CAPÍTULO IV

Decido publicar mis trabajos en el extranjero. -- Invitación

del profesor W. Krause, de Gotinga, de colaborar en su Revista.

-- Mis primeras exploraciones sobre el sistema nervioso. --

Dificultades encontradas. -- Excelencias del método de Golgi y

excesivo nacionalismo de los sabios. -- Mis distracciones en

Valencia: las excursiones del Gaster-Club y las maravillas de la

sugestión y del hipnotismo.

Aunque el fruto de mis pesquisas había sido hasta entonces harto

mezquino, me acometió la comezón de exportarlo al mercado extranjero.

Tal propósito parecióme hasta indispensable á los fines de mi

educación científica. Es verdad vulgar que sólo luchando con los

fuertes se llega á ser fuerte. Correr solitario en la angosta pista

nacional, jaleado por amigos, no es lo más adecuado para resultar

un atleta. Con las células nerviosas ocurre lo que con las tropas:

instruídas exclusivamente para las luchas civiles ó en previsión

de motines callejeros, difícilmente harán frente á un ejército

extranjero organizado técnica y moralmente para la guerra grande,

es decir, para los conflictos internacionales. Sobre que la crítica

severa de los extraños no es absolutamente necesaria: hiere la carne

ruda y ásperamente, cual cincel sobre el mármol; pero modela y

hermosea la estatua intelectual.

Y al reflejar imparcialmente nuestros defectos, nos trae también el

conocimiento objetivo de nuestras fuerzas.

[Ilustración: El profesor W. Krause, de Gotinga (1889), actual

Catedrático de Histología en la Universidad de Berlín.]

Penetrado de estas verdades, aproveché la primera ocasión que se me

presentó de colaborar en Revistas alemanas, entonces, como hoy, las

más leídas y autorizadas. Un histólogo célebre de la Universidad

de Göttingen, M. W. Krause, fué mi introductor en el mundo sabio.

Con el título de _International Monatsschrift für Anatomie und

Physiologie_, publicaba dicho Profesor cierta Revista mensual,

donde figuraban comunicaciones en francés, inglés, italiano y

alemán. Había leído algún trabajillo mío, andaba no muy sobrado de

original y solicitó benévolamente mi concurso, ofreciéndome costear

todas las cromolitografías necesarias y regalarme una tirada de 50

ejemplares. Encantado de la invitación, me apresuré á satisfacer

sus deseos, enviándole desde Valencia, y con intervalo de dos años,

dos monografías redactadas en un francés aproximado y adornadas con

profusión de dibujos.

Pecaría de ingrato si no recordara aquí que el doctor Krause,

Profesor entonces de Histología en Göttingen y actualmente en Berlín,

me animó mucho con sus consejos y me instruyó con sus cartas llenas

de preciosas indicaciones bibliográficas. En sus buenos oficios,

llegó hasta prestarme ó regalarme folletos antiguos de difícil ó

imposible adquisición en el mercado alemán. Aprovecho esta ocasión

para testimoniar al viejo maestro y generoso mentor la expresión de

mi cordial gratitud y sincero afecto. Más adelante, con ocasión de un

viaje á Alemania, tendré ocasión de hablar del insigne investigador.

Volviendo á las mentadas comunicaciones, diré que la primera llevaba

por título _Contribution à l’étude des cellules anastomosées des

épithéliums pavimenteux_[23]. En ella analizaba yo la estructura

íntima de las células epiteliales de algunas mucosas (corneal,

palpebral, lingual) y del bulbo piloso. Después de reconocer y

describir el retículo intraprotoplásmico y filamentos comunicantes

intracelulares, señalados años antes por Bizzozero y Ranvier en la

epidermis de la piel, confirmaba estas mismas disposiciones en la

córnea (epitelio anterior) y en las vainas del bulbo piloso, órganos

en que no se habían observado; y añadía la existencia, en los

referidos hilos de unión de una envoltura ó forro en continuación,

al parecer, con la membrana celular. Semejante pormenor estructural

fué ulteriormente comprobado, con alguna variante de apreciación, por

Ide, Kromayer y, años después, por Unna, de Hamburgo.

[23] _Cajal_: _International Monatsschrift f. Anat. u. Physiol._

Bd. III, Heft 7, 1886.

La segunda comunicación, que apareció en 1888 con el título de

_Observations sur la texture des fibres musculaires des pattes et

des ailes des insectes_[24], fué de más fuste y harto más rica

en detalles descriptivos nuevos. Versaba principalmente sobre la

textura de la fibra muscular de los insectos, campo de observación

preferido por los histólogos, á causa del gran tamaño que, en dichos

articulados, poseen las bandas ó rayas transversales de la materia

contráctil, y de la comodidad de observarlas en vivo sobre la platina

del microscopio. La colecta y preparación del material necesario para

la redacción de esta extensa monografía (que llevaba anejas cuatro

grandes láminas litografiadas), costóme unos dos años, durante los

cuales exploré numerosos géneros y especies de insectos. Contenía

mi comunicación bastantes observaciones originales de histología

comparada, algunas de las cuales fueron posteriormente comprobadas

por los histólogos. Por desgracia, si estuve trabajador y celoso en

la observación y acarreo de los hechos, no fuí igualmente afortunado

en su interpretación.

[24] _Cajal_: _International Monatsschrift f. Anat. u. Physiol._

Bd. V, Heft 6, 1888.

Reinaba entonces en histología una de esas concepciones esquemáticas

que fascinan temporalmente los espíritus é influyen decisivamente

en las pesquisas y opiniones de la juventud. Aludo á la _teoría

reticular_ de Heitzmann y Carnoy, aplicada muy ingeniosamente á la

constitución de la materia estriada de los músculos por el mismo

Carnoy, autor de la célebre _Biología celular_[25], y después por

el inglés Melland y el belga van Gehuchten. Y yo, seducido por el

talento de estos sabios y el prestigio de la teoría, incurrí en

la debilidad de considerar, como ellos, la substancia contráctil

como una rejilla de fibrillas sutiles (las _hebras preexistentes_

aparecidas en los preparados de los ácidos y del cloruro de oro)

unidas transversalmente por la red emplazada al nivel de la línea de

Krause. Lo grave de esta apreciación era su exagerado exclusivismo,

es decir, la negación rotunda de la preexistencia, en el vivo, de

las _fibrillas primitivas_ de los autores (las _columnillas_ de

Kölliker), las cuales eran audazmente interpretadas como el resultado

de la coagulación _post-mortem_ de cierta materia líquida alojada

en las mallas de la red. Más adelante volví sobre esta opinión,

criticada vivamente por Rollet, Kölliker y otros, los cuales alegaban

con razón que los pretendidos _artefactos_ eran observables hasta en

los músculos vivos de ciertos insectos.

[25] _Carnoy_: _La biologie cellulaire_, fasc. I, 1884.

Insisto en estos detalles, porque deseo prevenir á la juventud

contra la invencible fuerza sugestiva de las teorías simplistas

y gallardamente unificadoras. Subyugados por la teoría, los

principiantes histólogos veíamos entonces redes por todas partes.

Lo que especialmente nos cautivaba era que dicha especulación

identificaba el complejo _subtractum_ estructural de la fibra

estriada con el sencillo retículo ó armazón fibrillar de todo

protoplasma. Cualquiera que fuera la célula, amibo ó corpúsculo

contráctil, el protagonista fisiológico, ó sea el factor activo,

estaba siempre representado por la redecilla ó esqueleto elemental.

De estas ilusiones ningún histólogo está libre, máxime si es

debutante. Caemos tanto mejor en el lazo cuanto que los esquemas

sencillos estimulan y halagan tendencias profundamente arraigadas

en el espíritu: la inclinación nativa al ahorro de esfuerzo mental

y la propensión, casi irresistible, á tomar como verdadero lo que

satisface á nuestro sentido estético, por exhibirse bajo formas

arquitectónicas sencillas y armoniosas. Como siempre, la razón

calla ante la belleza. El caso de Friné se repite constantemente.

Sin embargo, no hay equivocación inútil como nos asista el sincero

propósito de la enmienda. Y yo, persuadido de que la fama duradera

sólo acompaña á la verdad, deseaba acertar á todo trance. En

adelante, pues, reaccioné vivamente contra esos esquemas teóricos, al

través de los cuales la realidad desaparece ó se deforma.

En mis exploraciones sistemáticas por los dominios de la anatomía

microscópica llegó el turno del sistema nervioso, esa obra maestra

de la vida. Lo examiné febrilmente en los animales, teniendo por

guías los libros de Meynert, Hugenin, Luys, Schwalbe y, sobre todo,

los incomparables de Ranvier, de cuya ingeniosa técnica me serví con

tesón escrupuloso.

Importa recordar que los recursos analíticos de aquellos tiempos eran

asaz insuficientes para abordar eficazmente el magno y atrayente

problema. Desconocíanse todavía agentes tintóreos capaces de teñir

selectivamente las expansiones de las células nerviosas y que

consintieran perseguirlas, con alguna seguridad, al través de la

formidable maraña de la substancia gris.

Ciertamente, desde la época de Meynert se practicaba con algún éxito

el método de los cortes finos seriados, impregnados en carmín ó

hematoxilina, á que se añadió por entonces el método de Weigert para

el teñido de las fibras meduladas; mas por desgracia, los mejores

preparados no revelaban sino el cuerpo protoplásmico de las células

nerviosas con sus núcleos, y algo, muy poco, del arranque ó trayecto

inicial de los apéndices dendrítico y nervioso.

Algo más expresivo, á los efectos de la revelación de la morfología

celular, resultaba el proceder de la disociación mecánica, puesto

en boga por Deiters, Schültze y Ranvier. Este aislamiento elemental

efectuábase, de ordinario, á favor de las agujas, sobre el

porta-objetos, previa maceración de la trama nerviosa en disoluciones

débiles de bicromato de potasa. Tratándose de nervios, semejante

recurso proporcionaba muy claras imágenes, máxime si se le combinaba,

á ejemplo de Ranvier, Schiefferdecker, Segall, etc., con la acción

impregnadora --subsiguiente ó preliminar según los casos-- del

nitrato de plata ó del ácido ósmico. Pero aplicada al análisis de

los ganglios, de la retina, de la médula espinal ó del cerebro, la

delicada operación de desprender las células de su ganga de cemento

y de desenredar y extender con las agujas sus brazos ramificados,

constituía empresa de benedictino.

¡Qué dicha cuando, á fuerza de paciencia, lográbamos aislar por

completo un elemento de neuroglia, con su forma típica en araña, ó

una neurona motriz colosal de la médula, bien destacados y libres

sus robustos cilindro-eje y dendritas! ¡Qué triunfo sorprender en

afortunadas disociaciones de los ganglios raquídeos la bifurcación de

la expansión única, ó desbrozar de su zarzal neuróglico la pirámide

cerebral, es decir, la noble y enigmática célula del pensamiento!

Estos modestos éxitos de manipulador nos llenaban de ingenua vanidad

y de íntima satisfacción. Lo malo era que semejante alarde, un poco

pueril, de virtuosidad técnica, halagaba harto poco al entendimiento

científico, desilusionado al reconocer su radical impotencia para

dilucidar el soberano misterio de la organización cerebral. Los más

vitales y hondos problemas de la máquina nerviosa columbrábanse cual

cimas inaccesibles. Á nuestra febril curiosidad se sustraía cuanto

se refiere á la ardua cuestión del origen y terminación de las

fibras nerviosas dentro de los centros, y á la no menos fundamental

y apremiante de las íntimas conexiones intercelulares. Nadie

podía contestar á esta sencilla interrogación: ¿Cómo se transmite

la corriente nerviosa desde una fibra sensitiva á una motora?

Ciertamente, no faltaban hipótesis; pero todas ellas carecían de base

objetiva suficiente.

Y, sin embargo, á despecho de la impotencia del análisis, el problema

nos atraía irresistiblemente. Adivinábamos el supremo interés que,

para una psicología racional, tenía el formar un concepto claro de

la organización del cerebro. Conocer el cerebro --nos decíamos en

nuestros entusiasmos idealistas-- equivale á averiguar el cauce

material del pensamiento y de la voluntad, sorprender la historia

íntima de la vida en su perpetuo duelo con las energías exteriores;

historia resumida, y en cierto modo esculpida, en esas coordinaciones

neuronales defensivas del reflejo, del instinto y de la asociación

de las ideas. Mas, por desgracia, faltábanos el arma poderosa con

que descuajar la selva impenetrable de la substancia gris, de esa

_constelación de incógnitas_, como en su lenguaje brillante, la

llamaba Letamendi.

Y con todo eso, mi pesimismo era exagerado, según hemos de ver. Claro

es que el aludido _desideratum_ era y es aún hoy ideal inaccesible.

Pero algo se podía avanzar hacia él aprovechando la técnica de

entonces. En realidad, el instrumento revelador existía; sólo que

ni yo, aislado en mi rincón, lo conocía, ni se había divulgado

apenas entre los sabios, no obstante haber visto la luz por los

años de 1880. Fué descubierto por C. Golgi, eximio histólogo de

Pavía, favorecido por la casualidad, musa inspiradora de los grandes

hallazgos. En sus probaturas tintoriales, notó este sabio que el

protoplasma de las células nerviosas, tan rebelde á las coloraciones

artificiales, posee el precioso atributo de atraer vivamente el

precipitado de _cromato de plata_, cuando este precipitado se produce

en el espesor mismo de las piezas. El _modus operandi_, sencillísimo,

redúcese á indurar por varios días trozos de substancia gris en

soluciones de _bicromato de potasa_ (ó de líquido de Müller), ó mejor

aún, en mezcla de bicromato y de solución al 1 por 100 de _ácido

ósmico_; para tratarlos después mediante soluciones diluídas (al

0,75) de _nitrato de plata_ cristalizado. Genérase de este modo un

depósito de _bicromato argéntico_, el cual, por dichosa singularidad

que no se ha explicado todavía, selecciona ciertas células nerviosas

con exclusión absoluta de otras. Al examinar la preparación, los

corpúsculos de la substancia gris muéstranse teñidos de negro

achocolatado hasta en sus más finos ramúsculos, que destacan con

insuperable claridad, sobre un fondo amarillo transparente, formado

por los elementos no impregnados. Gracias á tan valiosa reacción,

consiguió Golgi, durante varios años de labor, esclarecer no pocos

puntos importantes de la morfología de las células y apéndices

nerviosos. Pero, según dejo apuntado, el admirable método de Golgi

era por entonces (1887-1888) desconocido por la inmensa mayoría

de los neurólogos ó desestimado de los pocos que tuvieron noticia

precisa de él. El libro de Ranvier, mi biblia técnica de entonces,

le consagraba solamente unas cuantas líneas informativas, escritas

displicentemente. Veíase á la legua que el sabio francés no lo había

ensayado. Naturalmente, los lectores de Ranvier pensábamos que el

susodicho método no valía la pena.

[Ilustración: Camilo Golgi, profesor de la Facultad de Medicina de

Pavía.]

Debo á L. Simarro, el afamado psiquiatra y neurólogo de Valencia,

el inolvidable favor de haberme mostrado las primeras buenas

preparaciones efectuadas con el proceder del cromato de plata, y de

haber llamado mi atención sobre la excepcional importancia del libro

del sabio italiano, sobre la íntima estructura de la substancia

gris[26]. He aquí cómo fué ello. Merece contarse el hecho, porque

sobre haber tenido importancia decisiva en mi carrera, demuestra una

vez más la potencia sugestiva y dinamógena de las _cosas vistas_,

es decir, de la percepción directa del objeto, en frente de la

debilísima y por no decir nula influencia de estas mismas cosas,

cuando á la mente llegan por las descoloridas descripciones de los

libros.

Allá por el año de 1887 fuí nombrado juez de oposiciones á cátedras

de Anatomía descriptiva. Deseoso de aprovechar mi estancia en Madrid

para informarme de las novedades científicas, púseme en comunicación

con cuantos en la corte cultivaban los estudios micrográficos.

Entre otras visitas instructivas, mencionaré: la girada al _Museo

de Historia natural_, donde conocí al modestísimo cuanto sabio

naturalista D. Ignacio Bolívar; la consagrada al Laboratorio de

Histología de San Carlos, dirigido por el benemérito Dr. Maestre, y

cuyo ayudante, el Dr. López García, mostróme las últimas novedades

técnicas de Ranvier, de quien había sido devotísimo y aprovechado

discípulo; la dirigida á cierto _Instituto biológico_ particular,

instalado en la calle de la Gorguera, en el cual trabajaban varios

jóvenes médicos, entre ellos el Dr. D. Federico Rubio, y sobre todo

D. Luis Simarro, recién llegado de París y entregado al noble empeño

de promover entre nosotros el gusto hacia la investigación; y, en

fin, la verificada al laboratorio privado del prestigioso neurólogo

valenciano, quien, por cultivar la especialidad profesional de las

enfermedades mentales, se ocupaba en el análisis de las alteraciones

del sistema nervioso (asistido, por cierto, de copiosísima biblioteca

neurológica), ensayando paciente y esmeradamente cuantas novedades

técnicas aparecían en el extranjero.

[26] _Golgi_: _Sulla fina anatomia degli organi centrali del

sistema nervoso_. Milano, 1885.

Fué precisamente en casa del Dr. Simarro, situada en la calle

del Arco de Santa María, 41, donde por primera vez tuve ocasión

de admirar excelentes preparaciones del método de Weigert-Pal, y

singularmente, según dejo apuntado, aquellos cortes famosos del

cerebro, impregnados mediante el proceder argéntico del sabio de

Pavía.

Expresaba en párrafos anteriores la sorpresa sentida al conocer

_de visu_ la maravillosa potencia reveladora de la reacción

cromo-argéntica y la ninguna emoción provocada en el mundo científico

por su hallazgo. ¿Cómo explicar tan extraña indiferencia? Hoy,

que conozco bien la psicología de los sabios, hallo la cosa muy

natural. En Francia, como en Alemania, y más en ésta que en aquélla,

reina una severa disciplina de escuela. Por respeto al maestro,

ningún discípulo suele emplear métodos de investigación que no se

deban á aquél. En cuanto á los grandes investigadores, creeríanse

deshonrados trabajando con métodos ajenos. Las dos grandes pasiones

del hombre de ciencia son el orgullo y el patriotismo. Trabajan,

sin duda, por amor á la verdad, pero laboran aún más en pro de su

prestigio personal ó de la fama intelectual de su país. Soldado del

espíritu, el investigador defiende á su patria con el microscopio,

la balanza, la retorta ó el telescopio. Por donde, lejos de acoger

con agrado y curiosidad la conquista realizada en extrañas tierras,

la recibe receloso, como si le trajera grave humillación. Á menos

que el invento sea de tal magnitud y transcendencia industrial que,

ignorarlo, constituyera pecado de leso patriotismo. ¡Cuántas veces,

en mi ya larga carrera, he padecido los desalentadores efectos de

tales miserias!... Más adelante, empero, tendré ocasión de elogiar

á sabios que, por honrosa excepción, sienten placer en realzar, con

trabajos de confirmación y ampliación, el mérito forastero preterido

ó ignorado. ¡Pero qué raros tan nobles caracteres!...

Á mi regreso á Valencia decidí emplear en grande escala el método de

Golgi y estudiarlo con todo el tesón de que soy capaz. Innumerables

probaturas, hechas por Bartual y por mí, en muchos centros nerviosos

y especies animales, nos convencieron de que el nuevo recurso

analítico tenía ante sí brillante porvenir, sobre todo si se

encontraba manera de corregirlo de su carácter un tanto caprichoso y

aleatorio[27]. El logro de una buena preparación constituía sorpresa

agradable y motivo de jubilosas esperanzas.

[27] Á estas veleidades de la impregnación cromo-argéntica se

debió, sin duda, el que Simarro, introductor en España de los

métodos y descubrimientos de Golgi, abandonara desalentado sus

ensayos. En carta suya de 1889 me decía: «Recibí su última

publicación sobre la estructura de la médula espinal, que me

parece un trabajo notable, mas no _convincente_, á causa del

método de Golgi, que aun en sus manos de usted, que tanto lo ha

perfeccionado, es, más que demostrativo, un método _sugestivo_.»

Por seguro tengo que si mi ilustre amigo hubiera examinado mis

preparaciones de la médula espinal, ganglios, cerebelo, etcétera,

habríase plenamente convencido de las excelencias de la técnica

golgiana y de la exactitud absoluta de mis descripciones.

Aquéllas y éstas tuvieron la virtud de persuadir en el Congreso

de Berlín de 1889 á los más afamados neurólogos, prestando

boga y actualidad á un método hasta entonces cultivado casi

exclusivamente en Italia.

Hasta entonces, nuestras preparaciones del cerebro, cerebelo, médula

espinal, etc., confirmaban plenamente los descubrimientos del

célebre histólogo de Pavía; pero ningún hecho nuevo de importancia

aparecía en ellas. No me abandonó por eso la fe en el método.

Estaba plenamente persuadido de que, para avanzar seriamente en

el conocimiento estructural de los centros nerviosos, era de todo

punto preciso servirse de procederes capaces de mostrar, vigorosa y

selectivamente teñidas sobre fondo claro, las más tenues raicillas

nerviosas. Sabido es que la substancia gris representa algo así

como fieltro apretadísimo de hebras ultrafinas: nada valen los

cortes delgados ni las coloraciones completas para perseguir estos

filamentos. Requiérense al efecto reacciones intensísimas que

consientan el empleo de cortes muy gruesos, casi macroscópicos (las

expansiones de las células nerviosas tienen á veces muchos milímetros

y aun centímetros de longitud), y cuya transparencia, no obstante el

insólito espesor, sea posible, gracias á la exclusiva coloración de

algunas pocas células ó fibras que destaquen en medio de extensas

masas celulares incoloras. Sólo así resulta empresa factible seguir

un conductor nervioso desde su origen hasta su terminación.

[Ilustración: Interior de la cueva de Sardaña, no lejos de Jérica, en

la sierra de Espadán. Fotografía tomada en una de las excursiones del

_Gaster-Club_.]

De cualquier modo, estábamos ya en posesión del instrumento

requerido. Faltaba solamente determinar escrupulosamente las

condiciones de la reacción cromo-argéntica, disciplinarla para

adaptarla á cada caso particular. Y si el encéfalo y demás órganos

centrales adultos del hombre y vertebrados son demasiado complejos

para permitir descubrir, mediante dicho recurso, su plan estructural,

¿por qué no aplicar sistemáticamente el método á los animales

inferiores ó á las fases tempranas de la evolución ontogénica, en las

cuales el sistema nervioso debe ofrecer organización sencilla y, por

decirlo así, esquemática?

Tal era el programa de trabajo que nos impusimos. Iniciado en

Valencia, sólo cuando me trasladé á Barcelona fué cumplido con una

perseverancia, un entusiasmo y un éxito que superaron mis esperanzas.

Pero de esto trataremos oportunamente.

No todo fué, durante mi estancia en la capital valenciana (años de

1886 y 1887) austera y febril labor de laboratorio. Tuvieron también

su correspondiente laboreo los barbechos artísticos y filosóficos

del cerebro. Forzoso era proporcionar á cada célula su ración y á

cada instinto honesto ocasión propicia de ejercitarse. Á guisa de

desentumecedores de neuronas en riesgo de anquilosis, desarrollé dos

órdenes de distracciones: las excursiones pintorescas, y el estudio

experimental del hipnotismo, ciencia naciente que por entonces

atraía la curiosidad pública y apasionaba los espíritus.

[Ilustración: Vista parcial del teatro romano de Sagunto. Fotografía

tomada en una de las excursiones del _Gaster-Club_.]

Poco hablaré de las excursiones, cuyo relato sólo puede ser

interesante para los escasos supervivientes de aquellas agradables

é higiénicas expansiones. Recordaré no más que varios contertulios

del _Casino de la Agricultura_ (Arévalo Vaca, Dr. Guillén, el

farmacéutico Dr. Chiarri, doctor Narciso Loras, D. Prudencio Solís,

Marsal, Soto, Rodrigo, E. Alabern, F. Peset, Gaspar, Nogueroles,

Castro, etc.), organizamos una Sociedad gastronómico deportiva,

rotulada humorísticamente el _Gaster-Club_. Los fines de esta

reunión de gente de buen humor reducíanse á girar visitas domingueras

á los parajes más atrayentes y pintorescos del reino de Valencia;

tomar fotografías de escenas y paisajes interesantes; dar de vez en

cuando juego supraintensivo á músculos y pulmones, caminando entre

algarrobos, palmitos, pinos y adelfas, y, en fin, saborear la tan

suculenta y acreditada paella valenciana. El Reglamento, redactado

por mí, excluía como cosa nefanda y abominable cuanto oliera á

política, religión ó filosofía, con sus inevitables derivaciones, las

controversias acaloradas, perturbadoras de la digestión y enervadoras

de la buena amistad. Sólo de ciencia y arte estaba permitido

discurrir, y eso en términos llanos y fácilmente comprensibles.

Teníamos guerra declarada al énfasis y á la declamación.

[Ilustración: Los camaradas del _Gaster-Club_ fotografiados en las

ruinas del teatro romano de Sagunto: 1, Arévalo; 2, Paco el Cocinero;

3, Gaspar; 4, Cajal; 5, P. Solís; 6, Rodrigo; 7, N. Loras; 10,

Chiarri; 11, Nogueroles, etc.]

Por amor á la Comunidad, sometiéronse los socios á la más exquisita

división del trabajo. Arévalo Vaca tomó sobre sí la misión de

adiestrarnos en el conocimiento práctico de la geología y fauna de

los terrenos visitados; Guillén, futuro Director del Jardín Botánico,

quedó encargado de lo concerniente á la flora; tocóme el doble

papel de cronista y fotógrafo de las excursiones; el amigo Marsal,

profesor de Matemáticas, recibió el delicado encargo de administrar

los fondos de la Sociedad y de fijar á prorrateo los gastos de cada

gira, cosa á veces difícil porque solíamos sumar un número primo y

él tenía la preocupación, muy natural, de obtener dividendos enteros

y exactos; un simpático empleado de ferrocarriles[28], fué encargado

de la locomoción, corriendo de su parte el alquiler de caballerías y

la obtención de billetes de ferrocarril á bajo precio, con tarifas

de alivio destinadas á murgas aldeanas ó á farándulas trashumantes;

en fin, un confitero retirado y rico, águila en el arte culinario,

dirigía á conciencia la confección de las paellas y elaboración de

postres.

[28] José Nogueroles, uno de los pocos supervivientes.

Y así, de paella en paella, y siempre en amena y cordial compañía,

visitamos todos los rincones atrayentes de la comarca levantina.

_Sagunto_, _Castellón_, _Játiva_, _Sueca_, _Cullera_, el _Desierto

de las Palmas_, _Burjasot_, _La Albufera_, _Gandía_, las sierras

del _Monduber_ y _Espadán_, etc., desfilaron sucesivamente por el

objetivo de mi Kodak, cuajando en pruebas que guardamos piadosamente,

como recuerdos de añorada juventud, los pocos supervivientes de

aquella generación. Como homenaje cordial á los excelentes camaradas

desaparecidos para siempre, reproducimos aquí varias fotografías

entresacadas de las numerosísimas conservadas en el Álbum del famoso

_Gaster-Club_.

En cuanto á la otra distracción aludida, tuvo sabor más científico, y

consistió en la confirmación experimental y en grande escala de los

celebérrimos estudios acerca del sonambulismo artificial y fenómenos

de sugestión, efectuados en Francia por Charcot, Liébeault, Bernheim,

Beaunis, etcétera. Estas investigaciones de psicología mórbida,

emprendidas en el extranjero por sabios famosos habituados á las

observaciones exactas, tuvieron inmensa resonancia. Merced á ellas,

recibieron al fin carta de naturaleza en la ciencia muchos de los

estupendos milagros narrados por Mesmer y exhibidos aparatosamente

por los magnetizadores de teatro. Una ciencia nueva, heredera directa

de la hechicería medioeval, había aparecido. De ella transcendía algo

acremente pecaminoso é irresistiblemente tentador para la juventud

novelera. Preciso es convenir que, á despecho de tres siglos de

ciencia positiva, la afición á lo maravilloso tiene todavía honda

raigambre en el espíritu humano. Somos aún demasiado supersticiosos.

Miles de años de fe ciega en lo sobrenatural, parecen haber creado

en el cerebro algo así como un _ganglio religioso_. Desaparecido

casi enteramente en algunas personas, y caído en atrofia en otras,

persiste pujante en las más. Por _esprit fort_ que se sea, ¿quién

no ha oído sonar alguna vez aquellas místicas campanas de Is de que

habla Renan, ó sentido rebrotar lozana la creencia en genios, duendes

y aparecidos?

Por esta vez, sin embargo, no se trataba de manifestaciones

sobrenaturales, sino de sorprendentes y harto descuidadas

actividades, ó si se quiere anomalías del dinamismo cerebral.

Para estudiarlas metódicamente, varios amigos, algunos de ellos

tertulianos del Casino de la Agricultura, organizamos un _Comité

de investigaciones psicológicas_. É inauguramos nuestras pesquisas

por la busca y captura de sujetos idóneos. Por mi casa, convertida

al efecto en domicilio social, desfilaron especies notabilísimas

de histéricas, neurasténicos, maníacos y hasta de acreditados

_mediums_ espiritistas. En breve tiempo recogimos copiosa colección

de interesantes documentos. Llenos de asombro, hubimos á confirmar

casi todos los estupendos fenómenos descritos por los sabios,

singularmente los señalados por Bernheim, de Nancy. Ocioso fuera

citar menudamente los resultados obtenidos. Carecen de novedad é

interés, y más hoy, después de la publicación de tantos Tratados

magistrales relativos á este orden de estudios.

Mencionaré, solamente, los experimentos de hipnosis producidos en

las personas sanas y al parecer limpias de toda tara neurótica

(algunos de ellos, abogados, médicos, etc.). Sobrevenido el grado de

sopor y de pasibilidad indispensables, producíanse á la orden del

hipnotizador, y tanto durante el sueño como después de despertarse,

la _catalepsia cérea_ y la _analgesia_; _congestiones y hemorragias_

por sugestión; _alucinaciones positivas y negativas_ de todo

linaje (visuales, acústicas, táctiles); _amnesia total ó parcial_;

_evocación de imágenes olvidadas_ ó casi olvidadas; _desdoblamiento

de la personalidad_; _eclipse_ ó _inversión de los sentimientos

más arraigados_; y en fin, _abolición total del libre albedrío_,

es decir, de la facultad crítica y de la selección motivada de las

reacciones motrices. Hasta los actos más repugnantes al carácter

ó los más contrarios á la moral y á la decencia, eran fatal y

necesariamente ejecutados. Sujeto hubo que ajustó estrictamente su

vida, durante una semana, á un programa especial lleno de acciones

extravagantes é ilógicas, sugerido durante el estado somnambúlico.

Y llevando la sugestión al terreno terapéutico, conseguí realizar

prodigios que envidiaría el más hábil de los taumaturgos. Mencionaré:

la transformación radical del estado emocional de los enfermos (paso

casi instantáneo de la tristeza á la alegría); la restauración

del apetito en histeroepilépticas inapetentes y emaciadísimas; la

curación, por simple mandato, de diversas especies de parálisis

crónicas de naturaleza histérica; la cesación brusca de ataques

de histerismo con pérdida del conocimiento; el olvido radical de

acontecimientos dolorosos y atormentadores; la abolición completa de

los dolores del parto en mujeres normales[29]; en fin, la anestesia

quirúrgica, etc.

[29] Un caso de este género fué publicado después en Barcelona en

la _Gaceta Médica Catalana_, número del 15 de Agosto de 1888.

La fama de ciertas curas milagrosas recaídas en histéricas y

neurasténicos, divulgóse rápidamente por la ciudad. Á mi consulta

acudían enjambres de desequilibrados y hasta de locos de atar.

Ocasión propicia hubiera sido aquella para crearme pingüe clientela,

si mi carácter y mis gustos lo hubieran consentido. Pero, satisfecha

mi curiosidad, licencié á mis enfermos, á quienes, naturalmente, no

solía pasar la nota de honorarios: harto pagado quedaba con que se

prestaran dócilmente á mis experimentos.

Durante aquellas épicas pesquisas sobre la psicología morbosa,

sólo se me resistieron tenazmente esos fenómenos extraordinarios,

confinantes con el espiritismo, á saber: la visión á través de

cuerpos opacos, la transposición sensorial, la sugestión mental, la

telepatía, etc., estupendos milagros afirmados muy formalmente por

Ochorowicz, Lombroso, Rochas, Zöllner, Richet, P. Gibier, Flammarion,

Myers, etc.

¿Fracasaron quizás por imposibles? Tal creo hoy. Los secuaces de

Allan Kardek y los partidarios de la fuerza cerebral radiante, dirán

acaso que no tuve suerte. Sin embargo, puse en mis observaciones la

mejor voluntad y no escatimé gasto ni diligencia para procurarme

los sujetos dotados de virtudes más transcendentales. Pero bastaba

con que yo asistiera á una sesión de adivinación, sugestión mental,

doble vista, comunicación con los espíritus, posesión demoniaca,

etc., para que, á la luz de la más sencilla crítica, se disiparan

cual humo todas las propiedades maravillosas de los _mediums_ ó de

las histéricas zahoríes. Lo admirable en aquellas sesiones no eran

los _sujetos_, sino la increíble ingenuidad de los _asistentes_,

que tomaban, cual manifestaciones sobrenaturales, ciertos fenómenos

nerviosos (_autosugestión_ sobre todo) de los _mediums_, ó la mera

coincidencia de hechos, ó los efectos del hábito mental, ó, en fin,

los fáciles y conocidos ardides del _cumberlandismo_, tan exhibido

después en los teatros[30].

[30] Acaso publique algún día, con el título de «_¿Hacia el

alma?_», cierto mamotreto en que tengo registrados y discutidos

muchos de los fracasados ensayos emprendidos con _sujetos_

españoles (alguno tan fecundo en ardides como la famosa

napolitana Eusapia Paladino), para contrastar la realidad de

los supuestos _fenómenos físicos_ de los _mediums_ (levitación,

aparición de objetos, producción de moldes, movimientos

intencionales de las mesas, escritura directa, etc.). Hasta

hoy, nos han detenido, y acaso nos detengan indefinidamente,

sentimientos de piedad y de respeto. Parécenos, en efecto, poco

meritorio extirpar ciertos errores dinamógenos, indispensables

para la dicha de personas que, poco satisfechas de las religiones

históricas, sienten horror hacia el vacío del agnosticismo. Y

nos apena, además, tener que delatar, como testigos de hecho, la

odiosa explotación de que fueron víctimas, á manos de _mediums_

trapaceros, hombres de ciencia tan simpáticos y prestigiosos

como W. Crookes, Zöllner, Flammarion, Lombroso, W. James,

Luciani, etc. Estas caídas de mentalidades que, en los dominios

de la ciencia, demostraron poseer facultades críticas de primer

orden, enseñan cuán superfluo y peligroso resulta abordar el

estudio de los fenómenos medianímicos --tan propicios al fraude

y superchería-- con el prejuicio de la comunicabilidad de los

muertos con los vivos. Siempre que semejante _estado de creencia_

falta, las artimañas ingeniosas de los _mediums_ son sorprendidas

hasta por los observadores menos sagaces. De ello pudiéramos

citar ejemplos elocuentísimos.

En suma, y prescindiendo aquí de los milagros increíbles atribuídos

á ciertos sujetos, declaro que, los consabidos experimentos de

sugestión causáronme un doble sentimiento de estupor y desilusión:

estupor al reconocer la realidad de fenómenos de automatismo

cerebral, estimados hasta entonces como farsas y trampantojos de

magnetizadores de circo; y decepción dolorosa al considerar que el

tan decantado cerebro humano, la «obra maestra de la creación»,

adolece del enorme defecto de la sugestibilidad; defecto, en cuya

virtud, hasta la más excelsa inteligencia, puede, en ocasiones,

convertirse por ministerio de hábiles sugestionadores, conscientes ó

inconscientes (oradores, políticos, guerreros, apóstoles, etc.), en

humilde y pasivo instrumento de delirios, ambiciones ó codicias.

[Ilustración]

Recuerdos de mi vida (tomo 2 de 2) · 第 9 / 58 题