En seguida de esta escena, cuyas consecuencias amenazaban ser trágicas,
la mayor parte de los invitados se eclipsaron discretamente; los vecinos
de la campaña tomaron sus carruajes, precipitadamente, y los otros el
tren de la tarde para irse a París. En el castillo, sólo quedaron los
amigos más íntimos. El capitán había sido, naturalmente, el primero que
se retirara. Había ido a instalarse por aquélla noche en el hotel más
próximo a la Venerie. Siendo inevitable un duelo, dos oficiales de su
regimiento, que habían asistido también a la comida, se pusieron
inmediatamente de acuerdo con los señores de Hermany y de la Jardye,
que debían ser nuevamente los padrinos del barón. No volveremos a
fatigar a nuestros lectores con los detalles de los preparativos que se
hicieron entre los padrinos de ambos rivales. Se comprende que no se
trató de ninguna clase de arreglo; en cuanto a la elección de las armas,
claro está que el señor de Maurescamp, después de lo que había pasado en
las diferentes ocasiones que habían tirado el florete con de Sontis,
habría preferido la pistola; pero si el acto de tan mal gusto del
oficial, de aceptar la oferta de la señora de Maurescamp, habíale dado
al marido el papel de ofendido, éste había perdido su derecho, dejándose
llevar de otro más sangriento. Por otra parte, el orgullo del señor de
Maurescamp, inspirándole bien, le hizo aceptar la espada sin
trepidación, cualesquiera que fuesen las consecuencias.
Fue resuelto que el encuentro se verificase a la mañana siguiente a las
diez, en un claro del bosque de Marnes, contiguo a la Venerie, porque no
pareció conveniente hacerlo en los mismos dominios del barón de
Maurescamp.
Poco sueño tenían los del castillo aquella noche. Los extraños
celebraban en su aposento sus conciliábulos animados; transmitíanse las
opiniones de una pieza a otra. Los hombres discutían lo tocante al
honor; las mujeres, excitadas y nerviosas, peroraban a media voz,
enjugaban algunas lágrimas, y en su interior estaban contentísimas. Es
inútil decir que el personal de la servidumbre estaba conmovido bajo las
mismas emociones; es decir, experimentando esa inquietud alegre y ese
agradable estado febril en que nos ponen generalmente los males ajenos.
En cuanto a los dueños de casa, es bastante verosímil que tampoco
dormirían. Comprendiendo el señor de Maurescamp que el caso era de los
más graves, viose obligado a poner en oí den sus negocios. Juana no
quiso ver a nadie; se supo únicamente por su camarera que había pasado
la noche paseándose de uno extremo a otro, y hablando en voz alta «como
una actriz».
Cerca de una hora hacía que un sol pálido de fines de noviembre se había
alzado sobre los árboles del bosque, cuando el señor de Maurescamp, cuyo
dormitorio estaba en el primer piso, salía al patio a fumar un cigarro.
Yendo caminando, llegó a la reja de la entrada, donde se halló con un
joven paisano, de trece a catorce años, que quedó sorprendido al verlo;
el barón creyó reconocer en él a un muchacho empleado en una posada del
pueblo. La turbación del muchacho fue tanta, que el señor de Maurescamp,
a pesar de sus preocupaciones, no pudo dejar de notarla.
--¿Qué quieres? ¿A dónde vas?--preguntole.
--Al castillo--balbuceó el muchacho, poniéndose colorado--. Al mismo
tiempo, ocultaba confundido una de sus manos dentro de su blusa.
--¿Qué vas a hacer al castillo?--volvió a preguntarle.
--A ver a la señorita Julia.
Julia era la camarera de Juana.
--¿Quién te envía, hijo mío?
--Un señor--murmuró el niño, cada vez más intimidado.
--¿Un señor que está alojado en tu hotel, no es verdad?
--Si.
--¿Un oficial?
--Sí.
--¿Qué ocultas ahí, en tu blusa? ¿Una carta? ¿Qué? Dámela... vamos...
dámela....
El muchacho, próximo a llorar, dejose tomar por grado o por fuerza, un
papel que estrujaba en sus manos crispadas.
La carta no tenía dirección.
--¿Para quién es esta carta?
--Para la señora.
--¿De modo que te la han dado para la señorita Julia, para que ella se
la dé a la señora?
El niño indicó que sí.
--Pues bien, hijo mío, yo voy a hacer la comisión... Ven conmigo a
esperar la contestación, si hay alguna.
Y el señor de Maurescamp, seguido del muchacho, volvió sobre sus pasos,
atravesó rápidamente el patio y entró en sus habitaciones.
Apenas estuvo en ellas, cuando rompiendo el sobre de la carta destinada
a su mujer, leyó estas palabras que no estaban firmadas, pero cuya
procedencia no había como poner en duda:
«Esté tranquila. Por su cariño tendré consideración con él.»
El primer movimiento del señor de Maurescamp, siempre dispuesto a la
cólera, fue romper y echar al fuego aquel insolente billete. Pero una
reflexión lo contuvo. Tomó un sobre nuevo de su bufete y colocole en él.
Repentinamente había sido asaltado por una extraña curiosidad; quería
saber si su mujer contestaba, y lo que contestaría.
Fue adonde estaba el muchacho y díjole entregándole la carta:
--Hijo mío, no he podido encontrar a la señorita Julia... Debe estar
ocupad.... Llama en aquella puerta de enfrente y pregunta por ella. Toma
cien sueldos por tu trabajo.
El muchacho dio las gracias y fue hacia la puerta indicada.
Por su parte, el señor de Maurescamp fue de nuevo hacia la verja, salió
del patio y tomó el camino del pueblo, paseándose en él a pasos cortos.
¡Cosa singular! dentro de una hora iba a jugar su vida en las peores
condiciones; y aquel pensamiento, por serio que fuese, había sido
dominado completamente por ese otro. ¿Qué contestaría su mujer?
En realidad, este hombre, de una energía puramente física, no había
podido resistir a las ansiedades que le habían torturado en silencio
desde algunos días atrás. Su moral se hallaba afectada por el asombro
que le causaba aquel odio sombrío, aquella venganza premeditada, sabia,
implacable, con que era perseguido. Habituado a mirar a las mujeres como
a juguetes de niño, estaba estupefacto y hasta aterrorizado al encontrar
en uno de esos seres débiles y despreciables, una profundidad de miras y
una fuerza de voluntad, contra las cuales todas sus fuerzas personales,
vigor físico, fortuna, situación social, autoridad de esposo, no tenían
ninguna salvaguardia y estaban reducidos a la nada.
Tal vez habría pagado mucho en aquel momento de desaliento, por una
palabra de bondad, de interés, y hasta de compasión, de aquella mujer
tan despreciada en otro tiempo... Tal vez esperaba encontrarla en
aquella contestación esperada...
Al cabo de algunos instantes el muchacho reapareció, saliendo del
castillo, completamente tranquilizado con el desenlace de su primera
entrevista, con el señor de Maurescamp, ni aun intentó ocultar
nuevamente el mensaje de que era portador. Pasaba sonriendo y saludando.
--¡Ah!--dijo el barón deteniéndolo--, ¿Tienes una contestación?
muéstramela. Yo sé de lo que se trata y tal vez tengo algo que añadir.
Poníale al mismo tiempo una moneda de plata en la mano.
Tomó la carta, y como el sobre estaba todavía húmedo no tuvo que
romperlo, halló dentro el billete de de Sontis que la señora de
Maurescamp devolvía, habiendo puesto después de las palabras del
capitán, esta breve contestación:
«Le ruego que no se incomode.»
El señor de Maurescamp, después de leer esto, dobló el billete, púsolo
en el sobre y lo entregó al muchacho, alejándose en seguida.