Seis meses después, a mediados de octubre del mismo año de 1877, nos
hallamos con el señor y la señora de Maurescamp, instalados maritalmente
en la Venerie, magnífica propiedad situada entre Creil y Compiègne, cuya
adquisición la había hecho el señor de Maurescamp diez y ocho meses
antes. Era gran cazador, y en Venerie había mucha caza, lo que le había
determinado a comprar aquel dominio, para no tener que alquilar cacería
por un lado o por otro, todos los años. Tenía invitados para el
principio de la estación de la caza, a un gran número de amigos, entre
otros a los señores de Monthélin, Hermany, de la Jardye y Saville, con
los cuales la señora de Maurescamp llenaba perfectamente bien los
deberes de castellana, con gracia y aun con alegría. Creíase
generalmente que su alegría estaba de más, y que después de haber sido,
hacía tan poco tiempo, con razón o sin ella, la causa de la muerte de un
hombre, debía sentir, o, cuando menos, aparentar alguna tristeza. Pero
el corazón de una mujer tiene secretos impenetrables.
A consecuencia del duelo que había terminado de un modo tan fatal para
el conde de Lerne, ningún argumento, ningún ruego, habrían podido
determinar a Juana Maurescamp a permanecer bajo el mismo techo conyugal
y esperar en él a su marido. Esa noche se refugió en casa de su madre,
llevándose valerosamente a su hijo. La señora de Latour-Mesnil tuvo la
delicada misión de negociar con el señor de Maurescamp las cláusulas y
condiciones de una existencia temporaria, y arreglada a las
circunstancias. Halló a su yerno menos recalcitrante de lo que ella
esperaba; a él mismo no le disgustaba el no afrontar la presencia de su
mujer tan en seguida concediendo que tal vez por simples sospechas había
procedido con demasiada ligereza e ido demasiado lejos.
Nadie siente una gran satisfacción en haber muerto a un hombre; y el
señor de Maurescamp, por poco sentimental que fuese, no dejaba de
experimentar ciertos remordimientos, que se adivinaban en las
disposiciones conciliadoras que manifestó a la señora de Latour-Mesnil.
Convínose, pues, en que la señora de Maurescamp quedaría con su hijo, y
que acompañaría a su madre primeramente a Vichy y después a Suiza y
Vevey, donde pasarían el verano. Mientras tanto, los sentimientos de uno
y otro se calmarían, modificándose, tanto más, cuanto que en todo
aquello no había habido sino una serie de errores.
Aquel duelo había ocupado a París durante ocho días.
La catástrofe final llegó a producir un movimiento de opinión favorable
a la reputación de la señora de Maurescamp; había, entre la crueldad de
aquel desenlace y las ligeras imprudencias de conducta que podían
reprocharse a Juana y al señor de Lerne, una desproporción tal, que se
impuso a todos y desarmó a la calumnia. La opinión general fue que el
señor de Maurescamp se había mostrado feroz e implacable, para con un
hombre que no tenía más crimen, según se creía, que el haber dado
lecturas con su mujer. Estos rumores y apreciaciones de las gentes,
tranquilizando la vanidad del barón y lisonjeando su orgullo,
contribuyeron a la reconciliación de los esposos.
La señora de Maurescamp manifestose en los primeros tiempos
completamente rebelde a toda idea de reconciliación. Pero después de dos
o tres meses pasados en un estado de estupor desesperado, pareció
despertarse repentinamente bajo la impresión de nuevas reflexiones.
Declaró a su madre que cedía a sus consejos, que volvería a casa de su
marido y que sólo pedía algunos meses de retardo.
--Es necesario--dijo, no sin un resto de amargura--dejar tiempo para que
se le sequen las manos.
Desde entonces su humor cambió completamente; parecía gozan: con la vida
y el porvenir presentarle algún interés, bastante para reanimar un poco
su actividad y su espíritu.
Volvió, pues, a reunirse a su marido a fines de septiembre y entró en su
casa tan naturalmente, cual si volviera de un viaje. A decir verdad, el
señor de Maurescamp pareció el más embarazado de los dos. Por otra
parte, nunca habían tenido la costumbre de las grandes expansiones; por
consiguiente, nada parecía cambiado entre ellos; tocó sonriéndose la
mano que él le tendió a su llegada, y la salud de su querido Roberto, su
buen aspecto, su crecimiento rápido, diéronle un asunto fácil de
conversación, que allanó todas las dificultades. Algunos días después
fueron a instalarse al castillo de la Venerie, donde la presencia de los
invitados debía evitarles el disgusto de las largas conversaciones.
Ya se comprende que la señora de Maurescamp fue por mucho tiempo para
los huéspedes del castillo, como para los vecinos de la campaña, un
objeto de la más insistente curiosidad; era imposible dejar de observar
con especial atención la fisonomía y el porte de una joven cuyo nombre
acababa de estar mezclado en una aventura tan trágica como misteriosa,
y trascendente. Los curiosos no sacaron su gasto; la actitud de Juana
era reposada y natural, a menos de suponerle una gran dosis de disimulo
(cosa que no es temeraria suponer a su sexo), y había razón para pensar
que había tomado definitivamente el partido de sobreponerse a los
pesares y desagrados personales por que había pasado en época tan
reciente.
Hallaban, pues, las gentes, como lo hemos dicho antes, que llevaba con
demasiada despreocupación el duelo de un hombre muerto por ella, que,
cuando menos, había sido su amigo.
--¡Esto no es animador!--dijo un día el bello Saville a la señora de
Hermany--; si el pobre de Lerne resucitase por algunos instantes, su
asombro no tendría límites.
--¿Por qué, amigo mío?
--¡Porque esto es chocante!--dijo el bello Saville, que no era un
águila pero que tenía buen corazón--, se diría que la muerte de ese
pobre muchacho ha sido una satisfacción para ella. Nunca la he visto más
animada, más satisfecha... ¡Y hacednos matar por estas señoras!
--Pero, amigo mío, nadie piensa en hacerle a usted matar...
Tranquilícese... y en cuanto a mi amiga Juana, es una persona a quien no
se debe juzgar a la ligera... Yo no sé; todo lo que pasa en esa linda
cabeza... pero hay en su pupila algo que no me agradaría si fuese su
marido.
--Pues yo no veo nada en su pupila--dijo Saville;
--¡Naturalmente!--contestole la señora Hermany.
Aquel buen humor de Juana, que chocaba a todos, estaba muy lejos de
desagradar a su marido; por el contrario, gustábale mucho.
--Es una mujer domada--se decía--. Esto es lo que hay; está domada. Ese
es mi sistema, domar a las mujeres... Después que la mía ha recibido una
lección, un poco fuerte, es verdad, ha recobrado su buen sentido
práctico... ahora es cien veces más feliz y más amable que nunca...
¡Esto es perfecto, perfecto!
Habíase operado, en efecto, en los gustos y las costumbres de Juana un
cambio muy original y digno de estudio; en vez de consagrarse casi
exclusivamente como antes, a los goces del alma y de la inteligencia,
habíase despertado en ella un gusto demasiado exclusivo por los placeres
físicos. No abría un libro, el piano permanecía cerrado, su querida
cartera no recibía ya sus impresiones, ni los extractos de sus poetas
favoritos; había perdido su tendencia al entusiasmo y a conmoverse
tiernamente, que tanto la había distinguido, y contraído la tan vulgar y
detestable manía parisiense de la crítica perpetua. La equitación, la
caza, el ballar, el baile, eran entonces sus pasiones favoritas.
Seguía a caballo las cacerías en los bosques de Compiègne, a pie las
cacerías de tiro en los bosques de la Venerie y por la noche era una
valsante infatigable. Los nombres nunca la habían visto más seductora, y
hay que añadir que nunca creyeron que fuese tan coqueta; pues lo era, y
tenía a más en aquel arte, nuevo para ella, la inconsciencia de una
principianta que no conocía todavía lo justo de la medida. Las
vivacidades de su conducta y de su lenguaje sobrepasaban algunas veces
al nivel que separa a las gentes de buena sociedad de la mala. Pero
Maurescamp no se disgustaba por ello; divertíale más bien y se reía con
sus amigos.
--Ya está curada--decía--. Empieza una vida nueva... se excede un poco
en el lenguaje, es verdad... como las recién casadas, que dicen
disparates al día siguiente de su boda... pero eso pasará.
Sin embargo, después de algún tiempo acabó por notar que su mujer
buscaba con demasiado empeño la sociedad de los hombres. Que les
acompañara constantemente a la caza, paso y salas de billar, pase; pero
lo que le sorprendió sobremanera fue verla seguirlos hasta la sala de
arreos, donde se reunían todas las mañanas a tirar las armas. Esta sala
era una gran pieza monumental, con piso de mosaico, bien abrigada, muy
clara y muy adecuada para esta clase de _sport_.
Altos bancos cubiertos de espartería se hallaban colocados a lo largo de
las paredes y servían de asiento a los espectadores. La primera vez que
Maurescamp y sus amigos vieron por entre el humo de sus cigarros a Juana
sentada en uno de esos bancos, sintiéronse no solamente sorprendidos,
sino también disgustados. Había entrado sin hacer ruido, sin ser
notada, sentándose silenciosa y observaba a los tiradores. A todos les
pareció extraordinario que una joven a quien tenían por delicada y
sensible, encontrase placer en un espectáculo que no podía dejar de
traerle a la memoria un recuerdo funesto. Hubo, sin embargo, que
habituarse a su presencia, porque desde este día no dejó de ir a la sala
de armas, a las horas que lo hacían el señor de Maurescamp y sus
huéspedes. Parecía observarlos con particular interés; algo inclinada
bien adelante, seria, con la mirada fija, absorbíase por completo en la
contemplación de las paradas y réplicas cambiadas entre los adversarios.
Pero, sobre todo, era cuando su marido estaba en escena, que se le veía
prestar la más profunda atención, tan profunda, que llegaba a contrariar
hasta a su propio marido.
Juana llegó, a fuerza de aplicación, a conocer bastante la esgrima;
dábase cuenta con bastante exactitud de los golpes y de la fuerza de los
tiradores. Fue así como llegó a comprender que su marido era
efectivamente, como lo había oído decir, un tirador diestro, de una
solidez y una fuerza muy notables, y que hasta entonces no había otro
que pudiera competir con él sin demasiada desigualdad, sino el señor de
Monthélin, hasta llegar a tener ventaja sobre el barón, en dos o tres
asaltos, lo que le valió de Juana algunas palabras amables.