿Un señor que está alojado en tu hotel, no es verdad?

--Si.

--¿Un oficial?

--Sí.

--¿Qué ocultas ahí, en tu blusa? ¿Una carta? ¿Qué? Dámela... vamos...

dámela....

El muchacho, próximo a llorar, dejose tomar por grado o por fuerza, un

papel que estrujaba en sus manos crispadas.

La carta no tenía dirección.

--¿Para quién es esta carta?

--Para la señora.

--¿De modo que te la han dado para la señorita Julia, para que ella se

la dé a la señora?

El niño indicó que sí.

--Pues bien, hijo mío, yo voy a hacer la comisión... Ven conmigo a

esperar la contestación, si hay alguna.

Y el señor de Maurescamp, seguido del muchacho, volvió sobre sus pasos,

atravesó rápidamente el patio y entró en sus habitaciones.

Apenas estuvo en ellas, cuando rompiendo el sobre de la carta destinada

a su mujer, leyó estas palabras que no estaban firmadas, pero cuya

procedencia no había como poner en duda:

«Esté tranquila. Por su cariño tendré consideración con él.»

El primer movimiento del señor de Maurescamp, siempre dispuesto a la

cólera, fue romper y echar al fuego aquel insolente billete. Pero una

reflexión lo contuvo. Tomó un sobre nuevo de su bufete y colocole en él.

Repentinamente había sido asaltado por una extraña curiosidad; quería

saber si su mujer contestaba, y lo que contestaría.

Fue adonde estaba el muchacho y díjole entregándole la carta:

--Hijo mío, no he podido encontrar a la señorita Julia... Debe estar

ocupad.... Llama en aquella puerta de enfrente y pregunta por ella. Toma

cien sueldos por tu trabajo.

El muchacho dio las gracias y fue hacia la puerta indicada.

Por su parte, el señor de Maurescamp fue de nuevo hacia la verja, salió

del patio y tomó el camino del pueblo, paseándose en él a pasos cortos.

¡Cosa singular! dentro de una hora iba a jugar su vida en las peores

condiciones; y aquel pensamiento, por serio que fuese, había sido

dominado completamente por ese otro. ¿Qué contestaría su mujer?

En realidad, este hombre, de una energía puramente física, no había

podido resistir a las ansiedades que le habían torturado en silencio

desde algunos días atrás. Su moral se hallaba afectada por el asombro

que le causaba aquel odio sombrío, aquella venganza premeditada, sabia,

implacable, con que era perseguido. Habituado a mirar a las mujeres como

a juguetes de niño, estaba estupefacto y hasta aterrorizado al encontrar

en uno de esos seres débiles y despreciables, una profundidad de miras y

una fuerza de voluntad, contra las cuales todas sus fuerzas personales,

vigor físico, fortuna, situación social, autoridad de esposo, no tenían

ninguna salvaguardia y estaban reducidos a la nada.

Tal vez habría pagado mucho en aquel momento de desaliento, por una

palabra de bondad, de interés, y hasta de compasión, de aquella mujer

tan despreciada en otro tiempo... Tal vez esperaba encontrarla en

aquella contestación esperada...

Al cabo de algunos instantes el muchacho reapareció, saliendo del

castillo, completamente tranquilizado con el desenlace de su primera

entrevista, con el señor de Maurescamp, ni aun intentó ocultar

nuevamente el mensaje de que era portador. Pasaba sonriendo y saludando.

--¡Ah!--dijo el barón deteniéndolo--, ¿Tienes una contestación?

muéstramela. Yo sé de lo que se trata y tal vez tengo algo que añadir.

Poníale al mismo tiempo una moneda de plata en la mano.

Tomó la carta, y como el sobre estaba todavía húmedo no tuvo que

romperlo, halló dentro el billete de de Sontis que la señora de

Maurescamp devolvía, habiendo puesto después de las palabras del

capitán, esta breve contestación:

«Le ruego que no se incomode.»

El señor de Maurescamp, después de leer esto, dobló el billete, púsolo

en el sobre y lo entregó al muchacho, alejándose en seguida.

Historia de una parisiense · 第 21 / 24 题