CAPÍTULO XX

Durante el bienio de 1905-1906, soy favorecido por honores y

recompensas extraordinarios. -- La medalla de oro de Helmholtz

y el premio Nobel. -- Felicitaciones y agasajos a granel. --

Inconvenientes de la celebridad. -- Mi viaje á Estocolmo:

ceremonias, festejos y discursos. -- Miseria de nuestra

representación diplomática. -- Moret, que tuvo siempre para

mí benevolencias inmerecidas, pretende hacerme ministro. --

Asombro de los vividores de la política al saber que rechazaba

tan codiciado honor. -- Tras del Domingo de Ramos, vino, según

temía, mi semana de pasión. -- Mordeduras de la emulación y del

despecho: mis polémicas con Apáthy y Held.

En Febrero de 1905 recibí gratísima nueva. En recompensa de mis

modestos trabajos científicos, una de las Corporaciones científicas

más prestigiosas del mundo, la _Real Academia de Ciencias_ de Berlín,

por acuerdo tomado á fines de 1904, tuvo la bondad de adjudicarme

la _medalla de oro de Helmholtz_. Llegóme tan lisonjera noticia por

atento oficio del Ministro de Estado, acompañado de la comunicación

oficial de la Embajada alemana en Madrid[248]. Pocos días después

transmitíame esta Embajada, además del Reglamento de la Institución

del premio Helmholtz, dos enormes medallas: una de oro, de peso de

620 gramos, y otra de cobre, copia de la anterior. Según muestra el

grabado adjunto, en el anverso aparece la efigie del genial físico

alemán, y en el reverso la inscripción: _Ramón y Cajal. Año de 1904_.

[248] La comunicación oficial de la Academia lleva la fecha de 26

de Enero de 1905.

Al pronto no me dí cuenta cabal de la importancia y alcance de tan

honorífica distinción. Adquiridos antecedentes por la lectura del

citado Reglamento, quedé pasmado al saber que la susodicha medalla

se otorgaba cada dos años al autor que hubiere dado cima á más

importantes descubrimientos en cualquiera rama del saber humano. Con

asombro y rubor leí la lista de los laureados.

Instituída la medalla en 1892, en vida del ilustre físico alemán, fué

adjudicada nada menos que á E. du Bois Reimond, Weierstrass, Robert

Bunsen y Lord Kelvin. Y fallecido Helmholtz, siguió otorgándose á

sabios del siguiente calibre: en 1898, á R. Virchow; en 1900, á Sir

C. G. Stockes; en 1906, á H. Becquerel; en 1908, á E. Fischer; en

1910, á J. H. van Hoff; en 1912, á Schevendener...; todos lumbreras

de la ciencia, investigadores y creadores geniales. Avergonzado

estaba de verme intercalado en esta serie de gloriosos iniciadores

científicos con la medalla de 1904.

Sin extremar la modestia hasta considerarme exento de merecimientos

--lo que constituiría agravio para la doctísima Academia berlinesa--

séame lícito sospechar que en la propuesta de 1904 entró por mucho

el cordial afecto y sincera estimación de mi ilustre amigo el Dr.

Waldeyer, firmante, á título de _Secretario de la Presidencia_, de la

mencionada comunicación académica.

[Ilustración: Fig. 126.--Anverso de la gran medalla de Helmholtz.]

[Ilustración: Fig. 127.--Reverso con el nombre del recipiendario.]

Divulgada la noticia por la Prensa, que la aderezó con generosos y

espirituales elogios, tuve que hacer frente al inevitable alud de

felicitaciones y mensajes congratulatorios, desde el enviado en

nombre de S. M. el Rey por su Secretario Sr. Merry del Val, hasta los

recibidos de las más humildes Corporaciones populares. Todos fueron

cordialmente agradecidos[249].

[249] Mención especial merecen, entre otros obsequios, la

artística _placa conmemorativa_, ofrendada por los alumnos de

la Facultad de Medicina de Madrid (26 de Enero de 1905), adorno

que vino á hacer _pendant_ en mi despacho á otra preciosa joya

de la orfebrería catalana con que me agasajó en 1904 la Academia

Médico-farmacéutica de Barcelona.

Transcurridos algunos meses, y cuando el ánimo reposado y tranquilo

volvía á saborear las dulzuras y sorpresas del trabajo concentrado y

silencioso, cierta mañana de Octubre de 1906 sorprendióme, casi de

noche, cierto lacónico telegrama expedido en Estocolmo y redactado en

alemán. El texto decía solamente:

_Carolinische Institut verliehen Sie Nobelpreiss._

Firmaba mi simpático colega Emilio Holmgren, Profesor de la Facultad

de Medicina. Poco después llegó otro telegrama de felicitación de

mi entrañable amigo el profesor G. Retzius. En fin, transcurridos

algunos días, obraba en mi poder la comunicación oficial[250] del

_Real Instituto Carolino_ de Estocolmo, Corporación á cuyo cargo

corría la adjudicación del premio Nobel para la _Sección de

Fisiología y Medicina_. Aparte la honra inestimable que se me hacía,

el citado premio tenía expresión económica nada despreciable. Al

cambio de entonces, equivalía en especies sonantes á unos 23.000

duros. La otra mitad fué muy justamente adjudicada al ilustre

Profesor de Pavía Camilo Golgi, creador del método con el cual dí yo

cima á mis descubrimientos más resonantes.

[250] He aquí el texto del documento, redactado, por cierto

en limpio castellano: «El _Instituto Carolino de Medicina y

Cirugía_, que en virtud del testamento otorgado el día 27 de

Noviembre de 1894 por D. Alfredo Nobel, está facultado para

recompensar, con el premio fundado por el citado señor, el

descubrimiento científico más importante que durante los últimos

tiempos haya venido á enriquecer la Fisiología y la Medicina, ha

acordado el día de la fecha conceder á D. Santiago Ramón y Cajal

la mitad del premio correspondiente al año de 1906, en atención á

sus meritorios trabajos sobre la estructura del sistema nervioso.

Estocolmo, 25 de Octubre de 1906. El Claustro de Profesores del

_Instituto Carolino de Medicina y Cirugía_.»

Si la _medalla de Helmholtz_, galardón puramente honorífico, causóme

halagüeña impresión, el famoso premio Nobel, tan universalmente

conocido como generalmente codiciado, prodújome sorpresa mezclada

con pavor. Interpretando á la letra el Reglamento de la _Institución

Nobel_, parecía imposible otorgar el premio por la Sección de

Medicina y Fisiología á los histólogos, embriólogos y naturalistas.

Además, hasta entonces habíase solamente adjudicado á bacteriólogos,

patólogos y fisiólogos.

Ante la perspectiva de felicitaciones, mensajes, homenajes, banquetes

y demás _sobaduras_ tan honrosas como molestas, hice los primeros

días heroicos esfuerzos por ocultar el suceso. Vanas fueron mis

cautelas. Poco después, la Prensa vocinglera lo divulgó á los cuatro

vientos. Y no hubo más remedio que subirse en peana y convertirse

en foco de las miradas de todos. ¡Cuánto hubiera dado yo por poseer

uno de esos secretos burladeros que, con el nombre de _vedados ó

fincas de caza_ (desperdigados por los breñales de Torrelodones ó El

Escorial), constituyen recurso supremo de nuestros políticos ante los

asaltos de la pública curiosidad! Por desgracia, careciendo de las

aficiones cinegéticas de D. Antonio Maura ó del Conde de Romanones,

tuve que entregarme indefenso á los homenajes más ó menos sinceros y

protocolarios de Corporaciones é individuos.

[Ilustración: Fig. 128.--Una de las hojas artísticamente miniadas

del diploma del premio Nobel, con las firmas de los profesores del

Instituto Carolino.]

Metódica é inexorablemente se desarrolló el temido programa

de agasajos: Telegramas de felicitación; cartas y mensajes

congratulatorios; homenajes de alumnos y profesores; diplomas

conmemorativos; nombramientos honoríficos de Corporaciones

científicas y literarias; calles bautizadas con mi nombre en ciudades

y hasta en villorrios; chocolates, anisetes y otras pócimas,

dudosamente higiénicas, rotuladas con mi apellido; ofertas de

pingüe participación en empresas arriesgadas ó quiméricas; demanda

apremiante de pensamientos para álbums y colecciones de autógrafos;

petición de destinos y sinecuras...; de todo hubo y á todo debí

resignarme, agradeciéndolo y deplorándolo á un tiempo, con la sonrisa

en los labios y la tristeza en el alma[251]. En resolución, cuatro

largos meses gastados en contestar á felicitaciones, apretar manos

amigas ó indiferentes, hilvanar brindis vulgares, convalecer de

indigestiones y hacer muecas de fatigada satisfacción. ¡Y pensar

que yo, para garantizar la paz del espíritu y huir de toda posible

popularidad, escogí deliberadamente la más obscura, recóndita y

antipopular de las ciencias!...

[251] No todos los agasajos se redujeron á corteses enhorabuenas

y á efímeras efusiones de banquetes conmemorativos. Algunos

homenajes tuvieron valor material positivo, aparte su alta

significación espiritual. Recordemos la gran _medalla de oro_,

esculpida por el genial artista Mariano Benlliure, costeada

por suscripción entre los alumnos, profesores de San Carlos y

muchos médicos de Madrid; el _magnífico Álbum_, verdadera joya

de arte, avalorado con primorosas acuarelas, ofrecido por todas

las Corporaciones y fuerzas vivas de la cultísima Valencia; el

_diploma honorífico_, admirablemente decorado, remitido por los

médicos españoles de Buenos Aires, los cuales, deseosos además

de colaborar materialmente en alguna de mis investigaciones

científicas, abrieron suscripción pública para costear la

publicación de uno de mis libros (de esta obra, publicada en

1910, trataremos más adelante), etc.

Excusado es decir cuán vivo agradecimiento guardo de todos esos

y otros generosos regalos, que conservo orgulloso, no sólo como

testigos de mi buena estrella, sino del fervoroso patriotismo

de muchos excelentes españoles de aquende y allende el mar, los

cuales, inspirados en nobilísima solidaridad espiritual, estiman

como propia toda honra rendida por el extranjero á uno de sus

hermanos.

[Ilustración: Fig. 129.--Anverso de la medalla Nobel.]

[Ilustración: Fig. 130.--Reverso con una alegoría de la Medicina.]

No incurramos, sin embargo, en exageraciones que en el caso actual

pudieran sonar á ingratitudes. Ni es lícito extremar los fueros

del egoísmo. Fuerza es reconocer que los honores rendidos á los

hombres que, por algún concepto persiguieron el enaltecimiento de

su patria, son éticamente bellos y eficazmente ejemplares: brotan

de sentimientos de solidaridad y gratitud harto nobles para ser

vituperables. Toda alma bien nacida debe agradecerlos y rememorarlos.

Pero las gentes latinas somos extremosas en todo. En contraste con la

moderación y frialdad de los pueblos del Norte, carecemos del sentido

de la medida. Y lo que comenzó por ser ofrenda acariciadora, acaba

por resultar importunidad mortificante. En España --y díganlo si no

los Echegaray, los Galdós, los Benavente, los Cávia y otros muchos

justamente homenajeados--, para salir con bien de los obsequios y

agasajos de amigos y admiradores, hay que tener corazón de acero,

piel de elefante y estómago de buitre. Al dulzor de los primeros

momentos síguese cierta apacible amargura. Al modo de la amistad

vehemente y ruda, entre nosotros la fama estruja al acariciar: besa,

pero oprime. Nos arrebata las suavidades del hábito; turba la paz

del espíritu; coarta el sacrosanto albedrío, convirtiéndonos en

blanco de impertinentes curiosidades; hiere la humildad, obligándonos

de continuo á pensar y hablar de nosotros; y, en fin, altera la

trayectoria de nuestra vida, torciéndola en caprichosos é inútiles

meandros.

Á fuer de sincero, debo confesar algo que acaso haga sonreir

irónicamente al lector. Como insinué hace poco, el premio Nobel

prodújome más miedo que alegría. Medallas, títulos, condecoraciones,

son distinciones relativamente toleradas por émulos y adversarios.

Pero ¡un gran premio pecuniario!... La honra opulenta es algo

irritante y difícilmente soportable.

Hay, por otra parte, un gran fondo de verdad en el dicho vulgarísimo

de que la adversidad sigue á la ventura como la sombra al cuerpo.

Ambas parecen, en efecto, constituir fases alternativas de la

irremediable oscilación del humano destino. Y no por la influencia

de los quiméricos hados, sino porque la fortuna excesiva tiene la

nefasta virtud de cambiar los sentimientos de los hombres. Ya lo

dijo Séneca --y perdóneseme la pedantería-- en forma insuperable:

«Conforme crece el número de los que admiran, crece el de los

que envidian. Puse todo mi empeño en levantarme sobre el vulgo,

haciéndome notable por alguna particular cualidad, y no conseguí sino

exponerme á los tiros de la envidia y descubrir al odio la parte en

que podía morderme.»

¿Cómo tomarán --me decía-- mis contradictores extranjeros los dones

de mi buena estrella? ¿Qué dirán de mí todos esos sabios cuyos

errores tuve la desgracia de poner en evidencia? ¿Cómo justificar

á los ojos de tantos preclaros investigadores preteridos, cuyos

superiores merecimientos me complazco en reconocer, las preferencias

del Instituto Carolino? En fin, y volviendo los ojos á nuestra

querida España, ¿qué haría yo para consolar á ciertos profesores

--algunos paisanos míos--, para quienes fuí siempre una medianía

pretenciosa, cuando no un mentecato trabajador? Porque --¡doloroso

es reconocerlo!-- los mayores enemigos de los españoles, son los

españoles mismos.

Luego veremos que mis recelos estaban justificados y que los

disgustos comenzaron ya durante mi estancia en la capital de Suecia.

Y no ciertamente á causa de los sabios suecos, modelo de cortesía y

buen sentido, sino del extraño carácter del copartícipe del premio,

una de las personas más engreídas y endiosadas que he conocido.

Pero, descartando comentarios prematuros, digamos algo de mi viaje.

Ordenan los Estatutos de la _Institución Nobel_ que los laureados

concurran personalmente á la solemne ceremonia del reparto de

los premios, que se celebra todos los años el 10 de Diciembre,

aniversario de la muerte de Alfredo Nobel, y que, además, expliquen

y demuestren, en conferencia pública, lo más esencial de sus

descubrimientos científicos. Si á nuestro ilustre Echegaray y al

altísimo poeta italiano Carducci, fuéles dispensado el viaje, en

atención á su avanzada edad, yo no pude ni debí sustraerme á la

costumbre, que significa además obligado y cortés testimonio de

gratitud al Patronato de la Institución Nobel y á la generosidad del

pueblo escandinavo.

Púseme, pues, en marcha, y llegué á Estocolmo el 6 de Diciembre, días

antes del comienzo de las fiestas. Después de abrazar efusivamente

á mis buenísimos amigos y colegas del _Instituto Carolino_, Dr.

Retzius, G. Holmgren y H. Henschen, fuí presentado al célebre C.

Golgi, mi compañero de premio, y á los demás profesores laureados

llegados de Francia é Inglaterra. Eran éstos J. G. Thomson, á

quien se adjudicó el _premio de Física_, por sus penetrantes

investigaciones acerca de la naturaleza de la electricidad, y H.

Moissan, que recibió el _premio de Química_, en consideración á su

invención del horno eléctrico y á sus trabajos sobre el fluor. Dejo

apuntado ya que el famoso G. Carducci, recipiendario del _premio de

la Poesía_, excusó su ausencia por enfermo. En fin, el _premio de la

Paz_ fué otorgado al americano Teodoro Roosevelt. Importa consignar,

en descargo del circunspecto pueblo sueco, que tan extraña decisión

fué tomada por el _Storthing_ noruego, á quien, según cláusula

del testamento Nobel, incumbe conferir el _premio de la Paz_. ¿No

es el colmo de la ironía y del buen humor convertir en campeón

del pacifismo al temperamento más impetuosamente guerrero y más

irreductiblemente imperialista que ha producido la raza yanqui?

La ceremonia de la adjudicación de los premios fué una fiesta pomposa

y de altísima idealidad. Celebróse, según costumbre, en el gran salón

de la _Real Academia de Música_, adornado al efecto con el busto de

Nobel, rodeado de flores. Sobre el estrado presidencial veíanse las

banderas y emblemas de Suecia y de las naciones á que pertenecían

los laureados. Presidió S. M. el Rey, acompañado de los Príncipes y

Princesas, con su brillante séquito, y asistieron el Gobierno, el

Cuerpo diplomático, los descendientes de la familia Nobel, altos

funcionarios palatinos y militares, representación de las Cámaras

suecas y del Ayuntamiento de la ciudad, profesores y alumnos de la

Universidad y, en fin, numerosas y elegantísimas damas.

Inició la fiesta el profesor Törnebladh, miembro del _Patronato

Nobel_, con un noble discurso, en el cual, después de trazar la

historia de la fundación del premio, hizo un elogio caluroso de

la ciencia, que coronó repitiendo la conocida máxima de Pasteur:

«_La ignorancia separa á los hombres, mientras que la ciencia los

aproxima_.»

Los diplomas y medallas fueron entregados personalmente por S. M.

el Rey, que proclamó los candidatos. En cada caso, el Presidente

de la Academia promotora de la propuesta elogió en breve y sentida

oración los méritos del recipiendario. Según era de presumir, el

discurso encomiástico de los laureados de _Fisiología y Medicina_

corrió á cargo del ilustre Conde de Mörner, Presidente del _Instituto

Carolino_.

Días después, comenzaron las conferencias de los candidatos

premiados. En el día prefijado para la mía, y ante público selecto

é imponente, expuse lo más esencial de mi labor de investigador,

ateniéndome estrictamente á los hechos y á las inducciones

naturalmente surgidas de los mismos. Conforme á mi costumbre, y á fin

de hacerme entender hasta de los profanos, hice uso de gran número de

cuadros policromados de grandes dimensiones. Mi lección fué, según

creo, del agrado del público. En todo caso, mereció benévolos elogios

de los periódicos de la localidad.

De acuerdo con los precedentes, el texto de todas las conferencias

fué publicado semanas después en lujosísimo volumen, adornado con

bellísimos emblemas en colores, con la copia de las medallas, los

retratos de los laureados, y enriquecido además con los sendos

discursos de presentación de los padrinos y del representante oficial

del _Patronato Nobel_[252].

[252] Este elegante libro se titula: _Les prix Nobel en 1906_.

Una tirada aparte de mi discurso, con magníficas copias de los

cuadros murales, fuéme regalada por el Patronato Nobel. Diversas

Revistas científicas la insertaron, singularmente los _Archivio

di Fisiologia_, del Dr. G. Fano, vol. V, fasc. 1, Firenze, 1908.

Impórtame hacer constar que en la susodicha conferencia hice de

mi compañero el profesor C. Golgi el elogio cordial imperiosamente

exigido por la justicia y la cortesía. No procedió con igual

hidalguía el sabio italiano al pronunciar su lección sobre _La

doctrine des neurones_. Contra lo que todos esperábamos, trató en

ella, más que de puntualizar los valiosos hechos descubiertos por él,

de sacar á flote su casi olvidada _teoría de las redes intersticiales

nerviosas_.

Estaba en su derecho al escoger el tema de su lección. Lo malo fué

que al defender su estrafalaria lucubración --que pudo disculparse

en 1886, cuando los datos básicos de la conexión interneuronal no

habían sido señalados--, hizo gala de un orgullo é injusticia tan

inmoderados, que produjeron deplorable efecto en la concurrencia.

Ni por incidencia siquiera aludió á los casi innumerables trabajos

neurológicos aparecidos fuera de Italia, y aun en Italia misma,

desde la remota fecha de su obra magna sobre la _fina estructura del

sistema nervioso_. Para el anatómico de Pavía, ni Forel, ni His,

ni yo, ni Retzius, ni Waldeyer, ni Kölliker, ni van Gehuchten, ni

v. Lenhossék, ni Edinger, ni mi hermano, ni Tello, ni Athias, ni

siquiera su compatriota Lugaro, habíamos añadido nada interesante

á sus hallazgos de antaño. Por lo mismo, se creyó dispensado de

rectificar ninguno de sus viejos errores teóricos. La ciencia

había sido definitivamente fijada, gracias á la infalibilidad

del sabio italiano, en el año de gracia de 1886, época dichosa

en que se definió y divulgó el dogma intangible de la moderna

neurología. Huelga decir que en sus dibujos y descripciones del

cerebro, cerebelo, médula, asta de Ammon, etc., no aparecía ninguna

de las disposiciones señaladas por mí y confirmadas por todos

los autores; y cuando se columbraba alguna era artificiosamente

disfrazada y falseada, á fin de adaptarla, _velis nolis_, á sus

caprichosas concepciones. El noble y discretísimo Retzius estaba

consternado; Holmgren, Henschen y todos los neurólogos é histólogos

suecos contemplaban al orador con estupefacción. Y yo temblaba de

impaciencia al ver que el más elemental respeto á las conveniencias

me impedía poner oportuna y rotunda corrección á tantos vitandos

errores y á tantos intencionados olvidos.

No he comprendido jamás á esos extraños temperamentos mentales,

consagrados de por vida al culto del propio _yo_, herméticos á

toda novación é impermeables á los incesantes cambios sobrevenidos

en el medio intelectual. Para que, dentro de lo humano, semejante

actitud fuera conciliable con el criterio del interés personal, sería

preciso que el progreso se paralizara, que los sabios renunciaran al

privilegio de la crítica y que el nivel mental de los investigadores

descendiera tan bajo, que el talento ensoberbecido, en virtud de

sugestión irresistible, impusiera dogmáticamente á todo el mundo sus

visiones personales. Mas como imaginar todo esto es desposarse con

el absurdo, no concibo, repito, á menos de apelar a la psiquiatría

en busca de expresiones adecuadas, la psicología de los susodichos

temperamentos.

Por lo demás, harto prevista tenía yo la referida contrariedad,

desde el punto y hora en que supe cuál era mi compañero de premio. Y

ello contribuyó no poco á que la noticia me causara más amargura que

satisfacción. Porque si hay un histólogo en Italia de quien jamás

haya recibido un franco testimonio de estimación ó de justicia, es el

sabio de Pavía[253]. ¡Cruel ironía de la suerte, emparejar, al modo

de hermanos siameses unidos por la espalda, á adversarios científicos

de tan antitético carácter!

[253] Este juicio, que acaso parezca harto severo, palidece al

lado del de varios anatomo-patólogos é histólogos italianos, á

quienes he oído cosas peregrinas sobre la dictadura universitaria

ejercida por el sabio lombardo y sobre las amarguras de los

candidatos al profesorado, poco dispuestos á aceptar sin crítica

los dogmas del maestro.

La misma olímpica altivez y pretencioso empaque mostró mi compañero

en su brindis del banquete oficial. Esta fiesta solemne fué ofrecida

por los miembros de la Institución Nobel, y á ella asistieron

los Príncipes y magnates, el Cuerpo diplomático y distinguidas

representaciones de las Corporaciones populares y académicas. (Por

cierto que S. M., muy amable conmigo, me recordó sus viajes por

Andalucía, é hizo gentiles elogios de las bellezas de España y del

carácter de sus naturales).

Á la hora de los brindis, hablaron muy discreta y elocuentemente

algunos Ministros, los ilustres Presidentes de las _Academias_ y

de la _Institución Nobel_ y los representantes de los países á que

pertenecían los pensionados (menos el encargado de la Legación de

España, que excusó su asistencia). En mi honor el profesor Sundberg

pronunció en francés un _toast_ amabilísimo. Y después, en sendos

discursos de gracias, brindamos cortésmente todos los laureados.

Creo que no desentoné en aquel concierto de afable cortesanía y

gentil confraternidad. En mi breve discurso, pronunciado en francés,

puse especial empeño en consagrar sentido recuerdo á investigadores

preclaros, tan merecedores ó más que Golgi y yo del honroso galardón.

He aquí el texto, que reproduzco para los aficionados á la oratoria

oficial, por necesidad ceremoniosa y ritualista.

Mesdames et Messieurs: Ces moments de profonde émotion ne

sont pas les plus favorables pour extérioriser les sentiments

que j’éprouve devant une aussi brillante assemblée et dans

une aussi solennelle occasion. Je me bornerai donc tout

simplement à exprimer à l’_Institut Carolin_, ma profonde

gratitude pour l’honneur extraordinaire qu’il m’a fait en me

décernant, conjointement avec l’illustre Golgi, le _prix Nobel

de Physiologie et de Médecine_. Je dois aussi remercier de tout

mon cœur les bienveillantes et généreuses paroles que le savant

president de cette Corporation vient de m’adresser en son très

eloquent toast.

Les découvertes scientifiques sont presque toujours le résultat

de l’ambiance intelectuelle. C’est un labeur collectif dans

lequel il est souvent difficile d’attribuer le mérite à un savant

déterminé. L’_Institut Carolin_, s’inspirant d’un grand sentiment

de justice et d’équité, a bien voulu qu’un des copartageants du

prix Nobel pour la Physiologie et la Médecine soit l’illustre

Golgi, le prestigieux maître italien, qui, par l’invention

de très importantes méthodes de recherche et par l’esprit

d’observation scrupuleuse et exacte, a le plus contribué à la

connaissance de la fine structure et du mécanisme fonctionnel des

centres nerveux. Néanmoins, d’autres savants ont aussi collaboré

très activement à l’œuvre commune, et si vous trouvez dans le

réglement de l’Institution Nobel une borne infranchissable à

votre générosité et à vos sentiments d’équité, je croirais,

moi, commettre une grave injustice si je ne rappellais pas à

cette heure, les noms glorieux de His, le génial et regretté

embryologue de Leipzig; de Forel, le savant naturaliste et

neurologue suisse; de v. Kölliker, le vénérable maître, le Nestor

de la micrographie à qui la mort seule pût faire cesser le combat

qu’il livrait à la nature vivante à la quelle il a arraché tant

de secrets; de Ehrlich, Marchi et de Weigert, createurs des

importantes méthodes de recherches neurologiques. Je n’oublie pas

non plus la légion de jeunes et brillants professeurs tels que v.

Lenhossék, Dogiel, Lugaro, v. Gehuchten, Held, Edinger, Fusari,

L. Sala, Holmgren, etc., etc.; enfin, l’un de vos chercheurs

des plus feconds et infatigables, l’illustre anthropologue,

histologue et embryologue, auquel l’anatomie comparée du système

nerveux est redevable de grandes et positives conquêtes: j’ai

nommé --vous l’avez tous deviné sans doute-- le Professeur de

Stockholm, G. Retzius.

Tous ces savants, méritent également le grand honneur que je suis

heureux de partager aujourd’hui avec le maître de Pavie, parce

que, outre leurs recherches originales, tous ont contribué à

suggérér, préparer et developper plusieurs points importants de

mes modestes découvertes.

Je finis en levant mon verre pour proposer un toast à la

confraternité des hommes de science, en faisant des vœux pour

qu’en dépit des préjugés de nationalité ou d’école, et en

s’inspirant tous du haut et généreux exemple du grand savant

Nobel, gloire du pays scandinave, ils se reconnaissent comme

des fidèles compagnons voués à une œuvre commune, qui ne peut

s’affirmer et progrésser que dans un esprit collectif de justice

et d’affection réciproque.

Aparte las magníficas fiestas oficiales, debemos mencionar todavía,

para ser completos, otras atenciones y finezas con que algunos

sabios insignes y, en general, el cultísimo y hospitalario pueblo

sueco, procuró amenizar nuestra estada en Estocolmo. Recordemos el

banquete ofrecido á los laureados por el Conde de Mörner, Presidente

del _Instituto Carolino_, y cuya esposa é hijas, prototipos de la

espléndida belleza escandinava, hicieron á maravilla los honores de

la casa; la comida íntima con que me obsequió el Dr. Retzius, en

cuyo hotel tuve ocasión de conversar con su admirable compañera y de

conocer la suave y elegante comodidad del hogar sueco; la función de

gala ofrecida á los forasteros en el Teatro de la Opera; la gira á la

antiquísima Universidad de Upsala --el Oxford de Suecia--; la visita

al _Skating-Ring_, donde se cultiva el favorito deporte de los países

hiperbóreos; el paseo por la bahía, y, en fin, la gira al interesante

Parque zoológico, donde, entre otras curiosidades, se admira cierta

colección de viviendas rústicas, con las ingeniosas labores caseras á

que, durante los larguísimos inviernos suecos, se entrega la familia

del campesino.

Para terminar el relato de mi viaje á Suecia, de cuyos habitantes

guardo recuerdos gratísimos, referiré una anécdota y una observación.

Reciente la separación de Noruega, osé manifestar á un alto

dignatario, á quien tuve el honor de ser presentado, la extrañeza

con que habíamos sabido en España la impasibilidad de Suecia ante

el desgarramiento de la patria común. Y el amable interlocutor, en

vez de deplorar amargamente el hecho, según yo presumía, limitóse

á contestarme, con la sonrisa en los labios: «Tontos de remate

hubiéramos sido si, por mantener por la fuerza nuestra unión con

el vecino país, hubiéramos desnivelado nuestro presupuesto en

_superávit_, y suspendido la triunfadora campaña emprendida en pro de

la cultura general y en contra del alcoholismo.»

La observación concierne á la sórdida miseria con que España costea

los gastos de su representación en el extranjero. Mientras el

Ministro de Suecia en Madrid y los representantes diplomáticos de

Francia, Inglaterra, Italia, etc., en Estocolmo viven en magníficos

hoteles, con el decoro correspondiente á su rango, el encargado de

Negocios de España en dicha nación vegeta precariamente en un piso

segundo de modestísima casa de vecindad. Tan bochornoso contraste

trajo consigo cierta omisión, notada por muchos y poco halagadora

para nuestra patria. Rindiendo culto á la cortesía y á la costumbre,

cada Ministro extranjero acreditado en la corte sueca, festeja al

compatriota laureado con un banquete íntimo, al cual asiste lo más

escogido de la colonia de la nación correspondiente. Todos rindieron

esta prueba de consideración al paisano honrado con el premio Nobel,

todos..., menos nuestro Ministro, que deplorando sin duda la falta de

local decoroso y de recursos, soslayó el consabido acto de cortesía.

Á bien que la falta fué gentil y gallardamente compensada --no

obstante la modestia de sus medios-- por el cultísimo Secretario de

la Legación, Sr. R. Mitjana, quien, dicho sea de pasada, me acompañó

amablemente en mis paseos por la ciudad y en mi visita á Upsala

(hablaba el sueco) y se condujo conmigo como el más campechano y

fraternal de los amigos.

Y el citado caso no es único, por desgracia. En todas las capitales

visitadas por mí (salvo París) he observado con pena que la Legación

española es la más lamentable y mezquina. Por decoro nacional, ¿no

habría manera de remediar algo tan desairada situación?

* * * * *

El tercer suceso próspero --ó que pudo serlo para mí--, anunciado en

el sumario del presente capítulo, fué el empeño del ilustre Moret, á

la sazón jefe del partido liberal, en hacerme Ministro de Instrucción

pública. Ya en 1905, honrándome en el Ateneo con sus amables

pláticas, me anunció sus deseos. Yo me limité á darle las gracias,

contestándole con evasivas corteses. La verdad es que ni yo me sentía

político, ni estaba preparado para el arduo oficio de Ministro, ni

acertaba á descubrir en mí, al hacer examen de conciencia, las dotes

en nuestro país indispensables para regir dignamente una cartera.

Recordará el lector que, cuando en 1905, D. Antonio Maura derribó

la situación conservadora dirigida por Villaverde, subió al poder

el partido liberal, bajo la presidencia de D. Eugenio Montero Ríos.

Desgraciadamente, la poderosa fuerza política acaudillada antaño por

Sagasta, había perdido su cohesión, dividida en grupos atómicos. Y

á la cabeza de cada fracción figuraba un prohombre aspirante á la

suprema jefatura.

Mientras tanto, ocurrían los vergonzosos sucesos de Barcelona

(procacidad de los catalanistas del _Cut-cut_ é indignación

patriótica, aunque inoportuna, del ejército). Montero Ríos hubo

de dimitir, y la jefatura fué transferida á D. Segismundo Moret,

_leader_ de la más importante agrupación liberal. Preciso es

reconocer que, no obstante sus altos prestigios, el ilustre orador

demócrata no dispuso nunca de una mayoría disciplinada. Resuelto á

restaurar á todo trance la unidad del partido, concibió el plan,

una vez terminadas las fiestas de la boda real, de disolver los

Cuerpos colegisladores y convocar nuevas elecciones. Deseaba acometer

resueltamente la reforma constitucional y votar leyes de tendencia

francamente democrática.

Fué por Marzo de 1906 cuando, en una conferencia celebrada en su

casa, me comunicó el insigne político su pensamiento y me expresó

el deseo de que le prestara mi insignificante concurso. Excuséme,

como otras veces, escudado en mi inexperiencia parlamentaria. Pero

la elocuencia de D. Segismundo era terrible. Con frase inflamada

en sincero patriotismo, expuso las grandes reformas de que estaba

necesitada la enseñanza, encareciendo el honor reservado al Ministro

que las convirtiera en leyes; añadió que también los hombres de

ciencia se deben á la política de su país, en aras del cual es

fuerza sacrificar la paz del hogar, cuanto más las satisfacciones

egoístas del laboratorio; y citóme, en fin, para acabar de seducirme,

el ejemplo de M. Berthelot y de otros grandes sabios, que no se

desdeñaron para elevar el nivel cultural de su país, en formar parte

de un gobierno.

Sus cálidas exhortaciones hicieron mella en mi flaca voluntad. Y

excitado á mi vez por aquel verbo cautivador, tuve la debilidad de

apuntarle algunas reformas encaminadas á sacudir la Universidad

española de su secular letargo: la contrata, por varios años, de

eminentes investigadores extranjeros; el pensionado, en los grandes

focos científicos de Europa, de lo más brillante de nuestra juventud

intelectual, al objeto de formar el vivero del futuro magisterio;

la creación de grandes Colegios, adscriptos á Institutos y

Universidades, con decoroso internado, juegos higiénicos, celosos

instructores y demás excelencias de los similares establecimientos

ingleses; la fundación, en pequeño y por vía de ensayo, de una

especie de _Colegio de Francia_, ó centro de alta investigación,

donde trabajara holgadamente lo más eminente de nuestro profesorado

y lo más aventajado de los pensionados regresados del extranjero; la

creación de premios pecuniarios en favor de los catedráticos celosos

de la enseñanza ó autores de importantes descubrimientos científicos,

á fin de contrarrestar los efectos sedantes y desalentadores del

escalafón, etc.

Y cuando esperaba yo que Moret se mostrara asustado ante un plan

de reformas que implicaba la demanda á las Cortes de créditos

cuantiosos, contestóme jubiloso: --Estamos perfectamente de acuerdo.

En cuanto se plantee la próxima crisis, usted será mi Ministro de

Instrucción pública--. Y embobado por la magia de su palabra y por el

ascendiente de su talento me abstuve de contradecirle.

Semanas después (Abril de 1906) asistí al _Congreso médico

internacional_ de Lisboa. Allí, lejos de la peligrosa sirena

presidencial, recapacité seriamente acerca del arduo compromiso

en que me había metido. Y acabé por advertir que, desorganizado

el partido liberal, era quimera esperar el logro del decreto de

disolución é imposible, por tanto, acometer la magna obra de nuestra

elevación pedagógica y cultural. Ante mis compañeros de profesión, y,

sobre todo, á los ojos de los políticos de oficio, iba yo á resultar,

no un hombre de buena voluntad vencido por las circunstancias,

sino un vulgar ambicioso más. Y esto repugnaba á mi conciencia de

ciudadano y de patriota.

Y, bajo el peso de tales reflexiones, escribí á Moret retirándole

mi promesa y excusando mi informalidad. El Presidente se enfadó

mucho conmigo. Tuvo, sin embargo, la magnanimidad de perdonar

mis veleidades; y meses después llevó su benevolencia hasta el

punto de elevar al Gobierno á uno de mis amigos, D. Alejandro San

Martín. El cultísimo profesor de San Carlos, con quien había yo

cambiado impresiones acerca de las reformas universitarias más

urgentes, asumió el delicado encargo de defenderlas, sin abandonar,

naturalmente, personales iniciativas, algunas acaso demasiado

atrevidas (aludo, sobre todo, á la supresión indirecta de la

bochornosa enseñanza libre, desconocida en el extranjero).

Mis fáciles vaticinios cumpliéronse de todo en todo. La discordia

que minaba al partido esterilizó los patrióticos anhelos de Moret,

quien no obtuvo el ansiado decreto de disolución. Y conforme era de

esperar, el Ministerio de que yo debía formar parte (crisis de Junio

de 1906), vivió angustiosa y precariamente, entre intrigas menudas y

luchas intestinas. En fin, dos meses después cayó D. Segismundo con

la amargura de no haber logrado la unión del partido ni dado cima á

ninguna de las grandes reformas democráticas que meditaba.

* * * * *

Decía más atrás que el _premio Nobel_ concedido por primera vez

en 1906 á histólogos, causóme más miedo que satisfacción. ¿Cómo

reaccionarán --pensaba-- aquellos pocos sabios, no exentos de mérito,

cuyos errores teóricos tuve la desgracia de poner en evidencia?

Poco tardaron en darme una respuesta. En significativo contraste

con las grandes figuras de la neurología que, inspiradas en noble

generosidad, se apresuraron á felicitarme, algunos histólogos

y naturalistas que me distinguieron siempre con su hostilidad

se exaltaron desaforadamente contra mi modesta persona. Era ya

tiempo, según mis piadosos cofrades, de aplastar definitivamente

el _neuronismo_, soterrando de paso á su más fervoroso mantenedor.

Y en sus invectivas había tanta injusticia, se acompañaban de tan

virulentas personalidades, resultaban, en fin, tan desproporcionadas

con la insignificancia de mis corteses reparos de otro tiempo, que

fuera candoroso excluir cierto vínculo etiológico entre ellas y mi

inesperada ventura.

No deja, en efecto, de ser significativo el que mi antiguo amigo H.

Held, uno de los detractores de entonces, á quien por cierto había

yo tratado siempre con la consideración debida á su incansable

laboriosidad y positivos méritos, (había sido fervoroso adepto

del neuronismo y hasta traductor en 1894 de un libro mío)[254],

se indignara precisamente en 1907[255], á pretexto de que en

cierta comunicación de mi cosecha, relativa á la _génesis de las

neurofibrillas_, no estimé pertinente discutir ni aceptar la vetusta

teoría neurogenética de Hensen, concepción definitivamente rechazada,

hacía la friolera de diecisiete años, por eminencias neurológicas

del fuste de Kupffer, Ranvier, His, Golgi, Kölliker, Lenhossék,

Retzius, Lugaro, Athias, etcétera. En cuanto á S. Apáthy, el fogoso

naturalista de Klausenburg, esperó también hasta dicho año de

1907, para sentirse agraviado por las objeciones que, de pasada,

me sugiriera en 1903 su aventuradísima lucubración acerca de la

continuidad de las neurofibrillas en los vermes[256].

[254] _H. Held_: Kritische Bemerkungen zu der Verteidigung

der Neuroblasten und der Neurontheorie durch R. Cajal. _Anat.

Anzeiger._ Bd. XXX, 1907.

[255] _S. Apáthy_: Bemerkungen zu den Ergebnissen R. y Cajals

hinsichtlich der feineren Beschaffenheit des Nervensystems.

_Anat. Anzeiger._ Bd. XXXI, 1907.

[256] _Cajal_: Un sencillo método de coloración selectiva del

retículo protoplásmico, etc. _Trab. del Lab. de Invest. biol._,

tomo II, 1913.

Penetrado harto bien de la psicología de ciertos sabios y de la

intención de la nueva campaña, procuré conducirme en mis réplicas

con perfecta ecuanimidad y justicia, persuadido de que, en esta

clase de lides, pasión y razón suelen estar siempre en proporción

inversa. Desentendíme, pues, de todos los ataques personales y fuíme

derechamente al terreno de la observación.

La tesis central de H. Held --simple modificación, por otra parte,

de la vieja concepción de Hensen-- consistía en admitir que el

cono de crecimiento de los axones embrionarios no crece libremente

hacia su destino por entre los elementos extraños, según creíamos

haber demostrado His, Kölliker, Lenhossék, yo, Harrison, etc.,

sino que corre encauzado por el interior de un sistema de tubos

comunicantes preestablecidos. En la _médula primordial_, tales

conductos orientadores hallaríanse representados por las _células

ependimales_ ó epitélicas; fuera de la médula, es decir, para los

conos y axones aventurados en pleno _mesodermo_, los citados estuches

estarían constituídos por cadenas radiadas de corpúsculos conectivos

primordiales. Notemos que, en su nueva investigación, Held hizo uso

de mi proceder del nitrato de plata reducido, salvo que en lugar de

fijar las piezas en alcohol, según hacía yo, aplicó de preferencia la

_piridina_, el fijador del método de Donaggio.

Fácil fué para mí, después de estudiar nueva y esmeradamente el tema,

demostrar en preparaciones irreprochables la sinrazón de mi colega de

Leipzig[257]. Entre otras observaciones incontestables, resueltamente

favorables á la concepción de His, expuse las siguientes:

[257] _Cajal_: Nouvelles observations sur l’évolution

des neuroblastes avec quelques remarques sur l’hypothèse

neurogénétique de Hensen-Held. Avec 18 figures. _Anat. Anzeiger._

Bd. XXXII, 1908.

_a_) Los _conos de crecimiento_ recién formados (embrión de pollo

de dos días) crecen y marchan en la médula primitiva, no por

dentro de las _células epiteliales_ (que forman, según es sabido,

un sistema de fibras radiadas á partir del epéndimo), sino entre

dichas células, conforme lo persuade perentoriamente tanto la

absoluta falta de forro exógeno en los axones cortados de través,

como los frecuentes retrocesos, revueltas y extravíos de los

mismos antes de encontrar su camino (fig. 131, _a_, _b_, _d_).

[Ilustración: Fig. 131.--Trozo de médula espinal primitiva (A) y de

tejido mesodérmico vecino, tomado de un embrión de pato de tres días.

Nótese cómo en los neuroblastos más jóvenes los conos de crecimiento

marchan siempre entre las células, tanto dentro como fuera de la

médula.-- E, F, conos que cruzan libremente el espacio perimedular;

D, _f_, conos cuya posición libre en el mesodermo es evidente.]

_b_) Los conos cruzan el espacio plasmático perimedular sin ayuda

de ningún corpúsculo orientador (fig. 131, _e_, F).

_c_) En el seno del _mesodermo_ resulta facilísimo reconocer

axones absolutamente libres, es decir, alejados de toda célula

conjuntiva embrionaria, los cuales se orientan perfectamente al

través de las lagunas intercelulares (fig. 131, D, _f_).

_d_) En ocasiones descúbrense en el bulbo conos de crecimiento

caídos por azar en el líquido ventricular, los cuales después

de una revuelta vuelven á la substancia gris, orientándose

definitivamente (fig. 132, A, E), sin ayuda de estuches celulares.

_e_) Con frecuencia se descubren en muchos nervios, tales como el

patético, etc., revueltas iniciales incongruentes, denotadoras de

extravíos que al fin son rectificados.

[Ilustración: Fig. 132.--Trozo de un corte del bulbo de un embrión

de pollo de cuatro días. Adviértase cómo fibras nerviosas caídas por

accidente en el ventrículo (A, E, C) aparecen libres, orientándose en

él para dirigirse á su destino al través de toda la trama nerviosa.]

_f_) La sección transversal de las raíces nerviosas en sus más

tempranas fases no revelan ningún forro celular, ni siquiera la

presencia de núcleos marginales.

_g_) Los neuroblastos simpáticos y muchos elementos nerviosos de

los centros emigran, en el curso del desarrollo, de su yacimiento

originario, circulando libremente por entre otros corpúsculos

hasta alcanzar su destino. Fuera absurdo suponer que un robusto

neuroblasto simpático es capaz de alojarse y correr por dentro

de un corpúsculo mesodérmico, mucho más delgado que él.

_h_) En la regeneración patológica es comunísimo sorprender

axones que caminan y se orientan al través de exudados serosos y

hasta de coágulos sanguíneos, lejos, por tanto, del concurso de

las supuestas _Leitzellen_ de Held.

_i_) Los experimentos de Tello demostraron que, cuando se

secciona el nervio óptico, una parte de los brotes siguen

dirección retrógrada, invaden la retina y, á impulsos de su

potencia de crecimiento, barrenan las capas de esta membrana sin

necesitar para ello de la preformación de estuches orientadores

(fig. 134, A).

[Ilustración: Fig. 133.--Corte de la retina del embrión de pollo de

cuatro días. Se demuestra en esta figura que la primera forma del

neuroblasto es bipolar (C, B) y no monopolar.-- _a_, _b_, conos de

crecimiento cuya posición intercelular es indiscutible.]

_j_) En fin, los experimentos de cultivo artificial de los

nervios embrionarios (experimentos de Harrison y de los sabios

de su escuela efectuados en larvas de batracio) demuestran

perentoriamente que los axones y conos de crecimiento son

susceptibles de crecer y marchar al través del plasma nutritivo,

y cuando por azar tropiezan en hilos de fibrina ó con elementos

mesodérmicos, se deslizan sobre ellos como una planta joven sobre

su tutor (_estereotropismo_ de Loeb y Harrison, etc.).

Aparte los datos de alcance polémico, el citado trabajo encierra

también algunos hechos nuevos, en cuya reseña detallada es

imposible entrar aquí. Mencionemos solamente un estudio sobre

la evolución de las células nerviosas de la retina; otro sobre

la marcha de los neuroblastos en la médula espinal primitiva; y

otro, en fin, sobre la génesis del gran simpático.

[Ilustración: Fig. 134.--Corte de la retina del conejo adulto,

cuyo nervio óptico fué cortado. Nótese un robusto retoño (A) que,

extraviado, atraviesa por propio impulso y sin vainas celulares, todo

el espesor de la membrana, desde la capa de las fibras del nervio

óptico.]

Particularmente interesantes son, con relación á la retina y á la

médula espinal estos dos hechos: _a_, que el neuroblasto unipolar de

His va precedido, según señalé ya en 1890 (el hecho fué negado por

His y otros), de una _fase bipolar_ (fig. 133, C, D, B), y _b_, que

los conos trazan á menudo revueltas antes de orientarse, chocando con

la basal (fig. 133, _a_, _b_), por entre cuyos pilares se deslizan.

El escrito, ó más bien diatriba de Apáthy, virulenta en el fondo

y groseramente descortés en la forma, y reveladora, además,

de una ignorancia casi absoluta de toda mi obra científica,

encaminóse principalmente á refutar, en provecho de cierta

singular concepción tocante al origen y significación fisiológica

de las neurofibrillas de los vermes (_hirudo_, _pontobdella_,

_lumbricus_, etc.), mis ideas sobre la disposición y conexiones

de estos filamentos, ideas compartidas en principio por casi

todos los histólogos investigadores del asunto (Donaggio,

Lugaro, Michotte, van Gehuchten, Marinesco, Nageotte, Tello,

Azoulay, H. Rossi, Levi, Perroncito y, en parte, hasta el mismo

Held, mi contradictor en otros respectos).

El punto sobre que Apáthy hizo particular hincapié, fué su

conocida teoría de la _continuidad neurofibrillar_. En sentir

del sabio húngaro, las _neurofibrillas_ y sus _filamentos

elementales_ representan el factor exclusivamente conductor

del sistema nervioso. Dispersas unas veces, reunidas otras

en hacecillos compactos, las citadas hebras cruzarían sartas

de neuronas sin anastomosarse entre sí, por lo menos, en los

centros. Durante la época embrionaria, las neurofibrillas

surgirían primeramente en la extremidad de los nervios, para

invadir secundariamente los corpúsculos gangliónicos, verdaderas

encrucijadas de aquellos conductores. En consecuencia, el

protoplasma neuronal gozaría exclusivamente de actividad trófica.

En fin, al nivel de las terminaciones nerviosas sensitivas,

sensoriales ó motrices, las consabidas hebras elementales

dispondríanse en asas de retorno ó en redes difusas perfectamente

continuas. Tanto el remate como el origen de las neurofibrillas

constituiría, por tanto, pura ilusión. Todo comunica con todo.

Para sostener tan arriesgadísima tesis y combatir el

neuronismo, el sabio húngaro apoyábase en sus excelentes y

rarísimas preparaciones de los ganglios de la sanguijuela y de

otros vermes. Á este mismo terreno acudí yo para refutarle,

abundantemente pertrechado de bien logradas preparaciones, cosa

fácil, porque precisamente ciertas fórmulas del nitrato de plata

reducido colorean espléndidamente las neurofibrillas del _Hirudo_

y _Alaustomum_.

Para dar cima á mi empresa, sometí á severo análisis y

escrupulosa revisión todos los hechos de observación aducidos por

Apáthy. Y la confrontación de sus dibujos, harto esquemáticos

y tendenciosos, con los míos, escrupulosamente copiados del

natural, mostró bien á las claras que mi virulento contradictor

había contemplado la naturaleza á través de un prejuicio

teórico. En efecto, ni en las _células de la retina_, ni en los

_corpúsculos simpáticos_, ni en los _sensitivos_ del _hirudo_, es

dable percibir el menor indicio de que las neurofibrillas pasen

de una célula á otra. Además, mis preparados demostraron en el

esófago y faringe de la sanguijuela la existencia indiscutible

de neurofibrillas sensitivas terminadas libremente bajo la

cutícula epitelial. Y, en fin, por lo que hace al comportamiento

de las hebras elementales dentro del soma neuronal, mostré,

con absoluta evidencia, que al encontrarse en el protoplasma

pierden su individualidad, generando redes perfectas. Semejantes

retículos aparecen claramente ¡quién lo creyera! hasta en los

dibujos de Apáthy. ¿Qué más prueba de que su concepción de

la independencia neurofibrillar representa pura visión de un

espíritu preocupado?...

Creo sinceramente, sin temor de incurrir en la nota de presuntuoso,

que los argumentos de hecho esgrimidos por mí contra las teorías

harto discordantes de Held y de Apáthy, son en el estado actual

de la ciencia irrebatibles. Al menos hasta ahora nadie ha

conseguido refutarlos. Por lo demás, en la reflexiva Alemania

la teoría neurogenética del profesor de Leipzig tuvo muy escaso

eco. Desaprobáronla resueltamente, ó se mostraron esquivos hacia

ella, los grandes maestros, como Edinger, Waldeyer, Heidenhain,

Schiefferdecker, etc. Contra ella alzóse también briosamente en

América, sobre abrumadora masa de pruebas experimentales, el célebre

Harrison y su escuela. En fin, en Italia y Francia no granjeó, que yo

sepa, un solo adepto.

En cuanto al violento Apáthy, que me amenazaba al principio con no

sé cuantos libros y folletos aplastantes, guardó en lo sucesivo un

silencio que semeja á un acto de contrición.

* * * * *

He aquí otra ruda batalla librada en favor del neuronismo. ¿Será la

última?

Mucho lo dudo. El morboso afán de afirmar y destacar la propia

personalidad, de ser original á ultranza, hace estragos en nuestra

época. Cediendo la juventud á la ley del mínimo esfuerzo, gusta

de revisar valores que reputa dudosos. Y prefiere, en el orden

científico, en vez de descubrir nuevas verdades, destruir el

patrimonio ideal del pasado. ¡Es tan cómodo edificar con materiales

labrados por otros, una teoría personal aunque sea ilusoria!...

¡Qué pena da luchar de continuo con los hombres para defender la

verdad, en vez de combatir contra la naturaleza para arrancarle

nuevas verdades!... ¿Pero cómo evitarlo? ¿Quién ignora que cada

conquista científica desaloja un error arraigado, y que detrás

de él suele esconderse la soberbia irritada cuando no el interés

exasperado?...

[Ilustración]

Recuerdos de mi vida (tomo 2 de 2) · 第 27 / 58 题