Hora y media después, el duelo tenía lugar en el bosque de Mames, y el
señor de Maurescamp había recibido una herida en medio del pecho.
Creyose por mucho tiempo que no sobreviviría, pues sus pulmones estaban
atacados. Pero la fuerza de su temperamento lo ha salvado. Su salud se
mantiene delicada, y su moral parecía igualmente afectada para siempre.
Parece convencido, como la mayor parte de la gente, de que su mujer, en
lo tocante al capitán de Sontis, no tiene más culpa que haber bebido
demasiado Sauternes, y haber fumado un habano, cuyo humo la había
privado de la conciencia de sus actos. Por consiguiente, ha podido vivir
con ella en términos convenientes y tener también a su respecto cierta
deferencia resignada y sumisa, muy sorprendente en un hombre muy
imperioso y dominante.
Es verdad que ha conseguido modificar por completo el temperamento de su
mujer, y que debe estar muy orgulloso de su obra. Juana no es ya
romancesca; ya no lee a Tennyson. Después que le mataron a su cómplice
de idealismo, el ideal ha muerto para ella. Después de haber afectado
primeramente por un espíritu de ironía vengativa, movimiento y
sensualismo, ha tomado gusto por su papel y lo desempeña hábilmente.
Fría, satírica, mundana furiosa, en extremo coqueta, indiferente a todo,
parece ser que después de la muerte de su madre, su único sentimiento
digno y elevado, es el que la conduce tres veces por semana, cerca del
lecho de una anciana paralítica que ha vuelto al estado de la infancia;
la condesa de Lerne.
Nada más añadiremos sobre Juana Berengére de Latour-Mesnil, baronesa de
Maurescamp. Ha cesado de interesarnos, como probablemente sucederá al
lector, desde que su atroz contestación al billete de de Sontis nos
demostró que el ángel habíase convertido en un demonio.
El final de esta historia, asaz verídica, es que, en el mundo moral, no
nacen monstruos: Dios no los cría; pero los hombres sí, y muchos. Esto
es lo que no deben olvidar las madres.