IX

Bajó a los Campos Elíseos, mascando un cigarro apagado, viéndolo todo

color de fuego.

Veinte minutos después entraba al Círculo y encontrábase allí con

algunos de los convidados de la mañana; entre otros a los señores de

Monthélin y Hermany. Encerrose con ellos en un saloncito reservado.

Díjole que se consideraba ofendido por la actitud observada por el señor

de Lerne en casa de Diana Grey, por su afectación en hablar en inglés,

durante el almuerzo, sabiendo, como sabía, que él, el dueño de la casa,

no entendía aquel idioma, y finalmente, por su conducta en general,

impertinente y provocadora.

Los señores de Monthélin y Hermany, perfectos caballeros, aunque algo

les faltara, no hicieron observación alguna contra la poca importancia

de los cargos, comprendiendo que era únicamente un pretexto para ocultar

otros más serios y legítimos.

El señor de Maurescamp añadió: que tenía por sistema terminar tal clase

de negocios lo más pronto posible, para evitar la publicidad, y, sobre

todo, la intervención tan terrible de las señoras. Rogó, por

consiguiente, a aquellos señores que fuesen inmediatamente a verse con

el señor de Lerne, y arreglasen aquel asunto que confiaba a su amistad.

El señor de Monthélin manifestó que su duelo con de Lerne le inhibía de

aceptar la misión que quería confiársele. En consecuencia, el señor de

Maurescamp pensó en otro de sus amigos, el señor de la Jardye,

igualmente miembro del Círculo, y a quien Hermany fue a buscar en una

sala contigua. El señor de la Jardye gustaba mucho de las ocasiones que

le permitían darse importancia. Trató, sin empeño alguno, únicamente por

la forma, de hacer oír algunas palabras conciliadoras; pero había sido

de los que asistieron al almuerzo de Diana Grey, y acabó por declarar,

que puesto que le tomaban su parecer, su opinión era que en aquella

ocasión habían pasado al señor de Maurescamp cosas muy difíciles de

tragar, y por consiguiente, estaba a las órdenes del señor de

Maurescamp.

Mientras tanto, el señor de Lerne se hallaba muy lejos de imaginarse la

fiesta que le armaban. Paseose tranquilamente por el bosque, según su

costumbre, y a las diez entró en su casa. Encontrose con las tarjetas de

la Jardye y Hermany bajo un sobre cerrado, con estas palabras escritas

con lápiz:

«Venidos por asuntos personales del barón de Maurescamp.--Tendrán el

honor de volver a las diez y media.»

No tuvo que reflexionar mucho para adivinar de lo que se trataba. Aunque

ignoraba las infames palabras de Diana después de su partida, no había

escapádosele la irritación de Maurescamp durante el almuerzo, y diose

cuenta inmediatamente de la verdad de la situación. Maurescamp

aprovechaba aquel primer pretexto que se le presentaba para satisfacer

su odio de marido celoso, sin comprometer a su mujer.

Nada tenía que decir a esto. Escribió a sus amigos Julio de Rambert y

Juan de Evelyn, inglés este último; hizo llevar las cartas

inmediatamente y tuvo el gusto de verlos llegar algunos minutos después

de haber recibido a Jardye y Hermany.

Dejó solos a los cuatro testigos y permaneció a su disposición en la

pieza contigua.

El asunto era de los que no se disputan largo tiempo, porque todos los

interesados saben que bajo motivos ostensibles se oculta otro, que es el

verdadero, y que por común acuerdo todos saben que no puede ser

discutido ni contestado. A los agravios alegados por los señores de

Jardye y Hermany en nombre del barón, los señores Rambert y Evelyn

contestaron en el de su cliente, que tales agravios eran imaginarios,

pero puesto que el señor de Maurescamp se consideraba ofendido, el señor

de Lerne, no podía dejar de inclinarse ante su apreciación. Los señores

de Maurescamp y de Lerne, deseaban, a más de eso, que el asunto

terminase lo más pronto posible, para evitar la publicidad.

En cuanto a la elección de las armas, los testigos del señor de Lerne no

estuvieron menos conformes. Jacobo les había confiado bajo el sello del

secreto algo muy delicado. En principio habíales dicho: «Acepto la

espada, lo acepto todo; pero vosotros sabéis que fui herido en el brazo

derecho, cuando mi duelo con Monthélin; a consecuencia de esta herida,

tengo un poco de debilidad en este brazo; es poca cosa, y tal vez

depende del estado de la temperatura, pero, en fin, tal vez no me

moleste en el terreno. No puedo valerme de este pretexto porque es

visible. Me ven tocios los días tocar el piano con mano firme, y podrían

creer que invento una escapada para librarme de la tizona de Maurescamp,

que tira muy bien. Pero si podéis obtener la pistola, por medio de

algún argumento honorable, sería muy conveniente para mí.»

Esforzáronse, en consecuencia, en demostrar a los testigos de

Maurescamp, que, planteada como estaba la cualidad de ofensor y

ofendido, quedaba en realidad dudosa entre los combatientes. La

provocación dirigida por Maurescamp al señor de Lerne, a causa de un

incidente cuya futilidad no podía desconocerse, ¿no tenía en sí un

carácter excesivo que se asimilaba a una verdadera agresión? Parecíales

entonces justo y conveniente que la elección de las armas recayese en

aquel que había sido provocado, hasta cierto punto gratuitamente, o a lo

menos que la elección se librase al azar. Los señores de la Jardye y

Hermany contestaron con fría urbanidad, que no podía cuestionarse

seriamente aquella transposición de papeles, en tan desgraciado asunto,

y que la negativa persistente en reconocer los derechos de su cliente a

su calidad de ofendido, equivalía por parte del señor de Lerne a una

acusación de reparación, que no podía de ninguna manera entrar en sus

intenciones. Los señores de Rambert y Evelyn no creyeron deber insistir

más.

Discutiose mucho después sobre si los testigos del señor de Lerne

obraban bien o mal.

Unos pretendían que, estando impuestos de su enfermedad, por ligera que

fuese, no podían permitir el combate, en condiciones evidentemente

desiguales: otros, más competentes, según parece, tienen como primer

deber que observar religiosamente las instrucciones de su mandato, que

les confía, en primer lugar, su honor, en segundo lugar su vida.

Fue, pues, convenido que el combate sería a espada y que a la mañana

siguiente se encontrarían a las tres de la tarde, en Soignies, sobre la

frontera belga.

Jacobo oyó sin emoción aparente el resultado de la conferencia;

agradeció a aquellos señores sus buenas intenciones y sus esfuerzos;

díjoles alegremente que esperaba salir bien, a pesar de esto, y dioles

cita para la mañana siguiente a las siete en la estación del Norte.

Así que se quedó solo, tomó un aire serio justificado por las

circunstancias. Por un sentimiento de delicadeza muy natural, pero

excesivo, no había querido confesar ni aun a sus amigos el verdadero

estado de su brazo herido: la verdad era que todo ejercicio violento, y

sobre todo el de la esgrima, determinaban en aquel desgraciado brazo un

malestar y un entorpecimiento que debían dar una gran ventaja a un

tirador tan consumado como el señor de Maurescamp. El señor de Lerne

pensó en esta circunstancia, con entereza, pero, aunque no se sintiese

intimidado, ni se creyese un hombre muerto, no dejó de conocer, que iba,

sin embargo, a afrontar un gran peligro.

Hizo sus disposiciones, en consecuencia. Por fortuna, su madre pasaba

aquel día en el campo, amábala, aunque había sufrido mucho por ella; y

considerose feliz en que la casualidad le evitase la contrariedad de su

presencia. Pero faltábale pasar aquella misma noche por otra prueba tan

dolorosa, o tal vez mayor que aquélla. La señora de Hermany daba un gran

baile, y hacía mucho que habían convenido entre él y Juana encontrarse

en él. Esa misma mañana habíanse renovado la promesa en el bosque.

Por más de una razón vio de Lerne que no podía dejar de ir al baile.

Creía que su ausencia inquietaría a Juana si por acaso hubiesen llegado

a sus oídos los rumores de duelo; su presencia y actitud la

tranquilizarían. Pero, ante todo, parecíale que el buen nombre de su

amiga le imponía aquel sacrificio heroico, y, a más, el señor de

Maurescamp había tomado a su querida y no a su mujer como pretexto.

Creyó, pues, que el mejor medio de asociarse a sus intenciones, y

desconcertar al público, era mostrarse esa noche con la señora de

Maurescamp en los mismos términos de siempre. Aunque haciendo un gran

esfuerzo, hízolo como un deber de delicadeza.

X

Escribió dos cartas, una para su madre y otra para Juana, y a las once

apareció risueño en el hotel de Hermany.

El dueño de casa, testigo de su adversario, abrió tamaños ojos a la

aparición de aquel convidado inesperado; pero repúsose pronto y

recibiolo ceremoniosamente, encontrando, como lo dijo después, que

aquello era perfecto, irreprochable, y que probaba un estómago de

privilegio. La rubia señora de Hermany, más bella, más misteriosa y más

perversa que nunca, vio que el señor de Lerne buscaba a alguien en la

multitud y, mirándole fijamente, le dijo breveniente: «Segunda puerta

ala izquierda. En el invernáculo, bajo del tercer palmero a la derecha,

y decid después que no soy buena...»

Jacobo saludó gravemente, y siguió la indicación. Penetrábase al

invernáculo por dos arcadas de las cuales una estaba ocupada por la

orquesta. El invernáculo era otro gran salón de cúpula, ofreciendo

magnífico conjunto de enormes jarrones azules realzados por adornos de

oro, dobles cajas de plantas, estatuas medio ocultas bajo el ramaje,

divanes rodeados de taburetes, y banquillos esparcidos bajo los grandes

abanicos de las palmeras, de los bejucos colgantes con sus pálidas

flores color de cera, y de las hojas barnizadas y espesas corolas

blancas de las magnolias. Un ambiente cálido de la zona tropical

saturaba el aire, y de vez en cuando oíase salir un murmullo de colmena,

que a veces se elevaba como para dominar los ecos bulliciosos de la

orquesta.

En uno de estos grupos, bajo del tercer palmero, a la derecha, hallábase

Juana de Maurescamp escuchando distraída a tres o cuatro suspirantes de

distintas edades. Al apercibir a Jacobo esparciose por su semblante esa

sonrisa plena que las mujeres reservan para sus hijos o sus amantes, y

que los maridos ven raras veces. Aquella sonrisa bastó para tranquilizar

a Jacobo y convencerle de que ningún ruido había llegado a los oídos de

Juana.

A la llegada del conde de Lerne, los astros secundarios que habían

girado a su alrededor se eclipsaron sucesivamente con un sentimiento

mezclado de disgusto y deferencia; porque, aunque calumniando

generalmente a Juana por sus relaciones con Jacobo, generalmente también

sentían que había algo que tenían que respetar. Pero antes de quedarse

solo con Juana, Jacobo había tenido tiempo de hacerse algunas

reflexiones amargas; parado frente a ella, parecíale, tanto le había

sorprendido su elegante belleza, que la veía por la primera vez. Llevaba

con la castidad de Diana la moda indecorosa de aquella época, y mostraba

fuera de su estrecha bata obscura, su busto casi entero y su brazos

flexibles y puros. Sus negros cabellos, colocados algo bajos como los de

las diosas, hallábanse algo torcidos simplemente en un rodete que caía

sobre su nuca. Su cabeza, un poco echada hacia atrás, a causa de su

peso, enderezábase un poco rígida en una actitud algo altiva y

triunfante. Sentíase bella y gozábase de ello, dejando entrever la

blancura de sus dientes, por entre la púrpura de sus labios ligeramente

abultados. Al mirar a aquella criatura encantadora, animada por todas

las gracias de la inteligencia y de la pasión, sintiose Jacobo animado

por un impulso casi brutal de deseo, pesadumbre y enojo; habíala

respetado, echose aquella violencia. ¡Había tenido aquel heroísmo loco!

y ¿cuál era su recompensa?

Con la extraña rapidez de percepción que caracteriza a la mujer, creyó

Juana sorprender algo de lo que pasaba, en la mirada riente y turbación

del joven; un ligero rubor cubría su frente, hizo girar su abanico y

levantando la cabeza con cierta timidez medrosa:

--¿Qué tenéis?--díjole--. ¿Por qué me miráis así?

--¡Estáis tan bella!--contestó Jacobo bajando la voz--. ¡Me hacéis mal!

--Eso pasará--dijo Juana riendo--. Vamos, amigo, nada más al respecto,

¿para qué? ¿volvéis al materialismo?

--Sí, pasablemente en este momento.

--Me entristecéis, ¿sabéis?

--Pero, en fin--dijo sentándose--, al fin no soy un puro espíritu.

--Pues bien, yo lo soy--dijo riéndose como una niña--, y estoy encantada

de serlo; a más, es culpa vuestra.

En seguida, con tono serio y penetrado:

--¡Ah!--dijo--, si yo estuviese segura de que erais feliz, amigo mío,

¡cuan feliz sería yo también! En esto pensaba antes que llegaseis.

--¿Es usted verdaderamente feliz?--preguntole el joven con voz algo

conmovida.

--¡Feliz! ¡Feliz! ¡Feliz!...--replicó ella con una graciosa efusión--: y

por usted, puede vanagloriarse. Hay momentos en que me asusto de mi

felicidad; paréceme que es demasiada. Imagínese--prosiguió bajando un

poco la voz--: amo, soy amada, y todo esto sin remordimientos, en paz

con el presente y sin ningún temor para el porvenir... porque, gracias a

Dios y a usted, amigo mío, podré ver sin terror aparecer la primera

arruga, que es el espectro y el castigo de los amores vulgares. Estoy

segura de que envejeceré sin pena... casi con alegría... Porque, siendo

menos joven tendré más libertad, estaré menos sujeta a las

conveniencias, más cerca de usted... menos comprometedora, en fin...

Así, por ejemplo, pienso con delicia que podremos viajar juntos... Y

para eso hay que envejecer; pero, entretanto, si supiese cómo se han

transformado para mí el mundo y la vida, desde que soy amada, como deseo

serlo... Puede estar orgulloso del milagro que ha hecho. Parece que ha

modificado, elevado, purificado mis instintos... todo mi ser... que me

hubiese enseñado... ¿cómo lo diré? el origen divino de las cosas,

enseñándome a ver, a comprender el lado bueno de todo lo que he dicho...

de cuanto veo y cuanto siento... Así es que, gozando como nadie en el

mundo, mis alegrías son celestiales... Placeres de los ángeles. Todo lo

que pasa a mi alrededor aparéceme bajo una nueva luz, y todo revestido

de una belleza desconocida para mí... Es una niñería, pero hace un

momento que paseándome por el bosque miraba los árboles... que pasaban

antes desapercibidos y decíame: «¡Qué cosa tan bella es un árbol, qué

sólido es, qué elegante, cuan lleno de vida!...» No hay un solo objeto

en la naturaleza, desde la más ligera hierba, que no me cause

admiración, y me deje en éxtasis. Estoy segura... ¿no lo cree usted

también? de que todas las cosas de este, mundo tienen dos fases, la una

material y hasta cierto punto vulgar que es visible para todos; la otra,

misteriosa e ideal, que es el secreto y la revelación de Dios, y la que

veo con los ojos que es su obra de usted, amigo mío.

Mientras la escuchaba, sufriendo secretas agonías, la fisonomía de

Jacobo había ido tomando una expresión dulce y seria.

--Sí--dijo al fin, lentamente y la voz algo alterada mirándola con una

ternura infinita--, sí, debe haber un Dios y una vida mejor... y almas

inmortales, puesto que hay un ser como usted...

--¿Pero, qué tiene? ¡Gran Dios!--exclamó de pronto.

Creyó que estaba indispuesto: habíase puesto repentinamente en extremo

pálido, y su mirada, dilatada en el espacio, estaba fija como ante una

aparición aterradora. Volviéndose bruscamente apercibió al señor de

Maurescamp, apoyado en el marco de la puerta de entrada al invernáculo;

mirábalos fijamente y sus ojos y facciones encendidas demostraban tanta

cólera, que el señor de Lerne se levantó inmediatamente temiendo algún

acto de violencia.

El señor de Maurescamp avanzó entonces a pasos mesurados, luchando

evidentemente contra el desencadenamiento de sus pasiones; sin embargo,

observado por todos, y bajo la impresión del silencio en que quedó todo

el salón, consiguió moderar su impulso, y llegando donde estaba su

mujer, díjole con voz ronca y contenida:

--Vuestro hijo está enfermo... Venid.

Juana dio un ligero grito, hízole algunas preguntas precipitadas, pero

conociendo en su actitud y lenguaje que la enfermedad del niño no era

sino un pretexto, siguiole sin añadir una palabra más.

El señor de Maurescamp, después de haber estado un momento en la Opera,

había regresado al Círculo, y sabido allí por casualidad la presencia

del conde de Lerne en el baile de los Hermany. Sabía que su mujer debía

ir a él. Como no tenía ninguna delicadeza en sus sentimientos ni en su

corazón, ni aun se le ocurrieron los motivos honorables que habían

dictado el proceder de Jacobo. No vio otra cosa que un insolente alarde

de que su mujer era cómplice, e inmediatamente se trasladó al hotel

Hermany, sin ningún plan preconcebido, y sólo impulsado por un

sentimiento de odio y de enojo que no debía detenerse ante ninguna

consideración ni aun ante un escándalo público. Como se ha visto,

gracias a una suprema inspiración, no lo fue tanto como se temió, pero

sí lo bastante para empañar para siempre, en un minuto, el honor de su

mujer y el suyo.

Historia de una parisiense · 第 16 / 24 题