El señor de Monthélin, es necesario decirlo, viéndose desembarazado de
su rival, el conde de Lerne, había recobrado poco a poco su antiguo
papel de suspirante y amigo. Por aquel entonces, creyose ver seriamente
alentado, y empezó a abrigar esperanzas que no creía ilegítimas, cuando
un nuevo acontecimiento vino a trastornar sus manejos.
A más de los huéspedes habituales del castillo, el señor de Maurescamp
invitaba de tiempo en tiempo a las cacerías de la Venerie, a algunos
oficiales de la guarnición de Compiègne, a quienes había conocido en
París, en las cacerías de los bosques. Entre estos oficiales, que eran
casi todos de la mejor sociedad, había uno que hacía excepción, y que
todos se admiraban verlo admitido en la Venerie. Era un joven capitán de
cazadores, llamado Sontis, bien nacido, pero mal educado, de un
libertinaje insolente, y de costumbres groseras. Su físico no compensaba
lo que le faltaba en educación social y moralidad. Era pequeño, feo, de
color bilioso, muy delgado, con escasos cabellos de un rubio claro y
ojos grises, de una expresión dura y cínicamente burlones. Pero era un,
_sportsman_, completo; en materia de equitación, de carreras, de caza, y
generalmente en todo lo concerniente al _sport_, era no solamente un
conocedor de los más competentes, sino un ejecutante de una habilidad
superior. Esas cualidades especiales habían cautivado al señor de
Maurescamp, quien se había propuesto, hacía ya algún tiempo, hacerse
criador y montar una caballeriza de cacerías; no cesaba de tener
conferencias sobre tan importante asunto con el capitán de Sontis, y
apreciaba altamente sus preciosos consejos.
En cambio, la señora de Maurescamp había concebido por el joven, desde
la primera vez que le vio, la más grande antipatía, la que no se cuidaba
de disimular. Fue, pues, con disgusto que le vio instalarse por tres
semanas en la Venerie, en los primeros días de noviembre, pues hasta
entonces, sólo había asistido a las comidas o al almuerzo con motivo de
la caza.
Desde la primera mañana de su instalación, fue invitado cortésmente para
acompañar al dueño de casa y dos o tres más de sus huéspedes, a pasar a
la sala de los arneses, para hacer un poco de esgrima, si lo tenía a
bien. El señor de Sontis contestó que tendría mucho gusto en ejercitar
un poco su muñeca, pues hacía mucho que no tiraba. Después de ensayarse
un poco contra las paredes, aceptó un pequeño asalto anodino con el
señor de Maurescamp.
Pusiéronse, pues, frente uno de otro y no fue poca la sorpresa de éste,
al encontrarse que aquel pequeño personaje poseía una agilidad, golpe de
vista, y alcance de tigre. Algo impresionado al principio por la fuerza
del manejo del señor de Maurescamp, repúsose prontamente y tomó una
ventaja absoluta en el segundo ataque. El señor de Maurescamp,
desazonado, dijo, riendo, que esperaba tomar su desquite a la mañana
siguiente.
--Como guste--contestó de Sontis--, estoy a sus órdenes; pero le
advierto que ya conozco su manejo, y que no me tocará sino cuando yo lo
quiera.
--¡Ya veremos!--contestó Maurescamp con bastante sequedad.
Juana había asistido aquella mañana, como tenía por costumbre, a la
lección de esgrima. Al salir notábase en ella un aire grave y
meditabundo que no le era habitual desde que había empezado su nueva
existencia. Todo el día estuvo pensativa.
A la mañana siguiente, no faltó a la cita.
El señor de Maurescamp y de Sontis emprendieron un asalto, al cual la
pequeña escena del día anterior daba un interés excepcional. La
curiosidad de los espectadores estaba en extremo sobreexcitada; pero la
de la señora de Maurescamp había llegado al último grado, y la expresión
de su rostro, mientras seguía las fases y peripecias de la lucha,
demostraba su interés, o más bien una ansiedad que no estaba en armonía
con las circunstancias.
Aquel asalto fue un desastre para el señor de Maurescamp. El joven
oficial de cazadores, aunque muy inferior en fuerza muscular, poseía, a
pesar de su débil apariencia, un temple de acero. Hacía mucho tiempo ya
que era reputado maestro en punto a esgrima, y no tardó en darse cuenta
del lado débil y deficiente del manejo, por otra parte muy temible, del
señor de Maurescamp. Había notado que tenía en el asalto el defecto
habitual de los hombres vigorosos y muy sanguíneos, es decir, la
tendencia a fiar demasiado en su vigor, y aun a abusar inconscientemente
de los efectos de fuerza. Dotado él mismo de una agilidad y precisión de
mano incomparable, y tan seguro de su vista como de su mano, el señor de
Sontis no daba entrada a su adversario; lo ofuscaba y deslumbraba con su
rápido cambio, aprovechándose de los desvíos a los cuales se entregan
siempre en la parada las espadas violentas, al lanzar desenganches de
una rapidez fulminante. El señor de Maurescamp tenía ante sí una espada
invisible e infatigable. No la sentía, puede decirse, sino cuando tocaba
su pecho. En resumen, recibió en aquel asalto cinco o seis botonazos y
no dio ninguno.
El amor propio muy irritable del señor de Maurescamp no le permitió
declarar su inferioridad decisiva. Convino solamente en que aquel día no
estaba en juego. Quiso renovar la prueba en los días siguientes; pero no
obtuvo ninguna ventaja, y si consiguió dos o tres veces en otros asaltos
consecutivos, hacer sentir el botón de su florete al señor de Sontis,
todos creyeron ver en ello un acto de deferencia por parte del joven. En
una palabra, el señor de Maurescamp, disgustado y herido, se abstuvo
desde entonces con diferentes pretextos de dar asaltos por la mañana.
Las mujeres gustan de los valientes y victoriosos. Fue seguramente a
consecuencia de este noble sentimiento, tan notable en las de su sexo,
que la señora de Maurescamp pareció perdonar al joven oficial de
cazadores su fea figura y mala reputación, y empezó muy visiblemente a
honrar con su benevolencia a un hombre por el cual sólo había demostrado
hasta entonces la más despreciativa indiferencia, y hasta aversión.
Por poco preparado que estuviese para aventuras de aquella importancia,
no pudo dejar de comprender el señor de Sontis el carácter de las
atenciones con que era favorecido. Mantúvose reservado, sin embargo, sea
que habituado a los amores de soldado, se sintiera intimidado ante
aquella dama elegante y distinguida, sea que sospechase (porque era muy
suspicaz) algún lazo oculto en aquellas provocaciones, que tenía tal vez
el buen sentido de conocer que no las merecía.
Por extraña que fuese la aventura, parecía no quedar duda sobre que
aquella mujer tan atractiva, delicada y honesta, estaba enamorada de
aquel mal sujeto, palidote y vulgar. Durante la última semana de la
permanencia del joven en la Venerie, los síntomas de la loca pasión de
Juana se revelaban cada vez más a las miradas curiosas de los celosos
que la observaban. Admirábanse al mismo tiempo, de que aquel manejo tan
significativo pasara inapercibido para aquel que tenía más interés en
comprenderlo, es decir, para el barón de Maurescamp, que, sin embargo,
había dado pruebas de susceptibilidad conyugal. Y tanto más se
admiraban, cuanto que Juana ponía muy poco empeño en disimular; más bien
era imprudente.
Con mucha frecuencia daba a su marido el espectáculo de sus apartes
misteriosos con el señor de Sontis; elegía indiscretamente el momento en
que su marido atravesaba el patio, para arrojar por la ventana alguna
flor de su corpino al oficial de cazadores; quedábase atrás con él, en
los paseos a caballo, perdíase en el bosque, y no volvía hasta el caer
de la noche en momento en que el barón empezaba a impacientarse, cuando
no a inquietarse. Finalmente, valsaba toda la noche con el capitán,
hablándole con sonrisas y miradas incendiarias.
Por muy reservado y desconfiado que fuese de Sontis, era imposible que
resistiese mucho tiempo a tales demostraciones. Tal vez también recibió
suficientes gajes para disipar sus aprensiones. De cualquier manera que
sea, no tardó en participar de la pasión violenta que había inspirado.
Aquel amor, tan nuevo para él, causábale una exaltación sombría y
huraña, con lo que parecía divertirse la señora de Maurescamp.
El señor de Maurescamp continuaba no viendo nada.
Sin embargo, por una u otra razón, parecía preocupado, menos expansivo,
menos bullicioso y preponderante que de costumbre, y hasta triste. Su
fisonomía encendida, poníase pálida y desencajada. A un observador
inteligente habríanle llamado la atención las miradas audazmente cínicas
que su mujer le lanzaba, y el desagrado con qué el barón procuraba
evitarlas.
El 28 de noviembre era el día señalado para la partida del capitán. Ese
día no hubo caza. El señor de Maurescamp había ido esa mañana a vigilar
las reparaciones que se hacían en el pabellón del guardabosque.
Para volver al castillo, tenía por costumbre, dejando los caminos
principales del bosque, tomar uno que él llamaba de Diana, y que
acortaba la distancia. Atravesaba un espeso bosque que formaba recodo
con el antiguo parque, y del que debía hacerse un jardín; mientras
tanto, permanecía inculto y formaba un bosquecillo tupido y solitario.
La Avenida de Diana debía su nombre a una antigua estatua, cuyo zócalo
era lo único que quedaba en pie. Lugar tan retirado y misterioso, era a
propósito para paseos y coloquios de enamorados. Pero, sin embargo, fue
una grande imprudencia la de Juana, la de elegirlo para su despedida del
oficial de cazadores. No ignoraba la excursión matinal de su marido a la
casa del guardabosque, sabía el camino que debía tomar a su regreso,
¿cómo podría llevar la ceguedad de la pasión, hasta el extremo de
olvidarse de que era probable que pasase por el lugar de la entrevista,
a la misma hora que tendría efecto?
Sea lo que sea, ahí se hallaban ella y él, entregados uno al otro;
habíanse sentado sobre un viejo banco rústico rodeado de árboles,
frente a la estatua derrumbada. En vísperas de alejarse, el oficial de
cazadores era más exigente, y ella más débil. Hablábanse en voz baja,
estrechadas sus manos y mirándose en los ojos, cuando el señor de Sontis
sorprendió en la mirada de Juana una llama, que ciertamente no le estaba
designada; volviose inmediatamente hacia el lado del bosque, siguiendo
la dirección de la mirada de la joven, y vio, algo oculto entre los
árboles, hacia la extremidad del camino, a un hombre que parecía
indeciso en continuar o no; aquel hombre dio súbitamente vuelta a la
espalda, y tomó otro camino, desapareciendo entre el ramaje.
--¿Es el marido de usted?--preguntó.
--Sí.
--¿Cree usted que nos ha visto?
--Lo ignoro. ¡Pero si nos ha visto, es un cobarde!
Que les hubiera visto o no, el señor de Maurescamp entró tranquilamente
en el castillo por la avenida más larga pero mejor del nuevo parque.
Volvió a salir casi inmediatamente y pasó el resto del día
inspeccionando sus plantaciones y el corte de sus bosques. No volvió a
entrar sino al primer toque que llamaba a comer.
Talvez fue a causa de su preocupación, que el capitán creyó notar, al
entrar en el salón, algo de tirantez y alteración en el rostro del señor
de Maurescamp.
Iban a comer. Había en la mesa como veinte convidados. Disgustáronse un
poco al ver a la señora de Maurescamp sentar a su lado al capitán de
cazadores, que era entre los convidados uno de los más jóvenes y de
menos consideración; pero se iba al día siguiente y esa circunstancia
explicó, en cierto modo, el excesivo honor que se le hacía. Sea que el
detalle de etiqueta hubiese desagradado a cierto número de convidados,
sea que hubiese en el aire uno de esos vagos presentimientos precursores
de las grandes catástrofes, el principio de la comida fue silencioso y
frío. Pero la abundancia y excelencia de los vinos con que se rociaba
una exquisita comida, no tardaron en disipar las nubes, despejar las
frentes y despertar las inteligencias.
La animación de las conversaciones acabó por tomar un diapasón más alto
que de costumbre, como sucede con bastante frecuencia cuando se ha
vencido un primer momento de frialdad embarazosa. En una palabra,
aquella comida, que había empezado tan lúgubremente, acabó de ser una
brillante fiesta de cazadores y hombres de mundo, a la que la presencia
de algunas lindas mujeres daba mayor animación. El mismo señor de
Maurescamp, que era siempre sobrio en la bebida pero aquel día había
vaciado su copa algo más de lo conveniente, parecía libre de las nubes
que desde algún tiempo atrás ofuscaban su mente. Tal vez festejaba
secretamente la partida de sus huéspedes importunos. Pero de todos
modos, había recobrado su tono de seguridad e importancia, y quiso
regalar a sus convidados, con su voz ronca e imperiosa, con algunos de
sus principios y sistemas favoritos.
La señora de Maurescamp prodigaba, mientras tanto, al señor de Sontis,
tantos agasajos que a pesar de su aplomo, el joven se encontraba
visiblemente confundido; al mismo tiempo, como para imitar a su marido,
entreteníase en beber copas llenas de Sauternes y Champagne, lo que le
proporcionaba accesos de una alegría extraordinaria. En medio de esas
crisis de risas estrepitosas caía por intervalos en una gran laxitud,
semejante a una bacante fatigada.
A los postres declaró que tomaría el café en el comedor.
--Esta animación--dijo--perdería su encanto, si cada uno se iba por su
lado.
Quedaríanse, pues, todos reunidos y permitiría fumar a los hombres. Tal
declaración fue aplaudida por todos los convidados.
Sirviose el café y circularon los cigarros.
Juana anunció que quería fumar, y tomó un cigarro para ensayarse.
--Le va a hacer mal--exclamó el señor de Maurescamp;--tomad un
cigarrillo.
--No, no, quiero un cigarro--dijo la joven cuyos ojos estaban algo
empañados.
El señor de Maurescamp se encogió de hombros y quedó callado.
Juana encendió en un fósforo su cigarro y se puso a fumar con el mayor
aplomo en medio de las aclamaciones de los asistentes.
Al cabo de algunos instantes:
--Es verdad--dijo,--¡esto me hace mal!
Y, volviéndose al capitán que estaba a su derecha, y quitándose el
cigarro húmedo de sus labios:
--Tome--le dijo,--acábelo usted.
Aquel movimiento, aquellas sencillas palabras, pareció que habían
petrificado a aquellos veinte convidados, tan animados y bulliciosos un
momento antes. El silencio que se produjo fue tal, que podía oírse fuera
de la sala, que parecía desierta, el murmullo del viento entre las
ramas.
Todas las miradas, que primeramente se habían fijado en Juana,
volviéronse a su marido, sentado frente a ella.
El señor de Maurescamp, extremadamente pálido, miraba a de Sontis y
esperaba.
El oficial de cazadores vacilaba, interrogando con seriedad los ojos de
Juana.
--Y bien--díjole.--¿De qué tiene usted miedo?
No vaciló más; tomó el cigarro que le presentaba la joven y lo puso
entre sus labios.
En el mismo instante, el barón de Maurescamp sacaba el que tenía en la
boca y se lo arrojaba a la cara al señor de Sontis, diciéndole:
--Concluya también el mío, capitán.
El cigarro, a medio fumar, fue a dar en el rostro del capitán,
despidiendo algunas chispas.
Todos se habían puesto de pie. Juana, en medio de la confusión y estupor
general, completamente despejada, de pie también, fría, impasible, se
apoyaba con una mano en una silla. Su bella fisonomía, que hemos visto
tan pura y delicada, parecía cubierta con la máscara de Tisofona;
expresaba esa mezcla de horror y alegría salvaje, que debió verse en la
frente encantadora de María Estuardo, cuando oyó la explosión que la
vengaba del asesino de Rizzio.