XIII

Seis meses después, a mediados de octubre del mismo año de 1877, nos

hallamos con el señor y la señora de Maurescamp, instalados maritalmente

en la Venerie, magnífica propiedad situada entre Creil y Compiègne, cuya

adquisición la había hecho el señor de Maurescamp diez y ocho meses

antes. Era gran cazador, y en Venerie había mucha caza, lo que le había

determinado a comprar aquel dominio, para no tener que alquilar cacería

por un lado o por otro, todos los años. Tenía invitados para el

principio de la estación de la caza, a un gran número de amigos, entre

otros a los señores de Monthélin, Hermany, de la Jardye y Saville, con

los cuales la señora de Maurescamp llenaba perfectamente bien los

deberes de castellana, con gracia y aun con alegría. Creíase

generalmente que su alegría estaba de más, y que después de haber sido,

hacía tan poco tiempo, con razón o sin ella, la causa de la muerte de un

hombre, debía sentir, o, cuando menos, aparentar alguna tristeza. Pero

el corazón de una mujer tiene secretos impenetrables.

A consecuencia del duelo que había terminado de un modo tan fatal para

el conde de Lerne, ningún argumento, ningún ruego, habrían podido

determinar a Juana Maurescamp a permanecer bajo el mismo techo conyugal

y esperar en él a su marido. Esa noche se refugió en casa de su madre,

llevándose valerosamente a su hijo. La señora de Latour-Mesnil tuvo la

delicada misión de negociar con el señor de Maurescamp las cláusulas y

condiciones de una existencia temporaria, y arreglada a las

circunstancias. Halló a su yerno menos recalcitrante de lo que ella

esperaba; a él mismo no le disgustaba el no afrontar la presencia de su

mujer tan en seguida concediendo que tal vez por simples sospechas había

procedido con demasiada ligereza e ido demasiado lejos.

Nadie siente una gran satisfacción en haber muerto a un hombre; y el

señor de Maurescamp, por poco sentimental que fuese, no dejaba de

experimentar ciertos remordimientos, que se adivinaban en las

disposiciones conciliadoras que manifestó a la señora de Latour-Mesnil.

Convínose, pues, en que la señora de Maurescamp quedaría con su hijo, y

que acompañaría a su madre primeramente a Vichy y después a Suiza y

Vevey, donde pasarían el verano. Mientras tanto, los sentimientos de uno

y otro se calmarían, modificándose, tanto más, cuanto que en todo

aquello no había habido sino una serie de errores.

Aquel duelo había ocupado a París durante ocho días.

La catástrofe final llegó a producir un movimiento de opinión favorable

a la reputación de la señora de Maurescamp; había, entre la crueldad de

aquel desenlace y las ligeras imprudencias de conducta que podían

reprocharse a Juana y al señor de Lerne, una desproporción tal, que se

impuso a todos y desarmó a la calumnia. La opinión general fue que el

señor de Maurescamp se había mostrado feroz e implacable, para con un

hombre que no tenía más crimen, según se creía, que el haber dado

lecturas con su mujer. Estos rumores y apreciaciones de las gentes,

tranquilizando la vanidad del barón y lisonjeando su orgullo,

contribuyeron a la reconciliación de los esposos.

La señora de Maurescamp manifestose en los primeros tiempos

completamente rebelde a toda idea de reconciliación. Pero después de dos

o tres meses pasados en un estado de estupor desesperado, pareció

despertarse repentinamente bajo la impresión de nuevas reflexiones.

Declaró a su madre que cedía a sus consejos, que volvería a casa de su

marido y que sólo pedía algunos meses de retardo.

--Es necesario--dijo, no sin un resto de amargura--dejar tiempo para que

se le sequen las manos.

Desde entonces su humor cambió completamente; parecía gozan: con la vida

y el porvenir presentarle algún interés, bastante para reanimar un poco

su actividad y su espíritu.

Volvió, pues, a reunirse a su marido a fines de septiembre y entró en su

casa tan naturalmente, cual si volviera de un viaje. A decir verdad, el

señor de Maurescamp pareció el más embarazado de los dos. Por otra

parte, nunca habían tenido la costumbre de las grandes expansiones; por

consiguiente, nada parecía cambiado entre ellos; tocó sonriéndose la

mano que él le tendió a su llegada, y la salud de su querido Roberto, su

buen aspecto, su crecimiento rápido, diéronle un asunto fácil de

conversación, que allanó todas las dificultades. Algunos días después

fueron a instalarse al castillo de la Venerie, donde la presencia de los

invitados debía evitarles el disgusto de las largas conversaciones.

Ya se comprende que la señora de Maurescamp fue por mucho tiempo para

los huéspedes del castillo, como para los vecinos de la campaña, un

objeto de la más insistente curiosidad; era imposible dejar de observar

con especial atención la fisonomía y el porte de una joven cuyo nombre

acababa de estar mezclado en una aventura tan trágica como misteriosa,

y trascendente. Los curiosos no sacaron su gasto; la actitud de Juana

era reposada y natural, a menos de suponerle una gran dosis de disimulo

(cosa que no es temeraria suponer a su sexo), y había razón para pensar

que había tomado definitivamente el partido de sobreponerse a los

pesares y desagrados personales por que había pasado en época tan

reciente.

Hallaban, pues, las gentes, como lo hemos dicho antes, que llevaba con

demasiada despreocupación el duelo de un hombre muerto por ella, que,

cuando menos, había sido su amigo.

--¡Esto no es animador!--dijo un día el bello Saville a la señora de

Hermany--; si el pobre de Lerne resucitase por algunos instantes, su

asombro no tendría límites.

--¿Por qué, amigo mío?

--¡Porque esto es chocante!--dijo el bello Saville, que no era un

águila pero que tenía buen corazón--, se diría que la muerte de ese

pobre muchacho ha sido una satisfacción para ella. Nunca la he visto más

animada, más satisfecha... ¡Y hacednos matar por estas señoras!

--Pero, amigo mío, nadie piensa en hacerle a usted matar...

Tranquilícese... y en cuanto a mi amiga Juana, es una persona a quien no

se debe juzgar a la ligera... Yo no sé; todo lo que pasa en esa linda

cabeza... pero hay en su pupila algo que no me agradaría si fuese su

marido.

--Pues yo no veo nada en su pupila--dijo Saville;

--¡Naturalmente!--contestole la señora Hermany.

Aquel buen humor de Juana, que chocaba a todos, estaba muy lejos de

desagradar a su marido; por el contrario, gustábale mucho.

--Es una mujer domada--se decía--. Esto es lo que hay; está domada. Ese

es mi sistema, domar a las mujeres... Después que la mía ha recibido una

lección, un poco fuerte, es verdad, ha recobrado su buen sentido

práctico... ahora es cien veces más feliz y más amable que nunca...

¡Esto es perfecto, perfecto!

Habíase operado, en efecto, en los gustos y las costumbres de Juana un

cambio muy original y digno de estudio; en vez de consagrarse casi

exclusivamente como antes, a los goces del alma y de la inteligencia,

habíase despertado en ella un gusto demasiado exclusivo por los placeres

físicos. No abría un libro, el piano permanecía cerrado, su querida

cartera no recibía ya sus impresiones, ni los extractos de sus poetas

favoritos; había perdido su tendencia al entusiasmo y a conmoverse

tiernamente, que tanto la había distinguido, y contraído la tan vulgar y

detestable manía parisiense de la crítica perpetua. La equitación, la

caza, el ballar, el baile, eran entonces sus pasiones favoritas.

Seguía a caballo las cacerías en los bosques de Compiègne, a pie las

cacerías de tiro en los bosques de la Venerie y por la noche era una

valsante infatigable. Los nombres nunca la habían visto más seductora, y

hay que añadir que nunca creyeron que fuese tan coqueta; pues lo era, y

tenía a más en aquel arte, nuevo para ella, la inconsciencia de una

principianta que no conocía todavía lo justo de la medida. Las

vivacidades de su conducta y de su lenguaje sobrepasaban algunas veces

al nivel que separa a las gentes de buena sociedad de la mala. Pero

Maurescamp no se disgustaba por ello; divertíale más bien y se reía con

sus amigos.

--Ya está curada--decía--. Empieza una vida nueva... se excede un poco

en el lenguaje, es verdad... como las recién casadas, que dicen

disparates al día siguiente de su boda... pero eso pasará.

Sin embargo, después de algún tiempo acabó por notar que su mujer

buscaba con demasiado empeño la sociedad de los hombres. Que les

acompañara constantemente a la caza, paso y salas de billar, pase; pero

lo que le sorprendió sobremanera fue verla seguirlos hasta la sala de

arreos, donde se reunían todas las mañanas a tirar las armas. Esta sala

era una gran pieza monumental, con piso de mosaico, bien abrigada, muy

clara y muy adecuada para esta clase de _sport_.

Altos bancos cubiertos de espartería se hallaban colocados a lo largo de

las paredes y servían de asiento a los espectadores. La primera vez que

Maurescamp y sus amigos vieron por entre el humo de sus cigarros a Juana

sentada en uno de esos bancos, sintiéronse no solamente sorprendidos,

sino también disgustados. Había entrado sin hacer ruido, sin ser

notada, sentándose silenciosa y observaba a los tiradores. A todos les

pareció extraordinario que una joven a quien tenían por delicada y

sensible, encontrase placer en un espectáculo que no podía dejar de

traerle a la memoria un recuerdo funesto. Hubo, sin embargo, que

habituarse a su presencia, porque desde este día no dejó de ir a la sala

de armas, a las horas que lo hacían el señor de Maurescamp y sus

huéspedes. Parecía observarlos con particular interés; algo inclinada

bien adelante, seria, con la mirada fija, absorbíase por completo en la

contemplación de las paradas y réplicas cambiadas entre los adversarios.

Pero, sobre todo, era cuando su marido estaba en escena, que se le veía

prestar la más profunda atención, tan profunda, que llegaba a contrariar

hasta a su propio marido.

Juana llegó, a fuerza de aplicación, a conocer bastante la esgrima;

dábase cuenta con bastante exactitud de los golpes y de la fuerza de los

tiradores. Fue así como llegó a comprender que su marido era

efectivamente, como lo había oído decir, un tirador diestro, de una

solidez y una fuerza muy notables, y que hasta entonces no había otro

que pudiera competir con él sin demasiada desigualdad, sino el señor de

Monthélin, hasta llegar a tener ventaja sobre el barón, en dos o tres

asaltos, lo que le valió de Juana algunas palabras amables.

Historia de una parisiense · 第 19 / 24 题