CAPÍTULO XVII

Con ocasión de conmemorar el decenario de su fundación la

Universidad de Clark (Estados Unidos), centro de estudios

superiores, soy invitado, juntamente con otros profesores

europeos, á dar algunas conferencias. -- Tórrido calor de Nueva

York. -- Mi viaje á Boston y Worcester (Mass.), donde se celebró

la fiesta universitaria. -- El patriotismo anglo-sajón. --

Algunas causas morales de la guerra suscitada entre los Estados

Unidos y España. -- Las instituciones docentes de Boston y de

Nueva York.

Hallábame, allá por Junio de 1899, enfrascado en las antedichas

exploraciones del cerebro humano, cuando llegó á mis manos una

cortés invitación de la Universidad americana de Worcester (_Clark

University_), Centro de investigaciones superiores, comparable con

el _Colegio de Francia_, para dar varias conferencias acerca de mis

investigaciones sobre la corteza cerebral. Tratábase de celebrar

cierta fiesta académica solemne, con asistencia de muchos sabios

americanos y europeos, al objeto de conmemorar el X año de la

fundación de la citada Universidad, obra de la generosidad privada,

como suelen serlo entre los yanquis las escuelas profesionales y los

Establecimientos de alta cultura. Para costear gastos de viaje, el

oficio de invitación incluía un cheque de 600 dólares.

Profundamente sorprendido y perplejo quedé al recibir semejante

mensaje. No me explicaba cómo en los Estados Unidos habíanse acordado

de un humilde investigador español, de un profesor perteneciente á la

raza vencida y humillada.

[Ilustración: Fig. 85.--Corte horizontal del asta de Ammon y corteza

esfenoidal vecina.-- A, núcleo esfeno-occipital ó angular; R,

subículo; J, asta de Ammon; F, capa molecular de la _fascia dentata_;

B, sección de la vía esfeno-amónica cruzada; D, vía esfeno-amónica

directa.]

Asaltóme una duda. ¿Podía yo, razonablemente, pocos meses después de

la guerra, vibrantes todavía en España la indignación y el encono por

el inicuo despojo colonial, aceptar tan comprometida misión?

Consulté el caso con el ministro de Fomento, Marqués de Pidal, y

con algunas personas cuyos consejos tenía en mucho; y contra lo

presumible, el Gobierno, los amigos y hasta la Prensa política

(que comentó el suceso con palabras muy halagadoras para mí),

aconsejáronme unánimemente la aceptación del delicado y difícil

honor.

De buena gana lo habría declinado. Cuanto más que mi salud distaba

mucho de ser por aquella fecha floreciente. De resultas de gripe

tenaz ó acaso por consecuencia de las emociones excesivas del

laboratorio (cada descubrimiento interesante ó que me lo parece,

cuéstame noches de insomnio), padecía de palpitaciones y arritmias

cardíacas, con las consiguientes preocupaciones é inquietudes. Dócil,

sin embargo, á los ruegos de los amigos y alentado por el ministro,

que me señaló decoroso viático, púseme en camino, acompañado de mi

esposa, para que cuidase de mis achaques.

Después de pasar por París, donde tuve el gusto de saludar á los

profesores M. Duval y M. Dejerine, y de abrazar á mis buenos amigos

M. Azoulay y M. Nageotte, nos embarcamos en el Havre con dirección á

Nueva York, en un buque de la _Compañía Trasatlántica_ francesa. Á

bordo tuve la grata sorpresa de encontrar al ilustre Dr. A. Mosso,

profesor de Fisiología de Turín, al gran matemático francés M. E.

Picard, profesor del Colegio de Francia, y al famoso Dr. A. Forel,

consagrado por entonces á interesantes estudios sobre la psicología

de las hormigas. Todos estos sabios habían sido invitados como yo

para la _Clark Celebration_.

Excusado es decir que, en tan selecta compañía, se nos hicieron

brevísimos los doce días de travesía. Los profesores Mosso y Forel,

con quienes intimé mucho durante el viaje, se me revelaron como

personas agradabilísimas, al par que conversadores deliciosos. En

nuestros gratos coloquios de á bordo discurrimos sobre todo lo divino

y humano: filosofía, ciencia, artes, política, etc.

Mediado el mes de Julio, arribábamos á Nueva York, la estupenda

ciudad de los _rasca-cielos_, de los multimillonarios, de los

_trusts_ avasalladores y del calor sofocante. Esto último fué

para mí desagradable sorpresa. Creía que los _países de hierba_ y

las ciudades marítimas poseen el privilegio de gozar durante la

canícula de moderada temperatura. Y yo, que en nuestro Madrid, la

típica ciudad del sol y del cielo azul, siéntome enervado cuando el

termómetro marca en las habitaciones 27° y 35° en la calle, tuve, mal

de mi grado, que soportar 32° ó 33° centígrados en el hotel y 45° ó

46° en las rúas.

Y no obstante, los yanquis lo soportan como si tal cosa.

Aunque sudando la gota gorda, veíanse por las calles trajinar

afanosamente faquines y albañiles. ¡Oh, la fibra acerada de la raza

anglo-sajona!...

Con aquel sol de fuego y con la profusión de instalaciones domésticas

de gas y electricidad, compréndese que los incendios sean allí el pan

nuestro de cada día. Mal de mi grado hube de presenciar uno de estos

desagradables contratiempos.

Cierto día, y á deshora, inicióse el fuego en el cuarto de un huésped

del principal. Cundió súbitamente la alarma en los hombres y la

nerviosidad y el terror en la mujeres. Algunos huían despavoridos

hacia la escalera principal, interceptada por densa y asfixiante

humareda. Otros, más avisados, nos dirigimos á los balcones, donde

la previsión americana, aleccionada por trágica experiencia, ha

dispuesto ciertas grandes escaleras de salvamento. Pero ¿quién

hace bajar á una señora tímida y nerviosa, como buena española,

por aquellos aéreos peldaños? Por suerte, los bomberos acudieron á

tiempo, sofocando rápidamente el incendio.

Pasado el susto, consideré los curiosos incidentes provocados por el

terror. Desde el punto de vista de la psicología individual, nada

hay más instructivo que un siniestro. Al huir, cada cual abraza á su

ídolo: las madres á sus hijos, los recién casados á sus esposas,

las cómicas á sus joyas y preseas, los comerciantes y banqueros á

sus carteras y maletines. No hay como el espanto, para denunciar el

verdadero carácter y valorar rápidamente los bienes de la vida.

[Ilustración: Fig. 86.--Algunos _rasca-cielos_ de la calle ancha ó

_Broadway_, de Nueva York.]

No caeré en la tentación de describir la gran metrópoli americana.

Me limitaré á expresar que admiré la famosa estatua de la libertad

de Bartholdi, el barrio comercial de Brooklyn, el puente audaz

sobre el East River, los suntuosos palacios de la V Avenida, la

famosa catedral de San Patricio, de que tomé por cierto excelentes

fotografías, los colosales _buildings_ albergadores de fábricas,

sociedades industriales y grandes rotativos, las deliciosas playas de

Brighton y de Manhattan, el incomparable _parque central_ salpicado

de alcores coronados de rocas y cubierto de magníficos árboles, y,

en fin, los espléndidos comercios donde todo se sirve á máquina y en

los cuales, á favor de ingeniosos artificios, la mercancía demandada

circula por carriles aéreos, al través de inacabables corredores y

pisos, llegando en pocos segundos, convenientemente empaquetada, á

las manos del cliente. En la figura adjunta copio una fotografía que

da idea de lo enorme de las construcciones de muchos pisos.

Por cierto que, con ocasión de estos curioseos por los grandes

almacenes, hube de comprobar, con pena, cierta sospecha que yo

tenía sobre los sentimientos instigadores de la agresión de los

Estados Unidos á España. Por consecuencia de la cruel, impolítica

y contraproducente medida de _concentrar en campamentos_ toda la

población rural de la gran Antilla, los cubanos supervivientes que,

por falta de ánimos, no engrosaron las huestes de Maceo, huyeron en

masa á los Estados Unidos (Cayo Hueso, Tampa, Nueva Orleans, Nueva

York, etc.), buscando trabajo en campos, fábricas y comercios.

Algunos de estos desventurados, hembras en su mayoría, con quienes

conversamos en los obradores y comercios de Nueva York, nos

refirieron miserias y crueldades desgarradoras. Huelga notar, que las

lamentaciones de tantos millares de prófugos, pregonando y agravando

hasta lo inverosímil la vieja leyenda anglo-sajona de la crueldad

española, crearon en los Estados Unidos un estado emocional, que fué

hábilmente explotado por los laborantes cubanos y por el partido

imperialista ó intervencionista[182].

[182] En descargo de esta inhábil conducta de las autoridades

cubanas, se ha dicho que también fué empleada por la cultísima

Inglaterra en su contienda con los boers. Pero sobre que una

crueldad no se justifica jamás con otra crueldad precedente ó

subsiguiente, quienes así discurren parecen olvidar que sólo las

naciones fuertes pueden cometer impunemente ciertos excesos.

Nuestro Gobierno, autorizando en Cuba las referidas medidas,

procedió como si España viviera sola en el planeta, ó como si las

naciones poderosas y dominantes, vecinas de los Estados débiles,

no hubieran en todo tiempo invocado para sus expoliaciones

pretextos de humanidad y civilización.

Aproximábase la fecha de la fiesta académica de Worcester. Dí, pues,

de mano á mis callejeos y visitas á Institutos científicos y Museos

--algo inferiores entonces á los similares de Inglaterra y Alemania--

y púseme en camino para Boston, ciudad no lejana del término del

viaje. Durante todo el trayecto, hecho en tren expreso, me acompañó

el mismo sofocante calor de Nueva York. Dicho sea en alabanza de la

cultura yanki, las empresas de ferrocarriles hacen lo posible para

mitigar las molestias del viajero. Á este propósito y entre otras

comodidades, cada coche dispone de un gran depósito de agua helada,

servida gratuitamente á los pasajeros, por camareros negros, muy

amables y solícitos.

Á nuestro arribo á Worcester la _ola de calor_, lejos de ceder,

habíase hecho formidable. El hálito abrasador de la atmósfera, apenas

mitigado durante la noche, según ocurre en los climas muy húmedos,

no dejaba respirar. Yo estaba febricitante y semi-congestionado. Por

tal motivo y por haber llegado á deshora, no osé avisar al Rector.

Y así pasé la noche --toledana, en verdad-- tratando de aliviar mi

angustiosa cefalalgia con compresas de agua fría.

Para colmo de contrariedad, celebrábase aquel día la Fiesta de la

Independencia, y un estruendo ensordecedor subía de las calles.

Oíanse himnos patrióticos, vivas estentóreos, estallido de cohetes

y, sobre todo, tiros, ya sueltos, ya en descarga cerrada. Asomadas

á ventanas y azoteas, descubrí muchas personas como frenéticas,

disparando al aire sus rifles. En la calle, hasta las mujeres

enarbolaban banderas y gritaban desaforadamente. Dulces expansiones

monjiles son nuestras castizas broncas de la Plaza de Toros,

comparadas con el estruendo y bullanga del pueblo americano durante

el famoso _Independence day_, en el cual, dicho sea de pasada,

ocurren siempre lamentables desgracias. ¡Triste cosa es que los

hombres sólo acierten á mostrar su júbilo haciendo ruido! Á propósito

de lo cual, cabría preguntar: ¿Alborota el pueblo porque está alegre,

ó alborota para alegrarse? Lo segundo paréceme más cierto que lo

primero. Porque, dígase lo que se quiera, el trabajador manual

--y aún más el intelectual-- son en el fondo animales tristes y

soberanamente aburridos. Pero descartemos reflexiones impertinentes.

Con el alba pasó, al fin, aquella racha de locura y desenfreno. Ya

entrada la mañana, y aliviado un tanto de los efectos del insomnio,

participé mi llegada al honorable Rector de la _Clark University_,

el ilustre psicólogo y educador G. Stanley Hall. Poco después vino

á saludarme y á ponerse á mis órdenes el simpático Secretario y

profesor de la Universidad, mozo de tanta cultura como bríos, según

demuestra el suceso siguiente:

Encargada la busca de un carruaje y avisado el cochero para que,

conforme á usanza americana, acomodara el equipaje en el vehículo,

atajóme cortésmente el elegante Secretario con estas inesperadas

frases:

--¡No vale la pena de molestar al cochero!... Aquí estoy yo para

cargar con el baúl.

Y sin oir nuestros ruegos, el flamante funcionario ladeó garbosamente

su inmaculada chistera, y haciendo alarde de vigor y agilidad

insospechables, bajó en un santiamén el baúl-mundo y la maleta (en

junto pesaban cerca de 90 kilos) y los acomodó diestramente en el

coche.

Azorada estaba mi mujer al contemplar las manchas de polvo y los

inelegantes pliegues que tan precipitada y ruda faena habían

producido en la irreprochable levita. Y exclamó:

--Pero ¿por qué se ha molestado usted? Eso es cosa del camarero...

--No --replicó el atildado _gentleman_--; esto es obligación de

todos. Vivimos en América, patria de la democracia, donde nadie toma

á bochorno ó á deshonra el trabajo manual. Aquí sólo reconocemos la

nobleza del talento y del saber...

He aquí una excelente lección de legítima y sana democracia.

Convengamos, empero, en que tan persuasiva propaganda no está al

alcance de todo el mundo. No basta abandonar aristocráticos humos y

señoriles melindres; hacen falta también músculos de acero.

Guiado por el Secretario, el carruaje nos condujo á casa del

huésped, opulento prócer, entusiasta protector de la Universidad y

prototipo de esa especie de filántropos patriotas de que solamente

en Inglaterra y en los Estados Unidos se dan perfectos ejemplares,

quiero decir limpios de egoísmo confesional y de sectarismo político.

Nuestro patrón Mr. Stephen Salisbury, vivía casi modestamente, si se

tiene en cuenta su gran fortuna, que consagraba á obras de civismo,

cultura y beneficencia. Inspirándose en sentimientos de tolerancia y

altruísmo que sorprenderían á nuestros orondos y fanáticos ricachos,

fundó dos hospitales con sendas iglesias: uno para protestantes

(él profesaba la religión reformada) y otro para católicos. Además,

para deleite y enseñanza de sus conciudadanos, erigió un suntuoso

Museo de Arte, cuyo palacio, así como la mayoría de los cuadros,

regaló al Municipio; donó al pueblo cierto parque dilatado, valuado

en millones, y, además, pasaba por ser, según dejo dicho, uno de los

más devotos y generosos protectores de la _Clark University_, donde

costeaba cátedras é instituía premios. ¡Qué hombres!...

El benemérito Mr. Salisbury descendía de un noble inglés arribado á

América con los primeros conquistadores, y moraba en cómoda villa,

donde, ocioso es decirlo, nos alojó y trató á cuerpo de rey. Frisaba

nuestro huésped en los sesenta y cinco, y permanecía soltero, por

horror, nos decía, á la mujer americana, cuyas tendencias varoniles

y excesiva libertad de movimientos (la locura feminista culminaba

entonces) repugnábanle invenciblemente.

Había viajado por España y chapurreaba algo el español. Por cierto,

que al recordar las picantes aventuras de sus viajes por Andalucía

y encarecer la gracia y donaire de las hembras de Cádiz, Sevilla

y Granada, solía decirnos que en España «sólo las mujeres tienen

talento». Á sus ojos, nuestros hombres resultaban deplorablemente

insignificantes.

--Me complazco, exclamaba á veces, en alojar en mi casa á un español

dotado de sentido común...[183].

[183] Por desgracia, este juicio despectivo hacia los españoles

no puede considerarse como chuscada de comensal amable y

chancero. Traduce un sentimiento real, sumamente generalizado

entre los pueblos anglosajones, sobre el cual debieran meditar

mucho peninsulares é hispano-americanos. De mis conversaciones

con yanquis, ingleses y alemanes, he sacado la convicción --no

descubro ningún secreto--, de que, á juicio de los enérgicos

y laboriosos hijos del Norte, las naciones mediterráneas,

y singularmente la portuguesa y la española, constituímos

razas decadentes, degeneradas moral y físicamente, á quienes

debe tratarse sin ninguna contemplación. «Por los americanos

del Sud no sentimos ninguna especie de simpatía», decíame

confidencialmente cierto profesor yanqui, poniendo en su

pensamiento velos de eufemismo.

Creo sinceramente que somos calumniados; pero creo también

que españoles, portugueses é hispano-americanos, con nuestras

grotescas asonadas y pronunciamientos, nuestro desdén por la

ciencia y las grandes iniciativas industriales --que sólo

prosperan cuando se apoyan en descubrimientos científicos

originales--, nuestra secular ausencia de solidaridad política

(rodeados de naciones de fuerza poderosísima y unificadas vivimos

fragmentados en 21 estaditos que se miran con recelo ó se odian

cordialmente) hacemos cuanto es posible para justificar el

desprecio y la codicia de las grandes nacionalidades.

En el adjunto grabado (fig. 87) reproduzco la fotografía de Mr.

Salisbury y de sus dos huéspedes españoles, hecha por un ayuda de

cámara aficionado al arte de Daguerre.

En su afán de sernos agradable y de que mi esposa pudiera penetrar en

la grata intimidad del _home_ americano, Mr. Salisbury tuvo la bondad

de presentarnos á una de sus amigas, Mistress Lawton, señora viuda

(uno de sus hijos se había batido en Cavite contra España), dotada de

positivos talentos musicales. Conocía algo el español y para poder

intimar con mi mujer, reforzó aquellos días su escaso léxico merced

á trabajo supraintensivo. Juntas y convertidas en cordiales amigas,

visitaron asilos, iglesias católicas y hospitales (en uno de los

cuales la madre de Mrs. Lawton, con ese noble altruísmo tan general

en América, había legado la renta necesaria para costear una sala),

el _Club de las señoras_, con magníficos salones de conversación y

lectura, los grandes bazares de la ciudad, etc. Como muestra de los

deliciosos y cómodos hoteles habitados por la clase media americana,

reproduzco en la figura 88 la mansión de la citada señora.

[Ilustración: Fig. 87.--Mr. Stephen Salisbury y sus huéspedes

españoles.]

Yo encontré también para mis correrías artísticas y pintorescas

mentor muy amable y solícito en cierto profesor ruso de matemáticas,

algo estrafalario, que lucía espléndida melena rubia tendida hasta la

cintura. Enamorado de España, se perecía por hablar nuestra lengua,

de la que hacía calurosos elogios. Su facilidad para los idiomas

era portentosa. Con sólo dos meses de estancia en Granada, había

aprendido el español sin olvidar el francés, el ruso, el polaco, el

alemán y el italiano, que hablaba á la perfección. Su indumentaria,

algo estrambótica, corría parejas con su fluvial y romántica melena;

pero en aquel ambiente de amable tolerancia nada chocaba. Le

amparaba, además, su gran competencia en la _teoría de los números_.

[Ilustración: Fig. 88.--Hotel de Mrs. Lawton, en Worcester. Tipo de

las deliciosas casitas habitadas por la clase media americana.]

Los días 4 de Julio y siguientes hasta el 10, fueron consagrados

á las fiestas de la _Decennial Celebration_. Consistieron en

recepciones oficiales, banquetes, giras á los Establecimientos

docentes y á los alrededores pintorescos de la ciudad y, en fin,

en las Conferencias científicas á cargo de profesores americanos y

extranjeros. Un público selecto, llegado de todos los Estados de la

Unión, congregóse en la _Clark University_, asistiendo asiduamente á

las lecciones.

Las mías, en número de tres, versaron sobre la _Estructura de la

corteza cerebral del hombre y mamíferos superiores_, tema que, según

dejo apuntado, había sido objeto de mis investigaciones durante los

años 1898 y 1899. En mi público figuraban principalmente médicos,

naturalistas y psicólogos. Deseando demostrar gráficamente mis

recientes hallazgos en tan difícil dominio, ayudéme, según costumbre,

de grandes cuadros murales policromados. Para los iniciados en

la técnica neurológica, reservé algunas sesiones de exhibición

de preparaciones micrográficas. Creo que acerté á satisfacer la

expectación de mis oyentes; en todo caso, fuí bastante aplaudido.

[Ilustración: Fig. 89.--Edificio central de la Universidad de Clark.]

El texto de las citadas Conferencias, reunido con el de todas las

pronunciadas durante las fiestas, imprimióse á expensas de la

Universidad, en lujosísimo volumen, primorosamente encuadernado[184].

Al frente de cada serie de lecciones figuraba el retrato del profesor.

[184] Clark University, 1889-1899. _Decennial Celebration._

Worcester Mass. Printed for the University, 1899.

La _Sesión de clausura_, celebrada el 10 de Julio, fué muy solemne.

Leyéronse en ella expresivas cartas de congratulación del Presidente

de la República, Mr. MacKinley, de varios conspicuos miembros del

Senado y, en fin, de muchos sabios ilustres nacionales y extranjeros;

pronunció el Rector G. Stanley Hall, elocuente oración, en la

cual, después de narrar la historia de la Universidad, enumeró

los trabajos científicos realizados y trazó el programa de los

futuros desarrollos. Siguió luego una especie de sermón de tonos

elevados, pronunciado por el reverendo Dr. De Vinton; y, por último,

previos los sendos encomios de ritual, fuimos los cinco profesores

extranjeros investidos ceremoniosamente del grado de doctor _honoris

causa_ (Doctor en Derecho, según reza el diploma), acabando el acto

con breves discursos de gracias.

El papel de huésped, más ó menos ilustre, resulta en América

singularmente comprometido. Los yankis no se contentan con aprender

del forastero; desean además ser juzgados por él. _Velis nolis_,

no tuvimos más remedio que improvisar respuestas á las siguientes

delicadas interrogaciones:

¿Qué defectos halla usted en nuestras Instituciones docentes?

¿Tendría usted la bondad de señalar las reformas urgentes ó las

medidas encaminadas á perfeccionar la obra de nuestra Universidad?

Claro es que rindiendo culto á la cortesía y á impulsos de la

gratitud, nuestros juicios fueron incondicionalmente encomiásticos;

sin embargo, al través del follaje retórico, apuntaban también

algunas reformas útiles. Yo propuse para el cuadro de enseñanza

de la Universidad, dos novedades: la creación de laboratorio de

Investigaciones bacteriológicas y la de otro de Histología y

Patología experimentales.

Mas en esto de las _encuestas_ tuve peor suerte que mis compañeros.

Mi calidad de español me constituía en blanco preferente de los

reporteros políticos. Las periodistas, sobre todo, me asediaban día y

noche. Querían saber de mí --¡ahí es nada!-- los inconvenientes ó las

ventajas que para los Estados Unidos podrían derivarse de la anexión

de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. ¡Era como mentar la soga en casa

del ahorcado!

Salí del paso como pude de tan inoportunos entrometimientos, no sin

incurrir, á causa quizás del mal humor, en bastantes ligerezas.

¡Espantado quedé al leer en los periódicos locales mis declaraciones

políticas!...

Y menos mal que conseguí evitar á mi esposa los asaltos de aquellas

implacables reporteras (solteronas típicas y genuinos representantes

de lo que Ferrero llamó el _tercer sexo_), resueltas á sonsacar á

ultranza la opinión de Mistress Cajal, tanto sobre el feminismo

teórico, como sobre el estado en que se encontraba en nuestra patria

la campaña de la emancipación de la mujer.

--En nuestro país --les respondí-- vivimos por desgracia tan

atrasados, que las mujeres se contentan todavía con ser _femeninas_ y

no _feministas_. Y al parecer, ello les basta para su felicidad y la

del hogar.

Por no abusar de la paciencia del lector, omitiré los festejos,

recepciones, festines y agasajos de todo género, de que fuimos

objeto, tanto los huéspedes extranjeros como los representantes de

las Universidades americanas, de parte del ilustre Rector y de los

simpáticos profesores de la _Clark University_. Por lo que á mí toca,

fuera, empero, ingratitud no consignar las atenciones y delicadezas

que merecí á Mr. A. Gordon Webster, ilustrado profesor de Física, en

cuyo hogar tuve el honor de conocer á la genuina mujer americana,

culta, fuerte, hacendosa y exenta de enfadosos feminismos; y al Dr.

A. Mayer, ferviente admirador y compatriota de A. Forel, en compañía

del cual gusté el placer de visitar los principales establecimientos

de beneficencia, y particularmente un magnífico Hospital consagrado

al tratamiento de las enfermedades nerviosas y mentales; Hospital

donde, por cierto, pude apreciar los inestimables servicios prestados

por las señoritas enfermeras, jóvenes bien educadas, instruídas en

los elementos de la medicina, y que sustituyen allí ventajosamente á

nuestras hermanas de la Caridad.

Mi despedida de Worcester fué precedida de un episodio, vulgar sin

duda en toda fiesta celebrada por jóvenes en tierras anglosajonas,

pero que á mí me produjo profunda impresión.

Habíamos pasado un día en el campo, á la orilla de un lago pintoresco

que sirve de depósito á las aguas potables de la ciudad; y al final

de un banquete, á que asistieron profesores y estudiantes, para poner

remate á los brindis entusiastas, todos los comensales ingleses y

americanos --pasaban de 100-- pusiéronse de pie y, con voz robusta

y vibrante entonaron acordes, primero el himno americano y después

el inglés _God save the Queen_. En el silencio y la obscuridad de la

noche, aquellas estrofas alzadas briosamente de todas las gargantas,

sonáronme á sublime cántico religioso. ¡Profundamente conmovido,

mi corazón latía con violencia, un calofrío sacudió mi piel y mis

lágrimas estuvieron á punto de correr!...

El espectáculo era tan emocionante como instructivo. Aquellos mismos

hombres, que momentos antes charlaban y reían con esa sana alegría,

inequívoco signo de fortaleza y optimismo, acordáronse todos,

antes de separarse, de que eran hijos de una misma madre, la noble

Albión, y de que debían, por tanto, sentirse hermanos en espíritu y

corazón... ¿Quién conoce el himno patriótico de la raza hispana?

Entonces comprendí muchas cosas. Y mejor que en el decantado libro

de _Des Moulins_, advertí en qué consiste la decantada superioridad

del pueblo anglo-sajón. Artífices de su grandeza son, ciertamente, la

robusta mentalidad y la rectitud y energía de carácter. Considero,

sin embargo, como principales resortes dos cosas totalmente

descuidadas en España y en los países de nuestra estirpe: la

educación del patriotismo y la inoculación intensiva del espíritu de

solidaridad.

[Ilustración: Fig. 90.--Las cataratas del Niágara vistas desde la

orilla yanqui.]

Ciencia, cultura superior, austeridad administrativa, orgullo

ciudadano, heroísmo militar, etc., representan transformaciones

de una misma energía primordial, el _amor de la raza_. En los

felices países de lengua inglesa aparece el patriotismo como algo

profundamente místico, como un fanatismo religioso inoculado en la

niñez y fortalecido después por la educación política.

Antes de mi regreso á España visité algunas ciudades americanas,

é hice también, á título de turista y de cultivador del _Kodak_,

la inevitable excursión á las maravillosas cataratas del Niágara.

Narradas, encomiadas y fotografiadas hasta la saciedad, fuera ahora

imperdonable impertinencia detenerme á describirlas.

Para amenizar y adornar el texto, doy aquí dos de las instantáneas de

mi copiosa colección (figs. 90 y 91).

[Ilustración: Fig. 91.--El brazo principal de la catarata contemplado

desde la orilla canadiense.]

Entre las grandes urbes visitadas durante mi estancia en América,

guardo, sobre todo, vivo recuerdo de Boston, capital del Estado de

_Massachusetts_, la región más poblada y exquisitamente culta de los

Estados Unidos.

Sincera admiración y noble envidia prodújome la visita á la _Harvard

University_.

Cautiváronme sus maestros, alguno tan preclaro como el profesor S.

Minot, de renombre mundial y de quien, dicho sea de pasada, tuve el

honor de ser guiado al través del inacabable dédalo de los palacios

universitarios. Estos espléndidos edificios ocupan área enorme de

la populosa barriada de Boston, llamada, en recuerdo de la célebre

Universidad inglesa, _barrio de Cambridge_.

[Ilustración: Fig. 92.--El _Memorial Hall_ (Universidad de Harvard)

donde los estudiantes celebran sus reuniones. Fachada principal del

grandioso edificio.]

Imposible describir aquí estas admirables Instituciones, casi todas

fundadas y sostenidas por los donativos de hijos preclaros de la

ciudad ó de discípulos agradecidos á las enseñanzas del _Alma

mater_. Me limitaré á citar: la magnífica _Facultad de Medicina_ con

sus ricas colecciones anatomo-patológicas (_Warren Anat. Museum_)

y sus excelentes Laboratorios de investigación; la _Facultad de

Ciencias_, con el bien organizado _Jefferson Physical Laboratory_;

el _Museo de la Universidad_, enorme construcción que contiene las

colecciones donadas por los célebres naturalistas Agassiz, padre

é hijo; el _Peabody Museum_, inestimable colección arqueológica;

el _Hemenway Gymnasium_, suntuosa construcción regalada á los

estudiantes por un acaudalado ciudadano de Boston; la Biblioteca

de la Universidad (_University Library_), palacio grandioso donde

estudiantes y profesores se reunen para consultar no sólo los libros

científicos, sino las revistas más importantes publicadas en el

mundo; los numerosos y suntuosos Colegios (pasan de 70), donde, á

usanza inglesa, moran los estudiantes, vigilados por profesores é

instructores especiales; los extensos campos de instrucción militar,

de juegos de _tennis_, de balompié, etc., destinados no tanto á

la formación física de los colegiales, cuanto á la educación de

la energía. Y, en fin, para acabar la lista (completa ocuparía

varias páginas), citemos el soberbio _Memorial Hall_, artístico y

monumental palacio cuajado de estatuas de hombres célebres, adornado

con retratos de bienhechores de la Universidad y de inscripciones

clásicas griegas, latinas é inglesas, edificado en memoria de los

estudiantes muertos en la terrible guerra de Secesión: en sus

dilatadas salas celébranse las Juntas de estudiantes, compran

éstos por módico precio sus refrigerios y reciben --y esto es lo

más delicadamente espiritual-- con la contemplación de los héroes

legendarios de la raza y la meditación de sus dichos y máximas,

lección permanente de elevado y confortador patriotismo.

[Ilustración: Fig. 93.--Librería de los Colegios (Gore Hall) de la

Universidad de Boston.]

Particularmente instructiva fué también mi visita á la Biblioteca

de la ciudad de Boston, acaso la más copiosa y mejor organizada

del mundo. Á pesar del dédalo inacabable de salas, corredores,

ferrocarriles aéreos por donde circulan los libros; no obstante la

legión de empleados, linotipistas, impresores y encuadernadores,

etc., á despecho, en fin, del ímprobo trabajo que supone disponer,

clasificar y catalogar varios millones de libros, folletos y

periódicos, el servicio resulta tan rápido y bien ordenado, que pocos

minutos después de hecho un pedido, llega el volumen á las manos del

lector. Á ruegos de mi acompañante hice la prueba, demandando cierto

ejemplar de las primeras ediciones del _Quijote_, conservado allí

cual joya inestimable. Trascurridos apenas tres minutos, entregáronme

el precioso ejemplar. Advertí también, contra mis presunciones,

que dicha Biblioteca es muy rica en libros españoles, antiguos y

modernos, conservándose hasta colecciones de nuestros principales

periódicos.

[Ilustración: Fig. 94.--Escuela médica de Boston (Pabellón Central).]

Y á propósito de la Prensa española y aunque amargue algo el

recuerdo, apuntaré cierta observación del amable Bibliotecario,

por cierto persona cultísima, conocedora del español y del tesoro

de nuestros clásicos (había estado dos años pensionado en Madrid,

escudriñando nuestros archivos y bibliotecas), que tuvo la bondad de

mostrarme todas las dependencias del famoso Establecimiento.

Llegados á la sala de los periódicos extranjeros, detúvose de

pronto, y haciendo una mueca de disgusto, señalóme dos diarios

españoles de gran circulación y cierto periódico satírico, extendidos

sobre una mesa.

[Ilustración: Fig. 95.--Comedor de estudiantes del _Memorial Hall_,

de Boston.]

--¡Esos periódicos --exclamó-- son responsables de la mitad de

la culpa de la pasada guerra! ¡Nos provocaron imprudentemente,

calificándonos de _mercachifles_, _choriceros_ y _cobardes_!...

¡Telegrafiados, traducidos y comentados tan soeces insultos por

nuestra Prensa, causaron profunda indignación hasta en los amigos

y admiradores de España, entre los cuales tenía yo la honra de

contarme!...

¡Qué pena oir tales censuras y tener que reconocer su justicia!...

Terminadas mis excursiones, tomé la vuelta de Nueva York, á fin

de disponer el viaje de regreso. Debiendo aguardar algunos días

la llegada del vapor, procuré aprovecharlos, estudiando mejor las

Instituciones docentes y curioseando las novedades y atracciones

industriales de la grandiosa urbe neoyorquina.

[Ilustración: Fig. 96.--Vista de conjunto de la Universidad de

Columbia de Nueva York; el edificio central es la biblioteca.]

Mi primera visita fué para la _Columbia University_, enorme

agrupación de magníficas y amplias construcciones donde, aparte los

edificios destinados á la enseñanza, figuran: copiosa biblioteca,

situada en el centro, según aparece en el dibujo adjunto; la capilla,

el gimnasio, el teatro académico, salones de lectura, colegios,

Museo de Historia natural, campos de juegos, etc. En otras barriadas

de la ciudad álzanse la Facultad de Medicina y la de Farmacia,

con admirables Laboratorios, bibliotecas, colegios, y en fin, la

_Universidad de Nueva York_ ó _University Heights_, como allí la

llaman, ilustrada por el célebre profesor Morse, inventor del

telégrafo de su nombre. Fuera interminable describir estas admirables

fundaciones debidas, como la mayoría de las Instituciones docentes

americanas, á la munificencia particular.

Objetos de mi atención fueron también los pintorescos alrededores

de Nueva York y muy singularmente la famosa Escuela militar de

_West Point_, edificada en una altura, con espléndido panorama

sobre el Hudson. En esta Academia modelo, aislada y alejada de las

distracciones y vicios de la ciudad, llevan los cadetes austera vida

conventual, de estudio intensivo y de recia vigorización muscular;

austeridad mitigada por la visita de sus familias y las de muchas

personas de la buena sociedad neoyorquina, que, en determinados días

del mes, toman parte en las fiestas íntimas de la Escuela, conversan

amablemente con los jóvenes oficiales y les dan la impresión

halagadora de que son los hijos predilectos de la patria y la

esperanza de su futuro engrandecimiento.

Quise conocer también las nuevas invenciones industriales del pueblo

más genialmente dotado para el cultivo de la mecánica, y comprobar

de paso los nuevos perfeccionamientos del _fonógrafo_ y _grafófono_,

con las mejoras introducidas en el genial invento de Edison por el

italiano Bettini. Según se verá, mi curiosidad en este punto envolvía

algún interés personal. Aunque ello parezca extraño, quien esto

escribe, incubaba también, por entonces, cierto perfeccionamiento de

la máquina parlante. Según achaque de todos los inventores, seres

radicalmente egoístas, deseaba yo que el instrumento se mantuviera

invariado é inmóvil sobre los principios propuestos por el célebre

mago de Mungo-Park.

Mas para justificarme, necesito retroceder en mi relato y hacer una

digresión que sabrá dispensarme el lector en gracia de la moraleja

que encierra. Allá por los años 1895 y 1896, el fonógrafo de Edison

y sus variantes (el _grafófono_ de cierta casa de Washington y los

famosos _diafragmas_ amplificadores de Bettini), hacían furor en

Madrid. Gracias á la propaganda activa del francés M. Hugens, y sobre

todo á las facilidades de venta de la casa Aramburo, que era como el

casino de los cultivadores del cilindro, la afición á la fonografía

cundió cual epidemia, atacando aun á los que, como yo, fueron siempre

refractarios á los encantos de la música. El invento de Edison nos

proporcionó, sin duda, deliciosas veladas invernales; pero nos llevó

también á cometer muchos abusos. Sin la menor aprensión acometíamos

á los artistas eminentes, cuya bondad poníamos á prueba obligándoles

á impresionar romanzas, canciones y parlamentos cómicos. Recuerdo

que en compañía del simpático Pepe Zahonero --un águila en el arte

de seducir cómicos, poetas y parlamentarios--, llevamos nuestra

impertinencia hasta abordar al famoso Romero Robledo, quien lleno de

bondad honró nuestra bocina declamando trozos de sus discursos, entre

otros, uno pronunciado en defensa de la Duquesa de Castro-Enríquez,

considerado por él como el mejor de sus éxitos parlamentarios[185].

[185] Por cierto que habiendo cierto médico forense oído en

mi casa éste elocuente alegato, exclamó: ¡Así se escribe la

historia!...

--¿Cómo?... ¿Sospecha usted acaso que la Duquesa maltrató

realmente á la infeliz niña?

--De ello tengo absoluta certidumbre. Hice el examen de la

víctima, cuya piel estaba salpicada de cardenales y contusiones.

En un rapto de cólera la tal Duquesa la golpeó y pateó

horriblemente.

¡Vaya con los abogados!... ¡Por algo decía el despierto Romero

que el tal discurso, por cuya virtud quedó la Duquesa absuelta y

limpia de toda sospecha de sevicia, fué el más resonante de sus

triunfos!

Pero las máquinas parlantes de entonces adolecían de un grave

defecto. Los aficionados al fonógrafo recordarán que, cuando se

impresionaba débilmente la cera del cilindro receptor, la voz se

reproducía con timbre y modulación casi naturales, pero con gran

tenuidad de volumen, justificándose la frase de Letamendi, que

llamaba al fonógrafo el _conejo parlante_. Si, por el contrario,

deseando intensificar la impresión, se cantaba ó hablaba cerca de la

bocina, la voz resultaba chirriante, estridente é insoportable para

todo oído delicado.

Previo análisis minucioso de las condiciones físicas de tan

desagradable defecto[186], ocurrióseme la idea de que si el zafiro

grabador, en vez de inscribir la ondulación sonora en el sentido de

la profundidad, pudiera desarrollarla en plano, trazando sobre placa

de cristal ó metal raya continua ó sinuosa, sería dable intensificar

poderosamente el sonido, mejorar la pureza del timbre y, en fin,

descartar ó aminorar al menos el desapacible estridor.

[186] La causa del estridor es, según es sabido, puramente

mecánica. Conforme revela la más somera exploración microscópica

de los surcos, depende de que el estilete grabador, en vez de

labrar en la cera canal continuo, ondulado en el sentido de la

profundidad, esculpe fosetas aisladas y profundas, separadas

mediante espacios limpios de toda impresión. De donde se

infiere que el diafragma, durante su enérgico vaivén, graba

exclusivamente la mitad, y á veces menos, de la ondulación

sonora, sin las curvas secundarias de las notas armónicas

indispensables á la buena traducción del timbre. Y tal defecto

resulta irremediable á causa de la dureza del material de

inscripción. El empleo de amplio cilindro atenúa algo, pero no

corrige, el referido defecto.

Entusiasmado con la idea encargué á un maquinista inhábil (á falta

de mecánico de precisión) la construcción de mi fonógrafo de disco,

mientras ensayaba métodos prácticos de moldear en gelatina, cera ó

celuloide. Por desgracia, el aparato, si confirmó plenamente el nuevo

principio de inscripción y las ventajas presupuestas, funcionaba

deplorablemente. Y solicitado por más apremiantes ocupaciones, olvidé

el desdichado artefacto, que arrumbé en el desván en espera de un

mecánico capaz de comprenderme[187].

[187] Sólo en disposiciones cinemáticas accesorias y en el

material usado para el moldeamiento de los discos (ebonita)

difería mi aparato del lanzado por la _Gramophone Company_. Yo

comenzaba por grabar sobre metal ó cristal recubiertos por capa

de cera, y procedía después á obtener un galvano del que tomaba

copias en gelatina ó celoidina. El movimiento del diafragma

reproductor, inclinado naturalmente en ángulo recto sobre el

disco impresionado, era movido, no por el disco mismo según

ocurre en el gramófono de aguja, sino mediante mecanismo de

relojería; disposición, sin duda, menos elegante y sencilla, pero

que tiene la ventaja de conservar mejor los finos trozos de la

inscripción.

Posteriormente, imaginé otro invento fonográfico más complicado

y de difícil ejecución, el _fotofonógrafo amplificador_, cuya

descripción podrá ver el lector curioso en _La Naturaleza_, año

1903. El registro de la ondulación del sonido hacíase sobre placa

fotográfica merced á doble espejo fijo en membrana vibrante. Y

de esta especie de prueba negativa se sacaba una positiva sobre

cristal gelatinado y sensibilizado, siguiendo el proceder clásico

de Poitevin para la obtención de pruebas al carbón dotadas de

relieve. La sensibilidad del diafragma era tal (el rayo de luz

hacía veces de palanca), que podían registrarse á distancia

normal discursos y obras musicales.

Disponíame ya á ejecutar este nuevo aparato cuando llegó á mi

noticia que el mismo Edison había obtenido patente, poco tiempo

antes, para un invento, si no igual, fundado al menos en el

mismo principio. Mi mala estrella, ó por mejor decir, mi crasa

ignorancia de las patentes fonográficas registradas durante

los últimos años, me arrebataron, sin remedio, el mérito de la

prioridad.

Pues bien; el aparato imaginado por mí, y en parte construído durante

los años 1895 y 1896, me lo encontré flamante y recién lanzado al

público con el nombre de _gramófono_ en cierto comercio de Nueva

York. Divulgado después por el mundo entero y explotado por la

Sociedad Americana del _Gramophone_ y sus hijuelas de Europa, dicho

aparato sirvió de base á un negocio espléndido, cifrado en muchísimos

millones.

No por vanidad pueril refiero estas cosas, sino para que mis lectores

biólogos, médicos ó naturalistas, aprendan á mi costa á no malgastar

el tiempo persiguiendo invenciones fuera del círculo de la propia

competencia. Al abandonar el tajo habitual chocamos siempre con

el escollo de ignorar ó de conocer somera ó incompletamente los

antecedentes bibliográficos é industriales (patentes de invención

registradas, etc.) del asunto, así como la labor intensa y sigilosa

desarrollada por hábiles ingenieros á sueldo de los grandes

establecimientos industriales de Europa y de América.

En condiciones tales --agravadas todavía en nuestro país por la casi

imposibilidad de hallar talleres donde se construyan instrumentos

delicados y de gran precisión--, el invento acariciado, caso de

realizarse plenamente, suele llegar al mercado con deplorable

retraso, y siempre con mengua de nuestras energías é intereses.

Por otra parte, conviene desconfiar mucho de las invenciones de

sentido común. ¡La lógica es don tan corriente, tan generosamente

repartido! Y aunque sea humillante para el orgullo del investigador,

fuerza es confesar que sólo los hallazgos casuales son completa y

absolutamente nuestros. ¡Precisamente aquellos en que menos parte

hemos tomado!...

[Ilustración]

Recuerdos de mi vida (tomo 2 de 2) · 第 22 / 58 题