Ese género de amistades reparadoras, que son el sueño de tantas mujeres
mal casadas, o cuando menos de las mejor casadas, necesitan
indudablemente para conservarse puras, de caracteres excepcionales, y
también de ciertas circunstancias como las que habían ligado a Juana de
Maurescamp con el señor de Lerne. Pero en fin, esos amores heroicos no
carecen de ejemplos en el mundo, aunque el mundo no crea en ellos. El
mundo no gusta de estos méritos que traspasan los límites comunes, que
son los suyos. A más, los amores inocentes, son los que menos se
ocultan; desdeñando la hipocresía, dan margen más fácilmente a la
maledicencia. Nadie extrañará, pues, que la gente juzgase con su
escepticismo e indelicadeza acostumbrada, las relaciones de una
naturaleza tan pura como las que se habían establecido entre aquellos
jóvenes.
El hombre menos capaz de comprender un afecto de esa especie, era
ciertamente el barón de Maurescamp. Aunque fuese muy celoso, más por
amor propio que por su amor a Juana, nunca se había ocupado de
desconfiar de su amigo Monthélin, quien, sin embargo, tan cerca se había
hallado de comprometer su honor, pero en cambio, con el tacto habitual
de su cofradía, no dejó de abrir desmesuradamente los ojos, ante la
intimidad irreprochable de su mujer con Jacobo de Lerne. Detestaba por
instinto al joven, quien le era superior en todo sentido; muchas veces
había sido su rival en las regiones del mundo galante, donde la
distinción de la inteligencia y la elevación de los sentimientos
conservan siempre su prestigio. Pareciole demasiado duro al señor de
Maurescamp el tenerle por rival hasta en su interior conyugal, y hay que
convenir en que si él no hubiese sido el menos recto y el más culpable
de los maridos, su susceptibilidad en aquella ocasión habría sido de las
más disculpables.
Juana habíase apercibido más de una vez del mal humor con que su marido
soportaba las asiduidades del señor de Lerne, pero fuerte en su
conciencia, habíase preocupado poco de ello. Sin embargo, durante su
permanencia en Dieppe, varias veces intentó mostrarle las cartas que
recibía de Jacobo, a fin de tranquilizarlo respecto al carácter amistoso
de sus relaciones. Para convencerlo mejor, ingeniose tan bien varias
veces para hacerlo permanecer en el salón entre ella y Jacobo, tratando
de alejar de sus relaciones hasta la sombra de un misterio. Pero todos
sus afanes estuvieron muy lejos de alcanzar el éxito que deseaba. El
señor de Maurescamp no se encontraba bien; sentíase irritado del papel
secundario que desempeñaba en tales ocasiones; encogíase de hombros,
decía dos o tres bromas groseras y se marchaba. A pesar de todo, la
verdad tiene tanta fuerza, que a veces sentíase inclinado a creer que
sus relaciones eran en efecto puramente sentimentales. Pero no por esto
sentía un odio menos reconcentrado y violento, y que no esperaba sino
una ocasión para manifestarse.
Desgraciadamente, la ocasión no tardó en presentarse. Como lo hemos
dicho ya, hacía cerca de un año que el señor de Maurescamp estaba
enamorado de Diana de Grey, joven amazona americana, que entonces
llamaba mucho la atención en París. Esta criatura, hija de un acróbata
de baja esfera, y sumergida en el fango, no dejaba por esto de poseer la
belleza pura y fresca del lirio. Pálida, delgada, elegante, de una
perfección plástica, de una depravación singular, a la que unía la
ferocidad anglo-sajona, reunía, pues, todas las cualidades apropiadas
para subyugar a un hombre como el señor de Maurescamp. Así, pues,
habíale inspirado una de esas pasiones terribles y serviles que son en
general el privilegio de los viejos, pero que los jóvenes depravados
experimentan algunas veces como anticipación hereditaria. Primeramente
le había conquistado con su gracia y su fama, y acabó de subyugarle con
los caprichos fantásticos con que lo atormentaba. Hay hombres que, como
la mujer de Sganarelle, gustan de que se les castigue. El señor de
Maurescamp era de este número, y fue al respecto, servido a su gusto
por la graciosa americana. Si lo hubiese querido, habríale hecho pasar a
latigazos por uno de esos arcos de papel, por donde ella pasaba todas
las noches en el circo; pero prefirió hacerse regalar un lindo hotel en
las cercanías del Bosque de Bolonia con todo lo necesario para vivir en
él confortablemente. Mediante esta compensación, comprometiose a que,
una vez terminado su compromiso, renunciaría a su carrera artística, y
colmaría los votos del señor de Maurescamp.
En los primeros días de abril de 1877, esta singular persona tuvo la
idea de estrenar su casa convidando algunos de sus amigos a un almuerzo.
Ella misma hizo la lista de los convidados, y con gran disgusto del
señor de Maurescamp, el nombre del señor de Lerne se hallaba también
inscripto; conocíalo ella apenas, pero había oído hablar mucho de él,
puesto que había dejado en la alta bohemia parisiense una reputación de
amable compañero y de caballerosidad. Jacobo había roto completamente
con la sociedad en que Diana Grey era una de las estrellas; pero
temiendo, sin razón, herir la susceptibilidad de Maurescamp, si rehusaba
la invitación de su querida, aceptó.
Diana Grey colocó al señor de Lerne a su derecha, y desde el principio
del almuerzo, ocupose de él de una manera muy marcada. Jacobo hablaba
perfectamente el inglés; y ella gozaba de conversar en un idioma que el
señor de Maurescamp no tenía la ventaja de poseer. Jacobo hacía todo lo
posible por substraerse a las amabilidades demasiado expresivas de su
vecina y trataba de hablar en francés; pero ella no quería y volvía
resueltamente a hablar en inglés, vaciando a su salud copas llenas de
«pale ale», mezclada con Oporto. Al mismo tiempo lanzaba miradas
despreciativas y provocadoras a Maurescamp, que se hallaba frente a ella
en la mesa, y que estaba visiblemente contrariado.
Las mujeres de la especie de Diana Grey, toman represalias salvajes de
los hombres que las compran.
El almuerzo fue un poco frío. La dueña de casa parecía la única que se
divertía francamente. Cuando hubieron concluido, Jacobo de Lerne,
pretextando una cita por negocios, se apresuró a substraerse a aquella
situación enojosa.
Diana Grey, así que se hubo ido, encendió un cigarrillo, y tendiéndose
en un diván a la americana bebió su Oporto. Apercibiose entonces de que
Maurescamp estaba disgustado, y para componer las cosas, le dijo, con
ligero acento:
--Mi gordo «boy», es muy interesante el amante de vuestra mujer... tengo
un capricho por él, ¿sabéis?
--¿Estáis ebria, Diana?--dijo Maurescamp poniéndose muy encendido--.
Estáis ebria, y os olvidáis de quien habláis.
--¿Porque hablo de vuestra mujer? ¿Pues no me habláis vos también de
ella, querido amigo? Me habéis dicho que era un hielo... ¡Un hielo! ¡Ah,
qué bueno! ¿y habéis creído eso? ¡pobre ángel! Es una cosa sumamente
graciosa que todos los maridos crean que sus mujeres son de escarcha...
¡Pero nosotras sabemos que son todo lo contrario para sus amantes!
Y continuó arrojando bocanadas de humo de su cigarrillo por entre sus
labios rosados.
--Está completamente ebria--dijo uno de los convidados a Maurescamp. Y
es lástima, pues sin eso sería perfecta.
Una hora después, cuando todos hubiéronse ido, Diana confesó
secretamente a Maurescamp, que en efecto, estaba ebria, y que por
consiguiente, todo lo que había dicho, no debía tomarse en cuenta;
después de lo cual pidió perdón y lo obtuvo.
Pero la señora de Maurescamp no obtuvo el suyo. Hacía ya mucho tiempo
que su marido no la amaba, y mucho tiempo que había comenzado a odiarla.
Porque en esa clase de desinteligencia, es raro que el desacuerdo se
detenga en la indiferencia. Las odiosas y cínicas palabras proferidas
públicamente por Diana eran, por otra parte, elegidas expresamente para
exasperar al señor de Maurescamp. Sin tener mucha imaginación, tenía la
bastante para figurarse a su mujer, que no había tenido sino frialdades
y desprecios para él, abandonándose en brazos de otro a los vivos
transportes de la pasión, y esa imagen, desagradable para cualquier
otro, lo era en supremo grado para un hombre vanidoso, altanero, y tan
engreído y sanguineo como era el señor de Maurescamp. No se detuvo a
pensar que podía ser algo injusto el hacer depender el reposo, el honor
y la vida de su mujer, de aquella habladuría de su querida en estado de
embriaguez. Sentía rebosar en su pecho los sentimientos de despecho,
celos, y odio que se condensaban hacía tanto tiempo contra su mujer y
contra Jacobo de Lerne, y resolvió poner término a sus relaciones,
vengándose a un mismo tiempo de ambos.
La ocasión para un duelo pareciole especialmente oportuna, los
incidentes del almuerzo podían suministrarle un pretexto especioso, que
tendría la doble ventaja de dejar el nombre de su mujer fuera de las
querellas y asegurar a él la elección de las armas. Era hábil en el
manejo de la, espada, y aunque bravo por naturaleza, no se sentía con
humor de despreciar aquella ventaja.