Mientras se esparcía por los salones, entre cuchicheos y risas, la nueva
de la desaparición de Juana, arrebatada por su marido, el señor de
Maurescamp sentábase bruscamente al lado de su mujer en su cupé. Desde
que no tuvo testigos dejó de hablar de su hijo. Aquel silencio y su
actitud airada no podían dejar a la pobre mujer la menor ilusión.
Sentíase atemorizada.
Sentía ese estupor de una persona herida por el rayo, en el esplendor de
su existencia, en su honor, en su inocencia; la indignación de una mujer
honesta públicamente insultada, el temor vago de una catástrofe
desconocida, próxima y terrible. En su tribulación sin nombre,
permanecía silenciosa, esperando que él hablase; pero en vano; y el
trayecto bastante corto de la Avenida Gabriel a la Avenida de Alma, se
pasó sin que una palabra se hubiera cambiado entre ellos.
Juana, sin embargo, empezaba a despejar su espíritu, naturalmente
valeroso, del caos de sentimientos en que la primera sorpresa la había
sumergido. Atravesó con paso firme, a la vista de tres o cuatro criados
inmóviles, el gran vestíbulo sonoro de su palacio, y subió la escalera,
silenciosa, pero llegado que hubo al primer descanso de la escalera de
sus habitaciones, se apercibió de que su marido seguía adelante:
--Perdón--le dijo--; hacedme el gusto de entrar ahí, tengo que hablaros.
Dudó unos instantes; como la mayor parte de los hombres, no gustaba de
explicaciones, pues en realidad era un carácter violento, más bien que
fuerte; el acento tranquilo de su mujer le imponía, aunque le irritaba.
Siguiola, pues, pero con más enojo que antes.
Cerró la puerta, pasó al saloncito que estaba antes de su dormitorio y,
volviéndose hacia el barón y mirándole:
--Y bien, ¿qué es lo que hay?--dijo.
--Lo que hay, es que mataré a tu amante mañana por la mañana, eso es lo
que hay.
Ella juntó sus manos haciéndolas chocar con estrépito, y continuó
mirándole, con los labios entreabiertos como excitando.
--Hace mucho tiempo--replicó Maurescamp jurando e irritándose a sí mismo
con la violencia de su lenguaje--; hace mucho que me están ustedes
provocando... que ambos me ultrajan... que me cubren de ridículo... eso
va a concluir.
--Es usted un desgraciado loco--dijo Juana con dulzura--. Yo no tengo
amante... pero sepamos... ¿qué es lo que quiere decir? ¿Ya a provocar en
duelo al señor de Lerne?
--No hay que provocar, es cosa hecha--contestó con el mismo acento de
fanfarronería grosera--; mañana nos batimos.
La joven volvió a juntar sus manos, y dejó oír un gemido sordo.
Su marido pareció apercibirse de su brutalidad, y prosiguió precipitando
las palabras y casi balbuciente:
--Es claro que no tenía la intención de prevenirle... eso no entra en
mis habitudes... pero usted lo ha querido... me ha obligado a ello... me
precipita... Es él a más quien ha colmado la medida esta noche...
Continuar haciendo la corte públicamente a la esposa cuando se bate al
día siguiente con el marido, es indigno de un caballero... es innoble.
--El señor de Lerne no me ha cortejado ni esta noche, ni nunca--dijo
Juana con energía--, al menos como usted lo comprende. Su honor, es
usted quien lo ha comprometido; su duelo con el señor de Lerne sería una
locura... una mala acción... un crimen... porque, se lo juro por Dios y
por la vida de mi hijo... que jamás ha sido para mí otra cosa que mi
amigo.
--¡Se entiende!--replicó Maurescamp en tono de burla--. ¡Vamos, creo que
esto es ya bastante y aún demasiado! Y dio algunos pasos hacia la
puerta.
Pero Juana, poniéndose delante:
--No, se lo suplico, no se vaya aún... ¡si supiese usted lo que es para
una mujer... que ha sufrido, que a más ha luchado... resistido, pero que
al fin ha permanecido honesta, pura, fiel, y que se ve no sólo
sospechada, sino más todavía, condenada, castigada con este cúmulo de
injusticia y de dureza! ¡Si supiese usted lo que pasa entonces por la
cabeza de esta desgraciada! ¡Si supiese usted lo que podría hacer de mí,
aunque no me agradezca nada tratándome... de imprudente, cuando más,
como si fuese la causa de todo!
--¡Ah! basta--repuso el conde con dureza, procurando desasirse.
Pero ella le retuvo todavía, empujándole suavemente delante de sí, con
ademán suplicante; recostose el barón en la chimenea con la actitud
resignada del verdugo.
--Ya sabe usted--dijo Juana--, tan bien como yo misma, la historia de
nuestro pobre menaje... Poco tiempo me amó usted, amigo mío...
seguramente por culpa mía... yo no le agradaba... mis gustos no eran los
suyos... todo lo que hacía... todo lo que a mí me gustaba, usted lo
rechazaba... Me ha abandonado... buscó sus placeres, nada más natural...
Conocía usted que nada podía decirle puesto que no tenía el poder de
retenerle. Pero yo era más joven entonces, amigo mío, pues ya hace años
de eso, y entonces, sí, corrí peligro, se lo confieso. Sola en el mundo,
descorazonada, enervada, sin sostén... rodeada de malos ejemplos,
entregada a malos consejeros, perseguida y casi pervertida por gentes
que no sospecha... sí, hubo un momento en que me sentí sin corazón, sin
virtud, y próxima a caer... Pues bien, es la amistad que me ha
salvado... esta amistad de que me hace un crimen... El señor de Lerne ha
sido para mí...
--¡Un hermano!--interrumpió el señor de Maurescamp con el mismo tono de
ironía insultante.
--¡Sea!--replicó Juana animándose--, un hermano... si así lo quiere...
Pero, en fin, él me ha salvado, esto es lo que hay de cierto. Cuando iba
a tomar gusto por los placeres prohibidos, es él quien me ha vuelto al
de los placeres permitidos... Y si su mujer no es hoy una mujer mundana,
es quizá a él a quien lo debe usted... y quiere usted matarle, ¿es eso
justo y honorable? Diga.
--Justo o no, haré lo que pueda; se lo prometo; vamos, déjeme.
--Pero ¡gran Dios! qué hombre es usted, si no me cree... y si creyéndome
persiste en sus designios de odio y de venganza... No, no, no dejará de
hacer usted un llamado a su razón, a su justicia y a su lealtad... No
quisiera herirle, Dios lo sabe... pero en un interior como el nuestro,
en una situación como la mía... ¿qué quiere que una joven haga de su
tiempo, de su corazón, de su pensamiento y de su vida?... Usted tiene
sus queridas... déjeme siquiera mis amigos... y puede estar seguro de
que tendrá que elegir entre los amigos confesados, y los amantes
ocultos.
--Pero, decididamente--exclamó el señor de Maurescamp--, ¿qué es lo que
quiere usted? ¿qué me pide? Prentende, acaso, ¡esto sería demasiado
fuerte! que vaya a tender la mano al señor de Lerne, excusarme con él, y
pedirle que vuelva a reanudar sus relaciones con usted?
--Sí--contestó con energía...--eso es lo que le pido. Sin excusas, se
entiende; y al pedirle esto, le pido una cosa enteramente justa,
honorable y sensata... porque en realidad es el único medio de reparar
el mal que ha hecho a su honor y al mío... Es el único medio de imponer
a las calumnias, a las que ha dado origen con su conducta de esta noche,
y a las que este duelo daría un carácter irreparable de verdad. Si es
capaz de hacer justicia a su mujer inocente, la verdad tiene mucha
fuerza, le creerán, y yo, amigo mío, si pudiera comprender lo agradecida
que le quedaría, con cuán piadoso respeto se lo probaría, respetando en
adelante sus susceptibilidades, que tal vez he descuidado demasiado...
¿y quién sabe, también si esa acción generosa, no sería entre nosotros
un nuevo vínculo?... Probados los dos por la desgracia, mejor instruidos
por, la experiencia... y los pesares... ¿quién sabe si nuestros
corazones no se unen?... ¡quién sabe! ¡bah! de usted dependería, se lo
aseguro... llegar a ser para mí mi mejor, mi único amigo.
--Todo esto es muy bello, sin duda--dijo el señor de Maurescamp,
enderezándose dentro de su corbata--, pero es puramente novela...
¡Siempre ese miserable espíritu de romanticismo que les pierde a todas!
--¡Ah, mi Dios!--replicó la pobre mujer, vertiendo lágrimas...--pues
bien, ¿qué es lo que queréis? decid, ¿qué exige?... ¿que despida al
señor de Lerne, que no le vea más?... ¿que le sacrifique esta amistad, y
cuantas pueda tener en adelante? Sea, se lo prometo... me comprometo a
hacerlo... viviré sola... viviré como pueda... a más, mi hijo crece...
me ocuparé de él... él será mi amigo... Sí, así será... se lo juro, y
cumpliré mi palabra... Pero, por favor, por favor, amigo mío, no lleve a
efecto ese duelo... No hay razón, no hay motivo para ello; es una
monstruosidad, se lo aseguro. ¡Mire, se lo pido de rodillas!
Y echose a sus pies, desatinada y llorosa.
--Se lo pido con las manos juntas... con todo mi corazón, con todas mis
lágrimas... sed bueno... se lo ruego; tened compasión, no me
desespere...
--¡Vamos, ahora es melodrama!--dijo Maurescamp, rechazándola.
--¡Ah, desgraciado!--exclamó la joven levantándose, y enjugando sus
ojos; y tomándole violentamente las dos manos añadió con voz contenida:
--No sabe usted lo que hace, no, no lo sabe; no le diré que mate, sería
demasiado decirle, pero usted me condena.
Y soltándole con ímpetu las manos:
--Puede irse--dijo--, ¡adiós!
El señor de Maurescamp salió.
Permaneció la joven por algunos momentos agobiada y como anonadada sobré
el tapiz, el cabello en desorden, la mirada fija y seca, agitando una
mano por intervalos, con un movimiento de extravío. Fue sacada de aquel
abatimiento por algunos ligeros golpes dados a la puerta de su salón.
Levantose inmediatamente. Era su camarera, anunciándole que la señora de
Lerne deseaba hablar un momento con la señora baronesa.
--¡La señora de Lerne!
--Sí, señora... ¿Diré que la señora está un poco enferma? La señora no
tiene buen aspecto.
--Hazla entrar.
La señora condesa de Lerne apareció, lívida, la mirada extraviada,
todas las líneas de su cara hundidas, y convulsas. Sin fijarse desde
luego en el desorden en que se hallaba Juana, fue hacia ella con el paso
rígido de un espectro y dijo clavándole la vista:
--¡Su marido se bate mañana con mi hijo!
--Lo sé--contestó Juana--; acaba de decírmelo.
--¡Ah!--replicó amargamente la anciana señora--. ¿Acaba de decírselo?
¡Es el acto de un cobarde!
--Sí, pero usted, ¿cómo lo sabe?
--Por Luis, el viejo criado de mi hijo, que ha sospechado algo hace
poco, y que después ha oído toda la conversación de los testigos.
--¿Y usted sabe, señora--replicó Juana--, que no hay nada malo entre su
hijo y yo?
A la verdad que aquello era nuevo para la vieja condesa. Y en su
tribulación, no pudo disimular una especie de sorpresa candorosa:
--Pero, entonces--dijo--, ¿no hay pruebas?
--¿Pruebas de qué? ¡Puesto que no hay nada!...
--¿Y su marido no ha querido creerla?
--No.
--Entonces, ¿nada hay que esperar?
--¡Nada!
La señora de Lerne dejose caer en un sillón y quedó inmóvil, muda,
inerte. Después de un silencio, Juana se le acercó.
--¿Su hijo está en su casa?
--Sí.
--¿Su carruaje está abajo?--insistió Juana--. Pues bien, partamos... iré
con usted... quiero verle.
Mientras hablaba, cubría su cabeza con un velo y envolvíase en sus
pieles.
La señora de Lerne se levantó indecisa.
--¿Es prudente lo que hace?
--¿Qué cosa peor puede suceder?--dijo Juana con un gesto de suprema
indiferencia, induciéndola a salir.
La condesa vivía en la Avenida Montaigne. En un momento estuvieron allí.
Mientras iban, impuso a Juana con palabras entrecortadas de todo lo que
sabía, de la causa aparente del duelo, del nombre de los testigos, del
arma elegida, de la hora y lugar de la cita.
Era cerca de la una de la mañana, y Jacobo terminaba sus últimas
disposiciones, cuando vio con estupor abrirse violentamente la puerta de
su biblioteca y dar paso a Juana.
--¡Ah, Dios mío!--exclamó--. ¡Usted... es posible!
--Sí, lo sabemos todo, su madre y yo--dijo Juana sofocada--, y he
venido, he querido venir... aquí estoy.
--¡Mi madre también!...--murmuró Jacobo--. ¡Ah, qué contrariedad!...
¡Qué desagrado! Pero, ¡pobre amiga mía! ¿qué viene a hacer aquí? Se
pierde.
--Lo sé--contestó dolorosamente dejándose caer en una silla--, pero he
querido verle una vez más.
Y sollozaba.
--Querida señora... hija mía...--dijo él con dulzura; tomándole la
mano--; reponeos; se lo pido, y volved pronto a su casa... Esté usted
segura de que este duelo no tendrá consecuencias funestas... Entre dos
hombres que saben tirar, y que son casi de la misma fuerza, un duelo no
es más que un asalto sin peligro.
--¡Ah, le odia tanto!
Las lágrimas la sofocaron.
--De modo que esto ¡se acabó! ¡Se acabó para siempre! ¡Oh, qué
injusticia! ¡Dios mío! ¡qué injusticia!
--Querida hija mía--repuso Jacobo--, retírese, se lo pido... ¿supongo
que no tratará de quitarme la calma en este momento? ¿No es cierto?...
Decidle a mi madre también, que le suplico que sea razonable, que no hay
ni la sombra de un peligro, ni la sombra... si quiere dejarme tranquilo.
--Pues bien--dijo Juana levantándose--. Adiós, pues, adiós; mucho nos
hemos querido, ¿no es verdad?
--Sí, hija mía, sí.
Mirolo algunos instantes sin hablar, y acercándose un poco:
--Sí--repitió.
Y presentándole su frente:
--Bésame ahí--dijo--, a fin deque, si mueres, tengas a lo menos eso.
Jacobo depositó un beso en los cabellos de Juana, y sosteniéndola con un
brazo, condújola fuera de la habitación hasta las primeras gradas de la
escalera.
--Pronto, a su casa--díjole besándole la mano precipitadamente.
Y alejose.