XI

Mientras se esparcía por los salones, entre cuchicheos y risas, la nueva

de la desaparición de Juana, arrebatada por su marido, el señor de

Maurescamp sentábase bruscamente al lado de su mujer en su cupé. Desde

que no tuvo testigos dejó de hablar de su hijo. Aquel silencio y su

actitud airada no podían dejar a la pobre mujer la menor ilusión.

Sentíase atemorizada.

Sentía ese estupor de una persona herida por el rayo, en el esplendor de

su existencia, en su honor, en su inocencia; la indignación de una mujer

honesta públicamente insultada, el temor vago de una catástrofe

desconocida, próxima y terrible. En su tribulación sin nombre,

permanecía silenciosa, esperando que él hablase; pero en vano; y el

trayecto bastante corto de la Avenida Gabriel a la Avenida de Alma, se

pasó sin que una palabra se hubiera cambiado entre ellos.

Juana, sin embargo, empezaba a despejar su espíritu, naturalmente

valeroso, del caos de sentimientos en que la primera sorpresa la había

sumergido. Atravesó con paso firme, a la vista de tres o cuatro criados

inmóviles, el gran vestíbulo sonoro de su palacio, y subió la escalera,

silenciosa, pero llegado que hubo al primer descanso de la escalera de

sus habitaciones, se apercibió de que su marido seguía adelante:

--Perdón--le dijo--; hacedme el gusto de entrar ahí, tengo que hablaros.

Dudó unos instantes; como la mayor parte de los hombres, no gustaba de

explicaciones, pues en realidad era un carácter violento, más bien que

fuerte; el acento tranquilo de su mujer le imponía, aunque le irritaba.

Siguiola, pues, pero con más enojo que antes.

Cerró la puerta, pasó al saloncito que estaba antes de su dormitorio y,

volviéndose hacia el barón y mirándole:

--Y bien, ¿qué es lo que hay?--dijo.

--Lo que hay, es que mataré a tu amante mañana por la mañana, eso es lo

que hay.

Ella juntó sus manos haciéndolas chocar con estrépito, y continuó

mirándole, con los labios entreabiertos como excitando.

--Hace mucho tiempo--replicó Maurescamp jurando e irritándose a sí mismo

con la violencia de su lenguaje--; hace mucho que me están ustedes

provocando... que ambos me ultrajan... que me cubren de ridículo... eso

va a concluir.

--Es usted un desgraciado loco--dijo Juana con dulzura--. Yo no tengo

amante... pero sepamos... ¿qué es lo que quiere decir? ¿Ya a provocar en

duelo al señor de Lerne?

--No hay que provocar, es cosa hecha--contestó con el mismo acento de

fanfarronería grosera--; mañana nos batimos.

La joven volvió a juntar sus manos, y dejó oír un gemido sordo.

Su marido pareció apercibirse de su brutalidad, y prosiguió precipitando

las palabras y casi balbuciente:

--Es claro que no tenía la intención de prevenirle... eso no entra en

mis habitudes... pero usted lo ha querido... me ha obligado a ello... me

precipita... Es él a más quien ha colmado la medida esta noche...

Continuar haciendo la corte públicamente a la esposa cuando se bate al

día siguiente con el marido, es indigno de un caballero... es innoble.

--El señor de Lerne no me ha cortejado ni esta noche, ni nunca--dijo

Juana con energía--, al menos como usted lo comprende. Su honor, es

usted quien lo ha comprometido; su duelo con el señor de Lerne sería una

locura... una mala acción... un crimen... porque, se lo juro por Dios y

por la vida de mi hijo... que jamás ha sido para mí otra cosa que mi

amigo.

--¡Se entiende!--replicó Maurescamp en tono de burla--. ¡Vamos, creo que

esto es ya bastante y aún demasiado! Y dio algunos pasos hacia la

puerta.

Pero Juana, poniéndose delante:

--No, se lo suplico, no se vaya aún... ¡si supiese usted lo que es para

una mujer... que ha sufrido, que a más ha luchado... resistido, pero que

al fin ha permanecido honesta, pura, fiel, y que se ve no sólo

sospechada, sino más todavía, condenada, castigada con este cúmulo de

injusticia y de dureza! ¡Si supiese usted lo que pasa entonces por la

cabeza de esta desgraciada! ¡Si supiese usted lo que podría hacer de mí,

aunque no me agradezca nada tratándome... de imprudente, cuando más,

como si fuese la causa de todo!

--¡Ah! basta--repuso el conde con dureza, procurando desasirse.

Pero ella le retuvo todavía, empujándole suavemente delante de sí, con

ademán suplicante; recostose el barón en la chimenea con la actitud

resignada del verdugo.

--Ya sabe usted--dijo Juana--, tan bien como yo misma, la historia de

nuestro pobre menaje... Poco tiempo me amó usted, amigo mío...

seguramente por culpa mía... yo no le agradaba... mis gustos no eran los

suyos... todo lo que hacía... todo lo que a mí me gustaba, usted lo

rechazaba... Me ha abandonado... buscó sus placeres, nada más natural...

Conocía usted que nada podía decirle puesto que no tenía el poder de

retenerle. Pero yo era más joven entonces, amigo mío, pues ya hace años

de eso, y entonces, sí, corrí peligro, se lo confieso. Sola en el mundo,

descorazonada, enervada, sin sostén... rodeada de malos ejemplos,

entregada a malos consejeros, perseguida y casi pervertida por gentes

que no sospecha... sí, hubo un momento en que me sentí sin corazón, sin

virtud, y próxima a caer... Pues bien, es la amistad que me ha

salvado... esta amistad de que me hace un crimen... El señor de Lerne ha

sido para mí...

--¡Un hermano!--interrumpió el señor de Maurescamp con el mismo tono de

ironía insultante.

--¡Sea!--replicó Juana animándose--, un hermano... si así lo quiere...

Pero, en fin, él me ha salvado, esto es lo que hay de cierto. Cuando iba

a tomar gusto por los placeres prohibidos, es él quien me ha vuelto al

de los placeres permitidos... Y si su mujer no es hoy una mujer mundana,

es quizá a él a quien lo debe usted... y quiere usted matarle, ¿es eso

justo y honorable? Diga.

--Justo o no, haré lo que pueda; se lo prometo; vamos, déjeme.

--Pero ¡gran Dios! qué hombre es usted, si no me cree... y si creyéndome

persiste en sus designios de odio y de venganza... No, no, no dejará de

hacer usted un llamado a su razón, a su justicia y a su lealtad... No

quisiera herirle, Dios lo sabe... pero en un interior como el nuestro,

en una situación como la mía... ¿qué quiere que una joven haga de su

tiempo, de su corazón, de su pensamiento y de su vida?... Usted tiene

sus queridas... déjeme siquiera mis amigos... y puede estar seguro de

que tendrá que elegir entre los amigos confesados, y los amantes

ocultos.

--Pero, decididamente--exclamó el señor de Maurescamp--, ¿qué es lo que

quiere usted? ¿qué me pide? Prentende, acaso, ¡esto sería demasiado

fuerte! que vaya a tender la mano al señor de Lerne, excusarme con él, y

pedirle que vuelva a reanudar sus relaciones con usted?

--Sí--contestó con energía...--eso es lo que le pido. Sin excusas, se

entiende; y al pedirle esto, le pido una cosa enteramente justa,

honorable y sensata... porque en realidad es el único medio de reparar

el mal que ha hecho a su honor y al mío... Es el único medio de imponer

a las calumnias, a las que ha dado origen con su conducta de esta noche,

y a las que este duelo daría un carácter irreparable de verdad. Si es

capaz de hacer justicia a su mujer inocente, la verdad tiene mucha

fuerza, le creerán, y yo, amigo mío, si pudiera comprender lo agradecida

que le quedaría, con cuán piadoso respeto se lo probaría, respetando en

adelante sus susceptibilidades, que tal vez he descuidado demasiado...

¿y quién sabe, también si esa acción generosa, no sería entre nosotros

un nuevo vínculo?... Probados los dos por la desgracia, mejor instruidos

por, la experiencia... y los pesares... ¿quién sabe si nuestros

corazones no se unen?... ¡quién sabe! ¡bah! de usted dependería, se lo

aseguro... llegar a ser para mí mi mejor, mi único amigo.

--Todo esto es muy bello, sin duda--dijo el señor de Maurescamp,

enderezándose dentro de su corbata--, pero es puramente novela...

¡Siempre ese miserable espíritu de romanticismo que les pierde a todas!

--¡Ah, mi Dios!--replicó la pobre mujer, vertiendo lágrimas...--pues

bien, ¿qué es lo que queréis? decid, ¿qué exige?... ¿que despida al

señor de Lerne, que no le vea más?... ¿que le sacrifique esta amistad, y

cuantas pueda tener en adelante? Sea, se lo prometo... me comprometo a

hacerlo... viviré sola... viviré como pueda... a más, mi hijo crece...

me ocuparé de él... él será mi amigo... Sí, así será... se lo juro, y

cumpliré mi palabra... Pero, por favor, por favor, amigo mío, no lleve a

efecto ese duelo... No hay razón, no hay motivo para ello; es una

monstruosidad, se lo aseguro. ¡Mire, se lo pido de rodillas!

Y echose a sus pies, desatinada y llorosa.

--Se lo pido con las manos juntas... con todo mi corazón, con todas mis

lágrimas... sed bueno... se lo ruego; tened compasión, no me

desespere...

--¡Vamos, ahora es melodrama!--dijo Maurescamp, rechazándola.

--¡Ah, desgraciado!--exclamó la joven levantándose, y enjugando sus

ojos; y tomándole violentamente las dos manos añadió con voz contenida:

--No sabe usted lo que hace, no, no lo sabe; no le diré que mate, sería

demasiado decirle, pero usted me condena.

Y soltándole con ímpetu las manos:

--Puede irse--dijo--, ¡adiós!

El señor de Maurescamp salió.

Permaneció la joven por algunos momentos agobiada y como anonadada sobré

el tapiz, el cabello en desorden, la mirada fija y seca, agitando una

mano por intervalos, con un movimiento de extravío. Fue sacada de aquel

abatimiento por algunos ligeros golpes dados a la puerta de su salón.

Levantose inmediatamente. Era su camarera, anunciándole que la señora de

Lerne deseaba hablar un momento con la señora baronesa.

--¡La señora de Lerne!

--Sí, señora... ¿Diré que la señora está un poco enferma? La señora no

tiene buen aspecto.

--Hazla entrar.

La señora condesa de Lerne apareció, lívida, la mirada extraviada,

todas las líneas de su cara hundidas, y convulsas. Sin fijarse desde

luego en el desorden en que se hallaba Juana, fue hacia ella con el paso

rígido de un espectro y dijo clavándole la vista:

--¡Su marido se bate mañana con mi hijo!

--Lo sé--contestó Juana--; acaba de decírmelo.

--¡Ah!--replicó amargamente la anciana señora--. ¿Acaba de decírselo?

¡Es el acto de un cobarde!

--Sí, pero usted, ¿cómo lo sabe?

--Por Luis, el viejo criado de mi hijo, que ha sospechado algo hace

poco, y que después ha oído toda la conversación de los testigos.

--¿Y usted sabe, señora--replicó Juana--, que no hay nada malo entre su

hijo y yo?

A la verdad que aquello era nuevo para la vieja condesa. Y en su

tribulación, no pudo disimular una especie de sorpresa candorosa:

--Pero, entonces--dijo--, ¿no hay pruebas?

--¿Pruebas de qué? ¡Puesto que no hay nada!...

--¿Y su marido no ha querido creerla?

--No.

--Entonces, ¿nada hay que esperar?

--¡Nada!

La señora de Lerne dejose caer en un sillón y quedó inmóvil, muda,

inerte. Después de un silencio, Juana se le acercó.

--¿Su hijo está en su casa?

--Sí.

--¿Su carruaje está abajo?--insistió Juana--. Pues bien, partamos... iré

con usted... quiero verle.

Mientras hablaba, cubría su cabeza con un velo y envolvíase en sus

pieles.

La señora de Lerne se levantó indecisa.

--¿Es prudente lo que hace?

--¿Qué cosa peor puede suceder?--dijo Juana con un gesto de suprema

indiferencia, induciéndola a salir.

La condesa vivía en la Avenida Montaigne. En un momento estuvieron allí.

Mientras iban, impuso a Juana con palabras entrecortadas de todo lo que

sabía, de la causa aparente del duelo, del nombre de los testigos, del

arma elegida, de la hora y lugar de la cita.

Era cerca de la una de la mañana, y Jacobo terminaba sus últimas

disposiciones, cuando vio con estupor abrirse violentamente la puerta de

su biblioteca y dar paso a Juana.

--¡Ah, Dios mío!--exclamó--. ¡Usted... es posible!

--Sí, lo sabemos todo, su madre y yo--dijo Juana sofocada--, y he

venido, he querido venir... aquí estoy.

--¡Mi madre también!...--murmuró Jacobo--. ¡Ah, qué contrariedad!...

¡Qué desagrado! Pero, ¡pobre amiga mía! ¿qué viene a hacer aquí? Se

pierde.

--Lo sé--contestó dolorosamente dejándose caer en una silla--, pero he

querido verle una vez más.

Y sollozaba.

--Querida señora... hija mía...--dijo él con dulzura; tomándole la

mano--; reponeos; se lo pido, y volved pronto a su casa... Esté usted

segura de que este duelo no tendrá consecuencias funestas... Entre dos

hombres que saben tirar, y que son casi de la misma fuerza, un duelo no

es más que un asalto sin peligro.

--¡Ah, le odia tanto!

Las lágrimas la sofocaron.

--De modo que esto ¡se acabó! ¡Se acabó para siempre! ¡Oh, qué

injusticia! ¡Dios mío! ¡qué injusticia!

--Querida hija mía--repuso Jacobo--, retírese, se lo pido... ¿supongo

que no tratará de quitarme la calma en este momento? ¿No es cierto?...

Decidle a mi madre también, que le suplico que sea razonable, que no hay

ni la sombra de un peligro, ni la sombra... si quiere dejarme tranquilo.

--Pues bien--dijo Juana levantándose--. Adiós, pues, adiós; mucho nos

hemos querido, ¿no es verdad?

--Sí, hija mía, sí.

Mirolo algunos instantes sin hablar, y acercándose un poco:

--Sí--repitió.

Y presentándole su frente:

--Bésame ahí--dijo--, a fin deque, si mueres, tengas a lo menos eso.

Jacobo depositó un beso en los cabellos de Juana, y sosteniéndola con un

brazo, condújola fuera de la habitación hasta las primeras gradas de la

escalera.

--Pronto, a su casa--díjole besándole la mano precipitadamente.

Y alejose.

Historia de una parisiense · 第 17 / 24 题