CAPÍTULO V

Mi traslación á la Cátedra de Histología de Barcelona. -- Los

nuevos compañeros de Facultad. -- La peña del Café de Pelayo.

-- Mis investigaciones sobre el sistema nervioso conducen á

resultados interesantes. -- Mi excesiva fecundidad científica

durante 1888, me obliga á publicar una Revista micrográfica. --

Las leyes de la morfología y conexión de las células nerviosas.

-- Resumen de algunos descubrimientos en el cerebelo, retina,

médula espinal, lóbulo óptico, etc.

Promediado el año de 1887, fué reformado el plan de enseñanza médica.

La asignatura de _Histología normal y patológica_ que figuraba en el

doctorado y explicaba el Dr. Maestre de San Juan, quedó incorporada

al período de la licenciatura. Dadas mis aficiones, natural parecía

que yo aprovechase la reforma, concursando alguna de las nuevas

cátedras creadas, cosa fácil después de todo, porque las nuevas

disposiciones legales consideraban la Anatomía como disciplina

análoga, á los efectos de traslaciones y concursos, de la asignatura

recién creada.

Habiendo tocado á turno de concurso las vacantes de Barcelona y

Zaragoza, vacilé algún tiempo en mi elección. Mi primer pensamiento

fué trasladarme á la capital aragonesa. Hacia ella me arrastraban

el amor de la tierra, los recuerdos de la juventud y el afecto

á la familia. Pero enfrente de estos sentimientos prevalecieron

consideraciones de orden honestamente utilitario. Para el hombre

votado á una idea y resuelto á rendirle toda su actividad, las

ciudades grandes son preferibles á las pequeñas. En éstas, las

gentes se conocen demasiado, ó demasiado pronto, para vivir en

santa calma. Y el tiempo se va en halagar á los amigos y combatir

á los adversarios. Importa notar, además, que por aquellos tiempos

el claustro de mi venerada _Alma mater_, á causa de dos ó tres

desequilibrados, ardía en rencillas y antagonismos impropios del

decoro de la toga. No faltan, por desgracia, temperamentos malévolos

en las grandes poblaciones universitarias; pero aquí las toxinas

humanas, diluídas por la distancia, pierden ó atenúan notablemente

sus efectos.

Temeroso, pues, de que mis fuerzas se disiparan en vanas y dolorosas

frotaciones, resolví al fin, contra el consejo de mi familia,

trasladarme á la ciudad condal. Y acerté en mis presunciones, porque

en Barcelona encontré no sólo el sereno ambiente indispensable á mis

trabajos, sino facilidades que no hubiera hallado en Zaragoza para

organizar un bien provisto laboratorio y publicar folletos ilustrados

con profusión de litografías y fotograbados. Precisamente, durante

los primeros años pasados en la ciudad condal, aparecieron las más

importantes de mis comunicaciones científicas.

Preocupado, como siempre, de no turbar la ecuación entre los gastos

y los ingresos, me instalé modestamente en una casa barata de la

calle de la Riera Alta, próxima al Hospital de Santa Cruz, donde, por

entonces, estaba la Facultad de Medicina. Ulteriormente, y contando

ya con otros emolumentos (los proporcionados por algunos médicos

deseosos de ampliar en mi laboratorio sus conocimientos histológicos

y bacteriológicos), me mudé á la calle del Bruch, á cierta casa nueva

y relativamente lujosa. En ella dispuse de una hermosa sala donde

instalar el laboratorio y de un jardín anejo, muy apropiado para

conservar los animales en curso de experimentación.

Allí recibieron enseñanza micrográfica, entre otros jóvenes de

mérito, Durán y Ventosa, hijo del ex ministro Durán y Bas; Pí y

Gilbert, que hizo brillantes oposiciones á cátedras de Histología y

publicó algún trabajo en mi _Revista_; el malogrado Gil Saltor[31],

futuro profesor de Histología en Zaragoza y de Patología externa

en Barcelona; Bofill, que llegó á ser, andando el tiempo, un

buen naturalista; Sala Pons, que publicó años después algunas

investigaciones interesantes sobre la estructura del cerebro de las

aves y la médula espinal de los batracios, etc.

[31] Murió pocos años después de tomar posesión de la cátedra de

Cirugía de Barcelona.

Dada la proverbial cortesía catalana, huelga decir que en mis

compañeros de Facultad hallé sentimientos de consideración y respeto.

Pasa el catalán por ser un tanto brusco y excesivamente reservado con

los forasteros; pero le adornan dos cualidades preciosas: siente y

practica fervorosamente la doble virtud del trabajo y de la economía;

y acaso por esto mismo, evita rencillas y cominerías y respeta

religiosamente el tiempo de los demás.

Entre los comprofesores con quienes me ligaron lazos de afecto

sincero, recuerdo á nuestro excelente decano el Dr. Juan Rull,

profesor de Obstetricia; al simpático doctor Campá, que acababa de

trasladarse desde la Universidad de Valencia; á Batlles, catedrático

de Anatomía, orador colorista y afluentísimo; al anciano y benemérito

Silóniz, un andaluz á quien treinta años de permanencia en Barcelona

no habían quitado el gracioso acento gaditano; á Coll y Pujol,

enclenque y valetudinario entonces, pero que ha alcanzado los

setenta sin jubilarse; á Pí, maestro de Patología general, una de

las cabezas más reflexivas y equilibradas de la Facultad; á Giné y

Partagás, orador brioso y publicista fecundo y agudo; á Valentí,

profesor de Medicina legal, expositor sutil, pero algo desconcertante

y paradójico; al Dr. Morales, prestigioso cirujano andaluz, á quien

los barceloneses llamaban el _moro triste_, por su aspecto de Boabdil

destronado; á Robert, clínico eminente, luchador de palabra precisa

é intencionada, que, andando el tiempo, debía sorprendernos á todos

dirigiendo el nacionalismo catalán y proclamando _urbi et orbi_,

un poco á la ligera (no era antropólogo, ni había leído á Olóriz y

Aranzadi), la tesis de la superioridad del cráneo catalán sobre el

castellano; opinión desinteresada, pues además de gozar de un cráneo

pequeño, aunque bien amueblado, había nacido en Méjico y ostentaba

un apellido francés; en fin, al simpático Bonet, quien, gracias á su

viveza y habilísima política, llegó á rector de la Universidad, á

senador y hasta á _barón de Bonet_, etc., etc.

¡Lástima que tan lucido elenco de maestros desarrollara sus

funciones en el vetusto y ruinoso Hospital de Santa Cruz, en

donde si no faltaban enfermos y facilidades, por tanto, para la

enseñanza clínica, se carecía del indispensable local para cátedras

y laboratorios! Por lo que á mí respecta, hízose lo posible para

organizar la enseñanza micrográfica. Gracias á la benevolencia del

Dr. Rull, conseguí una sala, relativamente capaz, destinada á las

manipulaciones y demostraciones de Histología y Bacteriología, amén

de un buen microscopio Zeiss y de algunas estufas de esterilización y

vegetación. Contando con alumnos poco numerosos, pero muy aplicados

y formales, pude, no obstante la pequeñez del laboratorio, dar una

enseñanza práctica harto más eficaz que la actualmente dada en

Madrid, donde la masa trepidante de trescientos alumnos turba el

buen orden del aula y esteriliza las iniciativas pedagógicas mejor

encaminadas.

Novato todavía en los estudios de Anatomía patológica, tomé á empeño

adquirir conocimientos positivos en esta rama de la Medicina,

haciendo autopsias é iniciándome en los secretos de la patología

experimental. Por fortuna, los cadáveres abundaban en el Hospital

de Santa Cruz. Pasábame diariamente algunas horas en la sala de

disección: recogía tumores; exploraba infecciones; cultivaba

microbios y, sobre la base de algunas piezas interesantes, llevaba

adelante mis estudios sobre el sistema nervioso del hombre. Casi

todas las figuras relativas á la _inflamación_, _degeneraciones_,

_tumores_ é _infecciones_, incluídos en la primera edición de

mi _Manual de Anatomía patológica general_[32] son copias de

preparaciones efectuadas con aquel rico material necrópsico, al

que se añadieron algunos tumores é infecciones proporcionados por

Profesores de otros hospitales ó por los veterinarios municipales. La

ejecución de estos trabajos y la redacción del citado libro fueron la

principal tarea del año 1887 y comienzos del 88.

[32] _Cajal_: Manual de Anatomía patológica general, 1.ª edición.

Barcelona, 1889-1890.

Dejo expresado en otro lugar que el hombre de laboratorio, ajeno á

la política y al ejercicio profesional, nada frecuentador de casinos

y teatros, necesita, para no llegar al enquistamiento intelectual

ó caer en la estrafalariez, del oreo confortador de la tertulia.

Es preciso que llegue hasta él, simplificado y elaborado por el

ajeno ingenio, algo de lo que en el mundo pasa. Ocioso es notar que

tales reuniones, para ser amenas y educadoras, deben comprender

temperamentos mentales diversos y especialistas diferentes. Sólo los

ricos, es decir, los escuetamente capitalistas, y las malas personas

serán cuidadosamente eliminados; porque si los últimos causan

disgustos, los primeros disgustan del ideal, que es harto peor. La

buena peña supone atinado reparto de papeles. Un comensal tratará de

política; otro de negocios; aquél comentará, leve y graciosamente,

los sucesos locales ó nacionales; el de más allá se entusiasmará

con la literatura ó con el arte; alguien cultivará la nota cómica;

hasta la voz grave de un defensor celoso del orden social, y del

consabido consorcio entre el altar y el trono, se oirá con gusto de

vez en cuando; mas para el hombre de laboratorio, los más útiles y

sugestivos contertulios serán sus colegas de otras Facultades, los

capaces de comentar sin pedantería las últimas revelaciones de las

respectivas ciencias.

Sin responder enteramente á este ideal, la tertulia del _Café de

Pelayo_ (trasladada después á la _Pajarera_ de la Plaza de Cataluña),

donde fuí presentado en los primeros meses de 1887, me resultó

singularmente grata y provechosa. Preponderaban, y ello era bueno,

los Catedráticos de la Facultad de Ciencias; pero figuraban también

políticos, literatos, médicos y hombres de negocios. Recuerdo, entre

otros: al amigo Lozano, Catedrático de Física; á Castro Pulido,

Profesor de Cosmografía y pulcro y fácil conversador; á Villafañé

(recién llegado de Valencia), carácter atrabiliario, defensor de

una estrafalaria teoría filosófica sobre el _átomo pensante_, con

que nos dió tremendas tabarras; á Domenech, un buen Catedrático de

Geometría, arquitecto, catalanista ferviente y partidario, en último

término[33], de la anexión á Francia (solía decir que Cataluña

estaba llamada á ser la Bélgica del Sud); á V. García de la Cruz,

Profesor de Química, bonísima persona y talento clarísimo, del cual

hablaré luego; á Solsona, médico locuaz y zaragatero que abusaba

de los específicos y de los autobombos periodísticos; á Soriano,

Catedrático de latín y activo periodista; á Schwarz, Profesor de

Historia (entonces auxiliar), orador fogoso, prototipo del _vir

bonus dicendi peritus_, que llegó á Concejal, Alcalde y no sé si á

Diputado á Cortes; á Sedó (yerno), fabricante de tejidos, persona

lista y diestra en negocios; á Pablo Calvell, abogado con fábrica,

dotado de finísimo ingenio satírico, fértil en ocurrencias agudas

y oportunísimas[34], etc. Á esta peña agregáronse más adelante B.

Bonet, entonces boticario en Gracia, hoy Profesor en la Facultad de

Farmacia de Madrid, y mi paisano Odón de Buen, naturalista de mucho

mérito, y en fin, otras muchas personas borradas de mi memoria.

[33] Según noticias, en estos últimos años ha abandonado sus

radicalismos nacionalistas, lo que celebro infinito.

[34] Del saladísimo Pablo Calvell podría referir machos dichos

graciosos. Citaré sólo la siguiente andaluzada, la mayor que he

oído en mi vida:

Despedían en la estación al famoso Romero Robledo varios

acompañantes, entre ellos el diputado Sol y Ortega y Pablo

Calvell. Llegado el último apretón de manos, el famoso _leader_

republicano hizo ademán de sacar una tarjeta. De pronto exclama:

--¡Calla!... No llevo ninguna. No importa... Dada mi popularidad,

cuando necesite usted algo de mí, le bastará escribir en el

sobre: _Sol, en Barcelona_. Y llega la carta--.

Entonces el socarrón de su compañero, á quien había molestado la

prosopopeya de Sol y Ortega, reprodujo el mismo gesto y exclamó:

--¡Qué casualidad! ¡Tampoco llevo tarjetas!... Afortunadamente

soy también un personaje. Si alguna vez me honra escribiéndome,

he aquí mis señas: _Pau. Via Láctea_. ¡Y llega la carta!--.

Juzgo excesivamente egoísta aquel dicho antiguo, desaprobado por

Cicerón, «que se debe amar como quien ha de aborrecer»; pero estimo

prudente para salvaguardar la santa libertad, no extremar el trato

amistoso hasta esa embarazosa intimidad que merma nuestro tiempo,

se entromete en caseros asuntos y coarta gustos é iniciativas. De

esta discreta reserva, hice, sin embargo, excepción en favor de

Victorino García de la Cruz, uno de los más asiduos y agradables

comensales de la referida peña. De ideas filosóficas no siempre

armónicas con las mías, coincidíamos en muchos gustos y tendencias:

igual despreocupación del dinero; el mismo culto hacia el arte, y en

su defecto, hacia la fotografía; parecida aflicción patriótica al

reconocer nuestro decaimiento científico; igual entusiasmo, en fin,

por la investigación original y el renacimiento intelectual de España.

Durante varios años de íntimo trato, fué Victorino el único

confidente de mis proyectos. Comunicábale á diario el estado de

mis trabajos, los obstáculos que me detenían, así como mis caras

ilusiones y esperanzas. Al principio, me oía con extrañeza, casi

con incredulidad. Patriota sincero, la desesperanza había ganado

su espíritu y paralizado sus fuerzas. Mas al fin mis predicaciones

obraron en él una especie de contagio. Y siguiendo mi ejemplo,

acabó por escoger en el dominio de la física, que cultivó siempre

con amor, algunos temas de estudio, _baratos_, es decir, accesibles

á los mezquinos medios con que contaba. Años después, recordando

mis alentadoras exhortaciones, solía decir que sin mi estímulo no

hubieran aparecido nunca sus interesantes descubrimientos sobre _Las

leyes de los líquidos turbios y gases nebulosos_, y otras conquistas

científicas de positivo valor.

En el curso de estas memorias hemos de ver á menudo acreditado el

dicho de Cisneros: «_Fray Ejemplo_ es el _mejor predicador_.»

¡Pobre Victorino! Era un talento reflexivo y penetrante, un

trabajador infatigable y probo. Murió, joven aún, años después,

cuando, trasladado á la Corte, había conseguido, por sus

indiscutibles méritos, un sillón en la Real Academia de Ciencias y

alcanzado bien cimentada notoriedad. Y cayó víctima de una virtud,

como otros caen víctimas del vicio. Su virtud consistió en adaptarse

austera y resignadamente á la pobreza, habitando con su bastante

numerosa familia en casas baratas, sórdidas, emplazadas en barrios

malsanos, atenido estrictamente á la paga de Profesor que, por

aquellos tiempos, constituía mera ración de entretenimiento. En

virtud de esta penuria, que transcendía naturalmente á sus medios

de investigación y de información bibliográfica, le ocurrió más de

una vez perder las ventajas de la prioridad, hallando la solución

de difíciles problemas, poco después de esclarecidos en Revistas

alemanas, que él desconocía, por sabios de primera fuerza. Así y

todo, su obra original es copiosa é importante. En fin, Victorino

profesaba, en materia de higiene, ideas demasiado personales, y por

tanto, demasiado peligrosas. De esta debilidad, que tanto contribuyó

á precipitar la muerte del querido compañero, trataré más adelante.

Volviendo al relato de mis trabajos, consignaré que, adelantada mi

labor preparatoria en Anatomía patológica, proseguí con inusitado

ardor las investigaciones acerca del sistema nervioso. El método de

Golgi comenzaba á ser fecundo en mis manos.

Y llegó el año 1888, mi año _cumbre_, mi año de fortuna. Porque

durante este año, que se levanta en mi memoria con arreboles de

aurora, surgieron al fin aquellos descubrimientos interesantes,

ansiosamente esperados y codiciados. Sin ellos, habría yo vegetado

tristemente en una Universidad provinciana, sin pasar, en el

orden científico, de la categoría de jornalero detallista, más ó

menos estimable. Por ellos, llegué á sentir el acre halago de la

celebridad; mi humilde apellido, pronunciado á la alemana (Cayal),

traspasó las fronteras; en fin, mis ideas, divulgadas entre los

sabios, discutiéronse con calor. Desde entonces, el tajo de la

ciencia contó con un obrero más.

¿Cómo fué ello? Perdonará el lector si, á un acontecimiento tan

decisivo para mi carrera, consagro aquí algunos comentarios y

amplificaciones. Declaro desde luego que la _nueva verdad_,

laboriosamente buscada y tan esquiva durante dos años de vanos

tanteos, surgió de repente en mi espíritu como una revelación.

Las leyes que rigen la morfología y las conexiones de las

células nerviosas en la substancia gris, patentes primeramente

en mis estudios del cerebelo, confirmáronse en todos los órganos

sucesivamente explorados. Séame lícito formularlas desde luego:

1.ª Las ramificaciones colaterales y terminales de todo cilindro-eje

acaban en la substancia gris, no mediante red difusa, según defendían

Gerlach y Golgi con la mayoría de los neurólogos, sino mediante

arborizaciones libres, dispuestas en variedad de formas (_cestas_ ó

_nidos_ pericelulares, ramas trepadoras, etc.).

2.ª Estas ramificaciones se aplican íntimamente al cuerpo y dendritas

de las células nerviosas, estableciéndose un contacto ó articulación

entre el protoplasma receptor y los últimos ramúsculos axónicos.

De las referidas leyes anatómicas despréndense dos corolarios

fisiológicos:

3.ª Puesto que al cuerpo y dendritas de las neuronas se aplican

estrechamente las últimas raicillas de los cilindros-ejes, es preciso

admitir que el soma y las expansiones protoplásmicas participan en

la cadena de conducción, es decir, que reciben y propagan el impulso

nervioso, contrariamente á la opinión de Golgi, para quien dichos

segmentos celulares desempeñarían un papel meramente nutritivo.

4.ª Excluída la continuidad substancial entre célula y célula,

se impone la opinión de que el impulso nervioso se transmite por

contacto, como en las articulaciones de los conductores eléctricos, ó

por una suerte de inducción, como en los carretes de igual nombre.

Las referidas leyes, puro resultado inductivo del análisis

estructural del cerebelo, fueron confirmadas después en todos los

órganos nerviosos explorados (retina, bulbo olfatorio, ganglios

sensitivos y simpáticos, cerebro, médula espinal, bulbo raquídeo,

etc.). Ulteriores trabajos nuestros y ajenos (de Kölliker, Retzius,

van Gehuchten, His, Edinger, v. Lenhossék, Athias, Lugaro, P. Ramón,

Cl. Sala, etc.), revelaron que las referidas normas estructurales

y fisiológicas se aplicaban, también, sin violencia, al sistema

nervioso de vertebrados é invertebrados. Según ocurre con todas

las concepciones legítimas, la mía fué consolidándose y ganando

progresivamente en dignidad conforme se acrecía el círculo de la

exploración comprobatoria.

Pero en mi afán de condensar en breves proposiciones lo esencial de

los resultados obtenidos, no he contestado aún á la interrogación

formulada en párrafos anteriores.

¿Cómo fueron las referidas leyes descubiertas? ¿Por qué mi labor,

atenida durante dos años á la modesta confirmación de las conquistas

de Deiters, Ranvier, Krause, Kölliker y, sobre todo, de Golgi,

adquirió de repente vuelo y originalidad sorprendentes?

Quiero ser franco con el lector. Á mis éxitos de entonces

contribuyeron, sin duda, algunos perfeccionamientos del método

cromo-argéntico, singularmente la modificación designada _proceder

de doble impregnación_[35]; pero el resorte principal, la causa

verdaderamente eficiente, consistió --¡quién lo dijera!-- _en haber

aplicado á la resolución del problema de la substancia gris los

dictados del más vulgar sentido común_. En vez de atacar al toro

por las astas, según la frase vulgar, yo me permití algunos rodeos

estratégicos. Pero esto exige una amplificación.

[35] Consiste en someter las piezas, una vez extraídas

del nitrato de plata, á un nuevo tratamiento por el baño

osmiobicrómico y á otra impregnación argéntica. Las

modificaciones en las proporciones del ácido ósmico, bicromato,

tiempo de acción, etc., tienen menos importancia. Merced al

_método doble_, fué posible lograr en los ganglios, retina

y otros órganos difíciles, impregnaciones excelentes y casi

constantes. Pudo también contribuir al éxito el haber observado

que, cuanto más joven es un embrión, menos tiempo de induración

en la mezcla osmio-bicrómica se requiere para conseguir una buena

coloración. Así, mientras Golgi y sus discípulos fijaban las

piezas durante cinco ó más días, yo no solía pasar de uno.

Dejo consignado en el capítulo anterior, y repetido hace un momento,

que el gran enigma de la organización del cerebro se cifra en

averiguar el modo de terminarse las ramificaciones nerviosas y de

enlazarse recíprocamente las neuronas. Reproduciendo un símil ya

mencionado, tratábase de inquirir cómo rematan las raíces y las ramas

de esos árboles de la substancia gris, de esa selva tan densa que,

por refinamiento de complicación, carece de vacíos, de suerte que los

troncos, ramas y hojas se tocan por todas partes.

Dos medios ocurren para individualizar convenientemente los

elementos de este bosque inextricable. El más natural y sencillo

al parecer, pero en realidad el más difícil, consiste en explorar

intrépidamente la selva adulta, limpiando el terreno de arbustos y

plantas parásitas, y aislando, en fin, cada especie arbórea, tanto

de sus parásitos como de sus congéneres. Tal es el recurso, aplicado

en Neurología por la mayoría de los autores, desde la época de

Stilling, Deiters y Schültze (disociación mecánica y química) hasta

la de Weigert y Golgi, en que el aislamiento de cada forma celular ó

de cada fibra se conseguía ópticamente, es decir, por desaparición

ó incoloración de la mayoría de los factores integrantes de la

substancia gris. Mas semejante táctica, á la que Golgi y Weigert

debieron notables descubrimientos, resulta poco apropiada á la

dilucidación del problema propuesto, á causa de la enorme longitud y

extraordinaria frondosidad del ramaje nervioso, que inevitablemente

aparece mutilado y casi indescifrable en cada corte.

El segundo camino ofrecido á la razón constituye lo que, en términos

biológicos, se designa _método ontogénico ó embriológico_. Puesto

que la selva adulta resulta impenetrable é indefinible, ¿por qué

no recurrir al estudio del bosque joven, como si dijéramos, en

estado de vivero? Tal fué la sencillísima idea inspiradora de mis

reiterados ensayos del método argéntico en los embriones de ave

y de mamífero. Escogiendo bien la fase evolutiva, ó más claro,

aplicando el método antes de la aparición en los axones de la vaina

medular (obstáculo casi infranqueable á la reacción), las células

nerviosas, relativamente pequeñas, destacan íntegras dentro de cada

corte; las ramificaciones terminales del cilindro-eje dibújanse

clarísimas y perfectamente libres; los nidos pericelulares, esto es,

las articulaciones interneuronales, aparecen sencillas, adquiriendo

gradualmente intrincamiento y extensión; en suma, surge ante nuestros

ojos, con admirable claridad y precisión, el plan fundamental de la

composición histológica de la substancia gris. Para colmo de fortuna,

la reacción cromo-argéntica, incompleta y azarosa en el adulto,

proporciona en los embriones coloraciones espléndidas, singularmente

extensas y constantes.

¿Cómo --se dirá-- tratándose de cosa tan vulgar, no dieron en ella

los sabios? Ciertamente, el recurso debió ocurrir á muchos. Años

después tuve noticia de que el mismo Golgi había ya aplicado su

método á los embriones y animales jóvenes y obtenido algún resultado

excelente; pero no insistió en sus probaturas, ni presumió quizás

que, por semejante camino, pudiera adelantarse en la dilucidación

del problema estructural de los centros. Tan poca importancia debió

conceder á tales ensayos que, en su obra magna antes citada, las

observaciones consignadas refiérense exclusivamente al sistema

nervioso adulto del hombre y mamíferos. De cualquier modo, mi fácil

éxito comprueba una vez más que las ideas no se muestran fecundas con

quien las sugiere ó las aplica por primera vez, sino con los tenaces

que las sienten con vehemencia y en cuya virtualidad ponen toda su

fe y todo su amor. Bajo este aspecto, bien puede afirmarse que las

conquistas científicas son creaciones de la voluntad y ofrendas de la

pasión.

Consciente de haber encontrado una dirección fecunda, procuré

aprovecharme de ella, consagrándome al trabajo, no ya con ahinco,

sino con furia. Al compás de los nuevos hechos en mis preparaciones,

las ideas bullían y se atropellaban en mi espíritu. Una fiebre de

publicidad me devoraba. Á fin de exteriorizar mis pensamientos,

servíme al principio de cierta Revista médica profesional, la

_Gaceta Médica Catalana_. Pero en rápido _crescendo_ la marea ideal

y la impaciencia por publicar, este cauce me resultaba estrecho.

Contrariábame mucho la lentitud de la imprenta y la tiranía de las

fechas. Para sacudir de una vez tales trabas, decidí publicar por

mi cuenta una nueva Revista, la _Revista trimestral de Histología

normal y patológica_. El primer cuaderno vió la luz en Mayo de 1888 y

el segundo apareció en el mes de Agosto del mismo año. Naturalmente,

todos los artículos, en número de seis, brotaron de mi pluma. De mis

manos salieron también las seis tablas litográficas anejas. Razones

económicas obligáronme á no tirar, por entonces, en junto, más de 60

ejemplares, destinados casi enteramente á los sabios extranjeros.

Excusado es decir que la vorágine de publicidad absorbió enteramente

mis ingresos ordinarios y extraordinarios. Ante aquella racha

asoladora de gastos, mi pobre mujer, atareada con la cría y

vigilancia de cinco diablillos (durante el primer año de mi estancia

en Barcelona me nació un hijo más), resolvió pasarse sin criada.

Adivinaba, sin duda, en mi cerebro, la gestación de algo insólito

y decisivo para el porvenir de la familia, y evitó, discreta y

abnegadamente, todo conato de competencia y de envidia entre los

hijos de la carne y las criaturas del espíritu.

[Ilustración]

Recuerdos de mi vida (tomo 2 de 2) · 第 10 / 58 题