Mi traslación á la Corte. -- Me domicilio en la calle de Atocha,
cerca de San Carlos. -- Semblanzas de algunos de mis amigos
y colegas de Facultad, hoy desaparecidos: Calleja, Olóriz,
Hernando, Letamendi, San Martín, etc.
Cuando, de retorno de las oposiciones, me incorporé á la familia,
la encontré aumentada con un hijo más. Ello fué motivo de júbilo,
aunque la aparición de un sexto retoño no suela despertar los mismos
entusiasmos que el primero.
Entre mis comprofesores de Barcelona produjo la noticia de mi
triunfo agradable sorpresa, mezclada acaso con algo de contrariedad.
Parecióme advertir en algunos colegas cierto descontento por no haber
dado oportunamente algún paso encaminado á retenerme indefinidamente
en la capital catalana[109]. Estos sentimientos de consideración y
estima, tan honrosos para mí, tuvieron expresión amable y entusiasta
en cierto banquete de homenaje con que la _Academia de Ciencias
Médicas de Cataluña_ y mis colegas de claustro obsequiaron al que,
durante cerca de cinco años, tuvo el honor de ser su compañero y
colaborador. Al acto asistieron también varios profesores de la
Facultad de Ciencias y los simpáticos contertulios de la peña del
café.
[109] Fué acaso mi estimado amigo Batlles y Beltrán de Lis quien
mostrose más disgustado con mi traslación á la Corte, pues tenía
empeño en crear para mí, en el Laboratorio Municipal, una plaza
de micrógrafo, decorosamente remunerada. La caída del partido
liberal, en cuyas filas militaba, y el consiguiente trasiego
de concejales, dieron al traste con los buenos propósitos de
Batlles, á cuyas generosas gestiones viviré siempre agradecido.
Con verdadera pena hube de abandonar á tan excelentes amigos, y con
ellos á una ciudad donde encontré ambiente singularmente favorable
para la ejecución y publicación de mis trabajos científicos. Con
no menos tristeza despedíme de aquella tertulia célebre de la
_Pajarera_, donde, en compañía de García de la Cruz, Schwarz,
Soriano, Villafañé, Castro Pulido, Castell, Odón de Buen, etc., había
pasado ratos inolvidables.
El eco de mis éxitos de opositor repercutió también en Zaragoza,
entusiasmando, según era natural, á mis amigos y paisanos. Allí, en
el seno del hogar, donde descansé algunos días camino de la Corte,
gocé una de las más puras y nobles satisfacciones que es dable
experimentar: la contemplación del gozo y del orgullo de los ancianos
padres..., de aquellos padres á quienes tantos disgustos causaran en
otro tiempo los devaneos y desobediencias de su hijo... Fué aquella
alegría hermosa compensación de sus desvelos y gran consuelo para
mí. ¡Cuánto hubiera dado yo porque la vida de mis progenitores se
hubiera prolongado hasta 1906, fecha del más sonado de mis triunfos
internacionales! Pero la ley de la vida es inexorable, y á pocos
padres es dado ser testigos de la culminación de la carrera filial.
También mis excelentes profesores de Zaragoza celebraron mi elevación
á la Universidad de Madrid. Con alguna excepción, mostráronse ufanos
de su antiguo discípulo, y éste se consideró dichoso por haber dado
pretexto á la satisfacción de sus maestros. A ruego de aquéllos, y
para corresponder á tantos afectuosos plácemes, expuse, en dos largas
conferencias, ilustradas con numerosas figuras, los más importantes
resultados de mis trabajos de laboratorio.
Grande fué la sorpresa de mis maestros de antaño al saber que
indiscutibles autoridades científicas del extranjero habían
confirmado mis modestos hallazgos y adoptado plenamente mis
interpretaciones. Entre los oyentes figuraban algunos condiscípulos
y hasta antiguos camaradas de travesuras y algaradas. Estos últimos
mostraban su asombro al reconocer hasta qué punto había sentado la
cabeza el desaplicado _chico de D. Justo_.
Ofreciéronme, naturalmente, el agasajo ya entonces á la moda, es
decir, el banquete de honor, con los inevitables brindis, tan
impregnados de afecto cuanto de alentadoras y patrióticas esperanzas
acerca del porvenir de la naciente ciencia española. Recuerdo que
uno de los brindis más cariñosos y efusivos fué el del Dr. Fornés, á
quien suponía yo, gratuitamente, algo enfadado conmigo.
* * * * *
Llegué, por fin, á la capital de la Monarquía en Abril de 1892, á
los cuarenta años de edad, ansioso de trabajar y con la cartera
repleta de proyectos científicos. Según costumbre mía, instaléme
modestamente[110], cual cumple al obrero de la ciencia que siente
el _santo horror del déficit_, como diría Echegaray, y sabe que las
ideas, á semejanza del nenúfar, florecen solamente en las aguas
tranquilas. Pagaba de alquiler dieciséis duros al mes. Semejante
modestia, que algunos tachaban de excesiva é impropia de un
_príncipe de la toga académica_, según frase de cierto hinchado
catedrático, parecíame necesaria mientras tanteaba el terreno y
averiguaba los recursos disponibles para alimentar la familia y
desarrollar cumplidamente mis trabajos. Porque yo siempre diputé
peligrosa y contraproducente la conducta de esos profesores que,
recién llegados del rincón provinciano, instálanse en la Corte á lo
dentista americano, gastando sus modestos ahorros en costearse coche,
habitación y mueblaje, en espera de una clientela opulenta que no se
digna comparecer.
[110] En el núm. 131, duplicado, de la calle de Atocha.
Las costumbres de mis nuevos colegas casaban admirablemente con
mi manera de ser. Con íntimo regocijo advertí que en la Facultad
de Medicina, como en la Universidad, nadie hacía caso de nadie.
«Vivimos sin conocernos y morimos sin amarnos», solía decir D. Félix
Guzmán, profesor de Higiene, á quien chocaba mucho ese sistemático
apartamiento espiritual entre los colaboradores de una misma obra.
Parecidas sentidas lamentaciones oí á D. Federico Olóriz, recién
trasladado á Madrid desde el tibio y efusivo hogar granadino.
Hay que desengañarse. La Corte no puede ser para el hombre laborioso
y modesto que gusta del trato social, la soñada «tierra de amigos»
del poeta. Dura y febril es la existencia en las grandes urbes: lo
enorme de las distancias y la carestía de la vida imponen, con el
trabajo forzado, el avaro aprovechamiento de todos los instantes.
Cultivar relaciones resulta un lujo que sólo pueden permitirse los
ricos y los ociosos. Pero, repito, esa relativa soledad sentimental
que tanto contristaba á Olóriz, fué siempre mi alegría. Frialdades y
desvíos parecen enojos, cuando son en realidad libertad y respeto.
«Cierto que nadie piensa en mí --me decía al verme al principio
perdido y solitario en el piélago de la Corte--; pero, en cambio, yo
puedo pensar en lo que quiera.» ¡Y no es flojo privilegio!
No obstante lo cual, yo tuve la fortuna de encontrar y cultivar en la
Corte algunas valiosas amistades. Prescindiendo, por ahora, de los
camaradas ajenos al gremio docente (de ellos trataré en otro lugar),
citaré á Olóriz, Hernando, Letamendi, San Martín, Gómez Ocaña, García
de la Cruz, etc. Notemos que, á excepción de San Martín, todos estos
amigos pertenecieron á la modesta y arrinconada grey de _profesores
teóricos_, ajenos de esa devoradora codicia característica de la
mayoría de los grandes prestigios clínicos. Puesto que, á excepción
de Gómez Ocaña, los mencionados compañeros murieron ya[111], paréceme
justo y plausible estampar aquí algunas frases de elogio, á guisa
de semblanza breve, de algunos de ellos, y como tributo y recuerdo
de un afecto sin eclipses. Á la citada lista agregaré todavía los
nombres de D. Julián Calleja y del Marqués del Busto. No tuve la
suerte de tratar en la intimidad á estas dos prestigiosas figuras de
San Carlos; pero merecen aquí un recuerdo afectuoso, porque les debí
apoyos y protecciones oficiales inolvidables.
[111] El Dr. Hernando vive aún, por fortuna, en Guadalajara,
jubilado y doliente; pero en un estado de postración que casi
equivale á la muerte.
* * * * *
Comencemos por nuestro decano el benemérito D. Julián Calleja. Ocioso
fuera insistir en su semblanza. Reciente su fallecimiento, casi todos
mis lectores médicos le conocieron, ya que por sus merecimientos
indiscutibles, exquisito don de gentes y el imperio de una voluntad
sugestionadora, alcanzó los más altos puestos profesionales y algunos
cargos políticos importantes. Tenía, naturalmente, sus debilidades,
conforme suelen tenerlas cuantos figurando en los partidos de turno y
cultivando legítimas ambiciones, resisten difícilmente las caricias
de la adulación ó las intromisiones del caciquismo; pero adornábanle
también cualidades intelectuales y morales de primer orden. Además de
ser excelente y celoso maestro, poseía envidiable talento organizador
y, sobre todo, sentía amor grande á nuestra Facultad de Medicina,
por cuyas mejoras y progresos se desvelaba. No fué un investigador,
ni podía serlo dadas sus aficiones á la política; mas asistió con
su estímulo y protección á cuantos veía inclinados á las tareas del
laboratorio.
Todo su valimiento político lo puso en servicio de San Carlos. Á él
se deben, entre otras plausibles iniciativas, los nuevos laboratorios
y clínicas de la docta Casa; la construcción de un piso sobre el
vetusto edificio; la anexión al Hospital clínico de un ala del
Hospital provincial (conseguir esto exigió un pleito laborioso contra
la Diputación, dirigido por D. Julián con insuperable habilidad y
entereza); la creación de las cátedras de especialidades médicas; la
organización de los gabinetes de radiografía, mecanoterapia, etc.
Yo debo agradecerle la construcción y organización del Laboratorio
de Micrografía, uno de los mejores y, por descontado, el más capaz
é importante de San Carlos. La creación de este centro de estudios
era apremiante, porque á mi llegada á la Corte encontréme por todo
Laboratorio con cierto pasillo angosto y largo, pobrísimo de material
é instrumental, sin libros ni biblioteca de Revistas. Quimérico
resultaba dar, en tan angosto local, mediana enseñanza práctica á más
de doscientos alumnos oficiales, amén de los libres.
Requerido por mí, D. Julián tomó sobre sí la reforma, gestionándola
con extraordinario interés. Y haciendo gala de su maravillosa
actividad, consiguió en pocos meses la consignación en presupuesto
de los créditos necesarios y la ejecución de la obra. El nuevo
Laboratorio de Histología, capaz para trescientos alumnos, se
eleva frontero á la calle de Santa Isabel, encima de la grandiosa
sala de disección: encierra gabinete de trabajo para profesores y
ayudantes, gran salón de prácticas para los alumnos, departamentos de
Bacteriología, de Microfotografía, etc.
Conseguido el local, siguiéronse los naturales complementos: la
compra de libros y Revistas, adquisición de estufas de esterilización
y vegetación, así como de número suficiente de microscopios. Al
viejo é imponente Ross, el _cañón_ del Laboratorio, menguadamente
acompañado de un par de antiguos modelos de Verick y Nachet,
añadiéronse, en épocas sucesivas, dos magníficos Zeiss y 40
microscopios y microtomos de Reichert, destinados á los alumnos.
¡Era el ideal codiciado, la suprema aspiración de una vida!... Y
todo ello se llevó á cabo por D. Julián espontáneamente, sin halagos
ni adulaciones, inspirado en el noble entusiasmo que nuestro decano
vitalicio sintió siempre por la función docente.
Ignoro si el venerable D. Julián, actuando en funciones de cacique
universitario, pecó algo, conforme dieron en decir ciertos adustos
censores; pero á todos consta que amó también mucho cosas tan santas
como la ciencia y la enseñanza, y que, á causa de pasión tan hermosa,
debemos perdonárselo todo.
* * * * *
Del ilustre Olóriz me ocupé ya en anteriores páginas, con ocasión de
relatar comunes andanzas de opositores á cátedras. Séame permitido
añadir aquí, en memoria del malogrado compañero, algunas frases
encomiásticas.
Era D. Federico, como le llamábamos amigos y admiradores, el
_maestro_ por excelencia. Lo que en muchos es oficio, constituía
en él vocación irresistible. Asiduo, formal y concienzudo, cumplía
con insuperable celo su ministerio docente. De un exterior algo
vulgar, encerraba un espíritu refinadamente aristocrático.
Escribía tan maravillosamente como hablaba, y era dueño de palabra
fácil, elegante, agilísima, puesta al servicio de clarísimo
entendimiento[112]. No se prodigaba, sin embargo. Replegado en
su modestia, limpio de todo estímulo vanidoso, rehuyó siempre la
popularidad, como desdeñó la política, campo donde sus dotes de
formidable polemista hubiéranle traído triunfos resonantes.
[112] Recuérdense sus admirables conferencias del Ateneo acerca
de las escuelas de Manjón, de Granada; sus primorosos discursos
en esta misma Cátedra sobre temas antropológicos; sus castizas y
sabias oraciones académicas, etc.
En funciones de examinador pasaba Olóriz por riguroso y exigente.
Imponía á los discípulos con su severidad; pero los desarmaba con
la justicia. Y, terminada la carrera, aun los más desaplicados le
agradecían sus rigores, rindiéndole filial afecto.
Hacia la época de mi traslación á Madrid vivía el maestro algo
retraído, refugiado en la cátedra y en el hogar, consagrando todos
sus escasos vagares á los estudios antropológicos, en que llegó
á ser autoridad indiscutible. Más adelante, creóse para él en
el Ministerio de Gracia y Justicia una cátedra de _Antropología
criminal_, donde aplicó por primera vez el sistema de identificación
del Dr. Bertillon y asentó las bases de un ingenioso proceder de
clasificación y reconocimiento de las impresiones digitales. Su
voluminosa obra acerca del _Índice cefálico en España_ y diversos
folletos antropológicos dan elocuente testimonio del ardor y acierto
con que el malogrado maestro emprendió la empresa de diferenciar
y clasificar los tipos antropológicos existentes en las diversas
provincias españolas.
¡Lástima grande que las acometidas de una dolencia cruel quebrantaran
casi en plena juventud sus fuerzas físicas, esterilizando la
prosecución y coronamiento de una labor admirable, que había merecido
ya galardones y aplausos entre los sabios extranjeros!... Recuerdo
que, entre otros premios, recibió el de Fauvelle, de la Academia de
Medicina de París.
Todos deplorábamos (y de ello se hace eco su amigo del alma, el
Dr. D. José Gómez Ocaña, en sentida y elocuente oración académica)
que el gran Olóriz no lograra en vida, con el renombre merecido,
aquellas ventajas y honores oficiales tan fácilmente alcanzados en
nuestro país hasta por el mérito más discutible, cuando sabe hacerse
valer y se exhibe aparatosamente[113]. Á sus éxitos sociales se
opuso el exceso de sus talentos y virtudes, ó más bien opusiéronse,
como dicen los franceses, «los defectos de sus grandes cualidades».
Irreprensible en su conducta, jamás pudo soportar la injusticia;
austero cumplidor de sus obligaciones, nunca transigió con la
holgazanería; lógico y grave en el pensar y el sentir, aborreció
la frivolidad y el error; decoroso y selecto en el lenguaje, jamás
abatió su palabra hasta la vulgaridad ó la chabacanería.
[113] Todos los buenos oficios de sus amigos para llevarle al
Consejo de Instrucción pública, donde su acrisolada rectitud
y excepcional competencia pedagógica hubiesen rendido ópimos
frutos, fracasaron deplorablemente.
Olóriz era maestro en todos los momentos de su vida. Dotado de genio
dialéctico y de exquisita sensibilidad para percibir hasta las más
tenues refracciones con que la pasión ó la palabra desfiguran la
verdad, no podía oir un desatino sin corregirlo en el acto. No era
acritud de carácter ni deseo de zaherir, sino tendencia innata á
corregir y edificar. Era un instinto irresistible que se explayaba lo
mismo en familia que en la calle, igual con sus discípulos que con
sus compañeros.
Una de sus características consistía en el decoro y distinción
señoril de su palabra. Jamás acertó á ser vulgar. Aun acerca de
las cosas triviales hablaba con tanta corrección y esmero que, al
oirle, sentíase uno como avergonzado de tener que contestarle en el
pedestre lenguaje de todo el mundo. Quienes no le conocían reputaban
acaso pedantería lo que era natural distinción intelectual y deseo
de conservar luciente y aguda, en todo caso, el arma poderosa de su
palabra.
Por desgracia, hay excelencias que no se perdonan. Nos recuerdan
demasiado nuestra inferioridad y acaso infunden temor. Por eso á
Olóriz se le estimaba más que se le quería, y dejó muchos admiradores
y pocos amigos.
El caso de Olóriz es muy instructivo. Por de pronto nos consuela
algo de nuestra mediocridad. Y demuestra, además, lo peligroso de la
probidad demasiado escrupulosa y del talento demasiado grande. Tan
nobles y sobresalientes dones sólo son tolerables cuando se atemperan
y dulcifican con algunas debilidades profundamente humanas: con la
frivolidad y complacencia que desarman la envidia y con la piedad y
la alegría que nos preservan de la indignación.
* * * * *
Otra de las personas con quienes mantuve trato asiduo desde mi
llegada á Madrid, fué D. Benito Hernando, catedrático de Terapéutica,
pocos años antes trasladado de Granada. Modestia excesiva,
austeridad de costumbres, desprecio del dinero y de los vanos
honores, devoción y afecto desinteresado hacia los amigos, eran
sus más salientes prendas. No valía menos en el orden intelectual.
Era Doctor en Ciencias y Medicina, carreras que estudió paralela y
concienzudamente. Educado por un tío sacerdote, creía firmemente
en Dios; pero creía también en la ciencia. Añoraba las grandezas
de nuestro siglo de oro; veneraba á Cisneros y á Cervantes y
rendía culto fervoroso á la música y al arte cristianos. El amor
á la tradición no le impedía --repetimos-- cultivar las Ciencias
naturales. Sabido es que durante cierta época de su vida frecuentó
con igual entusiasmo y asiduidad las iglesias que los laboratorios.
De aquellos sus tiempos juveniles data su mejor obra titulada: _La
lepra en Granada_, concienzuda labor de Anatomía patológica y de
Clínica, menos conocida y encomiada de lo merecido.
Era D. Benito archivo inagotable de anécdotas y sucedidos, de frases
y ocurrencias ingeniosas, que solía traer muy á cuento. Acaso abusaba
algo de su extraordinaria retentiva y del gracejo y agudeza de su
conversación. Hablaba como quien se huelga hablando y sabe que place
á sus oyentes. ¡Es tan difícil, aun á los más discretos, contener y
reservar el talento!
Conmigo y con mi familia portóse con una generosidad y abnegación
que jamás agradeceré bastante. Recién llegados á Madrid, ofrecióme
espontáneamente sus buenos oficios; deshízose cerca de otras personas
en elogios de mis modestos méritos; presentóme á varios personajes
del mundo literario y artístico, entre otros, al sabio D. Facundo
Riaño, de cuyo trato agradabilísimo conservo imborrables recuerdos;
dióme antecedentes de muchos hombres y sucesos actuales y pretéritos;
hízome gustar las bellezas y sublimidades de la arquitectura
cristiana, materia en la cual era consumado maestro; en fin, vino á
ser para mí el amigo asiduo y constante, más aún, el confidente y
consejero íntimo.
* * * * *
Otro de los compañeros cuya amistad cultivé fué el asombroso
Letamendi. Halléle bastante envejecido. No era ya Decano de la
Facultad y asistía poco á clase. Por aquella época hallábase atacado
de la torturante enfermedad vesical que le obligaba frecuentemente á
recluirse y suspender sus recepciones, aquellas famosas tertulias de
«secano» como las llamaba él, en que se leían versos, se conversaba
deliciosamente y lucía el maestro sus portentosas facultades de
_causeur_ ingenioso, de músico y de poeta humorístico. De cuando
en cuando, recobraba el buen humor y trabajaba; pero sus palabras
y escritos irradiaban á menudo esa tristeza filosófica con que
se contempla el mundo y los hombres cuando se acerca la trágica
despedida. «Escribo á hurtadillas del dolor», decía melancólicamente
en un admirable discurso acerca de los juegos higiénicos, leído por
Moret en el Ateneo.
Su voz era algo nasal y sus frases salían en ritmo pausado, como
de quien medita antes de hablar y desea ser bien comprendido.
Platicando, resultaba infatigable. Su palabra surgía espontánea,
vistosa é irisada, cual surtidor en fontana. Eran aguas profundas
y, por tanto, límpidas y calientes; límpidas por lo impecable de la
forma, calientes por la emoción que les comunicaba. Todos le oíamos
embelesados, sin osar la irreverencia de convertir en diálogo el
monólogo. ¿Cómo interrumpir ó desviar, con un comentario vulgar
ó inoportuno, aquella catarata de imágenes brillantes, de frases
agudas, de pensamientos originalísimos?
Durante esos pocos días en que el dolor le olvidaba y podía pasear,
holgábame yo de acompañarle por el Retiro, el Prado ó las calles
céntricas. Bastaba la visión instantánea de una persona, de un objeto
cualquiera, para sugerirle en el acto comparaciones tan ingeniosas
como gráficas. Viendo un sujeto muy alto que caminaba torpemente
exclamaba: «Ese hombre va mareado de verse tan alto». Topábamos con
un modesto industrial ambulante que exhibía un fonógrafo, y decía:
«Ahí viene el conejo de Indias parlante» (aludía á la voz chillona y
menuda del viejo fonógrafo de Edison). Aproximábase á nosotros una
jamona exuberante y esbelta: «¡Cuidado con chocar con estos _jarrones
de carne_; á nuestra edad los quebrados seríamos nosotros!» Al pasar
una vez por delante del Ministerio de la Gobernación, párase de
pronto y dice: «Esta es la única Escuela de Geografía de nuestros
gobernadores; aquí saben hacia dónde cae su provincia y aprenden
el camino gracias á la dirección del puntapié con que los despide
el Ministro.» De pronto, una ráfaga del Guadarrama nos obliga á
embozarnos, y Letamendi comenta: «Para estos fríos, el mejor abrigo
es la piel de mujer», etc., etc.
D. José tenía el don inapreciable de la amenidad. Recuerdo que en
cada uno de nuestros paseos discurría sobre tema diferente. Durante
su juventud y madurez, había leído mucho y meditado más. Si el hada
que presidió á sus destinos le otorgó todas las gracias, él por su
parte ofrendó fervorosamente á todas las musas. Ahí están para probar
su saber casi universal, y por tanto, su vocación por el trabajo, los
admirables libros de Patología general y de Higiene, sus discursos
del Ateneo y los académicos sobre temas filosóficos, políticos y
sociales, sus obras musicales, hasta sus admirables pinturas. Y con
todo eso, el blanco favorito de sus meditaciones fué la filosofía.
Lástima grande que escrúpulos disculpables en un enfermo impidieran
al maestro la redacción y publicación del fruto de sus reflexiones.
¡Quién sabe si la filosofía española, tan servil y modesta que vivió
casi siempre de prestado, marchando á remolque del extranjero, habría
tenido al fin su Kant ó su Herbert Spencer! Porque, en mi sentir,
Letamendi era, ante todo y sobre todo, un pensador.
Aventurado resulta juzgar de intenciones no realizadas, de proyectos
agostados en flor por el rigor de adversas circunstancias. Séame
lícito, empero, declarar que se equivocaban tanto el candoroso
Ceferino González, al afirmar que «la filosofía de Letamendi, no
obstante su originalidad, no salía de la corriente cristiana», como
quienes, atenidos al cortés exoterismo de los libros y conferencias
de D. José, diputábanle católico á macha martillo. Harto sabíamos sus
íntimos que, en el fondo, su concepción filosófica era profunda y
radicalmente agnóstica.
Sin duda que el sistema filosófico de Letamendi no hubiera sido, en
principio, más verdadero que los conocidos. ¿Existe, por ventura,
alguna interpretación del mundo ó de la vida que sea algo más que
noble y ambicioso ensueño? Pero la novela forjada por D. José
habría sido un libro primoroso, ingeniosísimo, lleno de sorpresas
y sugerente quizás de otros libros igualmente agradables. Con los
principios, nociones y categorías de la razón, habría tejido un nuevo
manto, singularmente artístico y fastuoso, tendido piadosamente sobre
los insondables abismos de la muerte y de lo incognoscible. Y nos
habría hecho sentir y pensar... ¿Qué filósofo hizo más?
Rémora para la publicación del libro que preparaba con el título
de «El positivismo absoluto», fueron sus progresivos achaques y
la falta de esas placidez y alegría que sólo da la clara visión
de un largo camino delante de sí. En respuesta á mis excitaciones
para que publicara lo antes posible su concepción filosófica,
exclamaba: «¡Ah, si yo viviera en Francia ó en Inglaterra!... Poco
me quiere usted cuando desea verme, en las postrimerías de la
vida y atormentado por cruel enfermedad, á vueltas con anatemas y
excomuniones episcopales.»
Para los trabajadores metódicos y de pan llevar, entre los cuales
tengo la humildad de contarme, D. José adolecía de un defecto
indisculpable: la manía enciclopédica. Su atención hacía escala en
todos los asuntos, sin anclarse definitivamente en ninguno. Harto
conocía él su debilidad cuando, reaccionando contra cariñosas
reprensiones, disculpaba sus «aficiones rotatorias» satirizando
donosamente á los especialistas científicos.
Con candor sólo comparable con mi buena intención, intenté yo
encauzar aquellas admirables facultades, dirigiéndolas resueltamente
hacia la filosofía biológica, para la cual parecíame D. José
superiormente dotado[114]. Con destino al Congreso Médico de Roma,
escribía éste por entonces cierto estudio sintético sobre el
mecanismo de la herencia y las incongruencias del instinto sexual; y
deseoso de documentarle, puse á su disposición los libros, entonces
recientes, de los hermanos Hertwig sobre la conjugación de las
células sexuales, y el de Weissmann sobre la herencia, la naturaleza
del plasma germinal y el sentido biológico de la muerte. Días después
me devolvió los volúmenes. ¿Los leyó? Lo ignoro. En todo caso, el
rico arsenal de datos objetivos en ellos contenido fué poco ó nada
aprovechado.
[114] En las obras de novísimos filósofos naturalistas,
encuéntranse conceptos y teorías que parecen inspirados en
los libros de Letamendi. Recordemos, entre otras notables
coincidencias de pensamiento, la _fórmula de la vida_, casi en
iguales términos expuesta por D. José y por el biólogo francés Le
Dantec.
Hombres como Letamendi, cuando llegan á la madurez, renuévanse
difícilmente. Cerebros en plena efervescencia, desbordantes de
ideas, sólo saben producir. Arrastrados por el gusto y el poder de
la creación, siguen de mala gana las lucubraciones de los otros. Á
la manera de la larva, hilan casi exclusivamente el capullo de la
invención con lo asimilado en la primera juventud. Entristece pensar
que, á cierta edad, el mecanismo pensante está definitivamente
construído. Ya no enseñan ni educan las nuevas lecturas; actúan
á lo más como conmutadoras de pensamiento, y sugerentes de temas
retóricos. Segregamos sin absorber. Fatigan las descripciones,
embaraza la copiosidad de los hechos, molestan los detalles. Y, sin
embargo, los hechos son necesarios. Como en el mito de Anteo, sólo
recobramos la fuerza al afianzar nuestros pies sobre la tierra.
¡Suerte aciaga la de España! Casi todos sus hijos geniales se
malogran ó rinden fruto inferior á sus potencialidades. Fáltales,
unas veces, la placidez y serenidad de espíritu, gajes inestimables
de la salud física y moral; otras, el valor y la entereza para
desafiar sentimientos y prejuicios del ambiente; casi siempre, en
fin, el trabajo metódico y disciplinado.
* * * * *
Con D. Alejandro San Martín, el afamado cirujano, uniéronme estrechos
lazos de afecto y de grata intimidad. Nos veíamos casi diariamente
en la famosa _peña_ del Suizo (de ella hablaré más adelante), cuya
presidencia ocupaba por el doble fuero de la antigüedad y del talento.
Fué San Martín uno de los hombres más cultos, simpáticos y mejor
educados que he conocido. Yo aprendí mucho con su conversación. Acaso
por el contraste de nuestros caracteres hicimos siempre buenas migas.
Á la ruda franqueza de mis juicios, oponía San Martín la ironía,
el eufemismo y los temperamentos diplomáticos. «Me encantan los
métodos jesuíticos», decíame una vez _ex abundantia cordis_. En su
léxico faltaban vocablos tan corrientes, y á veces tan necesarios,
como «ignorante, grosero, pedante, etcétera». Juzgando la picardía
política ó la farsa científica, extremaba á veces tanto, acaso
irónicamente, el _suaviter in modo..._; ponía en sus comentarios
personales tales distingos y atenuaciones, que me impacientaba y casi
me irritaba.
Pero si en nuestras amistosas discusiones salía yo perdiendo, en el
intercambio de ideas y sentimientos ganaba siempre. Merced á sus
consejos y sobre todo á la habilidad y discreción de su conducta,
conseguí atenuar un tanto esa desagradable é incivil inclinación á
decir toda la verdad y á indignarme demasiado contra la injusticia.
Confieso que en este punto, y no obstante las lecciones de la
experiencia, hállome todavía muy lejos de la perfección.
Temperamento reflexivo y laborioso, San Martín fué toda su vida
infatigable estudiante. Como decía su condiscípulo el Dr. Cortezo,
«D. Alejandro no fué nunca joven». En su lenguaje algo paradójico,
lo reconocía él mismo, al decirnos: «Yo tuve la desgracia de ser
modelo de alumnos sumisos y aplicados; no puede pedírseme, pues, nada
extraordinario.»
Adoraba la música, á la que consagraba casi todos sus ocios. Y, como
la mayoría de los talentos de tipo auditivo, San Martín era orador,
pero orador discursivo, vigoroso, lleno de recursos polémicos y de
imágenes felices y pintorescas. Á su verbo afluente sólo perjudicaba
cierto ligero titubeo en la pronunciación y algo de esa lentitud
expositiva de que adoleció también Letamendi, nacida del empeño en
hallar la frase justa y el argumento que, hiriendo á fondo el corazón
del asunto, pasa rozando el corazón del adversario. En los _corps
à corps_, su palabra tornábase singularmente ágil é intencionada.
Acordándose, sin duda, del propio oficio, el escalpelo crítico se le
convertía en bisturí. Pero ni aun en los transportes de la pasión
olvidaba las buenas formas. Rajaba, inclemente, al adversario, mas
adormeciéndole siempre con el cloroformo de la cortesía y del halago.
Las vacilaciones del cirujano de San Carlos como filósofo (en el
fondo era kantiano y algo escéptico), como político y hasta como
científico, fueron objeto de censuras entre compañeros poco dados
á estudiar caracteres complejos. Á mí, las fluctuaciones de D.
Alejandro me lo hacían particularmente simpático. Revelaban estudio
reflexivo y honradez de pensamiento. No duda el que quiere, sino el
que puede. Sólo las cabezas sencillas, ó las ayunas de curiosidad
filosófica ó científica, gozan del reposo y la fe. Al modo del aire
en las cordilleras, en los espíritus elevados el pensamiento está
en perpetua inquietud. Sabido es que, cuando se medita demasiado,
la acción se vuelve tarda y premiosa; porque, antes de resolver, la
razón debe recorrer largas vías asociativas, dar audiencia, según la
frase de Bismarck, á numerosos pensamientos.
Como Letamendi, y en más recientes tiempos el asombroso Unamuno, D.
Alejandro gustaba mucho de la paradoja, una de las características
del talento vasco, según Sánchez Moguel. Lejos estoy de censurar
esta tendencia de ciertos espíritus selectos. Prescindiendo de su
contenido ideal y ciñéndonos á sus efectos inmediatos, la paradoja
representa un despertador mental de primer orden. Al choque de lo
insólito, de lo inopinado, el sentido crítico, apoltronado por las
rutinas de la diaria labor, reacciona vivamente. Y revélase en cada
contradictor lo más íntimo, vivo y personal de la máquina nerviosa:
la imaginación constructiva. Y el hombre pensante aparece. Porque,
en realidad, los hombres sólo se nos revelan plenamente cuando
les constreñimos á forjar bien ó mal una idea nueva ó un juicio
improvisado; cuando, sorprendidos por la violencia anárquica de la
paradoja, se ven desamparados de los andadores del sentido común y
del comodín de las opiniones hechas, y deben construir en caliente y
sobre la marcha una hipótesis personal.
Tal me pareció ser la intención de las paradojas de don Alejandro.
Estoy persuadido de que no creía en muchas de las que con tanto calor
defendía; constituían, por punto general, ingenioso ardid destinado
á prestar viveza y amenidad á los coloquios del café, y nobleza y
animación á las controversias académicas.
Por lo demás, San Martín fué un catedrático eminente y celoso,
que ha dejado aventajados discípulos. De sus admirables dotes de
investigador y maestro quedan testimonios elocuentes en numerosas
monografías y folletos, amén de varios libros de texto. Entre sus
trabajos de laboratorio descuellan, por la elegante originalidad
del pensamiento, los experimentos de anastomosis arterio-venosa,
encaminados á restaurar la circulación interrumpida en casos de
aneurisma, _trombus_ ó ateroma. Sentía verdadera pasión por nuestro
renacimiento intelectual, y, por encima de todo, vibraba en él un
patriotismo ardiente y de bonísima ley. Su conocimiento de varias
lenguas europeas, permitíale renovarse de continuo, á cuyo fin,
durante las vacaciones, visitaba los grandes focos científicos del
extranjero.
Por sus aptitudes para la política (figuraba en el partido liberal
acaudillado por Moret) y su excelente preparación en materias
pedagógicas, D. Alejandro San Martín alcanzó la cartera de
Ministro de Instrucción pública. Según referiré más adelante,
las circunstancias me permitieron contribuir algo á tan honrosa
designación. Si la inestabilidad ministerial no fuera régimen normal
de nuestra política, por seguro tengo que nuestro amigo habría
desarrollado importantes iniciativas en materias docentes y corregido
inveterados abusos.
* * * * *
Merecen también recuerdo de gratitud en estas páginas otros dos
compañeros, con quienes, á causa de la diferencia de edades y de
rumbo social, no llegué á tener intimidad. Aludo al caballeroso
Marqués del Busto, profesor de Obstetricia, quien, deseando proteger
el Laboratorio de Histología de San Carlos, le cedió durante muchos
años, y hasta su muerte, sus emolumentos de Director de Clínicas; y
al benemérito Dr. Calvo y Martín, catedrático de Operaciones, quien
entusiasmado por mis modestos éxitos de investigador, y deseando
serme útil, ofrecióme generosamente, con carácter vitalicio,
habitación en una de sus casas, honrándome además con otras
atenciones. No pude, sin embargo, aceptar el agasajo de mi simpático
paisano, á causa de mi deseo de vivir cerca de la Facultad de
Medicina (la casa ofrecida estaba en la calle de Isabel la Católica).
Tales fueron, en suma, entre los compañeros ya desaparecidos para
siempre, los que más influyeron en mí, ora con su apoyo oficial, ora
con sus enseñanzas, y siempre con sus consejos y estimación.
[Ilustración]