La señora de Maurescamp volvió pronto a su casa, conducida por la señora
de Lerne. Su ausencia había sido corta. Sus criados no vieron nada de
extraordinario y su imprudente paso quedó ignorado de su marido.
Hacia las cinco de la mañana acababa de adormecerse, quebrantada por el
cansancio y las emociones, cuando la despertó un ruido que se sentía
arriba de su cabeza. Sentía pasos y roces sordos, sobre el piso;
comprendió que su marido procedía anticipadamente a los preparativos del
viaje.
Un momento después oyó el rodar de un carruaje por el patio, después
bajo la bóveda de la entrada; había partido.
Levantose. Su cabeza ardía. Abrió una de las ventanas que daban al
jardín y cruzó sus brazos sobre la baranda. El aspecto del cielo, de las
nubes, de las paredes, de las primeras hojas, todo tomaba a sus ojos un
aspecto extraño y fantástico. Escuchaba vagamente el alegre murmullo de
una bandada de gorriones que saludaban el amanecer de una bella mañana
de primavera.
Salió bruscamente de su contemplación para ir a presidir, como tenía por
costumbre, el levantarse de su hijo y su arreglo matinal. Prolongó
aquellos cuidados lo más posible, tratando de hacerse la ilusión de un
estado de cosas regular y tranquilo.
Cuando la mañana avanzó, su soledad, en medio de las ansias que la
devoraban, llegó a serle intolerable, y decidiose a llamar a su madre.
Su ternura generosa había trepidado hasta entonces en hacerla
participar de aquellas horas angustiosas. Pero sentía que perdía la
cabeza. Informó, pues, a la señora de Latour-Mesnil de lo que pasaba,
por medio de un billete que le envió con un expreso.
Si la madre de Juana hace mucho que no figura en las páginas de este
relato, es porque no teníamos nada que decir que el lector no haya
adivinado. Una palabra bastará, sin embargo, para llenar este vacío.
La señora de Latour-Mesnil se moría poco a poco, a causa del bello
casamiento que le había hecho hacer a su hija. Sufría de una afección al
hígado, complicada con graves desórdenes del corazón. Era en vano que
Juana, no solamente no le hiciera reproches, ni aun le confiase nada.
Era demasiado mujer, y demasiado madre; había sufrido demasiado ella
misma, para que pudiera engañarse sobre la verdad de las cosas, y no se
perdonaba la extraña ceguedad con que había entregado a su hija a un
destino peor que el suyo.
Algunas madres se consuelan del amor oficial de sus hijas con la
felicidad de contrabando que les conocen, o que les suponen. Tales
consuelos no eran para la señora de Latour-Mesnil, y si algo podía,
agravar más el dolor y los remordimientos de haber entregado su hija a
una desgracia irreparable, era la mortal aprensión, de que tal vez la
había entregado tan bien al deshonor.
Muchas habían sido sus perplejidades al respecto, y el solo día feliz
que la pobre mujer hubiese tenido, en muchos años, era el reciente en
que su hija, viendo su inquietud por su relación con el señor de Lerne,
le había saltado al cuello exclamando:
--¡Mira como te abrazo!... no lo haría así, si fuese culpable. ¡No! ¡no
me atrevería!
La señora de Latour-Mesnil, a quien el billete de su hija había dado la
primera noticia sobre el duelo del señor de Maurescamp con el señor de
Lerne, llegó a casa de su hija a eso del mediodía. Primeramente entre
las dos mujeres hubo más lágrimas que palabras. Después de los primeros
desahogos, sintiose Juana más aliviada al contestar a las preguntas
reiteradas de su madre, refiriéndole lo que sabía sobre las
circunstancias del desafío, los incidentes del baile, la escena entre
ella y su marido y hasta su visita precipitada a casa de Jacobo.
Mientras hablaba con una volubilidad febril unas veces caminando, otras
sentada, no dejaba de lanzar rápidas miradas alrededor de la chimenea.
Ella sabía que el duelo debía efectuarse a las tres y media. A medida
que la hora fatal se aproximaba, sentíase más agitada, pero hablaba
menos; su andar maquinal de un salón a otro, se aceleraba; su semblante
se encendía, y sus labios no hacían sino articular por intervalos
algunas exclamaciones de niña:
--¡Oh mamá!... ¡mi pobre mamá!... ¡qué crueldad!... ¡qué injusticia!...
¡qué injusticia!... ¡Dios mío!
Su madre, alarmada por su estado de exaltación, se levantó y trató de
llevarla a su dormitorio.
--Ven a tu cuarto, hija mía--decíale--, vamos a rezar.
--¿Rezar? ¡madre mía!--le dijo Juana con dureza--. ¿Y por quién quiere
que rece? ¿Por mi marido o por el otro?... ¿Quiere que sea hipócrita o
sacrílega?
--¡Ah! ruega por tu pobre madre, que tiene tanta necesidad de
perdón--exclamó la señora de Latour-Mesnil arrodillándose y ocultando
su frente entre las manos.
--¡Madre, madre mía!--dijo Juana levantándola con fuerza, y
estrechándola contra su corazón. ¿Qué tengo que perdonarle? ¿no me he
engañado yo también?
--Tú podías engañarte... ¡Pero yo!... yo, tu madre, tu consejera, tu
guía; instruida por la vida. ¡Ah, cuán culpable he sido! ¡Cuán culpable
en no haber elegido mejor para ti! Para ti tan digna de ser feliz,
¡pobre hija mía!... A ti, que eres tan honesta, ve a donde te he
conducido.
--Pero soy siempre digna, madre mía--dijo Juana, distraída.
Repentinamente, mostrole con el índice la esfera del reloj. La señora de
Latour-Mesnil vio que eran las tres; una sonrisa nerviosa crispaba los
labios de Juana. Tomose del brazo de su madre y se paseó sin pronunciar
una palabra. Suspiraba profundamente de tiempo en tiempo.
Después de algunos momentos:
--Probablemente ya todo habrá concluido--dijo--, porque para esas cosas
son muy exactos, y duran poco tiempo, según dicen... pero lo que hay de
terrible es que no sabremos nada hasta de aquí a dos o tres horas. He
hecho una cosa, que quién sabe si la aprobará usted... pero, ¿a quién
podía dirigirme para tener noticias? Me era imposible esperar hasta
mañana, porque el señor de Maurescamp, naturalmente, no me escribirá...
Por eso, le he rogado a Luis, el viejo sirviente del señor de Lerne, que
me envíe un despacho, así que todo haya terminado.
La señora de Latour-Mesnil, anonadada, no contestó sino por un
movimiento indeciso.
En ese momento sintieron el timbre del vestíbulo que daba a la
habitación del conserje. Como la puerta del hotel había permanecido
rigurosamente cerrada toda la mañana, aquel anuncio de una visita
parecioles singular.
--¡Ya!--murmuró Juana, acercándose vivamente a una ventana que se abría
sobre el patio--. ¡Ya! ¡es imposible!
Corrió la cortina y reconoció en el personaje que subía la escalera de
la galería, a un maestro de esgrima, o más bien a un preboste nombrado
Lavarede, que tenía por costumbre venir al palacio tres veces a la
semana para tirar las armas con el señor de Maurescamp. Muy celoso de su
habilidad en la esgrima, a pesar de frecuentar asiduamente la sala de
armas, ejercitábase también en su casa, tal vez para no hacer sabedor al
público de todos los secretos de su manejo.
La aparición de aquel hombre, en medio de los pensamientos que
preocupaban a Juana y a su madre, las llenó de admiración y alarma.
Interrogábanse en voz baja con inquietud, cuando un sirviente se
presentó a la puerta del salón, y dijo:
--Señora, es el señor de Lavarede, el maestro de armas, que no sabía que
el señor barón estuviese de viaje, y pregunta si el señor barón estará
muchos días ausente, y si podrá volver pasado mañana.
--Decid que no sé, que se le hará prevenir.
El sirviente salió.
Después de algunos momentos de reflexión, la joven lo volvió a llamar.
--Augusto--le dijo--, deseo hablar al señor Lavarede... hazle entrar en
el comedor, voy a bajar.
Y volviéndose a su madre:
--Venga conmigo--añadió--, quiero hablar dos palabras con ese hombre...
después iremos al jardín... nos hará bien... hace muy buen tiempo...
venga.
Bajaron dándose el brazo y se encontraron en el comedor con un hombre
como de cuarenta años, que tenía la apostura dura y correcta de un
militar, en traje de particular.
--Caballero--le dijo la señora de Maurescamp, con una voz un poco
temblona--, deseo hablarle... Mi marido partió esta mañana para
Bélgica... parece que ignora usted el motivo de su viaje...
--Sí, señora, lo ignoro.
--¿Los sirvientes no le han dicho nada?
--No, señora.
--Tal vez ellos mismos lo ignoran; ha pasado todo tan rápidamente...
Pues bien, señor, la causa de ese viaje, ¿la sospecha usted, la adivina,
sin duda, en el estado de tribulación en que nos ve a mi madre y a
mí?... ¡A estas horas el señor de Maurescamp se bate en duelo! El
maestro de armas sólo contestó con un ligero movimiento de sorpresa y un
serio saludo.
--Señor--replicó la señora de Maurescamp, cuya palabra era al mismo
tiempo precipitada e indecisa--, señor, ya comprenderá nuestra
ansiedad... ¿Puede decirnos algo para tranquilizarnos?
--Perdón, señora, ¿puedo saber quién es el adversario?
--El adversario es el señor de Lerne.
--¡Oh! en ese caso puede estar bien tranquila.
Juana miró fijamente a su interlocutor.
--¿Tranquila?... ¿por qué?
--El señor conde de Lerne, señora--añadió el preboste, es uno de los que
frecuentan nuestra sala, lo era al menos... conozco perfectamente su
fuerza... tiraba muy bien, y hubo un tiempo en que hubiera podido luchar
con el señor barón... pero después de su duelo con Monthélin ha perdido
mucho... se cansa pronto, y no es dudoso que el señor barón dé pronto
cuenta de él. Pienso, pues, que la señora puede estar tranquila.
--Entonces--dijo Juana después de una pausa--, ¿usted cree que va a dar
muerte al señor de Lerne?
--¡Oh, matarle! espero que no... pero indudablemente le herirá o le
desarmará, lo que es más probable, sobre todo si la querella no es muy
seria.
--Pero, en fin, señor--replicó la joven balbuceando--; ¿usted cree...
está seguro, que no tengo nada que temer por mi marido?... ¿que no puede
ser herido?
--Estoy persuadido de ello.
--Bien, señor... gracias; le saludo, señor.
Siguiole con la vista, hasta que hubo salido, y tomando después la mano
de su madre:
--¡Ah, madre!--dijo--. ¡Siento que me voy volviendo criminal!
Las puertas ventanas del comedor se abrían al nivel del jardín. La madre
y la hija entraron en él y se sentaron juntas en un banco rodeado de
lilas cuyas hojas empezaban a brotar. Apenas sentada Juana exclamó:
--Madre mía, después de lo que ha dicho ese hombre, si le mata... será
un verdadero asesinato...
--Hija mía querida, te ruego que te calmes; ¡me haces tanto mal, tanto
mal!... A más, lo que ha dicho ese hombre es por tranquilizarnos...
porque, en fin, tu marido no es un monstruo, y entre gente de honor, no
pueden suceder ciertas cosas. Si el señor de Lerne sufre realmente del
brazo, si su brazo está debilitado...
--Sí--dijo Juana--, muchas veces me he apercibido de ello.
--Puen bien--prosiguió la madre--, tu marido lo habrá notado
inmediatamente y se habrá contentado con desarmarle.
--¡Ah, madre mía, le odia tanto! ¡nos odia tanto a los dos!... y no es
bueno, a más de eso; ¡es malo!
Sin embargo, se adhirió a aquel pensamiento que le sugería su madre: eso
es bastante verosímil, si el señor de Maurescamp era hombre de honor,
como el mundo lo entiende... no querría abusar de la desigualdad de
fuerza... después, habríase acordado durante el viaje de todo lo que
ella le había dicho... habría reflexionado más a sangre fría, habría
llegado casi convencido de su inocencia... casi tranquilo... menos ávido
de venganza...
Sentía también en todo lo que la rodeaba una influencia benéfica y
tranquilizadora; sentíala en el silencio de aquel jardín con sus altos
muros enclaustrados, en el aire puro y en el azul del cielo. En el olor
de las plantas, y en la suavidad de un bello día, que ya declinaba. La
imaginación no puede sino difícilmente asociar las ideas de violencia y
escenas de sangre, a la tranquilidad encantadora de la naturaleza y a
los que respiran el bienestar del campo y sus jardines, que ese
bienestar debe reinar por todas partes.
El tiempo corría, mientras tanto, sin ninguna nueva emoción; las
anteriores iban calmándose un poco, Juana y su madre, tomadas de la mano
y sin hablar sentíanse como adormecidas por un suave entorpecimiento de
los sentidos.
Era un poco más de las cinco de la tarde, cuando Juana se enderezó
repentinamente; había vuelto a oír resonar el timbre del vestíbulo.
--Esta vez sí... ahí está--dijo.
Dos minutos pasaron; Juana y su madre estaban paradas con la vista fija
en la puerta del vestíbulo. Un sirviente apareció con una bandeja en la
mano.
--Es un despacho para la señora--dijo.
--Dadme--dijo Juana adelantándose dos pasos.
Esperó que el sirviente se hubiese retirado, y, sin abrir el telegrama
miró a su madre.
--¡Déjame abrirle!--murmuró la señora de Latour-Mesnil tratando de tomar
el telegrama.
--No--dijo la joven sonriendo--, tendré valor. ¡Bah!
Rompió el sobre azul. Apenas hubo echado una mirada sobre su contenido,
cuando se le cayó de las manos; su mirada quedó fija, sus labios se
agitaron convulsivamente; abrió en cruz sus brazos, dio un grito
prolongado que se sintió por todo el palacio y cayó redonda sobre la
arena a los pies de su madre.
Mientras que los criados acudían al oír aquel grito siniestro, la señora
de Latour-Mesnil, desatinada, se arrojaba sobre su hija, y al mismo
tiempo que le prodigaba sus cuidados, levantaba febrilmente el
telegrama.
Esto fue, lo que leyó:
«Soignies, tres y media.
»El señor Jacobo, herido mortalmente, acaba de sucumbir.--Luis.»